La cortesana, fic, escrito por Yuleni Paredes
Estelarizado por Candy y Albert (el verdadero príncipe de la colina), personajes protagónicos de la serie animada Candy Candy.
Capítulo 5
Candy abrió los ojos lentamente; la luz del sol le incomodó. Creía que todo había sido un sueño.
Se descobijó, al notar entre sus piernas rastros de sangre: se giró en sentido contrario, viendo el rostro angelical del hombre que por primera vez la besó y la acarició; se llevó las manos a la boca como recordando las huellas de los labios de ese maravilloso hombre.
Buscó algo para taparse, divisó un baúl a un lado de la cama. Para su sorpresa, sólo era tela vieja; tomó una para cubrirse.
Ella, desde su punto de vista, había cumplido como cortesana; el joven le rompió con delicadeza la dorada telita; el joven Ardlay, ahora, sabe gracias a ella como tratar a una dama en la intimidad.
Sigilosamente, caminó hasta la puerta, al salir se encontró con la mirada de la madame.
―¿A dónde vas?
―Ya cumplí.
―No lo creo, el joven se debe ir satisfecho, no puedes dejarlo allí tirado. ¡Regresa y atiéndelo! ―La encargada se marchó, dejando a Candy enmudecida.
Albert se levantó un poco desconcertado; se sentía feliz, nunca en su vida había tenido tanta dicha con la sola presencia de una persona, se sentía libre.
Miró a su alrededor, preguntándose si fue un simple sueño; pero al notar que estaba en una habitación distinta a la de él, supo que es real.
Pensó: ‹‹ ¿Dónde estará Candy? Mi cortesana. Es una mujer hermosa, quiero besarla, otra vez ››.
Al observarse sin ropa, se sonrojó. Tenía vergüenza de ser visto como llegó al mundo. Candy entró nuevamente a la habitación; miró a Albert sentado en la cama semi tapado. Sus piernas y torso estaban descubiertos.
Candy caminó a un lado de la cama; cerca de la cómoda puso el pantalón de él y agarró del piso la fina camisa de seda blanca.
Candy, en tono serio, dijo:
―Llevaré sus vestiduras a lavar.
El rubio, al oír en sus palabras un tono de molestia, se quedó sin refutar una sola palabra.
Mary Jane aguardaba en la puerta.
―Esta es la ropa ―le comunicó a la señora de mediana edad.
―Se secará hasta después del mediodía.
―Me encargaré de atenderle el tiempo necesario.
―Entonces, regreso más tarde.
Candy fue directo al cuarto de baño, una vez realizó sus necesidades fisiológicas, se acicaló para preparar la tina con sales y flores aromáticas.
―Dispuse en la tina agua de menta fresca para que se relaje, cuando esté listo, avíseme para entrar, le acompañaré.
―Es innecesario...
―Soy su cortesana, debo tratarle con respeto y cumplirle en lo que necesite.
―Es… una mujer hermosa, jamás había compartido con nadie… un momento tan íntimo, especial. Quiero tratarla con respeto ―habló en voz baja, acercándose a Candy, la cual desvió la mirada.
Ella no quería ilusionarse. Ese hombre dentro de poco estaría con otra mujer, y ella pasaría con suerte a un segundo plano.
Si es que no se quedaba en el olvido o trabajando en ese lugar de baja reputación, cumpliéndoles fantasías a hombres con aliento a vino.
Albert comprendió el rechazo, cabizbajo se fue al cuarto de baño, tras lavarse sus dientes y realizar sus necesidades humanas, se duchó para posteriormente entrar a la tina.
Candy al notar que este no le llamaba, tocó la puerta. Sigilosamente, la entreabrió, preguntándole:
―¿Por qué no me ha llamado?
―Quería llamarla; pero siento que usted, está incomoda ―expresó Albert con sinceridad.
―No lo estoy, usted me gusta… mucho… sólo que…
―¿Qué? ―Candy desvió la mirada―. Acércate ―le dijo Albert, a la vez, que le extendió su mano para halarlahacia su cuerpo.
Estando tan cerquita de él, ella se dejó llevar; al piso cayó la tela verde oscura que la cubría, entró a la tina junto a él.
―El agua te sienta bien.
―A ti también.
―En tu mirada veo dulzura, quisiera protegerte eternamente.
Ella se sonrojó, sus palabras le atravesaron el alma. Se dijo a sí misma que los segundos y minutos que estuviese con ese chico, los viviría al máximo. En su mente se llevaría el dulce recuerdo de lo prohibido.
Juntando los labios con los de él, se dejó una vez más acariciar en aquella zona que la hacía olvidar la realidad.
Él, en esta ocasión, se sentó en la tina y la tomó por las caderas para que se acomodara encima de su endurecido placer.
― ¡Lo siento, lo siento!
Albert se emocionó tanto que sin pensarlo, se introdujo en ella, en su Candy.
A ella se le aceleró el corazón por el dolor.
―Ya me siento mejor, gracias. Eres muy amable.
―Shhh, con calma.
―Sí, ya estoy mejor ―le susurró al oído.
Candy movió sus caderas de arriba hacia abajo, logrando en Albert una sensación maravillosa que lo hizo explotar de emoción.
Él la rodeó con sus brazos y le besó la frente, como un gesto de agradecimiento.
Albert se salió primero de la tina, seguidamente ayudó a Candy para cargarla en brazos y llevarla hasta el lecho amatorio.
Acostándola con suma delicadeza, en el centro de la cama, se posicionó en medio de ella, invadiéndola en su totalidad.
Movía sus caderas de arriba hacia abajo, tomando por completo el control de los vaivén.
Albert se corrió en Candy, quien le aruñaba la espalda y lo envolvía con sus piernas.
Ella sintió la delicia de su líquido blanco. Los dos quedaron exhaustos.
En las afueras de aquella habitación.
―Ahora sí, oficialmente el joven Ardlay, aprendió a ser hombre ―anunció satisfactoriamente Lord Pierre.
Mientras dos cuerpos reposaban abrazados por la larga faena; en una cárcel parisina, dos jóvenes eran liberados.
―¡Salgan, están en libertad! ―les informó, a Tom y a Jimmy, el guardián de la Corte Real.
Con vestiduras desgarradas y mal olientes, se fueron del lugar. Buscaron de refugiarse en la casa del señor Carson. No querían preocupar a la señora María, quien colgó los hábitos, hace más de 10 años, para casarse con un francés, quien nunca le cumplió como le había prometido en su tiempo de cortejo.
Diana, una señorita de 15 años, les curaba las heridas.
―¡Duele!―se quejó Tom.
―Tu hermano ha sabido aguantar. Debo desinfectar esas heridas para evitar la gangrena, esparciré estas hierbas.
―¡Hey! ¿Es adrede? ¿Qué rayos te pasa?
―Soy aprendiz de enfermera, sé hacer mi trabajo.
Diana, blanqueando los ojos, buscó la paciencia requerida para soportar los quejidos del vaquero.
En la habitación, Albert contemplaba la belleza de Candy.
―Soy feliz a tu lado, sé que tenemos solo horas de saber de la existencia del uno del otro, sin embargo, el hecho de tenerte tan cerca de mí, inexplicablemente me trasmite paz, libertad; una palabra que jamás he puesto en práctica.
―Le confieso, que el sentimiento es compartido. Me gusta estar a su lado.
―Te propongo que te quedes conmigo, ¿quieres?
―Sí, quiero; pero tengo hermanos, debo velar por ellos.
―Puedo ayudarte en lo que necesites. Te daré todo, todo lo que pidas será tuyo. Eres un ángel, mi ángel, quiero amanecer todas las mañanas a tu lado. Llegar a la casa y saber que tú me esperas. Incluso, tener niños contigo.
―Soy una cortesana, sin apellido, te dije que tenía hermanos; pero mentí, soy huérfana. Ellos son como mis hermanos. Nos criamos en el mismo orfelinato ―decía Candy con los ojos brillosos, por las lágrimas, al entender que nunca estaría a su nivel―. ¿Qué papel jugaría en su vida? Le entregué mi virtud para su adiestramiento en la intimidad. Estaré en condición de objeto. No es lo que busco, no es lo que deseo.
Albert peinándose el cabello hacia atrás, buscaba la respuesta adecuada; con delicadeza, le giró la quijada para decirle:
―Para mí, es nueva esta situación.
―Para mí también. Me entregué a un hombre en circunstancias… Me siento… impura. ―Candy se desbordó en llanto.
Albert la abrazó, prometiéndole que nunca la abandonaría, estaría a su lado en las buenas y en las malas. Es una promesa que le cumpliría a toda costa, incluso con su vida.
―Te llevaré conmigo; no te dejaré en este lugar.
Continuará.
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Les dejo una pregunta: ¿y ahora qué sucederá? Chao se les quiere, Dios nos bendiga.
