¡Hola! Como prometí, aquí estoy el 7 de marzo. Este capítulo me ha gustado mucho, así que espero que a vosotras también.
¡Nos leemos al final!
PRESCINDIBLE
«Permanece calmado, sereno, siempre al mando de ti mismo. Encontrarás entonces qué sencillo es llevarse bien».
Paramahansa Yogananda
Capítulo 18: Punto de inflexión
Si Lucius Malfoy estaba enfadado, se notaba en su casa antes incluso de que llegara. O tal vez era que su esposa estaba acostumbrada a percibir sus cambios de humor desde la lejanía, gracias a los treinta años de experiencia del matrimonio.
—Creo que tu padre viene con un humor de perros —dijo Narcissa, mirando a su hijo.
Draco enarcó las cejas.
—¿Ah, sí? Qué bien —masculló—. Qué buen día para venir a comer. ¿Y cómo lo sabes? —preguntó.
Narcissa sonrió.
—Tu padre es más fácil de leer que los cuentos de Beedle el Bardo. Espera y verás —dijo.
Efectivamente, el tiempo le dio la razón a su madre. Más exactamente, los dos minutos que pasaron hasta que su padre llegó a casa. Se apareció por la red Flu de la enorme chimenea del salón y solo por su rostro pálido, ya se notaba que estaba cabreado por algo.
—Hola, querido —saludó su mujer sin inmutarse—. Hace un día precioso, ¿verdad? —La ironía de su voz hizo sonreír a Draco. Su madre era la única persona del mundo que podía bromear a costa de Lucius sin salir perjudicada.
—¡Un día de mierda, eso es lo que es hoy! —respondió, previsiblemente, su marido. Se dejó caer en el sofá y puso los pies encima de la mesa que había enfrente, pero los bajó después de la mirada de advertencia de Narcissa.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Draco. Se alegraba de ver que, por una vez, no era él el causante del enfado de su padre.
—El puto Wizengamot…
—¡Esa lengua! —exclamó Narcissa, fulminándolo con la mirada.
—Los respetables miembros del Wizengamot son un atajo de inútiles —reformuló Lucius, mirando a su esposa, quien asintió en gesto de aprobación y después reprimió una sonrisa.
—Podemos suponer entonces que no ha ido demasiado bien.
—Oh, no, ha ido genial. Excepto porque tenemos que acudir al Ministerio a declarar dónde estuvimos hace dos días —anunció.
Eso sí que era más serio. A Draco y a su madre se les borró la sonrisa del rostro.
—¿Por qué? —quiso saber su mujer, totalmente seria esta vez.
—Al idiota de Philip Strauss se le ha ocurrido sugerir que los ataques a mi propia empresa y a la tienda de los Weasley han sido obra de los mortífagos. —Esa palabra llenó de tensión el ambiente.
Draco se llevó una mano al antebrazo izquierdo de forma inconsciente.
—Qué desfachatez —fue todo lo que Narcissa dijo al respecto antes de fruncir los labios en una mueca apretada y quedarse mirando fijamente hacia delante.
—Cuanto antes vayamos y declaremos, mejor. No tenemos nada que esconder.
Draco torció el gesto, pero sonrió, divertido. Mientras solo fuera eso, no había mucho que le preocupara. Y así tendría una excusa para pasarse por el Ministerio.
—¿Nadie se ha opuesto? —preguntó Narcissa.
—¿Ninguno de tus amiguitos? —agregó Draco con cierta burla. Su padre siempre se preciaba de estar respaldado por la crème de la crème del Ministerio, pero no parecía que sus amistades fueran tan sólidas como él pintaba.
Lucius frunció los labios y no dijo nada al principio.
—Pues sí, una persona ha tenido el buen juicio de señalar que esa teoría era una imbecilidad. Tengo hambre, ¿es que en esta casa no se come? —dijo, levantándose. De repente tenía prisa por cambiar de tema.
Su actitud hizo que Draco entrecerrara los ojos y lo mirara atentamente.
—¿Quién ha sido esa persona? —preguntó en tono imperativo—. ¿Padre? —Lucius se dio la vuelta con reticencia.
—Me parece que va ser muy divertido —dijo su madre, mirándolos a ambos con expectación.
—Hermione Granger —respondió Lucius finalmente, como si solo pronunciar ese nombre le dañara la garganta.
—Vaya, eso no me lo esperaba ni yo. —Draco no esperaba esa muestra de empatía hacia su padre de parte de nadie, y mucho menos de ella.
—Esa chica es tan recta que da rabia —masculló Lucius, mirando hacia un lado.
—Primero te saca a ti de un lío —señaló a su hijo— y luego a ti —pasó el dedo a su marido. Debe de estar harta de vosotros —señaló Narcissa. Luego se levantó y le dio un beso en la mejilla a su marido—. Vamos a comer algo. —Se detuvo y miró a su hijo—. ¿Te quedas a cenar también, cariño?
—No creo. Tengo planes a las cuatro y no sé a qué hora terminaré ni qué haré después. —Como si fuera a estar todo el día hablando con Hermione, ja.
—¿Con quién? —preguntó su padre con los ojos entornados. En aquella familia todos se conocían demasiado bien.
Draco le sonrió, enigmático, cuando adelantó a sus padres y salió al pasillo. Al llegar al comedor, la mesa apareció mágicamente servida. Ocupó su sitio, a la derecha de su padre, y se colocó la servilleta sobre las rodillas. Lucius ocupó su sitio y miró a su hijo con resignación.
—Intenta al menos que no se enfade contigo. Como las cosas sigan así, necesitaremos el apoyo de la señorita Granger.
Draco se quedó parado, observándolo con perplejidad maravillada.
—Es lo más cercano a tu bendición que has dicho nunca. Llega un poco tarde, eso sí —añadió con una mueca.
—Y tampoco es que preguntaras nunca —señaló su madre en tono ligeramente divertido mientras bebía un poco de vino tinto.
—¿Y ahorrarle a mi padre la maravillosa sorpresa?
Era la primera vez en mucho tiempo que los tres Malfoy estaban juntos y no discutían. Daba gusto probar eso que la gente llamaba una «familia normal». Y también era la primera vez que se hablaba de Hermione en aquella casa sin que nadie pusiera mala cara. Si esa actitud relajada era consecuencia de una reunión del Wizengamot, Draco les daba permiso para que hicieran una cada día. Aunque por la expresión de su padre, sabía que todavía no había perdonado que los acusaran de volver a sus actividades criminales pasadas.
· · ·
Draco todavía no había atravesado la puerta de la cafetería y ya estaba buscando a Hermione con la mirada. Intuía que ella ya habría llegado, y cuando vio su cabellera revuelta en una de las mesas de la pared, supo que había acertado. Para algunas cosas, Hermione era muy previsible.
Se acercó y vio que ella estaba anotando algo en una libreta; parecía muy concentrada, con el ceño fruncido y la mirada fija en la hoja medio escrita. Antes, cuando estaban juntos, Draco odiaba que se abstrajera tanto en su mundo que no prestara atención a nada más, pero ahora le encantaba verla así.
Se plantó delante de la silla vacía que Hermione tenía enfrente. Ella no dio señales de haberlo visto, así que carraspeó.
—Llegas… —la bruja se miró el reloj, pero apretó los labios cuando vio que faltaba un minuto para las cuatro— pronto —terminó diciendo, fastidiada.
Draco sonrió para sus adentros y se sentó frente a ella.
—Hola —saludó—. ¿Has pedido algo ya?
Hermione le puso la tapa al boli y negó con la cabeza.
~ · · · ~
Hermione observaba absorta el vapor que salía de su taza de café y formaba espirales en el aire al compás que era removido con la cucharilla. Se habían sumido en un silencio cómodo, y ninguno parecía querer romperlo tan rápido. Probablemente por miedo a cagarla. Cuando levantó la vista, vio que él miraba con curiosidad la libreta que ella había traído consigo.
—He anotado ideas que se me han ocurrido sobre la boda. Y sugerencias de Ginny —explicó—. Aunque no me ha aclarado mucho: se ha limitado a pedirme una despedida de soltera «divertida». ¿Blaise te ha dicho algo sobre eso? —preguntó, mirándolo directamente.
Las comisuras de los labios de él se curvaron hacia arriba.
—Blaise se conforma con lo que sea, siempre que sea el centro de atención y pueda beber hasta caer muerto. Creo que si lo llevamos a un club de striptease y lo invitamos a barra libre, él es feliz —bromeó.
Tanto su sonrisa como la de Hermione se borraron lentamente de sus rostros al darse cuenta de lo que había dicho. O más bien, del recuerdo que traían sus palabras.
Hermione todavía recordaba el día que recibió el sobre con las fotos, la discusión durante la cena en la que le pidió matrimonio, todo. Lo único que le llegaba mitigado era el recuerdo del dolor que sintió, pero suponía que eso era buena señal. Miraba al hombre que tenía delante y no le parecía el hombre al que amó dos años atrás. Aunque al mismo tiempo, era el mismo.
Por eso, porque ninguno de los dos era la misma persona pero tampoco habían cambiado, decidió que debía darle una oportunidad. O dársela a ella misma, porque guardar un rencor eterno desgastaba demasiado y no compensaba.
Sonrió. Apenas una sombra, pero ya era algo.
—Ginny es igual. ¿Y si les compramos diez botellas de whisky y los dejamos solos en su casa? —sugirió en tono ligero.
Draco relajó la tensión de los hombros y se permitió sonreír también.
—No es mala idea, pero si no damos una fiesta que puedan contar a sus hijos, nos retirarán la invitación a la boda.
Hermione dio un sorbo a su café. Primer escollo superado.
—¿Crees de verdad que será apta para menores de edad?
—¿Cuándo le ha importado eso a Blaise? —repuso Draco con expresión divertida.
—Touché. Blaise es capaz de hacer palomitas y mostrar fotos a sus hijos mientras les cuenta el gran pedo que se pilló la semana anterior a la boda. Y luego les haría jurar que no le contarían nada a su madre. Ginny, por supuesto, se enteraría, pero al final no podría enfadarse porque la historia sería graciosa —teorizó Hermione, moviendo la cucharilla en el aire mientras hablaba.
—Además de dama de honor, adivina. Ginny ha tenido buen gusto. Y Trelawney estaría orgullosa —añadió con malicia, sabiendo cuánto detestaba Hermione la asignatura.
La bruja lo apuntó con la cuchara.
—No tientes a la suerte, Draco Malfoy. Sigo siendo mejor que tú en hechizos.
—¿Segura? —desafió él con los ojos entrecerrados y una sonrisa ladeada—. Yo creo que tanto tiempo metida en la burocracia te ha desgastado.
—¡Mira quién habla! Seguro que en ese despacho tan glamuroso que te habrá puesto papá Lucius en la empresa familiar tienes muchas oportunidades de practicar —atacó con saña. Aunque no con verdadera malicia.
Se quedaron mirándose y rieron a la vez. «Vale, bastante por hoy», pensó Hermione. Carraspeó y abrió su libreta.
—Bueno, ¿alguna idea sobre dónde podríamos hacer la fiesta? —preguntó, con la punta del boli sobre el papel.
Él se pasó una mano por el pelo mientras pensaba.
—Depende de la magnitud que queramos darle —respondió. Una ceja enarcada de Hermione lo animó a proseguir—. Si vamos a hacer que no lo olviden nunca, tenemos que dejar de lado todas esas fiestas cutres donde vas a cenar por ahí y luego te metes en una discoteca —desechó la idea más común con un ademán.
Ella tragó saliva.
—¿Y qué quieres, que nos vayamos a Hawái? —inquirió con sarcasmo. Al ver que él no se reía, se inclinó hacia delante—. Draco, contrólate. ¿Qué pretendes, que hagamos una colecta entre todos los asistentes para pagarlo?
—No —Draco sonrió—, del dinero me encargo yo. Blaise es mi mejor amigo, es lo mínimo. —Hermione lo miraba, estupefacta. Hablaba de montar… no sabía bien qué, como si costara lo mismo que el café que se estaban bebiendo—. Además —levantó el mentón con aire triunfador— tú misma lo dijiste: no estamos juntos, así que puedo pagarlo yo todo perfectamente y no tengo derecho a reclamarte nada.
Hermione volvió a recostarse en su silla. Lo miró con los ojos entrecerrados.
—Es muy feo por tu parte usar mis propios argumentos contra mí.
Draco sonrió, y Hermione recordó lo disuasorio que podía ser cuando hacía eso.
—Uno tiene que tener sus recursos —dijo, mirándose las uñas—. ¿Qué me dices, me das carta blanca con el dinero?
Ella suspiró.
—Como si pudiera hacerte cambiar de opinión. Aparte de empeñarte en gastar una cantidad indecente de dinero, ¿tienes algún plan específico? Yo había pensado en que podríamos emplear todo el fin de semana. El viernes una cena familiar y el sábado la fiesta.
Draco se terminó su café y pidió otro.
—Me parece bien. Podría servir de cena de ensayo. Para que la señora Zabini presuma de nuevo marido o la señora Weasley haga gala de sus dotes culinarias. Y después, buscamos el mejor local de Londres y lo reservamos para nosotros.
—Que incluya karaoke, por favor —agregó Hermione—. Así tenemos material para anécdotas vergonzosas durante el brindis por los novios. —Sonrió con malicia ante el prospecto.
Draco apoyó un codo en la mesa y ladeó la cabeza.
—Para que luego digan que no puedes ser malvada cuando quieres. En fin, también se me ha ocurrido que el sábado por la mañana podríamos ir a París y seguir allí con la fiesta.
—Claro, y el domingo a Roma —repuso Hermione con sarcasmo. Pero Draco no reía.
—¡Vamos, no me niegues que a estos dos no les hará ilusión que les paseemos por Europa!
Hermione negó con la cabeza mientras se masajeaba el puente de la nariz.
—Estás loco y además eres un imprudente. Pero vale —terminó accediendo, levantando las manos en señal de derrota—. Eso sí, te encargas tú. Yo no tengo contactos para eso.
Él accedió con un encogimiento de hombros. A Hermione, a pesar de conocerlo tan bien, seguía sorprendiéndole que le resultara lograr de forma tan fácil cosas que solían ser inalcanzables para la gente corriente. O la gente con un sueldo normal, al menos. Una despedida de solteros en Londres, París y Roma. De locos.
—¿Juntos o por separado? —planteó—. Creo que Ginny preferirá ir por libre algún día. El sábado. —Ya podía verse por París proclamando a los cuatro vientos que su amiga se casaba; casi estaba emocionada y todo.
—El domingo podríamos organizar una fiesta en la playa por la tarde. No creo que a esas alturas la gente esté para mucho más.
Hermione pasó la hoja de su libreta y empezó a anotarlo todo. Will tenía razón: ahora que sabía cuáles serían los pasos a seguir, estaba más tranquila. Su padre siempre bromeaba con que su obsesión por el control la acompañaría hasta la tumba.
—Vale, entonces esto ya lo tenemos aclarado. —Cerró la libreta cuando terminó de escribir.
—¿Qué vas a ponerte para la boda? —preguntó Draco de repente. Ante la mirada en blanco de ella, añadió—: Por ir a juego, ya sabes.
—No había pensado en que tengo que comprarme un vestido —confesó con cierta vergüenza—. No he tenido tiempo últimamente, pero hablaré con Ginny y en cuanto sepa algo, te lo diré. —Aquella boda prometía muchas reuniones padrino-dama de honor.
—Me enteré de que atacaron Sortilegios Weasley. ¿Cómo están?
—Bien —respondió ella, no sabía si más sorprendida porque preguntara por el estado de salud de los Weasley o porque sonara genuinamente interesado—. Ha habido más daño material que físico.
—Mi padre también me ha contado que esta mañana habéis hecho una reunión extraordinaria del Wizengamot.
—Vaya, creía que esas cosas se mantenían más en secreto. Supongo que también te ha dicho que debéis informar al Ministerio de vuestros últimos movimientos.
—Y de que tú te has opuesto a esa medida.
Increíble: Lucius Malfoy admitiendo en voz alta que Hermione había hecho algo bien. O, al menos, beneficioso para él. Aquel era un día extraordinario de veras.
—No puedo mantenerme callada cuando algo no me parece bien —dijo, mirando su taza de café casi vacía.
—Lo sé. —«Te conozco», había querido decir, y ella sabía que era verdad. En lo fundamental, nadie cambiaba nunca—. Creo que nunca le has caído tan bien como hoy.
Hermione soltó un ruidito sarcástico.
—Qué bien. Descorchemos el champán: ¡Lucius Malfoy ya no me odia! —exclamó.
—Y tú ya no me odias a mí… ¿verdad? —Ahí se había arriesgado, pero Hermione, que se sentía generosa y en paz consigo misma, asintió.
—A ver qué dura —respondió Hermione con una sonrisa—. Bueno —carraspeó—, si no tenemos que hablar de nada más, me voy. —Vio que él quería que se quedaran un poco más, pero no se atrevió a pedir nada—. Ginny está probándose su vestido de novia y quiero verlo.
Él asintió y también se levantó.
—¿Me dejas pagar a mí o me estoy excediendo? —preguntó.
Hermione sonrió y negó con la cabeza mientras depositaba en la mesa la cantidad exacta de su café. Él asintió, como aceptando el mensaje, y pagó su parte.
Cuando salieron de la cafetería, caminaron juntos durante un trecho. Lo hicieron en silencio, él con las manos en los bolsillos y ella sujetando su libreta contra su pecho. Haber pasado un rato bien con Draco se había vuelto de repente un hecho apabullante.
—Bueno, yo me voy por aquí. —Draco señaló la calle perpendicular a la que estaban en ese momento—. Ya hablaremos.
—Sí. Adiós —se despidió ella.
Siguió andando mientras guardaba la libreta en el bolso y sacaba su móvil. Le mandó un mensaje a Ginny:
Ya he terminado con Draco. ¿Estáis en la tienda?
Miró sus palabras y se alegró de ver que eran ciertas. Se había hartado del muro de hielo que había construido entre ellos dos: requería demasiada dureza y frialdad. No creía que la distancia que había entre los dos pudiera nunca salvarse, pero al menos ya no dejaría que el pasado fuera piedras en sus bolsillos.
Calle Queen Elizabeth I, número 86. ¿Cómo ha ido? ¡Tienes que contárnoslo todo!
No he asesinado a nadie, si es eso lo que te estás preguntando, respondió. Y añadió: Solo puedes saber que te va a gustar mucho tu despedida de soltera.
Se guardó el móvil y siguió su camino con energías renovadas.
¡Pues ya está! Hoy es mi cumpleaños, así que agradecería mucho un review con vuestras impresiones como regalo (qué mala y manipuladora soy, but I regret nothing). Además, si que hoy cumpla 22 no os termina de convencer para darle al botón de review, pensad en el largo recorrido que hemos hecho para llegar hasta esta situación; ¿eso merece un comentario, no creéis? ;)
¿Reviews?
MrsDarfoy
