En las profundidades de un bosque, iluminado por la luz de la luna llena, sus gemidos resonaban dentro de una de las tiendas que conformaba un campamento de orcos.

Rias Gremory, heredera legítima al trono, se retorcia de placer al sentir los fuertes empujes que su acompañante producía con fuerza y lentitud, una muy tortuosa para ella.

Su cuello, lleno de marcas rojas, era besado y mordido por su amo con gran afecto que volvía sus piernas gelatina. Ella, como podía, abrazaba su cabeza para que no pudiera separarse de su tarea, cosa que él entendió a la perfección, y al mismo tiempo movía sus caderas al compás con las de él.

Unos segundos más tarde.

Las estocadas se hicieron más rápidas, enviando un claro mensaje que ella entendió a la perfección, sus gemidos se hicieron más fuertes y largos demostrando que aceptaba la rudeza del vaivén.

- ¡M-Me vengo! - gritó llena de éxtasis por alcanzar el máximo placer que se podía conseguir con el acto reproductivo - Ahh... Ahh... Ahh...

Se dejó caer sobre la cama agotada, sin poder sentir la parte inferior de su cuerpo, pero sabía que muy pronto volvería a sentir una intrusión en su intimidad.

- Quiero más... - sonrió al escuchar esas palabras.

Usando sus brazos, y la poca fuerza que le quedaba, quedó boca arriba con las piernas abiertas, abriendo su vagina con los dedos, dando acceso total para su amo, que seguía duro como una roca.

- Ven... - seductoramente habló, invitando a que se sunergiera dentro de ella, con un poco de desesperación - No me hagas esper... ¡Oh si!

La sensación de ser llenada hasta el tope era más que magnífica, no podía vivir sin este tipo de placer, desde ya hace unas semanas que se acostumbró a esto pero se seguía sintiendo como la primera vez.

¿Cómo había terminado así?

¡Oh si!

Ya lo recuerda.

Su padre, Zeoticus Gremory, la había comprometido con el bastardo más grande de todo el planeta, Raiser Phoenix.

Un hombre que solo pensaba en tener herederos como si fueran papas que salen de la tierrra, un idiota petulante con el cerebro de una mosca, con un ego tan grande como su falta de neuronas.

No lo soportaba, nadie en su familia lo toleraba, a excepción de su tonto padre que solo pensaba en ella como moneda de cambió para unir fuerzas con el reino Phoenix.

Por eso ideó un plan, con ayuda de su mejor amiga, y el día de su boda, con el fin de vengarse, dejó a Raiser en el altar como un idiota, más de lo que ya era.

Con su fiel corcel, de nombre Kiba, escapó del castillo Gremory con destino al reino Sitri, y esconderse en dicho lugar.

Sin embargo, no todo salió como esperaba y terminó por perderse en el oscuro y siniestro bosque de Lilith, conocido por albergar monstruos de todo tipo.

Y uno de los más peligrosos eran los orcos, por su fuerza bruta y nivel de combate mayor a la de un ser humano.

Y para su suerte, o desgracia como lo quieran ver, terminó por encontrarse con un grupo de cacería perteneciente de un clan de orcos.

Su captura fue inminente, ademas de la muerte de su fiel caballo, fue llevada al campamento donde se encontraba su líder para decidir que hacían con ella.

Decir que tenía miedo era poco ¡Estaba aterrada!

Todas las historias que sus padres le contaban sobre las horribles y bárbaras bestias comenzaban a llenar su mente.

Cuanto más se acercaba al trono del rey, su miedo incrementaba, perdía las esperanzas de ser rescatada por algún aventurero que iba por ahí.

Los orcos la llevaron a una tienda y, cual sacó de papas, la dejaron sobre una cama llena de pieles y almohadas que adornaban perfectamente el lugar, exceptuando por los cráneos y armas colgadas en la pared, sin desatarla salieron y dieron paso a un grupo de mujeres orcos que la miraban como lo más raro del mundo.

Pensó que iba a ser comida por ella, para su sorpresa, no fue así solo la desnudaron y cambiaron con ropas típicas de su tribu.

Al ver su trabajó terminado sonrieron, mostrando sus colmillos, y se fueron como vinieron.

Rias no entendía lo que pasaba, todo le parecía demasiado extrañó como para comprenderlo.

¿Porque le cambiaron la ropa?

¿Acaso tienen un extraño fetiche?

No obtuvo respuestas, las horas pasaban y los intentos por escapar terminaron en un rotundo fracasó.

Solo podía esperar lo que tenían planeando con ella.

Un total de tres horas estuvo Rias sentada sobre la cama mirando y jugando con los artículos de las paredes.

Un gruñido la hizo volver en sí, y con miedo, dio una vuelta para encontrarse a un joven de melena castaña, hasta la parte baja de su espalda, ojos marrones profundos y un cuerpo tonificado lleno de cicatrices, que seguro se hizo en peleas, sus mejillas se enrojecieron fuertemente y no porque fuera guapo, y si lo era, sino por que el muchacho estaba completamente desnudo mostrando lo que sería su virilidad, a lo que ella confundió con una anaconda.

Con una vuelta completa, evitó seguir mirando, mostró su blanca espalda y su culo respingon, cosa que lo excito, acción que solo lo hizo sonreír y calentó por la hermosa vista que le ofrecía.

Lo estaba seduciendo, o eso era lo que entendía, sus subordinados le dijeron que habían encontrado a una hembra perfecta para él.

Y tenían razón.

La mujer frente a él, dándole la espalda, era perfecta, a sus ojos, lindo rostro, ojos suaves y inocentes, y un cuerpo de infarto.

Si, está mujer, iba a ser suya.

Se acercó, a paso lento pero firme, lo suficiente para que sintiera su respiración caliente con un brazo la atrapó contra su pecho, ella solo soltó un gemido de sorpresa, sus manos comenzaron a explorar cada parte de su cuerpo, comenzando por sus delicadas piernas hasta sus enormes pechos.

Apretó su mano derecha, y a su vez el seno, la suavidad y elasticidad eran perfectas, para su deleite, no pudo evitar gruñir por eso.

Las duras, y calientes, manos del chico acariciaban sus pechos como si fueran suyos, sacándole gemidos sordos, su cuerpo comenzaba a calentarse y no sabía el porque.

- Ahhh... - gimio al sentir algo entre sus dos nalgas.

Su pene estaba erecto y listo para la acción, la deseaba tanto, pero queria seguir jugando con ella un rato más, debía soportar un poco más y luego haría que gritara su nombre.

Su nombre...

Cierto, recién se daba cuenta, nunca le dijo su nombre o le preguntó el suyo.

- ¿Tu nombre? - susurró repartiendo besos por todo su cuello.

- ¿Q-Qué? - preguntó en trance por el placer.

Gruñó por no recibir una respuesta - Tu nombre - esta vez sonaba duro y demandante.

- R-Rias... Gremory... - le había gustado que le hablará rudo.

- Rias... - repitió con un gruñido ronco - Me gusta...

Sintió uno de sus dedos, rasgando la tela que cubría su intimidad, sumergirse dentro de su vagina acariciando su hinchado clítoris con el pulgar.

- N-No... ¡Ahhh! D-Detente... por favor - su toque era delicioso - ¡No~! V-Vas a ser que me corra...

- Hazlo - autorizó aumentando el movimiento de sus dedos - Y quiero que grites mi nombre.

- P-Pero no sé tu n-nombre... - él sonrió y susurró algo en su oído - ¡Ohh! ¡M-me corro! ¡Issei~!

Mierda.

Eso fue demasiado perfecto.

Oírla gritar su nombre, por todos los dioses, fue una de las melodías más hermosa que escucho en toda su vida, después de los cantos que su madre le daba antes de dormir.

Rias no pudo sostenerse por más tiempo, con delicadeza y lentitud, la dejó caer sobre un manto de pieles.

Su respiración era jadeante, trataba de recuperar el aire que perdió por el gritó que solto hace un par de segundos; una mano estaba sobre su cabello, acariciando su melena roja, levantó la vista para encontrarse frente a frente con la anaconda completamente erecta y dura como una lanza hecha de roca.

Trago duro al verlo moverse, ¿Tenía vida propia?, y un extrañó líquido se deslizaba por el glande hasta llegar a las pesadas bolas, llenas de esperma.

- No temas.. - lo oyó decir con un ligero tono de broma - No muerde.

Froto su mejilla contra su longitud rígida, cual espada de hierro, sintiendo el fuerte olor y calor que desprendía.

Rias entendía muy bien el mensaje, uno más que claro para ella, se relamio los labios con una sonrisa y depósito un suave besó en el tronco.

Suspiró de gozo, para deleite de Rias, y dejo que ella siguiera su propio ritmo, no la quería lastimar, apretó los dientes al sentir la lengua recorrer todo el glande hasta la punta, donde depósito un delicado besó.

Metió la punta dentro de su boca, saboreando el pre-semen, para después devorar un poco de su pene.

Salado y raro, era como lo describía, no le gustaba pero tampoco lo odiaba, muy adictivo, siguió su camino hasta que sintió la punta golpear la entrada de su garganta.

- Mirame... - demandó sujetando una generosa cantidad de cabello rojo, sin brusquedad, Rias cumplió su orden y lo miró dominada por la lujuria - Te ves hermosa con mi verga en la boca. Dime, Rias, ¿Te gusta su sabor? - ella asintió, sin dejar salir su virilidad de su boca - Fufufufufu pues estás de suerte, porque pienso dejar que me la chupes todos los días.

Sus palabras resonaron en su mente, como el eco de una cueva sin salida, sentía que sus piernas se volvían agua y su intimidad comenzaba a expulsar jugos de amor por todo el suelo, y él lo notó por su olfato.

Ya estaba lista.

Sonrió, mostrando algunos colmillos, retrocedió sacando su pene de la caliente boca de Rias, que gimio en desaprobación, y se sentó al filo de la cama, sin despegar la vista de sus ojos llenos de lujuria.

- ¿Qué esperas, Rias? Ven aquí y inserta mi pene dentro de ti - ella se acercó, meneando las caderas, arrastrándose en cuatro patas, como una perra en celo.

La ayudó a subirse sobre su regazo, con su pene siendo bañado por sus jugos femeninos, asegurando sus brazos alrededor de su cuello y sus piernas a cada lado de sus muslos.

Comenzó a bajarla, despacito y suavemente, llenando poco a poco su interior con su enorme verga hasta llegar a una barrera que le evitaba llenarla por completó.

Rias lo miró, presa de la lujuria, y asintió para que pudiera seguir su caminó dentro de ella.

Movió su cadera, con un poco de fuerza, rompiendo su himen y dándole la bienvenida a un mundo lleno de placer.

Lo que siguió fueron horas y horas de puro sexo placentero para ambos, ninguno queria detenerse, al ser llenada por tercera vez; recordó que los orcos tenían un perfume especial que volvía sumisa a cualquier mujer en la tierra y por eso ella fue fácil dominar.

Pero ya no importaba.

Issei era el hombre de sus sueños, amable y cariñoso, demostró ser un amante muy complaciente en todos los aspecto, pero alguien insaciable en la cama, ademas de contarle su historia al ser mestizo del antiguo patriarca orco y una humana perteneciente de un reino ya destruido y perdido en el tiempo.

La tribu de orcos fueron amables con ella, cosa que agradeció, aceptandola con suma rapidez y enseñándole todo lo que tenía que saber.

Su vida no fue la misma desde ese día, a veces los cambios significaban cosas mejores, y no la cambiaría por nada del mundo.

Y ahora, como todas las noches, Rias estaba recostada sobre la cama siendo penetraba al puro estilo animal, como lobos en primavera queriendo procrear crías, buscando la mayor penetración.

- Rias... - sabía lo que venia, y lo ansiab a tanto como él.

- Dentro... lo quiero dentro... ¡Isseeeeei! - el orgasmo la golpeó con un choque eléctrico, que recorrió todo su cuerpo, sintió que la semilla la llenaba y se desbordaba por toda su intimidad, dandole una vista sezy de su culo.

Issei se dejo caer sobre ella, sin aplastarla, pasando su brazo por su vientre llevándola contra su pecho dispuesto a dormir y dejarla descansar.

Rias se acurruco contra él, sintiendo su calor, jugando con su melena castaña hasta hacerlo dormir contra su pecho desnudo.

- Duerme mi lindo Issei - susurro con amor y cariño en sus palabras - Y tu también, crece sano y fuerte como tu padre.

Acariciando su estómago con una sonrisa de oreja a oreja.

FIN