Geometría era una asignatura obligatoria durante el primer semestre para la gran mayoría de carreras que su universidad imparte. Con su suerte usual, Marinette no alcanzó enlistarse a la clase de las 10 de la mañana con sus compañeros de Diseño; un horario perfectamente normal en el que sería muy complejo llegar tarde. Sólo tuvo disponible para inscripción un bloque el día lunes a las 7:30.

Ese día había hecho un gran esfuerzo para llegar a tiempo, pero estaba teniendo dificultades para mantenerse despierta una vez que la clase ya había comenzado. En un pequeño descuido, su lápiz que colgaba despreocupadamente entre sus dedos, terminó cayendo estrepitosamente al suelo, ¿Cómo podía hacer tanto ruido algo tan pequeño y de madera?

Marinette mordió su labio con fuerza mientras hacía equilibrio para recogerlo sin llamar demasiado la atención.

Estaba por rendirse y dejarlo ahí hasta que la clase terminara, cuando vio que el chico rubio que se había sentado junto a ella, se agachaba para ofrecérselo con una amable sonrisa.

Gracias…—Respondió sonrojada, evitando hacer contacto visual. Sabía que en el caso de rendirse a mirarlo a los ojos, comenzaría a tartamudear; hablar con personas que no conocía la hacía sentir muy incómoda.

Adrien.

¿Qué?

Ese es mi nombre. — La chica alzó su rostro. La persona que recogía su lápiz y le sonreía no era nada menos que el hijo de Gabriel Agreste, el diseñador de modas que había sido una inspiración durante gran parte de su vida. Nunca lo había visto de tan de cerca aunque sabía que estudiaban en la misma facultad; pero recordaba esos ojos tan penetrantes e inexplicablemente inocentes de una de las tantas revistas de moda que constantemente compraba. — Y me gustaría saber el tuyo.

S-soy M-Marinette.

Un gusto, Marinette. — Contestó él, guiñándole el ojo de una forma tan atractiva que creyó que se quedaría sin aire, para luego volver a la posición predestinada de su puesto, ignorándola durante el resto de la clase.


¿Por qué la luz entraba de manera tan insistente por su ventana?

¿Y por qué su madre había cambiado los productos de limpieza por unos que tenían tanto olor a desinfectante?

Sentía que un camión le había pasado por encima, cada pequeña célula en su cuerpo dolía tanto que le costaba comprender por qué seguía viva.

Estaba cansada y sentía frío, pero sentía el peso de muchas mantas sobre su cuerpo, conteniéndola. Lo último que recordaba era estar en el sofá del departamento de Adrien, con él jurando que no la había engañado con esa mujer.

Había una especie de mascara en su cara que le permitía respirar con facilidad, que la tranquilizaba; algo que además hacía que sus ojos se sintieran tan pesados que no podía abrirlos siquiera haciendo su mayor esfuerzo.

Tal vez podía volver a dormir un rato más.


¿En qué estaba pensando cuando decidió que era buena idea usar vestido para ir a un lugar tan helado como la Catedral de Notre Dame? Era el primer trabajo en grupos que tenía que hacer para geometría y Adrien había gritado delante de todo el curso que serían pareja.

El semestre estaba a punto de terminar y haciendo retrospectiva, se sorprendía de lo mucho que había aprendido sobre el rubio. Era encantador, todo un caballero; en las mañanas había comenzado a comprarle cafés para ayudarla a mantenerse despierta, la saludaba con un beso en la mejilla cuando se la encontraba, ¡E incluso se había conseguido su número de teléfono con el novio de Alya!

Su misma amiga la había obligado a enfundarse ese vestido azul con corte princesa, algo innecesario; ya que solo debían ir a el sitio histórico que les había tocado para tomar fotografías y luego replicarlas utilizando sólo cuerpos geométricos. No era una cita, Marinette lo repetiría hasta el cansancio.

-—Bichito…—Adrien susurró, acomodando uno de sus cabellos detrás de su oreja para llamar su atención. Ella se dio la vuelta para evitarlo, tapándose el rostro con las manos. — Mari, por favor.

Guarda esa cámara. —Nuevamente y sin mucho resultado, trató de esconderse. Pero él se colgó sobre el cuello el objeto para poder poner ambas manos sobre las contrarias, alejándolas de su cara con una sonrisa. — Déjalo, por favor, tú eres el modelo.

Pero tú eres mucho más hermosa que yo. — El rubio bajo una de sus manos, llevándola hasta la cintura ajena, consiguiendo que el espacio entre ambos se hiciera prácticamente nulo. — Quiero tener fotos tuyas de nuestra primera cita para mostrárselas a nuestros hijos.

No estamos en una cita, Adrien. — Gruñó la mujer por lo bajo, escondiendo su rostro en el cuello del hombre. — Tenemos que terminar nuestro trabajo para la clase.

Si me das un beso puedo hacerlo yo solo...

¡No te voy a besar! — Exclamó en un tono demasiado alto que llamó la voz de todas las personas que estaba a su alrededor. El otro rio, aprovechándose de la diferencia de estatura que ostentaban para poder besar su coronilla.

Ya vas a caer, bichito. — Marinette no tuvo tiempo de replicar, el rubio se había quitado su chaqueta; posándola sobre sus hombros para abrigarla. Inmediatamente, el olor a Adrien llenó todo su cuerpo, haciéndola sentir inexplicablemente triste cuando él se abrió paso entre las personas para continuar fotografiando su alrededor.

Nunca antes había tenido un chico cortejándola durante tanto tiempo, alguien que no se rindiera a sus constantes negativas y desaires, un chico que la respetara lo suficiente como para no presionarla. Sin mencionar que nunca había conocido a alguien tan guapo que la hacía sentir estúpida.

¡Adrien!— Con habilidad, la chica se movilizó entre la gente, llegando hasta él, quien la miraba divertido. —No quiero que hagas el trabajo sólo.

Sosteniendo la chaqueta con una mano y con la otra, la mejilla del rubio; Marinette se puso de puntitas para poder observar su rostro; Adrien había cerrado los ojos mientras pasaba sus brazos por la cintura ajena para acercarla a su cuerpo.

Tenía miedo, no sabía cómo o qué hacer.

Había una voz en su cabeza que constantemente le repetía que debía haber besado cientos de modelos antes que a ella.

Pero decidió ignorarla con toda su valentía, cerrando sus ojos e impulsándose para que sus labios se tocaran por primera vez.


Marinette despertó de golpe, ahogándose por la cantidad de aire que recibía. Las lágrimas se agolparon en sus ojos y con más fuerza de la necesaria, se sacó la máscara que la estaba ayudando a respirar.

—A-adrien...— La chica buscó al rubio con la mirada pero sólo pudo observar la figura de su madre, quién se acercó hasta la cama del hospital en la que reposaba, presionando un botón que estaba cerca de su cabecera.

—Despertaste, mi amor...— La mujer le sonrió, comenzando a acariciar su flequillo tratando de tranquilizarla pero la menor se alejó, evitando su contacto.

— ¿¡Dónde está!?

La había dejado. Ese imbécil había roto su promesa y la había abandonado cuando más lo necesitaba.

¿En que había pensado cuando creyó que era una buena idea volver con él o incluso conservar ese embarazo? Él ya no la amaba, iba a tener una familia con esa lagarta y ella se quedaría sola con su bebé.

Un niño que todos los días le recordaría que dejó pasar el amor de su vida.

—Hija, tranquila. — Su madre la estrechó con fuerza entre sus brazos mientras una enfermera entraba corriendo a inyectar un líquido extraño en su intravenosa. Marinette trataba con todas sus fuerzas de alejarse, dando manotazos al aire para empujar a su madre — Mari, por favor.

—Me dejó, mamá…

La chica veía a su madre hablar, mover sus labios con una sonrisa triste en ellos; sin embargo no la escuchaba, nuevamente el sueño se estaba adueñando de su cuerpo.

Pero no quería dormir.


Nunca había sido tan feliz.

Se sentía embriagada entre los firmes brazos de su novio, quien acariciaba su piel desnuda.

El tiempo seguía detenido en esa habitación.

Por primera vez se había sentido realmente viva; de hecho casi creyó que su corazón había dejado de palpitar mientras Adrien se había abierto paso por primera vez dentro de su cuerpo.

Sabía que eso era real; los besos, las caricias, las promesas de un "para siempre"

Aun sentía como el hormigueo avanzaba por su cuerpo hasta concentrarse en su vientre; las manos de su novio acariciando su piel, abriendo sus piernas, el aire caliente que él exhalaba sobre su cuello. La silueta de sus cuerpos en la oscuridad, la humedad, el olor penetrante, las manos enloquecidas tratando de descubrir espacios desconocidos que les resultaban tan familiares.

No se suponía que la primera vez tenía que ser tan perfecta; a lo mejor era el amor que la tenía nublada.

Ese era el lugar al que pertenecía.

Buenos días, princesa...— Él susurró sobre su cuello, acariciando la piel desnuda en su vientre. — ¿Pudiste dormir bien?

Es imposible no dormir bien entre tus brazos, amor mío.

Me refiero a si te duele algo...—Adrien besó cada lunar, cada marca de su piel que estaba disponible desde su posición. —Temo haberme emocionado demasiado y haberte hecho daño.

Gatito...—Marinette se volteó, quedando frente a frente a él. Su novio tenía el cuello lleno de marcas que la hicieron sentir tan orgullosa, porque había sido ella quien lo marco como propio. — Sé que nunca podrías hacerme daño, confió en ti.


Se sentía distinta.

Ya no estaba en la cama tan blanda del hospital ni conectada a cientos de cables, e incluso estaba respirando por sí misma.

No quería abrir sus ojos y comenzar a recuperar la consciencia; a penas lo hiciera volvería a sentirse miserable, a reconocer la posición de soledad en la que estaba.

Estaba aún más adolorida si era posible. La habitación estaba gélida pero sentía mucho calor en el lugar donde estaba recostada, quizás tenía una manta térmica bajo ella; idea que descartó cuando comenzó a sentir el sutil vaivén de una respiración completamente ajena a la propia, relajándola hasta estar nuevamente a punto de dormirse.

Sin embargo, la presión de una mano acariciando su cabello hizo que abriera sus ojos con más dificultad que las veces anteriores en las que había perdido el efecto de la anestesia.

— ¿Dónde estoy? — Marinette consiguió pronunciar esas palabras, luego de mucho esfuerzo cognitivo para unirlas.

—Estamos en el hospital, bichito…—Adrien susurró, le habían advertido que debía ser cuidadoso con la manera en la que se comunicaba ya que la anestesia tenía un par de efectos colaterales difíciles de predecir. — Sabine dijo que preguntaste por mi cuando despertaste en la noche, lamento no haber estado acá.

—Pensé que me habías dejado…— La chica trató de mirarlo, cerciorarse de que no era una mala pasada de su mente pero sentía que sus músculos no reaccionaban a los impulsos nerviosos que trataba de enviar.

—Yo nunca haría eso, mon petite. —Él suspiró, estrechándola con un poco más de ímpetu entre sus brazos. Ahí, pudo notar que el lugar en el que realmente reposaba eran los brazos del rubio. — Es sólo que únicamente los familiares directos podían quedarse y yo no soy nada tuyo.

—Eres el padre de nuestro bebé, debieron dejarte entrar…Quedarte conmigo.

—Me sentía tan inútil, estaba a una puerta de distancia pensando en que en cualquier momento podía pasarte algo, o me ibas a necesitar y no podría estar para cuidarte. — Marinette hizo un esfuerzo para alzarse, consiguiendo mirarlo a los ojos; encontrándose con la triste sorpresa de que parecía haber llorado. Adrien la sostuvo desde la cintura, cargando con la mayor parte de su peso para que estuviera cómoda y pudiera sostenerse en la posición. — Luego recordé que Nathalie dijo que todo sería más sencillo si nos casábamos…

—No. — La chica lo interrumpió, levantando su mano con torpeza para posicionarla sobre los labios ajenos.

—Yo no quería que así fueran las cosas, pero Marinette…

—Adrien, no. Ni siquiera estoy totalmente consiente.

— ¿Entonces voy a tener que devolver el anillo?

— ¿Compraste un anillo? — La chica sonó algo molesta, dejándose caer sobre el pecho del mayor para no seguir mirándolo. Él comenzó a reír algo nervioso mientras buscaba la caja de terciopelo azul que estaba en el bolsillo de su pantalón, abriéndola para mostrarle el anillo a la chica.

Marinette quedó sin aire cuando lo vio. Era un diamante rosado rodeado de unos blancos de menor tamaño, no quería comenzar a especular pero probablemente era oro blanco; debía haber gastado muchísimo dinero en una sortija que no iba a usar.

—Creo que deberías ponértelo de todas formas…

—No me voy a casar contigo.

—No te estoy pidiendo matrimonio, Bichito. —Adrien sacó el anillo de la caja, posicionándolo en un dedo al azar de la mano derecha de la mujer, ignorando las muchas ganas que tenia de deslizarlo en su anular izquierdo. — Considéralo como una ilusión*; voy a esforzarme para que volvamos a lo que éramos cuando jóvenes y felices, para finalmente recibir un "si" cuando vuelva a proponértelo.

—Sabes que fue un pésimo momento, ¿Cierto? —Marinette rio de forma casi perezosa, acomodándose en el cuello de él para sentir el olor de su perfume.

—Si. Lo siento. — El rubio rascó su nuca cada vez más avergonzado, gesto que no pasó desapercibido ante los ojos de la joven.

—Adrien, gracias por el anillo...

—No es nada, princesa.


La Ilusión es un anillo que funciona como la promesa de pedir matrimonio. Creo que la mayoría de las parejas ya no lo hacen porque es una costumbre muy antigua.

Edición: 27/11/2018