Capítulo XIII - Izaya es propiedad de Haya-nii

Si el miedo ocupase espacio, el salón estaría a rebosar de él. Habían pasado cinco minutos por lo menos, pero nadie se atrevía a abrir la boca ni a apartar los ojos de las orbes rojizas que les examinaban con desinterés. Sentían que, en el momento en que alguno de ellos moviera un solo músculo, caerían fulminados por aquel brillante rojo. Tal era la tensión que hasta temían respirar con demasiada fuerza.

Celty era la única que podía romper aquella pesada atmósfera dejando el silencio intacto. Y eso hizo. Redactó algo con rapidez y se lo mostró a Izaya.

"¿Cómo lo has averiguado?"

Las esperanzas que la dullahan tenía en que Izaya fuese el primero en acabar con la escalofriante calma que reinaba desaparecieron al ver que, por toda respuesta, el informante se encogió de hombros.

Lo cierto era que Izaya no había estado completamente seguro. Una parte de él dudaba que ellos estuviesen viendo las grabaciones, pero no encontraba otra explicación a todo aquel secretismo que les rodeaba cada vez que se presentaba en el salón. Sin olvidar los murmullos que escuchaba cuando ellos pensaban que dormía. El largo silencio con el que le habían respondido había sido suficiente para asegurar sus sospechas. Y la inocente pregunta de Celty tan solo había servido para dejarles sin escapatoria. Entonces Mairu hizo la pregunta que él esperaba que le hiciera, pues el resto estaba demasiado asustado como para pensar lógicamente.

¿Sabías que teníamos grabaciones?

Izaya se incorporó y apoyó los codos sobre sus piernas, dejando reposar la barbilla en sus palmas.

Lo supe desde que instalasteis la cámara – Izaya esbozó una sonrisa vacía – ¿En serio pensasteis que no me daría cuenta? – el informante hizo una pequeña pausa y continuó hablando – Hayato también lo descubrió.

Una efímera pero notable sombra de dolor oscureció sus ojos.

¿Qué pasó? – se atrevió a preguntar Kururi, rompiendo el incómodo silencio que se había formado.

Izaya miró de reojo el portátil y luego a su hermana, batallando entre varias opciones. ¿Cuánto más sobre su pasado iban a descubrir? ¿Estaba dispuesto a ello? ¿Estaba acaso preparado?

No.

Algunos detalles debían permanecer ocultos y él se encargaría de que nunca vieran la luz. Le dedicó un rápido vistazo al montoncito de cenizas y tomó una gran bocanada de aire.

Definitivamente, había secretos que jamás dejaría que nadie supiera.

Soltó el aire lentamente y se levantó.

Me castigó. Si no os importa, me vuelvo a la habitación. Tengo mejores cosas que hacer y no quiero saber nada más de… eso – soltó Izaya con desprecio al pensar en su tío.

Sin más, el moreno abandonó la sala.

Hayato estaba enfadado.

Verdaderamente enfadado.

Y cuando Hayato se enfadaba, el dolor iba de su mano.

Podía escuchar los fuertes pasos de su tío y las maldiciones que soltaba. Se tensó. Dejó con rapidez los cuadernos sobre el sofá y salió del salón. Podía terminar los deberes más tarde, lo primordial era evitar que su tío le viera. Normalmente solía funcionar y Hayato se limitaba a destrozar el mobiliario del salón. Otras veces descargaba su ira con Izaya, dejándole inconsciente en algunas ocasiones. Esa vez no pudo librarse de él.

El hombre pelirrojo entró gritando el nombre de su sobrino. Hacía apenas unos días había descubierto una pequeña cámara alojada en lo alto de un armario. El empresario la relacionó rápidamente con Izaya y supuso que el joven pretendía usar las grabaciones en su contra. Aquello le causó gracia. Su sobrino era bastante estúpido si pensaba que la cámara le serviría de ayuda. Decidió guardar silencio y dejar que el aparato hiciera su trabajo pero entonces un pensamiento cruzó su mente. Izaya era bastante inteligente para un chico de su edad, lo que le había llamado la atención desde el primer día, por ese motivo sabía que su sobrino no trataría de hacer algo como eso. Él sabía que descubriría la cámara. Algo tramaba.

Sin embargo, no le dio mucha importancia. Hasta que el jefe de una compañía rival tuvo la grandiosa idea de investigarlo y decírselo cara a cara. Aquel hombre le odiaba y no tenía problemas en mostrarlo públicamente. Estaba dispuesto a verle caer en desgracia, por lo que fue a hablar con su querido sobrino. Izaya no le había dicho nada que pudiera usar en su contra y Hayato lo sabía. Pero el empresario, que había visto algunas marcas en el rostro de Izaya, le había acusado de maltrato frente a muchos de sus empleados y eso le hizo hervir la sangre.

Tenía que desquitarse con algo.

Debía desquitarse con algo.

Y, como siempre, Izaya pagó injustamente.

Hayato comenzó a abrir todas las puertas, entrando en las habitaciones y buscando por todas partes a Izaya. Le encontró hecho un ovillo dentro de la ducha. Hayato agarró a su sobrino del cabello y lo sacó a rastras de ahí. Izaya no trató de defenderse, no le serviría de nada. Solo cuando advirtió que su tío abría la puerta de su habitación en vez de arrastrarle hasta el salón, dejó que el pánico le llenase.

Hayato lanzó a Izaya sobre la cama y se posicionó sobre él. Antes de que el joven pudiese moverse siquiera, Hayato enterró sus dientes en el blanquecino cuello. Izaya se mordió el labio inferior para evitar gritar y cerró los ojos, notando cómo un líquido caliente resbalaba por su piel. Hayato no se quedó quieto. Comenzó a destrozar su camiseta y continuó marcando el cuerpo de su sobrino. Izaya dejó su mente volar e imaginó que estaba en otro lugar. El dolor seguía persistente en su torso, mas si recordaba las veces que Shizuo había conseguido herirle, se convencía de que podía soportar aquello. Cuando notó que su tío se erguía, separándose así de él, se atrevió a mirar.

No le gustó lo que vio.

Todo su pecho se encontraba marcado por los dientes de su tío y pequeños regueros de sangre se escapaban por cada marca.

Ver el rostro aún enfadado y molesto de su tío tampoco le gustó.

Mucho menos encontró agradable el que le despojase de sus pantalones y ropa interior. Entonces le pateó y retrocedió por la cama rápidamente. Sabía que si se resistía sería peor, su tío se había encargado de enseñárselo, pero era humano al fin y al cabo. No era capaz de quedarse quieto ante el peligro así sin más. Hayato le agarró del tobillo y tiró de él, acercándole de nuevo. Cuando Izaya trató de volver a patearle, Hayato agarró con fuerza su otro tobillo y le abrió de piernas bruscamente, sacándole un grito de dolor. Mirándole con un profundo desprecio y pensando solamente en desquitarse, le penetró sin previo aviso ni preparación. Izaya agarró con fuerza las sábanas y soltó un grito desgarrador. El joven moreno cerró los ojos con fuerza, tratando de evitar la salida de las lágrimas, pero las violentas estocadas de su tío no se lo ponían nada fácil. Aguantó como pudo hasta que el cuerpo de Hayato se desplomó sobre el suyo. De esta forma notaba con más facilidad el sudor de la camisa de su tío sobre su pecho desnudo y su cálido aliento cerca de su cuello. Soltó un pequeño quejido al notar cómo Hayato salía de él y, cuando ya pensaba que todo había pasado, sintió las fuertes manos del hombre sobre sus caderas. Hayato le obligó a girarse e Izaya se desesperó.

¡N-no! ¡O-oji-san, por fav…Ahhh!

Hayato no le escuchó lo más mínimo y volvió a penetrarle. Salía por completo y volvía a entrar. Rudamente. Como si aquel cuerpo del que disfrutaba a la fuerza fuera un simple objeto y no un ser humano. Izaya sentía que se quemaba por dentro. Dolía. No pudo evitarlo. Lloró y gritó hasta que la garganta comenzó a dolerle también.

¡Por favor, basta! ¡Oji-san! ¡No…!

Aquello molestó de sobremanera a Hayato. E Izaya lo sabía. Pero, una vez más, no podía evitar tratar de defenderse de alguna forma. Aunque fuera con palabras que sabía que no llegarían a ninguna parte. Hayato clavó las uñas en sus caderas y arremetió con más fuerza contra su cuerpo, buscando soltar toda la ira acumulada. Izaya se mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar. Había cometido una estupidez. Sabía lo mucho que le molestaba a su tío que tratase de resistirse, pero también lo mucho que odiaba que se dirigiera a él como "Oji-san". Afortunadamente, había una frase que siempre funcionaba. Una frase que le había salvado cientos de veces antes, cuando su tío le golpeaba. Aquella bendita frase parecía ejercer un poder divino sobre Hayato que le hacía parar todo lo que le estuviera haciendo y disculparse de inmediato. Solo tenía que mirarle con ojos cristalinos y susurrar débilmente y con cuidado:

Por favor, Haya-nii – su voz salió mucho más rota de lo que había planeado.

Pero Hayato le ignoró.

Izaya abrió los ojos con horror al sentir los dientes de su tío sobre su espalda y la fuerza de las embestidas incrementándose. Si aquella frase no había dado resultado, ya nada lo haría. Sus ojos se aguaron, provocando que su visión se hiciese borrosa, y apretó los dientes con fuerza.

Hayato había llegado al orgasmo por tercera vez, pero ni así paró. Tomó a su sobrino una y otra vez. No le importó que su rostro fuera un mar de lágrimas. Tampoco le importó que sus gritos fueran cada vez más desgarradores. Y mucho menos le importó cuando finalmente perdió la consciencia. Siguió tomando su cuerpo a pesar de que el joven yacía inmóvil en la cama.

Izaya despertó al sentir una potente luz en su rostro.

Se sentía cansado. Muy cansado.

Abrió los ojos con esfuerzo y giró la cabeza hacia las cortinas descorridas por las que entraba la luz del sol. La giró después hacia el otro lado y, en el despertador de la mesilla, vio la hora.

10:09 AM.

Se espabiló y se irguió rápidamente, sintiendo al instante un terrible y punzante dolor. Soltó un quejido y trató de mover las piernas, notando algo pegajoso en sus muslos. No necesitaba mirar para saber de qué se trataba, pero algo más captó su atención. Retiró la sábana que cubría la parte baja de su cuerpo y dejó al descubierto sus piernas. Abrió los ojos horrorizado. No solo el semen de su tío se había quedado pegado a sus muslos y a la sábana bajera, también había una pequeña pero creciente mancha sanguinolenta. Ahora comprendía el origen de su terrible agonía.

Aun así, trató de levantarse. Si no lo hacía y se quedaba allí tumbado todo el día, Hayato se mostraría violento de nuevo. Y no se veía capaz de soportar otra sesión como la de anoche. Moriría desangrado. Con esfuerzo se puso en pie, pero las piernas le fallaron. Apretó los puños contra el suelo y frunció el ceño. Se arrastraría si era necesario.

Una vez que alcanzó el cuarto de baño, con ayuda de las paredes del pasillo, se miró en el espejo. Su cabello era un desastre, su rostro estaba alarmantemente pálido, y su cuello y cuerpo estaban cubiertos de sangre reseca. Se quitó los restos de la camiseta de su uniforme y se metió en la ducha. Esperaba tener uno de repuesto guardado en alguna parte.

Nada más sentir el agua cálida sobre su piel, dejó escapar un suspiro. Enjabonó su cabeza y frotó con fuerza su cuerpo, tratando de deshacerse de la sangre y de la repulsión que sentía por haber sido tocado. Llevaba haciendo eso desde la primera vez que su tío le había… bueno, abusado de él. Y aún, incluso casi seis años después, seguía sintiéndose sucio y corrompido.

Se llevó las manos al cabello y lo aclaró con lentitud, comenzando a sentirse terriblemente mareado y cansado. Pensó que no habría ningún problema si tan solo se sentaba un rato y descansaba. Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer por ella hasta quedarse sentado. Sintió un escalofrío y pegó sus piernas a su pecho mientras se acercaba poco a poco al chorro de agua que seguía cayendo. La calidez que le envolvió y la cómoda postura que encontró fueron suficientes para que se quedara profundamente dormido.

Un extraño sonido le sacó de su mundo de sueños, pero le daba demasiada pereza abrir los ojos. En cuanto sintió algo húmedo en su frente y un cosquilleo en su mejilla los abrió. Se encontró con la profunda mirada de Hayato y, rápidamente, retrocedió hasta chocar con la cabecera, haciendo que el paño que su tío le había puesto se deslizara por su rostro hacia el colchón. Hayato se acercó a él y le retiró el flequillo de los ojos con sumo cuidado.

Tranquilo, Izaya – susurró él. Y el sonido suave y bajo de su voz, extrañamente, consiguió calmar al adolescente –. Tienes un poco de fiebre. Te dormiste en la ducha, ¿recuerdas? No deberías ser tan descuidado – hizo una pausa para volver a mojar el paño y se acercó un poco más a él, sin dejar de mirar a Izaya a los ojos, como queriendo comprobar que tenía el permiso –. Aunque la culpa es toda mía, ¿verdad? Lo lamento mucho Izaya. Estaba muy enfadado. ¿Podrás perdonarme?

Hayato le rodeó con ambos brazos y le sumió en un cálido abrazo. Tan cálido que Izaya no pudo negarse. Sabía que no debía corresponderle, pero sus brazos ya habían rodeado la espalda de Hayato y sus dedos aferraban débilmente su camisa. Escondió la cabeza en su pecho y dejó que su tío le acariciase la espalda con movimientos circulares mientras permitía la salida de las lágrimas. Él era la persona que le había causado todo aquel sufrimiento, la que le había puesto un límite a su libertad pero, de la misma forma, también era el único que podía consolarle en ese momento. Aunque no pudiese perdonarle jamás por lo que le había hecho, y que probablemente seguiría haciendo, su calidez era lo único que le importaba en esos instantes.

Hayato separó un poco a su sobrino de su cuerpo y tomó su rostro con delicadeza. Juntó sus labios sin previo aviso e Izaya, sintiéndose a gusto entre sus brazos y no queriendo enfadarle, abrió levemente la boca. La lengua de Hayato se coló en ella y se entrelazó con la de Izaya. El joven moreno dejó que su tío recorriera y saboreara todo el interior de su boca y, cuando su lengua buscaba la suya, le correspondía. Así evitaba malas situaciones. Hayato quedó satisfecho y abrazó con fuerza el cuerpo de su sobrino.

Lo siento – volvió a disculparse el hombre –. Te quiero mucho Izaya.

Lo sé.

¿Tú también me quieres?

Izaya se mordió el labio inferior y reposó su barbilla en el hombro de Hayato. Se acomodó en su pecho y correspondió su abrazo.

Sí, Haya-nii.

Era mentira.

Ambos lo sabían.

Al igual que también sabían que Izaya estaba anclado a Hayato y, por mucho que quisiera, jamás podría escapar de él.

Izaya siempre sería propiedad de Haya-nii.

La oscuridad y el silencio rodeaban al apartamento cuando Shizuo se desveló. Tras la pequeña conversación que habían tenido con Izaya, no se habían visto con ánimos de seguir viendo más grabaciones, por lo que Mairu apagó el portátil. Lo que siguió a continuación estaba algo borroso en su mente, pues no había podido dejar de darle vueltas a la dolorida mirada de Izaya. Su cerebro empezó a recrear diferentes escenarios sobre el posible castigo que Hayato le había impuesto a su sobrino pero, por muchas barbaridades que pudiesen pasar por su cabeza, ninguna hacía justicia a la realidad.

Shizuo se levantó y se sentó en el futón que Celty había colocado en la habitación de Shinra, a pesar de los muchos intentos que el doctor había hecho para poder compartir cuarto con su amada dullahan. Miró a su amigo de reojo. Estaba profundamente dormido, con una sonrisa estúpida en el rostro. Probablemente soñaba con Celty. Shizuo se pasó una mano por el cabello y se puso en pie. Iría a la cocina a por un vaso de leche. Tal vez de esa forma podría recuperar el sueño de nuevo.

Abandonó la habitación con cuidado de no despertar a Shinra y avanzó por el pasillo. Se paró de golpe justo antes de llegar al salón. Una tenue luz azul iluminaba parte de la estancia. Mairu y Kururi habían decidido quedarse esa noche con su hermano y Shizuo, preocupado y furioso por todo lo que había visto, no quiso abandonar tampoco la casa del médico ilegal. Las gemelas habían dejado en el salón su portátil, pero no eran ellas las que lo usaban en ese momento. La silueta recortada que se adivinaba sentada en el sofá, encorvada frente al portátil, era delgada y esbelta: Izaya. ¿Qué hacía el chico con el ordenador a esas horas de la madrugada? Quizás… ¿acaso pensaba eliminar las grabaciones?

Shizuo se asomó ligeramente, pero no vio nada extraño. Izaya ni siquiera estaba tocando el ratón. Toda su atención se centraba en las imágenes que se reproducían en la pantalla.

Estaba viendo una de las grabaciones.

Izaya no podía apartar los ojos de la pantalla. Estaba tan absorto viendo las imágenes que no sintió la presencia de Shizuo observándole desde el pasillo. Su ceño se fruncía ligeramente, aunque sus ojos estaban llenos de nostalgia y dolor. Con sumo cuidado tocó la pantalla y la acarició con tres dedos.

¿Qué has hecho, Kei? No tenías que haber vuelto… No puedes haber vuelto… – susurró él, mirando intensamente la pantalla, como si esta fuera a responderle de un momento a otro.

Shizuo miró por encima del hombro de Izaya y captó parte de lo que parecía ser una larga coleta plateada. Al instante, una extraña sensación se formó en su pecho.

Él no debería estar ahí.

Izaya estaba viendo al chico del que estaba enamorado.

Su presencia, aunque oculta, era una violación a su intimidad. Sentía que estaba interrumpiendo un extraño reencuentro entre ambos chicos. Retrocedió silenciosamente, decidiendo que su vaso de leche podría esperar, y regresó a la habitación de Shinra.