Disclaimer: Debería estar estudiando, pero preferí dedicarme a seguir esta historia. Jotaká gracias por tanto!
N/A
¡Hola a todxs!
Hoy me siento muy bien, quiero decirles que me he divertido escribiendo este capítulo. Aunque no haya recibido muchos reviews :/ en el cap anterior, quiero agradecerles el tomarse un tiempo para leerlo a quienes lo hayan hecho. Me ha costado escribirlo, pero lo disfrute como este. Ojalá el 12 tenga mayor aceptación, porque sin ustedes y sus opiniones no puedo seguir creciendo.
Recomendación musical: "Ahora" – Luca Bocci - (como este cap es especial, les comparto esta canción hermosa, compuesta por un amigo mío. Es mendocino y muy buen músico, su álbum está en Youtube y en Spotify por si quieren escuchar más).
Good luck!
CAPÍTULO 12: De Apolo y Dafne.
—¿Y bien? ¿Cómo han estado esta semana? —preguntó el Sr. Josman— Noto una cierta distancia ¿será posible? —interpretó acomodándose en la silla y frunciendo el entrecejo con suspicacia.
Hoy tenían sesión conjunta y al parecer ambos estaban muy quietos en sus asientos. Hermione miraba sus manos, que se movían nerviosamente en círculos, una sobre la otra. Draco tenía la mirada en un punto fijo de la habitación. Ante la falta de respuesta y la sobre actuada forma física de expresarse, el Sr. Josman decidió intervenir otra vez. Pero no sabía cómo, su mente se devanaba buscando un estímulo, señal o pista. El pobre muggle no podía entender, cómo era posible que hubieran vuelto a la indiferencia y la nula comunicación, habiendo avanzado tanto en las últimas semanas.
—¿Hay algo que quieran contarme? —esa pregunta la lanzó como un salvavidas al mar, sin saber la fuerza que podía ocasionar en los receptores, al parecer generó movilización y controversia. Hermione lo miró a los ojos de repente, tensando todos los músculos del cuerpo. En sus ojos podía leerse algo así como la "culpa". Y Draco simplemente había apretado los labios y mantenido su ilegible mirada. Por lo que el hombre, se dispuso empezar por la castaña—. ¿Sra. Malfoy?
—Bueno… —dudó ella. Tragó saliva y continuó— No confío en Malfoy —sentenció cruzándose de brazos— quiero decir, en él —Se corrigió, percatándose de lo que había dicho. No se reconoce como una "Malfoy" ¿Posible proyección en su pareja? Apuntó el muggle.
—Ajá. ¿Y desde hace cuánto le sucede eso Sra…?
—Malfoy —reconoció avergonzada encogiéndose en su sitio. Draco rodó los ojos—. Estoy confundida, yo… desperté esta mañana y él no estaba —respiró hondo y prosiguió— es decir, sabía que era solo eso. Pero no me esperaba que no le importara nada —dijo ahora con más énfasis.
—¿A qué se refiere con "eso"? —Hermione se tensó y miró para otro lado— Ya —pareció entender todo de repente— ¿Tuvieron relaciones?
Draco recompuso su postura con incomodidad y Hermione cruzó una pierna sobre la otra. Ambos miraban a lados opuestos. No se habían visto a los ojos desde que habían llegado. Posturas infantiles otra vez, regresión absoluta. Parece que he dado en el blanco, pensó Josman.
—Quizás sepan esto o quizás no… —comenzó diciendo como explicándole a dos infantes— tener sexo, estando casados, es normal. —Draco apretó la mandíbula. ¿Quién se creía para hablarles así? — Sr. Malfoy ¿le gustaría aportar algo? —dijo Josman atendiendo a su lenguaje corporal. Éste negó con la cabeza— ¿Saben a qué me recuerdan? —ambos interpelados lo miraron en silencio esperando a que procediera con su sospecha— al mito de Apolo y Dafne, ¿lo conocen? —Hermione se sorprendió frente a la asociación del muggle y sonrío cínicamente.
—Que oportuno. —dijo mofándose. Draco lo miró extrañado y negó con la cabeza.
—Como ya sabrán, los griegos tenían miles de mitos para explicar la naturaleza y el comportamiento humano, entre otras cosas. —Hermione asintió como buena alumna, pero sin mirar al psicólogo a los ojos. Draco, asintió también, pero sin entender ni una palabra— Uno de ellos, explica el romance entre Apolo, el dios de la música, la poesía y los arqueros —al ver la expresión extrañada en el semblante del Sr. Malfoy, aclaró—. Sí, los griegos mezclaban un poco las virtudes y atributos de sus dioses.
—¿Apolo era un dios? —Interrogó, hablando por primera vez el rubio. Hermione ya se podía imaginar por qué de pronto se había interesado en la historia, rodó los ojos. El Sr. Josman asintió, extrañado de que realmente no se lo hubieran explicado antes en la escuela.
—Como les decía, cuenta el romance entre Apolo, un dios y Dafne, una ninfa. —Draco no preguntó qué era una ninfa, aunque se muríera de ganas. Porque de alguna forma u otra, lo presentía. Por la sonoridad de la palabra y por la asociación que había hecho el muggle con ellos, no era muy difícil atar los cabos. Por supuesto, era una criatura inferior a los dioses—. Apolo era muy hábil con el arco y la flecha, tanto es así que logró matar con eso a la temible serpiente pitón que se escondía en el monte Parnaso —Draco definitivamente admiraba a Apolo, aunque no podía entender cómo lo había logrado todo con esas herramientas. Sí, sabía lo que eran gracias a Hermione. Un día en la casa de sus abuelos había encontrado un libro de los barbaros. Y ella muy pacientemente se lo había explicado. Pero hasta el día de hoy no se lo creía. La cultura de los muggles podía ser fascinante. Eso de conquistar territorios con un pedazo de madera atado a una punta de piedra y una suerte de palo curvilíneo con pelos de caballo adosados, le parecía rudimentario. Pero claro, los magos no eran mucho más inteligentes, si seguían usando palos de madera que lanzaban chispitas—. Tras la hazaña, Apolo se volvió terriblemente orgulloso. Se pasaba la vida hablando de sí mismo y presumiendo de su valentía —Hermione bufó—. La cosa llegó a tal punto que ya no sólo era engreído y arrogante, sino que se dedicaba a burlarse y despreciar a los demás —al rubio ya no le gustaba tanto, sobre todo, porque veía mucho de sí mismo en él y eso lo asustaba. Tenía el presentimiento de que la cosa no iba a terminar bien—. Un día paseando por el bosque se encontró con Eros, el dios del amor (representado como un niño con un pequeño arco y una flecha), y, como no podía ser de otra forma, Apolo se metió con él y acabaron discutiendo— el slytherin suspiró. Ya me parecía a mí—. Apolo se detuvo a mirarlo atentamente y burlándose de él, le dijo "¿Qué haces con esas armas? Sólo yo, el dios de los arqueros, soy digno de llevarlas." —sonrió con entusiasmo el muggle— Ya se imaginan el resto, ¿no? Por supuesto, Eros, como prácticamente todos los dioses griegos, era impulsivo y resentido. Por lo que decidió darle una lección que no olvidaría. —Malfoy miraba cada vez con más atención a Josman y Hermione se sentía cada vez más triste. Pues, sabía la historia completa. Y ver a su esposo tan entusiasmado con ella, no era bueno—. Eros le dijo "toda tu vida recordarás este momento. Juro, por tu padre Zeus, que tendrás tu merecido." Y con eso se fue. Por supuesto Apolo creyó que estaba loco y no pensó en las consecuencias de sus actos. Pero Eros cumplió, utilizando su mejor arma: el amor. Aquel mismo día lanzó dos flechas: una de oro y otra de hierro. La de oro con punta de diamante servía para enamorar a la gente, en cambio, la de hierro que tenía la punta de plomo provocaba lo contrario, un rechazo absoluto al amor. Eros mandó la flecha de oro directa al corazón de Apolo y este de inmediato cayó perdidamente enamorado de Dafne, una de las ninfas más bellas de la región. Pero, ¿se imaginan a dónde fue a parar la de hierro? —Sin dejar que ninguno contestara, Josman se adelantó, adivinando la respuesta— Exacto, Dafne. —Hermione ya se estaba impacientando por no poder participar en la conversación, el Sr. Josman lo notó y decidió seguir con su relato— Bueno, hasta ese momento Apolo no había sentido el menor interés por la bella ninfa, pero a partir de ese día no se la podía quitar de la cabeza. Y Dafne, no quería saber nada de Apolo, es más, cada vez que le veía echaba a correr o se escondía entre los árboles porque la ponía nerviosa. Y así comenzó una carrera, o más exactamente, una persecución en toda regla en la que Apolo iba tras la ninfa. Dafne estaba muy asustada, tanto, que le pidió ayuda a su padre. Éste, cuando la vio tan desesperada, decidió cumplir su petición y pensó que la mejor manera de hacerlo era despojarle de su forma humana y convertirla en árbol, en el primer laurel que hubo en la tierra.
—¿Cómo diablos pensó que esa era la "mejor manera"? —cuestionó Draco.
—Solo es un mito, Sr. Malfoy. De eso se trata ¿Entiende? —el interpelado lo miró sin comprender.
—Los griegos querían explicar la existencia del laurel y por eso inventaron toda una historia falsa para entender el funcionamiento de la naturaleza. —dijo Hermione con la mejor de sus versiones de sabelotodo—. Lo que no me gusta de los mitos, es que los dioses siempre tienen el poder de hacer lo que quieren y frente a una simple discusión ya tienen que arruinar la vida de otros que ni siquiera estaban involucrados en la persecución. Como es el caso de Dafne —sentenció la castaña, que parecía tener guardada esa crítica hace mucho.
—¿Simple discusión? —la interrogó su esposo ahora mirándola— Tú te pones como Eros cada vez que discutimos.
—¿Qué? Por lo menos yo no involucro a inocentes en todo esto —dijo mirándolo y señalando al Sr. Josman.
—Oh amor, ambos lo hicimos cuando decidimos meternos en terapia —Hermione bajó el dedo y frunció el ceño, Draco tenía razón y saboreaba su victoria— ¿Qué hizo Apolo después de verla convertirse en árbol? —le preguntó curioso al Sr. Josman. Éste se preparó para continuar.
—Ya no había ninguna posibilidad de que su amor por Dafne fuese correspondido, así que, roto de dolor se acercó al árbol, se abrazó a él y decidió que, ya que no iba a ser su esposa, sería su árbol sagrado, lo adoptó como símbolo y con sus ramas hizo una corona —terminó.
—Genial. —Contestó ella sarcásticamente— ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? —Josman se sorprendió del tono que usó la chica. Era poco usual en ella. Y es que Hermione no se sentía bien, ya se había cansado de estar allí. Quería huir de ese momento. Sentía muchas emociones a la vez, varias que había enterrado, junto con la capacidad de amar.
—Tiene que ver —dijo su esposo concentrado en el anillo que abrazaba su dedo anular— nosotros no estábamos destinados como esta pareja y a pesar de ello somos parecidos por naturaleza. La diferencia es que alguna vez, sí correspondiste tu amor hacia mí.
Para ese entonces la habitación se inundó de silencio y sólo podía escucharse la lluvia típica de finales de otoño, afuera en las calles del Londres muggle.
Dicen que los gustos son culturales, que los aprendemos. Nunca sabemos que es netamente nuestro. Nos enseñaron a comer vegetales, nos dijeron que nos hacían fuertes; nos enseñaron a vestir elegantes o sport, nos enseñaron adorar a algún dios y a creer en los reyes magos. Aprendimos a distinguir lo que nos gusta y lo que no. Aprendimos un lenguaje y aprendimos a desear. Yo me preguntó ¿Por qué elijo esto en vez de esto otro?
De este modo comprendo que, nuestro amor es un romance de novela, de esos con los que la gente sueña tener. Nos parecemos a Romeo y Julieta, sí, he leído tus libros favoritos. Y ahora entiendo, que siempre quisiste esa relación. Contigo es más fácil darse cuenta que aprendiste a buscar enlaces entre el más y el menos. Entre cargas positivas y negativas. En esa sensación, en ese romanticismo, creíste toda tu vida y conmigo lo tienes, todo eso de "los opuestos se atraen"...
Lo que es más complejo, es entender por qué tú me gustaste a mí, ¿Por qué? Si mi familia no educó mis gustos para que se relacionaran con siquiera algo similar a tu persona. ¿Cómo fue posible?
Porque, me enamoré de lo único real en mi vida. Tenías lo que yo no. Me enamoré de alguien que supo darme lo más importante, algo que mis padres no se empeñaron en que aprendiera, pero yo lo vi entre ellos y fue inevitable para mí aprender eso, antes que nada. Porque, eso era auténtico. Era lo que necesitaba. Era cariño.
Cuando te veo, encuentro cariño. Para mí, que no te he dado más que mi corazón. Pero cuando empezaste a mirarme así, nunca pude borrarte de mi mente. Porque, vi en ti lo que estaba buscando. Eso era lo que me faltaba, la comprensión de otro. Y esa fuiste tú. Admiré ese sentimiento en ti, desde el primer día. Desde el andén 9 ¾ cuando te alejaste de tus padres, lo vi en tus ojos. Fue lo más hermoso que había presenciado. Sé que la coraza que construyeron las demás enseñanzas predominaron en mi actitud y raciocinio, me enceguecieron y condenaron, pero juro, por lo que sea que haya donde sea que este, que esta lección, fue la única que se robó mi atención, siempre Hermione. Siempre quise que me miraras así. – Reflexión quinta, DM. Diciembre del 2008. Londres.
Recordar el sabor de un beso, las caricias del sexo, el roce perturbador de su incipiente barba blanquecina sobre su nariz, la luz del amanecer bañando sus cuerpos desnudos en un brillo tan pulcro, casi insano. Reconocer sus figuras, amigarse con el espacio mínimo, aquel encuentro entre el par. Como si alguna vez hubiera podido renunciar a su perfume, su caluroso respirar y la cadencia de su pecho. La suavidad de su piel bajo el tacto de sus dedos, ir trazando caminos de puntos finos, erizos sobre toda la superficie que abarcaba su tallada espalda. Algo que nunca podría dejar de ver, y si lo dejaba de hacer alguna vez, aquello y sus ojos serían lo último que desearía observar.
Con él cada costa era un arrecife, cada molusco un caracol, cada espuma se hacía polvo y cada piedra papel. Se podía escribir un mar de sentimientos, de su biografía una novela y de su carácter una paleta de colores.
Podría haberse quedado allí sin quejas, donde sus cuerpos se habían trasladado para dormir cómodamente. Otra vez en aquella cama, motivo que alguna vez unió su amor. Aunque la presencia de él otorgaba la perfecta armonía a su composición artística, aquel cuadro pincelado, estaba teñido de tonos oscuros que todavía perturbaban algunas esquinas. Ella lo había visto, por el rabillo del ojo, levantarse y alejarse esa mañana de su cama. Así sin más. Ella prefirió hacerse la dormida hasta que se fuera, porque en el fondo tampoco quería volver a la realidad. Pero una pequeña porción de su mente-no iba a mentirse con ello-se había hecho un espacio para guardar esperanza. Por lo menos podría haberle explicado su ausencia dejandole una carta, un mensaje o por encargo con el elfo doméstico que tanto se había empeñado en mantener. Nada. Ni señal de haber compartido cama la noche anterior, ni de haberse desnudado frente al otro. Porque sí, para hacerlo habían tenido que sacarse la ropa. Ahora que lo recordaba ¿dónde estarían sus bragas?
Se levantó con el envión de desesperación por ocultar lo que antes había mostrado sin tapujos a su esposo, con el que no se hablaba hacía vaya a saber cuánto tiempo, con quien se había olvidado de amar y quien no le había dicho nada antes de irse de su habitación. Y se encontró con un dolor punzante en la cien, que le recordó la excusa de su atropello de anoche. El alcohol.
Que bajo había caído, se sentía sucia. Como apesadumbrada y culpable. No es que hubiera hecho algo malo, pero sí algo de lo que no estaba segura. Algo que podía hacerla retroceder varios peldaños anímicos. Tener una recaída ahora, era lo que menos quería. Pero ahí estaba la realidad para hacerle sentir dolor de cabeza y la punzada en el pecho, que había vuelto para quedarse.
No encontró ni una prenda de su ropa, ni debajo de la cama, ni enrollada entre las sábanas, ni en el suelo, ni debajo del cobertor. Por lo que decidió buscar una de sus batas en el armario y recubrir su cuerpo desnudo con ella. La fina ceda hizo contacto con su piel y se sintió como una caricia después de un mal trago. La anudó a su cintura y se puso unas pantuflas de felpa que aclimataron sus pies congelados por el frío mármol del piso de la habitación.
Caminó hasta las escaleras y las bajó lentamente con pereza. Al dejar atrás el último escalón se encontró con el gran salón hecho un caos. La ropa que llevaban puestos ella y Draco la noche anterior, dejaban ver un camino de arrebato por todo el suelo, el sillón y alguna que otra superficie, que no recordaba haber utilizado de cama. Al parecer había sido más brutal de lo que recordaba, se agachó para recoger su vestido rojo, su preferido. Uno que se había comprado en su tiempo de soltera, con sus ahorros. Ahora yacía entre sus manos hecho añicos. Se sonrojó. Sorprendentemente, no le molestaba. Es decir, recordó el momento en el que horas atrás, había sido arrancado de su piel con desesperación y deseo. Un escalofrío recorrió su espalda y se golpeó mentalmente por sonreír como una adolescente enamorada. Y de estas cosas era de las que se suponía que tenía que cuidarse, saldría herida si se dejaba llevar tanto por sus sentimientos. A pesar de toda negación, para un Gryffindor, para Hermione Granger, no Malfoy, eso era imposible. Era como encontrar a un Hufflepuff siendo un Petter Pettigrew.
Draco se levantó de la cama lo más lento que le fue posible, pues la torpeza por la alegría que rebosaba su cuerpo, era imposible de disimular. No quería arruinar el sueño de Hermione cayéndose de la cama. Cuando logró desenredar su cuerpo de las sábanas con éxito, se deslizó hasta el baño. Si quería llegar antes de que ella despertara, debía hacerlo rápido. Así que se aseo lo más rápido, que pudo y le permitió, su mente recién avispada. Se envolvió en una toalla y buscó ropa en el armario. Se vistió y bajó con mucha prisa.
Caminó por el gran salón observando la escena del crimen. Allí donde sus fuegos se habían encendido y quemado todo a su paso. Miró todo con orgullo y rebosante de felicidad. La mujer, de la que aún estaba locamente enamorado, le había dado otra oportunidad. No podía creerlo. Claro, que solo habían tenido sexo, lo sabía. Eso no quería decir que fueran a estar juntos otra vez. Pero sí, era una luz al final del túnel. Y el final estaba tan cerca y al alcance de su mano, que necesitaba, una vez en su vida no arruinarlo.
Miró su reloj y sonrió. Eran las ocho de la madrugada del lunes, ese día tenían sesión con el Sr. Josman a las nueve. Por lo que tenía media hora para comprar el desayuno y compartirlo con ella. Iba a buscar esos crepes muggles que tanto amaba y le sacaría una sonrisa. Estaba emocionado, ansioso y con poca fuerza de voluntad. Porque, aunque quería hacer las cosas bien y llevarle el desayuno a la cama a su esposa, una fuerza casi superior quería quedarse remoloneando con ella en la cama. Pero la sorpresa que quería darle venció esa proeza. Así que con lo que quedaba de su dignidad, se movió a la chimenea y desapareció.
¿Estaba mal que un hombre enamorado no quisiera nada más que ver feliz a su pareja? Ni más horas de sueño, ni más espacio entre ellos, no más. Quería demostrarle que quería hacerla feliz.
Al parecer todo lo que pensaba era una mala jugada del destino, nada tenía que ver con lo que se había imaginado, todo lo que había hecho carecía de sentido. Porque, para cuando llegó, el salón estaba ordenado otra vez, la habitación arreglada y la casa vacía. A excepción de Ridens quien le comentó que su esposa se había ido temprano para dar una vuelta por lo de sus padres y luego ir a terapia. Pero no había dejado dicho nada y parecía estar mucho más seria de lo habitual. Draco había apretado con fuerza la bolsa de los crepes y la había golpeado contra la pared.
—Disculpa Ridens, ya puedes retirarte. —le había pedido al elfo, con el pequeño resto de cordura que le había quedado en su ser.
N/A
¿Qué les pareció? Yo lo amé. Perdón por mi descaro. *ríe*
Gracias por seguir ahí.
Hasta la próxima!
Cygnus.
