La cortesana, fic, escrito por Yuleni Paredes

Estelarizado por Candy y Albert (el verdadero príncipe de la colina), personajes protagónicos de la serie animada Candy Candy.

Capítulo 4

¿Está usted, bien? ―preguntó Candy observando como Albert se recuperaba, al tiempo que él se humedecía los labios, pasándose las manos por la cara para hacerse el cabello hacia atrás― Sígame al cuarto de baño, está acondicionado con lo necesario para que nos aseemos, le ayudaré a desvestirse.

No… no se preocupe…

Mi trabajo es atenderle.

No deseo molestar. Perdone mi comportamiento atrevido, señorita. Actué irracionalmente. Le pido disculpa por mi actitud.

Me llamo Candy, llámame Candy.

"Es un hombre amable, dulce... Lástima que nos conocimos de forma indecorosa, me siento…".

¡Cielos sus vestiduras están manchadas de labial! ¿Trajo para cambiarse?

Solo este atuendo, jamás pensé necesitar.

Déjeme quitarle la ropa, la mandaré a lavar con la mucama.

Muy bien, como usted diga.

Candy ayudó a Albert a sentarse en un sillón de madera tapizado con terciopelo rojo, se hincó para quitarle las botas y luego las medias.

Listo, ahora el pantalón ―Albert se sintió incomodo al sentir las delicadas manos de Candy, cerca de su bragueta, para bajarle la cremallera; despertando en él, nuevamente, el deseo por saborear sus labios.

En un acto repentino, se levantó del sillón y se dejó caer el pantalón. Candy recogió la prenda del piso para doblarla; luego, le desabotonó la camisa, botón por botón.

Para ella ese instante, fue especial por haber tocado el torso lampiño y tonificado del hombre que recién conoció.

Albert se inclinó hacia ella y alzándole la quijada, para verla directo a los ojos, se aventuró a probarle los labios.

Ella se pegó a su cuerpo para, sutilmente, deshacerse de la última prenda que les estorbaba, elevándola en brazos la llevó hasta la cama para susurrarle al oído:

Enséñame a amarte, enséñame a adorarte.

Sus palabras la enternecieron al grado de sentirse en un bosque cubierto de flores hermosas, en donde cada roce con cada parte de su cuerpo le hacía sentirse mimada, consentida.

Ella acordándose de las recomendaciones de Abigail, tomó la mano del joven debutante e hizo que la frotara tiernamente con sus dos dedos hasta pedir más.

Su canto hipnotizaron los oídos de Albert, era una melodía fascinante; saberse el causante de aquella sinfonía celestial, le satisfizo.

Pero, ella quiso que él explorara más y su canto celestial se convirtió en un pequeño grito que ensordeció sus oídos, dejándolo a él en un total éxtasis nunca antes vivido.

¿Le dolió?

Sí, es normal…, cuando es la primera vez.

¿Existe manera de evitarle, el dolor?

Sí, acuéstese en la cama; ahora, céntrese. Una vez cómodo, yo me sentaré sobre su boca. ¿Ve este pequeño botón rosado?

―respondió con cierta timidez.

Usted, puede succionarlo con sus labios, sin usar los dientes.

Está bien.

Mientras, Albert se lo hacía, ella se dijo a sí misma: "Abigail tiene razón, esto se siente bien".

Al cabo de unos minutos, a Candy se le aceleraron los latidos del corazón, saliendo nuevamente de ella: el canto que endulza los oídos de su joven príncipe debutante. Un canto que fue capaz de llegar a las notas más agudas.

Él entrevió aquellas delicadas protuberancias similares a unas montañas, las cuales acarició con sus manos, sin dejar de tocar con su lengua el punto que hacía cantar a su princesa.

Al otro lado de la habitación, Lord Pie los observó, generando en él complacencia.

¿Necesitas ayuda? ―indagó Abigail, ofreciéndosele su cuerpo para el desahogo que necesitaba.

Sí, ¡qué suerte tiene el americano! Se llevó a la mujer más hermosa ―dicho esto, sin mediar más palabras, la volteó y apagó la llama que lo quemaba hasta no más poder.

¿Qué es el placer?

Es cuando los sentidos se nublan y solo sientes delicias que te hacen soñar y llorar de risa, deseando que esos minutos nunca se acaben.

¿Qué más te puedo hacer mi princesa? Sabes a gloria.

Gra… gracias, creo que ahora será tiempo de qué te hundas en mí. Siento y veo que lo necesitas

Candy, acomodándose de lado, le tomó los dedos y se los llevó al punto que él debía conocer para obtener más sabiduría.

Gracias ―logró musitar él.

¿Siente la humedad?

Es suave ―respondió, besándole los labios y diciéndole que realmente es hermosa.

¡Espere!

¿Le volvió a doler? ―preguntó desconcertado― No quiero lastimarla.

Intente de a poco, aguantaré ―Candy se acordó del aceite que le dio Abigail―. Espere, en uno de los cajones tengo un aceite que facilitará nuestra unión ―Albert buscó el líquido y en donde una vez él ya había explorado, con sus dedos fuertes y bien hidratados, se lo untó. Ella movió su cadera en señal de gusto; pero, él le dijo:

No quiero lastimarla, podemos continuar después de descansar ―Ella aceptó con la mirada; mientras se arropaban.

Sudorosos por la faena, se quedaron dormidos. Despertaron con la luz del sol.

Continuará.

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Les dejo una pregunta: qué pasará entre los rubios. Entre más respuestas dejen más rápido oirán el siguiente capítulo. Dios nos bendiga.