¡Hola! Prometí volver el 7 de marzo, pero últimamente no he estado con ganas de escribir y unas lectoras y amigas maravillosas me han subido el ánimo con sus bellas palabras, así que ayer di la opción a publicar un capítulo hoy y el otro el día 7 en vez de hacer doble actualización ese día. Ha ganado la primera opción, así que aquí lo tenéis ;)
Os refresco la memoria sobre el último capítulo: Hermione acudió al Callejón Diagon para ver la reconstrucción del ataque a Sortilegios Weasley, ella y Will se han visto por Skype, Draco le ha pedido a Hermione que queden para hablar de la boda de sus amigos y Luna ha vuelto.
¡Espero que lo disfrutéis!
PRESCINDIBLE
«Perdonar supone siempre un poco de olvido, un poco de desprecio y un mucho de comodidad».
Jacinto Benavente
Capítulo 17: Dejar atrás el rencor
Aunque pareciera increíble, Hermione era incapaz de recordar cuándo fue la última vez que tuvo una tarde de relax con sus dos amigas. De hecho, tenía la sensación de que, si alargaba la mano e intentaba tocar a Luna, esta desaparecería. Pero su amiga, sentada con las piernas cruzadas en el sofá, estaba concentrada en trenzar el pelo de Ginny, en el suelo delante de ella.
—Podrías haber avisado de que venías, ¿sabes? Hubiéramos podido hacer una fiesta de bienvenida —estaba diciendo Ginny, con la cabeza bien recta mientras intentaba mirarlas de reojo.
Luna sonrió dulcemente mientras negaba con la cabeza, pero como Ginny no podía verla, verbalizó su negativa.
—No hace falta; además, aquí están casi todas las personas que me importan. ¿Para qué querría una fiesta?
Ginny no pareció muy convencida, pero se limitó a fruncir los labios y hacer muecas de dolor ante algún dolor ocasional debido a un tirón de pelo.
—¿Dónde estabas antes de venir aquí? —preguntó Hermione.
—Siberia —respondió Luna, mirándola brevemente—. Investigando a unos animales muy bonitos. Son parecidos a los zorros, pero su pelaje es de cristal —explicó. Su rostro se iluminó al hablar de las criaturas . Junto con Ginny, eran las dos personas de las que Hermione tenía constancia que más disfrutaban con su trabajo—. Ya está —dijo la chica, dando una palmada al hombro de Ginny. Su melena pelirroja había quedado perfectamente recogida en una trenza, con unos cuantos mechones sueltos que enmarcaban su rostro.
—Qué envidia —respondió Hermione—. Unas viendo mundo y otras aquí, con… —Se mordió el labio, dándose cuenta de que estaba yendo demasiado lejos.
—¡Eh, no, eso no vale! —exclamó Ginny, poniéndose en pie. La apuntó con un dedo—. No es justo que nos dejes con la intriga.
Hermione sonrió e hizo un gesto de cerrar una cremallera en sus labios.
—Lo siento, secretos de estado.
Su amiga entrecerró los ojos.
—Tendré que sacárselo a Harry entonces.
—No me obligues a despedirlo, no seas cotilla. Lo único que diré es que tenemos tanta idea de qué está pasando como vosotras dos ahora mismo —se permitió contar. Esa información no revelaba nada y además era la pura verdad, por mucho que la frustrara.
—Pues vaya Ministerio tenemos —se burló Ginny.
—Estoy perdida. ¿Qué ha pasado? —preguntó Luna, mirándola con sus grandes ojos todavía más abiertos.
—Nada —dijo Hermione—. Un ataque aquí, otro allá… Ron con un brazo roto, Sortilegios Weasley destrozado… Y no sabemos quién lo ha hecho ni por qué. ¡Todo muy normal, vamos!
Luna rio.
—No has cambiado nada: sigue sin gustarte no tener las respuestas.
—Es como si Snape se hubiera fusionado con Umbridge y me hicieran preguntas sobre frenología —Ante las miradas confundidas de sus amigas, exclamó—: ¡La frenología no tiene sentido!
Luna y Ginny se miraron de reojo y estallaron en carcajadas.
—Hermione, necesitas relajarte —aconsejó Ginny—. No quiero a una dama de honor al borde de la histeria a mi lado en la boda. Y hablando de eso… —se mordió el labio inferior antes de proseguir— ¡ya tengo el vestido de novia! —anunció.
Luna dio unos cuantas palmadas de alegría y Hermione se quedó boquiabierta.
—¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo es? —preguntó en tropel.
—La semana pasada fui a dar una vuelta y pasé por delante de una tienda de vestidos de novia, así que me dije ¿por qué no? Entré y había un par bonitos, pero entonces encontré El Vestido —enfatizó sus palabras haciendo un arco en el aire con las manos—. Tuve que ir corriendo a Gringotts a cambiar galeones por dinero muggle, pero la mujer de la tienda prometió que me lo guardaría, creo que porque me llevé el más caro de la tienda. —Soltó una risita—. Menos mal que la moneda muggle es más barata en el cambio de divisas, o me habría quedado sin nada en mi cámara. Blaise se enfadó cuando se lo conté, porque insiste en pagarlo todo él. —Puso los ojos en blanco—. Ya ves tú, como si no me pagaran más que bien de Buscadora y pudiera permitirme comprarme lo que quiera. —Luego miró a sus amigas con gesto de disculpa—. Os habría esperado, pero entre que una estaba congelándose de frío en Rusia y la otra vive para su trabajo… —se justificó.
En realidad, que Ginny se hubiera comprado el vestido por su cuenta pegaba mucho con su personalidad. Era una mujer muy independiente, y lo demostraba con cada cosa que hacía.
—Bueno, ¿y cómo es? —inquirió Luna.
—Precioso, como la novia —respondió Ginny, guiñándoles un ojo. Soltó una carcajada ante la mirada de Hermione—. Quería hacerle algunos cambios, así que tengo que pasar a dar el visto bueno mañana. Podríais acompañarme, si no tenéis nada que hacer.
—Por mí bien —repuso Luna—. Estoy de vacaciones hasta que te cases.
Hermione apretó los labios. Al ver que no respondía, sus amigas se quedaron mirándola.
—No puedo —dijo finalmente a regañadientes—. He quedado.
—¿Con quién? —quiso saber Ginny, sorprendida—. No te ofendas, pero si nosotras, que somos tus amigas y las personas con las que más te juntas, apenas te vemos…
—Bueno, como tú misma has dejado caer de forma no muy elegante, tengo que ser buena dama de honor y encargarme de algunas cosas, así que… he quedado… con Draco —confesó.
Pasaron ocho segundos exactos de silencio sepulcral.
—¿Qué bien, no? Que os llevéis bien, me refiero —dijo Luna. No había perdido su ingenuidad.
—¿Bien? ¡Bien jodido estará Draco cuando esta se enfade con él a las dos frases y lo mande a San Mungo con un par de costillas rotas! —replicó Ginny entre carcajadas.
Hermione se cruzó de brazos e intentó refutar esa afirmación, pero sabía que tenía esa reputación bien ganada. No es que Draco no se lo mereciera, pero ese no era el tema de discusión actual. Tomó aire con lentitud antes de responder.
—Vino a mi casa el otro día y me dijo de quedar para hablar de tu boda, así que no pude negarme. Además, no puedo estar cabreada con él toda la vida. Mi cara no quedaría bien en las fotos de la ceremonia —intentó bromear.
Luna se acercó a ella y le dio un apretón en el hombro.
—Haces bien. Al final el rencor te consume y no te deja avanzar. Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia.
«Eso me digo yo siempre, pero no es tan fácil», pensó Hermione.
—Tendréis que ir a ver el vestido sin mí. Pero ya que sabes usar el móvil, podrías mandarme una foto —sugirió a Ginny.
—Ah, no. Si no estás, tú te lo pierdes —respondió esta con malicia—. Pero para la siguiente prueba te avisaré con más tiempo, así te reservas toda la tarde para mí. Lo único que me consuela —soltó un suspiro dramático mientras se llevaba una mano al corazón— es que vas a organizarme una despedida de soltera muy divertida, ¿a que sí?
Hermione tragó saliva. ¿En qué lío se había metido?
· · ·
Pese a ya haber visto al Wizengamot en acción, Hermione no podía evitar sentirse apabullada. Si fuera una simple reunión de los altos cargos, tal vez la ceremonia se vería menos imponente, pero cada vez que el tribunal mágico se reunía con tanta rapidez, alguien terminaba en prisión o muerto. En teoría, Kingsley no tendría por qué haber mandado que se organizara un pleno extraordinario, pero era uno de los derechos que otorgaba su cargo.
Hermione, vestida con el uniforme y el gorro rojos que requería el momento, miraba a su alrededor de forma disimulada. Era, sin duda, de las más jóvenes, solo superada por Harry, que, por ser Jefe de los Aurores, se encontraba a su lado con evidente expresión de malestar. A Harry no le gustaba el aspecto burocrático de su trabajo; a Hermione, por el contrario, le encantaba. Y no era porque disfrutara especialmente con las largas sesiones de trabajo de mesa, sino porque le parecía digno de estudio que unas cuantas personas decidieran el futuro de todo un país.
—Señoras, señores: silencio, por favor. —El ministro, en vez de usar un Sonorus, esperó a que todo el mundo callara; era una táctica de ejercicio del poder muy bien disimulada—. Estamos aquí, como ya saben, para discutir sobre los recientes ataques que han sufrido dos negocios propiedad de magos de nuestra comunidad. —Varios ojos se desviaron hacia Lucius Malfoy, quien, además de tener asiento por ser uno de los mayores inversores del Ministerio, era una víctima directa. El hombre no varió su expresión grave—. No quiero mentirles —Kingsley apoyó las manos en el atril y miró hacia abajo antes de continuar—: les he reunido porque necesitamos ideas. Estrategias. Cualquier sugerencia que sirva de ayuda.
—¿Qué se sabe de los atacantes? —preguntó una voz. Antes de que Hermione pudiera localizar el origen, el ministro ya estaba respondiendo.
—Creo que será mejor que la Jefa de Seguridad Mágica responda a eso. Ella está más al tanto de los pormenores que yo.
Hermione se encontró de repente en el foco de atención de toda la sala. Con decenas de ojos fijos en ella, se levantó y carraspeó.
—El señor Malfoy podrá corroborar que no han robado nada de su empresa ni causado daño alguno. Respecto a Sortilegios Weasley, hemos logrado hacer una recreación de los hechos, pero lamentablemente no se ha podido identificar al agresor ni determinar ningún rasgo físico importante. —Se sabía ese resumen de memoria, así que no fue muy difícil soltarlo del tirón—. Sin embargo, un equipo de Inefables está ahora tras una pista: la varita del atacante. Hemos logrado una visualización bastante precisa de las runas que la adornan, así que puede que saquemos algo en claro de ahí.
Un murmullo recorrió la sala, pero una voz logró alzarse entre las demás.
—¿Y ya está? ¿Nadie ha reclamado nada? —preguntó una mujer. Hermione la reconoció: era la jefa de la Oficina de Servicios Administrativos.
—No por ahora. Tampoco sabemos si los dos ataques están relacionados, pero suponemos que es así, por los elementos que tienen en común. —Al ver que todos estaban concentrados en ella, expectantes, procedió—: no se sabe quién los ha perpetrado, nadie ha reclamado la autoría y desconocemos los motivos. —No era una relación muy fuerte, pero no podían aferrarse a nada más.
Oyó voces que, si bien eran ininteligibles, dejaban claro por su tono que no estaban satisfechas con la información proporcionada. Hermione aguantó, estoica, hasta que los murmullos cesaron y se sentó.
—Esta gente pretende que hagamos milagros —se quejó Harry en su oído. Hermione resopló como única respuesta.
—¡Señor Ministro! —exclamó una voz. El hombre que habló gritó tan fuerte que los demás empezaron a callar y se giraron a mirarlo.
Hermione lo reconoció: era Philip Strauss y trabajaba asuntos mágicos internacionales.
—Proceda. —Kingsley le dio el turno de palabra. El hombre apretó los labios y frunció levemente el ceño, signo de que algo no le gustaba.
—No pretendo ejercer de abogado del diablo ni sacar a relucir viejas rencillas, pero ¿nadie ha considerado la opción de que ya sepamos quiénes son los atacantes?
Un silencio sepulcral invadió la sala.
—¿A qué se refiere, señor Strauss? —inquirió el ministro—. Hable claro —comandó.
Si a Hermione no le fallaba la vista, Strauss sonrió brevemente antes de hablar.
—Ataques que siembran el pánico… Una organización secreta… ¿Y si ellos han vuelto?
Hubo varios gritos ahogados, exclamaciones desdeñosas y gestos de afirmación. Inevitablemente, todos los ojos fueron en una dirección. Todos los ojos se posaron en el único exmortífago que había en la sala y que se había librado de los pecados de su pasado. Lucius Malfoy se levantó con indignación.
—¿¡A quién intentas acusar, Strauss!? —exclamó, encolerizado. Hermione pocas veces lo había visto en ese estado.
—A nadie, por supuesto. ¿Qué pasa, señor Malfoy, se siente atacado? —respondió el acusador—. ¿Le cuesta dormir por las noches?
Philip Strauss era mestizo. Su padre acudió al Ministerio en la época de Voldemort para declarar sobre el estatus de sangre de su hijo y nunca volvió. Se decía que Strauss había jurado acabar con todos los que ayudaron a matar a su padre.
Lucius Malfoy cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula. Era un gesto muy Malfoy, que usaban los hombres de la familia para tranquilizarse. Cuando volvió a abrirlos, eran apenas una rendija de hielo. Apuntó con el dedo a Strauss.
—Tenga cuidado, no sea caso que acabe arrepintiéndose de sus palabras.
El Wizengamot entero estaba alterado. Los que rodeaban a Malfoy y, por tanto, sus simpatizantes, lanzaban miradas de desdén hacia el otro lado, donde se situaban Philip Strauss y la nueva generación de magos que rompían con la tradición pura.
Hermione y Kingsley intercambiaron una mirada preocupada. Finalmente, fue ella quien volvió a levantarse para intervenir. Al ver que no le harían caso ni al ministro, cogió su varita y conjuró un hechizo amplificador de la voz.
—¡Eh! —gritó. Su potencia combinada con la del Sonorus hizo que muchas personas callaran y se llevaran las manos a los oídos—. Mucho mejor —murmuró Hermione cuando vio que tenía la atención de todos; deshizo el hechizo—. Por favor, comportémonos como las personas civilizadas que somos —sermoneó.
Algunos no veían con buenos ojos que alguien tan joven les amonestara, pero a Hermione le producía un placer secreto tener más sentido común que ellos.
—Este país ya ha vivido una guerra y no hace falta que saquemos a colación sucesos del pasado. —Miró al señor Strauss—. Le tranquilizará saber que los mortífagos no están detrás de esto, porque los mortífagos no existen —pronunció las últimas palabras con lentitud, dejando que calaran—. Acabamos con ellos hace años.
Por mucho que le repateara posicionarse a favor de Lucius Malfoy, creía sinceramente en lo que había dicho: aquellos ataques no tenían la firma de ningún mortífago, básicamente porque todos estaban muertos o en prisión. Excepto los Malfoy, claro estaba, pero dudaba mucho que ellos tuvieran algo que ver. Era sorprendente, teniendo en cuenta quién había sido su ex-familia política, pero sus defectos estaban ahora muy alejados del asesinato y el fanatismo.
Desvió la mirada brevemente hacia Lucius y vio que el hombre tenía los ojos clavados en ella con algo parecido a la sorpresa. Hermione sospechaba que el hombre tenía tan mal concepto de ella que creía que mentiría con tal de verlo arruinado.
—Debemos examinar estos hechos con imparcialidad —fue su última conclusión. No miró a nadie al decir esto, pero quedaba claro a quién iba dirigido.
De hecho, el señor Strauss no tardó ni un segundo en responder.
—Sí, yo también creo que todos debemos ser imparciales.
La implicación de sus palabras se quedó flotando en el aire hasta convertirse en un pesado bloque de hielo que Hermione rompió con una mirada igual de gélida. Entreabrió los labios para responder, pero Harry la cogió del brazo; cuando lo miró, este negó con la cabeza. Hermione se dejó caer en su silla y se cruzó de brazos. Le temblaban las manos por la rabia contenida.
—No vale la pena responder a sus provocaciones —le susurró Harry.
—Intento evitar una tercera guerra mágica y acabo yo entre las bajas —se quejó.
Intentó relajarse y ver lo irónico de la situación: si Philip Strauss supiera cuál era su relación actual con los Malfoy, no se hubiera atrevido a hacer tal insinuación.
—Bien, para estar seguros, ordenaré una actualización de la lista con la ubicación de todos los mortífagos conocidos. Señor Malfoy, no me mire así —añadió Kingsley, dirigiéndose al hombre indignado—, sabemos casi con certeza que usted no ha tenido nada que ver. —Ese «casi» hizo más daño que un Sectumsempra—. Ahora pasemos al segundo punto: debemos decidir qué hacer con las actividades programadas para las próximas semanas.
Esta vez fue Harry quien se levantó. Hermione lo miró, sorprendida. Desde que acabara la guerra, su amigo no había sido muy dado a llamar la atención.
—¿Puedo decir algo? —preguntó. Ante el asentimiento del ministro, miró a todos los presentes antes de continuar—. Creo que no es una buena idea cancelar nada. No podemos permitirnos que nos vean como una institución débil, que se ahoga en un río seco. Sí, han pasado cosas para las que todavía no tenemos explicación, pero no creo que eso sea motivo para encerrarnos aquí como si tuviéramos miedo de nuestra sombra.
Su discurso parecía mágico: muchos de los rostros que mostraban recelo a seguir adelante con cosas como la fiesta del Ministerio ahora parecían más decididos. Hermione, en cambio, seguía poco convencida. En su opinión, era preferible prevenir a curar.
Cuando Harry se sentó, se giró hacia ella con una sonrisa decidida.
—Se me da bien esto de la oratoria, ¿verdad?
—Demasiado bien —respondió su amiga.
—¿Qué pasa? ¡No seas aguafiestas! —exclamó él.
Hermione estuvo a punto de decirle algo sobre su poco sentido de la responsabilidad, pero el ministro llamó su atención.
—Votemos. Quien quiera cancelar la fiesta del Ministerio que tendrá lugar en una semana, que levante la mano. —Unas cuantas manos se levantaron, pero no llegaban a las dos docenas. Hermione fue una de ellas. Lucius Malfoy, sorprendentemente, también—. Ahora, quien quiera que la programación ministerial siga en marcha, que levante la mano. —Casi todas las personas que no habían votado todavía levantaron las manos.
»Queda constatado que ha ganado el no. La fiesta sigue en pie. Recuerden ser puntuales y vestir con propiedad.
Cuando la reunión terminó, los miembros empezaron a salir de la sala con lentitud. Harry fue de los primeros, pero Hermione, que no tenía prisa y prefería estar sola para pensar, se quedó hasta que apenas quedaba nadie.
Al salir, se vio rápidamente interceptada por Philip Strauss. El hombre tenía unos cuantos años más que ella, pero aparentaba diez años más. Ser funcionario pasaba factura.
—Espero que no se haya tomado a mal lo que he dicho antes, señorita Granger —dijo.
—No sé a qué se refiere, señor Strauss —respondió esta con una sonrisa fría—. Por lo que a mí respecta, no ha pasado nada.
—Bien. —Strauss parecía aliviado—. No es bueno que logren separarnos.
Hermione entrecerró los ojos.
—No es bueno hacer divisiones: al final, siempre acaban pasando factura. —Poca gente había vivido la guerra como ella, y sabía que, al final, todo se reducía a un «ellos» contra «nosotros». Estaba cansada de esos extremos. Luna tenía razón: la indiferencia era mejor remedio que el odio—. Tranquilo —apoyó una mano en el brazo del hombre—, si ellos hubieran vuelto, yo ya estaría en primera fila del campo de batalla —le aseguró.
Siguió su camino y pasó junto a varios grupos que se habían formado para hablar de lo sucedido en la reunión. Al pasar junto al grupo de Lucius Malfoy, se fijó en que este la estaba mirando. Asintió brevemente con la cabeza antes de cortar el contacto visual. Hermione sospechaba que era la única muestra de agradecimiento que conseguiría nunca del hombre.
Ya era un avance.
¿Qué tal? De Luna poco se puede decir, porque esa chica es amor, pero ¿qué opináis de la reunión del Wizengamot?
Tengo varios capítulos escritos de este fic, así que este es mi calendario de actualizaciones:
- 7 de marzo: Capítulo 18
- 17 de marzo: Capítulos 19 y 20
- 27 de marzo: Capítulo 21
- A partir de ese día, un capítulo semanal hasta que se me terminen.
También quiero avisar a las lectoras de Diario de un romance accidentado de que, lamentándolo mucho, no podré actualizar cuando prometí. Estoy pasando por un bloqueo creativo y entre eso y las cosas de clase/vida, no me apetece escribir. Posiblemente no podáis leer nada mío hasta que decida qué quiero hacer con FF y me vuelvan las ganas. No sé cuándo será eso, lo siento.
Pero no nos desanimemos: ¡que tenga ocho capítulos escritos de Prescindible ya es un gran logro! ¡Nos vemos el día 7!
¿Reviews?
MrsDarfoy
