Los capítulos 19 y 20 son mi regalo de cumpleaños para Gizz Malfoy Granger.
Segundo capítulo de hoy. Creo que me alegro yo más que vosotras de haber actualizado, porque odiaría mucho que, de ser yo la lectora, me dejaran con el cliffhanger del capítulo anterior jajaja. Menos mal que soy una bellísima persona, aunque ALGUNAS crean que no. Ok. ya paro con el melodrama xD ¡Enjoy!
PRESCINDIBLE
«Las enemistades ocultas y silenciosas son peores que las abiertas y declaradas».
Marco Tulio Cicerón
Capítulo 20: Champán amargo
Hermione y Padma intercambiaron una mirada extrañada. El vello de la nuca de la primera se erizó y, con un gesto de la mano, pidió a Padma que retrocediera. Metió esa misma mano dentro de su bolso, sin dejar de observar a Austin. Justo cuando había tocado su varita, la cabeza de Austin se movió hasta que sus ojos perdidos la miraban directamente. Antes de que pudiera moverse, el chico sujetaba firmemente su brazo con una mano. Estaba frío.
—Yo si fuera tú, no haría eso. Además, tranquilízate, no queremos hacerte daño. No ahora.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Hermione. Sabía que con un movimiento rápido conseguiría librarse de su garra, sacar la varita y atacarlo, pero se había quedado congelada. Miraba a Austin —o a quien fuera en esos momentos— con los ojos como platos, muda por la estupefacción.
—¿Quiénes sois? —preguntó en voz baja.
Sus ojos se movieron por los laterales de la cabeza del chico, comprobando si alguien se había dado cuenta de que algo iba mal, muy mal. Pero todos parecían absortos en sus conversaciones intrascendentales.
Los labios de Austin se curvaron hacia arriba, pero era una sonrisa muerta.
—Pronto lo sabrás. Ahora queremos que nos escuches con atención.
Su voz sonaba ronca, como si le costara hablar. Alguien debía de estar controlándolo, pero ¿quién? Tampoco parecía que estuviera bajo un Imperius: no se comportaba como una víctima habitual de la Imperdonable.
—¿Qué… —a Hermione le costaba tragar saliva; respiraba atropelladamente— qué queréis?
Austin acercó su cabeza a la de ella, con la boca suficientemente cerca de su oreja para no tener que hablar en voz alta, pero lo suficientemente disimulado para no llamar la atención de nadie. Hermione sabía que Padma seguía cerca, podía vislumbrar su vestido color coral a través de rabillo del ojo, pero no sabía cómo decirle que buscara a Harry.
—Queremos una cosa muy simple: que os deis cuenta de que el circo que habéis montado pronto llegará a su fin. —Las palabras de Austin sonaron crueles, como si la persona al otro lado de su voluntad disfrutara sabiendo el impacto que iba a tener—. Creéis que estáis a salvo, pero no es así. Sois descuidados, torpes, hipócritas. —Hermione frunció el ceño ante esta última palabra: ¿qué tenía la hipocresía que ver en todo aquello?—. Nadie está a salvo, ¿nos oyes? Nadie.
»Ni tu precioso muggle al otro lado del océano, en su tranquila granja con esa madre y esa hermana tan encantadoras.
Hermione ahogó un grito. Se sentía como si le hubieran echado un cubo de agua fría por encima y ahora se hubiera congelado.
—¿Qué…? —No sabía bien ni qué decir, pero Austin negó con la cabeza.
—Somos nosotros quienes hablamos, y por tu bien, escúchanos con atención: queremos que te deshagas de él. No te lo mereces, de todas formas. —Añadió Austin con desdén—. Queremos que le des un buen motivo para no volver jamás.
Hermione frunció el ceño mientras miraba hacia delante con horror. ¿Qué mierdas estaba pasando? ¿Con quién coño estaba hablando? ¿Qué tenía que ver Will en todo aquello?
—¿Nos estás escuchando? —Austin separó la cabeza lo justo para poder mirarla a los ojos; aquella mirada muerta era escalofriante. Esperó hasta que Hermione asintió escuetamente, y sonrió—. Buena chica. Ah, por cierto… —El rostro de él mudó la expresión: ahora la miraba con gesto amenazante— como nos enteremos de que has intentado ocultarlo o protegerlo de cualquier otra forma, no habrá lugar donde puedas resguardarlo de nosotros. Nada de pedir ayuda a tus amigos. —Austin se llevó un dedo a los labios—. Será nuestro secreto.
Hermione retrocedió un paso al tiempo que Austin parpadeaba. Su mirada se enfocó y frunció el ceño. Miró a Hermione como si no comprendiera qué hacía allí.
—¿Hermione? —preguntó. Se llevó una mano a la cabeza—. Debo de haber bebido demasiado…
Pero su jefa ya había sacado la varita y lo apuntaba con ella. Varias personas a su alrededor se fijaron en la escena y soltaron gritos ahogados y exclamaciones. Pero Hermione no hizo caso a nadie; con una expresión dura como el granito, pronunció el hechizo:
—¡Desmaius!
La expresión confundida de Austin desapareció cuando cayó al suelo, inconsciente. Hermione no tardó ni dos segundos en tenerlo amarrado para evitar que huyera. No sabía qué había pasado, pero estaba dispuesta a averiguarlo.
—¡Hermione! —exclamó una voz. El ministro se aproximó a ella a grandes zancadas y contempló al hombre inconsciente a sus pies sin comprender.
Otras personas se habían acercado. Harry ya estaba a su lado, con una mano sobre su brazo y el ceño fruncido. Draco también había acudido, y su rostro reflejaba perplejidad y preocupación.
Hermione suspiró antes de mirar a las personas que se habían congregado a su alrededor.
—Como Jefa del Departamento de Seguridad, anuncio que la fiesta ha terminado. Nadie podrá abandonar el Ministerio hasta que se hayan hecho las averiguaciones pertinentes. —Miró a sus espaldas, donde dos Aurores encargados de la vigilancia se habían acercado a ver qué pasaba—. Aseguraos de que no sale nadie —les ordenó. Después miró a Harry—. Llama al cuerpo completo de Aurores, los necesitaremos. —Vislumbró un rostro al que también necesitaba—. Señora Gómez, ¿están todos los Inefables aquí? —preguntó. —La mujer asintió—. Bien, también los necesitaremos.
Algunos de los Aurores, previa señal de Hermione, habían empezado a obligar a la multitud a dejar espacio al círculo que formaban el chico inconsciente, Hermione, Harry y la Jefa de los Inefables.
Shacklebolt se acercó a ella y masculló entre dientes:
—¿¡Qué demonios pasa!?
Hermione lo miró a los ojos con una mueca en los labios.
—No voté en contra de celebrar esta fiesta por nada. —Bajó la voz de modo que solo Harry, Alma y el ministro pudieran escucharla—. Ese chico —señaló a Austin— ha dejado de ser él mismo durante unos minutos. Y no sé con quién he estado hablando, pero me ha amenazado. Nos ha amenazado a todos.
· · ·
Hermione rascaba con el esmalte negro con que se había pintado las uñas horas antes de la fiesta. Era el único mecanismo que la tranquilizaba, aunque fuera ínfimamente.
—A ver, empecemos por el principio. —Kingsley ya no era el Primer Ministro, ahora se comportaba como el miembro de la Orden del Fénix que había sido—. ¿Qué te ha dicho?
Hermione se pasó una mano por el pelo, soltándose un par de mechones. Pansy no estaría contenta de ver en qué habían terminado sus esfuerzos. Cerró los ojos durante un segundo; no podía dejarse llevar por las emociones.
Dejó las manos encima de la mesa. Habían ido directamente a las mazmorras. Debido a la escasez de personal disponible, Kingsley en persona la estaba interrogando; Harry estaba unos Inefables ocupándose de Austin. Al resto de los Aurores los habían dejado arriba, vigilando e interrogando a los invitados.
Miró al ministro. De repente, Kingsley había envejecido diez años.
—Estaba buscando a Harry cuando Padma Patil me ha interceptado. Hemos estado hablando durante un par de minutos —Hermione frunció levemente el ceño al recordar la pregunta de su antigua compañera sobre Camille, pero no lo incluyó en su declaración— y entonces Austin se nos ha acercado. Pero no parecía él.
—¿A qué te refieres? —preguntó Shacklebolt, pasándose una mano por la perilla.
—Su voz sonaba distinta. Como si no fuera la suya. Y tenía la mirada perdida. De hecho, no creo que fuera él quien estaba hablándome.
—¿Qué te ha dicho?
Hermione soltó aire lentamente.
—Ha sido raro. Me ha dicho que todo esto pronto llegaría a su fin. Que vivíamos demasiado tranquilos. Que nadie está a salvo. —Miró a su superior a los ojos. Debía ser convincente si pretendía eludir que le sacaran los recuerdos—. También ha amenazado a mi familia.
Kingsley soltó un suspiro cansado.
—Pondremos a alguien las veinticuatro horas vigilando la casa de tus padres. Tranquila, no les pasará nada —le aseguró. Hermione sonrió, agradecida. Al menos por ellos no debía preocuparse. Al menos a ellos sí podía protegerlos.
—También tendríamos que poner vigilancia en algunos lugares clave: el callejón Diagon, Hogsmeade, Hogwarts… —enumeró Hermione, aliviada porque cambiaran de tema.
—Y supongo que también tendríamos que proteger a algunas familias. Pero claro, ¿cómo protegemos entonces a las familias de aquellos a quienes ordenamos proteger a otros? —Kingsley dio un golpe sobre la mesa—. ¡No podemos con todo, joder! —Apretó los dientes—. Qué gran ministro soy, ¿verdad? Con nada ya me estoy agobiando. ¿Qué hacemos ahora?
Hermione se levantó.
—No creo que consigamos sacar nada en claro, pero vayamos a ver qué nos dice Austin —propuso.
Kingsley asintió y sonrió.
—Tienes madera para esto, ¿sabes? Creo que serás la sustituta perfecta.
Hermione se quedó mirándolo cuando salía al pasillo.
—¿De qué?
—De mí, por supuesto. —Ante la expresión sorprendida de ella, añadió—: No tengo intención de ocupar este cargo para siempre, y ya empiezo a cansarme. Tú y yo sabemos que acepté el cargo porque me convencieron de que era lo que el país necesitaba, pero cada día mis responsabilidades pesan más.
Hermione recorrió la distancia hasta la sala donde estaban interrogando a Austin y se detuvo delante de la puerta. Ladeó la cabeza y miró a Kingsley, quien la seguía muy de cerca.
—Creo que yo tampoco le veo el encanto a tu puesto.
En cuanto abrió la puerta, escuchó unos gritos.
—¡No, no me sirve esa excusa, señor Temple! —Harry había apoyado ambas manos en la mesa que lo separaba de Austin y lo miraba fijamente; sonaba enfadado. Su amigo tenía la particularidad de irritarse de forma rápida cuando no conseguía lo que quería.
Cuando él y Alma Gómez, que también participaba en el interrogatorio, vieron a Hermione y al ministro entrar, se levantaron y los miraron con curiosidad. El hombre más mayor negó con la cabeza; no había nada que pudiera serles de utilidad.
—¡Hermione, por favor! —Austin la miraba con desesperación. Temblaba, posiblemente demasiado abrumado por el conocimiento de que había hecho algo malo, pero sin que supiera el qué. Y todas personas que lo miraban con severidad y desconfianza no le inspiraban muchos ánimos—. ¡Yo no he hecho nada!
Hermione se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Ya lo sé, Austin —era cierto: estaba casi segura de que él no había actuado de forma consciente—, pero creemos que alguien te ha usado como títere.
—Voy arriba —anunció el ministro. Dio un breve asentimiento de cabeza a Hermione, indicándole que siguiera sola.
Harry le ofreció su silla a Hermione, pero esta rehusó. Tenía la mente demasiado inquieta y, por tanto, necesitaba moverse para liberar tensión.
—Bien, Austin, cuéntanos: ¿te ha pasado algo extraño recientemente? —preguntó a su secretario.
El chico negó con la cabeza.
—No que yo recuerde.
—¿Ningún incidente con algún desconocido? ¿No has notado que te falte nada en tu casa? —Harry tomó la palabra.
La respuesta volvió a ser negativa. Harry y Hermione se miraron con impotencia.
—¿Te ha jugado alguna mala pasada tu memoria? ¿No hay nada que te cueste recordar? —Alma Gómez miró a Austin con calma, pero atenta a sus reacciones. Hermione se alegraba de que la mujer estuviera allí: los Inefables controlaban mucho mejor todos los temas de la mente. Sabían dónde se ocultaban los secretos.
Austin frunció el ceño.
—No que yo sepa.
Alma miró hacia abajo y contuvo una sonrisa antes de levantarse.
—Me extrañaría que afirmaras lo contrario. Si me permites…
—¿Qué va a hacer? —preguntó el detenido, mirando la varita que se aproximaba a su rostro con expresión de espanto.
—Tranquilo, solo voy a sacarte los recuerdos. No duele, pero necesito que te quedes muy quieto y cierres los ojos.
Austin miró a Hermione, dudando, pero al ver que esta asentía, intentó quedarse quieto como una estatua. La varita de Alma se quedó suspendida a pocos centímetros de la frente del chico. Con un leve movimiento circular, un hijo plateado empezó a salir de la cabeza de Austin y a unirse con la punta de la varita. La Inefable retrocedió a medida que el hilo se unía y creaba una esfera de luz. Cuando esta adquirió el tamaño de un puño, la conexión se cortó.
El propietario de esos recuerdos parpadeó varias veces y observó, fascinado, la esfera plateada.
—Bueno, esto ya está.
Hermione se despidió de la mujer con un movimiento de cabeza. Cuando quedaron solo Harry, Austin y ella, Hermione se giró hacia su amigo.
—Retenlo aquí hasta que todo el lío de arriba haya terminado.
Harry hizo una mueca de fastidio, pero asintió.
—Dile a Pansy que no me espere.
Hermione abandonó las mazmorras y volvió a la planta baja, donde se celebraba la fiesta. O donde se había celebrado, más concretamente. Ya se habían retirado todas las mesas con bebida y quedaban unos pocos asistentes. El resto ya debían de haber sido interrogados y dejados ir libres.
Kingsley estaba hablando con un par de Aurores, posiblemente dando instrucciones, pero como no la reclamó, Hermione se lo tomó como que su labor ese día ya había terminado. Buscó un vestido largo de color negro y unos cabellos del mismo color, y encontró a la novia de su amigo con los brazos cruzados, de pie junto a Draco y Camille.
El único recibimiento que tuvo fue unas miradas preocupadas y cansadas.
—¿Y Harry? —fue lo primero que preguntó Pansy.
—Tiene trabajo, me ha pedido que te diga que terminará tarde. No hace falta que le esperes —informó.
Pansy soltó un bufido indignado, pero no dijo nada más.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Draco, acercándose a ella.
—Secretos de estado —respondió. Con cada pregunta que no respondía, evadir la verdad le pesaba más, pero también se le hacía más fácil—. ¿Ya os han tomado declaración? —quiso saber. Draco asintió—. Podéis iros a casa cuando queráis, entonces.
—Estábamos esperándote. Para ver si estabas bien —intervino Camille, lanzando una mirada significativa a Draco—. Además, a los señores Malfoy no les ha tocado hasta ahora, así que…
Hermione observó que Dean Thomas estaba hablando con el matrimonio. Narcissa respondía a las preguntas de su compañero de casa, pero quien llamó su atención fue Lucius. El hombre ignoraba a Dean: su mirada estaba fija en un grupo de personas que hablaban a unos metros de distancia. Hermione siguió sus ojos y vio que Philip Strauss mantenía una conversación acalorada con algunos de sus compañeros. Estaba tan entregado a su discurso que podía escucharse desde donde ella estaba.
—¡Yo intenté avisar, pero no, nadie quiso escucharme!
Hermione entrecerró los ojos. No supo qué fue exactamente lo que la hizo moverse, pero antes de que se diera cuenta, ya estaba plantada en medio de ese grupo, con los dientes apretados y el mentón levantado ante un Strauss sorprendido por su aparición.
—Señor Strauss, ¿podemos hablar? ¿No cree que está siendo demasiado fervoroso? Por no decir insistente.
El hombre rio.
—No sabía que tenía prohibido expresar mis opiniones.
—Y no lo tiene —respondió Hermione—, pero de nada sirve exaltar los ánimos sin tener pruebas que respalden sus acusaciones.
—Yo no he acusado a nadie. —El señor Strauss mudó la expresión divertida y la miró con aire desafiante—. Solamente quiero resaltar algunas similitudes…
Hermione miró a los demás hombres, quienes no habían tenido el tacto de dejarlos solos. Ahora, ante la expresión de Hermione, sí lo hicieron. Cuando solo estaban ellos dos, ella apretó con fuerza los dedos alrededor de su bolso. No debería estar manteniendo una discusión que no le incumbía, pero era la gota que había colmado el vaso de tensión, preocupación y cansancio que la habían invadido en la última hora.
—No vea fantasmas donde no los hay, señor Strauss. Todos perdimos a seres queridos en la guerra, pero no podemos ver marcas tenebrosas donde no las hay.
Philip se inclinó hacia ella y la apuntó con un dedo.
—¿Intenta darme lecciones de moral? ¡Usted no sabe nada! —exclamó.
Hermione enarcó una ceja y se quedó mirando el dedo que la apuntaba hasta que el hombre bajó la mano. Después, cogió su varita y la pasó por el antebrazo derecho, revelando la cicatriz que le hizo Bellatrix. Siempre la llevaba cubierta por un hechizo que la cubría tan bien que a veces se olvidaba de que la tenía. Pero a veces, convenía recordar que seguía allí.
—¿Le parece a usted que no sé nada? —espetó, enseñándole la marca. Él apretó los labios y apartó la vista—. Ahora, no se comporte como un imbécil y váyase a su casa. Ya tendrá oportunidad de dar sus discursos otro día, pero hoy háganos un favor a todos y deje de molestar.
El hombre había palidecido, probablemente por la frustración de no ser capaz de responder. Sin despedirse, se dio la vuelta y desapareció de la vista de Hermione. Esta se pasó una mano por la frente y cerró los ojos. Al menos de ese problema se había librado.
Ahora solo le quedaba ver cómo solucionaba la amenaza de muerte que habían puesto sobre Will. Casi nada.
—Hermione, ¿estás bien? —Pansy se había acercado a ella.
—Sí. Es que algunas personas sacan lo peor de mí.
—Sí, ya lo sé —repuso la otra bruja con una sonrisa ladeada—. Oye, he decidido que voy a esperar a Harry. ¿Te quedas conmigo? —preguntó.
—No, yo… Tengo que irme —respondió. No estaba de humor para permanecer allí dentro ni un minuto más—. Esta fiesta ha sido demasiado para mí.
Pansy asintió.
—Sí, la verdad es que sí. Aunque se dice que ninguna fiesta es buena si no hay un buen espectáculo.
—¡Ja! —exclamó Hermione—. En fin —suspiró—. Nos vemos.
Antes de dirigirse hacia la salida, lanzó una última mirada a Draco. Este estaba hablando con Camille, pero cuando sintió sus ojos en él, se giró hacia ella. Se quedaron mirándose hasta que Hermione hizo intención de marcharse. Mientras andaba, volvió a cubrir su cicatriz con un hechizo.
«MrsDarfoy, por favor, deja las drogas, no entendemos nada». Sí, sí, lo sé. Tiempo y paciencia, por favor. Mi objetivo es que a medida que avance la historia y vayan sabiéndose más cosas, soltéis un par de «Aaaaaah, conque era esto…».
Anyway, vamos a lo importante: Gizz, espero que te hayan gustado tus regalos. Yo sé que tú sabes los pocos buenos sentimientos que despierta en mí este fic, pero últimamente he dejado de tenerle animadversión y ojalá eso se haya plasmado en la narración. Bueno, como mínimo ya sabes que actualizo por ti y lo hago con mucho cariño.
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MrsDarfoy
