Capítulo XI - Relaciones peligrosas

7 ABRIL, 2008 - 18:03 PM

Izaya dormía plácidamente en el sofá. Usaba uno de sus brazos a modo de almohada, el otro colgaba fuera del mueble. Su pie derecho descansaba vendado sobre un cojín de apariencia bastante confortable y cómoda. Shizuo, viendo aquello desde el ordenador, se sonrojó levemente, recordando haber sido él el causante del esguince que Izaya mostraba. Unos golpes en la puerta despertaron a Izaya. El chico suspiró molesto, pues su preciado descanso había sido interrumpido, y abrió los ojos con desgana. Era pronto aún para que Hayato regresara de la oficina, además de que su tío no tenía la necesidad de llamar a la puerta, por lo que Izaya no encontró necesario apresurarse en abrir a aquella persona, por muy insistente que fuera al golpear con los nudillos una y otra vez. Izaya se irguió con cuidado y, haciendo muecas de dolor, apoyó el pie en la mesita.

Estúpido Shizu-chan – susurró – ¡Está abierto!

La puerta se abrió y un joven de largo cabello plateado hizo su aparición. Era aquel chico. El que había salvado a Izaya el día del accidente. El que le había provocado un ataque de pánico. Juusan. Todos miraron expectantes la pantalla, deseosos de conocer la relación que había entre ellos dos.

¿Dejas siempre la puerta abierta, Ori-chan? – preguntó él mientras entraba en el apartamento con una estúpida sonrisa en los labios.

Solo cuando sé que vas a venir.

Juusan se sentó en el negro sillón, justo en frente de Izaya, y dejó la mochila que llevaba en el suelo. El uniforme que vestía era completamente diferente al de Izaya y al azul característico de Raijin, por lo que todos asumieron que el chico era de otra escuela. Juusan trató de acomodarse en el sillón, estirando piernas y brazos y, tras dar numerosas vueltas, quedó finalmente del revés. Sus piernas reposaban en el mullido respaldo y su largo cabello se arremolinó en la alfombra, como si fuera un pequeño montón de hilos de plata. Izaya se llevó inconscientemente una mano a su espalda y su mirada se ensombreció unos instantes.

¿Quieres algo? – preguntó unos segundos después, haciendo amagos de levantarse.

¿Eso que estoy viendo es sangre? – Juusan dobló la cabeza de forma extraña, retorciendo su cuerpo en el proceso. Apoyó las manos en la alfombra y observó fijamente a su amigo.

Puede – Izaya ni siquiera se molestó en mirarle.

El joven de largos cabellos se dejó caer del sillón y se arrastró hasta él. Izaya tuvo que reprimir una sonora carcajada, pues Juusan parecía un personaje de una película de terror con su cabello todo revuelto y tapando la mitad de su rostro. En cuanto llegó a su lado le tomó de los hombros y le recostó en el sofá nuevamente. Después le levantó la camiseta, dejando al aire una fea marca sanguinolenta en su costado. Juusan cerró los ojos y suspiró. Se apartó su plateada cascada del rostro y trató de mirarle con seriedad. Pero el hecho de que aquella palabra pareciese no tener lugar en su diccionario y la batalla que estaba llevando a cabo con sus mechones en un intento de peinarlos, hizo sonreír internamente a Izaya.

¿Acaso eres idiota? – soltó Juusan. Izaya alzó una ceja pero, antes de que pudiese decir nada, Juusan continuó – ¿A quién se le ocurre provocar a Heiwajima Shizuo estando herido? Ah, claro. A ti.

Juusan dejó en paz su cabello, rindiéndose con él temporalmente, y se encaminó al armario de las medicinas. Rebuscó en los estantes y cajones. Una vez que tuvo todo lo necesario para desinfectarle la herida, regresó a su lado. Durante el tiempo que duró la cura, ninguno habló. Tan solo algún quejido por parte de Izaya seguido de una disculpa de Juusan. Shinra no pudo evitar sentir algo de envidia al ver lo normal que parecía comportarse Izaya junto a ese chico, no reprimiendo siquiera sus quejas. Con él nunca había mostrado sus verdaderos sentimientos, por lo que nunca había sabido si le hacía daño cada vez que le atendía.

Ya está.

Gracias.

Tampoco le había agradecido nunca.

Izaya se sentó en el sofá y puso una expresión pensativa mientras miraba a Juusan.

Humm – fingió pensar profundamente –. Tal vez deba darte algo a cambio de tus servicios.

Juusan le miró sin inmutarse, esperando a que Izaya revelase aquello que tuviera en mente. El moreno le tomó de la muñeca y le sentó entre sus piernas. Juusan se acomodó e Izaya metió sus dedos en su fino cabello, comenzando a peinarlo. En pocos minutos Izaya terminó y Juusan acariciaba con admiración su trenzado cabello.

Es… asquerosamente perfecta – comentó el chico frunciendo el ceño.

Por supuesto que lo es. ¿Quién piensas que le hacía los peinados a Mairu? – alardeó Izaya esbozando aquella odiosa y molesta sonrisa que, por extraño que sonara, parecía mucho más humana en ese entonces.

Eres un buen hermano, Iza-nii – se burló Juusan.

Izaya bufó y se recostó en el sofá. Juusan se movió y se sentó a su lado, mirando con pereza todo lo que había sacado para curar a Izaya. Se inclinó y tomó un trozo de algodón del suelo.

No deberías meterte en tantos problemas, Ori-chan – le aconsejó mientras recogía el material usado.

¿Quieres parar ya con ese ridículo apodo?

No – sonrió él –. Así sentirás lo mismo que Heiwajima-kun cuando le llamas Shizu-chan. Considéralo una venganza.

¿No debería entonces llamarme él así? – cuestionó divertido.

Es una venganza en su nombre – se encogió el otro de hombros.

Ambos comenzaron a reírse y bromearon un poco más bajo la atenta mirada del grupo. Eso que estaban oyendo... ¿era la risa de Izaya? ¿En serio? Había sonado tan real, cálida y agradable que por un momento dudaron de sus oídos. Pero no. Izaya realmente había sido feliz en esos momentos. ¿Qué había pasado entonces para que esa risa se perdiera y se tornara en una carcajada retorcida?

Oye, Izaya – comenzó Juusan. Su personalidad juguetona había desaparecido y, en su lugar, mostraba una triste sonrisa. El hecho de que hubiese usado su nombre y no el femenino apodo, puso en tensión a Izaya –. Debes denunciar a tu tío, Izaya.

No puedo hacerlo – la mirada de Izaya se oscureció.

Yo estaré cont…

No – interrumpió él con fuerza. Después pareció arrepentirse y bajó la voz –. No lo entiendes. La familia Orihara…

¿Es que acaso te importa más un apellido que tu propia vida?

No es eso, Juusan. La familia Orihara es muy influyente. Demasiado. Aunque llevase pruebas irrefutables, no serviría de nada. Se encargarían de deshacerse de ellas – Juusan abrió la boca, probablemente para refutar, pero Izaya continuó hablando –. Si estás pensando en poner una denuncia anónima, tampoco serviría. Él sabría que he sido yo. Sería capaz de matarme. Dios. Me mataría incluso si supiera que estamos teniendo esta conversación.

Izaya se encogió en sí mismo y abrazó sus piernas con fuerza. Juusan se acercó un poco más a él y colocó sus manos sobre las de él.

Prométeme que, pase lo que pase…

La puerta se abrió en ese momento y Hayato entró en el apartamento. Juusan se separó rápidamente de Izaya. El hombre miró al inesperado invitado y luego a su sobrino. Después volvió a mirar a Juusan y le sonrió cálidamente.

Tú debes ser ese amigo del que Izaya tanto me ha hablado. Shinra, ¿no?

Eh… no…

Podéis seguir con lo vuestro. No os preocupéis por mí. Estaré en mi despacho.

Hayato desapareció por la puerta del pasillo, no sin antes revolver el cabello de su sobrino en una acción que trataba de ser cariñosa. La puerta se cerró tras él e Izaya dejó escapar el aliento que no sabía que había estado conteniendo.

Tu tío sabe cómo hacerse pasar por buena persona – susurró Juusan, pues no se fiaba del hombre pelirrojo. Podría estar espiándoles perfectamente.

Sí.

¿Y qué es eso de que me llamo Shinra? ¿En serio? ¿Tanto nos parecemos? – medio exclamó él, fingiendo indignación.

Ni un poco – rió Izaya.

Entonces el móvil de Juusan sonó, interrumpiendo una vez más la diversión que estaban teniendo.

¿Sí? ¿Qué ha hecho qué? Sí, ahora mismo voy. No, no se preocupe – Juusan colgó y suspiró –. Mi hermano ha vuelto a meterse en otra pelea.

Fujiwara-chan – dijo Izaya tranquilamente.

Exacto. Ay, el amor. Le está volviendo cada día más idiota. ¿No se da cuenta de que nunca nadie va a quererle como su hermano mayor? Esa chica me pone de los nervios. A este paso acabaré cometiendo un crimen pasional.

Izaya rió como nunca nadie le había oído y se enjugó una pequeña lágrima. Juusan sonrió a su vez y, cogiendo su mochila, se acercó a la entrada. Antes de irse se giró hacia Izaya una última vez.

No provoques a Heiwajima-kun. Al menos mientras estés herido. Hazme caso, Ori-chan.

Izaya esbozó la desagradable mueca a la que Shizuo estaba acostumbrado y respondió con los ojos aún brillando de diversión:

Lo intentaré.

Juusan se marchó e Izaya buscó una posición más cómoda en el sofá, cerrando los ojos unos instantes y abriéndolos después de par en par al sentir una presencia cerca de él.

¿Ya se ha ido tu amigo?

S-sí – respondió Izaya completamente tenso.

¿Quién era? No llevaba el uniforme de Raijin.

Un conocido. Es amigo de Kadota.

¿Y permites que un mero conocido te llame de esa forma? – Hayato rodeó el sofá y se inclinó a la altura de Izaya – Qué extraño. Ese apodo se parecía mucho al que mencionó Shinra cuando te llamó aquella noche. Una coincidencia muy divertida, ¿no crees?

Izaya permaneció en silencio. No podía decir nada de todas formas. Hayato se sentó en la mesita y observó a su sobrino con una sonrisa en el rostro. Tomó el pie vendado de Izaya y comenzó a dibujar con el pulgar pequeños círculos en la piel.

¿Un esguince?

El repentino cambio de tema le sorprendió. Hayato no dejaría pasar la visita de un amigo de Izaya y menos si era uno que no conocía. Aun así, respondió a lo que se le había preguntado.

Me caí en clase de educación física.

No me mientas, Izaya. Has vuelto a pelearte con ese chico monstruo, ¿verdad?

El único monstruo eres tú – escupió Izaya, sorprendiéndose a sí mismo y a sus observadores.

El rostro del chico se deformó de dolor cuando su tío apretó con fuerza su tobillo herido.

Responde a la pregunta, Izaya – dijo Hayato, ignorando las anteriores palabras del chico – ¿Has vuelto a pelearte con el chico monstruo?

S-sí.

No me gusta que pierdas el tiempo con él – llevó su otra mano a su rostro y le acarició la mejilla –. Siempre deja alguna marca en tu cuerpo y eso no está bien. Recuerda que eres mío, Izaya. He permitido hasta cierto punto que tengas tratos con la yakuza y te doy toda la libertad que quieres. Ten cuidado con lo que haces. No vaya a ser que tus pequeñas hermanas paguen por tu desobediencia. O esos amiguitos tuyos. Shinra, Kadota y el chico que se acaba de ir. Incluido el monstruo con el que te diviertes. ¿Te ha quedado claro?

Sí, Oji-san. ¡Ah! – gritó al sentir cómo los dedos de Hayato se clavaban en su piel.

Mal. Repítelo.

Sí, Haya-nii.

Mucho mejor.

Hayato se separó de él y, alejándose unos pasos, agarró una maleta que había junto a la puerta. Izaya abrió los ojos con sorpresa al ver que su tío iba arreglado con un elegante traje.

Voy a marcharme una semana – respondió él a la silenciosa pregunta que formulaban los ojos de Izaya –. Un viaje. Te echaré de menos, querido sobrino – Hayato se acercó a Izaya y le susurró al oído sus últimas palabras, que fueron solo escuchadas por él –. Sobre todo por las noches.

Hayato se marchó e Izaya quedó acostado en el sofá, con el pie en alto y los ojos completamente abiertos. Instantes después los cerró y, al volver a abrirlos, estos carecían del temor que antes habían mostrado. Se levantó con rapidez, casi tropezándose con su pie herido, y se dejó caer sobre la mesa del salón, girándose después con el móvil en las manos. Lo abrió y marcó un contacto.

¿Sí? – se oyó una fría voz que sorprendió levemente a Izaya.

Okaa-sama.

¿Izaya? – preguntó ella sorprendida – Hacía tiempo que no escuchaba tu voz.

Aunque aquella frase parecía cargada de sentimientos, el tono de Orihara Kyouko carecía completamente de amor materno. Ni siquiera parecía que hablaba con un hijo al que no había visto desde los diez años. O desde que había nacido si se contaban las constantes ausencias debido a viajes de trabajo. Esa conversación con su hijo no se distinguía de cualquier otra que pudiera tener con un cliente.

No esperaba que estuvieras en casa.

He tomado unos días libres para cuidar de Mairu y Kururi. Se han resfriado. Están durmiendo ahora.

Llamaré otro día. Prepárales onigiri. Les encanta.

Izaya – hubo una pausa – ¿Estás a gusto con tu tío?

Sí – y colgó.

Acto seguido volvió a llamar, escuchándose una alegre y jovial voz esta vez.

¿Hola?

¡Yahoo, Shinra-kun!

¡Oh, Izaya! ¿Shizuo te ha roto algo?

Shizu-chan no. Tú me has roto el corazón. ¿Por qué me has abandonado con la limpieza? – dramatizó él.

¡Lo siento! Pero mi amada Celty había preparado la comida y no podía esperar. Mañana me quedaré yo, ¿vale?

Hum. Está bien. Chao – contestó él alegre.

Iza…

El joven ya había colgado y marcaba otro contacto.

¿Diga? – respondió una voz masculina y seria.

¡Dotachin!

Hola, Izaya. ¿Necesitas algo?

Nop. Solo me aburría. ¡Mañana nos vemos!

V-vale – contestó extrañado.

Izaya rió y buscó otro nombre en la pantalla del móvil. Marcó un último contacto.

¿Quién es? – se oyó una voz grave y furiosa.

Shi-zu-chan. ¿Có-mo es-tás? – preguntó con voz cantarina.

Bip. Bip. Bip.

¿Hum? ¡Me ha colgado! ¡Qué descortés! – gritó mirando la pantalla del móvil como si la viera por primera vez. Entonces relajó su expresión y sonrió levemente – Menos mal. Todos están bien.

El joven pasó una mano por su cabello y se lo echó hacia atrás. Apretó el móvil, observándolo con duda unos segundos. Finalmente cedió y lo abrió de nuevo. Tras dos tonos, alguien respondió al otro lado.

Mi tío se va una semana. ¿Crees que podrías…? Sí. No quiero quedarme solo.

Media hora después, Juusan entró en el apartamento de nuevo, con la misma sonrisa de antes y una pequeña maleta.