ÚNICA
No volvió nunca a ser la misma. Algo murió esa noche en ella, algo que no volvería a ser. Cada paso suyo tenía el peso de su madre, el dolor de sus palabras, la culpa de su muerte. Siguió fingiendo ser la mujer bromista de siempre; no dejó sus trucos, y su lengua se volvió más afilada. Pero lo que antes era natural, ahora era una máscara. Con el tiempo, aprendió a soportar a Thor, con toda su simpleza y brutalidad. Eran hermanas, no podía hacer menos. No dejó de causar caos, porque estaba en su naturaleza, pero se cuidó de no hacer daño a quienes le importaban, o debían importarle al menos.
Tenía que hacerlo por su madre. Le debía eso.
Le debía tantas cosas.
Tal vez por eso no huyó de la nave. Por eso no dejo a Thor sola. Por eso ofreció su vida por su hermana.
Le costó; dejar escapar la oportunidad de irse le costó más de lo que admitiría jamás. Se arregló el traje, peinó su cabello hacia atrás con los dedos, compuso su sonrisa más perfecta y salió de atrás de la pared, dando un paso hacia lo que sabía que sería su sentencia de muerte.
"Por ti, madre."
—Si puedo intervenir…
Los ojos de Lady Loki estaban llenos de lágrimas, pero morir no era tan malo como imaginaba. Era simplemente distinto, diferente. Como ella.
"Eres única, cariño. Márchate con orgullo, que este no es el final. Es sólo un viaje. Estoy orgullosa de ti."
Podía ver a su madre parada ahí, sonriéndole. Eso fue lo que le hizo darse cuenta de que ya no había vuelta atrás, que ya su destino estaba sellado. No era como si pudiese escapar, tampoco. Sonrió con todo su orgullo en la cara del Titán.
Con un único gesto, Thanos terminó de cerrar el puño. La princesa escuchó el ruido de sus propias vértebras quebrándose, y como si tomase aire luego de contener la respiración, fue súbitamente consciente de su existencia. Miró su cuerpo. Una mujer delgada, pálida, con los ojos verdes inyectados en sangre y el pelo negro caído sobre sus hombros. Esa era ella. Tan distinta, tan única.
No se quedó a ver a Thor llorar sobre el cuerpo de su hermana. Aceptó la mano que su madre le tendía y se marchó con ella a donde quisiese guiarla. Caminaron sobre las estrellas, y le contó todo lo que había sucedido en su ausencia. Lo sola que se había sentido, por qué había hecho lo que había hecho. Fue un alivio tan grande decir todo lo que nunca había dicho.
—Todo eso no importa, Loki —la calló su madre, cuando ella intentó echarse la culpa de su muerte—. Todos pecamos, y tú expiaste tus pecados con creces, cariño. Ahora es tu momento de brillar y ser única, como siempre lo has sido.
Frigga brilló y brilló hasta que su luz alcanzó magnitudes inimaginables. Y su hija brilló con ella, con la luz de mil fuegos.
Ser una estrella era, como dijo su madre, algo tan único como ella.
