Capítulo IV - Bona diagnosis, bona curatio 1ª parte
Después de que Izaya se quedase dormido, Kadota le había llevado a una de las habitaciones para que estuviese más cómodo mientras Shinra llamaba a Mairu. Las gemelas llegaron rápidamente en cuanto se enteraron de que su hermano había estado evitando dormir. Celty preparó algo de té y se lo ofreció a las recién llegadas, Kadota se entretuvo mirando a ningún lugar en concreto, Shizuo volvió a sentarse en uno de los sillones y Shinra se acercó a comprobar el estado de Izaya.
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Gritos. Gritos de dolor, de angustia, de terror. Izaya se encontraba encogido en un rincón, tratando de pasar desapercibido. Intentando en vano que él no se diera cuenta de su existencia. Pero como siempre, eso no funcionaba. Entre los gritos y llantos, Izaya pudo escuchar el sonido de pasos acercándose. Instintivamente se encogió aún más, acercando sus rodillas a su pecho y rodeándolas con los brazos. Cerró los ojos y se ocultó lo mejor que pudo entre la oscuridad.
- ¿Otra vez igual, Izaya-kun? – preguntó una voz ruda con un pequeño matiz de furor.
Un fuerte brazo penetró la oscuridad en la que Izaya se escondía, arrastrándole lejos de ella y de la seguridad que le proporcionaba. El chico moreno comenzó a revolverse con la pequeña esperanza de conseguir que le soltara. Incluso se atrevió a morderle la mano, lo que hizo que el hombre le pegara un bofetón. Izaya quedó sentado en el suelo, llorando y temblando de impotencia por no poder haber conseguido nada. El sonido de un cinturón siendo desabrochado le puso en alerta y levantó un poco la cabeza. El hombre le mostró una sonrisa llena de perlados dientes y volvió a cogerle del brazo, obligándole a levantarse. Izaya fue arrastrado por aquel brutal individuo y lanzado por el mismo a una enorme cama matrimonial.
- Izaya-kun, ¿me dejas llamarte Iza-chan? – preguntó él acercando su asqueroso rostro al de Izaya. Como el pequeño no respondió, decidió darse permiso él mismo – ¿Sabes, Iza-chan? Pensaba tratarte con la dulzura que te mereces, pero eso de esconderte de mí no me ha gustado nada.
El hombre comenzó a lamerle lentamente el cuello mientras que con una mano sujetaba ambas muñecas de Izaya por encima de su cabeza y con la otra le subía la oscura camiseta. Dejó de lamerle el cuello y pasó a su pecho. Izaya ladeó la cabeza y desvió la mirada al techo. En cuanto notó cómo el hombre le empezaba a bajar los pantalones, cerró los ojos y se mordió el labio inferior con fuerza. Unos fuertes dedos le agarraron el rostro y le obligaron a girar la cabeza.
- Mírame, Iza-chan – susurró el hombre.
Izaya abrió lentamente los ojos y se encontró con un pozo carmesí que le miraba lleno de lujuria.
- No me gusta nada tener que hacer esto, pero es necesario para que aprendas la lección. Haré que llores desconsolado, que grites de dolor, que te sientas como la mierda que eres. Te juro que vas a arrepentirte y desear no haberte escondido, mi querido Iza-chan.
Cuando el hombre se fue, Izaya quedó tumbado boca abajo sobre la cama, tapado únicamente con los retales de una manta. Las lágrimas comenzaron a caer de sus rojizos ojos, humedeciendo la zona del rasgado colchón sobre el que se había ido haciendo una bola lentamente. La sangre se deslizaba por su espalda, allí donde el hombre había clavado sus uñas, y por su labio inferior, el cual él mismo había mordido en un intento para olvidar el dolor que sentía en otras partes de su cuerpo.
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Izaya abrió los ojos. Un techo blanco le dio la bienvenida en su despertar. Parpadeó varias veces, con lentitud, y recordó el sueño que había tenido. Otra vez los recuerdos volvían a apropiarse de su mente por las noches. Al pensar en eso, advirtió el claro color del techo, siendo el suyo negro. Giró la cabeza y vio cómo la luz del sol entraba por el balcón y cómo la brisa agitaba suavemente las cortinas. Su habitación no tenía un balcón, sino un ventanal. ¿Dónde estaba entonces? En condiciones normales habría estado preocupado por encontrarse en un lugar desconocido, pero ahora todo en lo que podía pensar era en el chico que le había salvado la vida hacía unas semanas. El sueño que había tenido le había recordado aquel accidente que casi acaba con su vida y al chico que lo había evitado.
Estaba completamente seguro de que era él. ¿Quién más podría tener el pelo tan níveo? Jamás pensó que volvería a verle. Él no podía haber aparecido. No. No podía estar en la ciudad. Él estaba…
Pero, si efectivamente se trataba de él, tenía miedo de lo que pudiera pasar. Aunque más miedo le daba el hecho de que le odiara. No podría soportar que él, entre todos los humanos, le odiase.
- Juusan… – su nombre se escapó de sus labios antes de que pudiera darse cuenta de que no estaba solo.
- ¿Trece? ¿Qué pasa con el trece, Izaya?
- ¿Shinra?
El doctor le miraba con su eterna sonrisa pintada en los labios mientras cogía una silla y la acercaba a la cama.
- ¿Qué tal te encuentras?
- ¿Me he desmayado? – preguntó Izaya débilmente, cerrando los ojos.
- Te puse un tranquilizante, ¿recuerdas? Lo que me preocupa es el ataque de histeria que tuviste hace unas semanas. ¿Qué pasó, Izaya? – al no obtener respuesta por parte del chico de cabello azabache, decidió continuar – Mairu me contó lo del accidente. Y que te salvó un misterioso chico de cabello blanco.
- Hum, antes era plateado… – susurró Izaya.
- ¿Qué? – preguntó Shinra, pero su amigo había vuelto a dormirse.
Shinra salió de la habitación y se dirigió al salón, donde le esperaban las hermanas de Izaya, Celty, Shizuo y Kadota.
- ¿Ha despertado ya Iza-nii? – preguntó Mairu nada más ver al doctor.
- Sí – respondió y, al ver cómo la chica se levantaba, añadió –, pero ha vuelto a quedarse dormido. Antes de eso he podido hablar con él.
- ¿Te ha contado algo acerca del chico de cabello blanco?
- No, pero tengo la sospecha de que le conoce. Es más, me atrevería a decir que estoy completamente seguro de ello.
"Pero, ¿cómo lo sabes?" – escribió Celty en su PDA.
- Cuando le mencioné al chico de cabello blanco, me dijo que antes era plateado.
- Eso demuestra que se conocían, ¿no? – dijo Kadota inclinándose un poco en su silla.
"¿Vosotras sabéis algo?".
- No – respondió Mairu agachando la cabeza.
- También ha mencionado algo sobre un trece. Aunque lo más probable es que sea un efecto secundario del tranquilizante.
El rostro de Kururi permaneció igual de impasible mientras miraba la expresión apesadumbrada de su hermana. Shizuo no pudo evitar ver en ella a Kasuka. Entonces, una especie de destello surgió en los marrones ojos de Kururi y, aunque desapareció segundos después, no pasó desapercibido para ninguno de los presentes. A excepción de Mairu, que seguía con la vista fija en el suelo. Kururi comenzó a darle suaves toquecitos en el hombro a su gemela y, cuando esta alzó la mirada para verla, comenzó a hablar:
- Sí. Quince (Hace quince años) – dijo con voz suave y tranquila.
Los ojos de Mairu comenzaron a brillar con temor al escuchar la sugerencia de su hermana. El resto las miraba interrogantes, sin atreverse a interrumpir el silencio en el que se habían sumido para pasar a comunicarse a través de miradas. Ninguno de ellos entendía qué tan importante podía ser algo ocurrido hace tantos años.
- Kuru-nee, ¿de verdad crees que puede ser?
- Sí.
- ¿Qué pasa? – preguntó finalmente Shinra.
- No sé si deberíamos contarlo. Es algo referente al pasado de Iza-nii y estoy segura de que no quiere que nadie lo sepa.
- Si eso puede darnos una pista de cómo ayudar a Izaya, es mejor que lo contéis – animó Shinra.
- Bueno, veréis… – empezó Mairu, dudosa aún sobre si debía seguir o no –. Nuestros padres nunca fueron los más cariñosos del mundo, por lo que prácticamente fue Iza-nii el que nos crió.
- Okaa-sama. Fuera (Nuestra madre estaba fuera la mayor parte del tiempo).
- Y Otoo-sama se pasaba el día en la oficina. Por lo que nos ha contado una vecina nuestra, antes de que nosotras naciéramos, su abuela solía pasarse por casa para ver a Iza-nii.
- Anciana. Cuidar (Era una señora anciana, pero Okaa-sama la contrató para cuidar de Iza-nii).
- Cuando la señora murió Iza-nii volvió a quedarse solo, pero esta vez también tenía que cuidar de nosotras. Entonces Otoo-sama nos llevó a los tres con su hermano.
- Cinco. Casa (A los cinco años volvimos a casa).
- Iza-nii se quedó solo con ese hombre. Decía que lo prefería porque su casa estaba más cerca de la Academia, pero nunca le creímos.
- Amenaza.
- Iza-nii le tenía miedo. Recuerdo haberlo visto en sus ojos. Oji-san solía volver borracho del trabajo y siempre la tomaba con Iza-nii. Le daba unas horribles palizas y luego se encerraba con él en uno de los cuartos. Iza-nii no salía hasta que amanecía de nuevo. Un día fuimos a ver a Iza-nii a la Academia. Tan solo había pasado un año desde que volvimos a casa, pero él ya no era el mismo. Podía verlo en sus ojos. Se habían vuelto más fríos, más… inhumanos. Eso es todo lo que sabemos. Iza-nii nunca nos contó nada. Supongo que no quiere recordar esos años de su infancia.
La habitación se sumió en un profundo silencio. Celty comenzó a arrepentirse de haber detestado a Izaya todo ese tiempo sin saber por lo que había pasado, Kadota se maldijo por no haber sido capaz de preguntarle nada a Izaya cuando le veía decaído en los tiempos en que estudiaban juntos en Raira y Shizuo… Shizuo sintió unos irrefrenables deseos de matar a golpes al tipo que le había desgraciado la vida a su némesis. Némesis que tal vez nunca lo hubiese sido si nada de eso hubiera pasado. Qué cruel podía ser la vida.
- Entonces… el trece… ¿qué tiene que ver con esto? – preguntó Shinra.
- Creo recordar que así llamaba a un amigo. Juusan – respondió Mairu viendo cómo su hermana asentía silenciosamente.
Shinra apoyó los codos en la mesa de cristal y juntó las manos, dejando reposar su barbilla sobre los dedos.
- Mairu – dijo Kururi repentinamente –. Cámara.
- ¿Qué cámara? – preguntó Shinra, mirándolas de reojo.
- ¡Cierto! ¡Me había olvidado! – gritó Mairu –. En ningún momento nos fiamos de él así que, mientras Iza-nii estaba en la Academia y Oji-san en el trabajo, entramos en el apartamento y colocamos una cámara en el salón. Pero nunca llegamos a ver la grabación.
Hasta el próximo sábado o domingo!
