Este capítulo es muy hard :v
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Capítulo 2 — Dominentur et sole
Dixon podía sentir las fuertes embestidas invadiendo dentro de su ser cada vez con mayor frenesí. Dolarhyde no estaba teniendo compasión. El impecablemente peinado cabello rubio de Dixon ahora estaba totalmente despeinado. La vigorizante fuerza del Dragón Rojo estaba poseyéndolo por completo y Dixon no se sentía arrepentido de provocarlo hasta llegar a eso. Dixon sintió como su mente perdía la razón, Francis Dolarhyde estaba dominando todos sus sentidos.
Dolarhyde arremetía dentro de él con fuerza vigorosa y rapidez, Dixon casi no tenía oportunidad de acostumbrase a ello. Cuando comenzaba a hacerlo repentinamente sentía como Dolarhyde ya había cambiado la posición. Lo hizo varias veces. Dolarhyde le levantaba con facilidad con sus fuertes brazos de musculatura bien ejercitada. Dixon arqueaba su espalda de placer por el impulso. En un momento sintió cómo Dolarhyde comenzaba a masturbarlo. Era una excitante mezcla de doble placer, mientras Dolarhyde le penetraba hasta el fondo al mismo tiempo tiraba bruscamente de su glande. Dixon sentía que la faltaban gemidos suficientes para emitir de su cuerpo todo el placer que estaba experimentando. Dolarhyde nunca antes había masturbado a otro hombre pero lo había hecho consigo mismo desde que era un crío y se había vuelto casi en un hábito ritual. Era la primera vez que tocaba el miembro de otro hombre, pero descubrió que se sentía demasiado bien, se sentía más dominante, le gustaba tener el control total de alguien semejante a él, con un cuerpo masculino como el suyo.
Dixon se aferró a su espalda con fuerza hundiendo sus dedos sobre su piel, lo hizo aún más cuando Dolarhyde comenzó a mordisquearle la clavícula una y otra vez sin detenerse mucho. Dixon ahogó sus gemidos en el hombro de Dolarhyde. Encima del par de amantes, en el techo había un gran espejo que alcanzaba las mismas dimensiones que la gran cama. A Dixon siempre le había gustado tener enormes espejos en sus habitaciones porque disfrutaba extraordinariamente mirar su reflejo y el de su amante en turno teniendo sexo duro. En ese momento Dixon divisó en el espejo el reflejo de sus cuerpos copulando y notó por primera vez que la corpulenta y ancha espalda de Dolarhyde estaba provista de un gran tatuaje que le cubría casi en su totalidad. Aún a esa distancia Dixon reparó en que el tatuaje era demasiado sexy, la espalda de Dolarhyde lo era aún más. Dixon comenzó a acariciar su espalda con mucha más excitación. En un momento sus rostros se encontraron de frente, se miraron a los ojos fijamente notando recíprocamente en sus rostros la agitación que ambos tenían y la capa de sudor que cubría sus frentes. De pronto Dixon no lo resistió más, tomó a Dolarhyde de la nuca y atrajo su rostro al suyo para besarlo y Dolarhyde accedió y abrió su boca con toda la disposición y deseo de besarlo profundamente. Sus labios se encontraron por primera vez en un ardiente beso mientras sus cuerpos seguían unidos, agitados, húmedos. Pronto Dixon sintió la lengua de Dolarhyde adentrarse en contacto con la suya dentro de su boca al mismo tiempo que la rigidez de su miembro erecto se deslizaba continuamente dentro de él. Era una sensación excesivamente maravillosa. El beso de Dolarhyde estaba embriagándolo de placer.
Dolarhyde cesó de besarlo por un momento para divisar el rostro de Dixon un momento. Disfrutó sobremanera ver su expresión de gran goce y volvió a besarlo con ansiedad. El beso se prolongó más que el primero y Dolarhyde aumentó aún más las embestidas y el ritmo en que le masturbaba con su mano derecha, sentía que quería devorarlo entero. Dolarhyde habría querido lamer y succionar el pene de su rubio amante sin dudarlo, lo deseaba, pero no quería dejar de penetrarlo, se sentía tan malditamente bien estar dentro de su cálida y apretada cavidad. Dixon detuvo el beso un momento cuando no pudo contener más su necesidad para gritar. Gritó más fuerte que las veces anteriores mientras llevó ambas manos hacia el oscuro cabello de Dolarhyde y lo acarició entre sus falanges. Dolarhyde buscó su boca con la suya de nuevo, apresuradamente, para tranquilizar un poco sus gritos. Dixon ahogó sus gemidos mientras volvía a disfrutar de los besos profundos de su amante alfa. Luego de eso Dolarhyde comenzó a hundir su cara contra el pecho de Dixon, manoseó enteramente la piel desnuda y perlada de sudor de su rubio amante moviéndose con desesperación, toqueteando cada centímetro de su blanca piel y pronto comenzó a mordisquear sus pezones hasta hacerlos enrojecer. Dixon sintió una vez más que estaba llegando a la locura.
—ahh qué hombre…¡todo un alfa! —gemía Dixon con voz ronca y entre cortada. Casi sentía como si su cuerpo no pudiera resistir más. Sus gemidos alentaron a Dolarhyde para hacer aún más uso de su fuerza, era el poder del Dragón el que le hacía tener toda la potencia de poseer de esa forma a otro hombre.
Cuando Dixon quiso volver a besar a Dolarhyde apenas pudo rozar sus labios con los suyos ya que de inmediato Dolarhyde lo tomó por la cintura y le cogió para darle un medio giro sobre la cama. Dixon solo se dejó llevar, le encantaba esa dominación, esa noche Dolarhyde podía hacer lo que quisiera con él, su cuerpo era suyo. En un instante Dixon estaba en posición de cuatro, hincado sobre la blanda cama y antes de que tuviera tiempo de voltear a ver sintió la humedad de la áspera y cálida lengua de Dolarhyde recorriendo su entrada hasta que el alfa comenzó a lamer el interior. Dixon sintió un ardiente sentimiento cosquilleaste recorrer todo su vientre. Hacía mucho tiempo que ningún hombre se atrevía a hacerle eso y pensar en que era Dolarhyde quien lo estaba haciendo sin pedírselo le excitaba mucho más.
—ahhh…esto es tan…delicioso —expresó Dixon en medio de su éxtasis. Dolarhyde continuó adentrando su lengua dentro de la concavidad de Dixon mientras tiraba de su propio miembro para auto masturbarse, quería volver a introducirse dentro de esa cavidad tan cálida y estrecha, tenía que despertar una erección más potente para llevarlo a cabo. Ver a Dixon tan vulnerable para él en esa posición le hizo de pronto tener pensamientos ilusorios dentro de su mente, percibió casi como si dentro de lo más profundo de su inconsciencia el Dragón Rojo hubiera vuelto para ordenarle, ordenarle que penetrara sin piedad a Dixon. La entrada de Dixon quedó completamente humedecida.
Dixon sintió cuando Dolarhyde cesó de lamerle pero casi de inmediato sintió el pesado miembro erecto de Dolarhyde posarse encima de sus ahora enrojecidos glúteos.
—Anda, métela ya…no te detengas —insistió Dixon con voz ronca, mirándole de reojo. Dolarhyde sonrió maliciosamente emitiendo una leve risa burlona, relamiéndose la humedad de sus labios que se habían ensalivado y pronto comenzó a penetrarlo de nuevo, primero apenas insertando la punta de su enrojecido glande para luego penetrarlo por completo. Dixon volvió a gemir fuertemente al sentir la invasión completa, en esta posición sintió mayor dolor pero también supo que Dolarhyde había logrado alcanzar a tocar su próstata casi al instante, estimulándola, provocándole una mayor erección y placer sexual. Su miembro se endureció más e intentó aliviarlo con la mano pero la invasión del miembro del amante alfa dentro de él le obligó a aferrarse de nuevo a las sábanas de la cama. Antes de que Dixon pudiese acostumbrarse a la enorme rigidez del miembro de aquel alfa, Dolarhyde le embistió con mayor rapidez y brutalidad que lo que había hecho antes. Dixon sintió la placentera mezcla de dolor y éxtasis.
—ahhh John…por favor…espe… —Dixon le llamó con su falso nombre. Dixon estuvo a punto de pedirle que se detuviera, pero desistió de ello, no quería perderse ni un solo ardiente momento de tener sexo duro con éste adonis hercúleo. Debía resistirlo aunque sintiera que Dolarhyde le partiría en dos. Dixon arqueó la espalda más. Dolarhyde pudo sentir que Dixon estaba sufriendo un poco pero también percibía entre sus manos la forma en que Dixon lo estaba disfrutando. Podía sentir a través de la piel desnuda y sudorosa de Dixon el placer que disfrutaba al ser penetrado de esa perversa manera. El cuerpo ardiente de Dixon temblaba entre sus brazos. Las manos de Dolarhyde volvieron a buscar con arrebato su falo erecto. Le gustaba sentirlo, palpitante entre sus masculinos dedos inquietos.
Dixon trató de moverse también para contener mayormente la penetración pero Dolarhyde lograba someterlo más antes de que tuviera la oportunidad de hacerlo. Dixon sentía que su cuerpo no respondía por sí solo, las manos de Dolarhyde estaba conduciendo su cadera en vaivén.
—ahhh Johnny…¡eres un monstruo! Ahh es enorme….bestial…—gritó el rubio tratando de tomar aire suficiente para resistir. Al escuchar las últimas frases pronunciadas por Dixon, Dolarhyde se sintió grandemente provocado. Le había llamado monstruo. Lo era. Se lo demostraría.
—¿quieres sentir verdadera potencia bestial? —farfulló Dolarhyde con ronca voz. Dixon se dio cuenta que durante todo el encuentro sexual Dolarhyde no había hablado antes, los sonidos guturales de su voz solo se habían limitado a jadeos entrecortados casi inaudibles. Dixon volvió a excitarse ante la sentencia amenazante de Dolarhyde y se mordió los labios.
—¿quieres saber lo que es un verdadero monstruo? —inquirió Dolarhyde seductivamente fogoso. Dixon apenas asintió con un gemido y de pronto su cara fue hundida contra la almohada, una de las dominantes manos de Dolarhyde le había empujado pesadamente con el fin de empinar más su cuerpo y provocar que las embestidas fueran más rígidas. Dixon mordió la almohada. Volvió a pensar alegóricamente que Dolarhyde era un monstruo pero esta vez no pudo decirlo. Mientras Dolarhyde seguía penetrándolo con salvajismo, mantuvo sus manos pesadamente sobre la espalda de Dixon.
"¿Lo ves, estúpido Dragón Rojo? ¡No soy un fracasado sexual!" pensó Dolarhyde para sus adentros en su psicopatía onírica que sólo él podía percibir. Dolarhyde sintió entre sus dedos como el glande de Dixon comenzaba a gotear. Su miembro duro dentro del rubio también estaba a punto de estallar, palpitante. Dolarhyde incrementó aún más las estocadas dentro de Dixon hasta que su orgasmo se liberó en una deliciosa explosión de su semilla. Dixon sintió internamente la plácida calidez de la eyaculación de su macho alfa que comenzó a escurrirse entre sus glúteos. Dolarhyde embadurnó el blanquecido líquido con sus dedos. Dixon sonrió jadeante ante la perversidad de Dolarhyde y dio un largo suspiro. Dolarhyde se inclinó para mordisquear la parte alta de su espalda, su sonrojada oreja, su glúteo. Dolarhyde sintió que la malévola dentadura del Dragón Rojo le pertenecía, se había amalgamado a él para siempre.
La lujuria desatada se prolongó durante un gran rato más hasta que al fin sus cuerpos exhaustos y jadeantes se separaron. No faltó mucho tiempo para que ambos se quedaran dormidos, Dixon se sintió orgulloso de lo que había logrado y alcanzó a acariciar uno de los pectorales de Dolarhyde, alcanzó a sentir el latir de su corazón agitado por el sexo antes de caer en profundo sueño.
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La molesta alarma del despertador repiqueteó sobre la cómoda que estaba contigua a la cama. Dixon alcanzó a apagarla de un manotazo y decidió volver a cerrar sus ojos con el propósito de dormir un poco más. Estaba terriblemente agotado. La luz del día le lastimaba la cara. Pasados unos minutos la alarma volvió sonar y ésta vez decidió que era hora de comenzar a espabilarse y su primer pensamiento inmediato fue el de palpar a tientas el otro lado de la cama. Se dio cuenta, para su gran sorpresa, que su preciado amante alfa no estaba ahí. Dixon intentó incorporarse de inmediato con sobresalto aunque el dolor que sintió al hacerlo le hizo respingar. Descubrió que el agudo dolor provenía de su trasero. Sin duda había sido una intensa noche de sexo duro. Hacía mucho tiempo que no lo tenía de esa forma tan salvaje aun considerando que en su vida se había acostado con demasiados hombres. Pero a pesar del dolor no se arrepentía en absoluto. Ahora debía preocuparse por saber dónde estaba Dolarhyde. Dixon se levantó con cuidado de su cama y alcanzó a vestirse tan pronto como pudo con su bóxer. En el piso encontró tirado su ropa interior que Dolarhyde le había desgarrado la noche anterior. Dolarhyde hacía eso a menudo con quien se acostaba.
Dixon avanzó a lo largo de la habitación. En el lapso en que lo hizo no escuchó ningún ruido que indicara que Dolarhyde pudiera estar en la habitación, aunque la suite era enorme y para llegar al baño había que caminar seis metros. Dixon comenzó a sentirse extrañamente desesperado. Se sintió aún más frustrado cuando después de buscar por toda la suite no encontró rastro alguno de él. Dixon no era un tipo sentimental pero la ausencia tan repentina de Dolarhyde le hizo sentir mal. Aunque recordar la deliciosa noche de sexo que le había dado le reconfortaba el mal sentimiento. Se asomó por el balcón y divisó un poco el tráfico de los autos que circulaban por la avenida preguntándose si Dolarhyde podía estar huyendo de él en alguno de esos vehículos. Pero era ridículo poder apreciarlo bien desde ahí. A esa distancia los autos transitando parecían hormigas.
Se sentó en el borde la cama, un poco dubitativo y aquejándose un poco el dolor electrizante y comenzó a acariciar el lado de la cama en el que Dolarhyde había dormido.
—El muy desgraciado ni siquiera se esperó a que le hiciera una buena paga… —expresó Dixon para sí mismo con voz risible. El dolor palpitante de su trasero volvió a afligirle, por ahora eso sería un buen recuerdo del sexo duro que había vivido la noche anterior.
Dixon se apresuró tanto como pudo a tomar una rápida ducha para darse prisa en bajar pronto a la recepción con el fin de preguntar al gerente y al personal si alguno de ellos había visto a Dolarhyde. Cuando el rubio estaba a punto de meterse a la ducha, luego de haberse desnudado por completo sintió la humedad viscosa que seguía resbalando dentro de su entrada. El semen de Dolarhyde le escurría poco a poco entre sus muslos. Advirtió que no se había detenido a pensar antes en el hecho de que Dolarhyde no había usado un condón. Dixon era un hombre promiscuo pero siempre había sido totalmente precavido con la protección. Pero el sexo con Dolarhyde había sido demasiado repentino y arrebatado para darse cuenta en ese momento que debían usar protección pero tampoco le importaba mucho si él se había corrido dentro de él. En realidad le gustaba. Abrió la llave de la regadera y el agua comenzó a cubrir su cuerpo. No dejó de pensar en lo sucedido la noche anterior ni un momento.
Cuando Dixon terminó de ducharse se dirigió rápidamente a la recepción y le proporcionó al gerente y a su personal a cargo la descripción física de Dolarhyde para localizarlo pero lo único que pudieron mostrarle fueron algunas grabaciones de las cámaras de seguridad donde efectivamente apreció Dolarhyde. Pero no había más datos de él. Dixon pensó que mejor debía buscar afuera.
—sentimos no poder ayudarle más, señor Shepard —dijo el gerente dirigiéndose a Dixon. Dixon jamás podía usar su nombre real para hacer reservaciones de hotel de ninguna manera tratándose de un asesino a sueldo. Cada vez que se instalaba en una suite lo hacía bajo falsas identidades haciendo pagos en efectivo. Dixon le sonrió al gerente con su blanca sonrisa y se retiró del lugar sin protesta.
El rubio decidió que no debía seguir indagando en ello dentro del hotel por lo cual se dio prisa para salir del lugar y buscar a Dolarhyde por su propia cuenta. Pensó que por obvias razones podía volver a encontrarlo en el mismo sitio donde lo había conocido la tarde anterior y tomó un taxi que lo dirigió a la gran hemeroteca principal de la ciudad de Boston Herald. Pero aunque Dixon pasó todo el día y toda la tarde ahí, nunca pudo encontrar a Dolarhyde. Su frustración creció y comprendió desventurado en que sólo había perdido el tiempo.
—debí haber ido a consultar un detective para que lo localizara…a esta hora quizá pueda ser más difícil encontrarlo —dijo para sí mismo cuando terminó de bajar todos los escalones de la salida del edificio. Se sentía molesto, Dolarhyde realmente le gustaba y de la noche a la mañana se había esfumado como el humo en el aire, en una enorme ciudad de la cual no tenía idea, en un país que ni siquiera era el suyo. Pensó que Dolarhyde estaba pasando de ser su simple capricho en una gran obsesión. Pero eso no le importaba. Dixon siempre había tenido grandes obsesiones y siempre conseguía satisfacerlas. Encontraría a Dolarhyde a como diera lugar.
Dixon llamó a un taxi para volver a su suite. En cuanto el vehículo se detuvo y él ascendió dentro del carro le indicó al taxista la dirección en donde estaba el lujoso hotel, el mismo hotel donde había sido poseído por el vigoroso alfa del sexy tatuaje de dragón rojo trazado en la piel de su masculina espalda. Dixon se relamió los labios al recordarlo, al recordar sus ardientes besos, al recordar su enorme y grueso miembro viril deslizándose dentro de él sin detenimiento, al recordar como sus masculinas manos casi se fusionaban con su excitada piel desnuda. También sintió el cosquilleo en su entrepierna que le hizo endurecerse bajo su pantalón, algo que el conductor del taxi no podría notar. En cuanto Dixon cerró la portezuela y segundos después de que el taxi emprendiera la marcha, sin saberlo Dolarhyde estaba cruzando la misma acera, en propósito de tomar también un taxi. Sin saberlo Dolarhyde había estado cerca de Dixon esa tarde, pero Dolarhyde tampoco lo sabía. Dolarhyde había pasado el tiempo hasta la puesta de sol en un parque muy cercano a la hemeroteca pensando en los sucesos y observando a la gente pasear ahí. Pensando en Dixon, en el sexo desenfrenado, en lo bien que se había sentido poseerlo y el poder que el Gran Dragón Rojo le confería. Se sentía mucho más fuerte.
Dolarhyde tomó el siguiente taxi y le indicó al conductor el lugar a donde debía dirigirlo. Un modesto edificio de departamentos donde se había instalado hacía unas semanas.
Llegó al edificio con normalidad y con paso medianamente rápido llegó hasta su piso. Algunos de sus vecinos le vieron pero ya se habían acostumbrado a él.
Dolarhyde hizo el mismo acto ritual que tenía acostumbrado hacer desde hacía años atrás, inspeccionar meticulosamente que todo en casa estuviera en orden. Seguía obsesionándole la idea de cuidarse de los ladrones. Además era bastante noche y desde la mañana, luego de llegar desde el hotel de Dixon y cambiarse de ropa, no había estado dentro de la vivienda. Luego de terminar de revisar cada rincón decidió ir a tomar una nueva ducha nocturna. La necesitaba, necesitaba relajarse.
Estando bajo el agua de la regadera se concentró en la desnudez de su pelvis. Su vista se posó sobre su propio miembro, flácido y mojado por el agua corriente de la ducha. Sostuvo el falo con una de sus manos y recordó la excitante y apasionante noche que había tenido con aquel misterioso hombre del cual no sabía nada más que el nombre, un nombre que no podría olvidar. El nombre de Hector Dixon quedaría en su memoria para la posteridad. Dolarhyde pensó el momento en que le había penetrado por primera vez, el primer contacto cálido de su interior. Había sido un contacto distinto al que había tenido antes con mujeres, un contacto opresivo y rígido.
Recordó lo mucho que había disfrutado de recorrer el cuerpo del rubio con sus manos, el cuerpo de otro hombre. Sus gemidos con dulce voz masculina, como si de un jovencito se tratase. Mordisqueando su blanca piel, casi tan clara como la piel de Reba, pero distinta. Y ese cabello rubio, dorado como el sol que relucía aún bajo la tenue luz de las lámparas de habitación lujosa, dorado cabello que terminó desaliñado por la agitación de su acto sexual. Ese cabello rubio, dorado como el sol.
Dolarhyde comenzó a masajear su pene bajo el sucinto flujo del agua corriente de la regadera. Pronto se levantó en una erección. No podía dejar de pensar en Hector, así se llamaba el rubio, esa lo único que sabía de él. También sabía que su piel era deliciosa, había comprobado que sus labios eran dulces y que su cuerpo apretado, contraído contra su invasión se estremecía entre sus brazos, los brazos del Dragón Rojo. La erección bajo la regadera se incrementó obscenamente, ahora estaba recordando casi vívidamente los besos profundos que había tenido en encuentro de sus lenguas húmedas. Se estaba masturbando por Dixon. Aliviaba la erección con ambas manos. El agua continuó cayendo.
—ahh —gimió al fin, tiró de su miembro con mayor fuerza. Ese cuerpo menudo aprisionando su miembro desde adentro para no dejarlo escapar, esa nívea piel británica, esa dentadura blanca y perfecta, esa audacia suya de provocarlo para llevarlo a su cama, esos ojos de profunda mirada gris, ese cabello reluciente dorado como el sol…dorado como el sol. Él era el Dragón Rojo…él dorado como el sol…
La dominación del Dragón Rojo, el poder absoluto de la maldad de Satanás comprimida en la idea conceptualizada de un hombre mortal…el Dragón Rojo dominando al mundo con su yugo perverso sobre la tierra…la mujer revestida de Sol que temerosa intenta huir del maligno…pero ya es tarde, la mujer dorada ha sido alcanzada y se ha enredado con la cola del Dragón Rojo que está próximo a devorarla….dorado como el Sol…entonces quizá Blake estaba equivocado.
¡Eso era!
Dolarhyde se detuvo a pensar en esa nueva idea retorcida. Si él era el Dragón Rojo, quizá Dixon era la representación del Sol. Tal vez Blake estaba equivocado, la representación antropomorfa del Sol no era una mujer sino un hombre. O quizá el equivocado había sido el apóstol Juan en la revelación del apocalipsis. Sentía su erección explotar. Gimió fuertemente.
Su erección terminó en el derrame inaudito de su esperma disperso entre sus manos, el agua corriente lo desvaneció. Dolarhyde cerró la llave de la regadera y salió de la ducha. Tomó una toalla de la repisa y se secó. Luego de ajustarla alrededor de su cintura, fue a divisar su propio reflejo en el espejo del lavamanos. Había tomado la decisión de volver a reencontrarse con su otra parte, el hombre que estaba destinado a complementarle. El hombre rubio dorado como el Sol. Pero tendría que hacerlo a la mañana siguiente. Ya era media noche.
Al día siguiente Dolarhyde despertó y el primer pensamiento que tuvo en mente fue la imagen de Hector Dixon. No dejaron de resonar en su mente las ideas que había tenido la noche anterior bajo la ducha. El Dragón Rojo no podía estar completo si no tenía consigo a sus pies al hombre revestido en sol. Pero le había dominado una noche entera y eso por ahora era suficiente. Comprendió que esa era la razón por la cual se había sentido demasiado bien follarlo. Era una clara señal. Sus cuerpos habían sido hechos para encajar perfecto.
A pesar de su recién adquirida ideología él sabía que aún era torpe para descifrar completamente todas las ideas surrealistas y oníricas. El Doctor Hannibal Lecter con su refinado y sofisticado conocimiento general del mundo era el más indicado para ayudarle. Seguía obsesionándole la idea de encontrarse en persona con él, disfrutar juntos de sus comunes ilusiones arquetípicas, el goce del derramamiento de la sangre. Pero ahora tenía que encontrar también a Hector Dixon. Supo en ese momento que había sido demasiado estúpido haberse marchado de su suite sin decirle adiós.
Dolarhyde terminó su desayuno y salió de su departamento con el propósito de buscar a Dixon cuanto antes.
Por otra parte Dixon tampoco había dejado de pensar en el adonis alfa. Le tenía loco. Había dormido desnudo en su gran y lujosa cama en la suite presidencial, como si quisiera revivir el recuerdo de lo que había sucedido entre ellos esa noche de desenfreno. Al menos sentir las sábanas de rojo satín deslizarse bajo su piel podía ser lo más cercano al recuerdo del contacto de las manos de Dolarhyde manoseando su desnudez, poseyéndolo.
Pero a primera hora de la mañana, antes de que Dixon pudiera terminar de despabilarse recibió una video llamada en su laptop. Era el hombre de alto rango político británico que le había contratado para perpetrar el asesinado. Le llamó a Dixon con la orden de que volviese a Londres cuanto antes para darle el resto de la paga y también para evitar levantar sospechas de la policía. Al hombre no le importó cuando Dixon le explicó que había estado cambiando de hotel desde que había asesinado al hombre y que en todo momento había sido totalmente cauteloso para no dejar pistas. El funcionario político le ordenó y amenazó imponente para que tomase el jet privado que saldría a Reino Unido en una hora.
—has hecho un excelente trabajo Dixon, mereces el resto de la paga. El jet privado te espera dentro de una hora—dijo el hombre desde el monitor.
—me alegra que esté satisfecho con mi trabajo….—Dixon sonrió.
—lo estoy en demasía, no puedo quejarme de tu trabajo tan impecable.
—pero…me gustaría permanecer al menos un día más aquí…—expresó Dixon con vacilación. Sabía que el político lo rechazaría.
—el jet privado te espera en una hora Dixon. No podemos levantar sospechas en la policía. No podemos arriesgarnos…—respondió el político al tiempo que alzaba un puro entre sus dedos.
—lo entiendo pero…sería solo un día más—Dixon sonriente trató de persuadirlo. El sujeto se exasperó ante ello.
—el jet privado te espera en una hora Dixon. Si te atreves a tratar de llevarme la contraria mis hombres irán a por ti…te tratarán excelentemente—espetó el sujeto con deliberado sarcasmo. Dixon observó la rigidez de su expresión cuando dio una calada al ancho puro. Hubo un silencio antes de que Dixon vacilante susurrara su respuesta.
—así que en una hora….
—en una hora el jet saldrá a Londres. Corre tu tiempo, cariño—sonrió criminalmente el hombre desde el monitor de su laptop y cortó la video llamada. Dixon suspiró resignado aunque sin afán de dejar el hotel, el país, ir al aeropuerto. Pero la expresión amenazante del hombre influyente había sido demasiado clara y amenazante. Dixon podía leer bien su bastardería en su avejentado rostro a través de la pantalla. Resistiendo protestar decidió hacer caso a su autoridad. En un momento ya se encontraba haciendo sus maletas y tomando un taxi para dirigirse al aeropuerto donde lo esperaba el jet privado.
Se sintió frustrado de no poder buscar a Dolarhyde pero se propuso regresar al país y a la ciudad en cuanto arreglara aquel asunto en Inglaterra.
Cuando Dolarhyde se dirigió hacia el hotel donde se hospedaba Dixon, el rubio ya se encontraba a punto de abordar el avión que le regresaría a su país. Además cuando Dolarhyde se acercó a la recepción del lujoso hotel para preguntar por Hector Dixon los encargados y el gerente le informaron que nadie con ese nombre se había hospedado en ese lugar.
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Mientras tanto en el hospital de Chesapeake en Virginia, yacía herido en una fría cama de hospital el agente Will Graham recuperándose del daño que el asesino Francis Dolarhyde le había causado en su último encuentro, cuando Dolarhyde había descubierto el domicilio de su casa y le había atacado con planeada infamia. Le dolía terriblemente la herida que Dolarhyde le había hecho en la mejilla, le había provocado un gran edema que aún mantenía hinchada su piel y le dolía también el impacto de bala que había ido a rebotar contra su antebrazo, pero sobretodo también le dolía el abandono de Hannibal. Hannibal había huido con su terapeuta psiquiatra la Dra. Bedelia Du Maurier con rumbo desconocido hacía algunas semanas, probablemente a Europa. Hannibal había abandonado a Will.
Will Graham siempre se había sentido atraído por la enigmática y refinada personalidad del doctor Hannibal Lecter. Aunque no lo admitiera, ni siquiera en ese momento, los actos criminales del doctor Lecter le maravillaban por el simple hecho de nunca dudar en llevarlos a cabo. Por su sangre fría y su elegancia que nunca pedía ni siquiera para asesinar y desmembrar a alguien. Hannibal Lecter siempre lograba sus cometidos, siempre lograba materializar sus más oscuros y retorcidos impulsos asesinos y transformarlos en arte culinario, otra de sus pasiones.
Había permanecido inconsciente durante un par de días, se había asestado un fuerte golpe contra la sien cuando cayó por las escaleras luego de ser alcanzado por el proyectil de Dolarhyde. En aquel momento Graham creyó que era su fin, Dolarhyde lo tenía en sus manos. Pero hacía un día que había despertado en el hospital, notando que se encontraba en una sala de cuidados intensivos, mitigado por los calmantes y el dolor. Aún se encontraba convaleciente, pero poco a poco lograba recuperar la noción de las cosas. Miró hacía el reloj de grandes números que colgaba sobre la pared de su habitación. Pudo notar que eran cerca de las cuatro, aunque no tenía idea si era tarde o madrugada. Volvió a quedarse dormido hasta el mediodía, esta vez pudo notarlo bien porque el rayo del sol lograba penetrar entre las persianas. Pudo ser capaz de percibir el olor a medicina que impregnaba el ambiente. De pronto alguien entró dentro de su habitación. Borrosamente pudo percatarse que se trataba de Jack Crawford quien se detuvo al pie de su cama para observarlo. Graham trató de hablar pero sintió un terrible dolor agudo y opresivo en el costado de su mandíbula que le impidió articular siquiera una sola palabra.
Crawford le sonrió y Will comprendió que su condición no le permitiría hablar por más que se esforzara.
Jack supo que Will quería comunicarse pero que no podía hacerlo así que le acercó una pequeña pizarra blanca con un rotulador y Will empezó a escribir sus preguntas, con un poco de torpeza pero concretas y directas.
"¿Qué pasó con él?" escribió Graham en la pizarra.
Ante sus cuestionamientos, Crawford explicó todos los sucesos que habían acontecido luego de que Will perdiera la consciencia en aquel enfrentamiento contra Dolarhyde y luego de que él y el FBI llegaron para rescatarle.
—Lo siento Will, no pudimos atraparle. El muy desgraciado escapó sin dejar más rastro que algunos cabellos sin raíz, por lo cual no sirven para el análisis. Traía puestos guantes, muy probablemente, así que no tenemos nada de sus huellas y las huellas de sus zapatos son de un estilo de calzado industrial demasiado común, no puedo imaginar cuantas miles de personas utilizan el mismo tipo de calzado que ese tipo usó ese día. Lamentablemente en el museo de Brooklyn mató a las dos encargadas de la galería de arte por lo cual no tenemos testigos acertados ni pruebas fidedignas. El tipo traía puesto un disfraz ese día sin duda.
Will Graham alcanzó a escribir en la pizarra una frase más larga. "traía una máscara puesta"
—eso sigue dificultando el caso. No conocemos el rostro real del Dragón Rojo. Ni siquiera ante ti se mostró con el rostro expuesto. La única persona que ha visto su rostro real, Freddie Lounds, ahora está muerta— expresó Crawford sombrío e hizo una breve pausa para continuar —aunque los testigos que le alcanzaron a ver a la entrada del museo han proporcionado algunos datos con los cuales nuestro personal ha logrado elaborar un retrato hablado, no lo suficientemente fehaciente pero es lo más cercano al Dragón Rojo que tenemos por ahora
Crawford se sentó en una silla cercana a la cama. Will le había escuchado todo el tiempo con atención.
—parece ser que en la casa que se incendió no quedó ningún rastro de la vida que llevaba. La mujer ciega que le conocía y con quien mantenía una relación tampoco sabe más allá de lo que conocen en el laboratorio de películas donde trabajaba, los cuales son datos muy escasos. Parece que a Dolarhyde se lo tragó la tierra, pero seguimos en su búsqueda intensivamente.
En ese momento la enfermera golpeó el vidrio de la ventana para indicar a Crawford que el tiempo de visitas había terminado.
—Debo irme Will, te veré luego— expresó Crawford, fastidiado de que la enfermera golpeara el vidrio un par de veces seguidas más.
Graham le miró reticente. En cuanto Crawford salió de la habitación, pensó en la ansiedad que le causaba saber dónde diablos podría encontrarse ahora mismo Dolarhyde y cómo diablos era su rostro.
Se vio vencido de nuevo por el sopor y cayó en un sueño ilusorio. En su mente aparecieron remembranzas de un pasado que no había quedado muy atrás. En su mente se presentó una especie de película de sus más destacados recuerdos desde que había conocido al doctor Lecter. Desde el primer momento en que le había visto, el intenso sentimiento que había desarrollado por él, la obsesión escondida y empecinada por ser parte de su vida e incluso aquella vez en que Hannibal le había apuñalado luego de que Will confirmara las sospechas que había tenido desde tiempo atrás, el canibalismo de Hannibal.
Hannibal le había herido a traición en el costado del cuerpo, aquel dolor le había parecido mucho más terrible que el impacto de bala que había rozado su brazo hacía tres días. El corte que Hannibal le había atizado había sido hecho con exactitud quirúrgica y luego…le había besado. Extraña forma de amar. No le pareció tanto cuando un par de meses atrás él y Hannibal se habían convertido en amantes, en el mismo sitio donde Hannibal le había ofrecido psicoterapia. Todo había comenzado en el diván y había terminado en la cama, la cama del psiquiatra. Will Graham tuvo la impresión de volver a sentir las sábanas de raso enredándome en sus cuerpos desnudos que se deseaban y que al fin se habían unido.
La relación del agente Graham y el doctor Lecter siempre había sido extraña pero al mismo tiempo complementaria. Sentían una especie de extraña co-dependencia. Algo excitante.
Aunque lo suyo no había logrado consumarse completamente en todo ese tiempo.
Luego de que Hannibal hirió a Will y atacó a Crawford aquel día, habían logrado capturarle. El doctor Lecter había sido recluido en el psiquiátrico, resguardado con máxima seguridad en el Hospital Forense del Estado de Baltimore, condenado a nueve cadenas perpetuas. Irónicamente por causa del mismo Lecter, Will Graham también había sido recluido ahí, injustamente, durante un tiempo, siendo absuelto de cargos al demostrarse su inocencia y su cordura. Aunque de la cordura Graham no estaba demasiado seguro. Nunca había asesinado a alguien con propósito y sangre fría como el doctor Lecter, pensar en algo así en realidad le perturbaba demasiado, pero aún incluso ahora seguía reprimiendo sus oscuros impulsos. En lo recóndito de su psique Will Graham pensaba como un asesino.
Pero algunos meses después de su reclusión, Hannibal Lecter había logrado escapar, luego de engañar y asesinar a los propios enfermeros que le custodiaban.
Will Graham continuó en su letargo durante algunas horas, dolorido, menoscabado. Fuera de la sala de cuidados intensivos, Jack Crawford recibió de manos de una enfermera una carta dirigida para Will. La enfermera le indicó que también habían llegado unas flores junto con la carta.
Crawford tuvo un extraño presentimiento. Las flores no tenían firma alguna, la carta solo mostraba el destinatario. Crawford pidió a la enfermera que llevara las flores a la habitación de Will mientras él guardó la carta en su bolsillo.
Logró que un médico interno hiciera una revisión flouroscópica de la carta en la sala de rayos. Cortó el sobre cuidadosamente con un fino abrecartas y revisó superficialmente el interior del sobre esperando que no contuviera ninguna especie de polvillo extraño. Cuando comprobó que no había algo raro sacó la carta del sobre y procedió a leerla. Sin duda era lo que adivinó. Una carta de Lecter.
Querido Will:
Me he enterado del duro enfrentamiento que tuviste hace unos días en tu propia casa contra aquel asesino. No sabes cuánto me encantaría poder visitarte. Lamentablemente vivimos en una época primitiva, ni salvaje ni erudita. Y tu maldición son las medias tintas. ¿Has logrado ya aceptar la excentricidad de tu psique, querido Will? ¿O acaso aún vives perturbándote sintiendo las culpas de los demás? Aquí se vive bien. Me alegra estar alejado de toda la duplicidad irracional del hospital psiquiátrico.
Te deseo una muy pronta recuperación. Sigo pensando a menudo en ti.
—Hannibal Lecter—
Crawford no se sorprendió de la astucia con la que Hannibal había logrado enviar la carta sin que sospecharan de dónde procedía. Hannibal era demasiado astuto aunque el FBI le seguiría la pista. Crawford tampoco se sorprendió de la forma intimidante en que Hannibal se dirigía a Will en esa carta, intuía la relación cercana y carnal que esporádicamente sostenían. Aunque sabía que sólo eran inferencias, no tenía la seguridad de ello.
Guardó la carta en su bolsillo y pensó en la idea de quemarla en algún incinerador.
…..
En Estados Unidos, en Boston, Dolarhyde se sentía un poco desesperado, el poder del dragón rojo no le estaba ayudando a encontrar a su otra parte, encontrar a Dixon. Sin embargo a pesar de su desesperación, Dolarhyde había vuelto a retomar el más favorito de sus hábitos. Luego de tomar otra ducha nocturna y vestirse solamente con su kimono se sentó en el sofá de la sala de estar para ver algunas nuevas películas caseras que había obtenido de un nuevo laboratorio de películas que acababa de conocer en la ciudad. Seguía haciendo uso de su falsa identidad y su experiencia en ello le había facilitado las cosas.
Luego de terminar de ver las películas y excitarse con ellas Dolarhyde se dirigió hacia la "habitación especial". Dentro de su nuevo apartamento había acondicionado de forma extravagante una de las habitaciones designándola con el fin de canalizar ahí todo el potencial del Gran Dragón Rojo. Él ya era el Dragón Rojo desde su visita al museo de Brooklyn pero a pesar de que ya había devorado la obra original de Blake, decidió conservar la lámina que retrataba al Dragón Rojo, réplica del original. Pensó que conservarlo sería una buena forma de rendirse culto a sí mismo. Percibió que observar de frente la lámina era como observarse a sí mismo en un espejo. Entró a la habitación y encendió las luces que alumbraban focalizadas sobre la litografía y bajo ella yacía la enorme y pesada biblia antigua de cien años con pastas forradas de cuero negro, abierto en una de las páginas que aludía las revelaciones del apocalipsis. El olor a papel viejo subió hasta su rostro.
Dolarhyde estuvo leyendo una y otra vez un párrafo en específico. El párrafo lo declaraba todo. "Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza."
El kimono cayó al piso deslizándose por su piel. Ahora estaba desnudo frente a la gran biblia y el grabado del Dragón Rojo. Se había levando entre sus piernas una gruesa erección. Comenzó a tratar de relajarla con una mano. Dolarhyde comenzó a entrar en trance conforme iba leyendo y releyendo los párrafos que hablaban del dragón rojo. Cambio las frágiles páginas y cuando lo hizo cayeron inevitablemente algunos de los recortes de periódicos que hablaban sobre terribles crímenes, en su mayoría asesinatos contra mujeres mayores. Dolarhyde seguía conservando esa manía de recortar esos pedazos de noticias y guardarlos dentro del enorme libro sagrado. Uno de los recortes que había caído al suelo era parte de la noticia sobre el asesinato del político británico que había cometido Dixon el día anterior. Sobre el recorte del periódico Dolarhyde había hecho anotaciones de fina caligrafía similar a la de Blake. Sus anotaciones solían revelar parte de sus refulgentes pensamientos. Sentía que ahora su cabeza era incapaz de retener toda la majestuosa fuerza del Dragón Rojo. Debía liberarse un poco de sus introspecciones anotándolos sobre los recortes. Sentía que sus pensamientos oníricos ahora no solo escapaban de sus oídos, visibles y luminiscentes en medio de la oscuridad, sino que lograban escapar desde sus ojos y desde su boca. Tenía la dentadura puesta. La dentadura evitaría que el Dragón Rojo escapara de él, de su cuerpo.
Dixon llegó a Londres luego de un exhaustivo viaje de varias horas en el jet privado. En cuanto pisó el suelo londinense el político le recibió a él y al detective privado en el aeropuerto donde había aterrizado el jet. El hombre congratuló a Dixon y le extendió un cheque con una suma muy grande de dinero para saldar el resto de su paga.
—no me has visto, y nunca me verás. ¿Queda entendido, Dixon? —expresó el hombre con frialdad. Su expresión nunca dejó de parecer cruel. Dixon se sentía fastidiado de él.
—entendido señor…—respondió Dixon disimulando su desagrado, esbozando una lánguida sonrisa forzada. Intentó hacer un apretón de manos con el político pero él ególatra ni siquiera sacó sus manos de los bolsillos de su traje. En ese momento Dixon deseó asesinarlo también. Era un hombre odioso. Pero la paga había sido realmente muy buena, de eso no podía quejarse.
Después de dejar a aquel hombre el rubio se dirigió a su nuevo penthouse. Al llegar ahí se sintió un poco vacío, no había podido dejar de pensar en el maravilloso hombre alfa que había conocido en Boston. Pero era demasiado pronto para volver a Estados Unidos sobre todo porque justo como el político le había dicho, no debería levantar sospechas a la policía en territorio estadounidense hasta que pasaran algunas semanas.
Tendría que resignarse y encontrar mientras tanto algo en qué distraerse, aunque no pudo considerar la idea de contratar a otro hombre para tener sexo. Su obsesión ahora estaba completamente fijada en el sugestivo hombre corpulento de tatuaje sexy. Esa noche dándose una ducha se dio cuenta que tenía algunas marcas amoratadas detrás de su cuello. Sonrió para sí mismo al caer en cuenta que Dolarhyde le había marcado como suyo. Sonrió maliciosamente frente al espejo.
Cuando revisó el teléfono notó que tenía varios mensajes de voz guardados.
—¡Vaya! hasta que al fin te dignas a llamar…idiota—dijo Dixon a sí mismo con cierto enfado luego de terminar de escuchar uno de los mensajes. Todos los mensajes eran de la misma persona. Dixon decidió no escucharlos.
…..
Nota final: Okay espero que les haya gustado este nuevo capítulo, he tomado muchas referencias del Dragón Rojo original de Thomas Harris de las cuales algunas aluden el seguimiento de una trama similar :3
Por cierto, la Reba McClane que se menciona en mi fic es la basada originalmente en el libro de Harris, una mujer blanca de cabello cobrizo.
Espero que les haya gustado las alusiones oníricas que he incluido en el texto.
Espero poder actualizar pronto y recuerden que sus comentarios son bienvenidos ;)
