Capítulo 5 — Siguiéndose uno al otro

Inmediatamente después de que Dixon había terminado la video llamada, el detective salió de su habitación de hotel y partió hacia el Boston Herald para esperar, de nuevo, a que Dolarhyde apareciera. Había impreso algunas de las capturas del video de las cámaras de seguridad para poder cotejar su parecido con el de un sospechoso que pudiera llegar a la hemeroteca, en busca de Hector Dixon. Y además había pedido a la bibliotecaria, a cambio de otro pago, que le hiciera una señal cuando Dolarhyde llegara al lugar.

Era la hora indicada, la hora promedio en que Dolarhyde acostumbraba llegar. Pero pasó el rato, el tiempo se transformó en horas y Dolarhyde simplemente no había aparecido. El detective comenzó a impacientarse. Decidió acercarse más y esperar directamente en la recepción donde los bibliotecarios atendían a la gente. Pero Dolarhyde nunca apareció y la noche cayó hasta que el lugar estuvo a punto de cerrar. Dolarhyde no había aparecido ese día, el lugar ya estaba vacío y únicamente habían quedado el detective y los encargados, pero uno de los encargados de seguridad tenía la intención de apresurarlo para hacerlo salir.

—Siento mucho que hoy el hombre a quien busca no ha venido, señor— dijo la joven encargada que le había estado ayudando estos días.

—Ni hablar. Mañana vendré y lo esperaré. Estaré aquí a primera hora del día. Si por alguna razón el sujeto aparece antes de que yo llegue por favor dele esta tarjeta y dígale que conozco al hombre rubio que está buscando. Por favor, esto es altamente confidencial, no le de esta información a nadie más, ni siquiera a sus compañeros que también me han ayudado. Esto sólo debe quedar entre usted y yo— dijo el detective con discreción, en voz baja pero conciso. La joven, aunque un poco dubitativa, tomó la tarjeta y asintió.

El establecimiento cerró sus puertas al público. El detective Wells se marchó a su hotel a descansar, pero sobre todo a informar a su jefe en turno, Hector Dixon, para hacerle saber que desafortunadamente Dolarhyde no había aparecido esa tarde.

—El tipo hoy no vino a la hemeroteca, Dixon. No hubo ni un indicio de que estuvo en el lugar. Ninguno de los encargados reportó haberlo recibido y además revisaron las cámaras de seguridad, exclusivamente para mí— dijo el detective con voz seria a Dixon a través de la pantalla de su portátil. En Londres era muy de madrugada en ese momento. Dixon lucía muy igual que aquella mañana, mostrando sin recato su pecho lampiño desnudo frente al monitor, vestido únicamente con una bata de fina seda, aunque distinta a la anterior, de color aguamarina y con una textura distinta. El detective no sabía, pero la bata que Dixon llevaba puesta esa noche acababa de ser un obsequio de su amante en turno Peter Guillam y hacía justo un breve rato había terminado de tener sexo con él, tan intenso como ambos siempre acostumbraban. Y ahora mismo, mientras Dixon atendía al detective, Guillam dormía desnudo después del sexo en su amplia cama.

—Continúa la búsqueda. Ya sabes qué hacer. E infórmame de inmediato en cuanto sepas algo, no importa la hora que sea. ¿Entendido? — indicó Dixon con determinación en su mirada, iluminada por la luz de su pantalla.

—Espero contar con mayor suerte mañana. No es conveniente que me mueva de ese lugar. Debo esperar a que aparezca concretamente ahí. Sí el tipo ha estado yendo a buscarte cada día seguro aparecerá en cualquier momento. Hoy debió haberlo detenido algo, pero siendo tan insistente seguro volverá— aseveró el detective. Nunca perdía su profesionalismo ni dejaba de mostrarse serio. Dixon asintió ligeramente al tiempo que enmarcaba una sonrisa sarcástica en su cara, y luego bebió un poco de alcohol de su copa.

—Por favor Wells, encuentra a ese hombre. Lo necesito, mucho— añadió Dixon decidido, tras ingerir el trago de alcohol. De pronto, ante la cámara, una mano grande y masculina comenzó a acariciar audazmente el pecho desnudo de Dixon, entonces el detective se dio cuenta que alguien estaba abrazándolo desde atrás y para su sorpresa apareció justo detrás de Dixon el rostro de Peter Guillam, el reconocido agente de élite del MI6. Entonces, sin inmutarse, aún sabiendo perfectamente que Dixon estaba teniendo una video llamada con alguien, Guillam comenzó a besar el hombro de Dixon sensualmente, conduciendo un poco desesperado su boca hasta su cuello, sin dejar de acariciar su pecho y pellizcar sus pezones. Dixon no pudo resistirlo y gimió un poco ante las caricias de Guillam que tenían la total intención de provocarlo y Guillam le susurró algo al oído que el detective no pudo alcanzar a entender. A Milton Wells ya no le sorprendió ver aquella escena a través del monitor, no le sorprendía para nada que Dixon tuviera un amante justo ahí y que se mostrara de forma tan desinhibida frente a él, aunque sí le seguía sorprendiendo en cierta medida que el amante de Dixon fuera el espía Guillam, y además le pareció irónico que Dixon tuviera tanta intención de encontrar al sujeto de Boston, Francis Dolarhyde, para convertirlo en su amante cuando ya tenía uno ahí, sobre todo porque antes se había enterado que Guillam era el amante con quien Dixon se había acostado por mayor tiempo pero del cual hacía poco se había separado. Le sorprendía que habían regresado a estar juntos, justo ahora que Dixon estaba tan obsesionado en encontrar al tipo de Boston. Lo que el Detective aún no sospechaba era que Dixon era adicto al sexo con hombres y que gustaba tener a cualquiera que le gustara a su antojo, y en el momento que lo deseara, y que a pesar tener una relación de largo plazo con Guillam, nada le impedía acostarse con quien quisiera.

—ahh, Peter, ¡maldita sea! ¡bastardo! ¡déjame un maldito momento en paz! — espetó Dixon firmemente, pero casi no podía evitar excitarse y que su cuerpo reaccionara ante la estimulación repentina, agresiva e insistente de Guillam, que disfrutaba provocarlo y que conocía muy bien sus zonas más sensibles.

—Hector…vuelve a la cama…juguemos un poco más…ya la tengo lista para ti— masculló Guillam con voz excitada, entrecortada, volviendo a besar el cuello de Dixon, ahora con incluso más desesperación.

—¡¿no ves que justo en este momento estoy ocupado en asunto serios, maldito imbécil?! — espetó Dixon molesto, pero pronto demostró también una risa irónica, tratando de zafarse de Guillam, pero a la vez disfrutando su provocación, realmente estaba excitándose mucho de nuevo, Guillam lo estaba masturbando y no iba a detenerse, incluso si la video llamada con el detective aún no había terminado.

El detective sonrió un poco, nervioso y comenzó a sentirse avergonzado, él era un profesional, pero sabía que en cualquier momento su circunspección podía llegar a su límite, sin embargo, no podía terminar abruptamente la video llamada, después de todo él era el empleado de Dixon en ese momento y Dixon su jefe. Ante tal escena que no cesaba y por el contrario aumentaba su desvergüenza, el detective hizo al fin un breve sonido con su garganta como si estuviera aclarándola, con el objeto de llamar la atención de Dixon, que seguía frente al monitor siendo acariciado obscenamente por Guillam bajo la bata.

—Así que asuntos serios en la madrugada ¿Prefieres atender a ese subordinado tuyo a tener delicioso sexo desenfrenado con tu mejor amante? Sé que deseas que te lo meta ya de nuevo—dijo Guillam con voz susurrante, mientras ahora mordisqueaba fogosamente el lóbulo de la oreja de Dixon.

—idiota, son asuntos muy importantes y que no te incumben desde Estados Unidos. ¡Déjame en paz! — exclamó Dixon exasperado, pero sin dejar de sonreír mordazmente y sin evitar que su cuerpo se retorciera de placer cada vez más. Sus mejillas comenzaban a sonrojarse y su miembro se ponía duro bajo la mano osada de Guillam que lo masturbaba lujuriosamente.

—Err, bien, Dixon, ya me has dado las indicaciones. No quiero interrumpir más. Además, prometí estar ahí desde muy temprano para no perder nada de vista. Y sé que allá es muy tarde— dijo el detective alzando un poco más la voz, como tratando de hacer notar su incomodidad. Para ese momento Guillam casi había conseguido alejar a Dixon más del monitor y comenzaba a mordisquear sus pezones mientras Dixon trataba de quitárselo de encima. Los gemidos en la habitación comenzaban a incrementar, Dixon no podía seguir concentrándose en la video llamada, y ahora su cuerpo le clamaba a ceder ante la provocación de su ardiente amante Guillam.

—Por favor, encuéntralo Wells, necesito a ese hombreee— alcanzó a decir Dixon antes de sentir cómo Guillam comenzaba a abrirle las piernas, tras haberlo escuchado pronunciar aquello.

El detective sonrió de lado y asintió.

—Déjalo en mis manos, Dixon— dijo Wells lacónico y acto seguido terminó la video llamada. No se espantaba de ver la fogosidad homosexual de su jefe en turno, porque pese a tener poco tiempo de trabajar para él había logrado percatarse de ese lado perverso suyo, pero tenía pudor y respeto por su intimidad, aunque Dixon y su amante Guillam tuvieran tal descaro de mostrarlo ante él. Además, sabía que debía tolerar ese lado excéntrico de su jefe, pero lo mejor era hacerlo desde lejos.

Dixon vio cómo el detective había terminado la video llamada, y apenas pudo alcanzar a cerrar la pantalla del portátil. Casi había perdido la concentración, su cuerpo sólo estaba reaccionando al placer que Guillam le estaba proporcionando cada vez más, sin detenerse. Tal y como el maldito se lo había advertido la mañana anterior, Dixon volvería a tenerlo en su cama follándolo. Y esta era de hecho la tercera ronda de la noche. Guillam quería prepararlo bien de nuevo, para penetrarlo una vez más.

—ahh, maldito Peter, ¿por qué no puedes dejarme ni un maldito minuto en paz?! Casi querías follarme en frente del detective…— espetó Dixon irritado, entre gemidos.

—jaja, Hector, habría estado dispuesto a hacerlo. Apuesto que ese tipo disfrutaría ser un voyerista, observando cómo tienen sexo de verdad dos hombres como nosotros frente a su monitor— dijo Guillam con voz ronca y sumamente extasiada mientras seguía mordisqueando salvajemente los pezones de Dixon hasta dejarlos enrojecidos y con marcas, mientras Dixon arqueaba la espalda de placer, sus piernas ya estaban completamente abiertas y Guillam estaba en medio de ellas, apuntándolo con su hombría. Aún no había penetración, Hector podía sentir su rígido miembro friccionarse deliciosamente con el de su amante en turno, al tiempo que sentía sus dientes mordiendo sus pezones con mayor desesperación. Entonces Dixon sintió los dedos de Guillam embadurnados de lubricante adentrarse bruscamente en su cavidad, el maldito Guillam había introducido tres de una sola vez, pero Dixon estaba tan excitado que no le había importado, y realmente lo estaba disfrutando, porque Guillam lo estaba preparando para penetrarlo con su erección de nuevo. Pero antes de eso, de pronto Dixon escuchó el sonido vibratorio de uno de sus juguetes sexuales y entonces comenzó a sentir cómo Guillam comenzaba a introducirle el grueso dildo vibratorio de color violeta brillante, con textura de pequeñas esferas, introduciéndolo hasta el fondo, sacándolo constantemente para volverlo a introducir con un ritmo acelerado para estimular su próstata. Dixon respingaba ante el acto, pero lo disfrutaba sobremanera. Su rostro demostraba su total gozo. En un instante casi lo hacía llegar a la locura y comenzó a sujetarse fuertemente a las sábanas. A menudo su orgullo le evitaba reconocer que Guillam realmente era un excelente amante, uno de los mejores que había tenido en toda su vida llena de promiscuidad.

— ¿Qué hombre es el que quieres que el detective ese encuentre, cariño? — indagó Guillam al fin, sin detenerse en lo que estaba haciendo, incluso estaba aumentando el ritmo y la brusquedad con que penetraba a Hector con el obsceno objeto. Dixon sonrió con malicia mientras sus ojos permanecían cerrados y disfrutaba del placer entre fuertes gemidos.

—Jaja, no es tu maldito asunto, Peter— dijo Dixon con sumo desdén mientras su rostro no podía ocultar la lujuria que disfrutaba. Con una mano comenzó a masturbarse a sí mismo mientras con la otra sujetaba a Guillam fuertemente de la nuca, tratando de demostrarle que pese a todo él era quien dominaba todo y si Guillam estaba en su cama era porque él así lo había deseado.

Ante su respuesta, Guillam sonrió con malicia y rió un poco y aumentó la brusquedad con la que introducía el dildo dentro de Dixon.

Dixon gritó de placer, esta vez de una forma mucho más sonora que inundó toda la gran habitación.

—¿Quieres convertir en tu nuevo juguete a ese bastardo que tanto buscas? Oh, Hec, eres un maldito promiscuo, nunca logras tener satisfacción. Pero nadie podrá darte mayor placer que el que te doy yo cariño, nadie puede saciar tu maldita sed de sexo salvaje como lo hago yo— señaló Guillam seductivamente, su voz sonaba ronca debido a la excitación, realmente disfrutaba ver a Hector sometido a su dominio sexual, retorciéndose de placer bajo su atractivo cuerpo desnudo y caliente.

—ahh, maldito bastardo, ¡deja de hacer eso y métemela ya! — gritó Hector suplicando, arqueando incluso más su espalda de placer. Para ese momento ya no podía ni siquiera mantener los ojos abiertos, sólo podía enfocarse en sentir el dildo vibrando placenteramente dentro suyo con violencia.

—no respondiste a lo que te dije, Hector, cariño— susurró Guillam mientras sentía cómo Dixon tiraba de su cabello con mayor fuerza. Pero realmente no le importaba, él también disfrutaba del dolor al tener sexo, era un poco masoquista, aunque no al nivel de Dixon, por eso ambos habían logrado entenderse tan bien en la cama durante todo ese tiempo.

—jaja maldito, no eres tan estúpido después de todo, porque efectivamente, estoy…ahhh…buscando a un hombre…un verdadero hombre que conocí en Boston, que quiero que me folle salvajemente de nuevo…ahh— respondió Dixon cínicamente, entre gemidos sonoros y otros ahogados, su excitación era tanta que sentía que casi no podía respirar y esa sensación asfixiante le excitaba incluso más. Hector sonrió ampliamente, con gran malicia, porque le había revelado al fin a Guillam su verdadero propósito y porque al hacerlo su mente no podía evitar traer el recuerdo de aquel hombre de Boston, el Adonis con la cicatriz sobre el labio superior, el hercúleo hombre moreno de ojos azules con el gran tatuaje extraño pero sexy de la espalda, el macho alfa que lo había hecho suyo agresivamente sobre la amplia cama de su lujosa suite.
Pero por su parte Guillam al enterarse de aquello se sintió furioso, no era algo que no esperara ya que conocía perfectamente a Dixon y sabía que siempre decía las cosas con absoluto cinismo, y que nunca sentiría vergüenza de ello, pero saber que además de haberse acostado con un extraño en Boston ahora estaba obsesionado en encontrarlo y traerlo consigo hasta Inglaterra le irritaba sobremanera, y por alguna extraña razón, ésta vez Guillam no se sentía del todo dispuesto a compartir a Dixon con nadie y mucho menos con un maldito yanqui. A pesar de que estaba plenamente consciente de que que Dixon siempre había sido extremadamente voluntarioso y egocentrista, Guillam se había hecho el propósito de mostrarle que esta vez Hector no podría deshacerse de él tan fácilmente.

—ahhh, maldito bastardooo— gritó Dixon, al sentir cómo Guillam no sólo aumentaba bruscamente las estocadas con el nefasto juguete sexual, sino que además había aumentado la potencia de las vibraciones del aparato y por eso, Dixon tiró más fuertemente del cabello de Guillam, lo que provocó que éste se envalentonara más en continuar infringiendo la tortura sexual a su amante asesino a sueldo. Pero pese a estar disfrutándolo como nunca, Guillam de pronto se sintió exasperado, por lo que cesó de penetrar a Dixon con el nefasto falo de plástico, decidió que era hora de hacerlo él mismo con su rígido miembro, que palpitaba entre los dedos de su mano izquierda, listo para adentrarse en Dixon, una vez más, para unirse con él en una sola carne.

Dixon sintió cómo Guillam se detenía, tan repentinamente cómo había iniciado, abrió lo ojos en medio de sus propios jadeos y observó como Guillam arrojaba el objeto a un lado de la cama, el cual cayó y rodo por el piso, dejando un hijo de lubricante a su paso. Entonces Dixon vio cómo rápidamente Guillam se colocaba entre sus piernas y cómo apuntaba con su rígido miembro a su entrada que desde la perspectiva de Guillam lucía enrojecida y suficientemente dilatada, a causa de la vejación que él mismo le había provocado hacía unos instantes.

Pese a sus enormes ganas por penetrarlo con su hombría, Guillam no lo hizo de inmediato, se mantuvo apuntando con su erección, observando la expresión agitada de Hector frente a él, disfrutaba torturarlo.

—qué esperas, estúpido? ¡Hazlo ya, métela! — espetó Dixon exigente, algo que realmente detestaba era que lo hicieran esperar, sobre todo a la hora del sexo y en ese momento que estaban en el punto álgido lo exasperaba mucho más.

Guillam sonrió de lado con malicia, se estaba divirtiendo, tomó su rígido miembro con una mano y contorneó con él los glúteos de su rubio amante, Dixon no podía más con la exasperación, pero no podía moverse, pues Guillam justo acababa de someterlo fuertemente con su otra mano contra la cama.

—jaja ahora mismo imploras porque te lo meta, a pesar de que tu entrada está roja y palpitante de tanto placer que te di hace unos minutos cuando te metí esa cosa, y aún así estás obsesionado con tener sexo con otros hombres y con encontrar a ese imbécil de Boston que quién sabe cómo es, tal vez es un idiota poco agraciado, aunque seguramente con una polla enorme, porque es lo único que realmente te interesa, Hector, porque eres una putita. Pero ¿sabes qué? Eres mi putita, así que si quieres que te la siga metiendo no vas a deshacerte de mí tan fácilmente. ¿Entendiste? Y ya no estoy dispuesto a seguir compartiéndote con nadie más, menos con bastardos extraños extranjeros— dijo Guillam al fin su advertencia, mientras se relamía los labios y mientras comenzaba a introducir al fin su hombría erecta en Dixon, pero de momento sólo la punta.

Dixon se sorprendió un poco de escucharlo decir aquello, debía admitir que le gustaba que Guillam lo tratara de esa manera, y también le gustaba que lo torturara porque eso incrementaba mucho más su excitación, pero también le perturbaba un poco ya que si bien era cierto que desde que había conocido a Guillam y desde que habían entendido tener el mutuo acuerdo de acostarse sólo en ocasiones, sin compromiso real, y Guillam había sido tan liberal en el sexo como él, lo cierto era que Guillam había cambiado bastante en todo este tiempo, ya que cada vez se volvía más salvaje y voluntarioso, Guillam ya no podía ser tan dominado como lo había sido en un principio, pero eso no lo preocupaba demasiado, porque Dixon siempre sería mucho más sádico que él, era algo que ya estaba perfectamente en su sangre -fría- y en su oscura y retorcida psique. Guillam seguiría siendo, después de todo, sólo objeto de su diversión, su juguete sexual, a su antojo.

—jaja bastardo, yo puedo deshacerme de ti cuando a mí se me de la puta gana, y tenerte de nuevo a mis pies si así lo deseo— dijo Dixon son risa sardónica para luego escupirle, aunque no con la suficiente fuerza para alcanzar su cara.

La sonrisa de Guillam se amplió más, y entonces introdujo su rígido miembro por completo dentro de Hector de una sola salvaje estocada. Dixon gritó casi de forma ahogada, había tratado de callar su grito al sentir la salvaje invasión llegar hasta el fondo, tocando de forma inmediata su punto G interno, pero al final no lo había conseguido y aunque su orgullo quería impedírselo esta vez, no pudo evitar emitir el alarido. Al sentir como Guillam lo embestía con un ritmo severo, sin detenerse, Dixon cedió a su fascinación y sus gritos se incrementaron, no podía eludirlo, y se abrazó fuertemente de Guillam lo cual provocaba que su propio miembro se friccionara contra el abdomen de su amante de una forma frenética que lo hacía llegar a la locura.

—esto es para que…recuerdes…que yo…soy…y siempre seré…tu mejor amante, bastardo— pronunció Guillam con cierta dificultad ya que nunca perdió el ritmo de sus ataques.

Dixon ya estaba totalmente enajenado, por tanto, no pronunció más palabra. Y de pronto sintió como Guillam ejercía mucha más presión sobre él contra la cama, y cómo lo posicionaba de una forma más encogida, de manera que provocaba que la penetración fuera incluso más profunda, mientras en su espalda sentía la textura resbalosa de la seda de su costosa bata, que todavía llevaba puesta. Dixon estaba alcanzado la locura del placer, con esto debía comprobar que efectivamente no podía encontrar mejor amante en el mundo que Guillam, que parecía que lo entendía y lo llenaba en todo aspecto. Sin embargo, en medio de su gran éxtasis, mientras ese otro hombre se adentraba dentro de su ser frenéticamente, la mente de Dixon estaba invadida de los recuerdos del moreno adonis de Boston, poseyéndolo aquella gloriosa vez.

Y así esa nueva ronda de desenfrenado sexo continuó por un rato.

Boston, Massachusetts, Estados Unidos

El detective Wells estuvo esperando intensivamente la presencia de Dolarhyde durante los siguientes días, pero extrañamente Dolarhyde nunca había vuelto a aparecer. Cada noche el detective notificaba a Dixon sobre el nulo avance. En ese punto Dixon ya estaba demasiado exasperado, y a decir verdad y aunque no lo quería admitir, estaba preocupado, era una de las pocas veces en que lo había estado en su vida, pues él no era de ese tipo de personas con preocupación alguna. Todo parecía estar yendo demasiado mal, una racha de mala suerte, después de haberlo tenido siempre prácticamente todo.

En ese punto de exasperación, Dixon comenzó a dudar seriamente en mandar todo al infierno y olvidarse para siempre del hombre que había sido su amante una maravillosa por sólo noche en Boston, porque cuando habían tenido las pistas más claras para encontrarlo, de pronto parecía que se lo había tragado la tierra. No tenían ninguna pista más que la maldita hemeroteca donde se habían conocido, no había ningún dato más del sujeto, de manera que, si Dolarhyde no se le ocurría aparecer más por el lugar, buscarlo en Boston sería como encontrar una aguja en un pajar. Ni hablar de buscarlo en el estado o en toda la nación norteamericana. Pero algo le dictaba que no se detuviera. Dixon no estaba seguro si esta intuición era sólo causa de su capricho, pero el sentimiento era verdaderamente fuerte y no quería desistir. Dolarhyde se había convertido en su ferviente obsesión y cada vez que Dixon se encaprichaba con algo nunca desistía.

Ordenó al detective continuar su búsqueda y que inclusive la intensificara, y consideró que ya había transcurrido suficiente tiempo desde el asesinato que había cometido en Boston al funcionario británico y ya era buen tiempo para volver por sí mismo. Además, no tenía asuntos importantes que atender en esos días en Reino Unido, por tanto, podía darse el lujo de acudir personalmente a aquella hemeroteca y emprender su propia búsqueda. Tal vez al estar presente en el primer punto de encuentro, podría correr con la buena suerte de toparse con el moreno de ojos azules. Pensar en ello lo excitaba sobremanera. Se relamía los labios cada vez que lo imaginaba.

—¡Ni hablar! mantente al tanto de cada detalle, ¿entendiste, Wells? Continúa observando también a la gente que acude, tal vez alguien pudiera tener relación con el sujeto. Yo iré en unos días, aún no puedo asegurarlo— dijo Dixon al detective a través del monitor, en ese momento detrás del detective se notaba la oscuridad de la noche en Estados Unidos.

El detective asintió, le confirmó que seguiría cada una de sus ordenes y después terminó la video llamada. En ese momento en Reino Unido el nuevo día había comenzado y era temprano por la mañana, y para entonces Dixon ya se había vestido y arreglado por completo, con vestimenta oscura como le era usual y distintivo.

Guillam había amanecido en la cama de Dixon de nuevo, también estaba vestido en es ese momento, pero habían tenido una dosis de sexo matutino bajo la regadera hacía un rato, como ya se estaba haciendo costumbre. Reflexionando sobre su elegante sofá, Dixon seguía preguntándose en ese instante por qué jamás podía evitar sentir todo ese placer que Guillam le causaba con sus caricias y esa forma salvaje de hacerlo suyo. Tal vez en verdad se había vuelto adicto al sexo que Guillam le proporcionaba, y por esa razón no había contratado a ningún otro hombre desde que había vuelto a Londres luego de su encargo de asesinato en Boston. En eso había logrado además ahorrar mucho dinero pues cada vez que contrataba a un prostituto desembolsaba una buena paga. Aunque, ahora estaba gastando mucho más en pagar al detective para encontrar a su anhelado Adonis moreno de ojos azules. Pese a que aún no lograba contactar a Dolarhyde y pese a la enorme incertidumbre de pensar que había posibilidad de que éste no volviera nunca a la hemeroteca, se alegraba sobremanera de saber que Dolarhyde también había estado buscándolo con cierta insistencia, le enaltecía demasiado su ya de por sí gran ego, el hecho de que el sexy y corpulento hombre de Boston había quedado cautivado por él y sin duda lo estaba buscando para tener más sexo con él.

Tras conversar un poco en video llamada online con el detective esa mañana, y sin conseguir buenas noticias del paradero de Dolarhyde, Dixon se mantuvo pensativo sentado por un rato en el mismo lugar, sobre uno de sus finos sofás de vinil negro de su sala de estar. En un momento Guillam estaba a punto de salir, ya casi era rutinario que durmiera en casa de Dixon, en su cama tras tener sexo duro, y no en la suya en su propia casa, por lo que la escena matutina de arreglarse frente al espejo mientras Dixon atendía sus negocios online o por teléfono se había convertido en una constante. Sólo estaba ausente mientras estaba atendiendo asuntos de su trabajo en el MI6, que no lo hacía solicitado demasiado en las últimas semanas, pero con el pasar de los últimos días las labores en su división parecían intensificarse de nuevo. Seguramente por esa razón, Guillam no podría seguir pasando cada noche con Dixon durante las siguientes semanas porque recién tan sólo un día antes se le había asignado una nueva misión fuera del país y fuera de Europa. Guillam debía decírselo.

—Hey Hec… ¿pasa algo? ¿Te dio malas noticias ese detective? ¿O acaso lograste al fin encontrar a tu hombre de Boston que tanto deseas? — indagó Guillam sarcástico, acercándose por detrás a él, dejando su maletín sólo por un momento a un costado del sofá. Ante su intención de provocarlo, Dixon casi no se inmutó, y apenas volteó a verlo de reojo, seguía reclinado contra el sofá pensativo, preocupado, internamente exasperado. Sólo alzó la mirada hacia Guillam brevemente, estaba serio y ligeramente ceñudo y tras volver a ignorarlo, dio un breve suspiro, aunque casi inaudible, lo cual extrañó a Guillam, pues Dixon siempre mostraba abiertamente sus molestias y ésta vez parecía tratar de ocultarlas o reprimirlas.

—El detective no ha logrado verlo, él tipo no ha vuelto a aparecerse…y no hay ni una sola pista de su paradero por ningún lugar, apenas si sabemos su nombre—masculló Dixon fastidiado, aunque tratando de sonar tranquilo, y se encogió un poco en su lugar. Se sentía muy frustrado y le fastidiaba aún más darle explicaciones a Guillam. Además, era orgulloso, no quería admitirlo ni siquiera ante él. Esa mañana realmente no estaba de buen humor.

—oh, cariño, mejor olvídate de él. Ya te dije que no podrás encontrar nunca a nadie mejor que yo. No obstante, seguro hallarás algunos estos días, hay muchos más hombres con los cuales puedes entretenerte mientras yo no pueda meterte mi polla. Además, siempre consigues los mejores, eres un maldito promiscuo, pero de muy buen gusto. Aunque al final siempre vuelves a mí, y yo termino siendo el que más ocupa tu cama—expresó Guillam cínicamente con voz sensual al tiempo que tomaba el mentón de Dixon sutilmente con una mano. Dixon no cesó su expresión de molestia de su rostro y quitó bruscamente la mano de Guillam para zafarse de él.

—Lárgate de una maldita vez, imbécil…hoy realmente no tengo ganas de soportar tu estúpida presencia—espetó Dixon agresivo, como siempre, pero aún retraído en su propia frustración.

—jaja, Hector mi amor, sé lo mucho que te fastidia admitir que sólo por mí has vuelto a ser fiel. Y ningún otro hombre puede lograr ese efecto en ti. Soy único en tu vida— agregó Guillam fingiendo zalamería para provocarlo, intentando acercarse a Dixon de nuevo para tomar su mentón entre sus manos otra vez.

—no seas imbécil, te he dicho que tu polla es mía y me gusta tenerla cuando me place, para bajar mi calentura, sólo para eso. El sexo que tenemos es intenso y delicioso, eso lo he admitido siempre, y tras hacerlo no me quedan más energías ni tiempo para meterme con otros hombres. Pero eso no significa que seas especial y único en mi vida, ten por seguro que en cuanto te largues otra temporada voy a volver a tener a los mejores sementales follándome en mi cama. No eres único, Pete, ni siquiera eres el mejor, pobre estúpido— exclamó Dixon desafiante, mirándolo con austeridad y esbozando su blanca sonrisa burlona.

Guillam rió irónico.

—jaja Hector, cariño, ¡es increíble tu orgullo y tu cinismo! ¡Me divierte tanto tu terquedad! bueno no me extrañaría, sobre todo ahora que casualmente tendré que estar fuera del país una temporada. Jaja ¡Estás de suerte, Hec! Podrás deshacerte de mí, pero sólo por un breve tiempo. ¡Ya puedo imaginar cuántos hombres vas a dejar que te follen duro en mi ausencia! Disfrútalo lo más que puedas, y prepárate porque en cuanto regrese te voy a follar duro en donde te agarre primero la calentura, incluso si tiene que ser en medio del pasillo. ¿Entendiste, cariño? — exclamó Guillam riendo con sátira, tomando bruscamente el mentón de Dixon en su mano, aprisionándolo con fuerza entre sus dedos, lastimándolo un poco. En el acto, las miradas de ambos, más azuladas por el reflejo del Sol que entraba por las persianas, se cruzaron, Hector tenía el ceño fruncido que enmarcaba su sonrisa blanca y lánguida y que fue cesada cuando de pronto Guillam unió sus labios a los suyos en un muy brusco beso. Dixon quiso poner resistencia a ello, pero Guillam no le permitió zafarse, siempre lograba aplicar mucha más fuerza que él, Guillam siempre le ganaba en ese aspecto. Al final Dixon siempre cedía, y nunca podía quejarse, porque también lo disfrutaba, por eso el beso se profundizó apasionado, en encuentro de sus húmedas lenguas.

Luego de un rato de dejarse llevar por esa extraña pasión salvaje, al fin dejaron de besarse y ambos volvieron a incorporarse en sus asientos.

—oh, y ¿se puede saber por qué mierda vas a ausentarte esta vez, Pete? — indagó Dixon curioso, relamiéndose los labios, pero aún fastidiado.

—ah, la división está trabajando exhaustivamente en apoyar al FBI de Estados Unidos a encontrar a un peligroso asesino serial del cual actualmente no tienen grandes pistas, y que tiene vínculos con el famoso asesino antropófago, el Doctor Hannibal Lecter. Sólo tienen un retrato hablado y algunos testimonios de testigos, que aún no arrojan verdaderas pistas— explicó Guillam y entonces abrió su portafolio de dónde sacó un panfleto que tenía la imagen del retrato hablado de El Dragón Rojo que el FBI se había encargado de repartir por todos los lugares posibles.

— ¿El Dragón Rojo, eh? — expresó Dixon al leer el panfleto. En efecto, el retrato no era muy fiel al verdadero, era muy distinto al rostro del verdadero Dragón Rojo que era Francis Dolarhyde, por lo cual hasta ese momento Dixon no podía sospechar que se trataba del mismo hombre de Boston con quien se había acostado aquella noche. El hombre del retrato no se parecía al adonis que buscaba.

—Como seña particular, el tipo tiene una cicatriz en el labio superior, derivado de su malformación física de nacimiento, labio leporino. Es un sujeto corpulento, practica la halterofilia, y ha atacado en Washington, Nueva York, Chicago y Boston, entre otros puntos. Según el informe, es un tipo que sufre esquizofrenia paranoide, de ojos azules, cabello oscuro, tez bronceada y ronda los 40 o 45 años. Casi no habla con nadie, ni siquiera cuando hace alguna compra, y cuando lo hace su acento es sumamente raro— explicó Guillam serio, mientras extendía sobre la pequeña mesa de centro algunos papeles más.

—Francis Dolarhyde…—leyó Dixon en los datos del panfleto. Tras escuchar todos los datos que Guillam había explicado no pudo evitar sentirse perplejo. Había características que coincidían con el hombre de Boston con el que se había acostado aquella noche, o al menos tuvo un cierto presentimiento que lo hizo considerar por un momento que podría tratarse de él, pero quiso convencerse que no se trataba del mismo en absoluto. De todos modos, habría sido demasiada coincidencia. Además, el tipo del retrato era muy feo y tenía rasgos demasiado toscos, nada comparado con el hombre sumamente atractivo que ahora él mismo estaba buscando, inclusive la cicatriz que le habían dibujado era exagerada, comparada con la que su hombre de Boston tenía, la cual no le quitaba atractivo alguno.

Dixon se quedó mudo un momento, volvió a leer los datos del panfleto y observó con detalle el retrato hablado. Luego devolvió el retrato a Guillam quien volvió a guardarlo en su maletín dentro de un folder.

—y… ¿qué tipo de asesino es? — inquirió Dixon aun confuso, pero tratando de disimular su intriga.

—uno muy sanguinario, asesina familias completas, con un patrón bastante perturbador. El tipo parece ser realmente un desquiciado mental. Es muy peligroso que ande prófugo— dijo Guillam, se sintió un poco raro de tener una conversación así de seria con su fogoso amante Dixon, puesto que casi la mayor parte del tiempo ambos mantenían la efusión de su relación, y cuando no estaban en medio de la tensión sexual ambos estaban tratándose de forma peyorativa. Pero aunque no lo decía, Guillam disfrutaba estos momentos serios con Dixon, aunque fueran escasos.

—jaja asesino sanguinario…de verdad me sigues sorprendiendo, Pete. Tú, un agente altamente calificado en espionaje del MI6, que se acuesta conmigo, un sanguinario asesino a sueldo, admirándose de un asesino serial yanqui. Eres tan malditamente incongruente en tu vida, Pete, y eso me gusta, porque te hace ser un tipo patético. Eso sólo demuestra que realmente estás sometido a mí, puedo tenerte a mis pies cuanto lo desee— expresó Dixon riendo burlonamente, mientras comenzaba a acariciar la pierna de Guillam que seguía sentado a su lado.

Guillam soltó una breve risita irónica.

—jaja, no, nada de eso. Podría arrestarte en ese preciso momento y llevarte sin problemas con la policía, hacer que te enjuicien por todos los crímenes que has cometido, refundirte en la peor de las cárceles, ordenar que te torturen sin piedad, y hacer que me brinden todos los honores por atrapar al asesino de tanta gente importante, pero no lo haré, sólo porque disfruto de tener sexo contigo, eres tan deliciosamente follable y adicto al sexo duro, no es fácil encontrar a un tipo tan puto como tú, Hec. No puedo desperdiciarte. Además…pese a dejar que te follen tanto, sigues siendo tan deliciosamente estrecho— expresó Guillam, acercando su rostro al de Dixon para robarle un rápido beso violento de nuevo.

—imbécil, no serías capaz nunca de traicionarme de esa manera, y si te atrevieras a hacerlo te mataría de inmediato…sin dejar rastro—dijo Dixon sonriendo sarcástico, esbozando su amplia sonrisa blanca en el rostro.

Guillam rió un poco.

—jaja cielo, no serías tan hábil para hacer eso antes de que yo te tenga esposado y metido en una patrulla…—dijo Guillam sardónico, desafiante.

—ah, antes de que eso pueda pasar, tus sesos ya estarían regados por el piso a causa de un solo disparo de mi preciosa Colt, lo cual sería una lástima ya que mi piso es preciado, fino. Pero podría sustituirlo de inmediato, ese no es problema— dijo Dixon al tiempo que sacaba audazmente su pistola y amenazaba con apuntar sobre la cabeza de Guillam. La sonrisa de Dixon se amplió más, pese a que estaban teniendo una especie de juego de desafío, se mostraba totalmente seguro, y Guillam que lo conocía bien no dudaba que Dixon hablara en serio, pero él también hablaba en serio y también estaría dispuesto a jugar su mejor partida y ganarle cualquier batalla. Guillam tenía fe en sí mismo y en que nunca le permitiría a Dixon ganar.

—cariño, no serías capaz, sé lo mucho que me amas, y yo también podría llegar a amarte, porque ese culo que tienes tan apretado no se encuentra tan fácil, por eso estaría dispuesto incluso a casarme contigo un día, tal vez corras con la suerte de que eso suceda en el futuro— expresó Guillam satíricamente, tratando de provocar el fastidio de Dixon, una vez más.

Dixon rió un poco, efectivamente Guillam había logrado fastidiarlo, pero también le causaba gracia. Bajó su pistola, Guillam no se había inmutado en ningún momento de todos modos, y ambos se habían cansado un poco de ese juego.

—ni lo sueñes Pete, jamás me casaría con nadie y mucho menos contigo bastardo, yo soy libre—dijo Dixon. Guillam sonrió un poco, terminó de guardar sus cosas y se levantó de su asiento, dispuesto a marcharse. Dixon no lo detuvo, por el contrario, pareció tener ahora la intención de ignorarlo, tomó el control de la televisión y la encendió.

—te veo en un par de semanas, Hec. No olvides obligar a tus amantes a usar buenos condones mientras te follan todos ellos. Y no me extrañes mucho— dijo Guillam estando frente a la puerta de salida que justo acababa de abrir y le lanzó una última sonrisa de burla.

—largo…—apenas pronunció Dixon, sin dejar de enfocar su atención sobre el televisor, cambiando los canales al azar, y pronto escuchó el sonido de la puerta al cerrarse. Guillam se había largado al fin.

Durante un rato, Dixon continuó cambiando los canales de la televisión, sobre todo los canales de noticias, siempre tenía la manía de mirar que nuevas noticias sobre asesinatos había en la televisión, especialmente cada vez que hablaban de los asesinatos que él mismo había perpetrado y de los cuales nadie sospechaba, ni siquiera sus vecinos, ni siquiera su familia a quienes veía sólo en fiestas y ocasiones especiales y con quienes no tenía mucha comunicación. Nadie de su familia sabía a lo que Hector realmente se dedicaba, todos creían que trabajaba en un banco en un muy buen puesto. Sólo Peter Guillam y sus secuaces como su fiel amigo y subordinado Fabian guardaban su secreto. Por eso de pronto le fastidió pensar que, en cierta forma, Guillam tenía razón, el hecho de que él supiera su secreto y que aun siendo parte de la policía no lo arrestara, lo mantenía unido a él. Se preguntó de pronto si algún día esto le permitiría separarse de Guillam si así lo decidera, pero por el momento no estaba seguro de ello. Ahora mismo el hombre de Boston era un capricho más, después de todo.

—ese tipo del panfleto…el Dragon Rojo, no puede ser él, no lo creo, John Bateman es corpulento parece ser un tipo sumamente reservado, pero no creo que sea el horrible tipo del retrato— se dijo a sí mismo Dixon una y otra vez, hacía media hora desde que Guillam se había ido y la intriga aún no dejaba de hacerlo pensar en el tipo que el FBI estaba buscando con insistencia.

Dixon continuó viendo los canales de noticias, hacía días que no había sido contratado para asesinar a nadie ni tampoco había asesinado a nadie a voluntad en las últimas semanas, pero las noticias de asesinatos eran su mejor entretenimiento cuando no estaba teniendo sexo ardiente con otro hombre. Entonces de pronto en uno de los noticieros hablaron de la ola de asesinatos que se habían perpetrado al norte de Estados Unidos en las últimas semanas, y mencionaron la relación que cada uno de ellos tenía entre sí, pues todo indicaba que eran producto del mismo asesino. Dixon observó la noticia y las imágenes con atención, y en la pantalla mostraron el mismo retrato hablado que Guillam acababa de mostrarle hacía unos minutos.

"la policía aún no tiene rastro del Dragón Rojo que atacó al agente William Graham en su propio domicilio hace casi un mes. El agente Graham sigue recuperándose en el hospital de sus lesiones, las cuales resultaron ser graves. El retrato que mostramos a continuación es lo más próximo a los datos que los testigos han podido aportar. El dragón rojo, antes conocido como "El hada de los dientes" no ha podido ser visto bien por nadie, puesto que casi ninguna de sus víctimas ha logrado salir con vida. Y aquellas que han logrado sobrevivir a penas han podido ver su rostro parcialmente. Como seña particular, el dragón rojo tiene una cicatriz en el labio superior, probablemente nació con labio leporino. Es un hombre de piel bronceada y ojos azules, de cabello oscuro casi negro, es alto y corpulento por lo que se recomienda alejarse de él lo más posible si llega a verlo…"

La noticia continuó, al ser una noticia internacional, las televisoras de su país no se habían enfocado demasiado en hablar de ello, por lo que Dixon pensó que tal vez lo mejor era investigar por su propia cuenta en internet.

Su intriga había incrementado tras ver ese noticiero. En ese momento había deseado haberle quitado el maldito panfleto a Guillam, pero tenía la seguridad de encontrar el retrato de aquel asesino serial en internet.

Encendió su computador portátil y tras una breve búsqueda logró encontrar las noticias del asesino. Guardó el retrato que el FBI había reconstruido, conectó la impresora y en sólo unos minutos tuvo el retrato entre sus manos.

—realmente es feo…—dijo convencido.

Luego llamó a Fabian por teléfono para pedirle que acudiera a su apartamento. Tenía que atender algunos asuntos de sus sucios negocios antes de poder pedir un vuelo que lo llevara de nuevo a Estados Unidos.

…..

Francis Dolarhyde había decidido mudarse de nuevo, era la tercera vez que lo hacía en menos de un mes, desde que había atacado a Will Graham aquel día. No podía permitirse dejar ninguna pista a la policía e inclusive había estado pensando seriamente en mudarse a otra ciudad, lejos de ahí, mientras sus ahorros aún se lo permitían. Debía conseguir un nuevo empleo cuanto antes, ahora utilizando su nueva identidad falsa. La mayoría de sus cosas aún las tenía guardadas en una bodega alquilada casi a las afueras de la ciudad, ahí nadie se atrevería a saquearlas porque no tendrían idea de su ubicación, a menos que transcurrieran muchos años de abandonarlas, lo cual no había hecho, pues de vez en cuando acudía a revisarlas por sí mismo. Aunque ahora mismo le rondaba la idea en la cabeza de que después de todo lo mejor sería poner a la venta la mayoría. En las viviendas que había estado alquilando, una tras otra, desde que la policía lo estaba persiguiendo, sólo traía consigo lo indispensable como parte de su ropa, su cama, sus cobijas y sus objetos preciados como la gran vieja biblia que lo conectaba con el Gran Dragón Rojo, el cual para su fortuna había dejado de molestarlo últimamente. Ya casi no recordaba cuándo había sido la última vez que había escuchado su gutural e infernal voz resonando en su cabeza.

Al cabo de unos días, Dolarhyde logró vender parte de esas pertenencias y trasladarse a rentar una pequeña vivienda en Chicago. A decir verdad, su objetivo era llegar hasta algún estado del centro o noroeste, quería establecerse en un sitio lo más aislado posible, en un lugar montañoso sin tanta gente a su alrededor. Estar siempre rodeado de tanta gente en la ciudad lo había molestado siempre, lo irónico era que ahora en Chicago la situación no sería tan diferente, siendo una de las ciudades más pobladas del país. Pero no podía huir más lejos tan fácilmente, aún no podía llegar a instalarse a vivir su ilusoria vida de ermitaño en Wyoming o Montana. Debía ser paciente. Después de todo en Chicago podría ocultarse de la policía en medio de la densa población.

Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.

Había aprendido ya todo el apocalipsis de memoria. Constantemente lo recitaba en su pensamiento, para sí mismo, para mantener en calma y letargo al Dragón. Estaba eternamente agradecido con San Juan.

Sólo lamentaba que ahora no podía seguir yendo con la misma frecuencia a la hemeroteca de Boston, conducir la furgoneta hasta allá se había vuelto cada vez más complicado, pero definitivamente no era algo que quería abandonar, no podría dejar escapar la oportunidad de encontrar de nuevo al bello hombre de cabello dorado como el Sol que le había hecho disfrutar un majestuoso éxtasis como nadie más, el hombre revestido de Sol que el poder del mal había traído para él desde el otro lado del mundo. Hector Dixon debía volver a ser uno con el gran dragón.

Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas

En su nueva vivienda podría estar cómodo por ahora. Era una casa muy pequeña, rústica, sumamente descuidada, que contrarrestaba con los modernos edificios de la gran urbe, una pequeña vivienda de apenas 3 estrechas habitaciones y en la cual Dolarhyde pronto había acondicionado un lugar especial para rendir su retorcido culto frente a la gran y pesada vieja biblia, como había hecho fielmente en cada lugar en donde se instalaba.

Y desde el primer momento de haber llegado ahí había hecho su habitual ritual, leer en trance los párrafos del apocalipsis, mientras vestía únicamente su bata de seda dorada, sobre su musculoso cuerpo desnudo en el cual recientemente se había hecho tatuar el nombre de Hector Dixon en letras góticas, rodeadas de un resplandor dorado como el Sol, porque su cuerpo desnudo era la vía que lo había unido a él, a tal placer, y que al estar frente algo tan sagrado como esa biblia sólo podía cubrirse con la bata dorada a la que desde su encuentro con Hector Dixon había dotado de un nuevo significado, pues al ser dorada ahora cada vez que la llevaba puesta sentía que estaba siendo cobijado por el rubio y su divino resplandor dorado como un sol, y con ello su mente no podía evitar hacer la analogía de que era igual a la forma en que la estrecha cavidad de Dixon había cobijado su miembro erecto en ese frenesí de lujuria compartida mientras lo penetraba. Traer la bata dorada puesta era como tener sexo con Dixon, penetrarlo de nuevo, adentrarse en esa cálida profundidad. Por ello para Dolarhyde, Dixon, dejándose penetrar así por él, era como esa profética mujer. Y toda esa frenética imaginación en su psique esquizofrénica sólo lograba regocijarlo aún más. Por esa razón sus ansias por encontrarlo incrementaban cada día más. Esa maniática desesperación ya lo estaba torturando.

Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón.

Y como aún no podía saciar su inmenso deseo de tener a Dixon de nuevo entre sus brazos, debía satisfacerlo de una forma que no podía evitar, asesinar y violar los cuerpos muertos de sus víctimas. Dolarhyde había vuelto a matar, a sangre fría, sin piedad, sólo para satisfacer su lujuria y sed de sangre. En Chicago se habían dado recientemente los reportes en las noticias, pero Dolarhyde no era tonto, había cambiado su modus operandi, el Dragón había renacido gracias a ese primer encuentro homosexual con el británico Hector Dixon, debía cambiar todo desde su morfología hasta sus instintos, por lo que ésta vez El Dragón Rojo no se había dedicado a matar familias enteras perfectas, ya no eran su problema, ahora mataba hombres relativamente jóvenes, que rondaban los treinta a cuarenta años y que poseían rasgos suaves, finos, parecidos a los de Hector Dixon, rubios de baja estatura y complexión menuda, con cierto atractivo, pero que no podía ni quería tenerlos por su propia voluntad, y porque sólo quería utilizarlos como simples servilletas, una sola vez y a la basura.

Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo.

Aunque ninguno de ellos lo hacía sentir tan bien como lo había hecho Hector Dixon. Y ahora los mataba en el momento justo de la luna nueva, porque su mente esquizofrénica también había creado la creencia que el Dragón le mandaba llevarlo a cabo justo en esa fase de la luna, esa luna nueva que estaba bajo los pies de su mujer revestido de Sol, porque él ya era prácticamente un Dragón completo, uno nuevo, así como Dixon había aparecido en su vida nueva. Y con estos nuevos crímenes el Dragón estaba renaciendo.

Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.

Sin embargo, aún no había tenido el tiempo ni la oportunidad de asesinar a muchos. De hecho, en el mes en que había estado en Chicago sólo había asesinado a tres. La policía debía atender tantos otros casos en la gran ciudad que hasta el momento aún no los habían relacionado con un asesino serial, mucho menos con el prófugo Dragón Rojo, cuyo retrato hablado aún seguía pegado en cada comisaría y caseta policiaca.

El FBI, por su parte, seguía en su ardua búsqueda por el paradero de Francis Dolarhyde, sin embargo, desde que Will Graham había desaparecido, con todo y sus perros, misteriosamente, y con la búsqueda del peligroso asesino caníbal Hannibal Lecter, las cosas se habían complicado mucho más para Jack Crawford.

Habían pasado un par de semanas desde que Will había huido con Hannibal a Europa, Jack había sospechado desde un principio que aquello era probable, pero había tenido la ingenua esperanza de que habría podido evitarlo antes de que eso sucediera. Pero ni todas las cámaras de seguridad y demás sistema sofisticado instalado fuera de la casa de Will habían podido evitarlo. Jack sabía perfectamente que Will se había marchado con Hannibal, porque bien tenía casi la certeza de que ambos mantenían una relación sentimental y sexual.

Para él era evidente que habían huido a Florencia, por lo que inició su búsqueda de inmediato. Pero de nuevo se dio cuenta que otra de las cosas que había sospechado era de hecho una realidad, pues al llegar a Florencia nadie pudo encontrar rastro ni de Hannibal ni de Will, porque tan pronto como llegaron ahí se habían trasladado a otro sitio de Europa, donde no pudieran encontrarlos.

Florencia, Italia. 2 semanas atrás.

Hannibal y Will habían arribado a algún aeropuerto especial donde el jet privado que los había llevado desde Estados Unidos aterrizó. Los perros de Will habían venido también, tal como Hannibal se lo había prometido a Will, cada uno de ellos. Juntos iniciarían una nueva y arriesgada vida, en Europa, prófugos de la justicia. Will estaba plenamente consciente de ello, y sabía que podía ser efímero, sabía que podría terminarse en cualquier momento, incluso de forma abrupta, incluso la vida de ambos peligraba, tanto o más que la vida de las personas que desgraciadamente podrían caer victimas del Doctor Lecter, que nunca podría saciar su apetito por la carne humana, y Will lo aceptaba, aunque no estaba seguro si a partir de ahora se volvería también partícipe de tales actos, pero de momento no quería preocuparse por ello o sentir remordimiento, porque después de todo, desde el momento en que se había sentido atraído por el Doctor Lecter había aceptado ese retorcido aspecto antropófago de él, y ahora que estaba huyendo con él esto no podría ser ni menor ni distinto. Will Graham sólo quería disfrutar del presente, en el que finalmente podría vivir una relación con Hannibal, sin algo que los separara, sin leyes ni prejuicios, en una falsa libertad, una nueva vida solos dentro de una frágil burbuja que en cualquier momento podría reventar.

—vamos Will, debemos darnos prisa, no podemos permitir que Jack Crawford se dé cuenta de que decidiste seguirme y que mande de inmediato elementos para rastrearnos aquí- pronunció Hannibal al tiempo que tomaba una de las maletas que habían traído consigo.

—lo sé, pero entonces supongo que eso significa que no viviremos en Florencia— respondió Will, tomando también una de las maletas. Los perros estaban cerca de él, explorando un poco el suelo que era nuevo para ellos, moviendo la cola con emoción.

—lamentablemente así es. Florencia es un lugar majestuoso, uno de mis lugares favoritos en el mundo. Disfruté mucho vivir aquí y aunque muchas de mis pertenencias fueron expropiadas por las autoridades, guardé una reserva en Dinamarca. Es justamente ahí donde nos trasladaremos. Pero primero debíamos llegar a Florencia para terminar de poner en orden algunas cosas que al final he podido recuperar— explicó Hannibal, mientras lo miraba con serenidad y una leve sonrisa dibujada en los labios.

Will estuvo de acuerdo, sabía que Hannibal había sido lo suficientemente astuto siempre para mantener su fortuna, aunque a decir verdad eso lo seguía sorprendiendo mucho, sobre todo porque había logrado mantenerla consigo pese a que había estado en prisión por varios años, a kilómetros de distancia de ahí. Además, a decir verdad desde que Abigail Hobbs le había dicho que Hannibal siempre había planeado tener una casa donde pudieran vivir todos juntos, la idea nunca dejó de estar en la mente de Will, por ello anheló que esa fantasía se volviera realidad, incluso si al principio le costó trabajo admitirlo, incluso si podría sonar retorcida después de haberlo engañado a él y a todos con el cruel asesinato de Abigail e incluso si con ello el mismo Hannibal había planeado que se culpara a Will de haberlo cometido. Todo aquello había sido cruel y egoísta de parte de Hannibal, pero era su forma de convencer a Will que él también tenía el poder de liberarlo de su propia prisión mental, de unirlo más a él y hacerlo admitir sus verdaderos sentimientos para al final tener esa ansiada recompensa de irse a vivir todos juntos.

—entonces ¿qué dices, Will? ¿quieres venir a vivir conmigo a Dinamarca? — inquirió Hannibal, acetuando su sonrisa que sin dud cautivaba a Will, como siempre. Will se tomó un par de segundos para responder, y le devolvió la sonrisa.

—por supuesto, decidí seguirte así que iré a donde me lo indiques, confío en ti— expresó. Hannibal se acercó a él y le dio un beso, el avión había apagado su motor, los perros seguían entusiasmados moviendo la cola, los asistentes estaban terminando de bajar las maletas y el taxi que los llevaría a casa estaba esperando por ellos cerca.

Habían pasado casi tres semanas desde que Peter Guillam había llegado a Estados Unidos para unirse al equipo especial del FBI en colaboración con el MI6 con el objetivo de encontrar y capturar a Francis Dolarhyde, el Gran Dragón Rojo, el peligroso esquizofrénico asesino serial de familias perfectas.

Desde el primer día en que Guillam había arribado al suelo norte americano se había reunido con Jack Crawford para trabajar en el caso, sin embargo desde ese momento Guillam se había enterado de que las cosas ahora se había complicado mucho más para Crawford y su equipo a cargo, pues también estaban ocupados tratando de localizar y capturar a otro peligro asesino serial, el afamado Doctor Hannibal Lecter, que no había cumplido el pacto que había hecho con Jack para atrapar al Dragón Rojo y que además el principal objetivo del Dragón Rojo, el agente especial Will Graham, había huido con él en complicidad. Guillam se dio así cuenta de que Jack y su equipo en realidad estaban buscando a tres hombres de mentalidades sumamente complejas y que por ello sería bastante difícil atraparlos. Guillam había leído bastante sobre el caso del agente especial Will Graham y sabía que esta situación era bastante más complicada con su huida. Pero él era diligente con sus objetivos y esta nueva tarea realmente lo entusiasmaba. Capturar bastardos asesinos era algo que siempre lo extasiaba, no tenía empatía alguna con ellos, por el contrario, buscaba capturarlos y hacerles pagar por sus crímenes, pero más que nada porque gozaba verlos sufrir encerrados, aunque todo esto resultara por de más irónico pues mientras él era un aguerrido perseguidor de asesinos, en su vida privada se acostaba con un peligroso sicario. Pero Hector Dixon era su fogoso amante, eso le daba el privilegio de estar libre de castigo, aunque eso lo convirtiera en su impúdico cómplice. Guillam no castigaba a los asesinos por motivos morales, sino por su propio disfrute.

Durante los próximos días, Guillam trabajó arduamente junto a Crawford y el FBI para encontrar más pistas sobre el paradero de los tres prófugos, aunque a decir verdad Guillam tenía mucho más interés en capturar al autonombrado Dragón Rojo, porque había sido el primero por el que se le había asignado esta misión, y se había obsesionado de alguna manera con él desde entonces, y cada vez que Guillam se obsesionaba con un asesino no desistía de ello hasta lograr capturarlo y torturarlo como a una rata en una trampa,

Por ello, Guillam estuvo investigando todo lo mayor posible acerca del susodicho asesino de familias perfectas, el loco esquizofrénico que no había dejado rastro alguno. Al igual que Crawford se dio cuenta que Dolarhyde había sido lo suficientemente astuto para borrar toda fotografía suya de todo archivo posible, incluso los de las escuelas donde había asistido cuando era muy joven. La policía seguía teniendo únicamente ese burdo retrato hablado que no lo mostraba realmente tal como era.

—al tipo le entusiasma leer El Tattler, pero Jack y yo ya hemos investigado en todos los establecimientos donde se vende la revista y en ningún sitio parece que algún hombre con sus características se haya acercado a comprarlo. Ha habido algunas personas que han afirmado verlo, pero al final resulta que se trataba de otros sujetos, de estatura similar, pero bueno, ¿cómo no va a ser probable que existan miles de sujetos con la estura y complexión similar en todo el país? No se trata de un extraterrestre, es un hombre promedio cuya única característica visible es una pequeña cicatriz sobre el labio, algo que a veces podría pasar desapercibido…ah, por eso seguimos en la búsqueda de este sujeto, jaja por cierto ¿entendiste lo de extraterrestre? Hey Hec, no te hagas el amargado, sé que me escuchas y que te complace hacerlo, aunque no me respondas— dijo Guillam mientras grababa un video mensaje para Hector Dixon. Aunque éste jamás había respondido a ninguno de sus mensajes, era evidente que había visto y escuchado cada uno de ellos, pero no estaba dispuesto a hacerle saber que lo hacía.

A pesar de ser ignorado, Guillam se divertía, a veces saber que no recibiría su respuesta, lo exasperaba sobremanera, pero sabía que su insistencia exasperaba a Dixon también, era un juego que ambos amaban y a la vez odiaban. Además, a veces Guillam no perdía la esperanzada de que Dixon le respondiera, aunque fuera con un maldito insulto. En esta ocasión no era la excepción, mientras grababa el mensaje, Guillam tomaba una bebida con un poco de alcohol, para relajarse un poco después de pasar todo el día trabajando con el personal de Crawford, y mientras justo en frente de él se encontraba pegado en el tablero el retrato hablado de Dolarhyde.

—jaja, maldito Hector, seguro estás escuchando este mensaje mientras alguno de tus prostitutos te folla duro— dijo Guillam riendo un poco y luego bebió un sorbo de su bebida. Y en efecto tenía razón.

Mientras el mensaje se reproducía, Hector Dixon estaba teniendo sexo duro con uno de sus amantes alquilados, mientras podía escuchar la última frase dicha por Guillam que terminaba con esa risa irónica, Hector Dixon estaba montando en vaivén la rígida y gruesa erección de un corpulento hombre de piel oscura y cuerpo musculoso, y frente a ellos se encontraba un gran espejo nuevo que Dixon había mandado colocar en la habitación hacía un par de días. En ese momento, mientras Dixon escuchaba el mensaje de Guillam con el altavoz, disfrutaba sobremanera no sólo la copulación con su corpulento amante en turno, sino que también disfrutaba grandemente ver el acto sexual en el gran espejo, divisar en él la forma en que el gran falo oscuro de su amante entraba en él, en su trasero blanco, ver el contraste de sus pieles, y escuchar el ruido que hacían sus cuerpos calientes al unirse en esa lujuria. Y Dixon perversamente estaba animado en este ocasión en mostrárselo a Guillam, recordarle que era un hecho que no lo necesitaba para sentir placer y que no iba a resistirse a encontrarlo en alguien más sólo porque miles de kilómetros los separaban, por lo que Dixon se detuvo por un momento, desmontó el rígido falo y así desnudo se acercó al monitor del computador portátil sobre el escritorio y decidió encender la web cam, al hacerlo se encontró de inmediato con el rostro de Guillam, bebiendo su bebida, y le sonrió con ironía, a lo que Guillam respondió de la misma forma, notando el sudor que perlaba la frente de Dixon y escuchando su agitado jadeo.

—oh, al fin respondes a mis mensajes, querido Hec— pronunció Guillam, dejando a un lado su vaso. Pero Hector no le respondió con palabras, y dejando así la cámara encendida se dirigió de nuevo hacia la cama donde su amante en turno lo estaba esperando con una nueva erección. Desde ese ángulo, Guillam pudo observar perfectamente al hombre de piel oscura y presenciar en vivo cómo Dixon se montaba sobre el enorme miembro erecto de este, dando un respingo al hacerlo. Debido a la longitud de su miembro, Guillam pudo darse cuenta de que la penetración debía ser verdaderamente profunda, pero estaba demasiado acostumbrado a que Dixon le diera muestra de lo que era capaz de disfrutar en el sexo, incluso aunque no fuera con él.

—ah Hec, no cambias, ya me lo imaginaba. No me sorprendes— dijo Guillam, sorbiendo de nuevo un poco de su bebida, al tiempo que observaba cómo Hector comenzaba a moverse, de nuevo, sobre la erección del hombre oscuro, que tampoco se inmutaba ante la cámara y acariciaba los glúteos desnudos del rubio, y pronto Dixon hizo bastante más sonoros sus gemidos. Guillam observó el acto durante un momento más, pero estaba cansado y bostezando por lo que decidió dar fin a la video llamada. De todos modos, ser voyerista no era algo que realmente iba con él. Y Hector podría divertirse todo lo que quisiera, él no podría ni quería impedirlo de cualquier forma.

Guillam se marchó a dormir, debía levantarse muy temprano para continuar con el caso.

A la mañana siguiente, Guillam debía reunirse con Crawford para hablar sobre unas nuevas posibles pistas acerca de Francis Dolarhyde, en concreto sobre él, pero que tal vez también podrían llevar también a la localización de los otros dos, después de todo los tres estaban estrechamente vinculados y atrapar a uno podría significar atrapar al resto. La mañana era muy fría, ya que el invierno estaba cada vez más cerca, por lo que había quedado en reunirse en una de las cafeterías que quedaban justo en frente de la hemeroteca Boston Herald, que era la favorita de Dolarhyde. Justo en frente de dicha hemeroteca se encontraban una pequeña serie de restaurantes y cafeterías, que tenían una vista perfecta hacía el edificio. Además, tomar un buen café caliente, con ese clima y a esa hora de la mañana para discutir sobre sus asuntos de trabajo era algo que de verdad se agradecía.

Guillam llegó pronto a la cita, de hecho, había decidido llegar minutos antes de lo acordado para observar el lugar y a la gente que lo concurría, porque parte de su obsesión por encontrar a un asesino perseguido era observar cada rostro y movimiento de la gente, aunque de forma cautelosa para no intimidar. Además, le gustaba seguir conociendo de la ciudad, a la que se había habituado bastante bien en pocos días. Al entrar a la cafetería que habían acordado, Guillam pidió por una buena mesa, que tuviera una perfecta vista hacia la calle, donde se pudiera observar bien el edificio de la hemeroteca. Hasta ese momento aún no sabía que era de hecho la hemeroteca favorita de su perseguido Dolarhyde, pero lo intuía de acuerdo a lo que Jack le había insinuado en su última llamada.

Mientras el mesero le asignaba la mesa a Guillam, éste al dar un paso no pudo evitar tropezar estrepitosamente de pronto con un hombre, de piel bronceada y elegantemente vestido, bastante atractivo a la vista, con una estatura no muy distinta de la suya, tal vez unos cuantos centímetros más alto que él, que tras chocar alzó la mirada hacia él, encontrándose con su mirada marrón, Guillam pudo observar de cerca que el tipo usaba lentillas, pero no lo asoció de inmediato con un cambio de color de iris, sino tal vez con alguna miopía o astigmatismo que el tipo corregía con ellas.

—ah, disculpe, no me fijé, iba de prisa— expresó con voz algo baja el sujeto, que además llevaba puestas unas gafas, aunque el tono de su voz había sido bajo, Guillam pudo notar que era grave. Guillam se extrañó de que el sujeto usaba gafas y lentillas al mismo tiempo, tal vez sí buscaba cambiar el color de su iris, pero no se detuvo a pensar demasiado en ello puesto que era algo banal y tenia cosas más importantes que hacer, además el sujeto no tenía cicatriz alguna sobre el labio, algo que Guillam se había obsesionado en observar en cada sujeto que veía en la calle, lo que no sabía era que Dolarhyde había logrado perfeccionar cubrir su cicatriz con látex, que además Guillam no podría descubrir de inmediato ya que en ese momento Dolarhyde se había apartado lo suficiente de él, dando varios pasos atrás.

—no, descuide, yo estaba algo distraído— dijo Guillam en respuesta, y cuando se dio cuenta, el sujeto se encaminó rápidamente hacia la salida, sin pronunciar más palabra, perdiéndose luego en la acera en medio de la demás gente que buscaba entrar al lugar —¡vaya! se veía muy apurado— dijo Guillam para sí mismo, hasta que perdió de vista a Dolarhyde por completo.

Sin sospecharlo ni detenerse a pensar en ello, Guillam acababa de encontrarse frente a frente con su principal perseguido, el Gran Dragón Rojo, algo que tampoco Jack pudo sospechar cuando Dolarhyde pasó caminando con paso apresurado junto a él mientras Jack ingresaba al establecimiento. Dolarhyde había pasado desapercibido para todos como un sujeto cualquiera.

—ah, Jack, ¡qué bien que ya llegaste! — expresó Guillam, extendiendo la mano para saludar cordialmente al recién llegado.

—bien, comencemos con la charla— dijo Jack, en ese momento el mesero finalmente les asignó la mesa que tenía lista para ellos.

Londres, Inglaterra

Los días habían transcurrido sin tener pista alguna sobre el maravilloso Adonis de Boston. Para aumentar la mala suerte de Dixon, sus múltiples asuntos personales le habían impedido al final tomar un vuelo para viajar de nuevo a Estados Unidos y completar su capricho de encontrar a ese tal 'John Bateman'. Además, sus allegados le habían aconsejado seguir postergando su viaje debido a que la policía seguía atendiendo el caso aún no resulto del funcionario que él mismo había asesinado por encargo del otro político corrupto. En ese punto de desesperación, Hector Dixon había considerado que tal vez habría sido mejor tragarse su orgullo antes de que Guillam se marchara a su misión en Estados Unidos para haberle pedido que lo ayudara con el asunto, para que Guillam encontrara a un buen chivo expiatorio a quién inculpar y que se zanjara así de una vez el asunto del asesinato del funcionario. Pero si no lo había hecho antes, no lo haría ahora que los separaba la distancia entre continentes. Su orgullo era tanto que no lo llamaría ni para enviarle un saludo.

Pero pese a su gran exasperación y su incrementada desesperanza, Dixon seguía firme en su propósito de seguir la búsqueda de Dolarhyde. Nunca iba a rendirse hasta alcanzar su objetivo, aunque tuviera que pagar una fortuna para lograrlo. Por ello el detective Milton Wells seguía trabajando en el objetivo.

—Hector, han sido ya muchos días de exhaustiva búsqueda y el sujeto no se ha presentado de nuevo en la hemeroteca. He preguntado a cada encargado y ninguno lo ha visto, ni tampoco ha sido captado en las cámaras de seguridad. ¿De verdad deseas que siga trabajando en esto? Si no hay más pistas ni datos de él, esto se vuelve mucho más complicado— dijo el detective Wells serio, a través del monitor. Era tarde en Londres y Dixon tenía un aspecto bastante sobrio, vestido elegantemente de negro como era usual, y se lo veía tranquilo, pero por dentro realmente estaba desesperado y desesperanzado, porque cada vez sentía que su maravilloso amante de una noche de Boston se lo había tragado la tierra, incluso su desesperación lo hacía llegar a pensar que tal vez todo había sido siempre sólo un sueño. Pero no quería rendirse, se había convertido en el más grande de sus caprichos.

—ah, sigue insistiendo en la búsqueda, Wells. He resulto bastante bien mis asuntos por aquí y ahora sí yo voy a partir hacia allá en un par de días. Tal vez mi presencia traiga la suerte de atraerlo, después de todo él me estuvo buscando con insistencia también, tal vez es tímido y no ha entrado a la hemeroteca, pero sí debe andar en los alrededores, esperando a verme— dijo Dixon tratando de convencerse a sí mismo, aunque habían pasado ya varias semanas y sin rastro del Adonis de ojos azules cada vez le resultaba más difícil creer que lo encontraría.

— he investigado a cada hombre llamado John Bateman y las familias con el mismo apellido y con ninguno he logrado localizarlo o encontrar un vínculo, y te juro que he estado observando atentamente en los alrededores, ahora mismo de hecho, estoy afuera del edificio, observando a toda la gente que camina por la calle— dijo el detective. Era un hecho que en ese momento Wells estaba justo en frente de las cafeterías donde precisamente en ese momento se encontraban conversando Crawford y Guillam mientras se calentaban un poco tomando un café.

—continua así Wells, tienes que encontrarlo y darle mi mensaje— dijo Dixon sumamente sereno, resistiéndose a demostrar su gran impaciencia, y sin esperar respuesta, terminó la video llamada, porque tampoco podía disimular su enojo por mucho tiempo —Fabian, pensándolo bien, no partiré en un par de días hacia Boston, quiero tomar el primer vuelo que me lleve hasta allá. Estoy tan malditamente harto de estar tan lejos del lugar, de seguir tratando de confiar en ese estúpido detective inútil, y exasperado por haber tenido que resistirme a ir por tantas semanas. Así que por favor llamar a la aerolínea para comprar un boleto de inmediato. Mientras tanto, terminaré de hacer mi equipaje— indicó Dixon a su fiel amigo y asistente, y se levantó de sofá. Fabian pudo notar que en verdad Dixon estaba irritado, además sabía bien cuán importante se había vuelto este capricho para Dixon, porque durante las últimas semanas no hacía más que hablar y pensar en ello.

—entonces ¿no viajarás en Jet privado esta vez? — indagó Fabian, cauteloso de no molestar a Dixon con su pregunta.

—ah, no, no voy en plan de negocios por lo que quiero ahorrar. Pero pide por favor un asiento en clase alta. Y bueno, si ya soporté estar aquí sin poder hacer nada durante semanas, ¿qué más da soportar unas cuantas horas más de vuelo comercial? — dijo Dixon y se encaminó hacia su habitación para preparar todo. Pero antes de alejarse demasiado, fue detenido por el comentario de Fabian.

—¿y qué harás cuando lo encuentres? Algo me dice que tienes la intención de traerlo contigo a Inglaterra— pronunció.

Dixon se dio media vuelta, lo miró y su blanca sonrisa se dibujó en su rostro. Le divertía el hecho de que Fabian había adivinado su propósito. Aunque no era algo de lo que realmente estuviera totalmente convencido, Dixon realmente había considerado traer al guapo moreno de Boston a pasar un tiempo con él en Londres, si lograba convencerlo.

—mmmh, es algo que de hecho he considerado…ya veremos qué pasa- dijo Dixon, ahora relamiéndose un poco los labios. Fabian sonrió a su cinismo.

—supongo que mientras el tiempo en que Guillam esté fuera del país— comentó Fabian, un poco bromista. Pero, aunque no lo admitiera, aquello exasperó un poco a Dixon, porque se sentía un poco harto de que se lo vinculara tanto con Peter Guillam, y también estaba cansado de tener una relación con él y sentirse cada vez más dependiente del sexo que tenían. Hector Dixon siempre buscaba tener entretenimientos diversos en su vida, después de todo.

—Peter puede irse a la mierda, ya no quiero seguir vinculado a él en esa medida. Tampoco quiero dejar a Pete por completo, pero tengo ganas de obtener otro amante principal, tener algo distinto. Así que sí, es muy probable que persuada al tipo de Boston a venir conmigo, al menos una temporada— expresó Dixon, con sonrisa desfachatada.

—Bueno, en ese caso creo que lo mejor es que vayas en el jet privado, Hec, porque en caso de que el sujeto de Boston no tenga listos sus papeles para salir de su país, podrías traerlo en el jet sin problema, porque sé que en cuanto lo encuentres tendrás la gran desesperación de volver, recuerda que la policía sigue investigando ese asesinato que cometiste en Boston. Solo expreso mi consejo, amigo— dijo Fabian, tratando de ser claro y convincente, y esto rápidamente hizo reflexionar a Dixon. Sin duda Fabian había hecho un comentario acertado, y le tomó sólo unos segundos tomar una decisión.

—tienes razón, entonces ordenaré el Jet para mañana. Es mejor estar seguros con esto y no escatimar en gastos, aun si tengo que esperar medio día más. Pero bueno, ya esperé semanas, así que puedo esperar unas horas más— dijo Dixon, y tomó el teléfono para ordenar que tuvieran listo lo antes posible el jet privado para él.

Mientras el detective terminaba de apagar la pantalla de su teléfono móvil tras terminar esa video llamada con su jefe en turno Dixon, se detuvo a observar de nuevo el panorama y a la gente que transitaba. No observó pista alguna de algún sujeto parecido a Dolarhyde en el lugar. A decir verdad, se estaba cansando bastante de esto, aunque la buena paga que le hacía Dixon lo hacía continuar con este trabajo vacío.

Sin saberlo, al otro lado de la acera, Crawford y Guillam estaban terminando su conversación y su café. Crawford le había hablando a Guillam sobre un nuevo plan que podría ayudarlos a encontrar pistas sobre los paraderos de sus tres prófugos principales y Guillam estaba de acuerdo. De pronto la mirada de Guillam se posó sobre lo que estaba pasando en la acera de enfrente, porque vio a alguien que le había resultado de pronto muy familiar. Como no estaba seguro de ello, decidió que lo mejor era cruzar la calle y encontrarse de frente con esa persona, que no era otro que el detective Wells, por lo que se apresuró a dejar el lugar.

—de acuerdo Jack, pero bueno, pongamos manos a la obra y discutamos los resultados después. Disculpa que me vaya, pero tengo un poco de prisa— dijo Guillam al tiempo que se levantaba de su lugar y dejaba una propina al mesero. Jack sólo asintió, se extrañó un poco de ver que Guillam iba presuroso, pero no cuestionó nada.

—está bien, te llamo más tarde— dijo Jack y pronto Guillam estuvo fuera del lugar y cruzó la calle.

Al estar sobre la otra acerca, Guillam se acercó de inmediato al sujeto que tal vez conocía, el detective Wells, que estaba sentado en una banca con un periódico del día, doblado y colocado sobre su regazo.

—hola, detective…—pronunció Guillam al estar frente a él, sonriendo un poco, por cortesía, extendiendo su mano enguantada para saludarlo a lo que el detective correspondió, aunque dubitativo, porque estaba tratando de cerciorarse de que el rostro de Guillam le era familiar. De pronto, el detective se dio cuenta que se trataba del reconocido agente de MI6 Peter Guillam, pero en su mente también se recreó la imagen de aquella escena que había presenciado frente al monitor cuando hablaba con Dixon y que había sido interrumpido por el propio Guillam para obligarlo a tener sexo. Todo le resultaba confuso, pero al mismo tiempo no era desconocido para él que Guillam y Dixon eran amantes.

—ah, usted es…el reconocido agente, Peter Guillam, ¿cierto? — preguntó Wells serio, observándolo.

—en efecto, señor—- respondió Guillam, de pie frente a él. Wells lo invitó con la mirada a sentarse junto a él, pero Guillam desistió amablemente— oh, no, gracias, no pienso quedarme mucho tiempo, sólo estoy de paso y quería estar seguro de que usted es el detective….

—Milton Wells, efectivamente— afirmó el hombre. Las cosas comenzaban a tomar sentido poco a poco, aunque ninguno de los dos se había visto en persona antes, se conocían por otros medios, ya que ambos eran grandemente reconocidos en el círculo.

—es una gran sorpresa verlo por aquí— expresó Guillam.

—lo mismo opino, aunque bueno, me enteré qué se le había asignado asistir al FBI para ayudar en la captura de tres importantes prófugos de la justicia, tres sujetos de gran importancia.

—sí, es verdad. Y en cuanto a usted….

—ah, estoy aquí por asuntos de trabajo también…

—ah, la última vez que vi su cara fue a través del monitor de Hector Dixon, ya sabe, el prestigiado banquero, me parece que él contrata sus servicios constantemente— expuso Guillam al fin, indagando.

—sí, Hector Dixon, bueno efectivamente trabajo para él, a veces— respondió el detective lacónico y dubitativo, sin embargo, no quería hacer notar que se sentía en cierto modo acorralado por Guillam.

—no se preocupe, detective, conmigo no tiene que fingir nada ni tratar de disimular, yo sé bien que usted actualmente está contratado por Dixon, en un asunto importante para él, y sospecho que lo que él me dijo es cierto, usted está buscando a un sujeto con el que Dixon se encaprichó recientemente. Tampoco se intimide por el hecho de que usted sabe bien que entre Hector y yo existe una relación íntima, sexual, porque bueno, después de todo usted nos vio en situación comprometedora en ese monitor. No se alarme, no tenemos nada malo que ocultar ni tiene que sentirse acorralado por mí. Yo sé lo que hace Hector, sé que pese a tenerme a mí está buscando a ese sujeto desconocido a través de usted y eso no me sorprende, es sólo que Hector disfruta fastidiarme y muchas veces es ambiguo para revelarme claramente las cosas, por eso quería asegurarme que usted está aquí por ese mandato de mi amante—dijo Guillam sin temor, después de todo tenía razón, no tenía nada de malo tener una relación con otro hombre y que el mundo lo supiera, pero por otro lado y en términos poco éticos, si Wells se atrevía a revelar el contenido comprometedor que había atestiguado, Guillam tenía mucho más poder para hundirlo en prisión con sólo chasquear los dedos. Lo mejor era llevar todo en paz.

—mmm, sí, es de mi conocimiento todo eso que acaba de mencionar, Guillam, y bueno, en ese caso no puedo negarle que Dixon me contrató para encontrar a alguien, pero no voy a revelar más detalles por ética profesional, aun si usted es su pareja. Y si me disculpa, debo irme— dijo parco el detective y se levantó de su lugar para marcharse de ahí, lejos de Guillam.

—no se preocupe Wells, sólo me pareció una sorpresiva coincidencia encontrarme con usted justamente aquí, justo en esta parte del inmenso mundo— dijo Guillam. Wells no se detuvo en su caminata y Guillam dio media vuelta y tomó un taxi hacia algún otro punto de la ciudad.

Luego de aquel inesperado y breve encuentro, Wells decidió que era hora de volver a entrar a la hemeroteca Boston Herald, con la esperanza de que ese tal "John Bateman" se encontrara finalmente ahí. Realmente quería tener suerte con ello. Pero antes de poder entrar, justamente cuando comenzaba a subir las escaleras de la entrada, de pronto se topó con un hombre alto, casi tropezando con él. Sin saberlo, ese hombre era Francis Dolarhyde. Pero en ese momento Wells sólo notó que se trataba de un hombre ordinario, aunque atractivo y de cuerpo aparentemente atlético, elegantemente vestido de traje azul oscuro y con gafas de grueso armazón que si embargo le resultó familiar. Tal vez haberse encontrado con Guillam hacía pocos minutos le había hecho tener la extraña corazonada de que sentir encontrarse con rostros familiares le traería buena suerte ese día, por lo que, por un extraño instinto, Wells decidió acercarse a aquel hombre, pensado que podría tratarse del sujeto que buscaba. Debía probar suerte.

—hey, disculpe…usted…— inquirió Wells, cauteloso. Dolarhyde alzó la mirada hacia él, sorprendido por que alguien se dirigía a él en medio de las escaleras, para un tipo extremadamente antisocial como él, que alguien se dirigiera a él era sumamente extraño.

—¿qué quiere? — inquirió Dolarhyde un poco seco.

—er...disculpe, perdone mi atrevimiento por preguntar tan de repente, pero por casualidad ¿usted es quién ha estado buscando al hombre llamado Hector Dixon?— inquirió el detective al fin, aunque serio, y justo al terminar de pronunciar aquello, sacó de su bolsillo una pequeña fotografía del rostro de Hector Dixon, ovalada, donde se lo veía sonriente, donde su cabello rubio y perfectamente peinado llamaba la atención de cualquiera que la veía. Al ver aquella foto, los ojos de Dolarhyde se iluminaron como llamas, se sentía grandemente sorprendido, un extraño éxtasis se apoderó inmediatamente de su mente y recorrió todo su cuerpo en sólo un instante, sintió incluso cómo su miembro comenzaba a despertar bajo la cremallera del elegante pantalón que había decidido vestir ese día, para pasar desapercibido, había sido como una especie de disfraz, y sin dudarlo mucho tomó la fotografía y la observó a detalle. Era Hector Dixon, el mismo sujeto que lo había hecho sentir único aquella noche, el hombre de cabello dorado como el Sol. Observar esa pequeña fotografía le hacía pensar a Dolarhyde que sin duda Dixon estaba dotado de una refulgente divinidad, porque ante sus ojos la fotografía parecía tener resplandor propio, parte de sus delirios esquizofrénicos, y pensó que era un signo más de que Dixon debía ser uno con el Gran Dragón. Pero pese a su trance interno, que sin embargo Dolarhyde disimulaba muy bien, decidió fingir tranquilidad y responder de inmediato al sujeto.

—s-s-s-s-s-s-si…— respondió Dolarhyde remarcando la s, como lo solía hacerlo en situaciones que lo ponían tenso o cuando se sentía sumamente excitado, la presión bajo su cremallera comenzaba a torturarlo, debía liberarse de ello, en cualquier lugar, pero mientras tanto, debía disimularlo cubriéndose con el maletín que llevaba consigo.

—¿De verdad? ¿Lo conoce? ¿Entonces es usted John Bateman? — indagó el detective, estaba entusiasmado porque después de tanto tiempo al fin había dado con el paradero del sujeto que arduamente había buscado sin descansar. Sin duda ese día estaba de suerte.

—mmmm -s-s-s-s-s-i— respondió Dolarhyde apenas volteando a ver al detective, enajenado en la iridiscente fotografía.

Wells notó que Dolarhyde realmente estaba emocionado por ver la fotografía de Hector Dixon, y al cabo de unos segundos esto lo perturbó un poco, pues el rostro de Dolarhyde esbozaba una sonrisa perversa, y se veía sumamente ansioso, anormal. Pero Wells no podía perder su profesionalidad, además observó también que sin duda Dolarhyde cumplía con las características del sujeto de las cámaras de vigilancia, pese a que sus ojos eran marrones, y entonces sacó de su bolsillo un pen drive y se lo dio a Dolarhyde, que al fin dejó de admirar la foto de Dixon por un momento.

—Bien, entonces si es usted, tome esto, contiene un video mensaje de Hector Dixon dirigido hacia usted, él desea encontrarlo de inmediato, desde hace semanas ha estado buscándolo fervientemente y…— dijo el detective, pero no pudo terminar la frase porque en ese momento Dolarhyde lo tomó bruscamente del cuello y lo acorraló contra un rincón que daba un punto ciego a la vista de la gente que pasaba por la calle.

—¡dígame dónde está! — exclamó Dolarhyde agresivo, mirándolo con desesperado furor a los ojos, en ese momento Wells se dio cuenta que Dolarhyde estaba usando lentillas, pero al estar siendo violentado por él prefería enfocarse en responderle rápido para que lo liberase.

—¡ah, por favor! ¡bájeme y se lo diré! — dijo Wells con dificultad pues Dolarhyde estaba oprimiendo su cuello y no lo dejaba respirar bien. Entonces Dolarhyde lo soltó, pero sin intención de dejarlo escapar, decidió calmarse un poco y dejarlo hablar, aunque ya se sentía impaciente por salir corriendo de ahí.

—de acuerdo, ¡hable! — espetó Dolarhyde un poco más tranquilo, pero sus ojos todavía denotaban su vehemente exasperación.

—Dixon está en Inglaterra, pero vendrá en un par de días. Él está muy interesado en encontrarse con usted cuanto antes, sólo necesita saber el punto exacto donde puedan verse…— dijo Wells, su rostro estaba pálido, pues no había esperado nunca que la reacción de Dolarhyde hacia él fuera así de violenta. Supo entonces que Dolarhyde era un tipo peligroso.

—bien, iré a buscarlo a la misma suite de aquella vez, que s-s-s-se a-s-s-s-segure de estar ahí, mientras tanto estaré constantemente en el estacionamiento de la plaza comercial. Bien, ahora me largo, ¡y más te vale que Hector reciba mi mensaje! ¡O te encontraré y te haré pagar por ello, bastardo! — dijo Dolarhyde desafiante, guardó la fotografía de Dixon y el pen drive en su bolsillo y se marchó rápidamente de ahí, la erección bajo su zíper lo estaba matando, debía encontrar un lugar dónde masturbarse, y ahora que tenía la foto de Dixon en sus manos pensar en ello lo emocionaba mucho más.

Notas de la autora: ¡Ay al fin pude actualizar! ¡Ha pasado año y medio desde la última vez que pude actualizar este fic y un año desde que no he podido subir nada nuevo! ¡Lo siento mucho, de verdad! Pero he estado tan absorbida con diversas cosas xD en especial porque el 2018 lo he dedicado a hacer mi comic de 72 páginas el Richartin AU Heinz Kruger /Everett Ross! (¡el cual tampoco he podido terminar por diversas interrupciones! TwT) ahh pero nunca podré parar mi shipeo intenso Richartin aunque me tarde y me cueste! xD

Espero que disfruten este nuevo capítulo, espero que se pueda compensar un poco por todo el tiempo que tardé en actualizar! ;3 a pesar de que el encuentro entre Dolarhyde y Dixon aún no se dio! :'v

Muchas gracias por sus comentarios, por su apoyo y por quienes siguen las demás cosas que hago por esta hermosa pareja! :3 lo aprecio inmensamente!

¡Feliz año nuevo 2019! ¡Que todos sus deseos se cumplan! Y a seguir con el Richartin este 2019! owó)/ por mi parte estoy preparando muchas sorpresas! ;3