¡Hola! Tengo poco tiempo, así que solo quiero dar las gracias a las dos chicas que me señalaron un error que cometí en el anterior capítulo. No tengo internet en el piso, así que tengo que venir a robarlo a la uni, por eso actualizo a esta hora tan rara.

Aclaración: Este cap empieza justo donde empieza el anterior, pero desde la perspectiva de Draco.


PRESCINDIBLE


«Puede haber un cambio de opinión sin arrepentimiento, pero no hay arrepentimiento genuino sin un cambio de opinión».

Charles Finney

Capítulo 14: Los misterios de la mente

Los hombres Malfoy observaron con estupor cómo Hermione y los aurores se llevaron a Camille al Ministerio.

―Desde luego, eso no me lo esperaba ―masculló Draco. Seguía sin saber de su asombro. Miró a su padre con suspicacia―. ¿Seguro que tú no sabías nada?

Su padre lo fulminó con la mirada.

―¡Yo qué iba a saber! Si hubiera tenido el detalle de mencionarlo, no estaríamos en esta situación. Conocí a su madre y no me pareció que fuera bruja, aunque teniendo en cuenta el talento de la hija para mentir… ―caviló. Se pasó una mano por el pelo recogido con un lazo, alborotándoselo ligeramente―. Esta chica debe de haberme visto cara de tonto.

Draco rio.

―Pues sí, porque se te ha quedado una cara…

Lucius entornó los ojos; su hijo sabía que no le gustaba que se rieran de él, pero en vez de lanzarle algún comentario hiriente, esbozó una sonrisa cínica.

―¿Estás seguro de que soy yo el tonto aquí? ―inquirió. Vale, tal vez sí que tenía preparado uno de sus comentarios hirientes, pero Draco estaba más que acostumbrado a sus pullas―. Veamos… ―Lucius se metió la mano en el bolsillo y se sacó algo pequeño. Los ojos de Draco se abrieron como platos al reconocer el objeto: el anillo de diamantes que compró para pedirle matrimonio a Hermione, dos años atrás―. Me lo han mandado esta tarde. Al parecer, tu querida ex casi-prometida intentó empeñarlo hace unos días. No te tiene ni el suficiente aprecio como para guardarlo de recuerdo ―remató con una sonrisa cruel.

Draco se lo arrebató de las manos.

―¿Cómo…? ―quiso saber.

―¿Crees que dejo que cosas de nuestra propiedad se muevan por esta ciudad sin que yo lo sepa? ―Negó con la cabeza, como si le decepcionara que su hijo no hubiera aprendido aquella lección después de tantos años―. Da igual si lo compras con dinero muggle, todo llega a mis oídos.

―Eso dice bastante de tu vida social, padre. ―Se guardó el anillo en el bolsillo―. Me lo quedo; al fin y al cabo es mío.

―Haz lo que quieras con él; de todas formas poco uso puedes darle ya. ¿Irás a verla, verdad? ―inquirió su padre.

Draco se tensó y apretó los labios.

―Eso no es asunto tuyo ―replicó.

―Hijo, ¿no te cansas de intentarlo?

Le parecía increíble estar teniendo aquella charla con su padre allí, en un edificio vacío.

―¿Te cansarías tú si se tratara de madre? ―le respondió.

―Por suerte para mí, yo siempre supe cuáles eran los límites de un hombre. ―Lucius miró a su hijo con dureza, pero su expresión se suavizó unos instantes después―. Uno tiene que saber cuándo rendirse. Hay batallas que no pueden ganarse. ―Soltó una risotada amarga―. Nadie lo sabe mejor que yo. ―La guerra resonó en su voz―. Déjalo ahora que puedes y dedícate a otra cosa.

Draco llamó al ascensor.

―Respóndeme a esto: ¿si su sangre fuera tan pura como la de Astoria Greengrass, también me dirías que no insistiera más? ―Las puertas del ascensor se abrieron en ese momento con un sonido metálico. Padre e hijo se quedaron mirándose―. Lo que suponía ―dijo Draco ante el silencio de su padre―. Mañana llegaré un poco tarde al trabajo, tengo asuntos que solucionar ―se despidió.

Cuando llegó a su casa, fue directamente a por una botella de whisky y se sirvió un vaso con dos hielos. Dejando la chaqueta tirada en una silla, se sentó en el sofá del salón y subió los pies encima de la mesa. Se desabrochó los primeros botones de la camisa mientras tomaba un trago.

Sacó el anillo del bolsillo y lo contempló. No podía decir que no le dolía que Hermione quisiera vender algo tan valioso. Y no estaba hablando del valor económico. Sí, él le dijo en aquella carta que podía venderlo si así lo deseaba, pero Draco había descubierto que era una persona de opinión muy cambiante.

Se pasó una mano por el pelo con frustración. Era gilipollas.

Tiró el anillo sobre la mesa y tomó otro trago de whisky. Si Hermione quería vender el anillo, debía tener un motivo de peso. Sabía bien cuánto le había costado aquella joya, y sabía que, hasta dándole la mitad de lo que le valía, podía conseguir bastante dinero por él. Frunció los labios. ¿Necesitaría dinero?

Bajó los pies de la mesa y apuró el whisky que quedaba en el vaso. Lo había decidido: iría a ver a Hermione y le ofrecería su ayuda. Sabía que era orgullosa, la conocía bien, y probablemente lo mandaría a la mierda, pero debía intentarlo. No se engañaba a sí mismo, sabía que no podía comprar su perdón a base de chequera, pero era lo único que podía hacer.

Y de paso, serviría para verla. ¿A quién engañaba? La echaba de menos como si le hubieran amputado una parte de su cuerpo. Y la frialdad con que lo trataba las pocas veces en que se habían visto no hacía más que acentuar su seguridad de que todavía le quedaba un largo camino a recorrer hasta que ella pensara en perdonarlo.

No era tonto. Podía esperar.

· · ·

Y solo una conversación le bastó para descubrir que ni era capaz de esperar pacientemente a que lo perdonara ni sabía cerrar el pico cuando debía.

Se alejó del despacho de Hermione a grandes zancadas. La gente se apartaba a los lados, porque podían oler la amenaza de peligro de destilaba Draco a su paso.

«Eres un puto imbécil», se insultó mentalmente mientras se acercaba a una de las chimeneas que conectaban con la Red Flu. Se coló delante del hombre que estaba esperando para usarla, ignorando sus protestas, y se marchó a su casa. A la mierda el trabajo, ese día no estaba de humor. Ya lidiaría con el sermón de su padre más tarde.

Sacó el anillo y lo arrojó el anillo contra la pared, arrancando un poco de pintura blanca. Sacó su varita y empezó a destrozar los muebles del salón de pura rabia.

¿Por qué cojones tenía que haber hablado antes de tiempo? No había querido ser demandante, presionar, pero cuando tuvo a Hermione delante, no pudo evitarlo. Las palabras se atropellaron en su lengua y la única opción que le quedó fue soltarlas.

¿A quién había intentado engañar? ¡Por supuesto que quería que volviera con él! Era un puto egoísta, lo sabía, pero solo quería que ella lo mirara con el mismo amor que sintió tiempo atrás y le dijera que sí, que le perdonaba todo lo que había hecho, que las veces que la había engañado no serían un problema para su relación.

«Te perdono» era lo único que quería oír de sus labios.

Tal vez mencionar a su novio no había sido un movimiento muy inteligente. Sabía que reaccionaría a la defensiva, pero no había podido callarse lo que opinaba. Y que se lo tragara la tierra en ese mismo momento si todo lo que le había dicho no era cierto. Sabía que estaba con ese chico por despecho. Tenía que ser el único motivo. Al menos, el único que aceptaba su mente. Era incapaz de admitir que podía ser reemplazado tan fácilmente.

Se detuvo cuando no quedó un solo mueble en pie, jadeando. Se pasó una mano por el pelo, desordenándolo, y con un suspiro volvió a arreglarlo todo. Se sentó en el borde del sofá y cerró los ojos.

Draco se conocía, y sabía que no pararía hasta conseguir que Hermione volviera con él. La pregunta era: ¿Por qué? Fácil: era el amor de su vida. Lo sabía. Siempre lo había sabido, desde que se enamoró de ella en octavo año. Tendría que haber apreciado lo que tenía en casa, pero no había sabido, y ahora ella no lo perdonaba.

Tampoco es que pudiera culparla. Si algo lo había enamorado de Hermione era su orgullo y amor propio.

· · ·

Draco observó el edificio en el que Blaise vivía ahora con Weasley y se sorprendió, porque con la de dinero que tenía su amigo, él y su novia vivieran en un sitio tan… bueno, cutre.

Llamó al timbre y a los pocos segundos, un pitido anunció que la puerta principal podía abrirse. Cuando estuvo en el recibidor, observó con disgusto que no había ascensor, así que cogió las escaleras. Cuando llegó a la cuarta planta, ya no intentaba disimular que estaba ahogándose.

Miró a ambos lados; había cuatro puertas, dos a cada lado, pero el imbécil de Blaise había olvidado decirle cuál era, así que se quedó allí plantado, pensando dónde llamar primero.

Por suerte para él, una de las puertas de la derecha se abrió. Ginevra Weasley apareció, con una falda larga, botas y una bandolera. Fue a cerrar la puerta de casa, pero cuando lo vio, la dejó entreabierta. Hizo un mohín desaprobador con los labios mientras Draco se acercaba a ella.

―Malfoy. ―Draco todavía recordaba cuando se habían hecho «amigos» y ella había empezado a llamarlo por su nombre. Suponía que ya había perdido ese trato de favor.

―Ginevra ―respondió él.

―Pasa, están esperándote. ―La pelirroja lo rodeó y empezó a bajar las escaleras, dejándolo allí solo.

Cuando Draco entró al piso, comprobó que era tan pequeño como se había imaginado, pero tenía ese aire acogedor de un hogar lleno de amor. En el salón lo esperaban Blaise y Pansy, sentados en el sofá. Su amiga lo miró con una ceja enarcada.

―Llegas tarde ―señaló.

―Ni sabía dónde está esta parte de la ciudad ―se excusó. Arrastró una silla y se sentó frente a sus amigos, apoyando un tobillo en la rodilla contraria.

―¿Te has encontrado con Ginny ahora mismo, eh? ―preguntó Blaise con una mueca burlona.

―Encantadora.

―Ayer estuvo despotricando de ti durante todo el día. ¿Algo sobre que fuiste a ver a Hermione? ―aventuró―. Sinceramente, cuando se pone en ese plan desconecto; lo único que quiere es que la escuche. A veces me pongo a hacer otra cosa mientras ella habla y se pasea por el piso como una fiera enjaulada. Con un par de asentimientos de cabeza cada dos minutos le basta.

Pansy puso los ojos en blanco.

―No sé cómo consigues que Weasley siga contigo, la verdad. ―Ante la expresión pícara de Blaise, Pansy le puso una mano en la boca―. No, no me lo cuentes. Prefiero que no me des detalles.

―Sí, fui a ver a Hermione el otro día ―admitió Draco.

―No nos lo digas: no fue bien ―afirmó Blaise con sorna―. ¿Tío, por qué no lo dejas ya? Tengo la sensación de que cada vez que os veis las cosas van a peor entre vosotros. A este paso me arruinaréis la boda.

Draco lo fulminó con la mirada.

―No vengo para que me sermonees, eso ya lo hace perfectamente bien mi padre. Y a él tampoco le he pedido su opinión.

Blaise levantó las manos.

―Eh, que yo solo lo hago porque te veo mal.

Pansy asintió, poniéndose del lado de su amigo.

―No va a volver contigo, Draco.

Una cosa era que oírlo de labios de Hermione o de su padre, pero que sus amigos también tuvieran esa opinión no ayudaba a mantener sus espíritus altos.

―¿Podemos dejar de hablar de mi vida sentimental?

―¿Qué vida? ―se burló Blaise―. Perdón, ahí me he pasado ―se disculpó en cuanto vio la mirada de Draco.

―Como decía antes de que un idiota me interrumpiera, lo que quiero saber es si alguno sabe por qué motivo Hermione necesitaría dinero.

Sus amigos se miraron entre ellos. Pansy abrió y cerró las manos varias veces, algo que hacía cuando se ponía nerviosa.

―No sé si deberíamos… Yo ya la cagué una vez ―le dijo Blaise a la morena.

Pansy se mordió el labio, dudando sobre qué hacer.

―No sé, Blaise. No es asunto nuestro.

Draco observó a sus amigos con incredulidad.

―¿Sabéis que estoy aquí mismo, justo delante de vosotros, verdad? ¿Habéis olvidado buenos modales desde que estáis saliendo con plebeyos?

Los tres antiguos Slytherin rieron. Esa era la dinámica de su amistad: insultarse de forma disimulada hasta que alguno se pasaba de la raya, y vuelta a empezar. Apreciaba muchísimo más esa relación que cualquier amistad llena de convencionalismos.

―Si alguien pregunta, yo no he dicho nada ―le advirtió Blaise antes de proseguir―. A ella no le pasa nada, pero su novio muggle tuvo que volverse a casa porque cuando su padre murió, dejó una deuda enorme, y alguien tiene que hacerse cargo del negocio familiar.

―Tiene una granja, ¿puedes creerlo? Es como en esas películas antiguas sobre indios y vaqueros.

―Creo que ellos prefieren que se les llame «indígenas» ―la corrigió Blaise. Pansy lo miró como si estuviera loco―. ¿Qué? Me he vuelto culto con el tiempo ―dijo con orgullo.

―¿Podemos volver a lo importante, Blaise? ―Draco chasqueó los dedos delante de la cara de Blaise, a lo que este respondió apartándole la mano de un manotazo―. Sé que te cuesta, pero céntrate durante un par de minutos.

―Sí, por favor, volvamos a tu obsesión con tu ex ―dijo con sarcasmo. Se cruzó de brazos―. Bueno, ¿qué más quieres saber?

Draco se acarició el mentón.

―¿Se sabe cuándo volverá?

―Ginny no me ha dicho nada.

―Harry a mí tampoco. Seguramente no lo sepa ni él mismo ―añadió Pansy―. Debe de estar hundido en la mierda ―apostilló.

―Pansy ―Blaise la miró con seriedad―, creo que teniendo en cuenta que tienen vacas y esas cosas, no es un comentario muy acertado. ―Pansy y Draco soltaron una carcajada―. ¡Eh, que lo decía totalmente en serio! ―Se cruzó de brazos, enfurruñado, pero el disgusto le duró poco―. Bueno, ahora que supongo que hemos terminado de hablar de Hermione… ―Miró a Draco significativamente, quien asintió con la cabeza―. ¿Sabéis de quién es el cumpleaños en tres semanas? ―preguntó con una sonrisita.

―¿De la persona más pesada del planeta cuando llega su cumpleaños? ―inquirió Pansy con sarcasmo.

―Yo no tengo la culpa de que a ti no te guste celebrar el tuyo por esa manía de que te haces vieja ―replicó él―. Bueno ―dijo, dando una palmada en el aire―, os espero aquí en tres sábados. Cenaremos y luego saldremos por ahí.

Pansy miró a su alrededor con escepticismo.

―¿Aquí? ¡Pero si apenas cabemos los tres!

Blaise la fulminó con la mirada.

―Ni que tú y Potter vivierais en un ático de lujo… ―En cuanto lo dijo, dos pensamientos conectaron en su mente y se quedó mirando a Draco con expresión calculadora―. Pero tú sí. Tú tienes un precioso apartamento en una zona buena, con mucho espacio.

―¿Es tu cumpleaños, pero tenemos que montar la fiesta en mi casa? ―se quejó el rubio. Blaise le puso cara de pena, por lo que al final accedió a desgana―. Vaaale. Pero la cena la pagas tú ―advirtió.

Cuando Draco se marchó de casa de Blaise, lo primero que hizo fue sacar su móvil y marcar un número.

Nunca le habían gustado esos cachivaches muggles, pobre sustituto de la magia, pero debía reconocer que era muy útil saber moverse por ambos mundos: te abría muchas puertas. Y te ponía en contacto con la gente adecuada cuando necesitabas algo. Aunque ese «algo» fuera un poco turbio.

¡Señor Malfoy! ―exclamó una voz rasposa―. ¡Cuánto tiempo sin saber de usted!

―Necesito que me hagas un favor, Grimes.

Albert Grimes era, como le gustaba llamarse a él mismo, un «Recolector de información»: le bastaba un nombre, una dirección o un simple detalle para averiguar hasta qué ropa interior llevaba la abuela el día de su boda.

¡Claro, señor Malfoy, lo que usted quiera! ―Draco escuchó con disgusto cómo el hombre terminaba de masticar lo que fuera que estaba comiendo, se limpiaba las manos y rebuscaba un boli por alguna parte, soltando un par de maldiciones por el camino.

―Quiero que investigues a una persona: William Darcy. Es estadounidense. Sé que tiene una granja o un rancho. Veintitantos. Necesito saber cuál es su estado financiero concretamente ―añadió.

¿Estados Unidos? ―repitió Grimes. Draco casi podía verlo rascándose la calva cabeza―. Eso me tomará un poco más de tiempo…

Draco puso los ojos en blanco.

―¿Si te pago el doble ahora y el doble cuando termines, servirá eso para acelerar el proceso?

El hombre al otro lado de la línea calló, fingiendo estar pensándoselo, pero Draco lo conocía: era una rata avariciosa.

Creo que sí, servirá. Me pondré en seguida a ello. Nos pondremos en contacto cuando tenga la información, señor Malfoy.

Draco colgó sin despedirse.

«Solo es curiosidad, eso es todo» se dijo mentalmente. Tenía verdadero interés en saber si de verdad era tan urgente para haber tenido que dejarlo todo y volver a su granja en los Estados Unidos rural. Al chico se lo veía buena persona y muy enamorado de Hermione, no la abandonaría así como así.

~ · · · ~

El Callejón Diagon era un hervidero de gente a aquella hora de la tarde. Magos y brujas iban de allá para acá, cargando bolsas, jaulas con animales y artilugios de distintos tipos. Algunos se habían sentado a tomar algo, charlar con sus amigos o familia, o simplemente relajarse antes de volver a casa, después de un largo día de trabajo.

Sí, el Callejón Diagon era como el paraíso para la comunidad mágica. Desde la caída de Voldemort, no había sucedido ni un solo accidente en aquella calle. Hasta el Callejón Knockturn había dejado de ser tan negro.

Eran las consecuencias de ganar una guerra: la sensación de tranquilidad.

La falsa ilusión de seguridad.

La figura situada en una esquina se decidió finalmente a moverse. Se subió la capucha negra, ocultando parciamente sus facciones, y empezó a andar. Caminaba con paso tranquilo, como si fuera uno más entre la multitud. No había nada mejor que hacerse pasar por uno de ellos para que nadie cuestionara sus motivos.

Cuando localizó su objetivo, sonrió.

Que empezara el caos.