Parte 4.

—¿El tío esta de acuerdo con esto mamá?

—¡Por supuesto que si! Además, la finca es perfecta para empezar con tu embarazo, en casa estarías totalmente encerrada. –Naomi sonrió a su hija.

La finca era una enorme casa con seis habitaciones y tres baños, una enorme sala, el despacho de su padre que ahora pertenecía a su tío, la enorme cocina y una sala de juegos. La madre de Kagome al llegar de su visita en la finca la había arrastrado junto con Sango y su sobrina hacia la casa de campo. Le había dicho las cosas tan rápido que lo único que entendió fue "Te mudas a la casa de tu tío". Y ahí estaba, eran las tres de la tarde y acomodaban las cosas del cual sería su cuarto, el calor que hacía era simplemente asqueroso pero no se podía quejar, la casa era bonita.

—Bueno, –la madre de Kagome miró su celular. –la mudanza llegará mañana por la mañana, así que te dejo lo que queda a ti.

Ella la miró con la boca abierta, literalmente.

—Mamá, primero: estoy embarazada, ¿que demonios quieres que haga en este estado?

—Por cierto, cariño, ¿de cuanto estas? –la interrumpió sin dejar de mirar distraídamente su celular. –, no tuvimos tiempo de hablar eso los días que estuviste en casa.

Kagome abrió los ojos atónita.

—¡Me gritaste todo el tiempo! ¡Ni siquiera me dejaste hablar! –Naomi estuvo a punto de hablar pero Kagome la interrumpió. –. No, dejame terminar. Eres una mujer muy bipolar.

—¡Oye! Eso es ofensivo.

—Como sea, ahora explícame que es eso de la mudanza. Por que, por lo que yo recuerdo, no vine con más que con mi maleta.

—¡Ah! Eso... me tome la libertad de comprar las cosas para el bebé.

Kagome frotó sus sienes.

—Mamá, sólo estoy de ocho semanas.

—Lo sé hija, pero hice lo mismo con Hitomi cuando estaba embarazada de Kari, así que tendrás que aguantarte.

Kagome suspiró ante su madre. Miró a Sango que estaba tranquilamente recostada en el sofá de la sala con su sobrina ojeando el televisor. Su madre terminó con la habitación dejándola prácticamente impecable. Salió de allí con Kagome detrás, diciéndole millones de cosas que ella no llegaba a escuchar, su mente estaba en otro sitio donde Inuyasha Taisho era el protagonista de la historia. Había hecho todo a su alcance para que Kagome se fuera de la casa así ella podía hablar con el padre de su futuro nieto, quería que el niño tuviera una familia, que su hija tuviera un apoyo marital. No podía criar al niño sola, claro que ella y su hermana siempre estaban allí pero no era lo mismo.

—¡Mamá!

—Dime, cariño.

Kagome suspiró pesado.

—Olvídalo.

—Muy bien. –Naomi miró a su hija con ternura. –Kag, debo ir a casa ya, Sota debe estar preocupado, ¿puedes esperar hasta mañana? Juro que estaré a tu disposición.

—¡No te preocupes, mamá! Yo me quedaré con la vaca esta noche. –gritó Sango desde la sala donde la risa de sobrina inundó el lugar, haciendo que la pelinegra inflara las mejillas.

—¡Genial! Koga vendrá mañana por la mañana también, yo estaré por aquí en la tarde, tu tío Kirihito pidió la ayuda de Koga con los caballos, dijo que el los cuidaría mejor que tú.

—¡Hey!

—...y que te ama tambien. –bromeó.

Ambas rieron antes de que ella saliera por la puerta de entrada con su sobrina en brazos. Kagome cerró la puerta detrás de ella y se guió a la cocina. Tenía hambre y su estómago crujía por algo dulce.

—Ya estás asaltando a la pobre nevera. –Sango entró a la cocina y empezó a sacar todo lo que necesitaba para la cena. Kagome sacó un yogurt de frutilla del refrigerador y tomó una cuchara para llevársela de lleno a su boca.

—Tendrás que aguantarme, –tragó el cremoso yogurt. –son mis primeros antojos.

Sango empezó a cortar las cebollas.

—¿Primeros, no tuviste antojos en tu apartamento? –inquirió con una ceja alzada.

—Bueno, creo que tenía mucha tensión para tener antojos.

Ambas rieron y empezaron a hablar de como iban a decorar la habitación del niño.

Sango decidió hacer algo ligero, un poco de arroz y una salsa roja con bocaditos de pescado. Más, Kagome no resistió el olor del pescado corriendo al baño botando todo el yogurt que había comido. Sin embargo, no la detuvo a devorar cada centímetro de comida en su plato. Queda de más decir que ni siquiera un arroz había dejado.

—Kagome, ¿te has hecho ya los chequeos?

Kagome se dejó caer en el respaldo de la silla con pesadez y asintió.

—Fui con Bankotsu un par de días después de que me hice el quinto test. Cuando te llamé ya estaban hechos, solo tengo que esperar los resultados.

Sango asintió. Kagome suspiró con la panza llena, estaba hambrienta y era una mentirosa si decía que no le gustaba el hecho de comer por dos. Sango observo a su hermana tranquila, ella se sentía inquieta, una corazonada le palpitaba en el pecho con un mal presentimiento. Pero lo dejó de lado al percatarse de que Kagome no traía consigo su celular desde que llegó, cosa extraña en ella.

—Kagome, ¿donde está tu teléfono?

Kagome se irguió tranquila y sonrió.

—Bueno, sabía que Inuyasha lo primero que haría era usar mi teléfono para localizarme así que borre todo y lo dejé en el apartamento junto con el coche y las llaves.

—Aun no puedo creer que te regalara un auto. –dijo burlona.

Kagome rió, cuando Inuyasha empezó a verse con ella decidió que no podía seguir a pie o en autobús así que le compró un BMW último modelo para que se transportara por la ciudad. Había quedado anonadada cuando el coche estaba aparcado en el garage de su apartamento.

—Creo que lo he usado una dos o tres veces. –rió.

Nunca le había gustado manejar, no era una experta y era de los más despistada así que prefería evitar accidentes no deseados con ella al volante. Mala experiencia de la adolescencia. Un escalofrío la azotó y trató de no pensar en eso. Sango se levantó de la mesa para recoger los platos. Kagome la ayudó y ambas lavaron los platos riendo como tontas. Luego, Sango sacó el postre, una tarta de queso con frambuesas glaseadas. Se relamió los labios, era una mujer que la gustaba lo dulce, una golosa.

Empezaron a degustar el rico postre sin dejar de hablar de cosas sin sentido.

—Supongo que borraste el registro de llamadas de tu celular ¿no es así?

Kagome dejó la cuchara en el aire con el trozo de tarta en el cubierto. Palideció ante lo dicho por su hermana, no, no había borrado el registro de llamadas.

—¡Demonios!

Kagome dejó caer la cabeza en la mesa sin nada para protegerla del golpe, se lo merecía por estúpida. Sango, en cambio, sonrió sin que la viera, Kagome sollozaba falsamente dramatizando diciendo y recordándose lo estúpida que era. Sango sonrió aun más, estaba con su madre. El niño necesitaba a su padre y el padre quería saber de él. Y aunque los berrinches de Kagome dijeran lo contrario no podría con él, tendría que enfrentar sus acciones y la que se le venía encima no era ninguna ligera.

-o-

La noche azotaba las calles iluminadas de la ciudad. Era viernes y los jóvenes se reunían entre ellos para salir a divertirse y descansar de la rutina de la semana. Más, el platinado no podía divertirse, su vida estaba hecha un lío. Su mujer y él ya habían hablado por teléfono de su divorcio, cosa que agradecía. Cinco días eran los que no dormía con su esposa y dos semanas en el cual no veía a Kagome. Se estaba desesperando, no saber que hacer lo tenía en una encrucijada, si bien podía quedarse en su casa con su esposa haciendo que nada de lo que vivió con Kagome pasó sería más fácil. Sin embargo, la necesidad de tenerla con él, el estúpido masoquismo de saber que ella estaría esperándolo no lo dejaban dormir. Era un maldito machista posesivo, pero no podía evitarlo, no con ella. El solo pensar en Kagome con otro hombre lo hacía enervar en demasía, no podía estar con otro, simplemente no podía, él no sabía que hacía ella en su pueblo natal, no sabía si tenía otro amante, no sabía si ella estaría dándose otra oportunidad con otro hombre, no sería cosa de otro mundo, total así la conoció. Apretó los puños en el volante del auto.

—Si llegó a encontrarte con otro hombre...

No quería ni imaginar lo que le haría al muy maldito, sólo sabía que no la sacaría barata, y ella, ella sabría a quien le pertenecía. Hacía mucho no sentía esos malditos celos con alguien. Si bien con Kikyo fue sólo al principio con Kagome no podía, quería que todo el tiempo estuviera con él, quería que sólo pensara en él, quería que su cuerpo gritara sólo por él.

Viró a la izquierda entrado al edificio donde había estado viviendo hacía una semana, lo había mandado a limpiar de arriba a abajo, el polvo se había acumulado y estaba hecho un asco. Subió por el ascensor hasta el último piso donde estaba su departamento. Saludó al anciano Myoga al pasar y éste le grito algo que ignoró. Abrió la puerta dejando las llaves en la mesita del recibidor y un golpe en su cabeza lo hizo gruñir.

—¡Pero que mierda!

Miroku, su amigo detective, estaba delante de él con los brazos cruzados, cómo cuando tu mujer descubre que llegaste tarde de un bar.

—¡Sabes cuánto me has hecho esperar!

Inuyasha bufó y lo pasó de largo a la cocina, ignorándolo. La enorme sala de estar estaba amueblada con un enorme sillón blanco de cuero y decorado con coloridos y pequeños cojines. Las paredes estaban pintadas de blanco pero llena de zarpazos de colores por doquier, si no supiera quien lo había pintado, diría que aquel apartamento pertenecía a una adolescente. Entró a la cocina que estaba enfundada con unos gabinetes color negro, las paredes igual de blancas con colores esparcidos por doquier. Debía decir, que aquello le daba vida al solitario y aburrido apartamento-penthouse. Abrió la nevera, que estaba llena gracias a la nueva empleada que había contratado y sacó una cerveza, estaba nervioso. La llamada de la mañana lo tenía intranquilo.

Miroku entró a la cocina observando curioso cada rincón de la casa.

—No sabía que eras un pedófilo.

Inuyasha se atragantó con la cerveza empezando a toser. Miroku rió con ganas.

—Te lo mereces.

Inuyasha empezó a respirar con dificultad, Miroku calmó sus risas y miró a su mejor amigo, hacía mucho tiempo no lo visitaba, su trabajo era de tiempo completo además de su vida privada activa. Sin embargo, la llamada que le había hecho la semana pasada lo había llenado se curiosidad. Inuyasha no era el tipo de hombre que se arrastraba por una mujer, era solo un polvo, un par de besos y adiós. Más, eso se había terminado cuando se casó con Kikyo, por eso cuando le dijo que quería buscar a una mujer que no era su esposa lo llenó de asombro. Buscó a la chica con el nombre de Kagome Shia Higurashi. El apellido le sonaba en demasía, eran los vinos Higurashi que quedaban al norte de Montana, así que no fue difícil localizarla, aun así se quedó con esa información. Sacó de la nevera una cerveza para él y se sentó frente a su amigo. Inuyasha había dejado de toser hacía rato y tenía la mirada perdida en el ventanal de la sala que daba a la ciudad donde las luces se encendían mientras el sol se despedía.

—¿No me dirás quién es?

Era un hombre curioso, ¿y qué?, cómo detective había aprendido a saber cada detalle de sus clientes e Inuyasha no iba a ser la excepción. Inuyasha no lo escuchó y siguió mirando por la ventana. Miroku suspiró con fastidio al ser nuevamente ignorado.

Antes que siguiera preguntando Inuyasha salió de su trance tomando un sorbo de cerveza antes de hablar.

—Mi secretaria.

Miroku alzó una ceja, su secretaria, nunca le había prestado atención a la señorita amable que lo recibía con una sonrisa cada vez que visitaba la oficina, o sea cada muerte de obispo. La había visto dos o tres veces en lo que llevaba trabajando con Inuyasha y solo recordaba que era una muchacha muy hermosa que se había resistido a sus encantos masculinos. Lástima.

—Esa niña, no la recuerdo bien. Solo recuerdo que estaba bien...

—Cállate.

El tono amenazador de su amigo lo hizo callar. Solo guardó silencio esperando a que empezaráa hablar.

—Kagome y yo tuvimos una relación de un año y esta embarazada, solo eso te diré.

Miroku quedó con la boca abierta. Inuyasha se agarraba el rostro con ambas manos, estaba afligido. Cuando buscó a la niñata nunca creyó que sería por un tema tan grande. ¡Santo cielo! ¡La chica solo tenía veintitrés años!

—¿¡Como pudiste hacerlo!? ¿La dejaste sola sabiendo que está embarazada? Eres un animal, Inuyasha ¡Solo tiene veintitrés!

Inuyasha observó a Miroku severamente y él se calló aún con el rostro endurecido.

—Yo no lo sabía, ¿va?. Cuándo llegué aquí ella se había llevado sus cosas dejando hasta el auto. No me llamó, no me mandó ni un puto mensaje, ni nada.

Miroku, aún con el ceño fruncido, asintió. Tomó su botella de cerveza y le dio un trago antes de hablar ya más tranquilo.

—Fuiste muy irresponsable.

Inuyasha lo miró incrédulo, ¿él?, él siempre se había cuidado, siempre tenía toda la precaución de mundo cuando estaba con ella, eso era simplemente imposible, ella habían tenido la culpa por ser tan sexy cuando llegaba al departamento que no se aguantaba y lo hacían sin...

—Yo no fui el único, Miroku, además, no es una niña.

—No, pero ella tiene veintitrés y tu veintinueve. Hay una diferencia bastante grande.

—Como sea, por eso la mandé a buscar contigo. Mañana iré para allá y su madre quiere hablar conmigo.

Miroku tomó un sorbo de cerveza sin decir nada más. Miró al pensativo Inuyasha.

Inuyasha no escucho más nada de la boca de su amigo y sus pensamientos se soltaron una vez más, extrañaba a Kagome, eso era seguro. Pero había algo que no entendía. Sus sentimientos estaban divididos entre cosas que no entendía y no sentía hacía ya mucho tiempo.

Inuyasha lo único que podía sentir era algo que lo motivaba ir más allá con ella, que ella sea solo para él y él de ella, era un sentimiento contradictorio y extraño.

Más que deseo.

—¿Tu que sientes por esa muchacha?

Inuyasha lo miró y tomó otro sorbo se cerveza. Frunció el ceño ante la pregunta de su amigo.

—Eso creo que no te incumbe.

—Si, porque de lo que estamos hablando es algo muy serio, un bebé es una gran responsabilidad a lo que veo tu no estás preparado. –Inuyasha bufó. –En cambio, ella decidió hacerse cargo del niño sola.

—A espaldas de mi y escapando.

—Si, –coincidió. –sin embargo, debes entenderla. Ella no podía solamente ir a tu casa tocar tu puerta y decir "estoy embarazada" –Inuyasha lo pensó. —Despierta, amigo mío. Ella conoce su lugar y es el de una amante y, como tal, no puede esperar nada de ti.

Inuyasha tomó un sorbo de cerveza.

—Eso no es excusa, Miroku. Ella debió pensar en como me sentiría yo, debió considerarme al tomar una decisión tan apresurada, yo casi no...

Paró en seco sin terminar la frase. Miroku sonrió sin que el se diese cuenta y preguntó.

—¿Tu casi no qué...?

No consigo vivir si ella"

No lo diría en voz alta, jamás. Era Inuyasha Taisho, no podía ser que estuviera dependiendo de la presencia de una mujer. No le contestó a su amigo quien solo lo observo y repitió su primera pregunta.

—¿Que es lo que sientes por, Kagome? –Inuyasha desvío la vista ignorándolo. Si decía que nada estaría mintiendo y si decía que todo sería vulnerable, así que decidió callar. Pero su amigo no tenía su mismo pensamiento. –Yo te diré que es, tu estás enamorado de ella.

Inuyasha lo miró con la cara tensa. Esa era una espinilla en su carácter, no quería hablar del tema y explotaba como un volcán activo.

—Eso es una estupidez. –se defendió aún con el odio dirigido a su amigo. –La única que vez que creí sentir amor por una mujer fue por Kikyo y ya vez como terminaron las cosas. –tomó un sorbo de cerveza. –Con una vida de mierda.

Miroku supo que escupió palabras en esa última oración, la vida con Kikyo Tama fue difícil, aún para un hombre como Inuyasha Taisho. La mujer estaba simplemente loca. Pero lo que no toleraba era que en una fracción de frase el comparaba a la muchacha con su futura ex esposa Kikyo. Frunció en ceño ante eso.

—Tu solo escúchate. –Miroku lo miró con reproche. –Estas comparando a esa mujer con la niña que se fue para no crearte problemas. –Inuyasha sentía su respiración pesada pero a Miroku no le importó la amenaza en sus ojos dirigida a él. –No todas son como Kikyo, Inuyasha. No todas van a engañarte para poder quedarse con tu patrimonio. –Miroku se levantó de su asiento suspirando. –Te daré un consejo: trata de reflexionar y separar las cosas antes de botar todo a la basura.

Miroku salió de la casa sin siquiera despedirse. Él, el animado y tranquilo Miroku, estaba furioso. Inuyasha miró por donde se fue su amigo y golpeó la mesa con un puño.

Suspiró haciendo su cabello plateado hacia atrás. Debía calmarse. Caminó hasta la habitación y armó si valija, tendría un largo viaje por carretera y si quería llegar por la mañana, como había prometido, tendría que apurarse.

-o-

Naomi despidió a su hijo y a su nuera con su nieta en brazos aun dormida la mañana siguiente. Cerró la puerta y quedó parada escuchando el silencio de la habitación. La luz del sol de la mañana iluminaba casa a través de los ventanales cubiertos por las blancas cortinas. Caminó hasta la cocina donde encendió la tetera eléctrica. Lo necesitaría para la charla con su "yerno". Era muy temprano todavía pero era normal para una mujer de campo como ella.

Alas ocho en punto el timbre sonó, ella con su característica tranquilidad, hacia otras personas, caminó hasta ella.

Un hombre de cabellos blancos enfundado en un caro traje negro apareció trás la puerta. Naomi sonrió ante Inuyasha.

—Así que tu eres, Inuyasha. –lo vio asentir. –Pasa.

Inuyasha, incómodo por la situación, entró a la enorme casa. Al escuchar la palabra "viñedos Higurashi" esa vez que llamó se imaginó una enorme mansión en medio del campo. Sin embargo, esa casa no era una mansión pero si era bastante grande. Naomi lo guió al comedor enorme con una mesa de madera oscura con doce sillas.

"Una familia numerosa"

Fue lo que pensó al ver la mesa. Naomi observo el semblante del hombre ante la mesa.

—El comedor solo se usa para fiestas. –le explicó. –La familia viene de lejos y somos bastantes, por eso hay tantas.

Inuyasha sintió su rostro arder de la vergüenza. No se esperaba la hospitalidad y la amabilidad que le daba aquella mujer. Si era sincero, esperaba gritos y reproches por el embarazo de su hija. Ahora sabía el porque Kagome era tan extraña. Venía de familia.

—Siéntate donde gustes, yo ya regreso.

Naomi salió del comedor e Inuyasha se quedó solo. No se sentó. Miró los varios cuadros que había colgados en la pared. Había uno enorme en el medio de la sala con cinco personas. Se acercó a ella con curiosidad, eran dos personas, una pareja con tres adolescente delante de ellos y una niña pequeña, pero no estaban sonriendo. La pareja sonreía pero dos de los chicos estaban forcejeando entre sí, una niña y un muchacho que parecía más grande; también, estaba una castaña riendo mirándolos y la niña pequeña tenía los puños apretados y una sonrisa de diabla, sin duda era la foto familiar mas peculiar que había visto jamás. Miró bien a la niña de cabello negro y pudo reconocerla, era Kagome de niña.

—Tenía trece en esa foto. –la voz de Naomi resonó en toda la habitación, Inuyasha saltó en el lugar. –Era un niño más.

Inuyasha rió, se acerco a la mujer quien había traído una tetera dos tazas y pastelillos de batata. Miró los pastelitos con detenimiento, nunca había probado algo así. Naomi rió y le pidió que se sentara una vez más y la obedeció. Le dejó en frente de él la taza de té con un pastelito a su lado.

—Son pastelitos de batata dulce. –explicó. –Es... una receta familiar.

Inuyasha asintió y tomó el postre en su mano derecha. Se veía bien, dio el primer mordisco y era delicioso. Gimió ante el dulce de batata derretido entrar en su boca, era lo más delicioso que había probado jamás, ya le diría a su madre que le hiciera de esos. Naomi sonrió ante la expresión de Inuyasha. Inuyasha tomó su taza y miró a Naomi para que empezará a hablar.

—Cuando te atendí en la finca... –empezó. –no creí que aceptarías venir aquí.

Inuyasha dejó la taza con el humeante líquido en la mesa.

—Para ser sincero, estuve debatiendo entre venir y arriesgar mi vida o simplemente conducir al lugar donde llamé.

Naomi asintió satisfecha con la respuesta.

—Debo admitir que la noticia del embarazo me tomó de sorpresa. –Inuyasha la miró con curiosidad. –Nunca pensé que Kagome se quedaría embarazada tan joven. –hizo una pausa. –La verdad, nunca pensé que Kagome se quedaría embarazada. –rió.

—No se si ella le habrá dicho que yo... bueno, yo no lo sabía hasta hace un par de semanas. Por eso estoy aquí, si yo...

—Tranquilo. –dijo despacio. –Eso también lo sé. Lo supuse desde un principio. Para que Kagome me visite más veces por año debe ser muy grave su situación.

Inuyasha tragó duro.

—¿Ya lo había hecho antes?

—Nunca había quedado embarazada, si es lo que te preocupa. –rió.

Inuyasha sintió que podía volver a respirar.

—Tan solo eran multas de tránsito o cosas así.

—Así que es problemática...

—Es un desastre. –suspiró Naomi. —Kagome siempre fue un dolor de cabeza.

Inuyasha la miró confundido y ladeó el rostro.

—No entiendo.

—Kagome siempre fue así, en la secundaria siempre discutía con las demás niñas. –rió sin deje de alegría. –Sus amigos eran todos hombres y siempre se escapaba a las fiestas. Siempre fue un desastre.

Ahora si, ambos rieron con diversión.

—Por eso mismo te preguntaré. ¿Tu estas dispuesto a tener una relación seria con ella?

Inuyasha lo pensó un poco antes de asentir. Vio como el rostro de Naomi se endureció.

—Debes tener en cuenta que un niño es una gran responsabilidad.

A la mente de Inuyasha se le vino la conversación con Miroku.

—¿Tu que sientes por mi hija?

Inuyasha quedó piedra, no estaba preparado para esa pregunta en específico. Suspiró, aún tenía ese manojo de sentimientos enredados en su mente. No sabía que sentía exactamente por Kagome.

—Yo...

—Porque si no sientes nada más que deseo por ella es mejor que no estén juntos.

Inuyasha frunció el ceño.

—Podrás ver al niño, pero tendrás que dejarla, Kagome es una persona muy sensible en lo que a relaciones respecta.

Siguió hablando, Inuyasha se dio cuenta que Naomi estaba interfiriendo en la relación de Kagome y él. Ella estaba decidiendo el destino de su familia. Molesto con la actitud de la señora quiso hablar pero ella lo volvió a interrumpir.

—No podrás soportar un matrimonio con ella. Debes entender que ella fue y es solo tu amante, nada más.

Eso fue la gota que derramó el vaso.

—Escuche señora. No se que locuras le habrá dicho su hija pero no permitiré que me aleje de ella o de mi hijo. La relación que tuvimos ella y yo nos concierne a nosotros como una pareja. Así que no me venga con toda esa mierda. –estaba furioso.

—Pero tu no la quieres.

—¡Yo la amo!

«Tu estas enamorado de ella»

—¡Demonios!

Naomi sonrió satisfecha. Los niños tercos e indecisos eran lo suyo. No en vano había criado cuatro de ellos. Ahora estaba segura, ese hombre era el indicado para su hija.

Miércoles dos de enero.