Parte 3.
Kagome miraba a su madre quien tenía el ceño fruncido ante tal explicación. Si bien, su hija no había sido nunca un modelo a seguir siempre creyó que sería más madura a su edad de veintitres años. Cosa que no estaba ni asomándose por la puerta.
—Entonces es casado.
Si.
—Tu sabías esto. –afirmó viendo a su hija mayor.
—Si.
Naomi suspiró ante sus hijas y frotó sus ojos son ambas manos. Estaba totalmente anonadada. Su hija menor estaba embarazada de un hombre casado al que no le importaba ni ella ni su bebé. Más lo último lo había asegurado Kagome.
—Kagome, no puedo creerlo. –Naomi la miró con la frente fruncida. –Ya tienes bastante edad para saber lo que haces. No eres una adolescente. Es hora que asumas tus responsabilidades.
El tono duro de su madre hizo que Kagome temblara. Pero no se dejó intimidar, su madre era fuerte y ella también.
—¿Él lo sabe?
—¡Claro que no! ¿Quieres que muera?
Kagome miró a su madre con llamas en los ojos. Naomi le envió la misma mirada desafiante. Ambas Higurashi con temperamento de los mil demonios y ninguna se iba a quedar atrás. Sango sudó frío nerviosa. Su madre y su hermana estarían a punto de matarse si no hacía algo pronto.
—¡Buenas noches, familia!
El mayor de los hermanos Higurashi entró por la puerta principal con su pequeña hija de dos años en brazos. Los ojos achocolatados de Sota desviaron la atención de las dos fieras en la mesa. La pequeña Akari se acercó a Sango a pequeños pasos y ella la recibió gustosa en brazos; la casa rápidamente se llenó de risas infantiles y el ambiente de tensión se disipó. Sango abrazó a su cuñada Hitomi y ésta sonrió devolviendo el abrazo. Naomi abrazó a su hijo y luego Sota miró con sorpresa a su hermana pequeña. Ésta última se llevó un abrazo más fuerte que el de las demás. Hacía demasiado tiempo no visitaba a su familia y podía ver que la extrañaban. Hitomi también se acercó a ella y la abrazó con la misma fuerza que su esposo.
—¡Kagome! No sabía que habías llegado. –Hitomi la soltó y está sonrió.
—Quería que fuera sorpresa. –murmuró calando aire de nuevo.
—Y vaya sorpresa.
El tono molesto de su madre la hizo fruncir la frente.
Más Naomi estaba en una lucha interna. Estaba feliz por que su hija estuviera embarazada, tendría más nietos. Pero el hecho de que se haya acostado con un hombre casado era lo que le estallaba los nervios. Y solo había una explicación lógica para eso. Kagome amaba a ese hombre, pero esa conversación sentimental la tendrían mañana por la mañana. Esa noche, le daría algunos regaños antes de saltar de felicidad.
Sota miró a su madre y a su hermana para luego guiar su interrogativa a Sango. Ella solo negó.
—Bueno, la cena esta noche será ligera. –Sota rompió el silencio incómodo. –Ordené comida china.
Pudieron ver como el rostro de Kagome casi, casi se ponía verde del asco y salía corriendo al baño.
—Kagome esta embarazada.
La afirmación de Hitomi sorprendió a su esposo quien la miró entre sorprendido y enfadado. Sango solo pudo negar con la cabeza.
—Esto se pondrá feo...
-o-
Inuyasha dejó las llaves del auto en la mesita del recibidor de su casa, la casa que compartía con su esposa Kikyo desde hacía ya seis años. Las tres de la madrugada, recién había salido de la oficina y había ido directo a su casa. El olor a alcohol estaba presente en su ropa pero su conciencia estaba tranquila. Solo tenía una cosa en la mente y era Kagome y su futuro hijo. Una cosa era segura en todo el lío que tenía, Kagome se había ido para no perjudicar su matrimonio ni su posición en la empresa. Suspiró con cansancio y se dirigió a la cocina. Kikyo estaba durmiendo. Estaban muy peleados e ir a dormir con ella no era una opción, pero tampoco tenía ganas de hacerlo.
Llevándose una botella de vino se encerró en el despacho de la casa y empezó a tomar. Aun no asumía que Kagome pudiera estar embarazada. Estaba molesto, más que molesto, furioso. Si bien no eran una pareja estable, él era el padre ¡Joder! Tenía más que derecho a saberlo. Era estúpido seguir mintiendo. Muy tarde o temprano se iba a enterar. No podría esconderlo por siempre ¿que acaso no tenía pensado volver? La respuesta era un concreto no.
Saco otra vez el celular de Kagome de su bolsillo y miró la rota pantalla. Deslizó uno de sus dedos y la foto familiar de los Higurashi estaba en la pantalla de inicio. Los hermanos Higurashi eran muy parecidos, los cuatro con el pelo castaño y los ojos achocolatados. Kagome seguía sosteniendo a la bebé en sus brazos con una sonrisa y la madre estaba a su lado y al otro, suponía, la madre de la niña. Kagome le había dicho que ninguna de sus hermanas tenían hijos y no pensaban tenerlos en un largo tiempo. Ella le había dicho también que amaba a los niños y se notaba a la leguas que amaba a su sobrina. Kagome había compartido muchas cosas de su familia con él, Kagome le había dicho todo sobre ella, Kagome le había dicho tantas cosas y no sabía si era verdad o simplemente eran mentiras. ¿Como confiar en una mujer que claramente tenía una relación con el basada en mentiras? Más, él no era ningún santo. Entendía el por qué de Kagome por huir, el por qué querer desaparecer del mapa, pero lo que lo enervaba era la poca consideración hacia él. ¿Que acaso no pensaba en él y sus decisiones? Con eso le dejaba bien claro que no.
Su celular sonó en la mesa avisando que un mensaje había llegado.
"La tengo ;)"
Sonrió triunfante ante esa afirmación. Miroku sin duda era el mejor policía de todo Estados Unidos. Se relajó en su asiento recargando todo su cuerpo sin quitar su sonrisa. La tenía y ya no la dejaría ir, primero tendría que arreglar su matrimonio y luego empezar otro. Solo esperaba que Kagome creyera esta vez en él.
-o-
Siete y media de la mañana, era un horario anormal para el sábado de Kagome Higurashi, pero ahí estaba frente al retrete devolviendo la cena china de la noche anterior. Las náuseas era lo más horrible que en su vida había experimentado, pero con eso le dejaba claro que su bebé estaba más que bien. Sonrió ante el pensamiento de que en unos meses tendría un bebé para poder cuidar. ¡Amaba los niños! Y tener un bebito propio era lo que más ilusionada la tenía. Lavó sus dientes y salió hacia la cocina, estaba hambrienta y en esos momentos no le importaba descargar su estómago cinco minutos después. Entró y Sango estaba preparando el desayuno.
—Buenos días. –saludó a su hermana.
—Buenos días... –saludó ella de vuelta.
—¿Y mamá?
—Mamá los sábados se va a la finca para poder revisar los viñedos y el conteo del mes junto con el tío.
—¿Y Sota?
—Sigue durmiendo junto a su familia en la casa de atrás.
La casa de atrás era una pequeña cabaña para invitados donde la mayoría de las veces ocupaba su hermano los fines de semana. Pero eso no era lo que preocupaba a Kagome; el tono que había usado Sango estaba cargado de preocupación. Kagome tomó una tostada seca y la llevó a su boca antes de preguntar.
—¿Que pasa?
Sango no contestó al instante, apagó la cocina y dejó las tortitas en frente de Kagome. La miró con seriedad.
—Te voy a preguntar algo y quiero que pienses bien la respuesta antes de contestar.
Kagome dejó de comer y miró a su hermana. Sango suspiró antes de hablar.
—¿Tu amas a Inuyasha Taisho?
—¡Por supuesto que no!
Casi escupió la leche y las tostadas por la precipitada respuesta, se dio cuenta que los nervios de la pregunta habían hecho que Kagome quedará pálida. Sango miró aún igual de sería a su hermana pequeña y está trató de ignorarla mirando hacia otro lado.
—No puedes engañarme, puedes engañarte a ti misma pero a mi no.
Kagome suspiró dejando la taza de leche caliente en la mesa y miró con las perlas marrones de sus ojos a Sango.
—Aunque yo le tuviera... cariño... –hizo una pausa. –...a Inuyasha nada cambiaría. –la miró. –No dejaría a su esposa para vivir conmigo y cuidar del bebé, no lo haría Sango, ni siquiera se si querrá conocerlo o si está mucho mejor no sabiéndolo. –suspiró. –Así que prefiero hacerme la idea de que si puedo por lo menos no tener sentimientos hacia Inuyasha, tendré el consuelo de que no sufriré por él, ni yo ni mi bebé.
Sango miró con tristeza a su hermana. Tenían demasiada lógica las cosas que decía Kagome como para contradecirla. Por lo menos en eso era madura, pero no justificaba el hecho de que huía de su propia felicidad por la del hombre, aunque ella lo negara, claro. Suspiró y sonrió ante la mirada perdida de su hermana.
—Kag, lo que sea que consideres correcto de ahora en adelante yo estaré contigo. –tomó su mano. –Saldrás de esta y yo estaré contigo en caso de que caigas. Pero debes admitir que esto es un tema delicado. Si Inuyasha se entera que le has escondido al bebé, no se...
—Sango, se a lo que me enfrento. Pero no lo dejaré, él no me quitará al niño. –Kagome frotó su rostro con cansancio. –No se en donde tenía la cabeza en esos momentos.
—Yo si lo sé.
Ambas rieron y el brillo característico de los ojos de Kagome que antes se había extinguido estaba de nuevo, aun más brillante que antes.
—Gracias, San.
Unos cortos pasitos se escucharon en el pasillo.
—¿Kari, eres tu?
El grito de Kagome hizo que los pasitos fueran más rápidos y una Akari sonriente saltara a los brazos de su tía.
—Benos días, tía Kag.
—Hola, mi amor. –la alzó en brazos y si sobrina la besó.
—¡Hey! ¿Ya te olvidaste de tu tía Sango, acaso?
Akari con sus oscuros cabellos y sus ojos marrones rió para besar a Sango también.
—¿Como has dormido, Kari?
—Bien –sonrió. –, pero papá ronca mucho.
Ambas sonrieron divertidas empezando a desayunar con su sobrina junto a ellas.
-o-
—Bueno, las cuentas son las mismas.
—Si, Naomi. No debes de preocuparte.
—Kirihito, ¿entonces crees que es buena idea el traer a Kagome aquí?
—Si, me tomaré un descanso y ella podrá seguir el negocio Higurashi mientras yo me tomo unas cortas vacaciones.
El tío de Kagome, Kirihito Higurashi le sonrió a Naomi tranquilizándola. Naomi agradeció con la mirada la ayuda de su ex cuñado, todo el tiempo desde que su esposo había fallecido la había apoyado con sus hijos y el viñedo. Estaba demasiado agradecida. Más Kirihito lo hacía por más que simple familiaridad, pero Naomi tenía un corazón fiel a su hermano aún después de muerto, él amaba eso, la amaba a ella. Su cabello negro azabache corto y sus ojos azules hacían que su rostro se iluminará...
—¡Hey! ¡Kirihito!
Kirihito salió de su ensoñación con el grito de su ex cuñada.
—Dime, Naomi.
—¿Te molesta si yo voy a la finca a dejar los papeles?
—Por supuesto que no. –Kirihito sonrió y asintió. –Te esperaré aquí.
—Gracias, no tardaré.
Naomi estaba vestida con unos pantalones de montar con una camisa a cuadros y una botas beige. Subió al semental y Kirihito la vio alejarse del viñedo donde estaban rumbo a la casa. Naomi bajó del semental y lo dejó en el corral antes de entrar a la casa. En la oficina dejó los papeles en el escritorio y el teléfono empezó a sonar.
—Viñedos Higurashi, en que puedo ayudarle.
Naomi escucho con tranquilidad cada palabra de la persona con quien hablaba. Estaba sorprendida y tenía muchas preguntas que hacer pero eran más las que el hombre del otro lado de la línea estaba preguntando.
—Escuche, yo ahora no estoy con ella. –explicó. –Pero si me permite yo primero quisiera hablar con usted. Si, exactamente de ese tema. Soy su madre. Muy bien, anote, le daré la dirección. Por favor, mañana por la mañana en mi casa, –ordenó. –hasta luego señor Taisho.
-o-
Se acostó en la cama matrimonial de aquel polvoso departamento. Llevó su mano hacia su cabeza, gimió de dolor ante el enorme chichón en el. Suspiró y apoyó despacio la cabeza en la almohada. Las cosas con Kikyo habían salido mal, muy mal. Bien, la cosa fue simple. Discutieron como era de esperarse; ella empezó a reprocharle de Kagome que, para su sorpresa, ella sabía todos sus movimientos, los días en los cuales se veían, sus salidas, los mensajes, todo. Él no se molestó en negarlo. Lo último que vio de Kikyo fue el enorme y carísimo jarrón de la sala estampado contra su cabeza. Los gritos de Kikyo resonaron en su cabeza, la frase No vuelvas" fue la mejor opción que pudo darle antes de dejarlo inconsciente. Salió tambaleando de la casa hacia el auto. Trató de no chocar en el camino al otro lado de la ciudad. Su vista era borrosa pero eso no le impidió llegar sano y salvo. Y así como había llegado se había tirado en la cama donde tantas noches compartió con su Kagome. Aun no podía creer la conversación que tuvo con la madre de Kagome. La mujer se notaba molesta y nada contenta. A él poco le importaba. Ni ella ni nadie la alejaría de su hijo, más, Kagome lo escucharía con todo lo que tenía que decirle. Pero por ahora dejaría de pensar en esas cosas.
Suspiró una vez más con más fuerza. Su cuerpo se sentía cansado y dolorido. Agradecía que lo único que pudo romper aquel jarrón fue su labio inferior y parte de su ceja. Bueno, aparte del enorme chichón en si cabeza, pero eso era lo de menos. Tenía todo lo necesario allí. Ropa, comida, aunque sólo fuera sopa instantánea, y lo suficiente para sobrevivir en lo que le quedaba de la noche. Pero el no se levantó. Su cuerpo pedía descanso. Inuyasha acató la orden sin protestar cayendo dormido casi al instante. Aun sin quitarse la ropa de aquel desastroso día.
Jueves veintisiete de diciembre.
