La cortesana, fic, escrito por Yuleni Paredes
Estelarizado por Candy y Albert (el verdadero príncipe de la colina), personajes protagónicos de la serie animada Candy Candy.
Capítulo 6
Mary Jane, la mucama, tocó la puerta para entregarle a Candy las vestimentas del joven Ardlay; ella gustosa se levantó a recibirlas. Albert contempló a detalle ese cuerpo níveo y delicado con el cual, minutos atrás, se retorció de placer debajo de las cálidas sábanas. Era definitivo, jamás se podría deshacer de ella.
Candy entre abrió la puerta para recibir la ropa.
― ¡Tenga! ―La señora de avanzada edad, le hizo entrega de la vestimenta; antes de que esta se pudiera retirar, Candy la llamó.
―Disculpe, no tengo ―carraspeó un tanto avergonzada para culminar la frase―... es que no tengo ropa.
―Veré que le puedo conseguir, aguarde unos minutos.
―Gracias, se lo agradezco.
―No agradezca, es mi trabajo.
Candy dejó a un lado de la cama la ropa del joven, para irse a asear; pero Albert la tomó entre sus brazos, una vez más, para llenarla de amor de una manera que ni él mismo se imaginó.
Al llegar la tarde, los jóvenes debutantes del arte amatorio salían de la habitación que le sirvió de cómplice; en cuyo sitio se olvidaron del deseo de comer, sólo de vez en cuando bebían agua y un poco de vino del mejor viñero de la ciudad.
Candy vestía un sencillo, pero bonito vestido color rosa de la época, de cuello alto; el semiarmazón le hacía ver una bien formada figura femenina y por supuesto el corset le resaltaba su delgada cintura, elevándole el busto.
Bajaron las escaleras de espiral, Albert la sostenía de la mano para en caso de que ella diera un paso en falso con sus botines de cuero de tacón medio, él la agarraría, evitando su caída. Lord Pierre se acercó a ellos.
―¡Joven, ya es todo un hombre, eh! ―Le palmeó la espalda confianzudamente―. En esa habitación quedó el chiquillo. Le reservé la mejor cortesana que tenemos, cuando guste le ofrezco otra ―dijo tomando por la cintura a Candy, lo cual enfureció al joven patriarca, quien sin pensar lo tomó por la solapa.
―Última vez que usted se dirige a mi dama de forma despectiva. De ahora en adelante será mi mujer y jamás permitiré que la toquen en lo más mínimo.
El hombre fingiendo una sonrisa, expresó:
―El trato fue una virgen para su primera vez, si la desea por más tiempo deberá pagar una suma elevada.
Albert con brusquedad lo soltó en el piso, sacó de uno de sus bolsillos una bolsita con monedas de oro.
―¡Ella no tiene precio! ―El rubio se marchó en compañía de su rubia, dejándole al usurero la dignidad herida, quien se quedó humillado, denigrado a unas cuantas monedas.
‹‹Tienes razón, ella no tiene precio››. Fue el pensamiento de Lord Pierre. Abigail se acercó para ayudarlo a levantarse del piso.
―¡Suéltame! ―expresó con ira, atemorizando a su meretriz más fiel.
En el carruaje, Candy sonreía a su héroe, el chico que sin importarle nada desafeó a uno de los hombres más temidos de la ciudad parisina; sin embargo, algo en su ser le decía que no todo sería felicidad.
En la villa de los Ardlay, ubicada en Londres, la señora Elroy conversaba con los Britter una de las familias más influyentes de Escocia.
―El tío abuelo William regresará pronto de su viaje a Francia ―hablaba la tía abuela, sosteniendo la taza de té.
―Annie es nuestra hermosa hija, es única y la amamos. Queremos el mejor futuro para ella, dará hijos con amor―expuso con solemnidad la señora Britter.
―No lo dudo. La fusión de ambas familias servirá para fortalecer nuestros patrimonios. La familia Ardlay es una de las familias más antiguas de Escocia, la exigencia es nuestra principal base, nos da solidez en nuestras finanzas.
―Señora Elroy, estamos consciente de su poderío. Nuestra hija será leal a sus demandas.
Annie permanecía en una silla con los dedos entrecruzados, en nada intervenía. Era fiel, obediente, jamás se alzaría.
Tom, a pesar de su dolencia, se colocó su chaqueta.
―¿A dónde crees que vas?
―Ese no es tú asunto. Voy por mi hermana, uno de los peones de los Legan me dijo que estaba en ese sucio establecimiento, sacaré a mi hermana de allá.
―Sigues convaleciente. ¿Crees que en tu estado podrás rescatarla?
―Daré mi vida a cambio de la de ella de ser necesario.
―¡Tom, deja de ser cabeza dura! ―dijo exasperada la joven.
Tom abrió la puerta, buscó uno de los caballos para ir en dirección a la casa de las Damas Nocturnas. Al llegar, descendió con agilidad del equino; tocándose con la mano derecha una de las costillas de su parte izquierda adolorida, golpeó la puerta.
Lord Pierre, quien bebía de su vaso de whisky, preguntó exaltado:
―¿Quién toca de manera brutal?
Abigail miró a través del ojo mágico:
―Es el hermano de Candy.
―Excelente, es el otro huérfano, vamos a recibirlo.
Tom pasó acelerado, embravecido.
―¿Dónde está Candy? ―Estiró su brazo derecho para agarrarlo por la solapa.
―Soy tu amigo, no arremetí en contra de ustedes. Todo es culpa de William Albert Ardlay, él se la llevó. La quiere de muñeca para cumplir sus más bajas fantasías. No soy el enemigo, el enemigo es él, que a la fuerza la sometió y la hizo suya. Nosotros quisimos intervenir, pero tiene hombres a su mando. Te ayudaré a encontrarla ―dijo el cobarde con rostro y mirada temblorosa, haciéndose víctima de las circunstancias.
―¡Mientes! ¿En dónde la tienes?
―No miento. Se la llevó a Londres, vaya al puerto. Allí le informarán de los nombres de las personas que abordaron el buque del atardecer ―indicó nervioso. Luego de mirar salir a Tom lleno de furia, sonrió triunfalmente―. ¡Pobre tonto! Te lo dije Ardlay, que me cobraría la humillación. Lo que nunca imaginé es que sería tan rápido.
En el camarote del barco.
―Candy, te traje algunos vestidos, espero sea de tu talla; de caso contrario, podemos hablar con el sastre del barco para que los ajuste a tus medidas.
―Gracias, sigo preocupada por mis hermanos.
―Ellos estarán bien, envié uno de mis hombres de confianza a indagar sobre su condición. Recibí un telegrama informándome que están en libertad, se fueron en dirección a la casa de los Carsso. Di instrucciones para abastecerle de lo necesario.
―Siempre estaré agradecida, que me hayas rescatado de ese mundo.
―Soy el hombre más dichoso por tener a una mujer como tú a mi lado. Acompáñame, ofrecerán un festín ―Candy, feliz, aceptó la invitación; esa noche sería una gran dama, como siempre lo soñó.
Continuará.
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Les dejo una pregunta: ¿Qué hará Tom? Chao, se les quiere, Dios nos bendiga.
