Bajó del autobús y se encaminó hasta la estación. Se encontraba un pequeño pueblo a las afueras de Montana. Aspiró el puro aire de Montana y se llenó los pulmones, hacía mucho tiempo que no estaba allí, se sentía bien volver a casa. Buscó a Sango por toda la estación y nada, bufó alto. Su hermana era tan servicial, tres días de viaje en un tren sin aire acondicionado y uno en autobús no eran un buen plan de viaje para una embarazada.
Su cuerpo sufrió un escalofrío ante ese pensamiento.
—¿Kagome? –la chica se dio la vuelta. –¡Kagome!
Un chico de melena negra y ojos celestes le dio la bienvenida con un efusivo abrazo, que ella gustosa correspondió.
—Mira como estas –ella sonrió. –, no has crecido nada. –Koga empezó a reír llevándose un pellizco en el brazo. –¡Auch!
—¿Que manera es esa de saludar? –gruñó.
—Sólo digo la verdad. –respondió sobándose el brazo.
Koga era el mejor amigo de Kagome desde siempre, el vivía junto a su casa también desde que tenía memoria, fueron amigos desde pequeños, Koga representaba un hermano mayor para ella.
—Y dime, enana, ¿qué te hizo volver? –preguntó y ella se tensó. –, creí que tu vida como californiana iba más que bien.
—Digamos que las cosas se salieron de control.
Miró hacia otro lado.
—No es raro viniendo de ti.
—¿Sabes?, mejor cállate y llévame a casa. –ordenó con una sonrisa. –Sango me ha olvidado de nuevo.
—O no te encuentra. –rió y ella también.
Caminaron hasta el auto. Koga tenía un Dodge Charger 1970, era un precioso clásico, era genial. Subieron al coche y Koga se encargó de ponerlo en marcha hacia la casa de su madre, en el camino hablaron de cosas variadas. Las buenas nuevas no tardaron en llegar, Ayame, la novia de Koga, estaba embarazada de unos tres meses. Ayame era una linda chica peliroja que había sido estudiante de intercambio desde Rusia en la secundaria, su pelo rojo y sus ojos verdes la delataban. Se conocieron en la preparatoria y Ayame se había enamorado de Koga dos años después de su llegada, y pues ella solo les dio un empujoncito, para que el idiota abriera los ojos. Pues ahora estaban viviendo juntos y estaban esperando un bebé, ya podía oler su lugar de dama de honor en una próxima boda.
Rió por sus pensamientos. Llegaron a la casa de su madre, el enorme patio delantero tan verde como lo recordaba, Koga bajó para abrir el portón y poder pasar a la casa, no estaba la vieja cafetera roja en el garage así que Sota no estaba. Bajó del auto cuando Koga apagó el motor y vislumbró la puerta abierta.
La casa de su madre era constituida por dos plantas, con tres habitaciones, una cocina, una sala, un garage, dos baños y una biblioteca. Su padre había hecho un buen trabajo construyéndola, lo único que les pudo dejar aparte del viñedo que lo dirigía su tío y con eso su madre podía mantener la casa. Ya en el porche Kagome gritó entrando a la casa.
—¡Mamá!, ¿estás en casa?
No le había avisado a su madre que iba de visita una larga temporada, Sango le había dicho que era mejor darle la sorpresa en persona. Ya luego le explicaría todo.
—¡Hola bebé! –saludó su madre a Kagome. –¿porque no me dijiste que vendrías?
Koga ahogó una carcajada ganándose un golpe en el estómago de parte de la pelinegra, su madre siempre la llamaba bebé cuando venía de visita después de una larga temporada.
—¿Cómo has estado hija? –preguntó abrazándola.
—B-bien mamá, pero m-me estas dejando sin a-aire.
—¡Uy! Lo siento hija. –dijo soltándola
Kagome respiró y luego sonrió. Su madre la había hecho entrar a la cocina y empezó a relatarle su viaje con Koga a su lado.
-o-
Entró al edificio con todos sus demonios al descubierto, Inuyasha Taisho no estaba de buen humor esa mañana. Su secretaria suplente, Rin, se acercó a el temerosa con una libreta de mensajes.
—Buenos días, señor Taisho –él asintió respondiendo a su saludo. –, señor Taisho, no quisiera molestarlo pero su esposa ha estado llamando toda la mañana preguntando por usted, yo no sabía dónde se encontraba y no quería molestarlo a tan tempranas horas...
Él siguió caminando captando cada palabra de su secretaria, Rin continuó al saber que tenía su atención.
—La señora Kikyo dijo que le dijera exactamente las palabras "Más te vale tener una buena excusa esta vez Inuyasha porque si no te voy a... "
—Creo que entendí el mensaje Rin. –respondió interrumpiéndola.
Inuyasha suspiró, su secretaria no era más que una niña de dieciocho años que estaba estudiando en la Facultad. Ella no tenía la culpa que cierta mujer se estuviera escondiendo de él, volvió a fruncir el ceño y apretó sus puños.
—Cancela todas mis citas y no quiero recibir ninguna llamada.
—Pe-pero señor...
Entró a su oficina y le cerró la puerta en la cara Rin. La nombrada suspiró ante el genio de su jefe y se sentó en su escritorio al lado de la puerta, tendría un largo día por delante y todo porque la señorita yo amante del año rebelde se acobardó. Mataría a Kagome cuando la viera, su hermana nunca cambiaría.
En la oficina Inuyasha tenía una insoportable jaqueca, se había quedado a dormir en el departamento que había comprado con Kagome a su nombre, con la esperanza que todo fuera una estúpida broma y ella regresara y entrara por la puerta, cosa que no pasó. Cuando despertó era realmente tarde, cosa que no le importó mucho. Pero el genio había saltado al igual que el agua cuando hierve. Kagome tendría que tener una buena excusa para cuando la encontrara, el jueguito del gato y el ratón nunca le había gustado, pero tenía un sentimiento de posesividad con ella y no la dejaría ir tan fácil. Ella no lo sabía pero la había escuchado y sentido las millones de veces que se quedaba despierta, esos te amo que solo le decía cuando estaba dormido no los dejaría pasar así como así. Se había hecho el tonto ya mucho tiempo. Era el momento que sacará las garras y reclamara lo que le pertenecia por derecho, y si ella se había ido con otro hombre que solo se cuidara de que no la encontrara, le dejaría claro que a él era al que amaba, y ella le pertenecía. Y a él, a él que simplemente no tocara lo que era suyo.
Conocía la naturaleza de Kagome. Era una fiera de mujer, una mujer que le gustaba hacer lo que quería sin que le reprochara nadie nada, si no la conociera, pensaría que era una perdida que andaba con cada hombre que se le atravesara. Pero tenía aire profesional y eso eran, solo amantes, sin sentimientos, pero él no quería que lo dejara, no quería que se fuera con otro y que otro le hiciera sentir lo que él. Sus ojos centellaron imaginándola en la cama de otro. No la dejaría, no...
—Señor Taisho, su esposa esta aquí.
Suspiró ante el llamado de Rin.
—Hazla pasar.
Y la puerta se abrió tan sólo término la frase dando un golpe seco. Tendría una mañana ajetreada. Kagome y su estúpida partida no traían más que problemas.
-o-
Kagome podía sentir como todo a su alrededor daba vueltas, su estómago se revolvía asquerosamente y su garganta ya no aguantaba.
—Kag, ¿estas bien?, estas pálida.
—Si, mamá. Estoy bien, ¿pero no sabes si Sango estará ya por llegar?
La tarde estaba por llegar a su final y no había noticias de Sango. Sus dos hermanos mayores aún estaban ausentes. Era increíble que cuando más los necesitara no se encontraran. Ya había llamado con el teléfono de la casa a Sango más de diez veces—ya que había dejado su celular en el lugar al donde no quería volver—y no contestaba y ni una de sus llamadas. Koga por su parte ya se había ido a su hogar, que no quedaba tan lejos en realidad. Su madre había preparado la cena y ella estaba sentada en frente de toda la comida y sus ganas de vomitar junto con las arcadas no ayudaban para ocultar su estado. Su madre movió negativamente la cabeza en señal de respuesta a su pregunta y le acercó su plato hacia ella, el humo y el olor fueron el detonante.
—¡Tu, maldita pitufa del demonio! ¿¡Como crees que...!?
La riña de Sango quedó en el aire cuando su hermana pequeña salió corriendo hacia el baño con la mano en la boca. Se podían escuchar claramente los sonidos de Kagome descargando su estómago en el retrete. Sango rápidamente trato de despistar a su madre que estaba absorta con lo que veían sus ojos. Naomi no era estúpida y eso solo significaba una cosa.
—¡Mamá!, ¿por que no sirves la cena? Estoy tan hambrienta que...
—¿Tu sabías que está embarazada? –fue más una afirmación que una pregunta.
Sango suspiró matando mentalmente a Kagome.
—Siéntate, Sango. –ordenó su madre. –Ahora, explícame.
-o-
Inuyasha dejó los papeles bruscamente tendidos en el escritorio con un suspiro de irritación. El día había sido un total asco, su mal humor se había intensificado cuando discutió con Kikyo. Frotó sus sienes con fuerza, una horrible jaqueca. Suspiró por última vez y se recargo en su silla. El edificio estaba vacío, Rin se había despedido de el hacía ya varias horas no sin antes preguntarle si necesitaba algo más. El silencio de la oficina fue cortado por el sonido del móvil en su bolsillo, más no era el de él. Era el destrozado de Kagome. La pantalla estaba toda estallada y le faltaba una gran parte de la tapa de atrás por el golpe ocasionado la noche anterior pero aún así seguía operando sin problemas.
Lo sacó del bolsillo y miro que ya estaba prendido. La foto de Kagome con un bebé recién nacido estaba de fondo de pantalla. Ella sonriendo a la cámara con sus enormes ojos marrones que brillaban ante el flash. Deslizó el dedo por la misma y este se abrió completamente. Kagome siempre había dicho que era absurdo tener contraseña en el teléfono si no tenía nada que esconder. Sonrió ante el recuerdo de su testaruda amante. El mensaje de la factura del teléfono fue el que lo había hecho sonar. Inuyasha lo pensó unos segundos antes de entrar al registro de llamadas, ¿porque no lo había pensado antes? Kagome era tan despistada que de seguro había olvidado borrarlo. Y tal como lo sospecho ahí estaban todas sus llamadas hechas hace una semana. Eran números sin agendar la mayoría menos uno que era agendado con el nombre de "Doctor Shinchintai"
Inuyasha arrugó la frente ante ese número. Para que Kagome llamara al doctor algo grave tendría que haber pasado, no era de las que les gustaba andar cada cinco horas en el hospital. Sin titubear marcó el número del doctor y se lo llevó al oído.
Sonó una... dos... tres... cuatro y cinco veces hasta que contestaron.
—¿Kagome?
La voz de un hombre, aparentemente, joven atendió la llamada. Inuyasha se molestó ante el apelativo tan de confianza que tenían aquel hombre y su mujer. Tomó aire y contestó.
—Buenas noches, mi nombre es Inuyasha Taisho.
—Buenas noches, señor Taisho. –contestó profesionalmente. –¿Podría decirme quien es usted y que hace con el número de uno de mis pacientes?
El tono que había usado Bankotsu había hecho que Inuyasha apretara los puños, ¿quien se creía el para hablarle así? Claramente se escuchaba el deje de desconfianza, ironía y burla en aquel doctor de quinta.
—Soy la actual pareja de su paciente. –aclaró. –Y quisiera saber que puedo hacer para que ella se sienta mejor, ha estado con algunos dolores últimamente.
Mentir era lo único que le quedaba. Si le preguntaba porque ella lo había llamado a él era obvio que no tendría ninguna información. Además, si había llamado a un doctor era porque ella había tenido algún problema de salud. Y lo mejor era saber que fue o que era lo que le estaba pasando.
—¿Paso algo con el feto?
El tono de Bankotsu había cambiado a uno preocupado de un segundo al otro.
—Supongo que solo son un par de semanas, pero el diagnóstico no llegó a decir que era de alto riesgo y los análisis de sangre llegarán en una semana. –la línea quedó en silencio un par de minutos. –Si Kagome esta sintiendo dolores debe venir a mi consultorio mañana por la mañana, puede ser peligroso si no lo observamos de cerca. Tengo entendido que su familia tiene antecedentes de partos de alto riesgo y cesáreas difíciles de parte de su familia claro. ¿Mañana puede venir acompañada por usted señor Taisho? No quiero que conduzca si esta sintiendo... ¿Señor Taisho...?
Inuyasha Taisho estaba piedra en su lugar. ¿Feto? ¿Parto? ¿Embarazo?. Sus neuronas hicieron click en ese momento. Kagome estaba embarazada, Kagome estaba esperando un hijo suyo. Un jadeo de sorpresa salió de su garganta y su mente quedó en blanco. Un bebé... tendría un bebé de Kagome.
—¿Señor Taisho sigue allí?
El platinado salió de sus pensamientos ante la voz del doctor.
—Si, si lo siento. Por el momento no estamos en la ciudad –volvió a mentir. –, así que no se si podremos asistir mañana por la mañana.
—Si es así por favor asista a la clínica que tenga a mano. No es bueno hacer viajes largos en su estado.
—Si, si, muchas gracias doctor. Buenas noches.
—Buenas noches.
La línea se cortó y los sonidos del teléfono era lo único que se escuchaba. Más Inuyasha aún estaba en shock. Ahora si, buscaría a Kagome por cielo, mar y tierra si era necesario. Pero encontraría a la madre de su futuro hijo.
Miércoles veintiséis de diciembre.
