¡Hola! Se acercan cambios y novedades. Es todo lo que diré respecto a este capítulo. Para saber más, tendréis que leer ;)
Sé que a veces no respondo a los reviews, pero los leo todos y me ha hecho muy feliz ver que entendéis lo que expliqué al final del capítulo anterior. Para mí es importante plasmar la relación de Draco y Hermione como la imagino, con sus más y sus menos (sobre todo sus menos), como puede ser cualquier relación entre dos personas que estuvieron juntas y cortaron por determinado motivo.
Y hablando de los reviews: ¿qué está pasando? En los últimos dos capítulos no he llegado ni a 15. ¿Algo no os gusta? ¿Por qué ya no comentáis? :(
Pero no quiero entreteneros más con mi cháchara. ¡A leer!
PRESCINDIBLE
«A veces tomas la decisión correcta, a veces haces que la decisión sea correcta».
Phil McGraw
Capítulo 23: La fiesta
La lechuza llegó cuando Hermione ya tenía el bolso colgado del hombro y se disponía a salir de casa. El animal repiqueteó en la ventana y empezó a rascar el cristal con una pata, llamando la atención de su destinataria.
—Espera, bonita —Hermione cogió al animal, le desenroscó la nota de la pata derecha y la dejó libre de nuevo—. Gracias. —Pero la lechuza ya había alzado el vuelo y no podía escucharla.
Hermione cerró la ventana y se sentó en el reposabrazos del sofá para leer la notificación. Era, cómo no, del Ministerio. Habían tenido dos semanas para hacer averiguaciones, y tenían que interrumpirla ahora que ya estaba a punto de llegar tarde al cumpleaños.
Creemos que hemos encontrado algo útil en los recuerdos del señor Temple. Venga al Departamento de Misterios, a la Sala de los Cerebros.
Era de Alma Gómez, por lo que debía de ser algo importante para ponerse en comunicación con ella. Miró la hora, confirmando que iba a llegar muy tarde. Menos mal que Blaise era una persona relajada y no se lo tomaría a mal.
Hermione se apareció en el Ministerio. A esas horas, el edificio estaba vacío a excepción de un par de Aurores que estaban de guardia. Los saludó con un movimiento de mano, a lo que ellos respondieron con un asentimiento de cabeza y una mirada hastiada. No les envidiaba para nada: pasar la noche del sábado allí metidos no debía de ser lo más entretenido del mundo.
Cogió el ascensor y apretó el número nueve, el nivel donde estaba el Departamento de Misterios. Siempre que tenía que trabajar con algo relacionado con el campo de los Inefables se sentía nerviosa: se sabía tan poco de su trabajo que su mera presencia ya era todo un misterio.
Cuando llegó a la planta nueve, recorrió el pasillo hasta la puerta negra de entrada. Un escalofrío la recorrió al recordar la primera vez que estuvo allí. Por lo menos ahora la soledad la consolaba: era mucho mejor que saber que había Mortífagos al acecho.
Cuando atravesó la puerta negra, se encontró con una sala circular también del mismo color. Había doce puertas equidistantes sin tirador ni pomo, iluminadas por antorchas que desprendían un leve brillo azul. Hermione, por suerte, sabía a qué puerta dirigirse, de otro modo, la sala intentaría confundirla.
Se aproximó a la quinta puerta empezando por su izquierda. Observó la madera oscura antes de tragar saliva y empujar levemente con una mano. La puerta se abrió sin dificultad, y al otro lado, comprobó, aliviada, que estaba la Sala de los Cerebros.
La estancia seguía como la recordaba: lámparas proyectaban su luz dorada sobre el tanque de cristal central y sobre las pocas mesas que constituían todo el mobiliario de la habitación rectangular.
Excepto que, esta vez, sí había alguien esperando. Alma Gómez estaba de pie frente a una de las mesas, escribiendo algo distraídamente en un papel. Si percibió su llegada, no lo demostró hasta que terminó lo que estaba haciendo y levantó sus ojos oscuros hacia ella.
—Lamento tener que hacerte venir un sábado por la tarde. —Enarcó una ceja al verla tan arreglada: Hermione llevaba vaqueros de cintura alta, una blusa de seda verde y tacones. Y hasta se había maquillado un poco—. ¿Presumo que además estoy reteniéndote?
Hermione le restó importancia con un ademán de mano.
—Tranquila, esto es más importante. Bueno, ¿qué habéis descubierto? —preguntó, pasándose al tono profesional.
La otra mujer se aproximó al tanque de agua con cerebros flotando. Al ver que Hermione no se acercaba, rio suavemente.
—Tranquila, esta vez no intentarán atacar a nadie. Yo ya trabajaba aquí cuando os colasteis, hace tantos años. Menudo lío causasteis.
Hermione se aproximó y se colocó al lado de Alma. Miró el tanque de agua. Al principio, no pasó nada, pero cuando la Jefa de los Inefables movió su varita, el agua empezó a crear remolinos frente a ellas. El movimiento del agua desafiaba cualquier ley de la física, pero en aquel Departamento, todo era posible.
—Hemos examinado la vida de Austin Temple a partir de los últimos seis meses. Hemos pasado por reuniones familiares aburridas, citas desastrosas y alguna que otra situación embarazosa, pero al final hemos visto algo que puede estar relacionado con quien poseyera al señor Temple. Sin embargo, puede que no sea nada, pero no cuesta nada analizarlo más a fondo.
Hermione se fijó en las imágenes que empezaban a formarse. Era media tarde, y Austin caminaba por una calle residencial. Iba silbando. Saludó a un vecino que regaba las plantas. Era un escenario demasiado apacible para que nadie sospechara que iba a pasar algo raro. Pero siguió mirando, con el ceño fruncido. Austin dejó de silbar y echó un vistazo a su espalda. Hermione vio que una figura encapuchada se aproximaba a él, pero apenas se distinguía nada del desconocido. Y de ahí, el recuerdo pasó a Austin entrando a su casa.
—Hay un lapso de tiempo sin recuerdos —musitó.
Ella y Alma intercambiaron una mirada preocupada.
—Eso es lo que me parece a mí. De Austin nada puede sacarse ya. No hemos notado nada raro en su mente; el recuerdo de lo que pasa entre que esa persona se le acerca y que llega a su casa simplemente ha desaparecido.
—¿Creéis que podéis hacer algo con la imagen del encapuchado? —preguntó Hermione.
Alma se pasó una mano por la boca.
—Puede ser. Aunque no prometemos nada. La mente es algo complejo, y por mucho que hayamos averiguado sobre su funcionamiento, hay cosas se nos escapan. Pero sí, lo intentaremos —asintió.
—¿Algo más?
—Nada. Gracias por venir.
—Es mi obligación —respondió Hermione con una sonrisa—. Al menos ahora sabemos que Austin no es un traidor. ¿Sales? —preguntó.
—No, tengo que terminar una cosa. Y mi marido ya está acostumbrado a que llegue tarde a casa, así que…
Hermione lanzó un último vistazo a la estancia, y sus ojos se detuvieron durante unos segundos en la puerta que daba a la Sala de la Muerte antes de abrir la puerta que daba a la sala de entrada al Departamento de Misterios.
· · ·
Fue Draco quien abrió la puerta cuando Hermione se presentó en su ático, quince minutos después. Llegaba casi una hora tarde y, desde luego, no la habían esperado, porque podía oír gritos, risas, y una música alta desde el interior.
—¿Acaso te han secuestrado? —preguntó Draco con una ceja enarcada.
Hermione puso los ojos en blanco y entró en el piso. Colgó su bolso en el ropero, ya atestado.
—Hola a ti también —dijo mientras se dirigía al salón.
—¡Hermione! —exclamaron tres personas a la vez. Blaise, Ginny y Harry se aproximaron a ella.
Empezaron a hablar a la vez, y Hermione parpadeó varias veces. Levantó las manos.
—A ver, callaos ya. —Señaló a Blaise—. ¡Felicidades! —exclamó, dándole un beso en la mejilla—. Sí, llego tarde, lo siento, pero dije que iba a venir, así que no uses ese tono acusador conmigo —añadió, mirando a Ginny. Por último, se giró hacia Harry—. Estaba en el Ministerio, ya te contaré. Bueno —sonrió—, ¿dónde está la comida? ¡Me muero de hambre!
—Aquí —llamó una voz suave. Luna estaba al lado de la mesa de los tentempiés y las bebidas. A su lado estaba Theodore Nott—. ¿Un sándwich? —ofreció.
Hermione se acercó a su amiga y aceptó su oferta con una sonrisa. Después, miró al hombre.
—Nott, cuánto tiempo.
—Granger —saludó él.
Ella empezó a comer como si se le fuera la vida en ello mientras escuchaba la conversación que mantenían los otros dos. No sabía nada de la vida de Theodore, pero al parecer él y Luna habían estado en varios países y empezaron a hablar con entusiasmo de la gastronomía búlgara.
—Oye, Luna —había estado tan metida en sus cosas que no se había percatado de un detalle importante—, ¿Rolf no ha vuelto? —preguntó.
—No, tenía trabajo que hacer en Rusia.
—¿Y no… no te echará de menos? —Nunca se había atrevido a preguntarle si su relación con el nieto del señor Scamander era puramente profesional o iba más allá.
Luna la miró con confusión en sus grandes ojos azules.
—No creo, tiene al resto del equipo trabajando con él. Pero me mantiene al día de sus avances —aseguró con una sonrisa.
—Tengo entendido que en la zona más septentrional hay unas islas donde veneran a los rymomarts como si fueran espíritus del más allá —intervino Theodore.
—¡Sí! —Luna se giró hacia él con una sonrisa emocionada—. En realidad…
Después de aprovisionarse con un par de sándwiches más, Hermione dejó a la pareja hablando sobre sus animales espirituales y se aproximó a Harry, Ginny, un par de compañeras de Quidditch y, sorprendentemente, Ron, que también había sido invitado. Este último le ofreció una bebida, que ella tomó con gusto.
—¿Cómo estás? —le preguntó. Hacía tiempo que no veía a uno de sus mejores amigos.
—Bien —Ron se encogió de hombros—, la tienda ya está como nueva y yo puedo mover el brazo como si nada, así que no ha habido grandes pérdidas. ¿Qué tal tú? Te veo… contenta —añadió con recelo.
Hermione sonrió. En el trayecto hasta casa de Draco, se había convencido de que poco a poco conseguirían resolver el misterio y podrían volver a su antigua vida. También se había decidido a disfrutar de la noche.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que no salgo de fiesta? ¡Ni siquiera lo recuerdo!
—Oye, Hermione… —Harry se inclinó hacia sus amigos en tono bajo— ¿has averiguado algo interesante? —preguntó. Hermione puso los ojos en blanco e iba a decirle que nada de mezclar trabajo con placer, pero alguien se le adelantó.
—¡Harry James Potter! —exclamó Pansy. Su novia estaba charlando con Blaise, Draco y Camille en la esquina más alejada a donde ellos estaba, así que o tenía un oído más agudo que un perro o conocía demasiado bien a Harry—. Te juro que como intentes ponerte a hablar de vuestro caso super secreto, la cicatriz que tienes en la frente no será la única marca que adorne esa cara! —amenazó con los ojos entrecerrados.
La mayoría de asistentes estallaron en carcajadas, incluido Harry.
—¡Pero cariño, si gracias a esta cara me llevé a la joya de Slytherin! —dijo en tono adulador, ganándose más risas.
—Yo creía que era Hermione quien se había llevado a la joya de Slytherin —intervino Blaise en tono burlón.
Medio salón se quedó mirándolo con los ojos como platos y expresión alarmada. Hermione y Draco intercambiaron una mirada incómoda. Al final, ella soltó una carcajada y varias personas más se atrevieron a imitarla.
—Menos mal que venía con garantía, porque me salió defectuoso —dijo, guiñándole un ojo.
Ginny, mientras tanto, se había acercado a su prometido y le había dado un puñetazo en el brazo.
—¡Un año más viejo y sigues sin conectar el cerebro con la lengua! —Alcanzó Hermione a oír que le decía. Como estaba de buen humor, abandonó su grupo y se unió al otro.
—Venga, Ginevra, ¿no le vas a dar tregua ni el día de su cumpleaños?
Blaise se pasó una mano por el pelo y esbozó cara de circunstancias.
—A veces no tengo ni puta gracia, ¿verdad?
—Tranquilo, no… —empezó a decir ella, apiadándose del hombre.
—Exacto —cortó Ginny en tono seco.
—Verdad —convino Draco.
—Al menos lo reconoces. —Pansy también se sumó a la condena colectiva de su amigo.
Todos se giraron hacia Camille, quien miró hacia arriba como si la cosa no fuera con él. Entonces miró a Blaise con expresión de disculpa.
—Lo siento, parece que el veredicto está claro.
La fiesta iba como la seda. Había más comida y bebida que la que diez familias Weasley al completo podían tragar, y la música no dejaba de sonar ni un momento. No sabía quién había hecho la mezcla, pero entendía de música mágica y muggle.
Draco se acercó a ella y le ofreció una cerveza, que esta aceptó. Pese a que estaban abiertas las puertas de la terraza, hacía bastante calor, por lo que el hombre se había quitado la chaqueta y la corbata, quedando solamente en camisa negra.
—¿Por casualidad has insonorizado el piso en los últimos dos años? —preguntó ella.
Draco sonrió antes de echar un trago a su bebida.
—Ayer me pasé por casa de los vecinos y les informé amablemente de que hoy haríamos un poco de ruido.
Hermione enarcó una ceja.
—¿También les has compensado económicamente por las molestias? —Él sonrió—. No, no respondas.
—Vale —Ginny se aproximó a ellos y comprobó que Blaise no estaba cerca—, por mucho que lamente romper el precioso momento de la décima reconciliación, tenemos que irnos ya —anunció.
Hermione frunció el ceño.
—¿Ya? ¿Y la tarta? —preguntó.
—Lo tengo todo planeado —Ginny parecía orgullosa de sí misma—: la sacaremos en la discoteca, justo cuando den las doce de la noche. Como técnicamente su cumpleaños es mañana… Por cierto, ¿podrías llamar a los taxis? —pidió a su amiga.
—¿Yo? —preguntó ella; entonces lo entendió—. ¡Oh, claro, cómo no, que se encargue de las cosas muggles la hija de muggles! —exclamó, levantando la vista al cielo—. Bien, bien. ¿Cuántos? —preguntó.
Draco y Ginny se miraron.
—¿Muchos? —sugirió él.
· · ·
Cuando llegaron a la discoteca, Hermione no pudo evitar mirar su ropa con aprensión. La dirección que le había dado Ginny era para Boujis, una de las discotecas más prestigiosas de South Kensington. Cada semana actuaban DJs famosos y la entrada era muy exclusiva. Sus vaqueros y su blusa ahora parecían demasiado… ¿plebeya?
Salió del taxi que compartía con Ron, Harry y Ginny y esperó a los demás, que también bajaban en ese momento. Daba la impresión de que habían ocupado la mitad de la flota de taxis de la ciudad. La cola de gente que esperaba para entrar se quedó mirándolos con curiosidad, pero al no reconocer a nadie, volvieron a sus propias conversaciones.
—¡Dejad pasar al cumpleañero! —gritó Blaise, abriéndose paso entre sus amigos. Disfrutaba en exceso de ser el centro de atención—. La lista está a mi nombre, así que…
Se acercó a hablar con los dos seguratas, que, después de repasar la lista de asistentes, apartaron la cuerda que cortaba la entrada y les abrieron la puerta.
Hermione decidió que apagaría su móvil: al fin y al cabo, no le hacía falta para nada. Su varita estaba al fondo del bolso, y eso sí que era útil de verdad. Al encender la pantalla para apagarlo, vio que tenía un mensaje de Will. La sonrisa de su rostro vaciló ligeramente, pero al ver lo que le había mandado, se esfumó de golpe.
Una foto. De un billete de avión a Londres con fecha para dentro de diez días.
«No, no, no…», pensó, presa del pánico. No podía ser. Pensaba que tenía más tiempo. Will le había dicho hacía un par de días que posiblemente se retrasaría un mes. Al parecer, lo que fuera que lo retenía ya se había solucionado, para desesperación de ella.
—Hermione —la mano de Harry en su hombro la sobresaltó, y Hermione lo miró como si hubiera visto al fantasma de Voldemort—, ¿estás bien? Tienes mal color de cara.
Esta intentó sonreír y se guardó el móvil en el bolso con rapidez.
—Sí, sí. Es que hacía mucho calor dentro del taxi y ahora me he helado. No te preocupes. —Menos mal que era buena poniendo excusas y su amigo no vería un muro ni aunque se diera de bruces contra él.
Cuando entraron en la discoteca, Hermione fue directa a la barra.
—¿Qué es lo más fuerte que tienes? —preguntó al camarero.
Este la miró con desconcierto. Probablemente todavía era demasiado pronto para empezar a beber, pero le daba igual.
—¿Y si empieza por un Bloody Mary? —sugirió—. Pero no es barato —añadió, fijándose en la ropa de Hermione.
Ella se giró, buscó a Blaise con la mirada y lo señaló con un dedo.
—¿Ves a ese? Él paga.
—¿Empezamos fuertes, eh? —Camille, que sí que iba vestida para un sitio así, con un vestido corto de lentejuelas, se situó a su lado—. Dos tequilas —pidió—. Pero a estos invito yo —añadió, guiñándole un ojo a Hermione.
Cuando el camarero les sirvió las bebidas, Camille cogió los chupitos y le ofreció uno.
—No sé qué te pasa, pero ojalá el alcohol consiga solucionarlo —dijo—. Total, lo que no se arregle con alcohol tampoco va a solucionarse con agua —sentenció antes de tomarse el chupito y morder el limón. Hermione la imitó.
Y la fiesta siguió. A las doce de la noche, el DJ paró la música y le dio el micro a Ginny.
—¡Quiero que todo el mundo felicite a ese bombón de ahí! ¡A veces es un poco idiota, pero joder, cómo lo quiero! ¡Feliz cumpleaños, cariño! —gritó, cualquier vergüenza que pudiera sentir inhibida por el alcohol.
Blaise le lanzó un beso al aire a su prometida antes de soplar las veintitrés velas de la tarta de chocolate que le habían traído. Ginny bajó de la plataforma del DJ de un salto y corrió junto a Blaise para darle un prolongado y sensual beso. Se susurraron algo al oído, solo audible para ellos, entre vítores, aplausos y silbidos.
Hermione aplaudió junto a los demás, pero aprovechó la emoción del momento para escabullirse y salir a la calle. Cruzó a la acera de enfrente y se apoyó en una pared. Inspiró hondo con los ojos cerrados, dejando que el frío de la noche le despejara los sentidos. Negó con la cabeza. No, necesitaba seguir embotada por el alcohol si pretendía que lo que iba a hacer le saliera bien.
Se secó una lágrima que recorría su mejilla mientras con la otra mano buscaba su móvil. Marcó el número de Will, que se sabía de memoria, y esperó.
Creo que mi parte favorita del capítulo es la primera, porque he tenido que releer la Batalla en el Departamento de Misterios para poder describir más o menos bien la sala, y me ha entrado nostalgia sobre the good old days cuando leía HP por primera vez y me maravillaba con el increíble fandom en el que ahora estoy metida hasta el cuello. Cheers, J.K.
Seguramente dentro de poco recibiré un review de mi amiga Luna expresando cuán feliz está por el final del capítulo. Lu, no intentes negarlo.
No pienso decir nada, prefiero ver qué opináis en los reviews ;) Nos vemos la semana que viene.
¿Reviews?
MrsDarfoy
