¡Hola! Hoy toca felicitar a una persona muy especial: MeriAnne Black. Meri, aunque me tengas abandonada (sí, sí, los estudios, lo comprendo, pero déjame ser un poco dramática xD), yo sí me acuerdo de ti y, como te dije, este capítulo es para ti. Sé que no es mucho, pero espero que te guste (léelo, por favor). ¡Feliz cumpleaños!

(A las demás: Meri es una persona maravillosa y todavía mejor escritora -sí, eso es posible-, así que, aunque dudo mucho que no lo hayáis hecho ya, pasaos por su perfil si queréis leer fics muy bien escritos).


PRESCINDIBLE


«El riesgo de una decisión incorrecta es preferible al terror de la indecisión».

Maimonides

Capítulo 21: El mal menor

Hermione ignoró la llamada entrante en su móvil. En su lugar, fue a ver quién acababa de tocar el timbre de su puerta. Cuando abrió, parpadeó varias veces por la sorpresa de tener a una Ginny con los brazos cruzados y expresión indignada y a un Blaise con las manos en los bolsillos y expresión divertida.

—¿Hola? —saludó, dubitativa.

Ginny la apartó a un lado y entró en su piso con paso decidido, seguida por su novio, que le guiñó un ojo y se encogió de hombros.

—Necesitamos tu ayuda —sentenció Ginny. Se había sentado en el sofá, con una pierna sobre la otra. Blaise también había tomado asiento, pero tan lejos de su prometida como le permitía el mueble.

Hermione trató de ignorar la lucecita de su móvil que indicaba que tenía una llamada perdida y miró a la pareja.

—¿Qué puedo hacer por vosotros? —preguntó, sentándose en un sillón. Frunció el ceño, divertida: aquello parecía una sesión de terapia de pareja.

Blaise se giró hacia Ginny y señaló a Hermione con una mano.

—¡Venga, lista, cuéntale por qué venimos a molestarla! Ya verás qué tontería —dijo a la bruja castaña, meneando la cabeza.

—Mi queridísimo novio es un idiota y cree que puede celebrar una fiesta de cumpleaños como si nada, como si no estuviéramos en alerta por ataque desconocido. —El ministro había dado una rueda de prensa dos días antes y había anunciado que era recomendable que la comunidad mágica extremara las precauciones.

—¿Vas a celebrar tu cumpleaños? ¿Cuándo? —preguntó Hermione.

Blaise fulminó con la mirada a su novia.

—¿¡No se lo has dicho!? Merlín, tendría que haber mandado invitaciones. Puede que todavía esté a tiempo… —divagó. Hermione carraspeó y enarcó las cejas—. ¡Ah, sí, mi cumpleaños! El sábado que viene —informó con una sonrisita. Era como un niño la noche anterior a Navidad, incapaz de dormir porque quería abrir ya sus regalos.

Ginny meneó la cabeza y miró a Hermione con expresión de «¿¡Te lo puedes creer!?».

—¿Y en qué habías pensado? —interrogó Hermione.

La pantalla de su móvil se iluminó con un mensaje.

¿Estás ahí?, alcanzó a leer. Trató de ignorarlo, pero a su amiga no le pasó desapercibido. Ginny enarcó una ceja.

—¿No respondes?

—No es importante.

—¿Ves? ¡Así me gusta, una mujer que tiene claras sus prioridades! —exclamó Blaise, sonriéndole—. Bueno, pues había pensado en que podríamos cenar todos y después salir de fiesta.

Hermione parpadeó.

—¿Quiénes entran dentro de ese «todos»? —No podía oponerse a una fiesta tranquila en casa, pero dudaba mucho que «tranquilo» pudiera aplicarse a Blaise Zabini.

—Bueno… —No parecía que fuera a gustarle la respuesta—. Nosotros tres, Theo, si es que vuelve a tiempo, vuestra amiga la lunática, Draco, su amiga francesa, un par de amigos míos (no los conocéis, pero ya os los presentaré)…

—Qué ilusión —dijo Ginny con sarcasmo.

—… había pensado también en que podías invitar a algunas de tus compañeras del Quidditch, pero si te pones en ese plan, no. —Blaise miró a su novia con aire ofendido—. ¡Ah, y algunos compañeros de Hogwarts! Ya está —terminó con una sonrisa inocente, como si no planeara organizar una fiesta con treinta magos reunidos y ninguna protección.

Hermione empezó a masajearse la sien con dos dedos. Empezaba a ver por qué Ginny había traído a Blaise a su casa.

—A ver —dijo en tono conciliador—, ¿tienes que celebrarlo necesariamente la semana que viene?

—¿Cuándo quieres que lo celebre si no? —Blaise parecía contrariado.

—¿En un mes? ¿O cuando las cosas se calmen un poco? —sugirió la bruja.

El hombre se levantó y se cruzó de brazos; miró primero a Hermione y luego a su novia con expresión decepcionada.

—No puedo creeros. Las dos brujas más valientes que Inglaterra ha conocido, y se acobardan solo porque… —Frunció el ceño— ¿por qué? ¿Por qué, Hermione? Yo que sepa, nos han pedido que confiemos en las palabras del ministro, pero nadie nos ha contado nada. —Movió las manos en el aire de un lado a otro—. No, no intentes decirme que no puedes contarme nada, eso ya lo sé. Pero no pienso quedarme en mi casa el día de mi cumpleaños solo por miedo a que algo malo me pase. —Sonrió—. Si tengo que morir, que sea pasándomelo bien —sentenció.

Hermione y Ginny intercambiaron una mirada rápida; no podían decir que Blaise no tuviera razón.

Es importante. Llámame cuando puedas.

—A ver —Hermione intentó concentrarse solo en Blaise e ignorar la lucecita intermitente de su móvil—, como Jefa del Departamento de Seguridad Mágica, mi deber es informarte de que nadie puede prohibirte hacer una fiesta, porque no hemos llegado a ese nivel de alerta. —Ginny le dedicó una mirada traicionada, pero Hermione también la ignoró a ella—. Eres rico, ¿verdad? —Blaise resopló como si le ofendiera la pregunta—. Pues contrata a un par de guardias de seguridad privados y pide que pongan unos cuantos hechizos en vuestro piso para evitar intrusiones no deseadas.

—La cena será en el ático de Draco —informó Ginny. Su amiga podía leerle la mente: «¿A que eso no te hace tanta gracia?».

—Pues donde sea —rectificó Hermione. No iba a picar. Política de no agresión—. También estaría bien que proporcionaras la dirección de la discoteca donde acudiremos después.

—Traicionada por mi mejor amiga —masculló Ginny—. Si lo llego a saber, no vengo.

Blaise volvió a sentarse, subió una pierna al sofá y se giró hacia su prometida con una sonrisa calculadora. Hermione estuvo tentada de decirle que bajara esa pierna, pero tenía curiosidad por saber por qué miraba a Ginny como si estuvieran en guerra y fuera a aceptar la rendición de su enemiga.

—Hagamos una cosa: yo renuncio a mi cumpleaños si tú no juegas el partido benéfico de Quidditch que tienes en un mes.

Hermione miró atónita a su amiga.

—¿¡En serio, Ginevra!? —exclamó—. Increíble. Sois increíbles.

Su amiga lanzó una mirada asesina a su novio por haberla puesto contra las cuerdas y haberla delatado.

—Traidor —le susurró, como si no fuera perfectamente audible. Después, miró a Hermione—. Ya te conté que la Liga empezaba dentro de unos meses, pero antes tengo un partido amistoso contra Irlanda. Nuestras federaciones lo acordaron después del último mundial. No es una fecha que pueda cambiarse con tanta facilidad —explicó.

—Eso ya lo veremos —respondió Hermione, entornando los ojos—. Tendré que hablar con Kingsley para ver qué sabe él de esto.

—¡No! ¿Para qué marear la lechuza? —Ginny restó importancia al asunto con un ademán de la mano—. ¡Bien! —Lanzó una mirada de soslayo a Blaise; dejó caer los brazos a los costados en señal de derrota—. Tú celebras tu fiesta y yo juego mi partido. Fin del asunto.

Se levantó e indicó con un movimiento de la mano a Blaise que hiciera lo mismo.

—Pues gracias por nada —le dijo a Hermione, cortante. Acto seguido, su expresión se suavizó y le sonrió—. ¿Quedamos la semana que viene para hablar del vestido de la dama de honor?

Ella le devolvió la sonrisa.

—Claro. —Qué gusto poder involucrarse con algo que no le diera dolores de cabeza, al menos a corto plazo.

—Y llámale —añadió Ginny, lanzando una mirada al móvil de Hermione antes de marcharse.

Ella suspiró, pero no dijo nada. Cuando se quedó sola, cogió el móvil y se quedó mirando la pantalla apagada. Tarde o temprano tendría que prestar un poco de atención a su novio. Pero ¿qué podía decirle? «Will, necesito que lo dejemos porque me han amenazado con hacerte daño si no corto contigo?». Él probablemente se reiría y le diría que ni hablar. Y ella tampoco quería dejarlo.

Al final, marcó su número. Se mordió una uña mientras se establecía la conexión. Con un poco de suerte, él no lo cogería y tendría un poco más de tiempo. O podría decirle que las llamadas internacionales eran muy caras —no es que fuera mentira— y que solo le apetecía oír su voz. «Adiós, ya hablaremos, te quiero». Y así ganaría unos días más.

Al final, Merlín no estuvo de su parte y sí que cogieron la llamada al otro lado.

—¡Por fin! —exclamó Will—. He esperado a que salieras del trabajo, pero empezaba a preocuparme cuando no me has contestado. ¿O acaso intentas evitarme? —bromeó. A Hermione no le salió reír.

—Perdona, es que han venido Ginny y Blaise a hablar sobre una cosa y no he estado atenta al móvil. —Técnicamente, no estaba contando ninguna mentira. Simplemente callaba toda la verdad.

—¿Pasa algo con ellos?

—Qué va, siguen igual que siempre; tú decides si eso es bueno o malo —bromeó—. Solo querían invitarme a la fiesta del cumpleaños de Blaise. —Inspiró hondo—. Bueno, ¿qué querías decirme? Tus mensajes parecían urgentes. —Se sentó al borde del sillón, a la espera.

—Primero necesito que me asegures que no estamos en un sueño.

Hermione rio. Para ella, se parecía más a una pesadilla, pero no dijo nada.

—Estás tan despierto como que aquí está lloviendo hoy. —Miró por la ventana; el tiempo acompañaba a su humor.

—Vale, me lo creo: si esto fuera un sueño, haría sol —bromeó Will. Hermione sonrió con melancolía; su novio siempre veía la parte buena de la vida—. Pues tengo una buena noticia. Excelente, a decir verdad. Maravillosa.

Se hizo el silencio. Podía sentir a Will mordiéndose el labio.

—¿Me lo cuentas ya o qué! —exclamó Hermione. Se estaba poniendo nerviosa.

—Estamos a punto de pagar las deudas que tenemos —anunció él con voz emocionada.

Hermione se quedó con la boca abierta. Un millón de pensamientos atravesaron su mente.

—¿Cómo? —logró preguntar—. ¿Qué ha pasado? ¿Os la han rebajado?

Will soltó una carcajada.

—¿El banco, perdonando a alguien? Qué va. Recibimos varias donaciones anónimas. No sé si es que nos asignaron un ángel de la guarda con millones en una cuenta o qué, pero en cuanto terminemos con el papeleo, seré libre. He hablado con mi madre y me ha dicho que no me preocupe por ella, que si quiero volver, tengo carta blanca.

Cualquier posible alivio que suponía que Will no tuviera que preocuparse por el dinero se esfumó al captar el sentido de sus palabras. Por si acaso, decidió preguntar:

—¿Qué quieres decir?

—¡Puedo volver, Hermione! —Ella cerró los ojos con dolor por no poder compartir su felicidad. Al ver que no reaccionaba, preguntó—: ¿No te alegras?

—¡Claro que sí! —Se obligó a sonreír para que su tono sonara auténtico—. Es genial, cariño. ¿Cuándo será eso? —quiso saber.

—En un par de semanas, quizá tres. Oye, quería preguntarte una cosa…

—Dime.

—¿Podría quedarme en tu piso? Al menos hasta que encuentre trabajo de nuevo y pueda alquilarme algo yo. Pero si no quieres, no pasa nada.; no quiero agobiarte —añadió con rapidez. Respetaba el acuerdo al que habían llegado cuando todavía estaban en el mismo país, el de tomarse las cosas con calma. Vivir juntos era un gran paso.

—Claro, sin problema. —«Joder, joder, joder…».

—Puede que vuelvan a contratarme en mi antiguo empleo, pero tendría que volver a hacer la entrevista y…

Will seguía hablando, pero ella apenas escuchaba sus palabras: su mente estaba absorta en su propio mundo. El dinero no podría haber llegado en peor momento. El dinero…

—Will —interrumpió. Él calló para escucharla—, ¿entonces no sabéis quién os ha trasferido el dinero que necesitabais? —preguntó de forma casual.

—Ni idea.

Los labios de Hermione se convirtieron en una fina línea; apretó tanto la mano que tenía libre que empezó a dolerle por tener las uñas clavadas en la carne. Oh, pero no era ella quien iba a pasarlo mal. La política de no agresión acababa de llegar a su fin.

~ · · · ~

Draco estaba en el despacho de su padre cuando avisaron de que tenía una visita.

—Hermione Granger pide verlo, señor. ¿La hago pasar? —preguntó la secretaria por el teléfono fijo que conectaba directamente con esa oficina.

Él enarcó las cejas: no esperaba que ella fuera a verlo, pero tampoco iba a negarse. Sonrió.

—Inmediatamente, por favor —pidió.

Se echó hacia atrás en la silla, pero luego pensó que parecía que no hiciera nada, así que volvió a sentarse recto. Se colocó bien la corbata y se pasó una mano por el pelo; los viejos hábitos eran dominantes en él.

Cuando la puerta del despacho se abrió, Draco esperó un segundo para levantar la vista de su mesa y mirarla. Entonces su sonrisa vaciló: Hermione lo miraba como si ya lo hubiera asesinado de diez formas distintas con la mente. Sin embargo, fingió que no se había dado cuenta.

Ella se sentó en la silla frente al escritorio, pasó una pierna por encima de la otra y no despegó sus ojos de él, aunque tampoco despegó sus labios, así que Draco empezó a inquietarse.

—¿Qué se te ofrece? —preguntó. Luego se maldijo internamente por sonar demasiado profesional. «No estás vendiéndole una escoba».

—Blaise me ha contado que cenaremos en tu casa el próximo sábado. —No sonaba especialmente entusiasmada, pero tampoco enfadada; usaba un tono neutro.

—Sí. No sé cómo, pero me ha convencido.

—Mandaré a alguien para que ponga algunos hechizos protectores —respondió Hermione—. No podemos arriesgarnos: la última vez que hubo una reunión tan grande de magos, recibí una amenaza.

Draco mudó el semblante a uno más grave.

—Por supuesto. Lo que haga falta. —Se quedaron en silencio, mirándose—. Probablemente me arrepienta de esta pregunta, pero ¿te pasa algo?

Hermione hizo una mueca indiferente.

—No me hagas mucho caso, es que ayer me contaron una historia bastante inverosímil y sigo sorprendida. —Esta vez Draco sí que se echó para atrás en la silla, atento—. Verás, estaba hablando con mi novio —a él le costó no hacer una mueca de disgusto, pero finalmente consiguió permanecer estoico— y me contó algo curioso —miró a Draco durante unos cuantos segundos, con una expresión que no supo determinar—: su familia ha pasado de estar endeudada hasta las cejas a conseguir pagar una hipoteca y unos gastos de cifras astronómicas.

Draco tragó saliva de forma inconsciente. Mierda. Aunque no sabía de qué sorprenderse, si cualquiera con dos dedos de frente ataría cabos en seguida.

—¿Ah, sí? ¿Qué bien, no?

—Pues sí. Pero claro, ya me conoces, esta cabecita —se tocó la frente con un dedo— no puede estarse quieta, y ha empezado a preguntarse de dónde habrá salido tanto dinero. —A continuación se inclinó hacia delante—. ¿Qué coño has hecho, Draco? —preguntó.

Él suspiró. Se encogió de hombros.

—A mí me sobra el dinero y a ellos les faltaba. Solo he hecho un reparto más equitativo de la riqueza. —Sabía que su tono de superioridad moral le pasaría factura, pero era su forma de ser. Eso, y que a veces no sabía morderse la lengua.

Hermione dio un golpe sobre la mesa. Se levantó y apoyó ambas manos en el mueble, mirándolo con intensidad.

—¿Crees que soy imbécil? —espetó. Sus ojos eran dos llamas encendidas por la furia contenida—. ¿Por qué te inmiscuyes, eh? ¿Por qué te crees con derecho a meterte en las vidas ajenas a voluntad? ¡Tu dinero no te da derecho a nada, Draco, a nada! ¡Y no vas a comprar nada con él! —Entrecerró los ojos—. Más te vale que no lo hayas hecho por mí.

Él se inclinó hacia delante, todo lo que la mesa le permitía.

—No pienso disculparme por querer ayudarte.

Ella se puso recta e inspiró hondo.

—¿Me ayudas a mí o a ti mismo? ¿Te sientes mejor ahora que has hecho un acto de caridad? ¿Crees que así conseguirás caerme mejor? ¡Oh, qué bueno eres! Me has conquistado con tu buen corazón. ¡Dejaré a mi novio y volveré contigo! —exclamó, escupiendo sarcasmo. Lo apuntó con el dedo—. Que sea la última vez que te metes donde no te llaman, ¿entendido? —advirtió.

—¿No vas a pedirme que recupere mi dinero? —preguntó él, sonriendo con cinismo. Ya que iban a discutir, que ambos afilaran sus cuchillos.

Ella se detuvo de golpe. La palabra «hipocresía» flotó entre ellos y creó un bloque de hielo.

—¿No vas a dejarme nunca en paz? —replicó Hermione, mirándolo con la cabeza ladeada.

Draco bufó.

—¿Por qué eres tan complicada?

La batalla de preguntas terminó cuando ella esbozó una sonrisa ladeada.

—Porque no me propongo complacerte; no estás acostumbrado, lo sé. —Draco también sonrió; joder, la besaría en ese mismo momento—. Cuando sepa de qué color es mi vestido de dama de honor, te mandaré una lechuza.

Hermione abandonó el despacho, dejando la puerta abierta. Él observó cómo su figura se alejaba y, después, de pura frustración, lanzó el teléfono de su mesa contra la pared.

Se acercó a grandes zancadas a la puerta y la cerró de un portazo. Después, apoyó la espalda en esta y se pasó una mano por el pelo. Esa mujer la volvía loco, y su locura procedía de no saber si eso era bueno o malo. Cuando pensaba que estaba obrando bien con ella, aparecía y le echaba en cara su comportamiento. A veces se preguntaba qué les había llevado a enamorarse, si cada día quedaba más claro que apenas tenían cosas en común. Pero oh, las reconciliaciones.

Volvió a sentarse y evaluó su situación. Podía entender que estuviera enfadada con él por pensar que quería comprar su perdón con dinero, pero tendría que estar contenta porque su cowboy pudiera volver con ella.

En realidad, los motivos de Draco habían sido puramente egoístas: sí que lo había hecho para que Hermione lo viera con buenos ojos, y si eso le costaba medio millón, lo pagaba con gusto. Pero también lo había hecho porque no podía competir (él seguía aferrándose a la idea de que era un competidor) contra alguien que estaba tan lejos.


Pues hasta aquí :) Meri, espero que te haya gustado. Este no es el capítulo que quería dedicarte, pero ya llegará ;) ¿Pensabais que su relación iba a mejorar, eh? Ja, ilusas. Como si no me conocierais. Nah, es broma. Pero hay varios asuntos que necesitan solucionar antes de una posible mejoría, así que...

La próxima actualización será el sábado, así que ¡nos vemos!

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MrsDarfoy