— ¿Señor Agreste?— Adrien había sentido tanto pánico con las palabras de la chica, que tardó un poco en reaccionar a la voz del otro lado del teléfono. Tenía el miedo reflejado en su voz, y él se sentía igual pero debía ser fuerte; un apoyo para que ella se sintiera segura con él. Así que tomo una respiración profunda antes de al fin poder hablar.

—Doctora, Marinette estaba durmiendo y despertó cuando comenzó a sentir mucho dolor en el abdomen.

— ¿Está sangrando?— Preguntó la señora, mientras que el rubio se acercaba hasta las piernas de la chica, buscando algún rastro de sangre.

—No.

—Entonces, sólo vas a tener que ayudarla a que se sienta cómoda. Pone una almohada grande entre sus piernas, busca algo caliente para poner en su abdomen— Adrien rápidamente buscó su cojín para hacer lo que le habían ordenado. — Si empeora, puede tomar medio antiinflamatorio, nada más; pero tranquilo que solo es su cadera. Los músculos, ligamentos y huesos se están acomodando para el bebé, no es grave pero muy doloroso.

—Gracias, Doctora.

—No es nada, niño. — Justo en el momento en el que iba a comenzar a despedirse para colgar, la señora soltó un comentario que lo hizo atragantarse con su saliva. — Un orgasmo también sirve y es incluso más efectivo que el fármaco. Sólo no seas muy duro con ella.

Y cortó.

— ¿Qué pasó?— Marinette estaba hablando muy bajito, sin moverse un sólo milímetro porque creía que si lo hacía podría evitar que algo malo pasara.

—El bebé está bien. —Adrien se levantó de la cama y caminó hasta el lado de ella para acariciar su cabello, sin atreverse a tocar su vientre a pesar de que lo deseaba. — Te voy a ayudar a llegar al baño para que puedas tomar uno con agua caliente, eso debería servir para aliviarte.

—No quiero volver a tomar un baño. —Ella hizo un pequeño puchero, sujetando la mano ajena cerca de su rostro. — Por favor, quédate a mi lado. No quiero estar sola.

El rubio suspiró, volviendo hasta la cama. Esta vez se acostó cerca de ella, quien se movió buscando su calor, terminado con la cabeza apoyada en el pecho de él, quien la rodeó con uno de sus brazos.

—Si sientes cualquier cosa, te duele más o incluso si se pasa, dímelo.

— ¿Por qué eres tan bueno conmigo? No me lo merezco.

—Claro que si lo mereces, bichito. —Adrien seguía acariciando su espalda, comenzando a jugar con sus dígitos en los lugares que la camiseta se levantaba. Seguía sintiendo ganas de acariciar su vientre pero hacerlo sería deshacerse de la posición tan cómoda en la que estaban. — Estás cuidando a nuestro hijo, lo menos que mereces o necesitas es que yo te cuide a ti.

—Pero tampoco debes hacerlo siempre...— Marinette se alzó para poder mirarlo a los ojos, haciendo un puchero. El rubio llevó una de sus manos hasta el rostro contario, acomodando su flequillo.

—Daría lo que fuera para tenerte todo el día a mi lado y poder cuidarte siempre.— Ella suspiro porque de repente sentía un exceso de aire en sus pulmones ante la intensidad de las palabras impropias; su boca estaba comenzando a secarse, por lo que usó su lengua para remojarse los labios. Él bajó su mano, tocando sus labios con la vista fija en ellos. La mujer no pudo evitar impulsarse hacia adelante, buscando poder besarlo. Sin embargo, cuando estaba a punto de poder alcanzarlo, su abdomen volvió a doler.

Recordaba haber tenido cólicos similares cuando perdió a su primer bebé. Sólo que esa vez estaba sola en su habitación, abrazándose a una almohada con fuerza; odiándose por ser cobarde y no atreverse a llamar a su madre. Tal vez si lo hubiera hecho, Sabine la pudo haber llevado a un hospital y pudieron haber salvado al bebé. Ese día, cuando comenzó a sangrar, hizo un esfuerzo gigante hasta conseguir llegar torpemente al baño para meterse a la ducha, llorando silenciosamente hasta que el agua volvió a salir completamente clara; ya todo había terminado.

— ¿Mari?—Las palabras de Adrien la hicieron volver a la realidad, confiaba en que ese día no se volvería a repetir principalmente porque los brazos de él la hacían sentir segura.

—Me duele...

— ¿Quieres algo? Puedo conseguir lo que quieras; una compresa caliente, un té, algún fármaco que te ayude. —Adrien suspiró mientras le daba las opciones, sabía que debía hacer; pero sería su última opción, a pesar de que hace tan sólo unos segundos estaba dispuesto a besarla. Pero una cosa era compartir un beso, otra muy diferente era volver a tener relaciones sexuales. Además, él sólo había hecho el amor con Marinette, algo que no quería cambiar. Si en ese momento tomaba la decisión de dejarse llevar y volver a entregarse a ella, el amor no estaría.

—Gatito, por favor...—Ella alzó su cabeza, hablando con hilo de voz. — Lo único que quiero es que deje de doler.

—Está bien...— No pensó mucho más luego de sentir el sufrimiento en su voz. Suavemente, se volteo para dejarla sobre la cama y bajo la atenta mirada de la chica, buscó sus almohadas para ponerlas por debajo de sus caderas, alzándolas.

— ¿Qué estás haciendo?

—Voy a hacer que se pase el dolor...—Él le sonrió antes de acercarse para besar su frente y luego susurrar sobre sus labios. — ¿Estás cómoda?

—No...—Susurró la chica, sin entender mucho que estaba pasando.

—Sujétate de mis hombros...—Adrien la sostuvo de la cintura mientras ella le obedecía, lentamente la levanto hasta que quedó sentada; alejándose para mover las almohadas hasta su espalda. — ¿Y ahora, bichito?

—Mejor, creo.

—Bien...—El rubio acaricio nuevamente su rostro y fue bajando por su cuello hasta llegar a sus caderas. — Levántalas.

— ¿Qué estás haciendo?— Preguntó Marinette mientras le hacía caso. No esperaba que él le quitara su ropa interior, por lo que sintió rápidamente que todos los colores del mundo subían a su rostro.

—Abre las piernas. — El mayor alejó sutilmente las piernas de ella como señal para que lo terminara de hacer. Estaban una posición extraña, pero no podía negar que aunque el dolor estaba ahí aún, se sentía bastante cómoda.

Adrien se sentía intimidado por decir poco, pero debía mantener sus decisiones; así que se acomodó entre las piernas contrarias, pasando sus manos por las partes de abajo de los muslos de ella.

Remojó sus labios antes de tomar una respiración profunda y llevar su boca hasta la entrepierna contraria. Se sentía algo nostálgico mientras repetía movimientos que aprendió de memoria, que perfecciono durante el tiempo que estuvieron juntos.

Empezó recorriendo el camino de sus labios externos, besando y rozando con su lengua para que ella comenzara a relajarse. Su idea era explorar toda el área circundante, acercándose lentamente al clítoris.

Luego, prosiguió imitando el movimiento que hacia cuando pequeño y quería hacer burbujas de salivas; había practicado muchísimo para que eso generara una sensación agradable sin la necesidad de llegar a tocarle la piel, casi como si sólo fuera una brisa de cálido aliento.

Paulatinamente movió su lengua por sobre el clítoris de la chica en movimientos irregulares, que comenzó a bajar hasta su entrada; Marinette llevó sus manos hasta el pelo rubio, enredando sus dedos en él para acercarlo aún más a su cuerpo, dejando salir un largo gemido cuando el endureció su lengua para poder penetrarla.

—A-adrien...—La chica trato de hablar, pero un nuevo gemido se escapó de sus labios cuando él introdujo uno de sus dígitos. — No...Te quiero a ti dentro. — Él se alejó, deteniendo todos sus movimientos y limpiando su boca con el dorso de su mano, antes de hablar.

—Pero si me tienes dentro.

—Sabes que no es a lo que me refiero. —La menor llevo su mano hasta el rostro él, limpiando los fluidos que él no había secado. — Adrien, por favor.

—Marinette, entiende...—Él se alejó del cuerpo de la mujer, sólo para tener la atención plena de ella mientras hablaban. — La doctora dijo que un orgasmo podría ayudarte a superar el dolor y es lo que estoy tratando de darte. No quiero tener sexo contigo, puedo hacerte más daño.

—Pero gatito, yo quiero sentirte...—La chica hizo un puchero, llevando su mano hasta el pecho desnudo del chico, delineando los músculos con sus dedos hasta llegar a la uve que se formaba en sus caderas. — No puedo quedar más embarazada.

— ¿Vas a decirme si te estoy dañando?— El rubio preguntó, esperando que la chica asintiera; entonces suspiró, quitándose su ropa interior mientras volvía a ubicarse entre sus caderas. Marinette tenía ese efecto en él: hacia que su cerebro dejara de funcionar y aunque dijera que no quería tener sexo con ella, en ese momento estaba comenzando a deslizarse a su interior.

Extrañaba sentirla tan cerca, tan propia; con sus uñas arañándole la espalda, sus manos estrujándole el alma, su lengua envenenando cada espacio que tocaba.

Necesitaba volver a empezar, salir por ahí, caminar, viajar y respirar, porque en el tiempo que habían estado lejos pero a la vez tan cerca, pudo descubrir que ya no quería estar sin ella.


Edición: 27/11/2018