Nota: Está historia puede contener lenguaje vulgar y alto grado de Ooc.
·
·
Parte 5.
—Sa..sango... creo que moriré.
—Deja de exagerar.
Sango se acercó al lavabo del baño donde su hermana estaba descargando la cena. Mojó la toalla pequeña con agua fría y esperó. Kagome apretó del botón del baño y dejó el agua correr. Se sentó en el retrete con la tapa baja y su hermana pasó el paño húmedo por su enrojecido rostro.
—No soportaré un día mas esto.
—Claro que lo harás. –rió. –Eso te hace saber que tu bebito esta bien.
—Es lo único que me hace soportarlo.
—¡Uy! Eso fue tan cursi viniendo de ti.
—Ya te quiero ver en mi lugar.
—Pues no lo harás en un largo tiempo.
Ambas rieron y Sango terminó con el paño. Salieron juntas del baño hacia la cocina donde el olor a comida inundaba la habitación completa.
—¿Quien esta aquí?
—¡Sango! ¿¡Las vacas pueden tomar leche!?
El grito de Koga hizo que Kagome inflara las mejillas. Llegaron a la cocina y el moreno se encargaba del desayuno con maestría.
—Se supone que deberías saberlo –apuntó. –Ayame también está en cinta.
—Ajá, tienes razón, pero son solo cuatro semanas. Tu ya estas de diez, ya te estas poniendo gorda.
—Eso fue hiriente. –Ironizó.
Koga la miró y volvió su visita al pastelillo en el sartén.
—Solo espero que no te agarren los ataques emocionales.
—No lo hará.
Miró con ojos brillosos toda la comida en la mesa. Los pastelitos, esta vez de dulce de leche, llamaron la atención de la pelinegra. Literalmente tomó todo el plato poniéndolo el frente de ella.
—¡Hey! Yo también quiero.
El grito de Sango hizo que la mirara con medio pastelillo en la boca.
—Comziguete mos tuios.
Koga llegó en aquel momento.
—Primero: deja de comer como una cerda. –Koga dejó un vaso de leche en frente de Kagome. –Segundo: aquí tienes, Sango.
Koga le pasó a Sango un plato con tortitas rellenas de frutilla y cerezas con miel y chocolate. Kagome tragó con rapidez y miró el camino de los pastelillos del chef Koga.
—¡Yo quiero uno!
—Consíguete los tuyos. –Sango le sacó la lengua divertida a su hermana quien solo hizo un puchero cuando ella se llevó la tortita a la boca.
—Eres muy caprichosa. –replicó Koga.
—Ajá. –lo ignoró mirando su humeante taza con atención. –¿Por qué yo tengo leche? –preguntó mirando a Koga.
Kagome miró su taza otra vez, no era fan de la leche, no es que la odiara era más bien asco de embarazo, pensó.
—Por qué no puedes tomar ni té, ni café, así que tienes leche.
Kagome bufó, le gustaba más el café con leche. Terminaron el desayuno entre risas y bromas. Tener a Koga y Sango en la casa era lo mejor de lo mejor. Recogieron los platos todos juntos, aunque las oposiciones de los dos no tardaron en llegar pero ella los ignoro, ya habría tiempo para eso.
Koga salió al patio, debía ver a los caballos como le había dicho a su tío. Sango salió de la cocina hacia rumbos desconocidos para la pelinegra y ella se encaminó a su cuarto, necesitaba cambiarse. Hacía mucho calor esa mañana, se enfundó en una camisa manga largas a cuadros que arremangó hasta sus codos y ató la parte inferior a la altura alta de su vientre un poco hinchado dejando este al aire combinándolos con unos shorts de tela fina negra y unas sandalias ligeras. No podía ponerse jeans, apretarían su vientre ya que ella le gustaba usar todo al cuerpo.
Se miró en el espejo del armario, bajó su vista a su estómago, solo eran un par de centímetros pero podía verse más grande. Bajó sus manos al mismo y sintió lo duro que estaba, en ese instante, Inuyasha apareció en su mente.
Kagome observó a Inuyasha quien la miraba con fuego en sus ojos. Sonrió coqueta al tener a su jefe en frente de ella sin camisa.—Te lo advierto. –murmuró besando su cuello. –No me gusta compartir. –Kagome gimió cuando el apretó uno de sus senos aún con el sostén. –Yo te querré solo para mi.»
Kagome despertó del recuerdo cuando Sango entró por la puerta de su cuarto, cosa que agradeció.
—¡Kagome! Iré al mercado, Koga está afuera del establo solo por si querías saber.
—Genial.
Sango salió por la puerta y Kagome caminó por los pasillos a paso ligero. El timbre sonó pero ella siguió caminando, ya Sango atendería.
Salió por los ventanales traseros de la finca hacia el enorme patio, pudo ver a Koga a lo lejos. Sonrió y se acercó a él quien estaba con los caballos, necesitaban caminar pero estos se alejaban del vaquero como si una peste tuviera, eso la hizo reír.
—¡Ves, –le grito. –ni los caballos te quieren! –chasqueó la lengua varias veces.
—O será que salieron despavoridos por tu presencia. –sonrió cuando ella hizo una mueca. –A ver, acércate.
Lo hizo y, para su sorpresa, los caballos se alejaron de ella.
—Malditos ingratos.
—Por eso Kirihito me dijo que me hiciera cargo. –se burló. –Ven.
Le extendió la mano a Kagome para que se acercara, Kagome sonrió a su mejor amigo y tomó su mano, la yegua de su madre estaba frente a ella quiso alejarse pero la mano de Koga la detuvo con una sutil caricia. Kagome miró sorprendida como la yegua sumisa se quedaba a su lado.
—Tócala.
—¿Estás loco? Puede patearme –arrugó las cejas. –, no correré ningún ries...
Koga la ignoró y tomó su mano para acercarla a la cabeza del animal casi tirando de ella, Kagome, con algo de desconfianza, apoyó sus delgados dedos en el cabello blanco de la yegua y sonrió al ver que no se alejaba. Los caballos no eran lo suyo, siempre se le olvidaba alimentarlos o les pegaba de más con esa cosa para los caballos.
—Relájate.
Kagome asintió y llevó su otra mano acariciando el osico del animal quien relincho ante el toque haciéndola reír.
—Le agradas.
—Si, como no –ironizó mirándolo. –eso es solo porque tu estas aquí.
Luego de un rato, Koga había encerrado a los animales dentro de las caballerizas y ambos decidieron pasear por los enormes prados de la finca Higurashi.
—¿Como te has sentido estos días?
Kagome lo pensó.
—No me quejo.
—No debes, que es diferente. –se burló y ella le dio un fuerte golpe en el estómago haciendo que se quedará sin aire.
—No te burles, idiota.
—No me burlo. –de quejó recobrando el aliento. –Es solo que estoy preocupado.
Ella sonrió, Koga se acercó a ella y tomó uno de sus cabellos entre sus dedos y tiró de el con una mínima fuerza. Él era cinco años mayor que ella, siempre la había visto al igual que una hermana, bueno, casi siempre.
—No debes estarlo, estamos bien. –aseguró ella con una sonrisa.
—¿Hablaste con Bankotsu? –preguntó bajando su vista a su vientre.
Bankotsu era el médico de Kagome hacía varios años y ella tenía confianza absoluta en él, no tanto como Koga que no compartía mucho aquella confianza pero debía decir que hacían un buen trabajo.
—Si, los estudios llegan en tres días más aquí.
Koga bajó su mano izquierda al vientre un poco hinchado de Kagome y esta sonrió, era la primera vez que alguien le tocaba el vientre con aquel cariño con el que la veía Koga. Estaba realmente agradecida que alguien como él estuviera con ella en aquellos momentos. Koga sonrió antes de hablar, ya quería ver a su sobrino.
—Ya quiero ver a mi... –No pudo terminar, el puño de Inuyasha había cerrado su boca de un certero golpe alejando a una asustada Kagome de él.
···Antes de eso···
Sango salió del cuarto que era su habitación con un bolso cruzado a su cadera. Ya tenía todo, solo necesitaba las llaves de la camioneta de su tío que no encontraba por ninguna parte. Volvió a buscar en el bolso pero nada, no había nada. Caminó hasta la sala de estar en el momento que el timbre sonaba. Hizo una mueca mirando la puerta. No esperaba visitas, su madre no la había llamado y Sota trabajaba.
—Extraño.–Sango solo esperaba que no fuera el inspector de la empresa, no lo soportaba.
Caminó hasta la enorme puerta de madera negra y la abrió cuando sonó el timbre nuevamente. Allí había un hombre, desconocido para ella. Ok, eso no era lo que esperaba así que solo preguntó rápido.
—Buenos días, ¿puedo ayudarlo?
Cuando la miró se sorprendió al ver ojos dorados, ¿dorados?, nunca en su vida había visto semejante color. Ok, era increíblemente atractivo pero no era su estilo, era el típico arrogante que decía yo-tengo-lo-que-quiero con solo mirarlo. Él debía Inuyasha, sin duda alguna; el típico mal gusto de Kagome.
—Buenos días, soy Inuyasha Taisho.
Merecía un Oscar, sin duda se pondría un puesto de adivina en la plaza del centro, se haría rica. Casi rió por sus propios pensamientos pero se contuvo. Le hizo una señal para hacerlo pasar y el asintió. Era serio, nada compatible con Kagome, le ofreció algo de tomar pero él negó aclarando que ya había desayunado. Inuyasha miró a la castaña que no habló hasta que él lo hizo de nuevo.
—Busco a Kagome.
—Si, eso lo suponía –asintió seria. –, soy Sango, ella está en el patio ahora. –informó. –Si quiere puedo decirle que...
—Preferiría que por ahora ella no supiera que estoy aquí. –dijo con cautela, interrumpiéndola. –No quiero alterarla por su estado.
—¿Huh?, entonces ¿ya lo sabes?
Él asintió. Sango hizo una mueca. Realmente comunicativo, pensó. Inuyasha tenía una batalla de sentimientos dentro, no sabía que iba a pasar cuando la viera. Había admitido que la amaba, pero ¿que pasaba con ella?, habían sido muchos meses de relación fugitiva y él había dejado todo por ella. Si ella lo rechazaba no sabía cómo reaccionaría.
—Ok, –escuchó decir a la castaña en un suspiro. –yo debo irme ahora, así que debes decirme que es lo que harás.
Él hizo un gesto de fastidio. No le gustaba que le dieran ordenes. Y la castaña frente a él era lo suficientemente temperamental como para contradecirla y, si quería ver a Kagome, tendría que ser lo más cauteloso con ella.
—Hablaré con ella. –impuso.
—Bien, acompáñame.
Empezó a caminar hasta las puertas de cristal que daban al patio. Inuyasha pudo apreciar la decoración rústica y campestre del lugar. Llegó a el límite de la casa donde las cortinas blancas de una fina tela revoloteaban a causa del viento.
—Te guío hasta aquí. Luego, tu te harás cargo. –volvió a hablar Sango en un tono tosco. –Pero te advierto que si algo le pasa a mi hermana yo me encargaré personalmente de ti.
Le dio la espalda y empezó a caminar hacia la salida. Inuyasha vio con asombro la espalda de la morena que se había perdido en la lejanía del pasillo. Bien, ahora sabía que el temperamento de Kagome venía de familia. Con un suspiro ahogado salió al patio buscando a la mujer que había causado tantos sentimientos en él, y tantos problemas también. No le dio importancia a los caros muebles de jardín, tampoco al césped tan bien cuidado, tampoco a los pura sangre que corrían en el pastizal. Nada de eso tuvo importancia cuando sus ojos enfocaron a una pareja en la lejanía riendo demasiado cerca. Sus puños apretados al igual que su mandíbula no se hicieron de esperar. Los celos empezaron a hacer su trabajo y sus piernas sin su consentimiento empezaron a caminar hacia el moreno que tenía las manos en cabello negro que él también había tocado. A unos pocos metros pudo escuchar su conversación.
—Si, los estudios llegan en tres días más aquí. –escuchó y su corazón dio un vuelco.
Escuchar su voz nuevamente era como si de un sueño lejano se tratase, había estado noches de insomnio esperando el día que volviera a su lado; ahora podía sentir todo aquel cálido sentimiento que era creado solo por ella. Pero el calor de su cuerpo se vio interrumpido cuando las manos masculinas tocaron el vientre de su mujer, no lo pudo resistir. El golpe certero en su mandíbula hizo caer al desgraciado y separándolo de Kagome en un rudo empujón.
—¡Koga!
Kagome miró con asombro a su mejor amigo tirado en el piso agarrándose la mandíbula, le había partido el labio. Miró furiosa al hombre que lo había golpeado y se asustó cuando vio a Inuyasha allí. Pero a que miedo fue sustituido por la ira cuando vio a su mejor amigo de nuevo en el suelo. Se soltó cuando se dio cuenta que Inuyasha la tenía de la muñeca y este se dio vuelta despertando de su letargo.
—¡¿Que mierda es lo que te pasa?!
Inuyasha vio a Kagome arrodillarse en el suelo junto al moreno quien solo aseguraba que estaba bien. Le lanzó una mirada molesta por encima de su hombro y luego volvió a su atención a Koga. La vio alejarse con él a su lado en vanos intentos de ayudarlo a caminar. Inuyasha se quedó solo en medio del patio sin saber que hacer.
—Veo que tienes serios problemas de ira.
Inuyasha se dio vuelta cuando Sango apareció y tras él. No supo que responder. La había cagado y todo por sus celos. Pero no lo dijo en voz alta.
—Me encargaré de Koga, hablarás con ella a solas.
Sango empezó a caminar luego de hacerle una señal para que la siga. Inuyasha sabía que la había cagado y, después de pensarlo rápidamente ante las circunstancias, había llegado a la conclusión que Kagome y él no podían vivir tan lejos e iba a convencerla para que fuera con él a la ciudad de nuevo, por el bien del niño. No sabría como lo haría pero no se alejaría más de él.
Aún si ella lo rechazaba.
Sábado cinco de enero.
