Los capítulos 19 y 20 son mi regalo de cumpleaños para Gizz Malfoy Granger.
Hoy es un día especial (no porque vaya a actualizar este fic más de una vez en el mismo mes, aunque eso también es digno de mención jaja), porque cumple años una de las primeras amigas que hice gracias a FF; no podía permitir que esta fecha pasara sin actualizar el que fue su regalo para el Amigo Invisible de aquel verano de 2016. Ya por aquel entonces se intuía lo bien que nos llevaríamos y los gustos que compartíamos, y el tiempo no ha hecho más que afianzar esta amistad. Muchas felicidades, amor, espero que disfrutes de esta doble actualización. Te quiero mucho, amor.
PRESCINDIBLE
«Creyendo lo peor, casi siempre se acierta».
Francisco de Quevedo
Capítulo 19: Las burbujas siempre estallan
El subconsciente de Hermione había estado tan empeñado en que la fiesta del Ministerio no tendría que celebrarse que no se había preocupado en pensar qué se pondría. Ahora, estaba a viernes por la tarde y no tenía nada en mente. O iba de compras al día siguiente de forma desesperada o pedía ayuda.
Menos mal que arriba vivía alguien que podía ayudarla.
—¿Por qué no me sorprendo? —exclamó Pansy, poniendo los ojos en blanco. Hermione había subido a pedirle consejo o, en su defecto, si tenía algo que pudiera servirle.
—Por favor —suplicó Hermione—. Ya tendrás tiempo de meterte conmigo luego. ¿Tienes algo que no vayas a ponerte y me quepa? —preguntó.
Pansy se apoyó en el marco de la puerta y la miró de arriba abajo. Después de unos segundos tensos, negó con la cabeza.
—Yo soy más alta y tengo menos cadera. Y tú tienes menos tetas —señalaba el cuerpo de Hermione a medida que hablaba.
—Pues vaya —respondió esta, decepcionada. No tenía nada para ella y encima acababa de hundirla.
—Aunque podríamos modificar algún vestido… ¿Seguro que no tienes nada que sirva? —preguntó Pansy. Cerró la puerta del apartamento que compartía con Harry y empujó a Hermione hacia las escaleras—. Vamos a ver qué guarda Hermione Granger en su armario. Podría dejarte algo mío ahora mismo, pero prefiero criticar tu ropa primero —añadió con una sonrisa maliciosa.
Cuando Pansy abrió su armario, se quedó dos minutos cruzada de brazos, observando los pantalones, faldas y camisas.
—No tenía con muchas esperanzas, pero te has superado. Para mal —masculló, volviéndose para mirarla con los ojos entrecerrados.
Hermione se encogió desde la cama, donde estaba sentada.
—Te lo he dicho: no tengo nada presentable. ¿A no ser que la gente decida que unos vaqueros y una blusa son aceptables? —aventuró. Solo se ganó volver a ser fulminada con la mirada.
Pansy empezó a pasar las perchas de la izquierda a la derecha, analizando cada vestido que veía. Sacaba alguno, lo miraba, le daba la vuelta, pero invariablemente volvía a colgarlo.
—Hay un par salvables. Este, por ejemplo —sacó un vestido azul y lo levantó para contemplarlo mejor—, si lo alargamos y hacemos el escote más bajo… —La mirada de Pansy se desvió hacia el fondo del armario—. ¿Qué tienes ahí?
Hermione siguió el dedo huesudo de Pansy hasta llegar a un bolso que había habitado en el fondo de su armario durante el último par de años. Se había olvidado de él hasta tal punto que se sorprendió de que siguiera ahí.
—Ropa vieja —respondió—. De cuando me mudé aquí. —Iba a ser asesinada en breves.
Pansy enarcó una ceja ante la palabra «mudé» y, sin pedir permiso, cogió el bolso, lo depositó encima de la cama y miró dentro. Metió la mano, pero se detuvo y miró a Hermione con expresión entre grave, escéptica e incrédula.
—¿En serio, Hermione? ¿Vienes a mi casa super preocupada porque no tienes nada que ponerte y ahora me encuentro con esto?
Cuando sacó la mano del bolso, llevaba en la mano un vestido beige con una tira negra en la cintura y una falda vaporosa. Hermione recordaba aquel vestido perfectamente: lo había llevado el día de su veinte cumpleaños. Había sido un regalo de Draco. Como el resto de espléndidos y caros vestidos que había allí dentro. No sabía por qué no se había deshecho de ellos desde el principio; tal vez porque eso suponía invertir tiempo en pensar en algo que él le había regalado, y no quería dedicarle ni un solo segundo. Después le había dado pereza, y al final su mente había aprendido a ignorarlos.
—No me acordaba de ellos. —Solo era una mentira a medias. Se mordió el labio—. Pero ya puedes olvidarte tú también, porque no pienso ponerme ninguno de los que están ahí —dijo de forma tajante.
Pansy, que había estado admirando otro de los vestidos, esta vez uno de color morado, manga larga y espalda al descubierto, paró cualquier movimiento. Hermione tragó saliva al verla ladear la cabeza lentamente y mirarla con los ojos convertidos en dos rendijas.
—Granger, ¿me estás diciendo que —pronunció las palabras lentamente, en tono bajo— tienes aquí dentro nada más y nada menos que cinco vestidos de lo mejorcito que había en las tiendas por esa época y no piensas ponerte ninguno? ¿Por qué, si puede saberse? —Había pasado de sonar completamente amenazante a parecerse a una madre cuyo hijo no quiere ponerse el jersey para salir a la calle un día de invierno. Aunque eso, si se detenía a pensarlo, también daba miedo.
—Porque… —en realidad, los argumentos que tan bien sonaban en su cabeza, ahora carecían de credibilidad, teniendo en cuenta que ella misma aseguraba que podía llevarse bien con Draco y olvidar el rencor—. Porque no quiero —terminó diciendo.
—¡Oh, por Merlín! —exclamó Pansy, poniendo los ojos en blanco. Cogió un vestido rojo y lo levantó en el aire, a dos palmos de la nariz de Hermione—. ¿Me estás diciendo que no quieres ponerte esta maravilla hecha tela solo porque fue Draco quien te lo regaló? —Dejó el vestido sobre la cama con el mismo cuidado con que trataría a un bebé y cogió a Hermione por los hombros—. ¡No… seas… infantil! —masculló mientras la sacudía.
Hermione tragó saliva con fuerza otra vez. Si Pansy le juraba que la dejaba en paz, se pondría los cinco vestidos uno encima del otro si ella quería.
—Es que… —balbuceó.
Pansy la soltó y levantó las manos, como rogando paciencia. La mujer cerró los ojos e inspiró hondo.
—Mira, lo pillo. —Se sentó al lado de Hermione—. Entiendo que vuestra ruptura fue difícil y que te cuesta aceptar lo que esté relacionado con él, pero si no empiezas a normalizar las cosas, nunca dejarás de verte afectada por todo lo que te recuerda a Draco. ¿Que estos vestidos te los regaló él? ¡Bien por ti, todo eso que te llevaste! —Volvió a levantarse y se llevó las manos a las caderas, mirando con admiración el vestido rojo—. Si yo fuera tú, querida, llevaría cualquiera de esos vestidos como si fueras tú quien puede ir rompiendo corazones por ahí.
«¿Por qué querría hacer daño?», se preguntó Hermione. Pero, visto desde el punto de alguien que estaba acostumbrado a mostrarse indemne ante los ataques ajenos, las palabras de Pansy tenían sentido.
Hermione se levantó y examinó los vestidos.
—¿Cuál entonces? —preguntó.
Pansy sonrió con satisfacción.
—El rojo, por supuesto.
—Cómo no —masculló Hermione, sonriendo con cinismo.
—¿De cuándo es este? —quiso saber la otra bruja.
Hermione se inclinó para acariciar la tela. Cómo se notaba la calidad.
—Del día que me pidió matrimonio —respondió como si nada. Como si no hubiera sido aquel el día en que todo se desmoronó. Parecía que perteneciera a otra vida.
Pansy soltó una carcajada.
—Qué ojo tengo. ¿Con quién irás, por cierto?
—Con nadie —Hermione se encogió de hombros—: tú vas con Harry y a Ron no le gustan este tipo de fiestas. Demasiada gente falsa, dice.
—No le falta razón. —Pansy frunció los labios—. Podemos ir Harry, tú y yo juntos. Tampoco es como si fuera una boda y te encasillaran en el papel de soltera patética si no llevas pareja.
—¿Seguro? —preguntó Hermione con una ceja enarcada.
—Bueno, siempre podemos dejar a Harry en casa e ir juntas. Seguro que somos la envidia de la fiesta.
Ambas mujeres compartieron una sonrisa cómplice.
· · ·
El interior del Ministerio parecía un lugar completamente distinto al habitual destino de decenas de funcionarios con caras aburridas que recorrían sus instalaciones para sentarse en sus sillas y ponerse a trabajar. Toda la planta baja había sido modificada para que estuviera iluminada por una agradable luz blanca, en sustitución de las velas y candelabros. La gran estatua central había desaparecido, creando un espacio amplio donde habían colocado varias mesas flotantes con copas de distintos licores y bebidas que se sustituían mágicamente cuando alguien cogía una.
Harry, que se creía de repente algún Casanova de las películas románticas malas, les había ofrecido un brazo a cada acompañante, y los tres entraron con paso firme. No eran los primeros, pero sospechaban que tampoco serían los últimos. A muchos les gustaba aparecer cuando hubiera mucha gente ante la que poder presumir de apariencia o contactos, al ir saludando a compañeros con los que apenas intercambiaban palabras en un día normal.
Hermione contempló los rostros de los invitados sin mucho interés. Nunca se le había dado bien entablar conversación trivial con meros conocidos, al contrario de Pansy, que ya se había separado de Harry y saludaba a una pareja. Por su ropa y lo poco que Hermione los había visto por allí, debían de ser benefactores. Pansy movía las manos y sonreía con los años de práctica ganados gracias a proceder de una familia rica. Y debía reconocer que la mujer estaba deslumbrante, con un vestido negro largo que dejaba toda la espalda al descubierto. Y el hombre con el que hablaba debía de estar pensando en lo mismo, por cómo la miraba.
Hermione vio por el rabillo del ojo al ministro. Lo saludó con un movimiento de cabeza, pero al ver que el hombre le hacía señas con una mano, se soltó de Harry.
—El deber me llama —le susurró.
—Disfruta un poco, Hermione —le respondió este, dándole un beso en la mejilla—. Y no te encorves —dijo.
—¡Pasas demasiado tiempo con Pansy! —le reprochó su amiga con una sonrisa antes de dirigirse hacia Kingsley.
Pero le hizo caso. Todavía no se sentía del todo cómoda con ese vestido, pero el espejo le había susurrado que parecía diseñado para ella, por lo que lo mejor era lucirlo y sacarle el máximo partido. Debía reconocerle a Draco que tenía buen gusto: el escote en forma de pico resaltaba su pecho sin que quedara mal por no tener mucho, y la tela cubría sus curvas sin asfixiarla. Además, el corte en la parte baja trasera de la falda resaltaba sus piernas al andar.
—Pues no está yendo tan mal —fue la frase con que saludó su jefe a Hermione.
Ella miró a su alrededor. Pese a seguir adelante con la fiesta, Kingsley había escuchado su consejo y había apostado a unos cuantos aurores que vigilaban todos los movimientos de la sala. Eso sí, los había vestido de gala, para que no desentonaran.
—Esto no ha hecho más que empezar —respondió ella con cierto tono lúgubre. Luego pensó que parecía que quisiera que algo saliera mal, y sonrió—, pero espero que al menos te dejen tiempo para hacer tu discurso.
Kingsley rio entre dientes.
—Por favor. Llevo toda la semana ensayándolo. Sería un desperdicio de elocuencia dialéctica. Aunque nuestros queridos atacantes anónimos me harían un favor si me evitan tanta… —Levantó una mano, señalando a su alrededor.
—¿Falsedad? —sugirió Hermione.
—Buena educación excesiva —dijo él, sonriendo.
Hermione imitó su sonrisa y asintió. El ministro sabía moverse entre todos los círculos del Ministerio con gracia y soltura, pero eso no significaba que se hubiera vuelto como ellos.
—Y hablando de eso… —añadió el hombre, señalando con el mentón hacia la espalda de Hermione.
Esta se giró y observó a cuatro cabezas rubias, dos con ojos grises, una con ojos azules y otra de ojos oscuros, destacar entre la multitud. Lucius y Narcissa caminaban delante, el brazo de ella elegantemente entrelazado en el de su marido. A su paso, la gente hacía dos cosas: se callaban y los miraban, o fingían que no se habían dado cuenta de su entrada y miraban de reojo. Detrás, Draco llevaba del brazo a su amiga francesa, Camille. Los Malfoy iban de negro, como emisarios de la muerte que fueran a ejecutar su cometido con una hermosa condescendencia; su acompañante femenina más joven, en cambio, llevaba un vestido dorado largo que combinaba a la absurda perfección con sus pecas, sus ojos marrones y ese cabello rubio teñido perfectamente liso.
E iban directamente hacia Hermione y el ministro. Ella pensó en retirarse discretamente, pero ya era demasiado tarde, a no ser que quisiera que pareciera que los rehuía, algo que no era cierto. Así, cogió una copa de champagne de una mesa cercana y permaneció junto a Shacklebolt con una sonrisa que nadie diría que era falsa. Se la había copiado a Pansy, de la clase rápida que le había dado antes de venir, titulada «Cómo ser una perfecta señorita y ocultar que odias a medio mundo».
—Señor Ministro, ha obrado usted un milagro aquí —dijo la señora Malfoy con una sonrisa perfectamente cordial.
Kingsley soltó una carcajada.
—Créame, yo no he tenido nada que ver. Pero es mi deber como dirigente llevarme el mérito. Tanto de lo bueno como de lo malo —añadió, lanzando una mirada furtiva al señor Malfoy.
Este asintió brevemente, pero su expresión no era muy animada.
—¿Cómo estás, Hermione, querida? —Esta estuvo a punto de escupir el champagne cuando vio que Narcissa se dirigía a ella.
—Bien, muchas gracias. —Estuvo a punto de decir «Bien, muchas gracias, Narcissa», pero no sabía si podía seguir llamándola por su nombre—. Disfrutando del agradable cambio de escenario. —Las palabras sonaron tan extrañas en su boca que casi no parecían suyas. Tendría que pedirle a Pansy una clase de frases comodín para ocasiones como aquella.
Narcissa asintió, expresando que se alegraba de oír eso, y se unió a la charla que había empezado su marido con Kingsley. A Hermione, por tanto, no le quedó más remedio que girarse hacia la otra pareja más joven. No sabía qué era más incómodo: que Draco se hubiera dado cuenta de qué vestido llevaba y la mirara como si fuera una aparición, o la sonrisa deslumbrante que le dedicaba Camille, como si fuera una amiga a la que no veía desde hacía un tiempo.
—¡Hermione! —exclamó esta. Se acercó a ella y le dio tres besos; Hermione frunció el ceño, sorprendida, y apenas pudo devolvérselos—. Parece que estamos destinadas a vernos aquí —rio.
—Al menos esta vez es en mejores circunstancias —señaló Hermione con una ceja enarcada.
Camille soltó una risita.
—Menos mal. ¡Al final parecerá que soy una delincuente seria y todo! —Miró a Draco de reojo, pero al ver que este no separaba los ojos de Hermione y se había quedado mortalmente serio, le dio un codazo—. ¿Dónde están tus modales británicos? —reprochó. Después miró a Hermione y negó con la cabeza, como diciendo «¡Hombres!».
Draco carraspeó y su mirada volvió al presente. Sonrió de forma galante, mirando a Hermione a los ojos, aunque ella, que lo conocía bien, sabía por la tirantez de sus labios que no se sentía cómodo. Sintió un placer secreto al ver que, por una vez, no era ella quién más deseaba evitar el contacto.
—Hola —saludó él con sencillez—. Qué guapa estás.
—Me ha visto hace casi una hora y no me ha dicho ni mu, y a ti en dos segundos te ha echado un piropo —intervino Camille en tono divertido que pretendía sonar ofendido—. Menos mal que hace años que tengo claro que el género opuesto no es mi tipo o ya me habría tirado de los pelos. —Y le guiñó un ojo a Hermione.
La bruja castaña enarcó levemente las cejas ante el descubrimiento de la orientación sexual de Camille. ¿Mujeres? Estuvo tentada de reír al pensar en aquel artículo de periódico que situaba a la mujer francesa como futura señora de Draco Malfoy. «¿Lo sabrá él?», se preguntó, pero al ver que no se inmutaba ante el comentario, supuso que sí. Vaya, la noche ya empezaba a ser una caja de sorpresas, y eso que solo había abierto una solapa.
Hermione se terminó su champagne y dejó la copa vacía sobre la mesa, que desapareció al instante. Draco se acercó entonces y les ofreció a las dos mujeres sendas copas llenas. Hermione alargó la mano para aceptarla, y cuando sus dedos se rozaron con los de él, se miraron brevemente a los ojos. Él quería decirle algo con la mirada, pero Hermione desvió la vista antes de averiguar el qué. «¿Y si piensa que me he puesto su vestido a modo de señal oculta?», pensó, presa del pánico. Sin embargo, cuando se atrevió a volver a mirarlo, ya había recuperado su expresión perfectamente amable e indiferente.
—Y cuéntame, Hermione —Camille se acercó a ella e inclinó la cabeza en señal de confidencia—, ¿alguien a quien deba conocer? ¿Algún chisme sabroso que pueda interesarme? —preguntó, sonriendo con coqueta malicia.
—A no ser que haya cambiado mucho, Hermione es la persona menos acertada del mundo para preguntarle sobre los trapos sucios de nuestra sociedad —respondió Draco con una sonrisa.
Hermione, sin saber bien por qué, se molestó por aquella afirmación.
—Es verdad, no se me da muy bien. Eso siempre te lo dejé a ti —dijo con una sonrisa desafiante.
—Touché —respondió él, bebiendo un poco de champagne.
—Ay, me encantan estas cosas… —suspiró Camille. Cuando Hermione y Draco la miraron con curiosidad, negó con la cabeza—. Nada, no me hagáis caso. Tengo costumbre de divagar sin importar el momento ni el lugar.
Callaron, algo que Hermione aprovechó para retirarse.
—Si me disculpáis, voy a ver dónde se han metido Harry y Pansy.
Les dedicó una última sonrisa de cortesía antes de separarse y empezar a andar sin rumbo fijo. No sabía dónde estaban sus acompañantes originales, pero cualquier lugar era mejor que el previo. Soltó el aire contenido lentamente, dándose cuenta de la tensión que había retenido sin querer.
Cuando le pareció vislumbrar la cabellera rebelde de Harry, se dirigió hacia allí, pero una mujer la detuvo. Al principio, Hermione no la reconoció, pero después de unos segundos de inspección, se dio cuenta de quién era.
—¡Padma! —exclamó. La gemela Patil había engordado ligeramente y se había cortado la larga melena de su adolescencia, pero su rostro seguía siendo el mismo—. No sabía que venías.
Su antigua compañera de curso le sonrió.
—Eddie trabaja aquí, en Administración. —Señaló a un hombre rubio que charlaba con un grupo de tres personas—. No sé cómo, pero ha conseguido convencerme para venir. —De las dos gemelas, Padma era la más reservada.
—Me alegro de ver una cara amiga —respondió Hermione con sinceridad.
—Hablando de eso, ¿quién es la mujer rubia que está con Draco?
—Camille… algo. No recuerdo ahora mismo su apellido. —Hermione se giró para observar a la francesa.
—Me suena de algo, pero no sé de qué —repuso Padma con el ceño fruncido.
Hermione frunció el ceño; no sabía en qué circunstancias podrían ellas dos haberse conocido, pero ahora tenía curiosidad.
—Hermione.
La voz de su becario la distrajo. Vio que era Austin, que había aparecido de repente junto a ellas. Le sonrió, pero el chico no le devolvió el gesto. De hecho, tenía la mirada perdida, aunque el resto de él parecía muy consciente.
La sonrisa de Hermione volvió a su ceño fruncido anterior: qué rara había sonado la voz de Austin…
A simple vista no parece un regalo de cumpleaños muy alegre, pero si Gizz es feliz con esto, todas debemos estarlo.
Vale, sé que he dejado varios temas abiertos, pero por suerte para todas, el capítulo siguiente está listito para que lo leáis. No pregunto nada ahora, prefiero leer vuestras impresiones y suposiciones. ¡Nos vemos en el 20!
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MrsDarfoy
