Disclaimer: todo le pertenece a JKR.


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¡Hola bellezas! ¿Cómo han estado?

Actualizo ahora, que tengo un tiempito. Lamento que sea corto, pero no he tenido mucho tiempo. La buena noticia, es que he avanzado con el siguiente capítulo también, así que, quizás les adelante un pedacito en facebook. *carita con gafas*.

Este capítulo me ha salido un poco psicoanalítico, por eso le he puesto ese nombre, y creo que va bien con lo que pasará. En la nota de abajo, les dejaré una explicación para que no sufran, en el caso de que no haya quedado claro.

Y ahora, los respectivos agradecimientos a AlenDarkStar, Candice Saint-Just, johannna, pelusa778, Yaanin, LidiaaIsabel y a HeraNott (bienvenida, me alegra que te nos unas :D), por comentar el capítulo anterior y hacerme quererlas tanto por todo el aprecio y la motivación que me dejan allí, me hacen muy feliz. No contestaré los reviews, porque no alcanzo, pero sepan que los he leído y los aprecio mucho. #SiempreSuya ;)

Aquí vamos…

Recomendación musical: "Boulevard of broken dreams" – Green Day (he vuelto a la niñez con esto, lo sé).


CAPÍTULO 17: De Edipo rey y su complejo.


Todavía no sabía por qué lo había hecho. No había pensado en la consecuencia que tendrían sus actos, ni en el eco que quedaría de aquello en su cabeza. Pero un impulso, una energía reveladora, se le había presentado y, dejándose guiar por ella, se había entregado a su dominio.

¿Qué sentía? ¿esa fuerza generadora de movimiento, en su pecho, era acaso, coraje? ¿o era una acción cobarde? ¿se había dejado llevar por las ganas de actuar o por las ganas de huir?

Y en ese instante, había caído en la cuenta, de que no se conocía. No sabía quién era. En todos estos años había aprendido a encasillarse en algo, un personaje, o en tratar de pertenecer a determinado grupo de personas, entre ellas la diferencia de clases o el estatus, que jugaban roles importantes en la sociedad.

Claro, ahí lo tenía. Toda su vida, había creído que "la posición en la sociedad era lo que te determinaba como persona". Esas palabras tatuadas a fuego, eran sin dudas las que su padre había insertado en su cerebro cual chip. Y si bien, era un tema suyo a resolver, el patriarca había sido y era, aunque le costara admitirlo, una figura muy fuerte para él.

Entonces, también pensó en la responsabilidad que conllevaba ser padre. ¿Cómo hubiera sido él si no hubieran perdido el embarazo?

Una punzada de dolor le quemó el pecho y le hizo sacar la cabeza del embotamiento personal que tenía hasta al momento, fue como destapar sus oídos después de escalar una montaña. Había tantas preguntas y cuestiones sin resolver entre ellos, que cada paso que daban parecía quebrar el hielo, y a pesar, de que recibieran consejos y advertencias, ellos seguían caminando por el lago congelado debajo del puente, donde sus cuerpos se habían unido en la más riesgosa pasión.

Las imágenes de la guerra, de Voldemort en su casa, la sensación de no sentirse acogido, de no identificarse con lo que estaba haciendo y la impotencia creciendo en su ser de no poder decir "no", de no poder elegir por sí mismo, eran las que cargaba sobre su pellejo y ya se estaba quedando desnudo frente al frío invierno, la carne le dolía, el corazón le pesaba y la paz se había esfumado como el aire se escapaba de sus pulmones. Un segundo. Ese instante duraba y no era nada más que un cero en el espacio.

Se dio cuenta de que los ojos le escocían por intentar contener el llanto, otra imposición más para lista.

Recordó con pesadumbre, aquella vez en la mansión, cuando había encontrado a su madre llorando en el jardín y todas aquellas veces que se había limitado a reprimir cualquier sentimiento: "Nosotros no lloramos, Draco" le había dicho Lucius, cuando tenía seis años; era un crío cuando escuchó "Las emociones son para los débiles muchacho", se lo había dicho Dolohov, a sus quince años, mientras lo entrenaba a base de crucios; "Ningún hombre Black lo ha hecho, ni siquiera yo. Mi hermana siempre fue la más… ya sabes, floja", le había confesado Bellatrix, cuando había cumplido los dieciséis, y Narcissa se había quebrado escuchando la noticia de que iban a reclutar a su hijo a las filas del señor tenebroso. A veces, pensaba en ese apodo ridículo y la sensación de miedo que podía provocar decir su nombre en voz alta, cuando el apellido de muggle le dañaba la psiquis a ese monstruo, otros estaban asustados por su "grandeza". Patéico.

Ahora parecía un iceberg en pleno calentamiento global. El agua caía a borbotones de sus ojos, secándolo por dentro, mojándolo por fuera. Y se sentía un poco más libre, algo en él se estaba quebrando y esas estrías dejaban entrar luz. Un hueco se abría paso en su pecho, destapando la caja del mal.

Con una fuerza incalculable y guiado por su, actualmente, "delicado" temperamento. Aparcó el auto en un baldío, y rogando que nadie lo viera, concentró toda su energía en canalizar su magia y expandirla fuera de su cuerpo. Recordó su entrenamiento y dejó que el escudo mágico cubriera el auto, con un hechizo no verbal bloqueó cualquier interferencia, y sin más se desapareció junto con éste.

Abrió los ojos lentamente, para no marearse, acababa de hacerlo. Su tía estaría orgullosa. Bufó. Algo se revolvió en su estómago. Instintivamente, abrió la puerta y vomitó.

—¡Genial! —escupió con hastío. Se miró al espejo retrovisor. Estaba pálido y unas ojeras bordeaban sus ojos. Con un movimiento de varita se limpió los restos y el amargo sabor de la bilis en su garganta.

Suspiró y con parsimonia salió del auto. Caminó por el largo sendero de piedras hasta llegar a la reja negra que interrumpía su andar. Se paró inmóvil allí, tomó aire e ignoró el escalofrío que lo sucumbía cada vez que llegaba a ese lugar. Todo parecía estar coloreado de un tinte gris y los relámpagos anunciando una posible tormenta, daban lugar a la tenebrosa noche que acogía la antigua resiliencia.

Levantó su mano derecha, donde estaba su anillo familiar, y las rejas parecieron reconocerlo, porque se desvanecieron como humo negro. Atravesó el umbral y siguió caminando hasta llegar a la entrada principal de la mansión Malfoy.

Draco abrió la puerta con tranquilidad, un olor particular, que reconoció como su viejo hogar, lo invadió helándole la nuca. Apenas cerró la puerta tras sí, su madre apareció al final del pasillo y se acercó con premura hacia él con los brazos abiertos. Imitó ese gesto, pero quedándose quieto en su lugar.

—¡Oh Draco! —dijo contra su pecho, el cual abrazaba con cariño.

—Estoy aquí madre. —le recordó, mientras le acariciaba el cabello— tranquila.

Ella se despegó un poco de él y se corrió algunas lágrimas. Sonrió. Amaba la sensibilidad de su madre, dijeran lo que dijeran, el haberle mostrado ese punto de la vida, no lo había hecho más débil, como se habían empeñado en hacerle creer, sino más fuerte.

—Lo siento —estaba acostumbrada a disculparse por llorar. El negó con la cabeza.

—No tienes que disculparte conmigo.

—La costumbre. —se encogió de hombros y parpadeó varias veces para recomponerse. Luego lo tomó de un brazo y lo arrastró con ella hacia el hall— Pensé que no vendrías por un tiempo, ¿qué te trae por aquí? —lo interrogó, sentándose ahora en uno de los sillones de la sala.

Draco se acercó al mueble que contenía el alcohol y buscó allí algo que le borrara la sensación de impotencia que llenaba su mente, porque, cuando uno está así, la cabeza nunca descansa hasta que encuentra un sedativo. Tomó un trago y dejó que el líquido quemara su garganta, acto seguido caminó hasta el de sillón enfrente y se echó hacia atrás, colocando una pierna sobre la otra.

La miró fijamente, tratando de encontrar, la imagen que la última vez se había llevado de ella, pero, para su sorpresa Narcissa tenía un mejor aspecto que aquella vez, al parecer el nuevo tratamiento que habían puesto en práctica le había hecho bien. Sus rasgos habían vuelto a ser delicados y las arrugas que surcaban sus ojos parecían provenir de sonrisas. Su palidez era normal, el color de sus mejillas le daban la calidez que necesitaba su rostro para hacerlo perfecto, y la elegancia que la caracterizaba había tomado las riendas de sus movimientos recuperando su vieja tarea.

Con un leve crujido apareció uno de los antiguos elfos domésticos, que servía a la familia, con una bandeja.

—Sus medicinas Sra. Malfoy —le dijo amablemente, mientras depositaba la bandeja en la pequeña mesita ratona, que se ubicaba entre ellos. Ella asintió y el elfo se retiró con una reverencia. Su madre tomó los distintos frascos con pociones y vertió sus respectivos contenidos, en la cuchara que se llevaba a la boca. Al finalizar tomó agua del vaso que había quedado sobre la bandeja y le sonrió esperando una respuesta para su cuestionamiento anterior.

—La he cagado. —dijo con sincero arrepentimiento. Ella soltó una risita por lo bajo. Draco abrió mucho los ojos sorprendido y divertido a la vez— ¿Te ríes de mí madre?

La aludida negó con la cabeza y suspiró.

—Nunca haría eso, lo sabes. —tomó su varita y con un accio convocó hasta sus manos una cajita—¿Sabes qué guardo aquí? —le dijo ella. Su hijo negó con la cabeza. Ella asintió y la abrió. Sacó una fotografía y se la tendió.

Cuando llegó a sus manos no pudo evitar sonreír con nostalgia ante la imagen que recibían sus ojos. Allí retratada, había una mesa con un mantel blanco y platos con postres a medio comer, vajilla de plata y porcelana, vasos de cristal, todo en primer plano. Pero, detrás de ésta, un poco desenfocados entre la gente que se sentaba a su alrededor, se encontraba una pareja tomada de las manos, bailando. Al parecer felices, y por cómo se miraban, enamorados. Si no hubiera sido porque la foto era muggle, no se habría reconocido en ella. Acogida entre sus brazos estaba Hermione con un precioso vestido blanco y una belleza que solo la reclamaba como propia. Esa pareja emanaba algo que no podía explicar, parecían extraños, ajenos a todo lo demás.

Después de lo que pareció una eternidad despegó los ojos de la imagen entre sus dedos y se encontró con los de su madre apreciándolo.

—Sé que a veces puedo ser horrible —suspiró con sincero arrepentimiento— pero, tú eres mi hijo y yo —tomó un poco de aire para infundirse coraje y agregó— estoy orgullosa de la persona en la que te has convertido. No me importa a quién hayas elegido para pasar el resto de tu vida, tampoco me importa lo que diga la gente de ustedes, ni el futuro que haya planeado para ti. Porque, la vida me ha enseñado a ver a través de tus ojos, y ese momento que tienes en tus manos, es el que te define por demás como persona. No eres lo que te han dicho que seas, eres lo que llevas ahí. —le dijo señalando su corazón.

Draco le sonrió y devolvió la foto. Ella la guardo con el resto de recuerdos que allí escondía. Aquel gesto había respondido de la mejor forma a su perturbada mente que no dejaba de pedir clemencia. Y justo allí, entre tanto sentimentalismo, una pregunta se había disipado como un huracán, abriendo otra duda.

—Madre, ¿te consideras una persona valiente o una cobarde? —le soltó curioso.

Narcissa suspiró, levantándose del sillón, el que no había dejado durante toda su conversación, y se acercó hasta él, lentamente, con la misma gracilidad que un cisne dejaba dibujos a su paso en el agua. Llevó una de sus manos hasta la mejilla pálida del muchacho y la acaricio maternalmente, con la otra tomó el vaso que tenía todavía en sus manos, y lo depositó en la mesita, sin dejar de mirarlo a los ojos con cariño. Lo agarró de las manos y sonrió de medio lado.

—¿No crees, que detrás de cada cobarde hay un valiente intentando escapar?

—Y tú, ¿crees que algún día lo logrará? —rebatió. No era necesario saber que se refería a sí mismo, pero ponerlo en tercera persona lo hacía más fácil, y él seguía sintiéndose, inconscientemente, un cobarde.

—No necesitas que yo responda a eso cariño —le dijo cálidamente— ya lo sabes.

Y sin pensar, soltó la mano de su madre con tranquilidad, y la miró a los ojos sonriéndole.

—¿Entonces entiendes lo que debo hacer? —Narcissa le devolvió la sonrisa solemnemente.

—Es inevitable que así sea.

Draco asintió y se levantó. Con el pecho hinchado de orgullo y las venas llenas de nuevo y poderoso valor, se dio media vuelta y camino hasta la chimenea. La miró por última vez, con la dicha de saberse otro, con la capacidad de atender aquel malestar interno nuevo, que se expandía por su cuerpo y le calaba los huesos. No necesitaban decir nada más, sus miradas escondían suficientes emociones y reconocían su pesar. Era una despedida.

Respiró profundamente y tomó los polvos mágicos para desaparecerse y viajar al lugar que antes de ser suyo, había sido de otro hombre, aquel que le había enseñado realmente el propósito en la vida. Su padrino, su verdadero padre. Dispuesto ahora, a lidiar con sus viejos fantasmas, encarar sus demonios y perdonar. Antes de volver y enfrentar su matrimonio como un adulto, tenía que resolver sus dificultades internas, aunque eso implicara soltar a su madre.

Se fue, dejando atrás a su niño interior, para escuchar al mayor, que también estaba encerrado junto con su valentía, junto con su esencia. Fue a buscarse allí, donde sería acogido por sus recuerdos y la nieve, que además de blanca, era infinitamente pura, no como la sangre, sino como la persona en la que iba a convertirse.


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¿Qué les pareció? ¿He logrado contestar algunas preguntas que me hicieron en el cap anterior?

A mí, me ha gustado mucho escribirlo, y me parece un capítulo, aunque transitorio y reflexivo, muy importante. Creí necesario para Draco, hacer un duelo con la madre. Siempre pensé que había algo ahí, en la historia original, que era medio "Edípico", y él tiene que soltarlo para crecer, como todos lo hacemos. Algo no resuelto que estaba jugando en contra con sus relaciones. Sobre todo, con Hermione.

Para aquellas personas que no conozcan lo que Freud (padre del psicoanálisis), llamó "complejo de Edipo", está en internet explicado muy bien, pero, en resumen, y dicho así con mis palabras: Freud dice que el niño tiene un sentimiento de amor arraigado a alguno de los padres, qué es en definitiva su primer amor, o atracción por el sexo opuesto, por lo que el niño tiende a rivalizar con el otro padre del mismo sexo, para conquistar al opuesto. En este caso Draco siente apego por la madre y nunca ha podido despedirse de ella como mujer, ni hacer el corte necesario con el padre "matándolo" (como expresaría Freud, simbólicamente), es decir, hacer el duelo con Lucius, para ser el nuevo "macho alfa". Sé que es complejo, pero por algo se llama "complejo de Edipo" ¿no? XD. Cualquier cosa no duden en preguntarme y espero que, si bien no lo entiendan del todo, el capítulo haya sido de su agrado.

Les amo infinito.

Hasta la próxima!
Cygnus.