¡Hola! ¿Cuánto tiempo, verdad? Bueno, pues tranquilas, porque como ya avisé por Facebook (¿no me sigues todavía? Busca mi nick en FB y podrás enterarte de avances, sorpresas y más), este fic llega a su fin. Ya tengo todos los capítulos escritos (solo falta revisar un par de detalles), así que iré subiéndolos poco a poco en las próximas semanas (más concretamente 8/12, 22/12, 02/01 y 06/01).

Estos capítulos serán más largos, porque he tendido que condensar muchas cosas. Puede ser que alguna vez mencionara (y si no, lo hago ahora) que según mis cálculos este fic podría llegar perfectamente a los 40 capítulos, pero creo que ni yo puedo soportar tener que escribir tanto ni vosotras merecéis tener que esperar dos años más a que termine la historia. Por eso he decidido eliminar todas aquellas partes que eran innecesarias e ir al grano; total, como no sabíais de su existencia, no os afecta en nada que haya eliminado cosas que ni siquiera estaban escritas.

Información sobre lo que queda del fic: 1. Va a morir gente. Si no os gusta eso en un fic, dejad de leer. 2. Como he dicho, quedan cuatro capítulos: tres normales y un epílogo. Cualquier cosa puede pasar. 3. Como he reducido capítulos, ahora estos sobrepasarán las 3k, llegando a 4k y 5k incluso. 4. Todo el fic queda reducido a estos cuatro capítulos que quedan. Hasta el título cobrará sentido, así que imaginaos xD

Pero no quiero entreteneros más, ¡a leer!


PRESCINDIBLE


«No se nos pregunta si queremos jugar. No es ésa la opción. Tenemos que jugar. La opción es: cómo».

Anthony de Mello

Capítulo 28: Como hojas secas

Lo último que había visto Ginny antes de caer en picado era cómo una parte de la grada se venía abajo. Había volado en esa dirección sin pensárselo dos veces, pero antes de llegar, hubo otra explosión. Su último pensamiento fue para Blaise, Hermione y Luna, quienes, si no se equivocaba, se sentaban justo en esa zona.

Despertó poco a poco, y menos mal, porque se sentía como en un barco que estuviera enfrentándose a una tormenta en alta mar. Le dolía la cabeza y presentía que, si abría los ojos, también le dolerían. Se quedó inmóvil durante lo que no supo si eran horas o minutos. Oía voces a su alrededor, pero no conseguía entender nada. Y había ruido, demasiado ruido. ¿Por qué no se callaba la gente? Necesitaba tanto descansar…

Volvió a sumergirse en la oscuridad. De vez en cuando aparecían ante ella figuras de personas que no lograba identificar; veía sus labios moverse, pero no conseguía oír nada. También revivía momentos de su pasado que le habían causado angustia o dolor: recordó discusiones con su familia, cuánto le dolía ver a Harry salir con otras chicas, la muerte de Fred, las peleas con Blaise… Por sus ojos pasaban más y más personas y cada vez se sentía más agobiada hasta que lo único que deseó era que todo cesara.

Y cesó. Sus párpados se llenaron de la claridad que inundaba la habitación donde se encontraba, fuera cual fuera. Notaba la boca pastosa y un dolor sordo por todo el cuerpo, así que empezó a moverse poco a poco. Empezó por los dedos: estaba sobre algo blando y suave. ¿Una tela? Por un momento pensó que estaba en su cama, la de su hogar, pero no, aquello no parecían las sábanas de su diminuta habitación en La Madriguera. Después, probó a entreabrir los ojos, pero la luz le hizo daño y tuvo que cerrarlos al instante. Soltó un gemido débil. Algo se interpuso entre ella y la luz y sintió unas manos en los hombros.

—¿Ginny, cariño?

Aquella voz le resultaba familiar, pero no conseguía ubicarla. Se forzó a abrir los ojos, más que nada porque estaba segura de que si conseguía responder, la dejarían volver a dormirse. Cuando pudo entreabrir los ojos de nuevo, lo primero que vio fue un rostro ligeramente borroso rodeado por una áurea rojiza. Parpadeó un par de veces e intentó enfocar la vista.

—¿Ma… Mamá? —preguntó; su voz le sonó tan ronca a sus oídos que apenas la reconoció como suya.

—¡Oh, cariño! —exclamó su madre, aunque mantuvo un tono bajo. Molly se llevó una mano al rostro para secarse rápidamente las lágrimas que recorrían sus mejillas—. ¡Qué asustados estábamos!

Ginny miró con extrañeza a su madre. Discernía las palabras, pero no entendía a qué se estaba refiriendo su madre. Miró a su alrededor tanto como su dolorido cuello le permitió: había una ventana a su derecha, que su madre tapaba parcialmente; una puerta a sus pies y una silla a su izquierda. Los únicos colores que veía eran el blanco de las paredes y sus sábanas y el marrón de la silla y la puerta.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

Su madre le acarició la mejilla con tanta suavidad y cuidado que ella apenas lo sintió.

—En San Mungo, cariño. —Molly tenía la voz entrecortada, como si intentara contener el llanto—. ¿Te acuerdas de lo que pasó en el partido de Quidditch?

Ginny, a pesar del dolor, se obligó a incorporarse. Su madre la ayudó colocándole bien la almohada para que apoyara la espalda.

—Hubo una explosión y una parte de la grada se vino abajo —los recuerdos acudían a su mente de forma confusa, pero estaba segura de que eso era lo que había pasado—; cuando me acerqué para ver si podía ayudar, hubo otra explosión y… ya no recuerdo nada más. —Ahora que estaba más lúcida, los sentimientos que había experimentado cuando había tenido el accidente la asaltaron y recordó por qué había sentido congoja al ver la segunda explosión—. ¿Qué ha pasado, mamá? —preguntó.

Su madre se sentó en la cama, en un hueco que Ginny no ocupaba, y se miró las manos apretadas en su regazo antes de responder. Era algo que la mujer siempre hacía cuando tenía que hablar de un tema que le resultaba incómodo. Finalmente, empezó a narrar lo poco que sabía sobre lo sucedido:

—Parece ser que fue un atentado. Pusieron bombas en un sector de las gradas; hay decenas de heridos y muertos, pero el Ministerio está desbordado y no ha dado una cifra exacta. Tu padre está allí viendo qué puede hacer, pero tengo que avisarlo de que ya estás bien… —en ese momento no pudo seguir hablando y soltó un sollozo, pero intentó reponerse rápidamente.

—¿Quién ha sido? ¿Dónde están los demás? —preguntó.

—Hay rumores que dicen que es una organización mágica terrorista, algo relacionado con Grindelwald… pero no hay nada nada seguro. Los aurores consiguieron capturar a un miembro de la banda, eso sí lo sé. Ahora deben de estar interrogándolo.

Cuando Molly terminó de relatar los detalles sobre los culpables, volvió a quedarse callada. Ginny levantó una mano y se la puso en el brazo, dándole un apretón.

—Mamá, ¿y los demás? ¿Y Hermione, Luna y Blaise? —insistió. Había algo que su madre no quería contarle y, fuera lo que fuera, el no saberlo le estaba oprimiendo el pecho. Tenía un mal presentimiento, pero en su cerebro rezó mil veces por estar equivocada.

—Esto es un caos, Ginny: Harry y Pansy han desaparecido y después del atentado no han podido encontrar ni a Luna ni a Draco ni a Hermione —dijo, mirándola con la misma atención que pondría a un animal herido al que no quisiera asustar.

Ginny la miró con una seriedad mortal, aunque en su interior luchaba contra el pánico y las lágrimas que querían aflorar en sus ojos.

—¿Y Blaise? —pregunto con la voz casi rota.

Su madre se levantó de golpe y negó con la cabeza repetidas veces. Tenía los ojos anegados de lágrimas; si había algo que Molly no soportaba era hacer sufrir a sus seres queridos.

—No puedo, no puedo… —dijo.

Su hija hizo de tripas corazón y la miró con severidad.

—Mamá —llamó—. Sea lo que sea, puedo soportarlo. Por favor —añadió esta vez en tono suplicante.

Durante la última parte de la conversación solo había tenido un pensamiento recurrente: «¿Dónde está Blaise?». Lo conocía y sabía que si estuviera bien, no habría nada en el mundo que le habría impedido estar junto a ella cuando despertara.

Su madre apretó los labios con fuerza y la miró con lástima, pero asintió.

—Tengo que contarte dos cosas —anunció—. Los medimagos me han dicho que es mejor que te lo cuente yo, así que… —Era obvio que no estaba de acuerdo con eso, pero Ginny prefería que fuera su madre a un completo desconocido—. Han tenido que operarte porque tenías varios huesos rotos; casi mueres en la operación. Mientras estaban intentando salvarte han descubierto que… —Molly inspiró hondo mientras unas cuantas lágrimas brotaban de sus ojos— estabas embarazada. No han podido hacer nada por… —No pudo terminar la frase: se puso a llorar de nuevo.

Ginny se quedó mirando a su madre como si no hubiera entendido una sola palabra. ¿Ella, embarazada? No podía ser: Blaise y ella habían tomado precauciones; los dos habían estado de acuerdo en que era mejor esperar un poco para formar una familia. Sin embargo, ambos coincidían en que querían hijos en algún momento del futuro. La noticia de que había estado embarazada junto con la de que había tenido un aborto le había llegado tan de golpe que no sabía cómo reaccionar. ¿Cómo se suponía que debía sentirse respecto a algo por lo que ya no podía sentir nada?

—¿Y Blaise? —preguntó de nuevo con un hilo de voz. ¿Cómo se lo tomaría él?

Su madre intentó sonreír entre tanta lágrima, pero solo le salió una mueca de dolor.

—Cariño, Blaise ha muerto —anunció.

Ginny se quedó petrificada.

—¿Qué? —preguntó—. No, no puede ser —dijo; sentía ganas de soltar una carcajada despectiva ante tal estupidez, pero por alguna razón se le había formado un nudo en la garganta—. Será que no han podido encontrarlo como a Hermione y… —Lo que fuera menos eso. Le daba igual si estaba desaparecido con tal de que estuviera vivo. No, su madre debía de estar equivocada: su Blaise no podía haber muerto.

—Tienen su cuerpo, cariño. Lo siento muchísimo, Ginevra… —musitó su madre. Intentó acercar una mano al rostro de su hija, pero esta se apartó mientras negaba repetidamente con la cabeza.

Era imposible que Blaise estuviera muerto. No podía ser. No se lo permitía. Alguien tan lleno de vida no podía haber muerto. Ginny intentó recordar cuál fue el último momento en que hablaron, lo último que se dijeron, pero no pudo. Eso le causó tal opresión en el pecho que empezó a costarle respirar. Intentó tomar bocanadas de aire, pero no le llegaba oxígeno a los pulmones. Su rostro empezó a mojarse con el llanto incesante que se apoderó de ella.

¿Cómo podía ser el mundo tan injusto? ¿Cómo podía haberse quedado sin Blaise de esa forma? Él había sido el único que la había hecho rabiar y la había hecho sentir que el corazón podía salírsele del pecho de felicidad. Con Blaise había experimentado unos sentimientos que no creía posibles. Desde que empezaron a salir estuvo segura de que nadie podría hacerle sentir tanto amor. Era el hombre de su vida.

Y ahora ya no estaba.

Ya no habría boda. Ya no podrían declararse amor eterno delante de sus seres queridos. Ginny no era una persona romántica, pero su juramento habría sido sincero y habría durado tanto como perdurara su felicidad conjunta. Y ¿por qué no? Le había hecho ilusión oír a Blaise llamándola «Señora Zabini» de broma solo para picarla, porque ambos habían acordado que conservaría su actual apellido.

Pero ahora ya no sucedería nada de eso. Ya no se irían de luna de miel. Ni Blaise la despertaría con desayunos desastrosos para después compensárselo con sexo. Ni Ginny lo abrazaría por detrás, apoyando la mejilla en su espalda, sintiendo su respiración. Ni miles de momentos más que solo conseguía apreciar en su plenitud ahora que sabía que ya no serían posibles. Nada de eso volvería a pasar.

Ahora lo único que le quedaba era un vacío en el corazón y unos recuerdos que nunca podrían paliar la pérdida de su verdadero amor. Se sentía perdida, desesperada, como si lo único que podría sentir a partir de ahora fuera dolor.

Se quedó así, llorando, con la cara entre las manos, como si por ocultarse del mundo pudiera hacer que todo volviera a ser como antes, cuando su vida no se había hecho pedazos todavía. Pero en el fondo de su ser sabía que eso ya no era posible. Le tocaba vivir con ese vacío, aunque no sabía cómo lo haría.

~ · · · ~

Unas semanas antes

Un hombre y una mujer hablaban solos en un callejón.

—No tendrías que haberme citado aquí: es peligroso —dijo él, mirando a su alrededor sin parar en busca de posibles ojos u oídos.

Ella, en cambio, parecía totalmente despreocupada.

—Tranquilo, no suele haber magos paseándose por el mundo muggle, y menos a estas horas y en esta zona —lo tranquilizó con sus palabras y con una sonrisa seductora. —Él pareció relajarse apenas un poco, pero no dejaba de lanzar miradas a su espalda—. Entonces, ¿tienes claro el plan? —preguntó la joven, esta vez en tono duro.

—Sí —confirmó el chico—. Pero no creo que a ellos… —empezó.

No era la primera vez que le comunicaba sus dudas, pero ella respondió poniendo los ojos en blanco. Se acercó a él y lo tomó por los hombros.

—Ellos tienen sus planes y nosotros los nuestros. ¿O prefieres quedarte sentado y esperar? —Él negó con la cabeza—. Ya sabes que mientras no les perjudiquemos, nos dejarán hacer lo que queramos.

El joven se irguió con resolución.

—No fallaré —aseguró.

—Ya sabes qué hacer si eso pasa. O ellos se ocuparán de ti —le dijo ella en tono amenazante. Volvió a sonreír, esta vez con dulzura que enmascaraba una profunda satisfacción—. El mundo pronto sabrá que no nos detenemos ante nada. Y ellos… —su sonrisa se convirtió en un rictus cruel—. Ellos aprenderán a elegir mejor sus prioridades.

—Si es que queda alguno con vida para eso —agregó el otro.

—Oh, seguro que sí. Sería una lástima que murieran todos: eso le quitaría toda la gracia.

~ · · · ~

El mundo mágico era un caos y Kingsley sentía que, como capitán de aquel barco, estaba a punto de hundirse, arrasado por la tormenta que les había caído encima de repente. Bueno, de repente no, pero no supo o no quiso leer las señales a tiempo. Desgraciadamente, ya no podía hacer más que intentar insuflar un poco de calma al ambiente general, aunque él mismo estaba al borde de un ataque de nervios.

Habían pasado ocho horas desde el fatídico ataque al partido de Quidditch y Kingsley no estaba ni un centímetro más cerca de descubrir a los culpables o encontrar a la gente desaparecida. Aunque sí que habían localizado el cadáver del señor Zabini entre la multitud, ninguno de sus compañeros había aparecido. Al ministro lo que más le preocupaba era haber perdido a los que consideraba dos pilares fundamentales en aquella investigación: Hermione Granger y Harry Potter. Por más que buscaran, era como si los jóvenes se hubieran esfumado. Durante las primeras tres horas, Kingsley había mantenido la esperanza de que se hubieran escondido en algún sitio, huyendo del caos que reinaba en el campo de Quidditch y aparecieran en el Ministerio, pero no había sido así.

Cuando se despidió de la señora Zabini, a quien se había sentido obligado a dar la noticia personalmente de que su hijo había muerto, cambió San Mungo por el Ministerio. Su único consuelo era que la mujer se había mostrado entera, probablemente porque ya había presenciado (o causado) la muerte de varios hombres de su vida, aunque en el fondo de sus ojos Kingsley había presenciado cómo algo se rompía irremediablemente. Había dejado a la mujer sola con el cuerpo de su hijo, ya reconstruido por los medimagos, para que llorara su muerte; él había sido incapaz de entrar: había algo demasiado aterrador en el fallecimiento de alguien tan joven, con tanta vida por delante y a punto de casarse.

Sin embargo, por más que quisiera tener tiempo para lamentar la muerte de sus conciudadanos, se debía a su cargo y había asumido personalmente el liderazgo de la investigación. Bajó a las mazmorras, donde Dean Thomas interrogaba sin éxito al terrorista. Lo habían intentado todo con él: desde el diálogo hasta el Veritaserum, pero el chico era sorprendentemente resistente a sus técnicas.

Cuando entró en la sala de interrogatorios, no pudo evitar mirar a uno de los causantes del ataque con lástima. ¿Tal mal había funcionado el sistema británico para crear en él semejante radicalidad? Pero no, se dijo, no podía ni debía sentir pena por quien había provocado la muerte de tantas personas y encima tenía la osadía de no mostrar el mínimo arrepentimiento o sentimiento de culpa. De hecho, hasta esbozaba una pequeña sonrisa ladeada de triunfo.

—Dennis.

El chico levantó sus ojos marrones hacia él e hizo un movimiento brusco de cabeza para apartarse unos mechones rubios del rostro, ya que estaba maniatado con ligaduras mágicas y no podía mover ninguna extremidad.

—El señor Ministro en persona, qué honor —respondió él.

Shacklebolt intercambió una mirada con Dean Thomas, indicándole que ya podía marcharse, y se sentó en la silla frente al detenido. Suspiró largamente y flexionó las manos antes de unirlas encima de la mesa.

—Cuéntame por qué has hecho esto —le pidió.

El chico puso los ojos en blanco.

—¿Otra vez? Ya van tres veces, qué poca memoria. Aunque no me sorprende —añadió en tono mordaz.

—Pues empieza de nuevo —ordenó Kingsley con voz firme—. Tengo verdadera curiosidad por saber por qué el hermano de un caído en la batalla de Hogwarts querría repetir una desgracia similar.

Dennis Creevey miró al ministro con los ojos entornados y una mueca irónica.

—El término correcto es «asesinado», no «caído». Y lo hago por él. Por él y por su memoria —explicó con ambigüedad.

—Eso no tiene sentido —repuso Kingsley—. La memoria de tu hermano fue honrada a su debido momento y no creo que haya nadie que luchara en esa batalla que sea capaz de olvidar su muerte.

Dennis soltó una carcajada hueca.

—¿Seguro? Porque a mí me parece que este país tiende a olvidar lo que no le conviene —espetó, inclinándose hacia delante todo lo que sus ataduras le permitieron.

Shacklebolt lo miró con incomprensión, pero en ese momento llamaron a la puerta y tuvo que interrumpir el interrogatorio. Era el Auror Thomas, que le hizo una seña para que saliera.

—Hay alguien que quiere hablar con usted urgentemente. —Cuando se hizo a un lado, Kingsley vio a una figura conocida al final del pasillo.

—Quédate vigilándolo: que no se mueva ni hable hasta que vuelva yo —ordenó mientras se dirigía hacia el visitante.

—Siento mucho interrumpir, señorr Ministrro. —Viktor Krum mostraba más seriedad de la habitual en sus ya de por sí adustas facciones—. Perro hay algo de lo que debemos hablarr y necesitamos actuarr cuanto antes.

Kingsley no entendía qué hacía allí el subalterno del Ministro búlgaro, y más si no había venido el hombre en persona a hablar con él, pero no estaba en posición de rechazar cualquier tipo de ayuda.

—Adelante —aceptó.

—El señorr Danailov no sabe que he venido, perro creo que en casos como este lo mejorr es ayudarrnos entrre nosotrros antes de que el asunto se vuelva más grrave. Estoy casi segurro de que sé quién está cometiendo estos ataques, pero prrimero necesito que confíe en mí y me deje entrarr ahí—dijo, señalando con la cabeza la sala de interrogatorios.

Kingsley evaluó la situación rápidamente: se trataba de dejar actuar como quisiera a un funcionario extranjero que no le había especificado cuáles eran sus intenciones; por lo que a él respectaba, podría ser un espía que venía a liberar a su colega. Sin embargo, el chico siempre había demostrado ser de confianza, por lo que finalmente accedió a su petición.

—Está bien, pero quiero una explicación cuanto antes —exigió.

Sin soltar ni una sola palabra más, Viktor Krum entró en la sala, varita en mano, y apuntó a Dennis con ella. Pronunció una palabra en búlgaro y los labios de Dennis Creevey se fundieron, impidiéndole hablar.

—¡¿Pero qué…!? —exclamó Dean Thomas, apuntando a su vez a Viktor con su varita.

—Bájela, Thomas —ordenó Kingsley, observando de cerca al búlgaro, quien se había relajado después de aquella acción—. ¿Puede darme ya su explicación, señor Krum?

—Lo siento, ministrro, pero debía hacerlo o en algún momento este —dijo, apuntando a Dennis con desprecio— habría prronunciado una palabrra de seguridad que le habría causado su propia muerrte. Era una técnica muy común entre la armiya, el ejército de Grindelwald: en caso de serr capturados, se suicidaban para evitar rrevelar inforrmación.

Kingsley miró primero a Dennis, quien, por su rostro fastidiado, le confirmó que las palabras de Krum eran ciertas, y de nuevo al búlgaro.

—¿Entonces nuestras sospechas eran ciertas? ¿La armiya ha vuelto?

—Me temo que nunca desapareció, ministrro —repuso Krum con aire sombrío—. Pero han sabido ocultarrse muy bien durante los últimos setenta años. Y, al parecerr, tienen un Librro de las sombrras. O una copia.

Kingsley se apoyó en la mesa y miró a Dennis Creevey, exalumno de Hogwarts, durante unos segundos antes de preguntar:

—¿Y qué es lo que quieren exactamente?

—Lo mismo que hace setenta años: la dominación mundial. Solo que esta vez han empezado por Inglaterra. Ministrro —Krum apeló directamente a él para llamar su atención; Kingsley cortó el contacto visual con el detenido para mirar al búlgaro—, si me permite usar mis técnicas, creo que puedo sacarle la ubicación aprroximada de su grupo.

«Así que a eso se reduce», pensó Kingsley Shacklebolt. «A cruzar la fina línea que nos separa de ellos».

—Haga lo que tenga que hacer —dijo.

Lo último que vio antes de salir de la sala y dejar a los dos hombres solos fue a Viktor Krum apuntando a Dennis Creevey con su varita. Después, solo se oyeron los gritos sordos de alguien que no tenía boca para gritar.

~ · · · ~

Cuando Hermione despertó, lo primero de lo que fue consciente era del frío que hacía. Intentó sentarse, todavía con los ojos cerrados, y gruñó ante los pinchazos que sentía en el lado izquierdo de la cabeza. Entreabrió los ojos justo para ver cómo sus dedos iban a esa zona y volvían manchados de sangre seca.

—¡Hermione! —Una voz masculina la hizo abrir los ojos del todo y mirar a su alrededor. Se quedó boquiabierta por lo que vio.

—¿Qué es esto?

Se encontraba en un sitio oscuro, con paredes de piedra; había mucha humedad y hacía un frío seco que la hizo empezar a tiritar. ¿Era una cueva? Con ella se encontraban varias personas: Luna, Draco, Harry, Pansy y…

—¿Will? —se quedó mirando a su exnovio con expresión sorprendida—. ¿Qué… Qué haces aquí? ¿Qué hacemos todos aquí?

Se levantó e intentó andar hacia la persona que tenía más cerca, que era Luna, pero esta negó con la cabeza.

—Es mejor si te quedas donde estás —dijo la chica con voz suave.

—Hay barreras invisibles que nos mantienen separados —explicó Pansy con la voz entrecortada por los temblores causados por el frío—. Ya lo hemos intentado todo, pero parece que estamos dentro de cubículos invisibles.

Hermione se dio cuenta de que tenía razón, porque las seis personas allí presentes estaban a distancias equidistantes, aunque ninguno tapaba al otro.

—¿Qué demonios ha pasado? —repitió su duda.

—A nosotros nos trajeron aquí desde el partido —explicó Draco, señalándola a ella y a Luna.

—Yo estaba en mi casa cuando me desmayé y desperté aquí —explicó Pansy, quien, obviamente, no parecía nada contenta con su situación.

—¿Qué está pasando, Hermione? —preguntó Will. La chica seguía maravillada y asustada de que él estuviera a solo unos metros de distancia.

—Ha habido… —Hermione no sabía por dónde empezar— ha habido unos ataques extraños en Londres últimamente, así que supongo que por eso estamos aquí.

—¿Por eso me dijiste que no volviera? —preguntó Will.

Hermione asintió, aunque apartó la mirada: seguía sintiéndose demasiado avergonzada sobre lo que pasó con Draco y aquel no era el mejor momento para discutirlo. De repente recordó algo. O a alguien.

—Esperad, ¿Y Blaise? ¿Y Ginny? Ellos también estaban allí. —Empezaba a preocuparse porque si sus dos amigos no estaban con ellos, quería decir que o estaban a salvo o… No, la alternativa no era una posibilidad que pudiera contemplar en ese momento.

—No lo sabemos —respondió Draco, quien también había pensado en la misma posibilidad y lucía igualmente preocupado.

Hermione se abrazó a sí misma para darse un poco de calor y siguió inspeccionando la cueva o lo que fuera aquello.

—¿Estáis seguros de que no hay ninguna salida? —preguntó, mirando la apertura de la cueva, un espacio de cuatro metros de ancho por tres de alto que se situaba delante de ellos, como invitándolos a marcharse. Desde allí llegaba la única luz que iluminaba la estancia.

—Llevamos aquí horas, Hermione. Hemos inspeccionado cuanto hemos podido y probado mil formas de escapar, pero nada.

—Además, no tenemos nuestras varitas —añadió Luna, encogiéndose de hombros.

—Tranquilos, eso cambiará muy pronto —dijo una voz—. Aunque no sé si os parecerá tan buena idea una vez tengáis varita.


Estoy emocionada porque en este capítulo ya empieza a aparecer todo lo que quería incluir en el fic desde hace, literalmente, años. Tengo el final planeado desde hace mucho y, aunque he cambiado un par de cositas por el camino, lo tenía todo ya pensado. Así que sí: Blaise estaba destinado a morir. ¿Lo siento? Bueno, quizá un poco, pero este fic me tiene anestesiada desde hace mucho y cuanto antes lo termine antes seremos todas más felices... o no, jeje.

Quejas, dudas, insultos = review.

MrsDarfoy