Capítulo 3—Instintos sexuales
Hector Dixon no respondió ni uno solo de los múltiples mensajes que se habían guardado en su buzón telefónico. Luego de haber escuchado casi la mitad, ahora se sentía irremediablemente irritado.
—ese idiota siempre sabe cómo hacerme sentir irritado. Maldito bastardo— refunfuñaba el rubio constantemente dentro de su lujosa habitación donde además se encontraba solo, como era usual.
El rubio se sirvió un poco de brandy de su cantina personal, disfrutó de la amarga bebida servida con hielo mientras reposaba reclinado en su sofá forrado de vinil negro pensando en las palabras que había escuchado del buzón de voz de su teléfono. Aquellos mensajes habían sido enviados por quien había sido su pareja hasta hacia tan solo un par de semanas.
Pasaron cerca de veinte minutos para que Dixon dejara de sentirse tan irritado, el mal humor que aquellos mensajes le habían causado se habían apaciguado un poco transformándose tan solo en un resentimiento endeble.
Peter Guillam había sido su pareja y amante durante casi dos años, pero las diferencias entre ambos siempre habían causado un gran problema para su relación porque la personalidad intensa de Dixon a veces terminaba por exasperar a Guillam, a pesar de que por él Dixon había dejado de solicitar los servicios sexuales de otros hombres, actividad a la cual era un adicto. Pero aunque no lo expresara mucho Dixon había caído en el amor con Guillam y aunque en innumerables ocasiones había estado grandemente tentado a volver a llamar a algún adonis alfa que calentara su cama, se había resistido a hacerlo en innumerables ocasiones solo porque estaba consciente que por primera vez debía rendirle fidelidad al hombre que le había enseñado a sentir eso que el creía era sin duda amor. Guillam era un hombre que sabía complacerlo muy bien en la cama y el único que había logrado despertar sentimientos afectivos en él.
Pero ahora que estaba separado de nuevo de Guillam pensar en rendirle fidelidad a alguien le resultaba absurdo y risible, él era el mejor sicario de Inglaterra y quizá de todo el Reino Unido por lo que no podía permitirse rebajarse a ese nivel de sentimentalismo.
Ahora estaba solo de nuevo y de cualquier forma podría volver a contratar a cualquier hombre que se le antojara para tener sexo, aunque en ese momento en su mente persistía la idea insistente de encontrar a toda costa al sexy macho alfa que lo había poseído en la lujosa cama de su suite hacía tan solo un par de días. Sabía que no podía volver a Estados Unidos en un par de semanas para no levantar sospechas en la policía pero estaba decidido a volver para buscar al alfa adonis del sensual tatuaje que cubría toda su musculosa espalda en donde Dixon todavía podía recordar que había clavado sus uñas aferrándose a su cuerpo mientras lo penetraba con lujuria arrebatada. Recordar todo el proceso del acto sexual que ambos habían tenido juntos aquella noche le volvía a excitar sobremanera, mientras volvía a servirse otra copa de alcohol y mientras volvía reclinarse sobre el sofá forrado de vinil negro, decidió escuchar una vez más uno de los últimos mensajes que Guillam le había dejado en la contestadora hacia tan solo una hora.
"Hector, por favor necesito verte. Llama a mi móvil y de inmediato estaré en tu apartamento"
Dixon decidió sorber un par de tragos de su copa cuando terminó de reproducirse el mensaje de voz, mirando constantemente hacía la grabadora, irresoluto en tomar la decisión de hacer caso a la petición que el mensaje de su ex novio clamaba.
Desde que había salido del cuarto de baño luego de tomar una ducha caliente hacia media hora, el rubio todavía estaba vestido únicamente con una de sus nuevas batas de baño cuya fina tela suave como la seda caía con suma gracia por su cuerpo desnudo, ciñéndose a su piel que hacía tan solo unos minutos había estado mojada por el agua de la regadera, y bajo la ducha Dixon había estado pensando en él, en el sexy hombre varonil que había tomado su cuerpo y lo había hecho suyo en Estados Unidos, bajo la regadera el rubio no se detuvo a masturbarse pensando en él, recordando la forma en que salvajemente lo penetraba hasta el fondo de su ser y él aferrándose a su espalda y a sus oscuros cabellos entre las falanges de sus manos. Y entre los gemidos de placer bajo la regadera se había auto complacido pronunciando su falso nombre una y otra vez, John Bateman. Y cuando había secado su piel húmeda con la toalla había contemplado frente al espejo las marcas que el peli-negro había hecho en su cuerpo. Ahora estaba de nuevo frente al espejo, vestido con su fina bata de seda, observando detenidamente aquellas sublimes marcas, acariciándolas delicadamente con sus dedos.
Luego de cavilar en sus recuerdos y sus inquietudes no podía dejar de pensar en el moreno de fuego. Pensar en él le hacía sentir ofuscado, el calor de la excitación permanecía en su cuerpo, la calentura parecía latente y quizá esa fue la causa que lo impulsó a decidirse a llamar a aquel ex amante suyo que había estado insistiendo reencontrarse. Su calentura no disminuía, ni siquiera sus manos ni sus juguetes sexuales podían ser capaces de aminorar su deseo. Dixon necesitaba sentir a un hombre después de todo. Y el alcohol le envalentonaba aún más.
Al cabo de un rato, Dixon había logrado tomar una decisión.
El timbre de su gran y lujoso apartamento sonó de pronto tan solo unos minutos después de haberlo llamado, el cabello de Dixon aún estaba humedecido y aplacado en su cabeza y al escuchar el llamado de la puerta una creciente emoción le asaltó el pecho. Sabía que se trataba de Guillam, le había pedido que fuera al su apartamento en una llamada rápida y concreta y estaba decidido a permitirle tener una buena reconciliación culminada entre las sábanas de su cama.
Dixon sonrió de lado una sonrisa maliciosa, se amarró la cinta de su bata a su cintura para cubrir su notoria desnudez y se encaminó hacia la puerta para abrir.
—Hector— farfulló la voz de Guillam saludando, estando aún de pie frente a la puerta afuera del penthouse, en el corredor que lo conectaba. Antes de que Dixon pronunciara palabra alguna, sus ojos se posaron sobre el rostro del pequeño rubio, un rostro que había estado impaciente por ver después de esas semanas de separación. Guillam notó de inmediato que Dixon había tomado una ducha hacía no mucho rato e ineludiblemente se sintió un poco inquieto porque no solamente Dixon lo había llamado para encontrarse personalmente en su apartamento a esa hora de la noche sino que además lo estaba recibiendo vestido de esa forma tan sugerente. Con la transparencia de la tela de la bata de Dixon era casi evidente a simple vista que éste se encontraba desnudo y Guillam conocía perfectamente la fogosidad de Dixon y la forma en que le gustaba provocarlo. Guillam se sintió de pronto excitado al adivinar lo que estaba a punto de pasar.
Dixon volvió a sonreír de lado al tiempo que sus ojos se encontraban al fin con los suyos.
—Pasa…—indicó Dixon con voz muy suave y sensual. Guillam no dudó en obedecer a la petición y en cuanto Dixon cerró la puerta, Guillam pudo apreciar el cuerpo de Dixon de espaldas, aquella bata se moldeaba perfectamente contra su cuerpo y podía notar el contorno de su espalda desnuda y el volumen que resaltaba su trasero.
Guillam intuyó que Dixon tenía la clara intención de seducirlo, lo había hecho siempre y él siempre caía en sus juegos. Y la separación que habían tenido estaba acabando con su paciencia. Dixon no se giró a verlo, se mantuvo de pie frente a la puerta girando solo su rostro un poco para verlo de reojo.
—He estado extrañándote…Hector…—musitó Guillam con voz ligeramente ronca por la excitación que sin duda también comenzaba a provocarle un endurecimiento en su hombría. Dixon seguía sin girarse hacia él, pero en el reflejo de puerta de fina caoba pulida, Guillam podía percatarse que Dixon le sonreía con malicia coqueta. Entonces Guillam no se resistió más a acercar su desesperado cuerpo al suyo, abrazando a Dixon por la espalda y pronto comenzó a besar el hombro desnudo de Dixon que asomaba bajo su bata, Dixon acaba de descubrirse esa parte con la intención de provocarlo. Sin pronunciar palabras, Guillam comenzó a posar sus manos sobre la cintura de Dixon sintiendo con placer el contorno de su menudo cuerpo de nuevo bajo sus manos inquietas.
Dixon gimió un poco en tono bajo al sentir las manos de Guillam reencontrándose con su torso, dejando que continuara con las caricias por todo su cuerpo que también estaba excitándose gradualmente. Dixon siempre disfrutaba sobremanera sentir las manos masculinas de otro hombre explorando bajo sus ropas, hurgando temerariamente para manosear su piel y además Guillam siempre había sabido bien cómo complacerlo.
Las manos de Guillam continuaron toqueteando todo su cuerpo y pronto sus manos se aventuraron bajo la delgada tela de fina seda de su bata, sintiendo el contacto de la piel desnuda de Dixon, ardiente de deseo. Dixon se dejaba llevar por el desenfreno de la pasión que pronto se desbordaría y podía sentir la forma en que Guillam osadamente comenzaba a friccionar contra sus glúteos el endurecido miembro que todavía estaba cautivo dentro de sus pantalones.
A pesar de que el roce era enormemente placentero y que su desesperación podría incluso haber provocado que permitiera ser follado de una vez justo contra la puerta, Dixon no se contuvo más a girarse hacia Guillam para estar frente a él y cuando sus rostros volvieron a encontrarse en miradas compartidas Dixon se levantó sobre las puntas de sus pies y comenzó a besarlo. Guillam de inmediato correspondió al beso, había estado desesperado por disfrutar de nuevo el contacto de los labios de Dixon con los suyos en apasionados besos. Sin separar sus bocas desesperadas, ambos hombres se encaminaron hacia la sala de estar y sobre el sofá de vinil negro Dixon se sentó deslizando previamente su bata para despojarse de ella y ante la mirada de Guillam, Dixon comenzó a abrir sus piernas que dejaron al descubierto su palpitante erección provocada por la excitación de ser poseído pronto por su ex amante al cual había llamado para calmar su calentura.
Dixon le miró de forma maliciosa y Guillam terminó por bajar el zipper de su pantalón para liberar su erección rápidamente y tan pronto como estuvo despojado de sus pantalones se posó entre las piernas de Dixon y acomodó su glande enrojecido en la comisura de su entrada, que estaba humedecida, embadurnada con lubricante. Dixon le incitó a continuar, mirándolo con malicia y relamiéndose los labios. Entonces Guillam comenzó a adentrarse dentro de él hasta el fondo con un poco de brusquedad que después de todo a Dixon le encantaba. Dixon respingó un poco al sentir la invasión y luego ambos gimieron de placer, estaban uniéndose de nuevo en deliciosa copulación, Guillam podía sentirse al fin de nuevo dentro de la estrecha y cálida cavidad de su sexy amante sicario que al sentir la forma en que su rígido miembro entraba hasta el fondo de su ser se aferraba fuertemente a su espalda.
—ahhh eres un sucio travieso Hect…ya habías preparado tu entrada para recibirme, sabías que me pondría duro en cuanto te viera –musitó Guillam excitado, deslizándose más dentro de él.
—hazlo rápido Pete…no te detengas….sabes cómo me gusta que me lo hagas— susurró Dixon sugerentemente sexy cerca de su oído y lamió el lóbulo de su oreja. Guillam obedeció a su petición y comenzó a embestirlo con progresiva potencia provocando que Dixon sintiera la deliciosa estimulación de su amante alcanzando el punto erógeno interno de su próstata, haciéndole alcanzar un punto álgido de placer con cada embestida. Sin duda la unión de sus cuerpos siempre había sido maravillosamente placentera y sumada a la desesperación que había tenido Guillam por estar de nuevo con él provocaba que sus embestidas fueran más salvajes de lo normal por lo que Dixon se aferraba a su espalda con mayor fuerza, aunque entonces descubrió que la espalda de Guillam no se sentía tan fuerte como la espalda del adonis alfa que se había convertido en su amante en Boston en su desbordado encuentro casual de una noche.
Guillam continuó embistiendo dentro de él potentemente mientras con sus manos palpaba cada parte del cuerpo desnudo del hombre que estaba poseyendo y la habitación se llenaba de sus gemidos de placer y jadeos con respiración entrecortada.
—ahh Pete…no pares…ahh no te detengas, más duro— imploraba Dixon ronroneando y contrayendo los músculos de sus glúteos para mantener la erección de su amante en turno bien dentro de él, Dixon sentía su vientre arder y su propia erección friccionarse contra el vientre de Guillam, el reencuentro sexual estaba volviéndolo loco, casi sentía estar siendo dominado en todos los sentidos. Siempre había disfrutado sobremanera hacer el amor con Guillam, siempre se habían logrado entenderse muy bien en la cama y Guillam a pesar de su personalidad pacífica siempre demostraba ser un semental en la cama que saciaba todos los deseos carnales de un satiriaco adicto al sexo como Dixon, pero a pesar de que el reencuentro sexual estaba siendo incluso más placentero que todos las dosis de sexo que habían disfrutado juntos desde el inicio de su relación, ésta vez Dixon no podía evitar compararlo con el sexo que había disfrutado al punto de la locura con el macho alfa hercúleo de Boston.
Guillam lo satisfacía, lo enajenaba con sus embestidas y sus caricias obscenas, Guillam conocía cada parte de su cuerpo y la forma en que le gustaba tener sexo intenso, Guillam lo embriagaba con sus besos ardientes y profundos que le dejaban sin respiración pero nada de eso se sentía tan malditamente bien cómo se había sentido con el sexy macho viril de pelo oscuro. Dixon se sintió fastidiado cada vez que abría los ojos y reparaba de nueva cuenta en que el hombre que lo estaba penetrando con frenesí esa noche no era el mismo moreno sexy de América. Y sin embargo una parte razonable de su psique le decía que no debía comparar a Guillam con el misterioso hombre de pelo negro de Boston, además después de todo Peter Guillam estaba cumpliendo con su propósito de bajar su calentura esa noche.
En ese momento Dixon no quería detenerse a considerar sus sentimientos pues ni siquiera quería convencerse de que ciertamente todavía sentía algo fuerte por Guillam, no quería ni pensar si era afecto o cariño y ni siquiera podía considerar que sentía por él una adicción por el sexo que le brindaba o si eso podía tratarse de una especie de co-dependencia, lo único que por el momento le importaba era el hecho de que Guillam le estaba brindando la dosis de sexo que necesitaba.
En un momento Guillam, aun estando dentro de él, se inclinó para acercarse a su rostro buscando de nuevo el contacto de sus labios con los suyos. Un poco dubitativo, Dixon no quiso corresponder de inmediato al beso que Guillam clamaba pero pronto cedió de nuevo a la unión de sus labios y comenzaron a besarse mientras Guillam volvía a incrementar las embestidas dentro de él. El delicioso sexo continuó durante un lapso más hasta que Guillam derramó su semilla en su interior y Dixon los manchó a ambos con la explosión de su orgasmo.
Los fogosos amantes jadeantes y exhaustos por la actividad vigorosa se besaron de nuevo, había sido la mejor de las reconciliaciones que habían tenido y luego se dieron un descanso momentáneo para luego continuar una segunda ronda de sexo en otra posición que ésta vez disfrutaron sobre la cálida alfombra de la sala de estar frente al gran ventanal que divisaba bien los edificios altos de la ciudad.
…
Dolarhyde había permanecido quieto y ensimismado durante un prolongado rato, sentado en una rígida silla de madera que cada vez se sentía más incómoda. Pero su gran inquietud interna le obligaba a permanecer sentado en ese rincón con la mirada ausente, casi parecía que había entrado en una especie de estado de shock.
Ahora se encontraba en un apartamento muy pequeño y modesto que había conseguido rentar sin problemas en algún punto de New Jersey, debía mudarse constantemente siempre para despistar a la policía.
Lo cierto era que hacia tan solo un par de horas había estado conversando con el ser infernal que subyugaba su mente y sus sentidos, había estado hablando con el gran Dragón Rojo tras el acto ritual que llevaba a cabo día a día frente a la gran y pesada biblia encuadernada con viejo cuero. Ésta vez había leído la parte de las revelaciones donde el apóstol Juan había mencionado a la bestia salida del mar. Había comprendido que lo que el Dragón Rojo le había dicho era cierto, no había terminado con él después de todo, había otras bestias que encarnaban al mal y que al mismo tiempo formaban uno solo, quizá una especie de analogía blasfema hacia la divina providencia.
Tras leer aquel párrafo, Dolarhyde se sintió de inmediato maravillado. Imaginar a la bestia salida del mar, con sus siete cabezas con una de ellas herida de muerte y su absoluta magnificencia le había emocionado sobremanera. Después de caer en el acostumbrado trance había conseguido tener una erección. Pero pronto un sentimiento de pánico le invadió el pecho. La paranoia de su imaginación onírica le advirtió que seguro la bestia venida del mar también tendría el propósito de hacerle daño y si realmente quería vencer al dragón rojo debía también apoderarse de la monstruosa bestia marina. No podía evitar llevar sus manos a la cabeza constantemente con el afán de dejar de escuchar al menos un poco todas las voces cavernosas e infernales que emergían de su cabeza.
Pero ahora Dolarhyde estaba apaciguado, las temibles voces que lo atormentaban habían cesado de hablarle hacía un rato, pero no podía sacar de su mente la idea de que después de todo no había logrado dominar al mal ni fusionarse por completo con el maligno.
"Jaja ¿Crees que me has vencido? ¿Crees que puedes ser más fuerte y astuto que yo, pequeño impotente perdedor? Tan solo has sido un inmundo iluso que no puede ni siquiera conseguir una erección, si no puedes cogerte a una persona viva mucho menos puedes vencerme pequeña inmundicia. Por eso tus padres no te deseaban, por eso tu abuela te odiaba, y por eso nadie te quiere ahora. Reba no quiere que un monstruo como tú esté a su lado. Nadie quiere estar a tu lado…..eres un perdedor y un impotente sexual…y no puedes vencerme Francis, porque la maldad del universo no está canalizada solo en el Dragón Rojo, mis poderes no proceden solo de una banal pieza de arte de Blake….mi inmensa malevolencia no emana solo de ese ridículo grabado que devoraste en el museo….eres un impotente sexual…eres un perdedor…inmundicia…. Basura…perdedor"
De pronto las malignas voces habían vuelto a susurrar pesadamente desde su oscura psique esquizofrénica, zumbando en sus oídos de forma progresivamente estrepitosa. Dolarhyde no podía resistirlo más, las molestas exclamaciones peyorativas resonaban por toda su mente y comenzaba a sentir un severo dolor de cabeza.
—¡Noo! ¡No soy un perdedor!…¡no soy un impotente!….¡no puedes contra mí, no puedes hacerle daño a quien quiero!, yo te devoré, ahora estás en mi maldito estómago ¡inmunda bestia! ¡Ahora eres parte de mí!— espetaba Dolarhyde continuamente, ahora estaba arrodillado en el piso, con las manos sobre su cabeza en un intento fallido por dejar de escuchar las terribles voces de nuevo y que cada vez se estaban volviendo más recurrentes y duraderas. Pero pese a sus esfuerzos, la bestia no dejaba de inquietarlo con sus frases despectivas.
Pronto la erección entre sus piernas comenzó a ablandarse hasta dejar su miembro flácido de nuevo. Dolarhyde sintió que esta era una especie de derrota, el Dragón había logrado dominar su potencia sexual a su antojo de nuevo, siempre tenía que ser lo mismo, de la misma forma en que el Dragón Rojo le proporcionaba la potencia vigorosa sexual que elevaba su calentura también lograba quitársela con suma facilidad.
Y mientras las infernales voces continuaban trastornándolo, de pronto dentro de su caótica mente apareció el recuerdo de Hector Dixon en forma de una ráfaga de imágenes donde pudo divisar lucidamente los momentos de lujuria desatada en la dosis de sexo que habían tenido juntos hacia un par de noches en Boston. Dolarhyde hizo un enorme esfuerzo por mantener las sexuales imágenes dentro de su conciencia que luchaba por dominar contra el Dragón Rojo que continuaba hartándolo. En medio de su alucinación, Dolarhyde pensó de pronto que probablemente el sexy rubio misterioso que había poseído seguramente estaba en Boston, lejos de donde ahora él se encontraba.
—el sujeto…de cabello dorado. Se llamaba Hector. Ja su cuerpo fue tan maravilloso, fue tan maravilloso penetrarlo….estar dentro de él, y su cabello dorado, su dulce voz pidiendo a gritos que no me detuviera, su cuerpo estrecho, cálido, vivo….su mirada aguda, nunca nadie me había mirado así, nunca nadie me había besado así….sus labios ardientes unidos a los míos….el hombre revestido de sol— mascullaba Dolarhyde continuamente siendo presa de su delirio, y el molesto Dragón Rojo todavía persistía en sus exclamaciones grotescas, el maldito Dragón Rojo no se callaba, no quería dejarlo en paz, no quería dejarlo recordar con placer el maravilloso encuentro sexual que había tenido con el misterioso rubio del cual no podía dejar de pronunciar su nombre.
"Eres un estúpido si crees que volverás a vivir una experiencia tan placentera como esa, Francis. Y mírate ahora, te has convertido en un estúpido marica. Pero a pesar de eso follar al sujeto de cabello dorado fue solo un golpe de suerte, nunca más volverás a verlo Francis, y seguramente él ni siquiera te recuerda, tal vez ahora mismo esté en la cama con otro hombre, es decir con un verdadero hombre que sí lo llene, porque tú no eres un hombre, eres un monstruo, eres un perdedor y un impotente sexual, tal vez aquella noche de sexo casual que tuvieron tuviste que usar un objeto para penetrarlo porque tú eres un impotente sexual, no puedes mantener una erección…todo es un estúpido delirio tuyo Francis…"
—¡Nooo! ¡Calla de una maldita vez estúpido Dragón! El hombre revestido en sol es mi complemento, es mi otra parte….el Dragón Rojo debe dominarlo, el dragón rojo que con su cola arrojará un mar de estrellas que destruirá a la Tierra.
"tu abuela te odiaba"
—el hombre revestido en sol…lleva una corona de estrellas—farfullaba Dolarhyde con voz más calma.
"tu madre te abandonó"
—bajo sus pies hay una luna…
"tu padre prefirió morir aplastado, reducido por una masa asquerosa y sanguinolenta antes que ver nacer a su hijo deforme"
—el Dragón se detuvo de pronto frente a él…
"recuerdas a todos los animales que asesinaste en tu infancia, Francis? Siempre fuiste un monstruo"
La enmarañada mente de Dolarhyde comenzaba a perder cada vez más el sentido de sus delirios. No pudo percatarse del momento en que su consciencia cedió al domino total del Dragón Rojo hasta que su cuerpo se desplomó desmayado sobre el piso. Las infernales voces dejaron al fin de resonar pero Dolarhyde había perdido la consciencia.
…
Dixon y Guillam habían disfrutado de su placentera noche llena de lujuria y ahora los dos amantes habían compartido de nuevo el lecho para dormir. Temprano por la mañana, Dixon fue el primero en despertar, desnudo todavía sobre su lujosa gran cama al lado del hombre que lo había hecho suyo la noche anterior. Cuando Dixon se incorporó un poco se acercó a él para toquetear el pecho desnudo de Guillam con sus dedos, contorneando sensual algunos círculos para despertarlo. Pero al verlo ahí desnudo junto a él no pudo evitar volver a hacer comparaciones con algo que sin embargo no había podido presenciar, porque se imaginó cómo habría sido toquetear de esa forma sensual el pecho del macho alfa de Boston al despertar luego de su apasionada dosis de sexo juntos.
Dixon siempre había gustado despertar así con Guillam en su cama, pero la idea de hacerlo también con el adonis de pelo oscuro le obsesionaba sobremanera, no lograba sacarlo de su mente…pero el bastardo había huido de su suite aquella mañana sin avisar.
Y aunque intentaba disimularlo, ciertamente sentía un poco de fastidio que su amante en turno no fuera él sino su ex. Casi podía pensar que ahora tenía contemplado a Guillam como un trasto de su vida, porque de hecho aún no habían hablado de una reconciliación y por tanto no podía llamarlo novio.
—Despierta….Pete— musitó Dixon con susurrante tono sensual. Guillam despertó ante su llamado abriendo sus ojos celestes poco a poco y encontrándose de inmediato con la mirada penetrante de Dixon y esa sonrisa prominente que siempre enmarcaba en su rostro. Al notar que Guillam despertaba y lo miraba, Dixon sonrió aún más con su malicia característica y sin esperarlo Guillam se acercó a su rostro para robar un fugaz beso de sus labios. Al contacto de sus labios con los suyos, Dixon acarició el pecho de Guillam con más intención, pero sus labios ciertamente le habían correspondido con indecisión.
—buenos días, Hec— farfulló Guillam seductor, intentando besar de nuevo los labios de Dixon. Entonces Dixon se apartó un poco y se sentó a la orilla de la cama, ésta vez su fastidio no pudo pasar demasiado desapercibido.
—escucha…no sé cómo diablos debería llamar a todo esto, es decir...estuvimos separados por varias semanas y sabes perfectamente cómo fue nuestra estúpida discusión—dijo Dixon con voz grave y soslayando la vista.
—¡Hec, vamos! no soy un idiota, conozco bien tu forma de reconciliarte…sé cuánto te encanta que te folle duro… —susurró Guillam acercándose a él por detrás, acariciando su espalda desnuda y mordisqueando levemente una de sus orejas.
—pero también sabes cómo me colma la paciencia tus estupideces…por eso discutimos y por eso no quería ni ver tu maldita cara…— dijo Dixon de forma áspera, resistiendo el cosquilleante placer que le causaban los mordiscos de Guillam que ahora había comenzado a manosear su cuerpo bajo las sábanas.
—Quizá no deseabas ver mi maldita cara pero siempre has deseado sentir mi polla dura dentro de ti…—dijo Guillam cínicamente, con voz ronca cerca de su oído.
—ja, sabes que puedo conseguir cualquier maldita polla de cualquier hombre que me plazca, a la hora que quiera. No te necesito Peter…puedes largarte ahora al maldito infierno y pudrirte ahí con toda tu inmundicia—pronunció Dixon con entonación de falsa zalamería, señal irrefutable de su sarcasmo.
Pero Guillam estaba acostumbrado a la áspera forma de ser de Dixon y sabía que podía ejercer un buen y rápido asentimiento en él, porque conocía la mayor debilidad de Dixon y de forma un poco egocentrista se enaltecía de saber que podía complacerlo plenamente con ello, hacerlo enloquecer de placer. Además ver a Dixon enojado solo lo excitaba más.
—oh cariño, pero ningún otro hombre sabe cómo hacerte ver las estrellas como lo hago yo…—farfulló Guillam con elevado orgullo, mordisqueando con más intención su oreja y lamiendo su lóbulo.
Dixon podía sentir la cálida respiración de Guillam en su oído, y la forma en que éste comenzaba a masturbarlo le hacía desistir de rechazarlo de nuevo, pero no estaba dispuesto a dejarse caer en la tentación de ser sometido por él de forma tan fácil sin antes insinuarle que Guillam estaba equivocado, porque él había logrado encontrar a un hombre mucho más viril que él y que se había revolcado en la cama con él.
—Jaja qué estúpido eres, Pete, claro que sí lo hay. No creas que eres el mejor hombre que ha pasado por mi cama. ¿Sabes? De hecho hace tan solo dos noches un verdadero macho alfa me tomó entre sus brazos, me hizo suyo salvajemente en la cama de mi suite…ese sí era un verdadero hombre, un macho alfa con una polla más grande y funcional que la tuya—dijo Dixon sin recato, una sonrisa burlona se esbozó en sus labios y casi de inmediato un gemido de placer escapó de su voz pues al escuchar aquello Guillam había estrujado su miembro con más severidad, se había exasperado por tal revelación.
—veo que sigues siendo un maldito promiscuo Dixon, nunca puedes resistirse a dejarte coger por cualquier hombre que te plazca…creo que mereces ser castigado— musitó Guillam con ronca voz, mezcla de su creciente excitación matutina y su fastidio de saber que Dixon siempre terminaba acostándose con otros hombres.
—ahh Pete…para…maldito…— farfullaba Dixon implorando algo que a decir verdad no deseaba que se detuviera, porque Guillam siempre lograba hacerle sin duda la mejor de las masturbaciones.
—No voy a parar Hec, he dicho que mereces ser castigado por ser un gatito travieso…—susurró Guillam en respuesta y acto seguido hizo que Dixon se volcara sobre la cama mostrando su trasero ante él, Guillam era más alto y con más fuerza y sin piedad ni dilatación previa, Guillam comenzó a penetrarlo sin darle tiempo a acostumbrarse a la invasión repentina.
— ¡ahh, maldito bastardo! — espetó Dixon entre gemidos, respingando la facción de su cara, sintiendo como el rígido falo de su amante embestía duro dentro de él. La masturbación que Guillam le había hecho ya lo había endurecido también por completo.
—te gusta que te den duro, no puedes quejarte ahora— expresó Guillam extasiado, aumentando la potencia de las embestidas, masturbando obscenamente el duro miembro de Dixon, golpeando sus nalgas constantemente con sus manos hasta hacerlas enrojecer.
— ¡Eres un maldito bastardo, Peter!— dijo Dixon risible, su sonrisa malévola demostraba que disfrutaba sobremanera el ultraje. Sus cuerpos volvieron a entregarse a la lujuria desenfrenada, como si no hubiera una próxima vez en que pudieran repetirlo, pero con la posición en que lo estaban haciendo y debido a la humillación que Guillam estaba intentando ejercer en él, Dixon no evitó fantasear en que quien lo estaba penetrando en ese momento era el sexy adonis fuerte de pelo oscuro. Y solo pensando en aquel hombre del tatuaje sexy, Dixon pudo llegar al orgasmo.
…
Cuando Dolarhyde despertó ya había amanecido. El trino de los pájaros cerca de su ventana le hizo abrir los ojos lentamente hasta despertar por completo de su letargo. Se incorporó, primero hincándose de rodillas en su lugar. El mentón le dolía, probablemente se había golpeado con la fulminante caída.
Cuando al fin se levantó se encaminó hacia la pequeña habitación que ahora usaba como dormitorio provisional. Aún se sentía un poco confundido, pero para su suerte las voces no estaban molestándolo de nuevo. De pronto su mirada se posó sobre su propio reflejo en el espejo que había adquirido hacia una semana y que había hecho pedazos como producto de su acostumbrado ritual. Los espejos eran puertas dimensionales, el Dragón podría tomarlo por sorpresa y atravesar a su mundo por ahí en una noche de luna llena.
Al estar de frente Dolarhyde divisó el reflejo de su rostro en los vidrios rotos, fijando su mirada por un momento en la cicatriz de su labio superior, marca indudable de su condición de nacimiento que siempre le recordaría para la posteridad que después de todo el Dragón tenía razón, su labio leporino había sido la causa del abandono de sus padres y el rechazo de los demás. Era un monstruo.
Pero ya no importaba, todos los que le habían repudiado estaban merecidamente muertos y ahora el principal propósito debía ser terminar con aquello que había iniciado, ser uno con el Dragón, convertirse en él, fusionarse con sus poderes infernales y así dominar el cruel mundo en el que había nacido.
Dolarhyde se dirigió al cuarto de baño y ahí en el lavamanos se lavó la cara. Miró de nuevo su reflejo en el espejo oval que estaba sobre la pared, ese era el único espejo de su casa que había decidido no romper por causa de su necia obsesión, y volvió a observar con detenimiento la cicatriz de su rostro. Con un par de sus dedos de la mano derecha palpó por un breve instante sus labios sin dejar de mirar su propia mirada reflejada en el espejo. Recordó entonces la forma en que sus labios habían besado con frenesí los cálidos labios suaves del rubio hombre que había poseído, recordó la embriaguez de sus besos, la unión de sus cuerpos. Había poseído a ese hombre con una potencia sexual de macho alfa, realmente lo había hecho aunque el dragón intentara persuadirlo de lo contrario. Había incluso eyaculado dentro de él, lo había hecho dos veces y había sido la enajenación del éxtasis total. Había penetrado a un hombre volviéndose uno solo con él, nunca antes lo había hecho, nunca antes lo había considerado pero no podía arrepentirse de ello y el creciente deseo de volver a encontrarlo se incrementaba con el pasar de los minutos y las horas. Sin duda viajaría a Boston pronto para buscarlo y poseerlo de nuevo.
Luego de tomar una ducha, Dolarhyde se dispuso a llevar a cabo el ritual que había hecho con estricta regularidad desde hacía tiempo. Se vistió únicamente con su kimono mientras observaba algunas películas caseras de familias felices que un día al azar se dispondría a victimizar. El dragón no lo había molestado en el transcurso del día, tal vez había logrado dominarlo, tal vez por esa razón, ese era un día en el que él mismo sentía ser el dragón rojo encarnado.
Dolarhyde trató de disfrutar de las películas caseras que recién había adquirido, las familias ahí se veían demasiado felices, eso lo disgustaba tanto y solo incrementaba su furor e impaciencia por volver a perpetrar un crimen. Pero pronto su distracción se vio eclipsada por el vívido recuerdo del hombre rubio con quien se había acostado dos noches atrás. Recordó la forma en que lo había provocado empezando por estrujar osadamente su hombría sobre sus pantalones, recordó la forma en que sus grandes manos comenzaban a acariciar obscenamente cada parte de su piel desnuda y la forma en que le había hecho suyo. Y sobre todo recordaba cada gemido suyo salido de su dulce voz, jamás había escuchado una voz tan melodiosa en otro hombre de su edad. Dolarhyde sabía que aquel hombre rubio a pesar de su refinada delicadeza no debía ser demasiado joven, seguramente rondaba una edad similar a la suya.
No pudo evitar volver a excitarse y su miembro se levantó en una gruesa erección mientras las imágenes en el reflector continuaban proyectándose en su tono monocromático, como tanto le encantaba, porque la carencia de color le daba un toque retro que lo hacía sentirse en el pasado, un pasado distante que nunca vivió.
En su mente no podía desaparecer la imagen del rubio arqueando el cuerpo de placer, moviéndose penitente bajo el suyo masculino. Y entonces comenzó a masturbarse para calmar su erección, palpando su pene en toda su extensión hasta la punta de su glande chorreante. El Dragón estaba equivocado, él no era un impotente sexual, él podía mantener una erección, él estaba lleno de potencia sexual, y él era el Dragón Rojo ahora.
La película se detuvo, terminando en el momento justo en que Dolarhyde había logrado alcanzar la cúspide de un placentero orgasmo, se había venido encima de sus propias manos, pensando siempre en el rubio de inquietantes ojos grisáceos.
Dolarhyde se levantó al fin del sofá donde se había dado placer a sí mismo, estaba loco de deseo por volver a encontrar al hombre de cabellos dorados llamado Hector. Se ciñó el kimono alrededor de la cintura y se dirigió al cuarto de baño, necesitaría otra ducha. Esta noche dormiría temprano para partir de nuevo hacia Boston a primera hora de la mañana.
Después de tomar su segunda ducha, Dolarhyde se dirigió a su habitación especial donde había colocado su santuario personal. Aún con el cabello humedecido, se puso de pie frente a la gran biblia en posición de combate, como el Gran Dragón que está a punto de subyugar a todas las criaturas de Dios, y dejó caer el kimono al suelo, deslizándolo por su piel desnuda que dejaba al descubierto el majestuoso tatuaje de su espalda.
Entró en trance, volvió a sentir cómo su alma se sincronizaba con la del maligno, eran uno solo, él era el Dragón Rojo, la serpiente que también es Satanás y estaba consciente que ahora tenía el suficiente poder conferido para vislumbrar todo lo que el apostó Juan había atestiguado durante las revelaciones del apocalipsis.
Su gran biblia antigua mostraba la página que recién le había abierto los ojos a la verdad. Bajo los recortes de los periódicos que redactaban la noticia del Tattler exponiendo en primera plana el escape de El Dragón Rojo y su conexión obsesiva con el Doctor Hannibal Lecter, se podía leer el párrafo la revelación de la bestia salida del mar.
"Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez diademas; y sobre sus cabezas, un nombre blasfemo."
Tras leer la revelación, de nuevo, una y otra vez, Dolarhyde se sintió maravillado, sus ojos centellantes en asombro ante la imagen que maquinaba su imaginación onírica.
"…y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?"
Si el Dragón Rojo había conferido sus poderes a la bestia eso solo podía significar que la bestia misma también debía ser parte del Dragón Rojo, y todos debían adorarlo e hincarse ante él. Debía conocer a esa bestia de cerca, debía apoderarse también de ella.
Tras salir de su trance, Dolarhyde salió de su casa presuroso por encontrar un sitio en donde poder averiguar más sobre los otros grabados de William Blake. Estaba invadido por su excitación exacerbada por saber si de nuevo Blake había sido capaz de espiar dentro de su mente, el maldito pintor siempre lo lograba.
En una pequeña biblioteca local, Dolarhyde pudo tomar un computador prestado y pronto se vio buscando en el navegador de internet el nombre y obra de Blake. En las imágenes que arrojaron la búsqueda Dolarhyde pudo verlo por vez primera la magnificencia de El Dragón Rojo y la Bestia del Mar, obra magna y distintivamente inigualable de Blake. El famoso pintor y poeta inglés había logrado espiar de nuevo dentro de su esquizofrénica mente.
Dolarhyde había quedado estupefacto ante tal imagen, los trazos y pinceladas de Blake habían logrado plasmar a la perfección lo que Dolarhyde había imaginado durante su trance. Sus ojos permanecieron fijos, sin parpadear, sobre el monitor del computador que mostraba la imagen de la obra en acuarela. Se sintió de nuevo invadido por el éxtasis, el furor enervó su imaginación. De pronto, presa de nuevo de sus propios delirios pudo verse a sí mismo en el cuerpo del Dragón rojo sobre la pintura, dominando a la bestia salida del mar, confiriéndole sus poderes infernales para destruir a los hijos del Cordero.
Dolarhyde podía sentirse vivo dentro de la obra, como si pudiera atravesar la dimensión dentro de la imagen.
Su tiempo de ocupación en el computador terminó al cabo de un rato y el bibliotecario le pidió amablemente que desocupara la máquina. Dolarhyde obedeció sin decir palabra alguna y miró al hombre con falsa amabilidad, siempre lograba pasar desapercibido, nunca nadie sospechaba de él. Nunca nadie podía pensar que aquel amable hombre tranquilo era un cruel asesino serial presa de su propia enfermedad mental.
Al salir de la biblioteca, Dolarhyde tentó el pen drive que llevaba guardado dentro del bolsillo de su chaqueta. En el dispositivo había guardado la imagen de esa otra magnífica obra de Blake en una buena resolución. Tenía el propósito de proyectarla en la pared de su sala de estar en cuanto llegara a casa y quizá dejarla así durante el resto de la noche mientras dormía para comenzar bien el día en que volvería a Boston a reencontrarse con el rubio adinerado.
—te encontraré pronto Hector, serás de nuevo uno con el Dragón—musitaba continuamente ensimismado.
…
Dixon había llamado a Fabian para hablar un poco acerca de lo que había acontecido durante su ausencia en Londres, aunque no había estado en Estados Unidos demasiado tiempo siempre existía la posibilidad de que algo de relevancia ocurriera. Había pasado tan solo un día desde el rencuentro sexual que había tenido con Guillam y aún le invadía la incertidumbre por saber cómo debía llamar a todo lo que había pasado entre ellos. Su reencuentro se había tornado únicamente sexual, ninguno de los dos había intentado dialogar acerca de su relación y los posibles sentimientos que los conectaban, si es que todavía existían, aunque a decir verdad hablar de lo que realmente sentían el uno por el otro siempre había sido difícil. Al recordar que Guillam lo había poseído de esa manera salvaje, Dixon sentía una especie de desprecio emerger de nuevo dentro de su pecho, eso solo provocaba que los sentimientos que lo habían unido a Guillam se mermaran aún más. Estaba enfadado con él, aunque también sabía que él había tenido la iniciativa de utilizarlo como cualquier amante que alquilaba en prostíbulos homosexuales. Pero a Guillam más que cómo macho alfa de su posesión siempre lo había contemplado como su pareja, y eso lo hacía totalmente diferente a los demás hombres con quienes se había acostado.
Y el recuerdo de Dolarhyde le obsesionaba demasiado. Ésta tarde intentaría dejar de pensar en el maldito Peter Guillam y centrarse en otros asuntos.
Ahora Dixon se encontraba dentro de su oficina personal, acompañado por quien era su mano derecha y su amigo desde hacía años.
—ese maldito funcionario me fastidia Fabian, eliminé a su mayor objetivo y el tipo mostró su total apatía hacia mí, como si yo le provocara repugnancia…ja bueno si es así, espero que comprenda que el sentimiento es mutuo— dijo Dixon fastidiado, mientras cambiaba al azar los canales en la TV.
Fabian estaba de pie al costado del sillón donde Dixon estaba sentado, era de día y afuera el Sol irradiaba un clima apacible por lo que Dixon había decidido quitarse la chaqueta y los guantes negros que tanto le gustaba usar.
—He escuchado que es un narcisista y creo que además el tipo es un homofóbico declarado— expresó Fabian.
— ¿y eso quiere decir que también tiene una especie de sexto sentido para darse cuenta con quien se acuesta alguien? Jaja tal vez en efecto algo le hizo darse cuenta cuanto me gustan los hombres— dijo Dixon sonriendo con sátira. Fabian soltó una risita burlona y se sentó en el sillón contrario.
—pues de eso no puedo estar seguro…sólo se me ocurrió puntualizar eso, porque precisamente esta mañana encontré esa declaración suya en un sitio de internet— explicó Fabian.
Dixon volvió a sonreír y le miró por un momento, luego volvió a prestar su atención hacia la pantalla de LED para continuar cambiando a los canales.
—Bueno eso solo ha hecho que lo odie más, un día me las pagará-— musitó Dixon.
—comprendo cómo debes sentirte, Dixon, pero ya tendrás tu forma de desquitarte del desaire que te hizo ese tipo— dijo Fabian con sátira.
—Tienes razón, jaja pero ¡mira a todos esos estúpidos! posando para la cámara con su cara de imbéciles como si fueran los héroes de la humanidad, enalteciéndose con su falsa hipocresía que oculta la opulencia en la que viven y con la cual se deshacen de sus enemigos contratando sicarios como yo para hacer su trabajo sucio. Pero bueno Fabian, no puedo quejarme después de todo porque disfruto hacer esto y además soy demasiado bien remunerado— explicó Dixon mientras veía con risa burlona el canal que transmitía las noticias políticas.
—Eso es verdad Dixon, por eso tienes todo lo que deseas y cuando lo deseas— dijo Fabian sonriente.
—oh sí, en eso tienes razón, aunque hay cosas que vienen solas, o es que quizá soy muy afortunado— dijo Dixon sonriendo lánguidamente de nuevo, en su mente solo podía aparecer el recuerdo del hombre de cabello oscuro de Boston, y sus ojos azules mirándolo con furor y excitación. Ante el recuerdo Dixon se mordió ligeramente el labio inferior.
—bueno, has sido lo suficientemente hábil para crearte tu propia fortuna…
—bueno sí, tal vez pero ésta vez me refiero a otro tipo de suerte. ¿Sabes Fabian? Conocí a un hombre semental maravilloso en la cama…en Boston—explicó el rubio con una lánguida sonrisa esbozada en su rostro.
—Bueno pero siempre encuentras a los mejores hombres, siempre consigues los que quieres— dijo Fabian soltando una risita burlona.
Pese a su declaración, Fabian no mostró asombro, después de todo Dixon se había acostado con tantos hombres que incluso habían perdido la cuenta.
Sin embargo cuando Dixon volvió a mencionarlo su notable emoción fue evidente, entonces Fabian supo que el susodicho hombre alfa había causado mucha impresión en su jefe.
—no Fabian, ese hombre en especial fue diferente, sabes que siempre he conseguido el mejor sexo con hombres pero con este sentí una especie de conexión que no puedo siquiera explicar. Ese hombre me hizo sentir totalmente dominado en todos los sentidos, me cautivó con su mirada, con su cuerpo musculoso, con su voz grave y masculina, con su cabello oscuro como la noche…y el sexy tatuaje en su espalda. Su nombre es John Bateman— explicó Dixon.
—por la forma en que lo expresas me imagino lo bueno que fue pasar una noche con ese hombre, pero ¿cómo es posible que Hector Dixon haya podido dejar escapar a ese hombre de sus manos? — inquirió Fabian curioso.
—Pues, todo pasó tan rápido e impulsivo, pero fue tan glorioso como nunca lo había sentido con nadie, y cuando desperté él ya no estaba a mi lado— indicó Dixon recordando la forma en que se había encontrado solo en la cama de la suite.
— ¿acaso no le ofreciste dinero? — inquirió Fabian de nuevo.
—lo hice, estuve dispuesto a pagarle una gran suma de dinero en cuanto lo vi en una biblioteca de la ciudad, pero a pesar de eso no le importó marcharse así sin avisar. No robó nada de mis cosas, toda la habitación estaba intacta.
— ¡vaya Dixon! Eso casi suena como si se hubiese tratado de un sueño—expresó Fabian haciendo un suspiro al final de su expresión.
—jaja lo sé, a mí también me gusta pensar en algo como eso a veces, pero no lo fue. Fue real. Cuando desperté podía sentir todavía su semen dentro de mí, además me marcó la piel— dijo Dixon con descaro, nunca se limitaba a hablar de todos los detalles de sus noches de sexo, Fabian era más que su asistente su mejor amigo.
Fabian rió ante la confesión desvergonzada de su jefe, aunque era usual que Dixon siempre hablara de esa forma a veces no dejaba de admirarse de su forma atrevida de ser.
—Oye espera un momento Hec, ¿eso quiere decir que lo hiciste con un desconocido sin protección? — preguntó Fabián intrigado.
—Es que fue todo tan impulsivo, comencé a provocarlo un poco y de pronto el bastardo me tomó entre sus brazos, me desvistió con salvajismo y me hizo suyo sin que yo pudiera oponer resistencia.
—pero no deja de tratarse de un desconocido…
—Sí, pero realmente no me importó, y disfruté enormemente sentir la explosión de su orgasmo dentro de mí. Y como dije, tenía un tatuaje muy sexy en esa espalda musculosa, de hombre…que arañé cuando me aferré a él, es que fue tan salvaje— dijo Dixon relamiéndose de pronto los labios.
— Bueno ¿Y supongo que piensas volver a Boston a buscar a ese fornido moreno? — insinuó Fabian con pícara sonrisa.
—sí, por supuesto que lo haré, contrataré a un detective si es necesario para encontrarlo a como dé lugar. Conseguiré que el sexy moreno corpulento se acueste conmigo de nuevo aunque tenga que pagar una fortuna o matar a quien sea. Pero lastimosamente de momento no puedo viajar a Estados Unidos, no puedo levantar sospechas en la policía. No es conveniente que viaje allá durante los próximos días así que tendré que esperar un par de semanas aunque la impaciencia me corroa por dentro—explicó el rubio, su emoción de prono había disminuido notablemente.
—Sé paciente mi estimado Hec, cuando puedas volver podrás encontrar a ese macho alfa sin problemas, lo sé— dijo Fabian sonriente.
—y no volveré a dejar que se escape de mis manos, lo juro por la inmunda vida de esa repugnante rata— indicó Dixon sonriendo con cinismo, refiriéndose al mismo funcionario que lo había contratado precisamente para viajar a Boston y que en ese instante se mostraba sonriente ante la cámara en su televisión de LED cuando era entrevistado con seriedad por un reportero.
—y por cierto ¿qué hay de Peter? —inquirió Fabian.
Dixon hizo una mueca de fastidio.
—por mí puede irse al infierno.
….
Nota final: Al fin actualicé luego de varios meses, lamento terriblemente la demora pero bueno espero que hayan disfrutado este nuevo capítulo aunque sea un poco ;)
Las cosas son muy intensas en esta historia, ya verán lo que sucederá en capítulos futuros, verán el reencuentro de Dolarhyde y Dixon, el nexo con Hannibal Lecter y la forma en que Dolarhyde seguirá combatiendo su esquizofrenia. Además seguro que Guillam no le dejará fácil el camino a Dolarhyde pues he decidido dejar un poco de lado su personalidad pacífica y tomarme la libertad de hacerlo más competitivo y por supuesto celoso.
Lamento que este capítulo no haya tenido realmente Dolarhyde/Dixon pero mientras estén separados todo el concepto se ve reducido a sus fantasías sexuales y demás sueños húmedos.
Lamentablemente no he podido volver a incluir el Hannigram, de hecho he tenido que cortarlo desde el capítulo pasado para no hacer el capítulo más largo pero pronto sucederá xD y será también fogoso.
Y bueno, todos sus comentarios siempre son bienvenidos! :v /
