¡Hola! Sí, ha pasado una eternidad desde la última vez que actualicé, pero para las que no lo sepan, primero estuve de exámenes y justo el día después de terminar me fui a Canadá. Acabo de llegar a mi casita querida hoy mismo, y como fui previsora, os traigo nuevo capítulo que escribí durante el hiatus. Me gustaría poder compensaros con una doble actualización, pero ya sabéis que este fic me cuesta mucho y cada capítulo que escribo es una odisea y una tortura. Aun así, hoy estamos un capítulo más cerca del final que ayer, ¡no hay que perder la esperanza!

Hoy también actualizo «Lo que la memoria esconde» (sí, otra vez, jeje) y «El viaje hacia el altar». ¡No os perdáis los capítulos!

Dedicado a Montse.


PRESCINDIBLE


«Conviene al poderoso para los infelices ser piadoso; tal vez se puede ver necesitado del auxilio de aquel más desdichado».

Félix María Samaniego

Capítulo 12: Ni rastro

La notificación entró volando por la puerta del despacho con tanta ligereza que Hermione no se dio cuenta hasta que el papel no aterrizó delante de sus narices. Se puso recta ―demasiadas horas allí sentada terminarían haciendo que se pareciera al Jorobado de Notre Dame― y levantó la notificación a la altura de la mirada. Sus ojos escanearon la pulcra letra estrecha y ligeramente curvada hacia la derecha y reconoció al remitente casi sin ver su nombre.

Lucius Malfoy.

¿Qué querría su encantador exsuegro?

Lo único que la carta decía era que «Si la señorita Granger es tan amable de acudir a Malfoy Company, hay unos asuntos urgentes que deben ser atendidos».

Hermione se recostó en la silla. No sabía qué había pasado, pero debía de ser algo grave si el hombre que tanto la detestaba la había hecho llamar precisamente a ella. La idea de que la necesitara y tuviera que rebajarse a pedir su ayuda la satisfacía, especialmente después de todos los años que pasó puteándola para que dejara a Draco. Tendría que haberle hecho caso, para una cosa que hizo bien, pero esa ya era otra historia.

Miró el reloj y fue a levantarse para acudir a la cita, pero lo pensó mejor. Lucius Malfoy podía esperar. Sabía que se estaba comportando como una niña, pero ni le apetecía encontrarse con ese imbécil ni quería hacerle creer que acudiría corriendo solo porque él lo llamara. Volvió al trabajo que tenía pendiente y decidió que iría cuando terminara las autorizaciones que estaba evaluando.

Al final, cuando se hizo la hora de comer, decidió que Lucius Malfoy ya debía de estar dando vueltas por su despacho como un león enjaulado. Cogió sus cosas y se encaminó hacia la puerta. Su secretario, un joven que estaba de prácticas en el Ministerio, se levantó y se frotó las manos con nerviosismo. La miró con ansia, expectante.

―No tienes que levantarte cuando aparezco, Austin, no soy la reina de Inglaterra. ―El joven, de ascendencia pura, frunció el ceño y la miró perplejo, sin idea de quién era esa reina, pero Hermione decidió que no tenía tiempo para explicaciones―. ¿Podrías avisar al Ministro de que Lucius Malfoy me ha hecho llamar? Dile que le informaré de lo que sea que el señor Malfoy quiere.

Hermione se preguntaba por qué Lucius no había recurrido al ministro en persona, dada la alta opinión que tenía de sí mismo, pero pronto lo averiguaría.

Austin asintió varias veces y tomó nota en un papel, pero cuando fue a dejar la pluma encima de la mesa tiró el tintero y ensució todo lo que tenía alrededor. El joven se puso pálido y empezó a musitar disculpas mientras intentaba rescatar lo poco que había quedado intacto.

Hermione suspiró y cogió al secretario con nervios de cristal por el brazo y lo detuvo. El chico la miró con cara asustada.

―Austin, eres mago ―dijo Hermione, devolviéndole la mirada fijamente―. Usa tu varita. Y relájate, por Merlín, no voy a despedirte.

En los últimos años, Lucius Malfoy había apartado su desprecio hacia lo muggle y ahora aceptaba su dinero, por lo que Hermione decidió coger un taxi para ir a la dirección que venía en la notificación ―como si Hermione no supiera dónde trabajaba.

Malfoy Company estaba situado en el distrito financiero; era un rascacielos negro con la letra «M» en color plata encima de la puerta principal. Hermione inspiró hondo, pensando en con quién podría encontrarse allí, pero apartó el pensamiento, mandándolo directamente al cajón de cosas en las que no le gustaba pensar. Cuando entró, se sorprendió de que todo fuera de un blanco inmaculado; había supuesto que un exmortífago preferiría el negro. Los únicos muebles eran unas sillas situadas al lado de los ventanales, algunas macetas con plantas artificiales y la mesa de recepción.

Se aproximó al hombre sentado detrás de la pantalla.

―Buenos días ―saludó―, ¿el despacho del señor Malfoy?

El recepcionista la miró a través de sus gafas de diseño, evaluándola con la mirada. Cuando pareció satisfecho con lo que vio, esbozó una sonrisa eficiente y dijo:

―Última planta. Coja el ascensor de la derecha.

Mientras Hermione subía en el ascensor, recordó la última vez que se había reunido con su por aquel entonces suegro a solas.

Hermione llegó a casa después de haber ido a cenar a La Madriguera. Recorrió lentamente el caminito de piedra hasta la entrada, y se fijó en que las luces estaban apagadas: sus padres debía de estar todavía de cena con unos amigos. Sonrió; saber que sus padres volverían a casa en unas horas como máximo y que no estaban a miles de kilómetros de distancia le daba una paz que pensaba que no volvería a encontrar.

Cuando metió las llaves en la cerradura, notó que algo iba mal. El aire estaba impregnado de ese aroma inconfundible e indescriptible de la magia. Hermione se llevó una mano al bolso y sacó su varita. Entró sin hacer ruido y escudriñó la casa a oscuras.

Se hizo una luz en el salón.

¿Vas a tenerme esperando toda la noche, niña? Tengo mejores cosas que hacer.

La mano de Hermione recorrió la distancia hasta el enchufe y encendió la luz. Tragó saliva al ver a Lucius Malfoy sentado en su sofá. Tenía la espalda muy recta, las manos apoyadas en su bastón y su típica expresión de asco y desdén. Aun así, no iba a dejar que la intimidara.

No haber venido entonces. Nadie lo ha invitado y, desde luego, esto es allanamiento de morada, así que o dice lo que tenga que decir rápido o aviso al Ministerio de que ha entrado aquí sin invitación y me ha amenazado.

Los ojos de Lucius brillaron con algo similar a «Cuidado con lo que dices».

Hermione se acercó a grandes zancadas y se sentó en el sillón, de frente al hombre. Cruzó las piernas y levantó el mentón en actitud desafiante. Sus miradas lucharon entre ellas hasta que Lucius arrugó la nariz, como molesto por tener que dirigirse a ella, y habló:

Dime, ¿qué quieres? ¿Qué pretendes sacar de… esto?

Hermione enarcó una ceja y fingió que no sabía a qué se refería.

Creo que no tengo el placer de entenderle.

Lucius soltó un bufido.

No juegues conmigo, sangresucia. Que hayas encandilado a mi hijo con alguno de tus trucos bajos no significa que yo vaya a caer en tu trampa. ¿Qué quieres, dinero? ¿Un puesto en el Ministerio? ¿Ser famosa?

Hermione lo miró largamente. Saber qué pensaba de ella Lucius Malfoy y oírlo en persona eran dos cosas distintas, y tuvo que inspirar hondo para que no se le humedecieran los ojos por cómo la hacían sentir esas afirmaciones.

Lo único que quiero es a su hijo.

Ya estaba dicho. Draco y ella habían hablado de sus sentimientos, pero ningún «Te quiero» había salido de sus labios. Lucius Malfoy no se merecía aquella confesión, pero debía saberlo.

Lucius soltó un sonido despectivo.

A mí no me engañas, zorra. ¡Si esto es una especie de venganza…!

Hermione se levantó.

Basta ―cortó―. Viene a mi casa, me insulta y pretende que le obedezca como si usted tuviera poder sobre mi vida, o sobre la de su hijo, ya puestos. ¿No ha tenido bastante jodiéndole la vida todos estos años? ―increpó. Lucius permanecía sentado en el sofá, y la miraba con expresión lívida de ira―. ¿Por qué no se preocupa más por preguntarle qué le hace feliz, en vez de amargarle la vida con sus prejuicios de mierda?

Inspiró hondo, intentando calmar el pulso agitado y el temblor de manos, pero Lucius aprovechó para levantarse en ese momento. Se acercó a ella hasta que sus rostros estaban a centímetros de distancia. Él agachó la cabeza y la miró a los ojos con odio.

Esto no quedará así ―advirtió antes de marcharse de la casa como una exhalación.

Hermione volvió a sentarse en el sofá con una mano en el corazón. Sonrió, porque si lo suyo con Draco no fuera en serio, su padre no se había presentado allí con amenazas e insultos.

Tengo que poner un hechizo protector, no sea que vuelvan a entrar ratas ―musitó.

El sonido de la puerta del ascensor abriéndose la sacó de lo más recóndito de su memoria. Hermione parpadeó, más paredes y muebles blancos aparecieron ante sus ojos, casi cegándola.

Cuando salió al pasillo, miró a ambos lados. Había gente entrando y saliendo de otras salas, pero ninguno reparó en ella. Lo único notable que ocupaba el amplio espacio era una mesa con una joven que no llegaba a los treinta vestida de rojo, resaltando como una mancha de sangre contra la pared.

Hermione se aproximó a ella.

―El señor Malfoy me está esperando. Dígale que es del Ministerio.

Si la secretaria se mostró sorprendida por la mención al gobierno, lo disimuló muy bien.

―Un momento, por favor ―respondió la chica con una sonrisa eficiente y distante. Se levantó, llamó a la puerta del fondo del pasillo y murmuró unas palabras dentro que Hermione no llegó a entender. Cuando volvió, lucía la misma sonrisa, como si la llevara enganchada con pegamento―. El señor Malfoy la atenderá ahora.

La secretaria le abrió la puerta del despacho de Lucius Malfoy y volvió a su sitio. Hermione se demoró un segundo antes de recorrer el espacio hasta la silla vacía delante del escritorio y se sentó.

Lucius y ella se miraron. El silencio se volvía más denso por momentos, hasta que Hermione lo rompió abriendo su maletín y sacando un bloc de notas. Levantó la cabeza y enarcó una ceja.

―¿Y bien, señor Malfoy? Supongo que no me ha llamado para charlar.

―Por supuesto que no ―respondió él en tono de desprecio.

Hermione sonrió. El hombre no había cambiado ni un ápice. Que empezara el juego.

―Vaya al grano entonces, el Ministerio tiene asuntos que atender.

Malfoy se recostó en su silla y juntó las yemas de los dedos en expresión calculadora.

―Al Ministerio más le valdría ocuparse bien de uno de sus mayores inversores. ―A Hermione le jodía que aquella afirmación fuera verdad, pero no lo mostró―. Pero tiene razón, señorita Granger ―se notaba que le dolía tener que referirse a ella con respeto―: vayamos al grano. Anoche sufrimos un ataque.

Hermione parpadeó. Por lo que ella sabía, la empresa de Lucius Malfoy se dedicaba a inversión en la construcción ―y otras cosas, pero ni le había interesado en el pasado ni lo hacía ahora―, y sus negocios se daban exclusivamente en el mundo muggle.

―¿Ha probado llamando a la policía? ―sugirió con sorna.

Las aletas de la nariz de su exsuegro se abrieron, pero el hombre mantuvo su expresión estoica.

―Supongo que su educación en Hogwarts no fue tan pobre como muchos supondrían ―Hermione estuvo a punto de señalar que era jefa del Departamento de Seguridad Mágica, pero el hombre no la dejó intervenir―, pero le habrán enseñado que cualquier uso de la magia deja una imprenta, una huella que puede detectarse con los hechizos adecuados. En cuanto supe que nos habían asaltado, hice el examen rutinario, pero no detecté nada.

Hermione dejó de anotar cosas en su cuaderno y miró al hombre, asimilando sus palabras.

Nada.

―Eso no es posible. Nadie consigue eliminar por completo el rastro de magia.

―Pues alguien lo ha hecho ―replicó Malfoy.

Hermione se quedó pensando, pero al sentir la mirada de Lucius clavada en ella, se irguió. Sabía que aquel imbécil aprovecharía cualquier signo de debilidad para afianzar su opinión de que Hermione no era merecedora de su cargo. No lo había dicho, pero tampoco hacía falta.

―Llamaré a Johnson ―el encargado de Hechizos y Ataques Mágicos dentro del Cuerpo de Aurores― para que venga inmediatamente.

―No ―se negó Malfoy―. En mi empresa tengo a centenares de muggles. Uno de mis técnicos ya revisó nuestros archivos y no encontró nada raro, así que si ahora se presentan «policías», levantaría sospechas y desconfianza.

―¿Y qué propone? ―preguntó Hermione, volviendo a guardar sus cosas en el maletín.

―¿Tengo que hacerlo todo por usted? ―replicó Lucius con una sonrisa de superioridad―. Haga llamar a quien sea, pero esta noche, cuando ya no quede nadie.

Hermione terminó admitiendo a regañadientes que era buena idea y asintió.

―Estaremos aquí a la hora del cierre.

Se levantó. Cuando ya tenía la mano en el pomo de la puerta, la fría voz de Malfoy la detuvo.

―Ah, y señorita Granger… No se atreva a dejarme esperando otra vez como hoy.

Hermione se detuvo, se giró y le dedicó una sonrisa.

―¿O qué?

Solo obtuvo una mirada de odio como respuesta, y salió del despacho con expresión triunfal. Le encantaba hacerlo rabiar, era su forma de cobrarse cómo la había tratado cuando estaba con Draco.

Y hablando del rey de Roma…

Hermione estuvo a punto de detenerse, pero se dijo «Hermione, no seas tonta. ¿Dónde vas a ir si te das la vuelta?». Así que siguió andando.

Draco iba vestido con uno de sus habituales trajes negros y tenía una mano metida en el bolsillo mientras gesticulaba con la otra al hablar. Frente a él había una espectacular rubia teñida. La chica rio ante algo que él dijo y Hermione no pudo evitar poner los ojos en blanco. Todas caían siempre ante sus encantos, ella incluida en su momento.

Cualquier esperanza de poder pasar desapercibida y meterse en el ascensor silenciosamente desapareció cuando Draco giró la cabeza casualmente y sus ojos se posaron en ella. Calló inmediatamente y la seriedad reemplazó a la expresión relajada que había tenido unos segundos antes.

Dejando a la rubia olvidada, salió a su encuentro.

―Hermione.

―Draco ―respondió ella con un asentimiento de cabeza. Intentó seguir andando, pero él se situó a su lado.

―¿Qué haces aquí? ―preguntó. Cuando pasaron por delante de la chica con la que había estado hablando, pareció recordarla de repente―. Perdóname, Camille. Luego hablamos.

La chica asintió y miró a Hermione con curiosidad, pero ella no se detuvo y pronto quedó fuera de su campo de visión.

―¿No te lo ha contado tu padre? ―preguntó Hermione, volviéndose hacia el que fuera su novio, que seguía a su lado―. Habéis sufrido un ataque.

Draco pareció sorprendido.

―¿Un ataque? ¿Qué tipo de ataque?

Llegaron al ascensor y Hermione le dio al botón de bajar. Por suerte para ella, el ascensor ya estaba allí y no tuvo que esperar.

―Te sugiero que lo hables con él.

Observó la intención del hombre de entrar en el ascensor con ella, pero finalmente se contuvo y se quedó dónde estaba.

―Me ha alegrado verte, Hermione ―se despidió Draco mientras se cerraban las puertas.

―Adiós ―se limitó a responder ella.

Tampoco iba a mentir y a decirle que no seguía molestándole verlo. Desde que Ginny le había dicho que sería el padrino de la boda, había intentado hacerse a la idea, pero le costaba horrores tener que fingir que estaba preparada para tenerlo de nuevo en su vida.

~ · · · ~

―Bonito plantón el que me acabas de dar ―señaló Camille con una sonrisa ladeada.

Draco suspiró levemente. Cuando había visto aparecer a Hermione cualquier otra cosa a su alrededor se había desvanecido.

―Lo siento, tenía que hablar de algo importante con ella ―se inventó.

Desgraciadamente, su más reciente amiga no cayó en la mentira.

―Ya, claro ―Camille enarcó una ceja―, por eso no habéis intercambiado más de dos frases.

Draco la fulminó con la mirada y se encaminó a su oficina, pero ella lo siguió.

―¿Es tu ex, verdad? Esa que te rompió el corazón. No, espera ―Camille se quedó pensando; lo apuntó con el dedo―: fuiste quien le rompió el corazón y ahora vas llorando por los rincones por ella, ¿no? ―Sonrió, ligeramente abstraída―. Una mujer como esa tiene cara de no dejar pasar ninguna cagada monumental. No es que pueda culparla… ―añadió.

―No pienso darte ni un solo detalle más de mi vida personal.

Ella puso cara divertida.

―¡Oh, vamos, no es culpa mía que haya acertado! Tú tienes cara de cagarla monumentalmente ―señaló, como si eso sirviera para excusarla―. ¿Cómo se llama?

Draco apartó la mirada.

―Hermione.

Camille frunció el ceño levemente, pero en vez de señalar la rareza del nombre, sonrió.

―Un nombre especial para una chica especial. Aunque suene a cliché ―sentenció.

―Lo es. El cliché solo lo corrobora.

~ · · · ~

Hermione cambiaba el peso de un pie al otro mientras vigilaba la puerta de Malfoy Company. Hacía sus buenos diez minutos que el último empleado había abandonado el edificio, pero no estaba de más estar seguro. Harry, a su lado, no parecía tan dispuesto a ser paciente.

―¿Entramos ya? ―Edward Johnson, el especialista en Hechizos, puso voz a la voluntad de Harry.

Después de echar una última mirada al edificio acristalado, Hermione asintió.

―No perdamos más tiempo.

Bajo un hechizo de invisibilidad, se encaminaron hacia la puerta y la abrieron con un movimiento de varita. Ahora que no quedaba nadie, el sitio parecía mucho más grande, con tres pares de pasos resonando contra las paredes blancas.

Los dos hombres Malfoy los esperaban de pie, con pose similar. Hermione deshizo el hechizo, haciéndose visibles para sus ojos grises. Hermione empezaba a sentirse molesta: los encuentros con Draco empezaban a hacerse más numerosos de lo deseable. Bueno, cualquier número superior a cero era indeseable para ella.

―Síganme ―dijo Lucius sin preámbulos.

Subieron en ascensor hasta la penúltima planta, Finanzas, y el hombre los guio hasta una sala acristalada con una decena de mesas y un ordenador en cada una. Allí era probablemente era donde trabajaban los contables de la empresa.

―¿Es aquí? ―preguntó Hermione. Aparentemente, no había ningún signo de intrusión. Ni siquiera parecía que el lugar fuera digno de intentar colarse.

―Hechicé el edificio para que mi varita me avisara cuando alguien no autorizado entrara fuera del horario laborable. El aviso me condujo a la puerta principal ―señaló la oficina― y aquí, pero cuando llegué, no encontré nada.

Johnson aproximó a la puerta de cristal y se quedó pensativo, con una mano en la barbilla. Sacó su varita.

―Necesito que me diga qué hechizo en concreto utilizó, señor Malfoy. Después procederé a la investigación.

Lucius Malfoy apretó los dientes; parecía reticente a hablar. Su hijo lo miró entre maravillado y divertido.

―No me digas que hechizaste este sitio con magia negra…

Hermione frunció el ceño y estaba a punto de echarle la reprimenda de su vida cuando Harry la mandó callar.

―Escuchad ―dijo.

Todos se quedaron muy quietos. Al principio apenas se oía un zumbido, pero pronto el ruido se volvió identificable: era el sonido del ascensor del lado derecho subiendo. Un «cling» señaló que se había detenido justo en aquella planta. Inmediatamente todos se movieron a un lado, ocultos detrás de una pared.

―¡Menos mal que su varita lo avisa cuando entra alguien, señor Malfoy! ―recriminó Hermione, levantando su varita.

Un repiqueteo resonó contra el suelo de mármol. Hermione, Harry y Johnson se hablaron con la mirada y saltaron al pasillo al unísono, apuntando con las varitas hacia delante.

Hermione estuvo a punto de bajar su varita de la sorpresa.

―¿Camille? ―Draco, que también había salido de su escondite, miraba con incredulidad a la chica rubia con la que Hermione lo había visto hablando aquella mañana.

―Puedo explicarme ―respondió Camille, bajando lentamente la varita que sujetaba en la mano.


Bueno, ¿qué os ha parecido? Después de tantos capítulos con poca interacción entre Draco y Hermione, cada paso que doy parece de gigantes jajaja. En el próximo capítulo (que no sé cuándo será, sorry) habrá todavía más interacción e incluso una conversación civilizada (espero).

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MrsDarfoy