Muerte
Arela despertó agitada otra vez. Miró a su alrededor y notó que otros de sus hermanos también estaban despiertos, últimamente todos tenían diferentes tipos de pesadillas y nadie conseguía dormir una noche entera. Observó la cama abandonada de Silena con preocupación antes de pasar su mirada a las otras camas vacías. Esa noche les tocaba montar guardia en diferentes puntos del campamento. Hasta el momento no habían perdido a nadie, aunque una de sus hermanas había terminado gravemente herida, los chicos de Apolo habían hecho lo mejor que pudieron y aunque lograron salvar su pierna no había quedado del todo bien. Ashley tendría que usar bastón si la ambrosia no fuera suficiente.
Estaba estrictamente prohibido salir cuando no tocaba guardia pues eso podría prestarse a situaciones en las que creyeran que alguien se había colado al campamento y fuera atacado. Sin embargo, Arela no podía estar ni un minuto más en su cama, ella salió al dintel de la puerta, simplemente estaba ahí parada respirando un poco de aire fresco.
A veces deseaba que no pudiera recordar sus sueños, pero desde la última vez, cuando un sueño suyo logró salvar a un pequeño escuadrón de hijos de Deméter contra un monstruo que había logrado entrar en pleno día, ella trataba de recordar qué había pasado.
Quirón insistía en que si tenían un sueño específico y recurrente se le informara a la Casa Grande para tratar de descubrir su significado. Arela no necesitaba que ningún hijo de Apolo o el Oráculo se lo dijera, ella sabía qué significaban la mayoría de sus sueños. Ella iba a morir.
Siempre cambiaba el método, la primera vez eran lestrigiones, otra una hidra, después un minotauro -lo que era absurdo ya que Jackson había matado al único Minotauro un año atrás-, furias, incluso una vez murió aplastada en una estampida de temerosos campistas. Siempre el mismo resultado.
Unas cuantas lágrimas traidoras bajaron por sus mejillas, y la romántica dentro de ella se imaginó que brillarían como cristal ante la luz de la luna, algo hermoso a lo que aferrarse en ese abrumador miedo que la consumía. Tomó una gran bocanada de aire y se limpió las lágrimas, solo esperaba que los demás lograrían sobrevivir, Annie, los Stoll, Tyson. Si ella moría estaría bien, probablemente la extrañarían un rato, pero con su vida no tardarían en enfocarse en otra cosa más importantes, como sobrevivir.
Entró a la cabaña una vez más y se acurrucó en su cama. No quería volver a dormir, pero realmente no tenía ganas de hacer otra cosa. Se arropó con las cobijas, dispuesta a volverse a sumergir en los horrores de sus sueños.
Otro día más y las tareas se rotaban entre los campistas, ahora le tocaba reparar los daños causados por las invasiones de monstruos, y éstos iban desde armaduras abolladas y espadas rotas -ese era más un trabajo para los de Hefesto-, hasta reconstruir estructuras -como los puestos de vigilancia-.
-¡Hey! ¿Por qué esa cara? -Jeremy preguntó.
Arela sonrió un poco, todos tenían la misma expresión que ella, y todos sabían por qué, pero Jeremy siempre trataba de hacer que todo se sintiera más ligero, y por lo general lo lograba.
-Solo estoy contemplando ante cuál monstruo pereceré, ¿una furia? ¿El kraken? Las posibilidades son infinitas.
-Entonces nada fuera de lo común, -dijo él alegremente.
-Exacto.
A veces se preguntaba si debería decirles a sus amigos sobre sus sueños, tal vez si lo hacía su destino cambiaría… O no, como en la obra de Edipo Rey, Arela creía que el destino era inevitable y si podía ahorrarles le angustia que ella sentía, entonces se los evitaría.
De alguna manera lo supo, el día estaba cerca, lo mejor sería que fuera preparándose. Se fue a escribir cartas a sus hermanos y amigos en un lugar tranquilo, pero no lo suficientemente lejano para que no pudiera pedir ayuda. El árbol de Thalía se veía en la distancia, marchitándose, cerca de su fin, al igual que ella.
Suspiró y miró a su alrededor, a pesar de la pesada atmósfera que había reinado durante los últimos días en el campamento, seguía siendo un lugar hermoso. El sol reflejado en el agua daba los más bellos destellos que Arela jamás hubiera visto, el aire era tan limpio y puro que jamás se había enfermado al estar ahí, los sonidos de vida de los otros campistas -aunque escasos en esos tiempos- seguían presentes y le daban un aire hogareño y alegre. Arela nunca se sentiría en otro lugar tan en casa como ahí.
Miró hacia las hojas que había traído para hacer sus cartas y miró hacia el cielo, tratando de no llorar. Hizo una lista de las personas a las que les dejaría una carta: su padre, Silena, Annie, los Stoll, Jeremy, Tyson y… su madre. ¿Realmente se acordaría de ella? ¿O sería otra de las tantas ofrendas que le hacían?
Decidió no pensar en eso y comenzar a escribir. No tenía mucho tiempo. Comenzó con las de sus amigos, era menos doloroso pensar en despedirse de ellos porque lo podría hacer sutilmente durante los días que le quedaban en el campamento, después siguió la de su madre, en esta tardó mucho pues no sabía qué quería decirle realmente, pero lo logró.
Luego llegó la de su padre y ahí fue donde no pudo más. Lágrimas comenzaron a bajar por su rostro y las siguieron los sollozos incontrolables y la opresión en el pecho tan aplastante y abrumadora que por un momento dejó de ver lo que había a su alrededor.
No era justo. ¿Por qué tendría que morir? ¡Y peor aún, saberlo de antemano! Estúpidos sueños. No debería de estarse preocupándose por esas cosas, debería ser una chica normal con los típicos problemas de una chica de catorce años. Haciendo sus preparativos para su fiesta de quinceaños o lo que fuera que su madrastra latina quisiera hacer. Los sollozos seguían viniendo y esa especie de paz, calma o resignación que te invade cuando acabas de llorar no llegaba. No supo cuánto tiempo siguió así, pero tenía que terminar la carta para su papá, así que se puso manos a la obra. Probablemente sería la carta más ilegible de la historia, sin embargo, tenía fe en que su padre se las arreglaría para entender lo que quería decirle.
Dobló la carta y la puso en un sobre, miró las demás, solo las de sus padres y Tyson estaban en sobre. Serían las únicas que no podría entregar ella en persona. Algo le decía, que no llegaría el día en que volviera a ver a el enorme cíclope bebé.
El resto del día se la pasó escondiendo las cartas para que sus destinatarios las encontraran en el momento adecuado, entrar a la cabaña de Hermes sin ser descubierta fue todo un reto, pero durante esos seis meses los Stoll, Annie y Jeremy le habían enseñado bien y pudo salir sin ser descubierta. Después fue a reportarse con Silena a su cabaña para recibir las órdenes del resto del día.
Su rubia jefa de cabaña lucía ansiosa y en cuanto sus ojos azules se posaron en ella supo que no estaba de buen humor.
-¡Arela! ¿Dónde estabas? ¡Recuerda que debes reportarte seguido para tus obligaciones en el campamento! -La riñó.
-Lo siento, no volverá a pasar.
Probablemente esta sea la última vez que pase. Pensó amargamente.
Los ojos de Silena se suavizaron un poco y se acercó para darle un abrazo, Arela se sorprendió mas no la dejó ir.
-Estaba preocupada, -le dijo. -No quiero que te pase nada malo, hermana.
Arela suspiró, pero logró contenerse al mirar hacia las luces de las antorchas cercanas, estaba anocheciendo.
-Está bien, -dijo y luego se separó de Silena. -¿Qué necesito hacer?
-Irás a patrullar con otros campistas, ya deben de estar reunidos, se encontrarán en el muelle, de ahí comenzarán, - le informó brevemente. -Toma tu escudo y tu carcaj, nos veremos en la cena. -Añadió con una sonrisa.
-Claro… hermana.
Arela vio que Beckendroff se acercaba hacia Silena, lucía muy cansando y preocupado, pero al verla parecía que una parte de su carga se había quitado. Le agradaba el hijo de Hefesto para su hermana favorita, tan solo esperaba que todo terminara bien para ellos. Después de todo, estaba muy segura que las batallas estaban a penas por comenzar.
-Creo que me iré, te hablan allá. -Silena volteó hacia atrás y le sonrió a Beckendroff. -Ve por él. -Agregó Arela en voz baja.
Silena la empujó juguetonamente y rio un poco.
-Tal vez. Ve a la patrulla.
La última vez que Arela vio a su hermana favorita fue un buen recuerdo, ella lucía contenta a lado de Beckendroff mientras jugaba con su pelo y le sonreía, él lucía un poco azorado, pero igual de feliz. Con esa imagen en mente Arela se dirigió hacia el muelle.
Al parecer era un grupo grande, Annie y Jeremy estaban ahí junto con los Stoll, había dos hijos de Apolo, uno de Ares, una de Atenea y otra de Deméter.
-¡Hola chicos! -Arela los saludó feliz de encontrarse con todos sus amigos una vez más.
-Hey, la última que nos faltaba para empezar nuestra patrulla -dijo Jeremy mientras pasaba un brazo alrededor de su hombro. -¿puedes ser más lenta?
-Bueno, creo que es hora de irnos, -dijo uno de los Stoll.
-¿No vienen con nosotros? -Preguntó triste Arela.
-Nop, tenemos que ayudar en la cabaña de Apolo, al parecer hubo un lío con los vendajes o algo así.
-Oh bueno, espero les vaya bien. -Dijo Annie.
-Sí, nos vemos en la cena entonces.
-¡Los quiero! -Soltó Arela de la nada.
Los Stoll sonrieron de oreja a oreja.
-Demasiado amor, incluso para una hija de Afrodita.
-Nosotros también te queremos, es lo que quiso decir este idiota de aquí. ¡Hasta la cena!
Jeremy y Annie se le quedaron viendo raro a Arela pero no le importó, su corazón latía más rápido a cada segundo y estaba casi segura que su momento estaba cerca.
-¿Listos? -Dijo Larry, el hijo de Ares.
-¡Sí! -Respondieron a coro los demás comenzando a marchar.
Estaban por terminar su recorrido, Arela estaba comenzando a relajarse, después de todo, no había pasado nada y en cuestión de minutos estarían a salvo en el comedor, dando su ofrenda a sus padres. Fue en ese entonces que todo comenzó a ir mal.
-¡AAAAAAAAAAAAAAA! -Uno de los hijos de Apolo desapareció en la oscuridad de la linde del bosque.
Todos se pusieron en guardia en ese momento.
-Diana, -dijo Larry. -Corre.
La hija de Deméter -la más veloz de todos- corrió por ayuda.
-Annie, protégela -dijo Jessica, la hija de Atenea.
Annie corrió detrás de Diana, aunque con un paso menos apremiante, mirando hacia atrás de vez en cuando y completamente alerta de sus alrededores.
Los demás esperaron. Arela quería ir a buscar al pobre chico que había desaparecido y por su aspecto, su hermano también, aunque estaba con arco y flecha en mano, luciendo listo para cualquier cosa que pudieran encontrarse.
Excepto que no lo estaban.
De la linde del bosque comenzaron a salir lestrigiones, aterradores con sus colmillos enormes y aún más imponentes que en el sueño de Arela.
-Calmados, arqueros, tomen distancia, -ordenó Jessica. -Larry, ¿estás listo?
En vez de contestar, Larry se lanzó hacia el primer lestrigión que se acercó, desatando una carnicería.
Larry y Jessica eran formidables, él tenía fuerza bruta para abatir sus oponentes y ella contaba con estrategia y golpes precisos para derribarlos. Jeremy, Arela y Héctor -el hijo de Apolo- lanzaban flechas para asegurarse que estuvieran caídos y en caso de que llegara uno por el punto ciego de sus guerreros.
Pronto Jeremy y Héctor se quedaron sin flechas, y a pesar de que los lestrigiones ya no venían como antes, en la distancia se escuchaban más ruidos que auguraban la llegada de nuevos enemigos.
Arela tuvo una idea.
-¡Jeremy, Héctor! ¡Retirada!
-¡Ni loco! -Respondió su amigo.
-¡Prepara una trampa, más abajo! ¡Los guiaremos hacia ella y nos dará tiempo! ¡Héctor puede ir a avisar a otro sector del campamento para traer refuerzos! ¡Vayan!
Jeremy y Héctor corrieron y pronto solo quedaron ella, Jessica y Héctor.
-¡Retirada! ¡Yo los cubro!
Jessica terminó con lestrigión con un rápido movimiento de su espada y ayudó a Larry a deshacerse del suyo, juntos corrieron hacia abajo mientras Arela gastaba sus últimas flechas.
Mientras sus dos compañeros bajaban corriendo, Arela pudo ver la siguiente formidable ola de monstruos que venían sedientos de sangre y comprendió que, en realidad, ese era su último día.
-¡CORRAN!
Dentro de sí misma, su yo más sarcástico no pudo evitar pensar que era innecesario decir tal cosa, pero en ese momento no era lo más importante. Arela comenzó a buscar la señal de Jeremy para no pisar la trampa y la encontró, bajó un poco su paso para estar a la altura de Jessica y Larry que venían un poco heridos.
-¡Hay una trampa en cien metros! ¡Esa roca de ahí que tiene el carcaj vacío, hay que rodearla! ¡Hacia la izquierda! ¿Entendido?
Larry y Jessica asintieron y llegado el momento lo hicieron.
Honestamente, para el tiempo que Jeremy había tenido para montarla era una trampa magnífica. Arela no tenía idea de dónde o cómo había logrado que ácido se desparramara sobre sus oponentes, pero lo logró, y además había una extra -más rudimentaria- para que tropezaran. En realidad, Jeremy era brillante. El flujo de monstruos bajó, aunque todavía seguía siendo sustancial.
Larry tropezó y quedó atrás, Jessica iba más adelante y no se dio cuenta por lo que siguió su camino. Pero Arela se dio cuenta y regresó, trató de ayudarlo mas era inútil. Una horda de monstruos venía hacia ellos y no había nada que pudiera hacer.
Una gran luz pareció emerger de ella misma y los cegó a todos al punto que pararon un poco su carrera. Arela no sabía exactamente qué estaba pasando, pero sí sabía que tenía que ver con su madre, se sentía poderosa, como si todo lo que ella fuera a decir se tornaría realidad… y luego la luz se desvaneció y los monstruos trataron de salir de su confusión. Arela aprovechó para levantar a Larry.
-¡Vamos hay que huir!
Y entonces Arela escuchó el sonido más hermoso que jamás hubiese escuchado. Los gritos de guerra del campamento ¡venían en su rescate! Incluso las luces de las antorchas se veían cerca de ellos.
-¡Podemos lograrlo!
-¡No! ¡Mi tobillo está roto! ¡Sigue tú!
Arela lo miró furiosa ¡estaban tan cerca de la salvación!
-¡SÍ PUEDES! ¡VAS A BAJAR POR ESTA COLINA A TODA VELOCIDAD Y TE VAS A SALVAR!
Los ojos de Larry parecieron turbarse e instantáneamente se levantó y comenzó a correr hacia abajo… con el tobillo roto como si no fuera nada. Los monstruos comenzaban a bajar de nuevo y con renovada furia. Arela estaba sorprendida porque su voz había cambiado, levemente, Larry la había obedecido sin rechistar y estaba bajando la colina…. ¿Qué tal si…?
Arela se paró firmemente y volteó hacia la hora de monstruos. Sus rodillas temblaron.
-¡ALTO! -Gritó lo más fuerte y claro que pudo.
Para su sorpresa algunos de los monstruos pararon su camino, haciendo que unos cayeran sobre otros, interrumpiendo el tráfico.
¡Puedo hacerlo! Pensó.
-¡ALTO!
Otro tanto paró, pero la horda de monstruos seguía viniendo, aunque algunos ya estaban muertos debajo de los demás. Estaban muy cerca de ella, estaba segura de que sería su última oportunidad.
-¡ALTOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
Muchos más pararon esta vez y Arela se sintió feliz, porque los había detenido lo suficiente, y sus amigos estaban a salvo.
Algo saltó sobre ella y la derribó, no supo qué fue, pero no importaba porque su caída, ir hacia atrás viendo las hermosas estrellas fue lo último que vio.
La batalla fue dura para todos, en especial para aquellos que perdieron amigos y hermanos esa fatídica noche. La cabaña de Apolo estaba completamente llena de heridos y zumbaba actividad por todas partes.
Solo hasta dos días después, de intensa vigilia y estrés el campamento se dio la oportunidad de descansar y llorar la pérdida de los campistas que valientemente dieron su vida para proteger a los demás.
Dos días después, las cartas de Arela fueron encontradas.
Hola a todos, espero les haya gustado, este es el penúltimo capítulo, disculpen por la tardanza, y muchas gracias por el comentario de anonima y de . Aprecio mucho sus comentarios, qué bueno que les gusta Arela y la historia aunque sea cortita c:
¡Nos vemos en el capítulo final!
