¿Qué es el amor?

Nada más y nada menos que un violento huracán que tiene como único objetivo dejarte sin aliento.


Capítulo II: Regla

El lugar era un caos. Los camilleros subían a la inconsciente mujer a la ambulancia, sin dejarse intimidar por las decenas de personas que los amenazaban de muerte si a su querida Bulma le pasaba algo. Sin duda, era muy apreciada en el bar de Roshi.

El anciano se montó en el vehículo y este arrancó con rumbo al hospital del centro. Vegeta miraba sin expresión alguna la escena, a pesar de que por dentro estaba muriendo de ansiedad. Era estúpido, pero esa noche sintió una conexión que en su vida había experimentado. Y no la quería perder, no por el momento.

Apretó los puños con irritación. Sobredosis. Había puesto su atención en una chiquilla testaruda, drogadicta y muy bella.

—¿Qué ocurrió, Vegeta? —cuestionó Raditz, llegando con los demás Son.

—Eso no importa. ¿A dónde la llevaron? Hay que acompañar al vejestorio de Roshi y a la azulita —sentenció Turles. Por primera vez, el flameado estuvo de acuerdo con el imbécil del primo de Kakarotto.

—¡Sí, sí! —asintieron Goku y Gohan. Al parecer, ninguno quería dejar a la familia sola.

—Están en el hospital del centro. Abrochen sus cinturones, no me hago responsable de lo que les suceda —subieron al coche de Vegeta, tragando en seco por las palabras del moreno. El enano no era conocido por su prudencia al manejar.

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Habían pasado casi nueve días y la peli azul seguía dormida. Sus signos vitales eran inestables, lo que le preocupaba infinitamente al pobre de Roshi. Con el cual, por cierto, ya se llevaba mejor. Cuando llegó al hospital junto con los demás, el viejo le empezó a pegar puñetazos rabiosos. Le recriminó engañar a Bulma. Sin embargo, él no se movió de la sala de espera del hospital.

Eso también pasó las siguientes cuarenta y ocho horas. Dejó que el anciano descargara toda la ira y angustia que tenía adentro, sabía que sólo así le permitiría ver después a la intrépida mujer. Los cinco jóvenes se quedaron acompañando a Roshi, y en poco tiempo empezó a entablar diálogos cortos con los susodichos. Con él se demoró más, pero al final cedió. Sobretodo, se disculpó al saber la realidad de la cosas.

—Lo lamento, muchacho. Aunque sigo creyendo que no eres el indicado para mi Bulma —esas fueron sus palabras.

Y él tampoco estaba muy seguro de serlo. Era conocido por su orgullo, característica que no dejaría de lado por muy flechado que estuviera de la peli azul. Probablemente la enamoraría, se acostaría con ella un par de veces, se aburriría y luego la botaría. Ahí sí se tendría que aguantar las patadas de Roshi y de sus amigos, que al parecer habían activado el sensor de hermano mayor con la adolescente.

Vegeta Ouji no tenía intenciones de deshacer el compromiso que le impusieron desde pequeño. Tampoco quería morir sin probar a la muchacha que dormitaba al lado de la pared. Por ende, optó por la opción c, ésa que lastimaría a los demás pero no a su persona: mentir. Engañaría a todo el mundo hasta donde pudiera, con tal de matar dos pájaros de un tiro.

Con sigilo entró a la habitación y acomodó el regalo sorpresa para cuando se levantara. Una sonrisa maliciosa salió, afirmando el plan que cumpliría dentro de poco con la peli azul. Observó esas sugerentes curvas y sintiendo un leve calor en su entrepierna, cerró la puerta encontrándose con el anciano Roshi acostado en los hombros de Gohan. Todos estaban dormidos.

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Un intenso dolor de cabeza la despertó. Abrió sus ojos con pesadez, la luz de la sala la fastidiaba en demasía. Como pudo se incorporó, recostando la espalda en la no tan cómoda camilla del hospital. Tanteó su cuerpo y suspiró al reconocer una infinidad de cables que le recorrían los brazos, piernas, abdomen y demás extremidades.

Lo había vuelto a hacer. Pero... ¿por qué? Juraba sobrellevar de manera excelente el síndrome de abstinencia. Los estudios y el trabajo en el bar la absorbían todo el tiempo, no tenía cómo drogarse. El dinero que ganaba iba directo a su cuenta de ahorros.

Una enfermera entró a la habitación, alegrándose apenas visualizó a la peli azul vivita y coleando. Con cara de muerto viviente, sí, pero respirando.

—Señorita Bulma, me alegro de que haya despertado. Llamaré al doctor y a su padre.

—¡No, espera! —la mujer se detuvo, mirando a la paciente con curiosidad—. ¿Qué me pasó?

La enfermera la observó con pesar, sentándose en los bordes de la camilla. Le acarició el pelo con suavidad, casi de forma maternal.

—Tuvo una sobredosis. El señor Roshi la encontró afuera de la cantina con una botella de whisky vacía y un montón de cocaína. Es un milagro que estés viva.

Bulma tragó grueso. ¡Qué demonios pensaba cuando hizo semejante estupidez! Lágrimas de impotencia salieron de sus hermosos orbes y con furia, golpeó un oso de peluche que había a un lado de la camilla. Analizó el objeto, sorprendida, seguro fue un regalo del anciano Roshi.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos semanas, señorita Bulma.

Mierda. El vejete estará casi a punto de desfallecer. La vez pasada sólo fueron tres días y el pobre no durmió hasta que abrió los ojos. Saltó apurada de la camilla, dándose cuenta con alegría que su pie estaba en perfectas condiciones, al sentir unas urgidas ganas de vomitar.

—¡Señorita Bulma! ¿Qué le sucede?

—¡Baño! —la joven enfermera no entendió al principio, pero unos segundos después, escuchó las horribles arcadas que daba la peli azul. Al parecer se levantó con ánimos, pues seguía gritando desde adentro del cuarto de aseo— ¿Todavía está allí? ¡Vaya y busque a mi papá, debe estar muriéndose de la incertidumbre!

La rubia negó con la cabeza. No comprendía cómo alguien tan espontánea y extrovertida terminaba en el hospital por culpa de una sobredosis.

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Roshi desayunaba un rico sándwich con café en compañía de los cinco sujetos que habían tocado aquel fatídico día en el bar. Les agradecía, pues habían sido un gran apoyo durante esas dos terribles semanas desde que Bulma sufrió la sobredosis. Incluso ya intercambiaba palabras con Vegeta, al este explicar la realidad de su estúpido compromiso.

Sólo es una fachada. Al ser los herederos de dos de las empresas más importantes del país, nuestros padres pensaron que sería una buena idea unir a las familias. Es un matrimonio arreglado. Aunque 18 y yo estamos intentado que lo cancelen, pero no nos ha resultado. Me imagino que conoce bien el maldito temperamento de mi padre.

Le afirmó en ese entonces, sorprendiendo al viejo que ignoraba lo falso de algunas afirmaciones. ¡Ja, y sí que lo conocía! El dueño de empresas Ouji era todo un ogro cuando se lo proponía. Sin embargo, eso no quitaba el hecho de que estaba comprometido. Y Bulma nunca aceptaría eso de un hombre. Jamás. Detuvo sus mordidas y dirigió la vista hacia la habitación en el tercer piso donde atendían a la peli azul.

Ojalá despertara pronto.

Goku luchaba por no cerrar los ojos. Era poco lo que alcanzó a dormir ayer, pues la noticia de que los signos vitales de Bulma se encontraban irregulares sacó del dormitorio a las seis personas que bostezaban con somnolencia en la cafetería frente al hospital. La pequeña e intrépida muchacha se convirtió en una hermanita menor que debían cuidar en cuanto supieron de su adicción a las drogas. Bueno, para Vegeta era algo más, que ni siquiera el moreno podía distinguir.

Y hablando del flameado, fruncía su entrecejo en dirección al centro médico conspirando para que todo saliera bien con sus poderes mentales. Que no tenía, obviamente, pero nada perdía con intentar. Una risa irónica salió de los labios de Turles.

—Joder, Vegeta. Quedarás uniceja si sigues así.

Ante la tensión del momento, el pseudo chiste de Turles les sacó unas carcajadas. Una mueca de molestia se postró en el rostro imperturbable del Ouji.

Idiota.

—Muérete, insecto.

Un barullo distrajo la atención de Gohan. Era por mucho, el más lúcido de todos. Los demás sólo revolvían sus cabellos, masajeaban cualquier parte del cuerpo en busca de relajación y comentaban algunas palabras de vez en cuando. No le ponían cuidado al aspecto desaliñado que traían o a las personas a su alrededor. Por eso, no captaron la imagen de una peli azul con su bata de hospital marchándose del recinto a paso rápido y con los pies descalzos.

—Chicos…—los llamó, pero ninguno contestó. Se empezaban a quedar dormidos. —¡Chicos!

Dieron un saltillo en sus asientos. Raditz gruñó con enojo, el nerd le había impedido descansar.

—Cállate, demonios. Chillas peor que mamá, Gohan.

—¡Bulma se fue corriendo por allá! —el más pequeño en edad no le prestó bolas al comentario mal intencionado de su hermano y señaló con preocupación una de las avenidas más importantes de la zona. El de pelo en puntas alzó una ceja… hasta donde él sabía, la mujer seguía postrada en una cama.

Los hombres se miraron entre sí y soltaron la carcajada, sin creerse nada de lo que dijo el menor de los Son. El celular de Roshi sonó y el nombre que aparecía en la pantalla lo alteró, era la enfermera. Esperaba buenas noticias, tanto tiempo sin su azulita lo ponía de malas. Puso la conversación en altavoz al notar la curiosidad de los demás.

—Hola, Lunch.

—¡Señor Roshi, la señorita Bulma abandonó su habitación y no sé dónde está! Algunos pacientes dijeron que salió corriendo del hospital, pero eso es una locura.

Gohan sonrió con triunfo. Ahí tenían por no creer sus palabras. Roshi arrojó el celular, cayendo en las manos de Goku. Todos se levantaron y corrieron hacia donde el intelectual chico les señaló con anterioridad.

—No te preocupes, Lunch. Creemos saber dónde está —habló Goku para calmar a la enfermera. Colgó esperando que la peli azul no se hubiera apartado demasiado del lugar.

—¿Cómo diablos tiene energías para correr después de despertar de un coma etílico? —preguntó Vegeta. Esa mujer le sacaría canas muy pronto con sus malditas acciones. Pero por ahora, sólo quería encontrarla, y tal vez follarla. Negó con lo último, qué mala idea. Tiempo al tiempo.

—Mi querida niña es impredecible —mencionó Roshi.

Estuvieron de acuerdo. Bulma era un puto enigma.

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Corría como alma que lleva el diablo. Los pies le comenzaban a doler a causa de las protuberancias que había en los andenes, pero nada la detendría. Ella era Bulma Brief y encontraría a su padre antes de que cometiera alguna locura. Rememoró los cuchicheos que oyó por equivocación mientras arreglaba su azul cabello para no lucir tan desarreglada ante el anciano.

¿En serio? No parecía alguien con depresión o algo así.

Probablemente no aguantó ver a su hija conectada a un montón de máquinas. La cosa es que no paraba de murmurar que se atascaría de pastillas si la enfermita no despertaba en la mañana.

La peli azul se tapó la boca. ¿Hablaban de su padre?

Bulma miró el reloj de la habitación. ¡Todavía estaba a tiempo! Salvaría al idiota de Roshi y le quitaría esos pensamientos suicidas con un golpe en los testículos. Sin dudarlo, abrió la puerta con rudeza y emprendió camino a casa con un trote digno de un atleta de alto nivel.

Ahora que pensaba con claridad, no se cambió la bata por algo más práctico. Su trasero y espalda estaban descubiertos, pero eso no le importó en lo más mínimo. Es más, deberían de alabarla por dejar a la vista el bien formado cuerpo que tenía. Llegó a la bahía y aceleró al sentir la arena acariciándole los dedos. De un momento a otro, se tropezó con una piedra y cayó de cara, embarrándose de arena blanca en cada poro de su piel.

Qué vergüenza.

Algo la desconcentró. Seis voces gritaban su nombre con vehemencia. Reconoció una en especial, que la obligó a levantarse para confirmar si era verdad. Observó con lágrimas a su mentor corriendo con desespero hacia ella y le abrió los brazos, fundiéndose en un tierno abrazo al encontrarse. El anciano murmuró palabras inentendibles y cuando la peli azul se acordó del motivo por el que abandonó el centro médico, le pegó una patada en los testículos al mayor.

Roshi se retorció de dolor. Y Bulma miró por primera vez a las otras personas que acompañaban al vejete. Se le hacían conocidos… en especial ese cabeza de flama que la veía como si fuera un pedazo de carne.

—¡No te atrevas a pensar en hacer algo así de nuevo, viejo! Casi me muero del susto creyendo que te habías suicidado —exclamó ofendida.

—¿Ah? Pero qué demonios dices, ¡si la que por poco se mueres eres tú! Joder Bulma, me las hundiste —sollozó adolorido, sobándose sus preciados amigos.

La peli azul analizó por unos instantes las palabras del anciano. Y se dio cuenta de algo: esa persona de la que hablaban no era su padre. Rio avergonzada, había hecho otra escenita por confundir las cosas. Además, todavía no comprendo las razones de mi intoxicación.

—Je, lo siento. Mala mía, viejo verde—movió las manos haciendo el símbolo de amor y paz —. Por cierto, ¿quiénes son ustedes?

Los jóvenes músicos casi se van de espaldas al escuchar a la recién levantada. No podía ser que se olvidara de ellos por culpa de la maldita sobredosis. Bulma carraspeó, aún no le decían quién putas eran. Tal vez son sordomudos, pensó. Les hizo algunas señas con las manos, pero nada. Suspiró frustrada, odiaba que la ignoraran.

—Déjate de bromas, mujer —bramó Vegeta.

—¿De verdad no nos recuerdas? —indagó Goku, con esperanzas.

La peli azul se cruzó de brazos. Si lo hiciera, no les preguntaría semejante cosa.

—Pero cómo se va a acordar si no los conoce, imbéciles —después de recuperarse del golpe, Roshi les pegó un zape a cada uno. El intelecto de esos cinco juntos no sobrepasaba al de un cerdo—. Bulma, querida, estos bromistas de aquí son los nuevos músicos del bar. Son tan nobles de corazón, pequeña, unos ángeles… me acompañaron este rato que estuviste en coma.

La peli azul dudó un poco por la cara de confusión que mostraban los sujetos. Tardaron un tiempo en reaccionar, pero al cabo de unos segundos sonrieron y pusieron la mejor mueca de solidaridad posible.

—Exacto, preciosa. Esperamos que aceptes esta oferta de amistad de parte de cinco fortachones que sólo quieren lo mejor para ti, dulzura —remató guiñando un ojo. Roshi se llevó la mano a la cara, rogando a todos los dioses que su hija no haya prestado atención a las palabras de Turles. En cambio, los demás asintieron con firmeza, orgullosos de la labia del Son.

La vena en la frente de Bulma palpitada debido al enojo. ¿Le estaban tomando del pelo? ¿A ella, la gran Bulma Brief? ¡Y encima el puto anciano no decía nada! Sí claro, como si se fuera a tragar ese cuento de buen samaritano así sin más. Decidió seguirles el juego, merecían un escarmiento por poner en duda su raciocinio.

—¡Oh, qué caballeros! Y yo que pensé que los buenos hombres habían desaparecido de la faz de la tierra... —juntó sus manos de forma soñadora, agradecida. Vegeta frunció el ceño, esa no era la actitud de la vulgar ni por asomo. Pero los otros idiotas ni cuenta se dieron, ocupados con interpretar el papel de good boy —..., claro que acepto vuestra amistad. Irán de compras conmigo, hablaremos de chicos, nos pondremos mascarillas, será genial. ¡Siempre quise hacer esto!

Tragaron grueso, ninguno quería participar en tales barbaridades. Se imaginaron a si mismos con dos rodajas de pepino en los ojos y yogurt por toda la cara, temblando de miedo en el proceso. Roshi ladeó la cabeza con ironía, la peli azul había mostrado lo diabólica que podría llegar a ser.

—Ya, ya, no los asustes más, querida. Los pobrecitos no han respirado.

Bulma sonrió triunfante.

—La próxima vez que intenten engañarme, cuiden sus bolas. Nadie se burla de la mujer más intrépida del planeta.

—¡Qué! ¿Cómo lo descubriste?

—No seas tan pendejo, Raditz, era más que obvio que se daría cuenta con las idioteces que dijo la sabandija de Turles.

—Parece que eres el único más o menos inteligente, enano.

—¡¿Me has llamado enano, mujer vulgar?!

—Cálmate Vegeta, no te sulfures sólo porque una mujer te dijo la verdad.

—Tienes dos segundos para correr, Kakarotto.

—No, no, no. ¡Gohan, sálvame!

—Me encargaré de hacerte un ramo de flores fantástico para tu funeral, Goku.

El nerd despidió con una mano al distraído de su hermano que corría como loco con Vegeta pisándole los talones. Raditz y Turles conversaban acerca de lo increíblemente estúpidos que se sentían al dejarse pillar tan fácil de la peli azul. Roshi y la susodicha discutían con un tono de voz elevado, la mujer—a pesar de darse cuenta de su desnudez parcial— hacía caso omiso de las miradas lascivas e incriminatorias de la gente que estaba en la playa antes del espectáculo que montaron.

Al saberse solo, se sentó a unos cuantos pasos del mar y miró al horizonte con la mente en blanco. Nació en cuna de oro, no estaba acostumbrado a lidiar con historias de vida tan complejas como la de la peli azul. Sabía que Bulma era feliz con lo poco que tenía, entonces… ¿qué la orillaba a drogarse de un modo tan atroz? Ni la más avanzada fórmula lograba ayudarlo a descubrir tal misterio. Presentía que la azulita ocultaba muchas cosas, incluso a Roshi.

Sintió un peso caer con brusquedad al lado. Asombrado, descubrió que Bulma lo acompañaba a mirar el horizonte con una mueca de frustración visible de aquí al infierno.

—Siguen tratándome como estúpida. El anciano no me quiere decir qué mierdas fue lo que pasó —la peli azul cogió un puñado de arena y lo lanzó con fuerza. Molesta era poco para describir su estado emocional actual. Colérica, furiosa.

Gohan elevó sus comisuras, sí que tenía carácter.

—Te diré la verdad, pero prométeme que será un secreto entre los dos —tomó el silencio de la mujer como un sí, que ostentaba una expresión curiosa —. Hace dos semanas, el día que sufriste la sobredosis, fuimos a tocar al bar. Todos nos hicimos amigos en el poco tiempo que hablamos, por eso estamos aquí, velando por tu bienestar. Te veías alegre y contenta. Sin embargo, peleaste con tu padre y saliste de la cantina con una botella de whisky en la mano. Roshi sugirió que te dejáramos sola, y así lo hicimos. Tardabas mucho, por lo que fuimos a buscarte… y bueno, ya sabes en qué estado de encontramos. Al parecer tratabas de olvidarte de algo, o alguien. Tal vez Roshi piensa que lo mejor sea que borres ese día por completo de tu mente, y yo también. Si lo hiciste, tenías tus razones.

Bulma meditó las palabras del come libros un tiempo. ¿Sería Yamcha, otra vez? Sacudió la cabeza. Lo que haya sido, el sujeto a su lado estaba en lo cierto. No cometía locuras sólo porque sí. Y si aquello era tan fuerte como para forzar a su cuerpo de esa manera, lo mejor era olvidarlo. Feliz con la respuesta, rodeó a Gohan con su brazo derecho.

—Gracias…—susurró.

—No hay de qué —respondió con dulzura.

Vegeta observaba rabioso la escenita que protagonizaban la escoria de Gohan y su—futura—conquista. Maldito insecto aprovechado. Dejó de perseguir al imbécil de Kakarotto y cambió su rumbo con dirección al empalagoso embrollo, dispuesto a romperlo en pedacitos. Se le encendió el bombillo de las ideas y con malicia, empezó a desvestirse sin dejar de mirar fijamente a la azulita.

—Ahora, cuéntame un poco de cada uno. En especial del en... —se mordió la lengua con lo último, no quería quedar como una mocosa enamorada. Pero, joder, el sujeto era lo más sexy que sus ojos hayan podido ver en la vida. Gohan reprimió una carcajada, ni siquiera con mil sobredosis lograría quitarse a Vegeta de la cabeza. Ya tenía conocimiento de los planes de interrumpir el compromiso del flameado, cosa que lo sorprendió pues nunca tuvo esas ideas, pero qué más daba. Sentía la química entre los dos, y esta vez, él se encargaría de encaminar bien las cosas.

Sería un puto cupido.

Antes de decir pío, ambos fueron levantados como costales por alguien desconocido y los arrojaron al mar sin delicadeza. Al voltearse para maldecir al culpable, se quedaron mudos al ver de quién se trataba. Gohan por miedo; Bulma porque Vegeta se había quitado la camisa y los pantalones, quedando sólo en bóxer. El flameado esbozó una sonrisa de medio lado, dándose cuenta del sonrojo de la peli azul.

Su superioridad no duró mucho. Goku llegó por detrás y lo empujó, haciendo reír a los otros dos.

—¡Bomba atómica! —gritaron al unísono Raditz y Turles, clavándose de forma olímpica al mar.

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Continuaron bromeando y chapoteando en las aguas turquesas, del mismo color de los excéntricos orbes de Bulma. Esta no dejaba pasar la más mínima oportunidad para tocar los definidos músculos de Vegeta.

—¡Ay! Sentí como si algo se subiera a mi pierna —exclamó, abrazando al moreno con los brazos en su cuello y enroscado las piernas en el abdomen marcado del enanito sexy. Vegeta sacó un alga de dentro del agua, mostrándosela a Bulma con una sonrisa de autosuficiencia.

—¿Por esto chillabas, mujer? —las mejillas se le tiñeron de rojo. Un objeto en la mano de Vegeta la llamó la atención, y aprovechando la cercanía, lo miró con detenimiento, aterrándose al descubrir qué era.

—Un anillo de compromiso… no me digas tú est —un dedo en su boca la interrumpió. El moreno no dejaría que estropeara sus planes, no de nuevo.

Vegeta le explicó lo que sucedía, mintiéndole un poco y despotricando en contra de la—según él— insulsa, aburrida y egoísta mujer con la que lo comprometieron. Y a pesar de que el semblante de la peli azul cambió mucho, esta se separó de inmediato como si su presencia quemara, yendo hacia donde los otros cuatro jugaban a caballito.

Bulma Brief sólo tenía una regla en cuanto hombres: no meterse con comprometidos.

Y por mucho que quisiera romperla para lanzarse encima de Vegeta y besarlo sin ningún pudor, no podía. Esperaba que lograra cancelar el compromiso, ahí sí se daría cuenta el maldito Vegeta Ouji de lo maravillosa que podría ser Bulma Brief. Pero por ahora… lo máximo que haría, es dedicarle sus sueños húmedos.

El flameado rechistó. No creía que fuera fácil, pero la adolescente parecía repeler cualquier contacto con su persona desde que conoció su estado civil. Tendría que ser más recursivo.

Roshi suspiró, sentado en la orilla, al ver que la pequeña y testaruda peli azul se alejaba del bajista. Lo único que deseaba para su Bulma era felicidad, y no creía que al lado del Ouji la encontrara.

Por el bien del moreno, esperaba que nunca le hiciera daño. No le importaría romper su cuello a la más mínima lágrima de la peli azul.