Capítulo X - Código secreto
Cuando Izaya despertó todo estaba oscuro. Se frotó los ojos con cansancio, notando sus mejillas húmedas, y suspiró. Había vuelto a tener una pesadilla con su tío. Aunque realmente deseaba que solo se tratase de un mal sueño y no de recuerdos de su infancia. Se quedó unos segundos perdido en la completa oscuridad, admirando la nada, escuchando las voces que discutían en el salón. Sabía que hablaban de él, pero no tenía tiempo para prestarles atención. Una vez sentado en la cama, tanteó la mesilla de noche en busca del interruptor. El informante se levantó, no sin antes parpadear un par de veces para acostumbrarse a la luz, y decidió hacer honor a su título. Sacó su fiel navaja del bolsillo de su abrigo y forzó la cerradura de uno de los cajones de la cómoda. Con una sonrisa de satisfacción liberó a su portátil de su prisión de madera y se lo llevó con él de vuelta a la cama. Había llamado a Namie para que le llevase el portátil a la dirección del médico ilegal, con la intención de seguir trabajando aun recluido, pero Shinra se había negado y se lo había arrebatado de las manos nada más dárselo Namie.
Aguzó el oído y su cuerpo se inclinó instintivamente hacia la puerta. No tenía ni idea de lo que hacían los otros en el salón pero, a juzgar por sus alteradas voces, estarían entretenidos un buen rato. Debía aprovechar todo el tiempo del que dispusiera antes de que Shinra fuera a verle. Ya después se encargaría de averiguar lo que estaban haciendo. Cuando la luz del portátil le dio de lleno, no perdió el tiempo y abrió tres de sus carpetas.
Esas últimas semanas apenas había dormido y las pocas horas de sueño que había logrado en casa de Shinra no le habían ayudado en lo más mínimo. Probablemente ese fuera el motivo por el que le costaba concentrarse y recordar dónde estaba la información que tanto le urgía encontrar. Finalmente, la halló en un documento con contraseña y completamente cifrado. Solo él podría entender el significado de tanto símbolo y número. Escudriñó la pantalla y comenzó a leer aquella información que hacía años no miraba.
Después de que su tío muriera en aquel incendio, no había tenido la necesidad de usar más aquella información, que encontró completamente inútil e innecesaria. Varias veces pensó en eliminarla pero, cada vez que la seleccionaba, terminaba haciendo clic en "cancelar". Durante dos años estuvo leyendo el documento todas las noches antes de acostarse, a pesar de que Hayato ya no estaba para hacerle ningún mal. No supo por qué. No era precisamente una lectura ligera o amena. Quizás trataba de entender el comportamiento de su tío, el motivo por el que había decidido hacer de su vida un infierno. Cuando era adolescente, realmente había pensado que no era humano, que era el diablo vestido de hombre. Y recordar las palabras que su tío le había dirigido cierto día le hizo sonreír amargamente.
"¿No lo entiendes, Izaya? Tú eres el demonio".
¿Qué haría si volvía a encontrárselo? Aquello no se lo había dicho ni a sus hermanas, pero el motivo por el que se había negado a dormir durante una semana no había sido solo por las pesadillas, sino porque Hayato había ido a verle personalmente. Namie le había dejado pasar, creyendo que se trataba de otro cliente, y se había marchado a petición de Izaya. El moreno se arrepintió en cuanto reconoció al hombre sentado frente a él. Pero, extrañamente, Hayato no se mostró violento. Tan solo le hizo una pequeña advertencia y se retiró con la misma sonrisa con la que había entrado, dejando a Izaya temblando en su sitio. Después de esa pequeña charla, se había mudado temporalmente a uno de sus apartamentos en Ikebukuro. Se había vuelto paranoico durante esos días, cambiando de residencia cada vez que sospechaba que alguien le seguía. Entonces se vio recluido en casa de Shinra y, aunque en un principio estuvo en contra, más tarde pensó que sería un buen escondite. Hasta que Hayato había llamado a Celty. Se vio obligado a actuar como si fuera la primera vez en años que escuchaba su voz, cosa que no le fue muy difícil debido a que el miedo que sentía era real. Sintió un escalofrío solo de pensar en él.
"Céntrate en lo que tienes que buscar", se dijo a sí mismo el informante. Y continuó leyendo hasta que llegó a una página marcada. Un grueso círculo rojo rodeaba el número de página y una línea del mismo color señalaba un extenso párrafo escrito con un código diferente al del resto del documento.
Esa página, a diferencia de todas las demás, era un papel antiguo y medio destrozado que Izaya había escaneado. El texto no ocupaba más de la mitad de la página y los caracteres eran reconocibles, pero Izaya nunca había conseguido descifrarlo. Lo encontró en la empresa de Hayato, cuando fue a registrar su despacho. Su tío hacía semanas que había sido encarcelado y necesitaban a un familiar interesado en llevarse sus pertenencias, pues de nada les servían a la policía, que ya había encontrado todo lo necesario en el apartamento que Hayato compartía con su sobrino.
Izaya se llevó en una caja de cartón objetos tan inútiles como pequeñas figuritas decorativas, algunos cuadros abstractos y cantidad de instrumentos de oficina. Una vez lo hubo metido todo en el limitado espacio que le habían cedido, se dedicó a registrar las estanterías y los cajones. Encontró algún que otro papel de publicidad de la empresa y varios libros, de los que solo se llevó uno. No porque le hubiese llamado la atención la portada ni nada por el estilo, pues había dispuesto del tiempo suficiente para mirarlos uno a uno tranquilamente, sino porque era lo más parecido a un diario. La portada anunciaba que el libro era uno de los más aburridos que podrías encontrarte. Su color verde oscuro y las letras doradas que rezaban "Técnicas empresariales" no llamaban demasiado la atención. Pero Izaya no pensaba pasar nada por alto. Y lo abrió. Su sonrisa alcanzó lo que solo podría definirse como una siniestra mueca.
Hayato estaba en la cárcel, pero la familia Orihara era poderosa y su tío seguía teniendo el suficiente dinero como para comprar a todos los trabajadores de la prisión. Si por algún motivo Hayato conseguía la libertad, él tendría algo con lo que enfrentarle. O eso creyó al menos.
Leyó y releyó el diario hasta casi sabérselo de memoria. Marcó páginas, subrayó frases e incluso trató de unir palabras aparentemente dispares. No se podía permitir dejar nada sin revisar en aquel condenado diario. Sin embargo, aún después de todas las vueltas que le había dado, lo único que había logrado había sido perder el tiempo. En un arrebato de ira y frustración, tiró con rabia todo lo que había sobre la mesa del salón, incluyendo la caja que contenía las pertenencias de su tío, que aún estaba sin vaciar.
Mairu y Kururi asomaron sus cabezas por el pasillo al escuchar el estruendo y observaron cómo su hermano miraba fijamente un punto en el suelo.
¿Estás bien, Iza-nii? – preguntó Mairu, apretando con fuerza la mano de su gemela.
La mirada de Izaya la asustaba. Desde que su hermano había regresado, las cosas entre ellos habían cambiado. Echaba de menos que fuera dulce con ellas, jugar al escondite en la casa y que las fuera a buscar al colegio.
No ocurre nada, Mairu. Podéis seguir jugando.
Izaya se agachó ante uno de los cuadros y lo recogió. Estuvo observándolo durante unos segundos antes de dirigirse a su habitación, dejando a las gemelas y al resto de trastos en el salón.
Y en ese momento, nueve años después, se encontraba con el ceño fruncido mirando en la pantalla de su portátil el mismo papel que había encontrado escondido en el interior del marco. Aquel mensaje debía de ser realmente importante si su tío había usado un código tan difícil. Y si había preguntado indirectamente por los objetos de su despacho cuando le visitó por sorpresa. Hayato buscaba aquel papel. Ahora más que nunca deseaba con todas sus fuerzas poder descifrarlo.
Sacó una foto a la pantalla con el móvil, apagó el ordenador y lo devolvió a su hogar provisional en el cajón de la cómoda. Se estaba sentando de nuevo en la cama cuando alguien llamó a su puerta. No abrió ni contestó. Tan solo se quedó mirando fijamente la superficie de madera. Al cabo de unos segundos esta se abrió y apareció una cabellera rubia.
Oh. Pensé que estabas dormido. Como no respondías…
Izaya examinó concienzudamente a Shizuo con ojos inertes. El rubio estaba tranquilo, demasiado tranquilo podría decirse. Nada en su rostro indicaba ira o furia. Era como un lienzo antes de hacer pintada alguna, sin mancha ni defectos. Completamente acendrado. Nada se entreveía en él.
Normalmente aquello molestaría a Izaya de sobremanera. El hecho de que Shizuo se encontrase tranquilo era algo que no podía permitir, no podía dejar que se creyera uno de sus amados humanos. Pero en esos momentos solo sentía asombro.
¿Tienes hambre?
Quizás el asombro se quedase corto. ¿Desde cuándo Shizuo se mantenía tranquilo en su presencia? ¿Desde cuándo le hablaba tan delicadamente? ¿Desde cuándo mostraba… preocupación por él? Ante el inusual silencio de Izaya, el guardaespaldas sacó sus propias conclusiones.
Te prepararé algo.
Izaya salió de la habitación y se sentó a la mesa, con muchas dudas recorriendo su mente y creando varios planes de escape en caso de que el rubio se volviera… Bueno, en caso de que recuperase el raciocinio y se diese cuenta de con quién estaba siendo amable. Desde el lugar que había elegido, podía ver cómo Shizuo le preparaba un poco de sopa y observar con ojos clínicos cada ingrediente usado. Cuando tuvo el plato frente a él tardó unos segundos en tomar la cuchara.
Toda esa situación le resultaba tan extraña. Pero el hambre acabó siendo más fuerte que la sospecha…
Unos golpes en la puerta le hicieron abrir los ojos. Izaya se incorporó en el momento en que Shizuo asomó su cabeza por la puerta.
Siento haberte despertado – se disculpó el rubio al ver a Izaya frotándose los ojos –. Pensé que tendrías hambre, así que te he preparado algo.
Izaya sacó las piernas de la cama y apoyó las manos en el colchón. Ignoró el parecido que aquel ambiente compartía con su sueño y miró a Shizuo como si estuviese viendo el movimiento del segundero de un reloj.
¿Y mis hermanas? – preguntó. Prefería mil veces estar con las problemáticas gemelas antes que con Shizuo.
Se han marchado. Shinra y Celty han ido con ellas. Y esos chicos raros vinieron a buscar a Kadota.
Izaya meditó las palabras del rubio en silencio. Tomó su móvil de la mesilla y consultó la hora: las 22:52. Lo último que recordaba era haber escuchado voces en el salón y haber sacado la fotografía al código de Hayato. Entonces habían sido las… 17:45. ¿Cómo había dormido tanto tiempo? Es más, ¿cómo había podido dormirse? Aunque, por más que quiso, no pudo encontrarle ningún problema, pues se sentía mucho más descansado y con las fuerzas renovadas. Lo único que debía preocuparle en esos momentos era la presencia del rubio, que había desaparecido del marco de su puerta.
Al igual que había ocurrido en su sueño, Izaya salió de la habitación, pero, en vez de sentarse a la mesa, se quedó en el sofá cercano al pasillo. Debía tener en cuenta que se había quedado solo con Shizuo y, en caso de emergencia, quería tener el suficiente espacio para correr con libertad hacia la habitación.
Por extraño que pareciese, Shizuo se limitó a llevarle un sándwich y regresar a la cocina a recoger los platos que habían usado en la comida. No volvió a dirigirle la palabra hasta después de adecentar todo y del transcurso de unos incómodos minutos de silencio.
¿No te gusta?
Shizuo pretendía entablar conversación, a ser posible pacíficamente, con Izaya, pero el informante no parecía estar por la labor. Desde que todos se habían marchado y Shinra le había "confiado la complicada misión de mantener vigilado a Izaya", había estado deambulando por la casa. En más de una ocasión había estado a punto de llamar a la puerta de la habitación de Izaya, pero siempre acababa arrepintiéndose y dándose la vuelta. Y cuando por fin se había armado de valor y había conseguido hacerle salir del cuarto, se encontraba sin saber qué decirle y echando en falta los provocativos comentarios del informante.
Izaya le miró silenciosamente un par de segundos, después miró el sándwich y más tarde a él de nuevo. Una bombilla se encendió entonces en la mente de Shizuo: Izaya no se fiaba de él.
Solo es jamón y queso.
El moreno torció sus labios al escuchar aquello con una extraña mueca y se cruzó de brazos a la altura del pecho. Pero no respondió.
¿Tienes algo en contra del queso? – preguntó Shizuo, esbozando una pequeña sonrisa sin saber si quería relajar el ambiente o a sí mismo. Al igual que antes, no recibió respuesta – ¿Es el jamón entonces? – continuó él.
Déjalo.
Su sonrisa flaqueó, pero cobró fuerza instantes después. No se daría por vencido tan pronto. Era la primera vez que trataba de hablar con Izaya como con cualquier persona normal. Estaba dispuesto a dejar atrás parte del rencor que sentía. Quería que Izaya pensase lo mínimo en su pasado (porque sabía que no podría soportar verle decaído). Pero el propio Izaya se lo ponía difícil rodeándose de altos muros y desprendiendo frialdad por todos sus poros.
El informante echó una rápida mirada al pasillo y sopesó la posibilidad de sacar de quicio a Shizuo para así poder irse tranquilamente a la habitación y no tener que verle por el resto de la noche ni soportar sus estúpidos intentos de amabilidad. Pero no se veía con ganas. Simplemente se levantó y, sin decir nada, se dirigió al pasillo. Shizuo se levantó igualmente y le agarró de la muñeca antes de que cruzase el umbral. Tiró de él, sin medir su fuerza. No pudo ver la mueca de dolor que esbozó Izaya, pues le mantuvo pegado a su pecho con un fuerte abrazo en todo momento, pero sí lo notó en la forma en que retorcía su muñeca para liberarla. Le acarició con suavidad el cabello, enterrando sus dedos entre las hebras morenas.
Te he odiado muchos años – dijo después de varios minutos de completo silencio –. Me limité a hacerlo sin más, sin tratar de comprenderte, sin querer conocerte. Lo siento.
Calla…
Pero… puedes relajarte en mi presencia. No necesitas estar siempre… – continuó él.
He dicho que te calles – susurró Izaya. Shizuo pensó que trataría de alejarse, por eso se sorprendió cuando Izaya le devolvió el abrazo.
El moreno se aferró con fuerza a la camisa de Shizuo con el brazo que tenía libre. Se sentía extrañamente cómodo y relajado entre los brazos de Shizuo. Protegido y en paz. Segundos después, dejó de importarle el punzante dolor en su muñeca.
Shizuo finalmente consiguió que Izaya comiese algo, aunque para eso tuvo que preparar lo que al moreno se le antojó. Mentiría si dijese que no le entraron ganas de golpearlo, pero aquello resultó ser una buena señal. Izaya comenzaba a animarse lo suficiente como para tratar de molestar a Shizuo. Después de la pequeña cena, ambos se sentaron en el sofá a ver la televisión un rato. El rubio no pasó por alto que Izaya había elegido el lugar más alejado de él. Le dolía en cierta forma, pero lo comprendía. Cuando el programa que veían terminó, Shizuo trató de volver a entablar conversación. Le contó puras tonterías y trivialidades y, aunque Izaya no dijo nada en ningún momento, siguió hablando, pues podía ver que sus ojos reían por mucho que tratase de ocultarlo tras una máscara de indiferencia.
El reloj marcaba las dos y tres minutos de la mañana cuando ambos jóvenes decidieron ponerle fin a la noche. Shinra y Celty aún no habían vuelto y probablemente no lo harían hasta que amaneciese de nuevo. Los dos sabían que se habían ido a propósito para que pudiesen estar solos y hablar tranquilamente. Al igual que sabían que el otro lo sabía a pesar de no haber mencionado nada en ninguna ocasión.
Izaya se paró unos instantes frente a su puerta y jugueteó con el pomo dorado, recorriéndolo insistentemente con sus dedos. Finalmente su mano se cerró sobre él y lo apretó.
Gracias – musitó –. Buenas noches, Shizuo.
El moreno le miró de reojo, a la espera de una respuesta por su parte, y se preguntó por qué demonios estaría tan feliz. Su sonrisa era tan estúpida como las de Shinra en presencia de Celty. Frunció el ceño cuando Shizuo se inclinó hacia él.
¿Qué?
Buenas noches, Izaya – se despidió él. Y antes de irse depositó un diminuto beso en sus labios, apenas un roce.
Izaya se quedó plantado frente a su puerta hasta que la espalda de Shizuo desapareció de su campo de visión. Ese idiota… En momentos como ese realmente odiaba a Shizuo. O más bien a sí mismo. Le hubiese encantado poder echarle la culpa de todo a su tío, pero lo cierto era que el problema había sido su propia cobardía. Compartir aquellos pequeños momentos con Shizuo esa noche le había mostrado todo lo que se había perdido durante diez años. Si hubiese tenido el valor de presentarse ante Shizuo como realmente era en vez de enseñarle lo peor de sí mismo, tal vez hubiesen podido ser amigos. Buenos amigos. Hayato no lo habría permitido, por supuesto, pero Shizuo tampoco habría consentido que Hayato le siguiera haciendo daño. Probablemente, Shizuo era la única persona con la que Hayato habría tenido serios problemas a la hora de enfrentarle.
No habría dudado en protegerle, como había hecho Juusan, pero, contrario al chico de ojos violetas, él habría tenido menos posibilidades de salir herido. E Izaya había dejado escapar esa protección.
Suspiró pesadamente y entró en la habitación.
