¡Hola! Nadie aquí esperaba que yo actualizara ahora, pero tenía la inspiración y no quería que se me olvidara todo lo que quería meter en este capítulo. Las que hayáis leído "Lo que la memoria esconde" veréis un par de referencias a ese fic: me hacía falta algo parecido a lo que sale en LQLME y es más fácil reciclar mis propias ideas que inventarme algo nuevo, así que... También veréis que alguien ha vuelto ;)
A veces se me olvida mencionarlo, pero este fic sigue siendo todo todito para Gizz Malfoy Granger. Por ella nació y por ella sigue.
PRESCINDIBLE
«Trabaja en algo para que el diablo siempre te encuentre ocupado».
San Jerónimo
Capítulo 26: Hablemos de lo que pasa
Ojos.
Hermione tenía la sensación de que todos los ojos del Ministerio estaban clavados en ella, que vigilaban cada movimiento, cada respiración. Llevaba así dos semanas, y todas las mañanas se repetía que solo eran imaginaciones suyas, pero bastaba un susurro a su paso o un cruce de miradas casual para que volviera la sensación de que todo el mundo la juzgaba. De que todo el mundo sabía lo que había hecho.
Si dos años atrás no soportaba que la miraran con lástima, ahora el sentimiento de culpa se había vuelto una carga sobre su conciencia, agravada con el temor de que alguien descubriera lo ruin que había sido.
Hacía todo lo posible por no cruzarse con nadie, y hasta Harry se había cansado de ir a su despacho a intentar averiguar qué demonios le pasaba. Tenerlo sentado durante media hora mientras ella leía informes y no le dirigía la palabra había sido muy efectivo. Ahora él se limitaba a saludarla cuando se la cruzaba y a dedicarle una mirada sospechosa. Tampoco había quedado con Ginny y Luna: tenía miedo de que averiguaran con una sola mirada lo que había pasado entre Draco y ella. Al menos el susodicho no había dado señales de vida en todo ese tiempo. Al parecer ser desagradable con él había dado por fin sus frutos. O tal vez lo único que había querido desde el principio era acostarse con ella para demostrarle que seguía sin poder resistirse a él.
Como fuera, ahora podía disfrutar de un poco de tranquilidad. Forzada, eso sí.
La falta de socialización la suplía con trabajo. Montones de él, de hecho. Hasta se había pasado por Regulación y Control de Criaturas Mágicas preguntando si podía ayudarlos con algo, lo que fuera. Nayuri Hashimoto, la jefa del departamento, la había mirado como si estuviera loca, pero había prometido que la avisaría si tenían algo.
Además, Hermione se había visto los recuerdos de Austin; no es que no se fiara del cuerpo de Aurores, pero la frustraba tanto ese punto muerto (y su propia inquietud espiritual) que necesitaba comprobar que no se le había pasado nada. Pero Alma había tenido razón: aparte de unas cuantas citas desastrosas, no había nada interesante. El mayor logro al que Austin había llegado era quedar dos veces seguidas con uno de los chicos a los que había conocido, pero no pasaron de ahí. Su pobre secretario tenía cero talento para flirtear: Hermione había pasado mucha vergüenza ajena viendo cómo Austin tiraba los cubiertos al suelo y luego se daba un golpe en la cabeza cuando se incorporó después de recogerlos. Su cita había tenido serios problemas para contener las carcajadas.
Ni siquiera el vecino que habían visto en los recuerdos de Austin les había sido útil. Otra pista que no conducía a ninguna parte: los recuerdos del hombre no registraban ninguna interacción inusual entre Austin y el encapuchado. Aunque tampoco habían tenido mucha esperanza en encontrar algo provechoso: con un simple hechizo se podía engañar al ojo muggle.
Estaban dando palos de ciego.
Lo único que podía guiarlos un poco en la oscuridad eran las averiguaciones pertinentes a la varita usada por el atacante en Sortilegios Weasley. Los Inefables estaban siendo exasperadamente lentos, pero eso se debía a que habían tardado varias semanas en averiguar que las runas de la varita pertenecían a una lengua muerta eslava. Después de eso, habían tenido que llamar a un experto lingüista. El señor Vuković tenía ciento cuatro años, cataratas y artritis, pero era el mejor en su campo, así que el Ministerio le había otorgado todo el tiempo que necesitara. Qué remedio.
Ahora, después de lo que parecía una eternidad, había terminado.
Hermione traspasó la puerta que daba al Departamento de Misterios con la seguridad que otorgaba haber visitado el otrora místico lugar una docena de veces en las últimas semanas.
Fue a la oficina de Investigación, donde Alma Gómez ya la esperaba. El señor Vuković estaba sentado en una silla; parecía estupefacto y cansado. Levantó sus ojos grises velados por las cataratas hacia ella y le dedicó una sonrisa cálida. Hermione le devolvió el gesto; ese hombre era como el abuelo que te daba chocolate a escondidas cuando tus padres te mandaban con él al parque y te contaba historias de alguna guerra pasada. Eso sí, un abuelo serbio que había estudiado en Durmstrang, después en Cambridge y también en la Academia Mágica rusa de Omsk. Licenciado en Literatura Inglesa y Runas Antiguas. Una combinación rara donde las hubiera.
—¡Señorita Granger, qué placer volver a verla! —Aunque el hombre le quintuplicaba la edad, seguía insistiendo en mantener la formalidad, sin duda adquirida durante sus años en la universidad británica.
—Igualmente, señor Vuković. Bueno —miró a Alma—, vamos al grano.
El señor Vuković soltó una risita.
—Parece usted estadounidense en vez de inglesa. En fin —alargó una de sus manos temblorosas a la esfera que ocupaba el centro de la mesa—, será mejor que empecemos. —Soltó una tos—. Ya se sabe que los viejos podemos apagarnos en cualquier momento. —También tenía un sentido del humor un poco negro.
Cogió su varita y la pasó por encima de la esfera, sin rozarla, y esta empezó a brillar. Cuando alcanzó la misma potencia lumínica que una bombilla, volvió a dejarla sobre la mesa, pero los dos objetos no llegaron a tocarse, puesto que la esfera flotaba. El señor Vuković murmuró algo mientras daba una sacudida suave a la varita y de la esfera salió proyectada la imagen de la varita que había usado el atacante en Sortilegios Weasley.
—Hacía mucho tiempo que no veía algo así —dijo el anciano—; de hecho, la única vez que lo vi fue cuando era un simple estudiante de Runas Antiguas —confesó—. Sin embargo, mi cerebro sigue funcionando tan bien como entonces, y sé lo que es esto. —Movió la varita alrededor de la proyección y las runas que Hermione había distinguido en primer lugar se separaron de la varita y formaron una única línea frente a ellos.
Se hizo el silencio; el señor Vuković se había quedado ensimismado mirando los símbolos. Hermione intercambió una mirada preocupada con Alma, pero esta se limitó a encogerse de hombros.
Finalmente Hermione carraspeó, sacando al hombre de su ensoñación.
—Tantos años por delante y sin embargo siempre con prisa… —musitó.
—Lo siento, señor, pero llevamos demasiado tiempo a ciegas —se disculpó Hermione. Tendría que haber añadido también que últimamente estaba de los nervios y saltaba por nada, pero al hombre no le importaba su vida privada.
—Tranquila, querida —dijo el señor Vuković, risueño—, solo bromeaba. Bien —carraspeó, y su voz adquirió un tono más solemne—, empecemos. Esto —señaló con un dedo huesudo la hilera de runas— es una de las muchas formas que existen de doblegar la magia a nuestro placer. Es un sistema diseñado hace mil quinientos años por un mago cuyo nombre no trascendió a la historia, pero cuyo legado nos ha llegado en forma de un libro: Knigata na khilyada formi. El libro de las mil formas, en vuestro idioma.
—¿Eso es…? —empezó Alma, intentando acertar de qué idioma procedía.
—Búlgaro —aclaró el hombre—. No es la lengua original en la que fue escrito el libro, por supuesto, pero es la versión más acertada y también una de las pocas que hay. Las otras están en manos de los gobiernos ruso y polaco. Nadie sabe qué pasó con el libro original —añadió, no muy contento con este dato.
A Hermione no le gustaba cómo sonaba ese «nadie». Cuando algo no podía ser encontrado, usualmente era porque estaba en manos equivocadas.
—¿Y qué es?
—En realidad, a priori no es nada especial ni poderoso: alguien diseñó unas cuantas runas que podían añadirse a una varita para potenciar cierto aspecto mágico del dueño. Estas, por ejemplo —hizo que se iluminaran las cinco runas centrales de la hilera que tenían frente a ellos— permiten ocultarse ante cualquier hechizo localizador. Depende de la pulcritud con la que se graven, son más o menos efectivas. Los más atrevidos incluso se las tatuaban en el cuerpo con la creencia de que así tendrían más poder. La parte interesante de la historia viene —suspiró y se sentó de nuevo— cuando cierto mago oscuro intentó hacerse con el libro y expandir las runas. Corromperlas. Traspasar límites que no podían traspasarse.
El cerebro de Hermione trabajaba a toda velocidad.
—Grindelwald —dijo.
Vuković chasqueó los dedos.
—¡Bingo! Nuestro Voldemort particular quería los conocimientos de El libro de las mil formas, pero afortunadamente el gobierno búlgaro fue prudente y lo mandó a Estados Unidos hasta que terminó la Primera Guerra Mágica.
—Entonces… ¿cree que alguien ha podido hacerse con el libro esta vez? —preguntó la señora Gómez.
—No, o el gobierno búlgaro ya habría dado la voz de alarma. Y ninguno de mis confidentes me ha avisado de nada inusual en Rusia o Polonia —les confió el hombre. «Ciento cuatro años y todavía tiene energías para contratar a espías», pensó Hermione con asombro.
—No entiendo entonces…
—He dicho que es imposible que alguien haya podido hacerse con las traducciones, pero no he mencionado el original —explicó Vuković cuando vio la mirada desconcertada de Hermione—. Grindelwald, al ver que no podía hacerse con el libro de su país, mandó a unos cuantos subordinados a por los otros libros. También ordenó que alguien buscara el original. Como consiguieron encerrar a Grindelwald sin que este mostrara ningún signo de tener una de las copias en su poder, pensábamos que sus secuaces habían fracasado. Pero tal vez uno no lo hizo —murmuró en tono sombrío.
Alma y Hermione se miraron. A la mujer más mayor empezaban a notársele unas arrugas alrededor de los ojos que antes no tenía.
—¿Y ahora qué?
—Eso ya —el anciano se levantó de la silla con dificultad— es cosa suya, queridas. A mí me esperan unas merecidas vacaciones en Panamá. Intenten no meterse en otra guerra, por favor.
· · ·
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Kingsley, llevándose dos dedos al puente de la nariz.
Alma y Hermione estaban sentadas frente a él, en su despacho, y acababan de informarle de su reunión con el señor Vuković.
—He mandado una solicitud al Ministro búlgaro, pidiendo una reunión de emergencia con el Ministro británico —dijo Hermione. Temía haber ido demasiado lejos en el ejercicio de su poder, pero ahora que habían averiguado algo, debían aprovechar cada minuto que tuvieran.
Kingsley se mostró lo contrario a ofendido.
—Gracias, Hermione. No sé qué haría sin ti. —Carraspeó—. Me gustaría que estuvierais las dos presentes. Cuantos más oídos y cerebros trabajen en esto, mejor.
La reunión estaba dispuesta para las cinco de esa misma tarde, en la Sala de Relaciones Internacionales. Era un lugar excepcionalmente raro de visitar, puesto que normalmente solo los ministros tenían acceso a ella. La parte de Hermione que seguía siendo una rata de biblioteca se emocionó al saber que podría entrar en ella.
Kingsley Shacklebolt le mostró al cuadro de Ulick Gamp la tarjeta especial que usaban los ministros para acceder a la Sala; este empezó a abrirse, pero el hombre retratado miró con desconfianza a las acompañantes de su sucesor.
—Vienen conmigo —aclaró Shacklebolt.
—¿Y te haces responsable de cualesquiera que sean sus acciones aquí dentro? —Era una simple formalidad, pero las cosas debían proceder según estaban establecidas.
—Sí.
Cuando el cuadro se abrió, a Hermione le costó reprimir una exclamación de admiración: aquella sala era una oda a la arquitectura. La sala redonda estaba decorada con columnas de un blanco prístino y una bóveda con extraños dibujos que no paraban de cambiar de forma; en ese momento, imitaban un cielo estrellado en una noche de verano. Toda la sala estaba ocupada por sillas de ébano, una por cada Ministro de Magia que existía en ese momento en el mundo. Y tenían los nombres gravados en el respaldo, que cambiaban solos cuando el ministro en cuestión abandonaba su cargo.
En aquel momento, la sala estaba vacía con excepción de ellos tres y dos hombres que se mantenían inmóviles al otro lado de la sala. Uno era el Ministro búlgaro, Bogdan Danailov, y el otro era un hombre que tendría unos cuantos años más que Hermione, alto, de facciones marcadas y pelo y ojos oscuros. A la bruja le resultaba extrañamente familiar, pero no fue hasta que él sonrió cuando lo reconoció.
—¡¿Viktor?! —exclamó, incapaz de creer que el hombre que tenía a tan solo unos pasos fuera su viejo amigo y primer novio.
—¡Herrmione! —El exjugador de Quidditch avanzó hasta ella y la estrechó entre sus brazos con fuerza. Oyeron un carraspeo procedente del Ministro búlgaro, por lo que Viktor retrocedió y dijo unas cuantas palabras en su lengua nativa.
El señor Danailov rio y negó con la cabeza, quitándole hierro al asunto.
—Los reencuentros siemprre son bonitos. —Hacía las eses y las erres demasiado sonoras, pero por lo demás, hablaba muy bien el idioma—. Perro serrá mejor que lo dejéis parra luego. —Ambos jóvenes asintieron y volvieron al lado de sus respectivos dirigentes.
—Creo que a nadie le molestará que nos sentemos durante la reunión, ¿verdad? —señaló Kingsley, aproximándose a su silla.
La del Ministro búlgaro estaba a tres de distancia, así que cuando este se sentó en la suya, señaló los sitios vacíos a los acompañantes. Hermione y Alma intercambiaron una mirada reticente, pero finalmente accedieron. La primera ocupó la silla de la Ministra rusa, la segunda, la del sudafricano, y Viktor, la de la japonesa. Hermione se tomó unos segundos para asimilar que allí, sentados en esas sillas de caoba, era donde los altos cargos mundiales decidían el futuro de toda la población mágica. Era abrumador.
—La señorrita Granger ha tenido la bondad de informarme del motivo de nuestrra reunión —empezó Danailov—, por lo que he mandado analizar el librro y la sala donde se encuentrra. No hemos hallado ningún indicio de forzamiento mágico. Nadie ha tocado ese librro.
—El señor Vuković nos ha explicado que no se sabe nada del paradero del original —señaló Alma.
El Ministro búlgaro rio entre dientes.
—Exacto. De hecho, en mi país se dice que nunca existió. Es un mito desde sus mismísimos orrígenes. Algunos creemos que nunca existió, y que una de las versiones rusa, búlgarra o polaca es en realidad el orriginal.
Hermione vio por el rabillo del ojo cómo Viktor negaba levemente con la cabeza. Pronunció unas palabras en búlgaro que hicieron que su superior frunciera el ceño. Este le respondió, pero al ver la expresión tozuda de Viktor, terminó cediendo. Se dirigió esta vez a Shacklebolt:
—Lo siento, pero debemos continuar esta reunión a solas. El señorr Krum cree que hay un asunto que debería comparrtir con usted. Un asunto… prrivado —añadió, mirando significativamente a Hermione y Alma.
Estas, captando el mensaje, se levantaron.
Viktor las imitó y le dijo algo en su idioma al señor Danailov, a lo que este asintió y le hizo un gesto con la mano indicando que podía marcharse. El joven se situó junto a Hermione con una pequeña sonrisa en el rostro.
—He solicitado perrmiso para perrmanecer en tu país hasta que terrmine la reunión.
Ella le devolvió la sonrisa y le dio un apretón cariñoso en el brazo.
Salieron de la Sala de Reuniones Internacionales, no sin que las dos mujeres echaran un último vistazo dentro antes de que el cuadro se cerrara a sus espaldas.
—Será mejor que vuelva a mi Departamento. La última vez que pasé tanto tiempo fuera uno de los Inefables en prácticas terminó con cuatro dedos menos —suspiró Alma, despidiéndose con un gesto de cabeza.
Hermione entrelazó su brazo con el de Viktor mientras se dirigían a la cafetería.
—Eres a quien menos esperaba ver hoy, la verdad —confesó.
—Perro te alegras de verme, ¿no? —preguntó el hombre, ligeramente preocupado.
Ella rio.
—¡Claro que sí! Es simplemente que me has sorprendido. ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Tres años?
—Trres y medio —especificó él—. En el último Bulgaria contrra Irlanda que jugué antes de retirarme.
—¡Nunca me contaste que dejabas el Quidditch! —le reprochó la bruja mientras se sentaban en una de las mesas libres.
Varios ojos se clavaron en ellos, posiblemente intentando recordar dónde habían visto antes la cara del búlgaro, pero nadie se atrevió a acercarse.
—Es que no lo tenía planeado —explicó Viktor—. Me lesioné la rodilla izquierrda y mientras descansaba durante la semana obligatoria de reposo un amigo que trrabaja en la policía mágica me contó que necesitaban gente como yo trrabajando en el Ministerio. Y aquí estoy —levantó los brazos—, de Jefe de Segurridad.
Hermione rio.
—Parece que somos colegas, porque yo también ocupo ese puesto.
Viktor sonrió. Las facciones del búlgaro se habían suavizado con el paso de los años; seguía siendo aquel muchacho hosco que Hermione había conocido, pero lo había visto sonreír más veces aquella mañana que en todo el Torneo de los Tres Magos.
—¿Y cómo va todo porr aquí? —preguntó el hombre.
Hermione permaneció callada durante unos segundos. Había olvidado cómo de deshecha estaba su vida en aquellos momentos.
—Leí que ya no estabas con el rrubio engrreído. Lo siento —se disculpó rápidamente—, es que nunca me cayó bien.
—Tranquilo, no has dicho nada que no sea verdad —concedió ella con una sonrisa irónica—. Sí, lo dejamos hace un par de años. Supongo que habrás leído por qué.
La mirada de Viktor se desvió hacia un lado; parecía avergonzado.
—Los perriódicos nunca se dejan nada.
Hermione sonrió, restándole importancia al tema.
—Pero cuéntame tú. —Apretó los labios un segundo antes de inclinarse hacia delante—. ¿Qué está pasando, Viktor? ¿Por qué hemos tenido que salir de la sala?
Su viejo amigo miró a ambos lados, receloso por si los escuchaba alguien.
—No tengo perrmiso para hablar del tema —dijo—. Perro… —añadió rápidamente— hace poco aprrendí la palabra «hipotéticamente» —Hermione sonrió— y me gusta usarrla siemprre que puedo. Así que, hipotéticamente hablando, puede que no todos los seguidorres de Grindelwald fuerran capturados después de la guerra. Tal vez algunos escaparan y se escondieran. Todo esto son rumores, porr supuesto. No puedo decirr más. Lo siento.
La bruja negó con la cabeza.
—No pasa nada, lo entiendo. Gracias, Viktor. A estas alturas me conformo con lo que sea —suspiró.
—La vida debe de serr una locurra, ¿eh?
—Ni te lo imaginas —respondió Hermione, sombría.
Como habréis podido observar, en este capítulo sale 0 drama romántico. O avanzaba en la trama de Draco y Hermione o daba un poco más de luz a todo lo demás, así que he optado por lo que más me inspiraba y lo que más necesita el fic en estos momentos. Puede parecer que no sea así, pero todo esto será muy importante en un futuro.
¡Viktor Krum! Es un personaje al que siempre le he tenido cariño por como trató a Hermione en el cuarto libro. No quiero que le hagáis bashing: sale ahora porque ya que podía meterlo, lo he hecho, pero no viene a infundir el caos ni a ser el nuevo interés romántico de Hermione, así que tranquilas. Viktor es un buen amigo y nada más.
A partir de ahora las cosas se pondrán turbias y oscuras, aviso.
¡Gracias por todos los reviews en el capítulo anterior!
¿Reviews?
MrsDarfoy
