Capítulo XII - Te quiero
A la mañana siguiente, cuando Izaya salió de la habitación, Shinra y Celty ya estaban desayunando en el salón. No vio a Shizuo por ninguna parte, por lo que supuso que se habría marchado a trabajar. Shinra le saludó efusivamente en cuanto le vio y le invitó a tomar asiento. Izaya aceptó, más por hambre que por mantener una conversación con su peculiar amigo. Celty le acercó un plato con comida y él se dispuso a vaciarlo, sin prestar atención alguna al parloteo del médico ilegal. Tan solo escuchó algunas palabras sueltas del monólogo que mantenía Shinra sin darse cuenta, pero fueron suficientes para saber que lo único que le interesaba al castaño era averiguar lo que pasó la noche anterior. Él, por su parte, no pensaba decir nada. Estaba demasiado ocupado tratando de resolver el código de Hayato en su mente. Terminó de desayunar y se marchó de nuevo a la habitación, no sin antes agradecerle a Celty la deliciosa comida. Shinra fue ignorado cruelmente.
Una vez dentro de la habitación, Izaya cerró con seguro la puerta y encendió las luces. Normalmente hubiese subido las persianas para aprovechar la luz natural, pero temía que Hayato pudiese estar en el edificio de enfrente para vigilarle. Quizá aquel pensamiento era paranoico, sin embargo no podía fiarse de Hayato. Cualquier precaución era poca ahora que su tío sabía que él estaba allí.
Izaya sacó del cajón de la mesilla de noche un folio doblado por la mitad. En él había estado apuntando todas las combinaciones, maneras y formas que se le ocurrían de traducir el código, pero ninguna había dado resultado. Siempre ocurría lo mismo. Cada vez que pensaba que estaba a punto de lograrlo, aparecía una palabra que no tenía nada que ver con las demás y desarmaba por completo su estructura. El lápiz dejó de moverse en los dedos del informante y una creciente sonrisa comenzó a aparecer en sus labios. Eso era. Ninguna combinación le había servido para descifrar el texto porque este estaba oculto entre varios códigos. Hayato no había perdido el tiempo. El joven moreno rodeó las combinaciones con las que había conseguido descifrar alguna pequeña parte y comenzó a trabajar con ellas. Al cabo de una hora, tenía el texto completamente traducido entre sus manos. Lo único que quedaba por hacer era ordenarlo, pues Hayato había pensado en todo y las palabras se entremezclaban unas con otras en una colección de líneas sin espacios.
Durante años, había deseado saber qué podía ser tan importante para su tío como para ocultarlo de aquella forma tan enrevesada pero, a pocos minutos de poder descubrirlo, empezaba a tener dudas. ¿Y si era algo que estaba mejor oculto? ¿Y si se arrepentía después de haberlo leído? Pero quizá fuese un punto importante para chantajear a Hayato, si es que eso era posible.
Izaya suspiró y comenzó a ordenar las palabras. Cuando terminó y leyó el pequeño texto, lo hizo. Se arrepintió profundamente.
Shinra se acomodó en el sofá y se cruzó de brazos, todavía un poco molesto por la buena relación que Izaya tenía con Juusan, mientras Mairu adelantaba el siguiente vídeo en busca de algún minuto en el que saliera Hayato o Juusan.
17 ABRIL, 2008 - 17:37 PM
Hayato agarró a Izaya de la muñeca y le sacó a rastras del pasillo. Le estampó violentamente contra la pared y cerró su mano alrededor de su cuello. Izaya trató de liberarse de su agarre, pero su tío cada vez apretaba con más fuerza. Desesperado por algo de aire, le pateó con todas sus fuerzas en la espinilla. Hayato esbozó una mueca de dolor y miró a su sobrino con ira destellando en sus ojos. Le tiró al suelo con desprecio y, antes de que Izaya pudiese recuperar todo el aire perdido, le propinó una fuerte patada en el costado. Después de esa vino otra. Y otra más. Costado, piernas, estómago. A la décima patada, Izaya se encontraba tumbado de lado y escupiendo sangre. Hayato le dio un leve puntapié en el hombro, que hizo que se derrumbase, y plantó su zapato en su abdomen. Presionó con fuerza. Izaya abrió los labios en un silencioso grito y más sangre se escapó de su boca.
Ojalá no hubieras nacido – espetó el hombre pelirrojo entre dientes.
Después de sus frías palabras, tomó una chaqueta del perchero y se marchó dando un portazo. Izaya se arrastró hasta la mesita de cristal con gran dificultad y se apoyó en ella. Alcanzó su móvil, que reposaba en el centro de la misma, y, tratando de controlar el temblor de sus manos, marcó un número. Sin preocuparse del rastro sanguinolento que había dejado en la superficie de cristal, se llevó el aparato a la oreja y esperó unos segundos antes de recostarse de nuevo en el suelo. Estar sentado le provocaba un dolor terrible y su cabeza empezaba a dar vueltas.
¡Ori-chan! – saludó una voz al otro lado de la línea – ¿Hola? ¿Ori-chan? ¿Sigues ahí? Voy a colgar – canturreó la voz ante la falta de respuesta. Hubo un momento de silencio en la línea, entonces la voz de Juusan volvió a oírse – ¿Izaya? – la llamada se cortó.
Unos pocos minutos después de que la llamada terminara, alguien abrió de golpe la puerta del apartamento. Allí, en el umbral, se encontraba un jadeante Juusan, que parecía haber corrido toda la distancia que le separaba de la casa de Izaya en tiempo récord. El joven Orihara seguía en la misma posición en el suelo. Juusan se acercó a él rápidamente y se arrodilló a su lado.
Izaya – susurró, apartándole un par de mechones de la frente –. Izaya, despierta.
Al ver que no obtenía respuesta, le tomó de los hombros y comenzó a zarandearle.
¡Abre los ojos!
Juusan se pasó una mano por los plateados cabellos y corrió a la cocina. Regresó con una jarra de cristal, cuyo contenido vertió sobre el rostro de Izaya. El moreno se espabiló al sentir la frialdad en su piel y trató de incorporarse, pero apenas podía moverse.
No te fuerces, Izaya – le dijo Juusan mientras se arrodillaba nuevamente a su lado y abrazaba con delicadeza su cuerpo.
Izaya entrecerró los ojos y esbozó una media sonrisa. Un fino rastro de sangre se deslizó de sus labios a su barbilla.
Me gusta que me llames "Ori-chan" – susurró.
Cerró los ojos de nuevo y su cuerpo quedó inmóvil entre sus brazos.
Mierda, mierda, mierda. ¡Izaya!
Juusan se puso de pie, tomó a Izaya en brazos y desapareció en el interior del pasillo. Al cabo de unos segundos regresó al salón, abrió el armario de las medicinas y sacó un pequeño botiquín. Después, su imagen volvió a perderse en el pasillo.
21 ABRIL, 2008 - 04:45 AM
Todo estaba a oscuras. Apenas podía distinguirse algo que no fuera el color negro. Las luces estaban apagadas y, aunque la cámara enfocaba en la dirección contraria, las persianas bajadas. O al menos eso explicaría la asombrosa falta de luz. Un pequeño ruido se oyó y algo se movió en la oscuridad. La puerta del pasillo se abrió lentamente y las luces del salón se encendieron. La imagen de Izaya apareció recargada en el marco de la puerta. Vestía unos sencillos pantalones negros y todo su torso estaba cubierto de vendas salpicadas de rojo en algunas partes. El joven lucía realmente demacrado, como si no hubiese dormido en días. Sus ojos se iluminaron al ver a la persona que se encontraba sentada en el sofá, pero también había algo de miedo en ellos.
¿Qué haces aquí?
Dormir en tu cómodo sofá – respondió Juusan mientras se arreglaba la coleta baja que llevaba.
Tienes que irte. Hayato podría…
Tu tío no ha vuelto desde que te dio aquella paliza, Izaya – le interrumpió él sin ninguna expresión en el rostro –. Y ya han pasado cuatro días.
Izaya caminó despacio hacia él y se sentó en el sofá, a su lado.
¿He estado…?
Sí. Hubo momentos en que pensé que no despertarías – confesó el chico de extraños cabellos, su voz rompiéndose con cada palabra.
…Lo siento – susurró Izaya.
¿Qué?
Lo siento – repitió él –. Hayato descubrió que te habías quedado conmigo. Debí ser más cuidadoso y…
No es tu culpa, Ori-chan – sonrió Juusan, notando cómo el chico se relajaba al oír ese apodo –. No es tu culpa.
Juusan cogió la manta que había estado usando y se la echó a Izaya por los hombros. El tiempo no era precisamente frío, pero el apartamento de Hayato podía alcanzar bajas temperaturas durante la noche y Juusan no quería que Izaya regresara a la cama con un resfriado.
¿Has dormido aquí todo este tiempo?
Sí y, la verdad, no es tan cómodo como parece – rió Juusan masajeando su cuello.
Izaya se envolvió en la cálida manta y asintió. Su mirada se perdió en algún punto de la habitación. Juusan le observaba de reojo, jugando con las puntas de su plateado cabello. Entonces juntó las manos sobre su regazo y suspiró.
Huyamos juntos.
Izaya se giró rápidamente nada más oír aquella propuesta. Miró en silencio la expresión en el rostro de Juusan y enarcó una ceja.
¿Qué tonterías estás diciendo?
No son tonterías. Lo digo muy en serio. No pienso seguir quedándome de brazos cruzados mientras tu tío te maltrata. Vayámonos lejos de aquí.
Siempre tienes unas ideas estúpidas.
Pero todas las ideas estúpidas que tengo son por ti. Así que tú también eres culpable.
Izaya rio.
¿Entonces? ¿Qué dices?
No sé…
Tampoco es como si te hubiera pedido matrimonio – bromeó él.
Créeme que, si lo hubieras hecho, me habría resultado más fácil. Te habría rechazado inmediatamente – Izaya le miró sonriente unos segundos, después cerró los ojos y suspiró –. No puedo.
¿Por qué?
Cuando Hayato nos encuentre, lo mejor que podría hacer sería matarnos allí mismo.
Entonces solo tenemos que lograr que no nos encuentre – aportó Juusan, sonriendo de forma extraña –. O, en su defecto, que no pueda encontrarnos.
¿Qué tienes en mente? – preguntó Izaya entrecerrando los ojos con sospecha.
¡Eres el gran Orihara Izaya! ¡No hay nada que se te escape! – exclamó Juusan, levantándose de repente y comenzando a hacer gestos exagerados con los brazos. Entonces paró y, más tranquilo y con una media sonrisa en los labios, dijo –: Deberías saberlo.
Izaya se levantó, lanzó la manta a un lado y se dirigió al pasillo. Juusan le siguió con la mirada. Cuando regresó se había calzado y cambiado de ropa. Batalló con un par de botones de su camisa mientras buscaba algo con la mirada. Juusan agitó en el aire un manojo de llaves, cuyo sonido metálico captó la atención de Izaya. Ambos sonrieron. El joven de largos cabellos se acercó a él con emoción.
¿Y bien? ¿Qué plan tiene ese maquiavélico cerebro tuyo? – preguntó una vez que estuvo a su lado, dándole leves golpecitos en la sien.
Uno muy bueno. Y peligroso. Aunque tal vez necesite una mente retorcida que me ayude…
¡Este es el Ori-chan que conozco!
Juusan agarró su chaqueta del perchero y se la puso. Hizo girar el llavero en su dedo índice y caminó alegremente a la puerta. Antes de poder tocar el pomo, la mano de Izaya le detuvo.
Necesito que me prometas una cosa ahora que estamos a tiempo. Si por cualquier motivo esto saliera mal, quiero que te vayas. Lo más lejos posible.
No puedo prometerte eso, Ori-chan – negó Juusan con la cabeza –. No voy a dejarte solo con tu tío. Eso nunca.
Juusan se acercó unos pasos y besó los labios cerrados de Izaya. Se separó unos centímetros y, tras mirarle unos instantes a los ojos, volvió a besarle. Esta vez Izaya abrió la boca levemente para permitirle a Juusan la entrada y, así, mientras sus labios se movían uno sobre el otro, sus lenguas se acariciaban cuidadosamente. Juusan rodeó con sus brazos el cuerpo de Izaya y este llevó una mano a su nuca, acercándole más a él, mientras que con la otra jugaba con las puntas plateadas de su cabello. Instantes después, Juusan se separó de los labios de Izaya con una sonrisa.
Nunca te librarás de mí – susurró Juusan, todavía a unos centímetros de sus labios.
Izaya miró a su compañero con una enorme y satisfecha sonrisa de oreja a oreja y pronunció dos palabras que nadie le había escuchado decir con antelación. Al menos no en específico y, tal vez, en serio.
Te quiero.
Los dos jóvenes se fundieron entonces en un largo abrazo.
El salón se sumió en un profundo silencio. ¿Qué…acababan de presenciar? Bien. Llegados a ese punto, y recordando las pocas imágenes que habían visto de la semana en la que Juusan se quedó con Izaya, mentirían si dijeran que no habían sospechado al ver cómo se comportaban esos dos siempre que estaban juntos. Pero en ningún momento llegaron a pensar que aquello pudiera ser posible. Es decir, todos conocían, o creían conocer, a Orihara Izaya. El lado de él que habían visto durante los últimos diez años no se podía comparar en nada a lo que mostraban las imágenes. Por ese motivo, el hecho de que Izaya pudiese amar a alguien era algo nuevo para ellos.
El sonido de una puerta abriéndose les alertó. La única persona que estaba en el apartamento a excepción de ellos era… Mairu cerró el portátil segundos antes de que Izaya apareciese en el salón. El moreno les dio una rápida mirada a todos y, si se sorprendió de verlos allí reunidos, no lo demostró.
Shinra, ¿tienes cerillas? – preguntó mientras entraba en la cocina.
Ehhh, sí. Segundo cajón a la izquierda.
Izaya cogió el cerillero y se lo llevó con él de vuelta al salón. Se sentó en el sofá opuesto al de ellos. Sacó un papel doblado en dos del bolsillo de su pantalón y, ante la atenta mirada de los otros, le prendió fuego. Dejó que el papel se consumiera en el cenicero de la mesita, que Shizuo usaba cada vez que iba a casa de Shinra, y se recostó en el sofá, cruzando las piernas en el proceso. Antes de que alguien pudiera preguntarle qué era lo que había quemado, él habló:
No os preocupéis por mí. Podéis seguir viendo las grabaciones.
