La cortesana, fic, escrito por Yuleni Paredes

Estelarizado por Candy y Albert (el verdadero príncipe de la colina), personajes protagónicos de la serie animada Candy Candy.

Capítulo 2

Albert abordó el carruaje. En ocasiones, observaba por la ventanilla los faroles de las calles nocturnas de la Gran Paris del siglo 19.

Hombres con sombreros de copa y trajes desajustados, agarrándose a las columnas de las paredes para evitar caerse al piso ante tanta bebida alcohólica ingerida, se veían a lo largo y ancho de la ciudad.

El cochero se detuvo frente a una casa alumbrada por lámparas de kerosene, color rojo, que le daba un toque atractivo.

No obstante, se bajó para abrirle la puerta al joven patriarca. Lord Michael, asistente de la madame, le recibió.

―Bienvenido, señor William. El lugar ha sido reservado especialmente para usted, antes de presentarle su cortesana, le comunico que es una damisela hermosa.

―Gracias ―contestó Albert, cordialmente.

Al ingresar al lugar, notó el ambiente alegre y desinhibido, diferente a sus costumbres. Meditó lo contradictorio de la vida; pues fue educado en el seno de una familia apegada a la moral y a las buenas costumbres. Y ese lugar dictaba mucho de lo enseñado en su hogar. Había mujeres coquetas, mostrándole las piernas, en un baile atrevido.

―Tome asiento joven, pronto será guiado a sus aposentos. Por los momentos le ofreceremos vino del mejor viñero del mundo ¡París!

A Albert le pareció vulgar la forma en que, ese hombre con tabaco en boca, se dirigía a él, con tanta frescura y confianza. Sintió el deseo de levantarse e irse corriendo de aquel lugar, huir; pero, sabía que múltiples familias dependían de su obediencia.

―¡El gran Georges! Ese pillín, lo conocí desde que éramos unos chamacos; ahora, viste con traje elegante y dice pocas palabras ja, ja, ja ¿Quién recordará aquellos tiempos en los que robaba? Tranquilo, tu padre lo rescató de la mala vida; es nuestro deber devolverle el favor, dándote la chica más hermosa para que des rienda suelta a tus instintos, ja, ja, ja ―le dijo, palmeándole la pierna derecha―. Bien, disfrutemos del baile. ¡Mary Jane!

―Sí, señor ―la mujer de avanzada edad se acercó, rápido, cortésmente.

―Informa que el señor Ardlay subirá a las diez con cinco minutos a la habitación. La cortesana debe estar impoluta para la ocasión.

―De eso quería hablarle, la cortesana… ―Lord Pierre se levantó temiendo que Candy, nuevamente, se alzara, echando por el suelo sus planes monetarios; por tal razón, impidió que la mucama, encargada de vestir a las chicas, culminara su frase. Lo último que deseaba, era trasmitir inseguridad a aquel chico (debutante).

―Espere un momento, ya regreso ―Albert se quedó tranquilo, degustando la bebida creada a base de uvas.

El hombre, lleno de furia, subió hasta la habitación en la que se encontraba Candy. Tomándola por el brazo, la lanzó con rudeza; ella, sin nada que la cubriese, cayó en la cama.

―¡Cielos! Eres tan hermosa ―se acercó a ella como león queriendo comer a su presa. En un susurro, le dijo―: No te he hecho mía, solo, porque me dieron una excelente dote por ti; solo por eso no te enseño a respetar como mereces ―le advirtió rozándole su muy endurecida carne―. Sabía que no entenderías por las buenas. Veamos, si después de ver lo siguiente, aprendes a controlar tus arrebatos de niña malcriada ―Lord Pierre, enérgicamente, se hizo a un lado de la cama para levantarse y tocar una campanilla. Al cabo de unos segundos, uno de sus rufianes ingresó al lugar con un chico de casi once años de edad, el cual estaba vendado, con las manos amarradas hacia adelante, parecía un cerdo a punto de ser sacrificado. Candy, angustiada, exclamó:

―¡Jimmy, hermano! ―arropándose con una sábana, se acercó a él para abrazarlo. Entre lágrimas, le preguntó―: ¿Qué te ha pasado, qué te han hecho?

―Candy, yo no tengo miedo a la muerte. No cedas a sus peticiones ¡No lo hagas!

―Jimmy, ¡te amo! ¡Tanto a ti y como a Tom!

―No te sacrifiques por nosotros, ¡no lo hagas! ―Lord Pierre, por medio de señas, ordenó a su secuaz que lo golpeara justo en el rostro.

―¡No! ―exclamó, Candy. Derrotada, dijo―: les haré caso, seré la cortesana de ese americano.

El hombre, sintiéndose vencedor, sonrío.

―¡Llévense al chico!

―Le suplico por lo más sagrado que lo dejen en paz. No lo golpeen más, ni a él ni a Tom.

―Te doy mi palabra. Después de convertirte en la mujer del americano, les dejaré en libertad. Estaremos vigilantes por si das un paso en falso. En la habitación que le hemos asignado, existe un cuadro; a través de los ojos del retrato, veré si te la quieres dar de lista.

Candy con la cabeza gacha, sin ánimos, le contestó:

―No señor, seré obediente, cumpliré todas sus peticiones. El dolor de mis hermanos es superior al mío. Me entregaré al americano sin replicar. Mi cuerpo está a su completo servicio.

―Perfecto. Abigail, arréglale el maquillaje e instrúyela.

―Sí, señor. Candy, ponte esta bata y sígueme a la otra recamara ―ella le obedeció.

La habitación era de espacio reducido, angosta; ahí había un muñeco de cera masculino y uno femenino.

―Candy, te estimo como a una mi amiga. No quiero que llores. Ya vi al joven, para nada es feo o desagradable; se ve buena persona. Tengo fe en que si te portas bien con él, te coinvertirás en su cortesana oficial y ningún hombre te tocará, solo él. Eso sería bueno, serías como la segunda esposa. Muy pocas mujeres han tenido ese privilegio. En realidad, una sola la tuvo; pero… mejor lo hablamos en otra ocasión, tenemos poco tiempo… ―le dijo, peinándole los cabellos, se los acomodó en un moño, dejándole caer algunos rizos; por último le retocó el maquillaje ―. Candy, ya estás lista, quedaste imponente, radiante. ¿Vistes el hombre de cera?

―Sí.

―Acércate a él, tócale abajo, sin miedo. Aún sigues nerviosa, permíteme, te guiaré la mano ―Candy retiró su mano en una reacción involuntaria― ¿Lo sentiste? Tranquila, es normal que en los hombres, se les ponga así abultado, tieso, bájale el pantalón ―la rubia tragó en seco; sin embargo, actuó de manera obediente―. Ese bulto que tocaste es esto, míralo bien; es hermoso, así lo debe de tener ese chico, el debutante. Tus labios lo pondrás ahí, para succionarlo con tu boca. Espera, encenderé las velas del otro candelabro. Toma este pepino y observa como yo lo hago, ¿viste? Te lo llevas todo a la boca y lo succiona con cierta fuerza sin usar los dientes, porque lo puedes lastimar. Te confesaré que existen hombres que le gustan; pero ese joven no parece de la especie masoquista. Hm. Nunca se sabe. También, le besas el torso. Tienes miedo al dolor que sentirás, ¿verdad? ―la rubia asintió―. Llévate estos aceites antes de que él entre en ti, te lo aplicas. Si él gusta puede, besarte ahí ―Candy se hizo hacia atrás―. Perdóname por tocarte en esa pequeña parte que sobresale de ti. Sí, esa parte diminuta. Si él te acaricia ahí con sus labios o dedos, te gustará y una vez estés muy, pero muy, extasiada, sentirás menos dolor. Ahora, elijamos el traje que usarás. Quita esa cara, no tienes escapatoria. Haz de esta noche: algo especial, por muy difícil que sea. Como estás sin ánimos, mira, te elegí este camisón transparente color rojo, se te ajusta perfectamente a tu cuerpo, lo volverás loco. Otra cosa, permítele que te bese el cuello y esas lindas naranjas, son muy lindas. Las caricias son importantes para que ambos lubriquen.

No obstante, una de las meretrices se acercó al rubio para infórmale que su habitación ya está disponible.

Continuará.

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