¡Hola!

Me encanta ver cómo me contradigo a mí misma en las notas de autora. Pero supongo que no os molestará para nada que la mitad del capítulo sea "dramione". Quizás por eso me he inspirado y este capítulo tiene 3300 palabras exactas. Anyway, disfrutad si podéis :)


PRESCINDIBLE


«El que quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos».

Francisco de Quevedo

Capítulo 13: A regañadientes

―¿¡Qué demonios haces con una varita!? ―exclamó Draco.

Hermione había bajado la suya y observaba la interacción de los dos rubios. La tal Camille escondió la varita en su bolso mientras enrojecía de la vergüenza.

―¿No lo mencioné nunca? Bueno, soy… soy bruja.

―Eso ya lo vemos, señorita ―señaló Johnson con ironía. Miró a Hermione, esperando órdenes.

Se encontraba en una encrucijada: no conocía a esa chica, pero había aparecido en el escenario de una investigación sobre un ataque mágico y se había descubierto como bruja en un sitio en el que solo trabajaban muggles. Que ella supiera.

―¿Algún otro mago no registrado entre sus empleados? ―se giró hacia Malfoy padre y le dedicó una mirada gélida.

Lucius no dijo nada, pero miró con tal intensidad a Camille que pareció que fuera a cruciarla solo con la fuerza de sus ojos. Hermione pudo concederle que la joven no se dejó impresionar ni un ápice.

―No que yo sepa. Pero me gustaría tener un par de palabras con la señorita Bellamy ―respondió Malfoy.

Hermione negó con la cabeza de forma tajante.

―Primero deberá acompañarnos al Ministerio. La señorita Bellamy debe responder a un par de preguntas.

No se sentía cómoda con aquella situación, pero no podía dejarla marchar así como así. No sin saber por qué nadie sabía que era una bruja y por qué estaba allí justo en ese momento.

―¡Pero si no ha hecho nada! ―exclamó Draco con incredulidad. Miró a Hermione―. Hermione, ¿qué haces?

Ella lo fulminó con la mirada. Lo que le faltaba, que la pusieran en duda.

―Mi trabajo. ―Miró a Camille―. Si es tan amable de acompañarnos…

Camille cuadró los hombros y sonrió. Tenía expresión tranquila.

―Por supuesto. Lamento las molestias que le estoy causando, señor Malfoy, pero si pudiera ahorrarle la noticia a mi padrastro… Él no sabe nada de la magia.

―¿Puedo acompañarla? ―preguntó Draco.

Hermione y Harry se miraron. Ella suspiró; sabía lo que parecía con su comportamiento, pero no iba a mantener su puesto dejándose llevar por las necesidades de los demás.

―Cuando la señorita Bellamy salga, podréis hablar de lo que queráis. Si no tiene nada que esconder ―miró a Camille, quien le dedicó una sonrisa―, no le robaremos mucho de su tiempo.

Ninguno de los Malfoy añadió nada más, lo que Hermione tomó como señal de que la conversación había terminado y ya podían trasladarse al Ministerio. Johnson se ocupó de Camille, tomándola por el brazo para realizar la Aparición.

Cuando llegaron a su destino, Harry se acercó a su amiga.

―¿Qué hacemos, la bajamos a las salas de interrogatorio? ―preguntó en voz baja.

Hermione observó a la amiga de Draco. Era lo contrario a un criminal: guapa, bien vestida, una sonrisa bonita… Pero por supuesto, el camino hacia el infierno estaba plagado de buenas intenciones.

Apretó los labios.

―Sí. ―Hermione no creía en las preferencias―. ¿Empiezas tú el interrogatorio? Yo tengo que aclarar unos asuntos primero. ―Su amigo asintió―. Pero no seas demasiado duro ―agregó―, su único crimen hasta ahora es no haber notificado a nadie que es bruja.

Mientras sus compañeros bajaban a la zona de las mazmorras, ella subió a su despacho. Su secretario seguía allí.

―Austin, ¿podrías contactar con alguien del Ministerio francés? Necesito que averigües todo lo que tengan sobre Camille Bellamy. Y si tienen algo sobre Pierre Hamilton, que te lo den también. ―Austin tomaba notas apresuradamente y asentía sin parar―. Y ponte en contacto con Shacklebolt, quiero que venga para que podamos discutir esto con él. O Malfoy no nos dejará tranquilos ―masculló para sus adentros.

Austin tragó saliva, como si fuera un niño a quien el hubieran encargado un trabajo de mayores. Hermione le sonrió para inspirarle confianza y lo dejó para que cumpliera con su labor.

―Ah, Austin… Lo necesito para dentro de veinte minutos. Como máximo. Lo siento ―añadió al ver la expresión de desaliento del joven.

Bajó a las mazmorras. «Hay que cambiarle el nombre», pensó, «suena demasiado lúgubre. Demasiado "Vamos a pegarte una paliza como no confieses ya"». Se metió en la sala donde Harry había ubicado a Camille; todavía no habían empezado, Harry la había tenido rellenando varios formularios hasta que ella apareciera.

Hermione ocupó la silla al lado de su amigo auror. Observó a Camille durante unos segundos. La mujer le devolvió la mirada de forma serena. Tenía las manos encima de la mesa, unos dedos largos rematados con uñas pintadas de rosa palo. No le temblaban, señal de que no estaba nerviosa.

―He oído hablar mucho de ti. ―La joven rompió el silencio con una sonrisa―. ¿No te importa que nos tuteemos, verdad? Podéis llamarme Camille, si quieres.

Hermione meditó sus palabras. ¿Qué le habría dicho Draco de ella?

―Bien… Camille ―dijo Harry―, ¿qué hacías en Malfoy Company después de la hora del cierre?

―Me dejé unos papeles que tenía que llevarme a casa para revisar, así que pensé que no pasaría nada por volver y cogerlos.

―¿Y cómo entraste?

―Con un Alohomora ―explicó la mujer, riendo. Carraspeó―. Perdón, las situaciones serias tienden a hacerme gracia.

―¿Sabías que los Malfoy son magos antes de venir a trabajar con ellos? ―inquirió Hermione.

Camille volvió a reír. Más parecía que estuviera teniendo una charla con unos amigos que sometida a un interrogatorio.

―¿Y quién no? Aunque lleven viviendo aquí siglos, los Malfoy siguen siendo una de las familias con el linaje más antiguo de Francia. Nadie que haya estudiado genealogía y heráldica podría confundirlos.

―Ellos no sabían que eres bruja. ―No era una pregunta. Hermione se giró hacia Harry―. ¿Has mandado a que analicen la varita? ―preguntó.

―No encontrarán nada ―intervino Camille―. La llevo encima solo por precaución, para casos de emergencia.

Hermione frunció el ceño. Aquello le parecía inverosímil: ¿qué mago renunciaría voluntariamente a la magia?

En aquel momento llamaron a la puerta. La cabeza de Austin se asomó.

―Perdonen la interrupción. Traigo lo que me había pedido, señorita Granger. ―Hermione estaba gratamente sorprendida de la rapidez del chico; tomó nota mental de felicitarlo después.

Se quedó mirando a Camille sin parpadear, pero Harry carraspeó levemente y Austin cerró la puerta mientras musitaba una disculpa.

Cuando Hermione abrió la carpeta, se encontró una foto en movimiento de una Camille adolescente con un uniforme de Beauxbatons, con el pelo rubio oscuro al viento, sonriendo a la cámara. Hermione frunció el ceño; según sus datos, Camille tenía tres años más que ella, por lo que debería de haber estado en Hogwarts cuando se celebró el Torneo de los Tres Magos.

―¿No viniste a Hogwarts junto con los de tu curso? ―preguntó.

La expresión de Camille se volvió triste.

―Fui, pero a las tres semanas tuve que volver a casa. Mi padre cayó gravemente enfermo y mi madre creyó que era mejor que estuviéramos los tres juntos, por si sucedía lo peor y mi padre moría estando yo tan lejos. Al final hizo bien, porque papá apenas duró tres meses. Nadie pudo salvarlo. Después de eso, abandoné los estudios mágicos y me centré en sacarme una carrera muggle.

Unas letras aparecieron en uno de los documentos que tenía Harry en las manos. Se lo enseñó a Hermione. Último hechizo realizado: Alhomora.

―Está limpia ―dijo Harry, intercambiando una breve mirada con Hermione.

―Os lo he dicho, la utilizo muy poco, y solo para tonterías. Me he adaptado demasiado bien al mundo «normal».

Hermione la evaluó durante un largo minuto antes de decidir que no había motivos para retenerla durante más tiempo. No haber informado a las autoridades de que era bruja no era un delito, ya que trabajaba en una empresa muggle. Y tampoco había sido ella quien había entrado en Malfoy Company, o su varita la habría delatado.

―Bien. Muchas gracias, Camille. Puedes irte.

La rubia sonrió y se levantó.

―Si necesitáis cualquier otra cosa, ya sabéis dónde trabajo.

En la salida de la sala, Hermione se encontró con el señor Ministro. Shacklebolt no parecía muy contento de haber sido sacado de la comodidad de su casa para acudir al Ministerio.

―¿Qué ha pasado? ―quiso saber.

―Hemos tenido un percance cuando estábamos investigando el ataque a los Malfoy, pero al final ha resultado ser una falsa alarma.

―¿Habéis averiguado qué pasó?

La bruja negó con la cabeza.

―El único indicio de un ataque mágico es la falta de rastros de magia. Aparte de eso, podríamos pensar que a Malfoy se le ha ido la cabeza, porque no se ha tocado nada. Ni un archivo, ni un objeto, nada. Todo sigue en su sitio.

Kingsley se quitó el gorro que siempre llevaba y se pasó una mano por el pelo corto. Empezaba a tener canas.

―Bien. Dejemos que pase un tiempo, a ver si podemos lanzar algo de luz sobre esta incógnita.

· · ·

Hermione entró en el Ministerio con prisa. Había pasado la noche anterior en vela, pensando en que algo no encajaba con todo el asunto del ataque a los Malfoy ―¿Qué sentido tenía entrar en el edificio si luego no iban a robar nada?―, así que para cuando se durmió, ya casi era hora de levantarse e ir a trabajar.

En el vestíbulo, se cruzó con Austin, quien iba cargado con dos cafés.

―Buenos días, señorita Granger ―saludó, tendiéndole un café.

Hermione le dio las gracias con una sonrisa, pero cuando probó el primer trago, descubrió que se había pasado con el azúcar. Aun así, no dijo nada porque sabía que el pobre chico estaba acomplejado con su torpeza.

―¿Qué tal el fin de semana? ―preguntó amablemente.

―Bien, bueno, no hice mucho… ―Austin se quedó en mitad de la frase; cuando Hermione se giró hacia él para ver si estaba bien, lo encontró mirando hacia atrás.

―Hermione ―llamó una voz demasiado conocida.

Ella puso los ojos en blanco antes de girarse.

―Draco. ―Últimamente veía más a su ex novio que a sus padres, lo cual no era un cambio agradable―. ¿Qué te trae por aquí?

―Tengo que hablar contigo sobre un tema importante.

Hermione entrecerró los ojos. Si hubiera sido algo referente al ataque, hubiera acudido su padre en persona: aunque Lucius Malfoy fuera orgulloso y no le gustara rebajarse, no dejaría algo tan importante en manos de su hijo. Entonces, ¿qué quería?

Le devolvió su café a Austin con cierto pesar.

―Vayamos a mi despacho ―dijo después de notar cómo las miradas comenzaban a posarse en ellos.

Lo único que le faltaba a la guinda de ese pastel podrido era que empezaran a circular rumores sobre ellos dos.

Ni se dignó a mirar atrás para comprobar que él la seguía; ni tan siquiera lo miró cuando estaban en el ascensor. No se detuvo hasta que llegó a su despacho. Ya una vez dentro, cerró la puerta y se sentó en su silla. Draco se quedó de pie unos segundos hasta que la imitó y ocupó la silla frente al escritorio.

―¿Cómo estás? ―preguntó.

―Ocupada. ―«Vamos, Hermione, no seas así»―. Ya sabes cómo es esto por aquí. ¿Qué era eso tan importante de lo que querías hablar? ―inquirió.

Draco se metió la mano en el bolsillo. Cuando la sacó, tenía entre los dedos pulgar e índice el anillo de compromiso que le dio, dos años atrás. El mismo anillo por el que Hermione iba a recibir bastante dinero.

«Mierda».

―Me han dicho que alguien ha intentado empeñarlo.

―Sí. Fui yo.

―¿Necesitas dinero? ―preguntó.

Hermione inspiró hondo.

―Es complicado. Pero puedes quedártelo. Por lo que veo, no conseguiré venderlo nunca.

Draco la miró con preocupación.

―Puedo darte el equivalente a su valor. O el doble. O el triple. Sabes que el dinero no es un problema.

Ella soltó un ruidito sarcástico. Qué forma más triste de ganársela.

―No, gracias. Me las apañaré. No es tan urgente ―mintió.

Él se quedó mirando el anillo. Entonces lo dejó sobre la mesa.

―Es un desperdicio que algo tan valioso se pierda. Déjame ayudarte ―insistió.

Hermione entrecerró los ojos. ¿En qué idioma tenía que decirle que no podía ir de bueno y esperar que se llevaran como si nada, solo porque sí?

―No quiero tu dinero, Draco. Es todo lo que diré sobre el tema ―sentenció Hermione con sequedad―. Y quédate el anillo. Ya no me sirve de nada.

Draco echó un último vistazo a la joya antes de guardársela en el bolsillo. Se quedaron así, en silencio, durante unos segundos que a Hermione se le hicieron interminables.

―¿Querías algo más? ―preguntó, apretando la mano en torno al extremo del reposabrazos de la silla.

Draco la miró con ojos de cervatillo asustado. Ella sonrió internamente con crueldad. Si pensaba que esa táctica iba a funcionar con ella.

―¿No crees que deberíamos hablar?

―No ―respondió, cortante.

Él inspiró hondo, cerró los ojos durante un instante, antes de volver a abrirlos y clavar en ella su mirada penetrante.

―¿Todo va a ser siempre tan difícil? ―preguntó con un punto de exasperación.

Hermione clavó las uñas en la madera hasta que le dolió. Era su forma de no levantarse y echarlo de allí a patadas.

―Lo dices como si te debiera una charla. ―Ladeó la cabeza y entornó los ojos―. Pero vamos a hacer como que te sigo la corriente: ¿de qué quieres hablar exactamente?

Él se pasó una mano por el pelo. Las ventajas ―o inconvenientes, dependiendo de cómo se mirara―, era que Hermione conocía cada manía que tenía, y siempre hacía eso cuando algo le estaba costando.

―De nosotros.

―No hay un nosotros ―Hermione no tardó ni un segundo en responder―. Hace tiempo que dejamos de tener cualquier tipo de relación. No frecuentamos los mismos círculos, y no hay ningún lazo que nos una, así que, «nosotros» no existe en ninguna de sus acepciones. Tú te encargaste de eso, ¿lo recuerdas, verdad?

La boca de él se retorció en un rictus de dolor.

―Claramente. Mea culpa.

―Por supuesto. Ahora dime de verdad qué es lo que quieres.

―A ti. ―En cuanto esas dos palabras salieron de la boca de Draco, ambos se dieron cuenta de que no era lo que había querido decir, pero ya se le habían escapado. Su subconsciente le traicionaba. Al ver que no había marcha atrás, Draco cuadró los hombros―. Eres la mujer de mi vida, Hermione.

La postura de ella no varió ni un segundo. Ni siquiera apartó sus ojos de los de él. Necesitaba comprobar si mentía, pero no le hicieron falta ni dos segundos para saber que decía la verdad.

Hubiera podido gritarle, contarle todo lo que sufrió por él, todas las esperanzas y sueños de un futuro juntos que rompió por sus caprichos. Sin embargo, permaneció calmada como el mar en un día soleado. Dejó que todo quedara oculto en la oscuridad de las profundidades.

Maldito fuera mil veces.

―¿Seguro? Antes parecía que encontraras a la mujer de tu vida cada pocos meses ―lo dijo sin malicia. Era un hecho, y sabía que Draco no podía negarlo sin pecar de mentiroso. Y no podía darse ese lujo.

El rubio suspiró y se llevó dos dedos al puente de la nariz.

―Daría todo lo que tengo por poder volver atrás en el tiempo y arreglarlo. ―La miró con desesperación; quería hacerla entender, quería verla darle la razón. Hermione cruzó los brazos delante del pecho; Hermione no iba a dejar que el caballo entrara en Troya. No aquella vez ―. ¿Cuántas veces más tengo que disculparme? ―preguntó, levantando las manos al cielo con exasperación.

Hermione se tomó su tiempo en responder. Apartó la mirada de él por primera vez en todo el tiempo y se observó las uñas. Estaban sucias por culpa de arañar la madera de la silla. Se sacó la suciedad del pulgar con ayuda de la uña del dedo corazón. Ojalá todo fuera tan fácil como eso.

Volvió a posar sus ojos en Draco, quien aguardaba una respuesta.

―Mil veces. Ninguna. Ya da igual. ―Se encogió de hombros―. ¿De qué sirve a estas alturas? ―Se inclinó ligeramente hacia delante y lo miró fijamente; necesitaba que la escuchara bien, porque solo iba a decir aquello una vez―. Mira, Draco… Estuvimos juntos hace año y medio, tú la cagaste, yo te dejé. Sí, te quería. Te quería mucho. Me hubiera casado contigo sin dudarlo. Pero me engañaste, y eso no se olvida. No te odio, pero tampoco te quiero. Ahora estoy enamorada de otra persona, un hombre maravilloso con el que soy feliz. ¿Lo entiendes?

Él apretó los labios y entornó los ojos. Hermione había visto ese gesto muchas veces: estaba preparando su ofensiva.

―¿Seguro que estás tan enamorada de él como dices? ―pronunció las palabras con su antiguo tono frío y desdeñoso, el que usaba en sus tiempos en Hogwarts―. Porque si no entendí mal, empezaste a salir con él poco después de dejarme. ¿Seguro que no es tu forma de vengarte? ¿De decirte a ti misma que no sientes nada por mí?

Hermione se levantó, pasó por su lado sin mirarlo y abrió la puerta de su despacho. Se había cansado. Aunque a decir verdad había aguantado más de lo que pensaba.

―A veces me preguntó qué vi en ti, Draco. Qué me hizo enamorarme de alguien con un complejo de superioridad tan grande que cree que mentiría a una persona durante tanto tiempo solo para darte celos a ti. ―Cuadró los hombros―. No tengo por qué explicarte mis acciones, mis sentimientos o lo que hago con mi vida, puesto que no somos nada. Ahora, si me haces el favor de marcharte, tengo otras cosas más importantes que hacer.

Él se levantó, abrochando el botón de su chaqueta, y se encaminó hacia la puerta. Se detuvo al lado de Hermione y la miró de reojo.

―La boda de Blaise y Ginny es dentro de unos meses. Tendremos que quedar para hablar de varias cosas.

―Mientras solo sea sobre la boda.

Draco no agregó nada más; aquella conversación llevaba muerta desde que empezó, y no había ninguna palabra que pudiera decirse que solucionara algo.

Cuando no fue más que una figura alta y bien vestida que se difuminaba al final del pasillo, Hermione cerró la puerta y volvió a sentarse en su silla.

Le temblaba la mano ligeramente, pero la cerró en un puño con decisión.

~ · · · ~

«Míralos, atareados con sus burdos quehaceres. Ni siquiera se dan cuenta de lo que se les viene encima. Van de acá para allá sin pensar en lo que hicieron, sin pensar en que no podía quedar así. ¿Cómo pueden dormir por las noches?

Nos tacharán de monstruos, sí. De traidores. No se dan cuenta de que ellos son los que no tienen alma aquí. Ellos son los que traicionaron a su propia gente.

Pero pronto pagarán. Pronto nos vengaremos de todo lo que hicieron».

Los dos cafés fueron a dar contra el suelo. La gente a su alrededor lo miró con extrañeza, pero nadie se detuvo a ayudarlo.

Austin parpadeó, como si acabara de salir de un trance. ¿Qué había sido eso?

Negó con la cabeza; debía de parecer bastante estúpido, plantado allí en medio, con los zapatos completamente mojados. Sacó su varita y limpió el estropicio. Varias personas lo miraron mal al pasar por su lado: estaba interrumpiendo el flujo de magos y brujas que acudían a sus puestos de trabajo.

Se dio cuenta de que llegaba tarde; ¿por qué se había quedado allí parado? Frunció el ceño: no podía recordarlo. Se encogió de hombros; a veces le pasaba, se quedaba embobado mirando algo y se le pasaban las horas sin darse cuenta.

Musitó un par de disculpas, mientras se cruzaba en el camino de varias personas en su odisea hasta los ascensores. Había trabajo que hacer, y no podía distraerse. La señorita Granger contaba con él, sí.


¿Cómo habéis visto la gran charla? ¿Pensáis que Hermione es demasiado rencorosa? ¿Draco ha cambiado realmente o aquí se ha mostrado tal y como es?

De la última escena no digo nada. Todo cobrará sentido con el tiempo.

Nos vemos pronto, espero.

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MrsDarfoy