¡Feliz año nuevo! Espero que hayáis disfrutado de las navidades y del inicio del 2019. Ojalá vuestras metas se cumplan y seáis felices.
Gracias por todos los reviews, tanto buenos como malos. Todos me han ayudado a ver si he logrado trasmitir lo que quería y qué impresiones he causado.
Como ya he mencionado alguna vez, no desesperéis hasta leer el epílogo: nunca se sabe qué puede pasar.
PRESCINDIBLE
«Cierta verdad terrible: son los que pasan, y no los que quedan, quienes desempeñan el papel fundamental en nuestras vidas».
Ricardo Menéndez Salmón
Capítulo 30: El último capítulo
Unos años antes
Una joven estaba sentada en su cama, con una carta en una mano y lágrimas en las mejillas.
La guerra británica había terminado unas semanas atrás y Camille llevaba días ansiosa por saber algo de Lavender. Habían acordado no comunicarse hasta que aquella locura terminara, pero cuando la victoria llegó para el bando que tocaba y no había sabido nada de su amiga, había empezado a preocuparse. Su primer impulso había sido personarse en su casa, pero su madre la había disuadido. Seguramente Lavender y su familia habían pasado por mucho y necesitaban un poco de tranquilidad.
Lo que no se esperaba era recibir una carta de la señora Brown contándole que Lavender había fallecido durante la contienda. Camille no lo entendía: ¿cómo? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Por qué no la habían protegido? Era imposible que estuviera muerta; debía de haber un error. Una confusión, sí. Su Lavender, tan alegre, tan pura, no podía haber muerto. ¿Por qué ella? Tendría que haber muerto otra persona. Cualquiera. No ella.
~ · · · ~
El juicio de Camille Bellamy se celebró a los dos días de su captura, pues nadie en el Ministerio quería seguir envuelto en aquel oscuro episodio de la historia del país.
Otro más.
Aquel Wizengamot era especial: Kingsley había tomado la decisión de convocar a un jurado formado por personas que no tuvieran ningún familiar directo afectado por las peleas y batallas que habían tenido lugar cuarenta y ocho horas atrás. Había sido una tarea ardua, y eso que en un principio el ministro había considerado excluir también a aquellos con amigos heridos o asesinados. Además, de los ciento cincuenta miembros del jurado, veinticinco eran de procedencia búlgara: puesto que el origen del grupo terrorista era el país eslavo, lo justo era que ellos también tuvieran capacidad de decisión en el juicio contra Dennis Creevey y Camille Bellamy; y veinticinco más irlandeses, ya que un buen número de fallecidos y heridos durante el partido de Quidditch había sido hinchas del país vecino.
A su lado, en la tribuna principal, se encontraban Bogdan Danailov, Marie Le Brun —Présidente francesa— y Amelia Murphy —Taoiseach irlandesa. Los cuatro líderes mágicos coincidían en expresión y estado de ánimo, aunque solo a Kingsley Shacklebolt le tocaba llevar la batuta en aquel juicio. Cuando vio que dos aurores ya habían traído al primer acusado y le habían atado a la silla de interrogatorios, se levantó y miró a su alrededor, aunque no hacía falta esperar a que los presentes callaran, puesto que en aquella sala ya reinaba un silencio sepulcral.
—Dennis Stephen Creevey, se le acusa de pertenecer a una banda criminal, perpetrar un ataque contra Sortilegios Weasley y ser cómplice de homicidio durante el partido benéfico de Quidditch contra Irlanda. —Clavó sus ojos en los del chico, pero este le devolvió una mirada cargada de hastío—. ¿Cómo se declara el acusado? —preguntó.
—Culpable, obviamente —dijo Dennis, enarcando una ceja—. Creo que ya es más que evidente. —En un acto instintivo intentó cambiar de postura en la silla, pero las ataduras no se lo permitieron y frunció el ceño con fastidio.
—El acusado tiene cinco minutos para exponer sus motivos y defenderse de las acusaciones si así lo desea. —Era la forma del tribunal de decir «No somos animales», pero todo el mundo presente aquel día sabía cómo se desarrollaría el juicio y cuál sería la sentencia.
—¿Mis motivos? Vosotros me obligasteis. —Esas palabras hicieron que la sala se llenara de murmullos, que fueron rápidamente acallados por varios aurores—. Sí, vosotros me obligasteis con vuestro comportamiento indulgente. Mi hermano —al pronunciar esas palabras, su voz proyectó parte de la añoranza y rabia que debía de sentir— era apenas un niño; murió porque se quedó a luchar por unos ideales que vosotros mismos habéis pisoteado después. —Las manos de Dennis Creevey se crisparon—. Mientras mi madre languidecía, carcomida por la pena y la depresión, los Malfoy celebraban fiestas opulentas donde todo el mundo pareció olvidar que su casa fue el cuartel general de los mortífagos durante la guerra. Mientras mi padre se negaba a visitar la tumba de Colin y tiraba a la basura todas sus cosas, incapaz de soportar hablar sobre él, chicos a los que mi hermano había admirado empezaban relaciones con los hijos de esos putos mortífagos.
Kingsley Shacklebolt sabía a quién se refería exactamente y su mirada viajó hacia los aludidos: Ginevra Weasley había decidido no acudir, pero tanto Draco Malfoy como Harry Potter insistieron en estar presentes en aquel juicio, tal vez para comprobar que aquella pesadilla terminaba por fin, por lo que se sentaban en las banquetas destinadas al público. De sus miradas vacías y sus mandíbulas apretadas se podía deducir que ninguno de los dos parecía estar experimentando una pérdida mucho menor que la del chico que los acusaba de asesinos y traidores.
»¿Me arrepiento? ¡Claro que no! Volvería a hacerlo una y otra vez. Cuando conocí a Camille y me insinuó que podía unirme a gente con los mismos fines que yo, al principio pensé que era una locura, pero fue la mejor decisión de mi vida. Me daba igual que su propósito fuera dominar el mundo, mientras el primer objetivo fuera este país, colaboraba de buen grado con lo que hiciera falta. Gracias a mi paso por Hogwarts, Camille y yo pudimos diseñar un plan para desestabilizar la sensación de seguridad de los Weasley, los Malfoy, Granger. No nos importaba a quién atacar, porque a nuestros ojos, todos sois iguales. —Era curioso el efecto que tenía sobre un hombre el saber que ya no tenía nada que perder: le soltaba la lengua. Dennis siguió relatando cómo lo habían organizado todo—. Cam siempre ha tenido un gran poder de disuasión y en cuestión de semanas teníamos luz verde para planear lo que pasó en aquella cueva. —Rio entre dientes—. Aunque mi idea era mucho más grandiosa, la de Camille era más divertida, más placentera. Y no salió tan mal, ¿verdad? —Miró a Kingsley a los ojos con desafío—. ¿Dónde están vuestros héroes ahora?
«Aquí nunca ha habido héroes: solo nos defendíamos de gente como tú». Pero Kingsley no podía permitir que su opinión ni sus sentimientos influyeran en la decisión del jurado, así que se levantó con aire solemne y anunció:
—Después de oír los cargos y la defensa del acusado, se dará un tiempo al jurado para reflexionar individualmente mientras traen a la siguiente acusada. —Miró a los aurores encargados de la custodia de los detenidos—. Llévense a este hombre y traigan a Camille Bellamy.
La diferencia entre los dos acusados era palpable: mientras que el señor Creevey parecía que estaba allí porque vivir era un acto involuntario, mademoiselle Bellamy hizo del recorrido hasta la silla central un paseo en el que podía lucir su atractivo natural. La joven sonreía como si estuviera en una reunión con viejos amigos en vez de en el juicio donde se decidiría su destino.
—Señorita Bellamy, antes de que empecemos, es mi obligación informarla de que su custodia ha sido transferida —lanzó una rápida mirada de reconocimiento a Marie Le Brun— al Ministerio británico, por lo que será juzgada según nuestras leyes y acatará cualquier sentencia que este tribunal le imponga. Responda con un sí si entiende lo que he explicado.
—Por supuesto. Pueden traer al dementor cuando quieran —replicó la joven, poniendo voz al pensamiento que todo el mundo estaba teniendo o deseaba sobre su futuro.
—Bien. Camille Amélie Bellamy, está usted acusada de pertenecer a una banda criminal, ser cómplice de homicidio, secuestro, el asesinato de Pansy Parkinson y causante de la muerte de Hermione Granger. —Aunque técnicamente la señorita Granger había cometido suicidio, se había visto impulsada por la necesidad del momento y no por voluntad propia, por lo que la mujer juzgada allí hoy cargaba también con aquel crimen. Por unos segundos Kingsley recordó a Hermione, todo lo que habían vivido y lo determinada y talentosa que era (había sido) la joven y se dejó llevar por la pena, pero carraspeó y siguió con su dictamen—. Dispone ahora de cinco minutos para defenderse.
Camille se cruzó de piernas y se sentó recta, como le habrían enseñado de pequeña. Aunque en este caso ni sus rasgos perfectos ni su educación de señorita la salvarían de lo que le esperaba.
—De lo único de lo que soy culpable es de querer un trato justo para todo el mundo —empezó. Kingsley no veía cómo lo que había hecho ayudaba a la igualdad, pero no podía interrumpirla—. Mi padre murió porque los medimagos no querían tratarlo por ser muggle. Con los recursos mágicos existentes, una enfermedad como la suya se habría curado en seguida. —Sus palabras estaban llenas de rabia e impotencia—. Pero no, nadie quiso ayudarnos y murió sufriendo. —Su expresión furibunda se sustituyó por una más lastimera—. Y Lavender… Ella no sufrió, pero de solo imaginar el miedo que debió sentir me hierve la sangre.
—El hombre que asesinó a Lavender Brown murió en el ataque a Hogwarts. Hermione Granger acabó con él —añadió Kingsley. Vio cómo los ojos de la señorita Bellamy se abrían brevemente por la sorpresa; seguramente desconocía ese dato. Sin embargo, seguía sin parecer arrepentida por lo que había hecho.
—¡El hombre que la asesinó podría ser cualquiera de vosotros! —espetó la francesa. Varios miembros del jurado y del público se removieron incómodos en sus asientos e intercambiaron algunos comentarios en voz baja—. ¡Por cada colaborador con el régimen de Voldemort que habéis dejado suelto, pisoteáis las tumbas de aquellos que murieron por su culpa! —Apretó los labios con fuerza y cerró los ojos, inspirando lentamente. Cuando se calmó, sonrió con desidia—. Y me da igual que digáis que muchos eran solo niños o no sabían lo que hacían: todos merecían un escarmiento. Ya lo dijo Robespierre: «Castigar a los opresores es clemencia, perdonarlos es barbarie».
Kingsley dejó de escucharla: su mente seguía procesando las justificaciones que aquella mujer daba para los crímenes atroces que había cometido. A sus propios ojos, era Nike, la diosa de la justicia, pero el ministro estaba seguro de que lo que la había impulsado a ello era el miedo y la impotencia, y que esos sentimientos habían agravado algún problema psicológico ya existente. Una lástima, pero no por ello debían sentir pena hacia ella.
Cuando Camille terminó de hablar, Shacklebolt se levantó.
—Ahora el Wizengamot deliberará sobre las penas que deben imponerse a los dos acusados. Que vuelva a entrar Dennis Creevey —ordenó.
Él, como Ministro, no podía votar hasta que el resto del jurado hubiera decidido, ya que, en caso de empate, su voto era el decisivo. Cuando pasaron cinco minutos, miró a Alma Gómez, a quien había designado portavoz del Wizengamot. La mujer se levantó de su sitio y esperó con solemnidad a que su superior hablara.
—¿Ha llegado el jurado a algún tipo de veredicto? —En caso de no ser así, Kingsley propondría una sentencia y esta se sometería a votación.
—Así es —anunció la jefa de los Inefables. El pecho de la mujer se elevó brevemente cuando aspiró—. Este tribunal considera que los acusados deben ser condenados a un Beso de Dementor.
Ni una sola voz se alzó en la sala, ni siquiera para expresar sorpresa. Y, por supuesto, a nadie se le ocurrió protestar; Kingsley se giró hacia los acusados y vio que permanecían de pie, uno al lado del otro, con la mirada al frente.
—El Wizengamot declara culpables a los acusados y los condena a muerte mediante un Beso de Dementor —anunció. Con estas palabras, daba por finalizado el juicio; ahora solo quedaba ejecutar la sentencia. Sin embargo, levantó una mano, llamando la atención de la comunidad mágica allí presente—. Antes de que termine esta sesión, me gustaría hacer una reflexión.
Kingsley apretó la madera del atrio desde el que hablaba con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero se obligó a relajarse; debía pronunciar aquellas palabras para que su conciencia quedara tranquila, aunque sabía que a muchos no les gustaría oírlas.
»En mi humilde opinión, lo que ha pasado en los últimos meses y especialmente aquí hoy es un claro ejemplo de que hemos fallado como sociedad y como gobierno. Y no estoy hablando de castigar a aquellos que eligieron el bando equivocado durante la Segunda Guerra Mágica, pues considero que el Ministerio impuso las condenas acordes a cada crimen; me refiero a concienciar a la gente. Hablar de los problemas. Hemos dejado que toda una generación crezca con los traumas y rencores de una guerra y no se nos ha ocurrido que quizás muchos de ellos necesitaban nuestra ayuda para entender lo que había sucedido, por qué había sucedido y cómo pasar página.
Kingsley Shacklebolt inspiró hondo, como hacen todas las personas que están buscando el valor necesario para hacer lo que ellos creen correcto.
»Por eso presento mi dimisión como Ministro de Magia del Ministerio británico.
Nada más pronunciar esas palabras, se alzaron varias voces de sorpresa y de protesta; sus homólogos extranjeros lo miraron con incredulidad, pero se abstuvieron de expresar su opinión en voz alta. Los únicos que permanecían en silencio eran Alma Gómez, a quien había trasmitido su intención esa misma mañana (ya que pensaba proponerla para sucederlo); los reos, que esperaban su castigo; y Harry Potter, quien lo miró e hizo un comprensivo asentimiento de cabeza. A Draco Malfoy, en cambio, ya no se le veía en la sala: probablemente se había marchado nada más conocer el veredicto.
Sin embargo, aquel no era el momento de centrarse en él, por lo que levantó las manos, señal de que exigía que la sala volviera al silencio absoluto.
—Dennis Creevey y Camille Bellamy, serán trasladados inmediatamente a Azkaban para la ejecución de su pena de muerte. —Con aquellas palabras, sentenció la vida de esos dos jóvenes, la suya propia y la del rumbo que había tomado el mundo que conocía hasta aquel momento.
~ · · · ~
El primer funeral en celebrarse fue el de Blaise.
Aunque los Zabini poseían un panteón familiar, Ginny había convencido a Helena de que enterrara a su hijo al aire libre, porque sabía que Blaise odiaría estar encerrado entre cuatro paredes.
Había pocos asistentes, y la mayoría eran pelirrojos, para mostrar sus respetos al que durante un tiempo formó parte de su familia. Helena Zabini había acudido con sin su nuevo marido, algo verdaderamente extraño, porque su hijo siempre argumentaba que la mujer no sabía vivir sin un hombre a su lado. También estaban allí los pocos que quedaban de sus amigos, pero sin duda Draco Malfoy y Theodore Nott eran los que más destacaban, porque eran los que más lamentaban la pérdida. Aunque si Ginny hubiera podido ver más allá de su propio dolor, se habría dado cuenta de que Draco estaba como anestesiado. La pérdida era como el hambre, cuando acumulabas mucha a veces tu cuerpo dejaba de sentirla. Pero él no era el importante en este funeral, solo un espectador más.
Suegra y nuera permanecieron una junto a la otra durante todo el proceso, pero sin tocarse. Habían pasado dos días desde la muerte de su único nexo de unión y las dos tenían en común que no querían que nadie las consolara. Sin embargo, durante unos pocos segundos, sus miradas se encontraron y se dijeron lo que eran incapaces de expresar en voz alta. No había nada que uniera tanto como el amor, el odio o el dolor y en este caso compartían una pérdida que ninguna sabía cómo llenar.
Cuando todo terminó, Ginny se quedó de pie junto a la lápida del que tenía que convertirse en su futuro marido. Apretó con fuerza el objeto que tenía en la mano izquierda, pero después lo soltó. Un anillo de oro blanco flotó frente a sus ojos y ella, con un movimiento de varita, lo incrustó en el trozo de mármol negro que marcaba dónde yacía el cuerpo de Blaise. El otro anillo descansaba en su cuello, atado a una cadena.
Ginevra sabía que algún día dejaría de dolerle todo su ser. Que algún día encontraría a alguien a quien le permitiera amarla. Que algún día se quitaría aquella cadena del cuello (con remordimientos primero, con alegría después) y lo único que sentiría sería una nostalgia libre de dolor.
Pero aquel día no podía sentir nada de aquello. No podía sentir nada.
~ · · · ~
El funeral de Pansy fue al día siguiente.
Harry había tenido que soportar con estoicidad las miradas de lástima y las palabras cargadas de reproches del señor Parkinson, todo para poder quedarse a solas con ella unos minutos más.
La ceremonia había sido corta, pero a él se le había hecho eterna. Habían asistido varios familiares y amigos, todos con semblantes serios, sin atreverse siquiera a moverse, por si el gesto parecía irrespetuoso. Allí Harry se sentía raro, como si en cualquier momento alguien le dijera que era una broma. O como si no estuvieran despidiendo a su novia muerta. Harry solo sabía que ninguno de ellos debería estar allí; aquello estaba mal.
Al principio, cuando había asimilado que Pansy no volvería a respirar ni a besarlo ni a sacarlo de sus casillas, había jurado venganza, pero cuando se presentó en el juicio del día anterior, se dio cuenta de que su mundo ya estaba bastante hecho mierda como para volverse loco.
Harry se quedó mirando el nombre de su novia. Intentó decir algo, pronunciar una última despedida, pero era incapaz. Sentía que delante de él solo había cosas sin vida, una burla de lo que un día había sido Pansy Parkinson. Además, ella no querría verlo llorando.
No, se dijo que no podía hacer eso. En su lugar, sacó una cajita de su bolsillo y la dejó en la tumba de la mujer con la que había creído que pasaría sus días.
~ · · · ~
La despedida de Hermione fue multitudinaria.
Los señores Granger habían insistido en enterrar a su hija en el cementerio que había cerca de casa y hasta allí se desplazaron sus familiares, amigos y varios cargos del Ministerio. También habían acudido Viktor Krum, William Darcy y Draco Malfoy, aunque ellos se mantenían al final. Las primeras filas estaban destinadas a las familias y sus amigos más cercanos. Ginevra Weasley y Harry Potter emanaban un aura de dolor que hacía que los que estaban a su alrededor se mantuvieran ligeramente más apartados de ellos, como dándoles espacio. Como si necesitaran más sitio porque cargaban con penas más grandes.
Draco se mantenía alejado, porque sabía que su presencia no era bienvenida. Su madre le había rogado que no fuera, pero ¿cómo podía quedarse en casa mientras el cuerpo de Hermione volvía a la tierra?
Mientras descendían el ataúd a su tumba, Draco no pudo evitar derramar unas cuantas lágrimas. Había perdido no solo a sus dos mejores amigos, sino también a su amor en cuestión de horas. Lloraba por Hermione, por el vacío que sentía en su pecho, porque tendría que haber muerto él y no ella, por todas las esperanzas y sueños que, aunque poco probables, seguían siendo posibles cuando todavía estaba viva.
Ahora, sin embargo, ya no podrían ser. Y todo por su culpa, porque había metido la pata una vez y había decidido que la única persona que lo hacía verdaderamente feliz no valía su lealtad. Era un imbécil, un hijo de puta que no merecía ni el aire que respiraba.
Y lo peor era que Hermione le había dedicado las últimas palabras que salieron por sus labios antes de sacrificarse. Ni un solo segundo de su vida Draco había merecido el amor de esa mujer; se daba cuenta cuando ya era demasiado tarde, cuando el daño era irreversible.
No sabía si sería capaz de soportar llevar una vida tan llena de remordimientos y dolor. No sabía si sería capaz de soportar la idea de que vivía en un mundo en el que Hermione Granger ya no estaba.
Nos vemos en el epílogo, que publicaré el día 6. No me abandonéis todavía.
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MrsDarfoy
