N/A:
Estoy muy feliz de poder entregarles porfin el epílogo de la historia, se lo merecen.
Estoy más que agradecida por sus comentarios, follows y Favs ¡Por darme una oportunidad, por votarme, nominarme y hacerle ganar un lugar a esta historia en el Calendario Dramione 2019!
Estoy emocionada por saber qué piensan de este final.
Estoy orgullosa de todo lo que logramos juntxs este año.
Estoy abrumada por tanto amor y calidez, por confiar en mí y estar al pie del cañón.
Brindo, porque, estoy y estaré siempre aquí para quienes lo necesiten, quieran o deseen ser escuchadxs.
¡Feliz año nuevo!
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PD:
Dejo aquí algunas canciones... todas pertenecen al álbum llamado "Innerworld" de Electric Youth. Porque, escribí todo este capítulo acompañada de este dico y pensé que cada corte de la historia, podía ser interpretada por un track distinto.
Lista de reproducción recomendada por divisiones:
Primero: Innocence – Track 4.
Segundo: We are the youth – Track 3.
Tercero: She is sleeping interlude – Track 10.
Cuarto: The best thing – Track 7.
Quinto: A real hero – Track 11.
Sexto: If all she has is you – Track 6.
EPÍLOGO
Lo que hubiera pasado…
- T4 -
Tres golpes ansiosos llamaron a la puerta por quinta vez y Draco quiso matarse por haberle dado vacaciones a sus elfos.
—Recuérdame, —gruñó él sobre su cuello— por qué tenías que defender sus derechos —mientras, seguía sosteniéndola por sus caderas para ralentizar el movimiento de sus embestidas.
—Lo me-merecen —dijo ella entre jadeos, mirándolo con un fuerte deseo bañando sus ojos miel, desesperados por fundirse en el dulce néctar del éxtasis.
Inclinó su cabeza hacia atrás para dejar que el rubio tuviera una mejor visión de su largo cuello. Él deslizó su lengua por la longitud del mismo hasta llegar al lóbulo de su oreja para morderlo y succionarlo en una tentadora caricia que la llevaría a la perdición. Hermione gimió y arqueó su espalda pegándose más a su cuerpo.
Draco volvió a succionarle su pecho izquierdo y jugueteó con la lengua sobre su pezón, dibujando círculos y presionando cada tanto sus dientes sobre su erguida forma. Llevó uno de sus dedos entre sus piernas y sobó con destreza y precisión su clítoris en forma de capullo mientras la sentía decir su nombre, musicalizando sus oídos.
Las paredes de su zona baja, latían abrazadoras alrededor de su miembro candente. Estaba húmeda y estrecha, preparada para lanzarse a la reveladora energía que buscaba tironear su vientre con eléctricos recorridos hasta el orgasmo. Se sentía arder y su interior quería explotar.
El golpeteo en la puerta, llegó a sus oídos una vez más y ellos atravesados por el delirio de sus cuerpos acalorados entre caricias y sofocantes susurros, llegaron al clímax, convencidos de que deberían continuar luego, con otra sesión en su cuarto, o en donde su hormonal y perversa mente se los permitiera.
Se dieron unos segundos para admirarse, ella estaba sonrojada y un poco más despeinada. Draco la miraba con el deseo encarnado en sus facciones angulosas, sabiendo que si seguía un segundo más dentro de ella no saldría nunca. Con parsimonia se corrió de su acogedora intimidad y le besó la frente con dulzura. Después de un rápido movimiento con la varita, un hechizo los había limpiado y vuelto a la normalidad.
Hermione se bajó de la mesada y se acercó hasta él para acomodarle un mechón salvaje que había caído por su frente arruinando el engomado jopo. Lugo se puso en puntas de pie para besarle los labios con ternura. Él la tomó por la cintura en un gesto protector que ella adoraba y juntos se dirigieron a la puerta, antes de que sus invitados la tiraran abajo de tanta insistencia.
—¡Zabinis! —dijo Draco con voz teatral, medio esquivando otro golpe de la pelirroja que iría dirigido directo a su rostro en vez de a la puerta. Blaise lo miraba con una risa mal contenida y su mujer estaba que echaba chispas por los ojos. Una escena muy ridícula, ya que deberían dar miedo con sus trajes de villanos, y ella solo parecía adorable. Ginny iba disfrazada de Hiedra Venenosa, con un body verde ingles pegado a su silueta. Llevaba unas botas altas a juego y brillos del mismo color esparcidos por todo su cuerpo. Y un antifaz pintado sobre su piel que resaltaba sus ojos terminando en florituras dignas de estar en un catedral estilo art nouveau. Blaise, estaba disfrazado de Acertijo. También de verde, pero uno que recordaba más al helado de menta. Con signos de interrogación negros por toda la extensión de su elegante traje y un antifaz del mismo color, sombrero de copa, guantes violetas y un bastón dorado, formaban al característico nerd enloquecido por la ciencia de las adivinanzas. Les sonreía divertido, sabiendo de dónde venían y qué habían estado haciendo, con tan solo ojearlos—. ¡Feliz Halloween!
—Sí, sí. Eso está muy bien, Malfoy. Ahora, ¡hazte a un lado o golpearé tu huesudo rostro de engreído Travolta! —le gritó con impaciencia y se abrió paso como una fiera por entre la pareja que estaba a punto de estallar de la risa. Blaise negó con la cabeza.
—Lo siento. Está más hormonal que de costumbre. Sabe que no podrá tomar champagne.
—¿Acaso ustedes están…? —Hermione asombrada dejó abierta la pregunta sabiendo de antemano la respuesta. Blaise se encogió de hombros.
—Al parecer sí —contestó con un suspiro—, amo a esa mujer, pero me volverá estéril de tantos niños.
Los Malfoy rieron ante la declaración de Blaise y su supuesta vasectomía. Ya tenían cuatro niños: Séptimo, el mayor de ocho años, seguido por Marcus de siete y luego venían las hermosas gemelas Bruna y Antonia, ambas de cinco años. Ahora esperaban al quinto. Eran una fábrica de bebés.
—Lo ves colega, eso pasa por casarte con una Weasley.
—Gracias por las felicitaciones, las tomaré gustoso —bufó el moreno.
- T3 -
Lugo de abrirle la puerta a varios de sus amigos, siguieron llegando más invitados que fueron acogidos por las personas que estuvieran cerca de la puerta. El jardín de la mansión Malfoy estaba repleto de una decoración naranja y negra. Calabazas gigantes con distintas muecas, rodeaban la fuente de Venus que tenían en la zona este del terreno. Telarañas y murciélagos adornaban los árboles. Había luces de colores y una barra de tragos extraños, con pócimas para crecer el cabello o extender las orejas, otras a las que les salía humo de colores y otras que evitaban los vómitos.
Neville estaba encargado de la pista de baile, la cual estaba decorada con globos y calderos que liberaban humo de fiesta. Hermione estaba bailando con Theo en el centro de la pista, quien estaba disfrazado de Porthos, uno de los tres mosqueteros. Ella movía sus caderas de un lado a otro en un movimiento sensual y relajado. El castaño, a pesar de ser un poco más reservado, estaba alegre y un poco ebrio, por lo que había logrado algunos movimientos graciosos, que la hacían reír y seguir incentivando sus pasos. El Gryffindor los miraba desde la plataforma, y les hacía señas cada vez que cambiaba el ritmo para que lo siguieran. Luna danzaba con su disfraz de Nareida* a su lado, como "ida", perdida en la gracia de sus propios movimientos. Mucha gente estaba a su alrededor llena de alegría y de disfraces diversos. Algunos de personajes muggles como Indiana Jones, o Beetlejuice, y otros de personalidades históricas de la magia como Merlín, o alguna creatura fantástica, entre ellas: vampiros, hombres lobo y grindylows.
Draco estaba sentado en una barra junto a Harry y su mejor amiga, compartiendo unas copas.
—No puedes quitarle los ojos de encima, ¿verdad? —le dijo la morena.
Él se volteó a verla de repente y se encogió de hombros.
—A veces, siento que no lo hago lo suficiente.
Pansy le golpeo el hombro, cariñosamente, y le sonrió.
—Nunca imaginé que viviría para ver a un Malfoy tan enamorado.
Éste negó con la cabeza.
—No te cansarás nunca de gastarme, ¿no?
—La verdad no, eso no está en mis planes —Pansy, como buena Slytherin, no dejaba pasar cada oportunidad que tenía para recordarle quién había estado detrás de ellos, obrando para que su relación mejorara. El platino rodó los ojos.
—¿Cómo la soportas? —interrogó a Harry, burlándose de ella y recibiendo, automáticamente, una palmada en la nuca por parte de su esposa; quien había dejado la pista y se había acercado hasta allí. Hizo una mueca y puso cara de dolor para hacerla sentir mal.
—Oh, no Malfoy. Eso no funcionará conmigo —le regañó, recordándole a Narcissa.
—Está bien —se quejó—. Lo siento, Pans —le dijo con su mejor cara de arrepentimiento. Ambas chicas se carcajearon y Harry también. Draco lo miró ofendido por su traición.
—Oh, así se habla —le dijo ella juguetonamente, luego se abrazó a su cuello y le susurró al oído—, mi dragón.
Se despegó lentamente y le guiño un ojo. Draco, a esas alturas la miraba embobado, sin importarle que Potter estuviera tentado de la risa.
—Vámonos, antes de que vomite. —dijo sin reparo el peli negro, llevándose a gatúbela, fuera de la zona de riesgo, rumbo a la pista. Por supuesto, el niño que vivió debía ser Batman ¡pero, qué original! Ironizó Draco en su mente.
Hermione le arrebató el trago que estaba tomando en ese momento y bebió de un sorbo todo su contenido, haciendo una mueca al sentir su garganta quemarse frente al fuerte whisky de fuego que estaba bebiendo su esposo. Malfoy levantó una ceja y le sonrió divertido.
—¿Alguien la está pasando bien? —le dijo. Ella se rio con estridencia, tanto que se tambaleó y casi cae al suelo. Pero, unos fuertes brazos la envolvieron evitando su dura caída, justo a tiempo— ¿a dónde vas pequeña?
Hermione se sostuvo con fuerza de su esposo y le rodeo con sus brazos el cuello. Estaba sonrojada por la vergüenza y la euforia que le provocaba la cantidad de alcohol en sus venas.
—Haces muchas preguntas —le acusó. Él sonrió y la atrajo de la cintura más hacia su cuerpo. Ella dejó escapar un gemido inconsciente por la impresión.
—¿Ya te he dicho lo sexy que te ves como Sandy Olsson?
Ella se mordió el labio y negó con la cabeza. Draco miró sus labios pintados de rojo carmesí con deseo, y se acercó hasta su oído haciéndole cosquillas con su respiración.
—Estás muy sexy —susurró llevando su mano hacia su trasero y pellizcándoselo con posesión. Esas calzas negras acentuando sus curvas, iban a matarlo—, Sandy.
Hermione se estremeció al sentir su erección pegada a su pelvis y sin resistirse un segundo más se besaron con desesperación, mientras de fondo podía escucharse Like a Prayer de Madonna. No podían quejarse, tenían al mejor dj del mundo, con su debilidad por los 80s, y ellos con sus disfraces, no hacían más que un cuadro armonioso y acorde a la época.
—Me dijeron que los dueños de casa no estaban esta noche —le dijo ella apenas se separaron para respirar. Draco la miró expectante y levantó sus cejas sugestivamente.
Ambos se tomaron de la mano y se aparecieron en su cuarto, para continuar aquello que habían dejado pendiente en la cocina, unas horas atrás.
- T10 -
Abrir los ojos rápidamente había sido la peor decisión que podría haber tomado esa mañana. Se llevó una mano a la cabeza y trató de no gritar por la fuerte punzada que le dio al incorporarse en la cama. Le dolía mucho la cabeza debido a la resaca y un pitido constante en su oído le recordaba lo inconsciente que había sido. Miró a su costado y vio a la diosa de cabellos castaños revueltos, que dejaba dispersos por toda la almohada blanca de su cama, y no pudo evitar sonreír al verla profundamente dormida. Recordó cuan feliz era de tenerla y poder escucharla respirar a su lado. Hacía ocho años de aquella vez en la que habían tratado, por última vez, de darle una chance a su relación, desde entonces, estaban más enamorados que nunca. Era como si la terapia muggle hubiera hecho –irónicamente- magia en ellos. Se sentía como si una gran tormenta hubiera pasado, y entre reconstrucciones y remodelaciones por los daños, se hubieran encontrado en el jardín trasero acariciando la primera flor, creciendo como la esperanza misma.
Hermione se removió a su lado interrumpiendo sus cavilaciones. Suspiró y abrió los ojos lentamente, luego los cerró con fuerza, debido al impacto de la luz viajando directo a su cabeza partida por la bebida.
—¡Maldito Reditus Vitae*! Recuérdame nunca volver a tomar esa cosa—exclamó con la voz áspera debido al adormecimiento de las cuerdas vocales en la mañana. Se frotó la cabeza y lo miró con los ojos entrecerrados— ¿Qué rayos haces despierto?
Draco se rio y bajó lentamente hacia su lado. La tomó por los hombros y la atrajo hacia su pecho. Ella se acomodó con facilidad y lo besó en la clavícula.
—Buen día, dormilona —le susurró— ¿sabes qué hora es?
Ella negó con la cabeza.
—Hora de buscar a nuestros hijos —le recordó. Hermione se levantó de repente de un sobresalto. Lo miró con cara de preocupación y luego se frotó la cien para tratar de calmar la resaca repentina.
—¡Oh, por Morgana! ¿Cuánto hemos dormido? —preguntó alarmada, llevándose una mano al pecho. Trato de levantarse, frente a la tardía reacción en respuesta de su esposo, pero se enredó en las sábanas y comenzó a luchar con ellas para salirse.
—Tranquila, todavía no es medio día —trató de calmarla tomándola del brazo y ayudándola a desenroscarse. Lo miró con detenimiento y asintió.
—Pero, es que…—frunció los labios tratando de contener sus emociones, él la observó con paciencia y se salió de la cama, para ofrecerle la mano y así facilitarle ponerse junto a él. Ella se relajó y le tendió la suya. Buscó sus ojos grises con ansiedad, tratando de trasmitirle su arrebato emocional— los extraño —agregó al fin. Draco torció sus labios en una media sonrisa y le acomodó un mechón rebelde tras su oreja, en un acto muy delicado y cuidadoso.
—Yo también.
Ambos se tomaron la pócima para calmar la resaca, hechas a base de eucalipto, cola de caballo y menta. Una que había aprendido a preparar Draco, en sus años en Hogwarts. Hermione siempre se impresionaba de sus habilidades como cocinero y le encantaba probar sus nuevos inventos. Luego se dieron un baño conjunto –ya que cierto rubio había insistido, alegando su justificación en que, después no podrían hacerlo con los niños en la mansión- lo que refrescó sus cuerpos y vitalizó sus mentes rezagadas.
Siendo las doce y media del mediodía, perfumados y desayunados, se fueron a buscar a sus niños a la casa de los Grangers. Estaban ansiosos por atrapar a los pequeños entre sus brazos, pellizcar sus pancitas y besarles por todos lados. Tenían que aprovechar esa etapa en su niñez, en la que todavía podían hacerles esa clase de "ñoñadas extremas", como las llamaba Theo.
Los Malfoys se tomaron de la mano, bajo la inmensa chimenea del gran salón y convocando a las llamas verdes, después de mencionar la dirección, desaparecieron.
El perfume a rosas y chocolate que inundaba la casa de los padres de la chica, les dio la bienvenida, haciendo que deslizaran gustosos sus pies para salir de la chimenea y entrar en el cálido hogar.
—¿Hermione, eres tú? —preguntó el padre de la castaña, antes de asomarse por la entrada del living. Éste sonrió al verla y caminó hasta ellos para abrazarla con cariño. Draco se quedó observando la demostración de afecto y esperó para rodear al Sr. Granger y palmearle la espalda.
Escucharon unos pasos apresurados que provenían de la cocina y se voltearon a ver la entrada.
—¡Mami! ¡Papi! —exclamaban dos vocecitas a la vez. Apareció por el umbral un pequeñito de cabellos rubios rizados y ojos verdes, como los de la madre de Hermione, ansioso, con sus manitas extendidas llegando a abrazar las piernas de sus padres. Detrás del niño, a tan solo unos pasos de distancia, lo seguía su hermanita de ojos grises y cabellos castaños lacios y largos. Sus dos preciosos hijos se habían lanzado a ellos con emoción.
Se agacharon y los abrazaron en el mismo instante en que habían llegado a su encuentro. Tomarlos y sentir sus cuerpecitos calientes, sus corazones palpitando cerca de sus pechos y el olor tan delicioso a café con leche que emanaban, no era más que la mismísima gloria hecha miniatura. Los besuquearon por completo, les hicieron cosquillas y los alzaron con diversión. Estaban con ellos y nada era más importante que tenerlos. Se miraron a través de las nucas de sus hijos transmitiéndose todo el amor que sus ojos podían expresar, la felicidad y las emociones contenidas que ninguna palabra podía significar mejor.
Después de intentar por un tiempo, hacía ocho años, habían logrado tener hijos. Había sido difícil para Hermione, a quien le habían diagnosticado dificultad para embarazarse debido a su edad y condiciones genéticas. Ella ovulaba menos de lo normal. De quinientos mil óvulos, aproximadamente, que contiene el ovario durante toda la vida de una mujer, tan solo quinientos llegan a madurar completamente en un sistema reproductivo "normal" o en "condiciones gestantes", en el caso de Hermione, se estimaba que llegarían a madurar solo doscientos. Por lo que, hicieron todo lo posible para lograr ser padres. Probaron cientos de técnicas y hasta se plantearon adoptar. Cuando fueron a hacer todos los papeles y quedaron en la lista kilométrica de adopción -tanto en el mundo muggle, como en el mágico era dificultoso- al mes, Hermione tuvo un retraso y luego nauseas, sus pechos crecieron y otros síntomas que indicaban que estaba en cinta, aparecieron. La noticia llegó a ellos como un rayo de esperanza entre tanta bruma.
Lo cierto era que, después de tanto sufrimiento, no estaban seguros de por qué querían ser padres. Por eso, trataron ese tema en terapia. Lo que los preparo potencialmente para hacerse cargo de lo que viniera. Los fortaleció y unió, lo suficiente como para tener dos hermosos hijos soñados y reinventarse como pareja.
- T7 -
—Entonces, el Abelo nos explicó que eran los Fegosatificiables —terminó su hijo de siete años. Aries, de tan solo cinco, asentía al lado de su hermano para confirmar todo lo que decía. Lo idolatraba tanto, que lo dejaba dormir con su unicornio blanco cuando tenía miedo. Se llamaba "punki" y lo llevaba en ese momento aprisionado contra su pecho.
—Así que, ¿los dejamos unas horas en lo de tus padres y se vuelven piro-maníacos? —la gastó Draco. Ella rodó los ojos y lo codeó en las costillas— ¡Ouch! ¿por qué la violencia siempre?
Hermione rio y se encogió de hombros. Acostumbrada a decirle que solo él podía provocarle esas ganas irrefrenables de abofetearlo. Se regresó a mirar a sus niños que los veían entre curiosos y confundidos.
—¿Qué más hicieron? Además de ver fuegos artificiales. —no pudo evitar corregirle a su pequeño.
Estaban en patio de la casa de sus padres, sentados sobre unos sillones campestres, esperando por las hamburguesas que estaba asando a la parrilla, su madre.
—Mami ¿por qué le haces pupa a papi? —Preguntó Aries, que estaba en la edad del "por qué". Ya llevaban una cantidad innumerable de preguntas incómodas y sobre todo delante de extraños. Como aquella vez, en la que, la llevaron al jardín muggle y los recibió la seño "Moca" para Aries, Mónica para el resto de los adultos aburridos que pronunciaban bien todo. Esa vez, su hija llegó y les pregunto delante de la chica "¿por qué la seño moca no tiene pechos?", lo dijo seria y destacando, detalladamente, la nueva palabra que había aprendido, seguramente de su hermano mayor y Séptimo, el hijo de tío Blaise. Esos dos eran dinamita juntos. Su hijo imitaba cada conducta del otro, era su modelo a seguir y muchas veces se pasaban de la raya, todo el día se estaban metiendo en líos. La cara de la profesora fue épica. Se quedó como en shock, sin parpadear mirando a la nada. Lo peor de todo fue que Aries, siguió tratando de explicarse, haciendo que la incomodidad de sus padres aumentara más; "Sep dijo que mamá las tenía como dos dudaznos, y yo le dije que no tenía dudaznos, que eso era fruta, la fruta se come, los pechos no. ¿cieto mami? Aunque cuando yo era chiquita comía eso, ¿o no? Beno, era muy chiquita como punki, tenía así (señalaba con sus deditos el número uno). Ahora soy rande y puedo decir pechos o tetotas como le dice tío Blaise ¿Por qué le dice así? Tamien papá le dice raro…" La niña parecía no respirar entre oraciones y ningún adulto había sido capaz de reaccionar hasta ese punto, en el que su padre la alzó hasta su regazo y la besó con ternura. La miró seriamente y ella se sonrojó ¡qué lindo era su papi! Quería apretarlo todo el tiempo hasta que explotara de amor "Aries, no puedes hablar de esas cosas en público. Porque, son de mala educación. Las niñas grandes no se comportan así. Y tú eres una niña grande ¿cierto?" Con eso había tranquilizado a las dos mujeres adultas que lo miraban con adoración, algo que, definitivamente, había puesto celosa a Hermione –estúpida Moca, mira maridos- Bueno, no podía negar que tenía al más arrogante y sensual Slytherin en su cama. Tampoco podía culparla, porque era el mejor padre para sus hijos, y eso lo hacía más atractivo aún.
Draco miró a su esposa con la risa mal contenida, sabiendo que ella lo mataría al más mínimo movimiento.
—Bueno, se ha portado mal, corazón.
—¿Por qué, papi? Eso no se hace. ¡Exijo penipencia! —Oh, sí. Era igual a su madre. Hermione rio y alzó a su hija hasta su regazo.
—Bien, ¿qué penitencia sugieres? —la interrogó mientras peinaba sus trencitas.
—¡Una semana sin cariñitos! —exclamó la niña. Su hermano rio y negó con la cabeza.
—¡Oh no! —se lamentó su padre— No mis cariñitos, cualquier cosa menos eso —pidió arrodillándose frente a su hija y la madre.
Aries miraba al hombre de su vida con diversión, hasta que él hizo puchero. El arma secreta del rubio para conquistarla. Simplemente, derretía a la niña. Abrió mucho los ojos y se entristeció de repente –signo típico de su edad, también los cambios anímicos radicales venían en el combo- bajándose de los brazos de su madre y acercando sus manitas a la cara de su padre. Hermione negaba con la cabeza frustrada y se cruzó de brazos, predicando el truco de la serpiente. Siempre ganaba con ese movimiento.
—No, papi. No te pongas tliste. Una semana no es tanto —intervino. Draco la abrazó por la cintura y la subió hasta acomodarla en su cadera. Y la beso por toda la cara. Ella comenzó a reírse descontroladamente, para luego abrazarlo por el cuello y pegar su cachete contra el de él.
—Tramposo. —lo acusó su hijo. Draco le sacó la lengua y beso de nuevo a su niña.
—Esto es por lo del otro día —le señaló el rubio arqueando una ceja, haciéndole recordar a la otra vez, cuando el pequeño se había aliado a su madre en una discusión. Corvus bufó y se fue a los brazos de Hermione, que lo recibieron gustosos.
Ella iba a agregar algo, cuando el timbre sonó y sus dos hijos se removieron entre sus regazos para ir corriendo hacia la puerta. Dejando a sus padres con el incómodo frío que los inundaba después de haber tenido sus cuerpos calentitos cerca.
Pasados unos segundos, aparecieron pasos agitados corriendo desenfrenados junto a los rostros de sus hijos. Había llegado Luna y Theo con los gemelos, seguidos de los niños de Blaise y Ginny.
Hermione y Draco recibieron a sus amigos, para luego dirigirlos hacia el comedor, donde habían dispuesto una mesa para los jóvenes y otra para los adultos. Al parecer, todos se había recuperado de sus resacas y parecían renovados. Habían quedado en verse ese día, aunque fuera posterior a la fiesta de Halloween, porque el primero de noviembre era una fecha muy especial dentro de la vida de los Malfoys; se cumplían ocho años de su primera sesión terapéutica y hacía un tiempo largo que habían decidido festejarlo. Como muestra de superación interna y reconocimiento de sus esfuerzos para ser mejores. Por lo que, invitaban a la familia, amigos y hasta al Sr. Josman y a su esposa, quienes estaban llegando en ese preciso momento.
Como, lo celebraban en el mundo muggle, y Josman no sabía que eran magos o brujas, hechizaban la casa con escudos protectores, que tenían un efecto de magia limitante sobre todos. Duraba unas horas, que programaban antes de la llegada del doctor. Una vez pasadas éstas, volvían a recuperar su magia con total normalidad.
—Helen preparó tarta de manzanas —dijo su ex-terapeuta, entregándole una bandeja de vidrio cuadrada, con un delicioso postre recubierto por una cascara de azúcar y canela.
Hermione la recibió sonriente.
—¡Saben que es nuestro preferido! —se emocionó ella.
—¡Oh, vamos linda! ¿Crees que no he visto la cara de nauseas de tu esposo cuando la prueba? —intervino riendo. Helen, la esposa de Josman, era la mujer más divertida y simpática que conocía. Adorable en el primer instante de conocerla.
—Corrijo, mí preferido.
La mujer asintió y después de un cálido abrazo de la anfitriona, pasaron a la estancia y luego a re acomodarse con el resto de los invitados. Narcissa se sumó más tarde con Pansy y Harry, que la habían recogido y llevado a la casa de su consuegra, con quien se llevaba de maravilla, para variar.
Una vez todas las copas fueron llenadas y los cubiertos sonando contra los platos se convirtieron en deliciosa comida, conversaron de temas varios y se rieron de las anécdotas de la noche anterior, desde los tragos hasta la increíble pista de música que había llevado a la gloria a su amigo Gryffindor.
- T11 -
—¡Blaise Giacomo Zabini!
—¿Qué? —se hizo el desentendido él.
—Ya deja de estar pensando en eso —lo regañó la pelirroja. Al parecer, Blaise se había imaginado a las chicas, en posiciones extrañamente eróticas, solo con la mención de "pijamada" y "cosas de chicas". Lo cual, no tenía ningún sentido, más que en el retorcido y desagradable porno que leía en las revistas muggle. Unas que había descubierto hacía unos años en la sala de espera de un gimnasio. Algo que no hacía más que incentivarle la estupidez.
—Lo siento, amor —cerró los ojos y sonrió asintiendo— Oh, seh.
La muchacha le pegó un manotazo en el hombro, y el moreno abrió los ojos sorprendido.
—Basta ¡Sé que lo sigues visualizando con los ojos cerrados! —lo acusó Ginny. Él le sonrió entre dientes y se encogió de hombros— Esa imaginación tuya…
—Me sale natural —susurró cerca de su oído, acercándola más hacia sí en el sillón. Había cosas que nunca cambiarían.
—¿Revistas muggles? —preguntó Luna. Ginny la miró sorprendida.
—¿Theo…?
Luna negó con la cabeza y luego se sonrojó.
—Las ojeo cuando estoy sola y aburrida —comentó sin más, quitándole importancia con un encogimiento de hombros.
—Hablando de imaginación…—interrumpió Neville, quien se reía de la situación incómoda entre las chicas. Él había llegado después, para unirse al grupo, ya que tenía una obra que supervisar— ¿Qué creen que hubiera pasado si… no hubiésemos vuelto para el séptimo año a Hogwarts?
El silencio después de esa pregunta se apodero del salón en el que estaban tomando el té. Solos, ya sin padres o terapeutas.
Sus niños jugaban a las escondidas en el patio. Los Grangers se habían ido a recostar después del almuerzo; Narcissa, a visitar a la madre de Pansy, y los Josmans a tomarse un tren para viajar a Yorkshire, por el fin de semana para reunirse con sus familias fuera de la ciudad.
Se quedaron unos instantes imaginándose la situación recreándola en sus cabezas.
A Hermione se le vino a la mente, como primera imagen, el pelirrojo que solía ser su amigo. Una punzada invadió su estómago y un escalofrío de desconfianza manifestó su peor pesadilla. Frente a cualquier adversidad sintió tristeza. Pensar en su separación le dolía mucho y fue extraño recordar los días en los que Ronald Weasley era un chico amoroso y de ideas propias. Hoy, poco de eso quedaba en su persona. Y descubrió cuánto le dolía, le dolía muchísimo encontrarse con esa realidad.
Pensó en lo que hubiera pasado si la carta de Ron nunca le hubiera llegado, si él hubiera reprimido sus sentimientos y si ella lo hubiera soportado.
El living de una modesta casa de dos habitaciones, cocina y estancia, en el Callejón Diagon se recreó, hipotéticamente, en su cabeza.
Ella estaba recostada en el sillón con una copa de vino en la mano y un libro abierto en la otra. Algo que solía hacer para distenderse luego de una larga jornada de trabajo.
Estaba llegando al capítulo llamado "Inconvenientes" de la nueva ficción célebre, de la escritora Cristina López. Una intrigante historia entre dos amigas y sus aventuras para conquistar a unos chicos del colegio. Le hacía recordar a sus años de juventud y diversión. Pensando en qué hubiera ocurrido si completaba su último año y tenía una graduación común y corriente, como cualquier bruja adolescente.
La figura felina de Amadeus, su nuevo gato color negro, se deslizó por la cabecera del sillón en el que se encontraba, y saltó ágilmente sobre su regazo. Se frotó dulcemente sobre sus costados pidiendo caricias. Ella dejó la copa en la mesita ratona y le dedicó unos roces en su cuello y detrás de sus orejas en círculos. El gato ronroneo gustoso y se hizo un ovillo en sus piernas.
Miró el reloj sobre el marco de la entrada y decidió que había esperado suficiente a su esposo. Con un suave movimiento corrió con cuidado a su mascota, para levantarse y dirigirse a la cocina. Recalentó la cena de la noche anterior, un budín de carne que le había preparado su suegra. Nunca se le había dado bien cocinar y tener a la Sra. Weasley como madre política, lo hacía todo más fácil. Además, a Ron no le gustaban sus recetas improvisadas, omelettes o pre-pizzas. Y no, estaba dispuesto a aprender, de ningún modo.
Una vez puesta la mesa, para ella sola, se sirvió el resto de vino que quedaba en la "bag in box" y se sentó en el taburete frente al tablero rectangular del comedor. Siguió leyendo el libro hasta que terminó la cena. Llevó los platos a la pileta, los lavó y secó con un movimiento de varita. Se sentía un poco mareada debido al alcohol en sangre y la cantidad de papeles que había firmado sin más. Al parecer el mundo mágico estaba acostumbrado a la chica que salvó al mundo, y le daban todo lo que quisiera, ni siquiera le peguntaban o criticaban, solo lo hacían porque era ella. Algo a lo que se había acostumbrado. Algo que se había cansado de discutir con todos. Algo que odiaba de sobremanera, ser sobrevalorada sin fundamento.
Arrastró los pies hasta el baño para darse una corta ducha y así aclarar sus ideas. Necesitaba sacarse las vibras negativas del día.
Luego de refrescarse, se lavó los dientes y se puso su pijama. Hábitos aprendidos desde pequeña en la casa de sus padres. Los extrañaba tanto. No recordaba sus rostros, y casi olvidaba sus voces. Haberlos dejado en Australia había sido su decisión, y aunque le hubiera dolido, no se arrepentía. No hubieran sido felices en todo el proceso de reconstrucción de la memoria. Y no iba a hacerlos sufrir solo por su bien, eso era egoísta, y ella no lo era. Ella era un Gryffindor, fuerte y valiente. Se las aguantaría por el bien de otros.
Aunque… ya estaba un poco cansada de delegar su felicidad a costa de los demás.
Se fue a acostar pensando en esa idea, y mientras se giraba en la cama para encontrar la posición correcta e intentaba, sin demasiada resistencia, cerrar sus ojos; le pareció escuchar el sonido de la puerta de entrada abrirse, y quizás los pasos de su esposo resonar por el pasillo. Había llegado tarde, otra vez.
Al amanecer, Hermione se levantó renovada y con nuevas energías para el sábado que le esperaba. Esa tarde era el casamiento de su mejor amigo, no podía estar más feliz por él y, honestamente, por salir de su casa además de ir a trabajar o hacer las compras en el mercado.
Los brazos de Ron la aprisionaron, atrayéndola hacia su pecho, reclamándole, entre susurros somnolientos que se quedara más tiempo en la cama. Ella rosó sus dedos en leves caricias por la longitud de sus manos. Para luego levantarlas y tratar de escapar. Pero, él la retuvo.
—Ron —le llamó la atención mientras miraba el reloj preocupada— ya son las diez de la mañana y aún tengo que acompañar a tu hermana en los preparativos.
Éste bufó contra su cuello. Se giró para mirarlo a la cara.
Se veía tan hermoso y adorable entre sueños. Con sus pecas bañando sus mejillas y su colorada barba incipiente rozando la almohada. Lo amaba, sí que lo hacía. Pero, se encontraba en un punto en el que no sabía si él lo hacía. La mayor parte del día se sentía sola y, cuando ella le esperaba hasta tarde, nunca estaba animado, llegaba cansado por el trabajo y utilizaba excusas pobres para desviar temas de su relación. Tenían sexo cuando él quería, podía o estaba de humor. Hermione, no se quejaba, había aprendido a acostumbrarse. Ahora, después de tantos años, no estaba segura de poder seguir resistiendo.
Se levantó intentando no incomodarlo, éste se giró hacia el otro lado apenas ella salió de la cama.
Tomó una ducha matinal, se vistió adecuadamente, desayunó unas tostadas, dejó preparado jugo y café para Ron, y luego buscó todo lo que necesitaba para irse. Estaba tan ansiosa por salir, que casi olvidaba su vestido colgado en la puerta del armario, enfundado en un sobre negro para que no se arrugara.
—Hermione… —susurró su esposo desde la cama, cuando casi atravesaba el umbral de la puerta.
Ella se volteó a verlo, con los ojos miel llenos de luz apuntando hacia los suyos, de un verde intenso.
—Lo siento.
No hizo falta aclarar el porqué de su disculpa. Estaba explícito en su mirada. Le devolvió una media sonrisa y asintió.
—Te veo en unas horas —vaticinó. Salió de su habitación con un nudo en la garganta y más dudas enredadas entre sus desordenados risos.
- T6 -
Pasadas unas semanas después del casamiento entre Ginny y Harry. Todo había vuelto a su rutina habitual, solo que ahora había más pilas de papeles para firmar, y menos ganas de seguir trabajando allí.
Necesitaba espacio, tiempo para recordar su cuerpo, sus curvas y recovecos. Ya ni se acordaba hacía cuánto que no tenía relaciones, ni cuánto hacía que se dejaba llevar por sus más profundos instintos y se daba un placer personal.
Estaba hasta aburrida de vivir. Nada la motivaba, nadie la motivaba. Ni siquiera Ginny se veía muy feliz después de casarse, ni hablar de Harry. Acaso, ¿el matrimonio arruinaba la vida de todos? Empezaba a dudarlo…
Ese día, mientras iba caminando por el pasillo principal del cuarto piso del Ministerio de Magia, se topó con algo insólito.
Un niño pequeño tropezó y resbaló hasta ella. La golpeó detrás de las piernas, ya que era de baja estatura. A simple vista, podría decirse que tenía unos siete años. Era muy pálido y de pelo blanco. Sus ojos eran grises y se asemejaban a los de…
—Lo siento, Señora. —dijo con vergüenza el niño. Ella se agachó para quedar a su misma altura y lo miró con aprehensión.
—Disculpa aceptada, caballero. —acordó con voz dulce, luego de esbozar una sonrisa. Ese pequeño la había hecho olvidarse de todos sus problemas, y le había hecho recordar, las ganas que tenía repentinas de ser madre. Como si lo hubiera reprimido por mucho tiempo, la sensibilidad y el deseo comenzó a brotar de sus poros y el pecho a cerrarse, buscando absorber el mayor oxigeno posible.
—¿Está bien?
Ella volvió su vista a él y le asintió lentamente.
—No sé qué me pasó, creo que estoy mareada.
—Oh, quizás comió muchas golosinas —sugirió el pequeño, inocentemente, encogiéndose de hombros.
La castaña sonrió otra vez, radiante por la bondad que desbordaba.
—¿Cómo te llamas? ¿Te has perdido?
—Uhmm… sí, —asintió varias veces con emoción— Scorpius.
A Hermione se le abrieron los ojos de repente sorprendida. Era el hijo de Malfoy. Draco Malfoy. Por supuesto que lo era. Todo su aspecto dejaba claro su procedencia y linaje. Bufó hastiada, ella casi adoptando al niño y resultaba ser del despreocupado y descuidado oxigenado.
Suspiró y reconoció que la culpa no era de Scorpius, su padre era un imbécil, pero tenía que admitir que su hijo era adorable.
—Yo soy Hermione, y puedo guiarte si lo deseas. Solo dime hacia dónde ibas —pidió la chica.
El niño le dio una enorme sonrisa de satisfacción y le señaló el ascensor mágico.
—Papi dijo que lo esperara allí… pe-pero, me distraje con los avioncitos de papel —dijo con las mejillas rojas por ser pillado haciendo alguna travesura. Después llevó su dedo en dirección a una de las cartas que viajaban de un lado al otro hasta aterrizar en su destino. Sonrió y lo tomó de la mano.
—Eso no será problema, Scorpius. Iremos de inmediato a dónde fue tu padre —y me encargaré de regañarlo por dejarte solo. Pensó.
Después de esperar dos segundos, por reloj, frente al ascensor, el rubio ex compañero y Slytherin, salió del transporte y buscó con la mirada a su hijo apenas puso un pie fuera.
Antes que nada, se abalanzó hasta él para darle un abrazo. El niño gritó "¡papi!" y con sus pequeñas manitas envolvió su cuello largo y aristocrático. Hermione se sorprendió de verlo tan cariñoso con su hijo. Besándolo y haciéndole cosquillas.
—Perdón, por hacerte esperar.
El niño sacudió la cabeza y miró a la chica de repente. Malfoy llevó su mirada hacia donde Scorpius y casi fallece en el acto. Se quedó mirándola paralizado, luego el odio invadió sus facciones.
—Hemione, me ayudó a no perderme.
Draco apartó la vista con recelo de la chica y lo miró confundido.
—Scorpius se topó conmigo y no encontraba el camino de vuelta. Yo solo lo traje hasta donde me dijo y esperé que estuviera seguro —soltó ella, arrastrando las palabras. ¿Quién se creía para dudar de ella? Cierto que era del sádico Malfoy de quien estaba hablando.
Éste se relajó al ver que su hijo estaba bien y feliz. Luego volvió la vista hacia ella y asintió con educación.
—Gracias. —dijo como quien no quiere la cosa. Ella se encogió de hombros— Muchacho, hora de irnos.
—¡SI! Este lugar es aburrido ¿la Sra. viene con nosotros?
—Oh, no Scorpius. Vamos a buscar a tu abuela y luego te quedarás con tu madre.
El niño pareció entristecerse por la noticia y a Hermione le enterneció de sobremanera su susceptibilidad frente a la negativa.
—Cierto. Bueno, yo también debo irme —dijo ella, recobrando la compostura. Últimamente, se emocionaba con facilidad y no quería verse tan abierta con sus sentimientos frente al hurón—. Fue un gusto conocerte, Scorpius.
Se agachó para darle la mano y el niño se le tiró a los brazos para rodearla. Ella le devolvió el abrazo con ternura y luego lo dejó en el suelo. Draco miró todo, extrañado y algo curioso.
Ella se despidió del mayor con un asentimiento y se volteó para volver a la salida. No iría a trabajar ese día. Después de darle tantos privilegios por heroína de guerra, creía merecido tomárselo completo. Necesitaba pensar, estaba cohibida. La forma en que Malfoy la había mirado y las sonrisas que le lanzaba cariñoso a su hijo, la habían ablandado. A tal punto que, juraba haber sentido un tipo de atracción hacia él.
Cuando llegó a casa y se tiró a la cama soltando todo su peso, mientras se dejaba llevar por las lágrimas de frustración e impotencia. Se dio cuenta de la falta de amor en su vida. Y eso la hizo recobrar la cordura que parecía haber perdido.
—Supongo que, seríamos unos infelices —decretó Harry— bueno, tu estarías con Ron, Ginny estaría conmigo y nuestras relaciones con las serpientes no existirían…—meditó al fin. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Pansy, acto seguido se apoyó fuerte contra su hombro y rodeó su brazo con ambas manos.
—Yo estaría casada con Blaise. Draco con Astoria y Theo con Daphne.
—En conclusión —cerró Neville— podría haber sido peor.
Con eso todos rieron y el ambiente, poco a poco volvió a su normalidad.
Porque, ella sabía que cuando todos se fueran, Draco seguiría acariciando el dorso de su mano como lo hacía en ese momento, le dedicaría breves sonrisas y miradas cómplices, sus ojos grises serían solo para devorarse los de ella. Que llevaría a Aries a la cama, dormida profundamente sobre su pecho y que, Corvus caminaría con parsimonia a su lado, tomándola de la mano mientras bostezaba y hacía un intento sobre natural para mantenerse despierto. Juntos los llevarían a sus habitaciones, una para cada uno. Besarían sus frentes y les dirían "buenas noches". Ningún gato visitaría su regazo, más bien su esposo lo acogería mientras le hacía el amor. Juntos llegarían al climax, se verían otra de nuevo, a través de sus ojos, reconociéndose el uno al otro. Él le diría "te amo" al oído, y a ella no le cabrían dudas de la veracidad de sus palabras. Entonces lo besaría con intensidad y le contestaría "yo también, Malfoy". Una noche más se abrazarían a la luna y hechos uno, cerrarían sus ojos.
La conclusión a la que había llegado después de su supuesto futuro incierto, no la había sorprendido. En realidad, había comprendido que estaba agradecida con Ron. Le había hecho despertar y ver el mundo tal cual era, a través de su carta. Había sido sincero, a su manera, pero atento a ella y a su sentir. Lo cual, era sumamente valioso. Se había dado cuenta, mirando ahora a su esposo que, su vida con Ron hubiera sido bella, el escenario era potable y la acogía, a pesar de todo, no hubiera sido tan agitada, e impropia para su personalidad. No hubiera sido un desafío para ella, no habría habido discusiones acaloradas, ni sexo en la cocina, ni estrategias para salvar su matrimonio, ni búsquedas implacables de tener hijos, ni risas con su pequeña sabelotodo o con cuentos de guerreros con su espadachín preferido, no habría más desayunos en la cama o migas entre sábanas, no quedaría tiempo para una ducha conjunta o secretas notas en diarios olvidados. Ni hubiera sido ella, ni hubiera sido Draco. El hecho de que no hubiera un "Sr. y Sra. Malfoy" en su buzón de cartas, la perturbaría hasta que lograra tallarlo a fuego en cada papel, solicitud o emblema. Lo haría, aunque el escenario fuera otro, lo lograría, aunque fuera una miserable. Porque, a pesar de todo, ella encontraría en su familia, el refugio para perdonarse. Hermione sabía con certeza que vivía con la adrenalina y el vigor de saberse parte, de ser deseada, de ser amada. Había conocido el amor y la pasión, y estaba segura de que, nada ni nadie impediría que eso se le escapara. Ahora, más que nunca, abrazaría y se aferraría al sentimiento de sentirse viva.
GLOSARIO
*Nareida: Hada del agua.
*Reditus Vitae: Pócima inventada por mí, para significar el efecto que producía "volver a la vida".
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Les voy a extrañar…
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Hasta la próxima!
Cyg.
