Capítulo XIV - Lo siento

Shinra observó con ojos tristes la elegante mesa que tenía en el salón. Era de tamaño mediano, alargada y su altura no era demasiada. Apenas le llegaba a las rodillas. Era una mesa preciosa, de caoba lustrada. Aún recordaba las horas que Celty había invertido y las persecuciones que había evitado para poder ir a comprarla y regalársela. Shinra suspiró y acarició una de las patas de su mesa ahora partida por la mitad. No debería estar perdiendo el tiempo de aquella manera y menos con un objeto inerte, cosa que Celty no dejaba de recriminarle. No cuando, tras haber visto la última grabación, Izaya había salido corriendo del apartamento.

Todo había pasado demasiado deprisa.

Mairu encendiendo el portátil mientras todos se acomodaban.

Izaya saliendo de la habitación para ir a la cocina.

El contenido inesperado y, en cierto modo, aterrador del vídeo.

Izaya saliendo del apartamento.

Shizuo yendo detrás de él.

MINUTOS ANTES

De nuevo estaban todos en el salón de Shinra con el portátil enfrente. Ese día, sin embargo, iba a ser el último. Apenas quedaban dos semanas de grabaciones por ver, pues en el resto Izaya ya no residía en el apartamento de su tío debido al intento de asesinato por parte de este. Kadota pensó que lo más lógico sería avanzar y ver un último vídeo. El seleccionado fue el que contenía la grabación datada dos días antes de que Izaya volviese a la residencia familiar de los Orihara.

Mairu y Kururi nunca supieron el verdadero motivo del regreso de su hermano. No hasta aquel día que investigaron en casa de Shinra y descubrieron la noticia eliminada de aquel periódico. Lo único que recordaban de esa época pasada era que Izaya estuvo desaparecido un día entero y eso fue lo que sus padres les explicaron. Que su hermano había vuelto porque se había escapado.

Estaban a unos segundos de descubrir qué fue lo que pasó realmente para que Izaya regresara y cuánto de cierto tenía aquella noticia sobre el intento de asesinato. Todas las respuestas a sus preguntas quedarían resueltas una vez el vídeo empezase a reproducirse. Como siempre hacían, adelantaron la grabación hasta la hora de llegada de Izaya de la Academia.

Todo era como siempre. Izaya comiendo solo y sentándose en el sofá después para hacer sus tareas y estudiar. Allá sobre las seis de la tarde, alguien tocó el timbre. Izaya se levantó y abrió la puerta y, con esa visita, empezó lo que sería el final de una historia que apenas había comenzado.

Buenos días, Ori-chan. Tengo muy buenas noticias.

Juusan entró en el apartamento y se sentó en el sofá. Mientras Izaya cerraba la puerta y se reunía con él, el chico de cabello plateado sacaba un sobre de su mochila. Juusan le mostró las imágenes que había alterado gracias a sus habilidades. Izaya y él habían estado siguiendo durante semanas a tres peligrosos hombres relacionados con tráfico de drogas, armas y proxenetismo. El joven moreno les había investigado y, con toda la información recabada, se habían aprendido los lugares que frecuentaban más asiduamente. Les habían fotografiado reuniéndose con sus clientes, haciendo intercambios en callejones oscuros e incluso dentro de sus "guaridas". Estas últimas a Juusan no le habían hecho ninguna gracia, pues había sido Izaya el encargado de infiltrarse y el joven lo consideraba un riesgo innecesario. Una vez finalizada la sesión de fotos, empezaba la parte más importante: incriminar a Hayato. De esto se encargaba Juusan, manipulando las fotografías para que se viera al tío de Izaya en todas ellas.

El moreno abrió el sobre y observó las fotografías una a una.

Wow. Son fantásticas. Parecen…

Reales. Lo sé – alardeó Juusan –. Ahora solo necesitamos hacer una llamada.

Ya está hecha. En media hora, Suzuki-kun se presentará en la comisaría de policía para denunciar a Orihara Hayato y llevará con él unas fotografías que demuestran su culpabilidad.

Que eficiente, señor Orihara – rió Juusan –. Me iré ya entonces para que Suzuki-kun pueda realizar su cometido con éxito.

Juusan guardó de nuevo las fotografías en el sobre y se levantó. Izaya le acompañó a la puerta y, antes de que el chico de ojos violetas se fuera, le besó. Juusan sonrió.

Prepara todo. Llegaré antes de que puedas echarme de menos – le guiñó un ojo, juguetón –. Me llevo las llaves.

Juusan salió e Izaya cerró la puerta y se sentó de nuevo en el sofá. Continuó ojeando el libro de biología, que había dejado abandonado sobre la mesa, y pasando a limpio algunos apuntes. De vez en cuando, su móvil sonaba con el pitido característico de un mensaje nuevo. Izaya lo revisaba, respondía algo rápidamente y volvía a sus estudios.

Ninguno quería perder detalle de aquel último vídeo, por lo que no se atrevieron a adelantar nada. Esperaron exactamente media hora hasta que Izaya dejara todo lo que estaba haciendo y, tras mirar el último mensaje que le había llegado, se llevara los libros y cuadernos con él. En los pocos minutos que Izaya pasó en su habitación, el silencio se adueñó de todo el salón. Tan solo podían escuchar puertas cerrarse y un rumor lejano de agua corriendo.

Cuando la puerta principal se abrió, Izaya salía del pasillo con una enorme sonrisa en los labios y una mochila negra a la espalda. Mas su alegría se esfumó al ver lo que le esperaba en la entrada. Hayato, con una expresión más allá de la furia, sujetaba con fuerza el brazo de Juusan.

Lo siento, Izaya – dijo Juusan, usando su nombre real para evitar más problemas con Hayato, si es que eso era posible –. Me vio antes de que…

¡Silencio!

El hombre pelirrojo le empujó hacia el interior del apartamento y cerró la puerta violentamente. Juusan se acercó con rapidez a Izaya, que le abrazó protectoramente. Ambos jóvenes temían la ira de Hayato, pero se mostraron firmes y serios. Habían llegado muy lejos como para acobardarse. Hayato se cruzó de brazos y se apoyó en la puerta mientras miraba silenciosamente a los dos chicos frente a él.

Sabía que este día llegaría – rompió el silencio poco después –. Pero, sinceramente, pensé que me abandonarías mucho antes. ¿Qué te ha retrasado tanto?

Hayato esbozó una media sonrisa, de esas que a él tanto le gustaban y que helaban la sangre. Miró a Juusan fijamente con aquel ojo idéntico a los de Izaya y pudo notar cómo el joven se estremecía entre los brazos de su sobrino.

¿Qué tiene este chico? Me gustaría saberlo.

Ninguno de los dos habló, por lo que Hayato alzó una ceja, esperando una respuesta que nunca llegó. El hombre suspiró, un tanto molesto por no estar logrando en ellos el nivel de terror que esperaba alcanzar.

Dime Keiichi – siguió hablando Hayato, consiguiendo esta vez arrebatar parte del color de sus rostros –, ¿qué te hace pensar que voy a dejar que te marches con mi sobrino? Él me pertenece.

Juusan luchó contra el miedo y la angustia que le había provocado el escuchar su verdadero nombre de los labios de Hayato y se mostró firme ante él.

Izaya nunca ha sido tuyo. Él es libre de decidir con quién quiere estar. Y, desgraciadamente para ti, ese he sido yo.

Hayato soltó una carcajada, separándose de la puerta para poder inclinarse sobre sí mismo. Juusan le miró como si se hubiera vuelto loco y quizás no estaba muy equivocado.

¿No le has contado nada, Izaya? Eso no está bien. No puedes tener secretos con tu "novio".

Juusan cogió a Izaya de la mano, que temblaba levemente, y negó con la cabeza.

Lo sé todo.

¿Y aun así soportas estar al lado de alguien tan corrompido como él?

le corrompiste. Izaya no tiene la culpa. Por eso no pienso dejar que te salgas con la tuya.

Juusan sintió cómo Izaya apretaba su mano con fuerza y le dedicó una pequeña sonrisa. Hayato bufó.

Esto va a ser más problemático de lo que pensé – susurró para sí mismo, aunque los chicos pudieron escucharle perfectamente.

Hayato se abrió la chaqueta de su elegante traje y los dos jóvenes quedaron paralizados ante lo que vieron. El hombre sacó la pistola que llevaba alojada en el cinturón y le quitó el seguro.

Estoy dispuesto a olvidar todo este asunto. Pero claro, quiero algo a cambio. Seguro que tú y yo podemos llegar a un buen acuerdo, Keiichi – le apuntó con el cañón de la pistola –. Tan solo tienes que olvidarte de Izaya – dirigió el cañón hacia su sobrino –. Olvidar su existencia. Vete y desaparece de su vida para siempre. Entonces, todo este…asunto terminará y podremos hacer nuestras vidas de nuevo. ¿Qué me dices?

No. Yo nunca abandono a alguien a quien amo.

Hayato bajó la pistola y suspiró. Un suspiro tan falso como la expresión arrepentida que estaba poniendo.

Lamento que las cosas terminen así. Lo digo en serio, chico.

Juusan alejó a Izaya de un empujón justo en el momento en que una bala impactaba en su cuerpo. Sabía que el moreno habría tratado de salvarle y él no podía permitir que le ocurriese algo a Izaya. Su tío ya le había hecho demasiado daño.

El joven de cabellos plateados se desplomó en el suelo, bajo la atenta mirada de Izaya. La sangre no tardó en teñir la alfombra. Recuperado de su shock inicial, Izaya fue corriendo a su lado mientras Hayato los observaba con satisfacción. Se arrodilló junto a él y puso su cabeza en su regazo. Acto seguido se quitó la chaqueta y la apretó sobre la enorme mancha sanguinolenta que se extendía por su costado. Le apartó unos mechones plateados del rostro y le acarició la mejilla.

Te vas a poner bien – le dijo.

Juusan le miró y esbozó una débil sonrisa. A Izaya se le cayó el alma a los pies al ver tanta tristeza reflejada en sus ojos. Un fuerte tirón en su cabello le separó de aquel cuerpo que iba perdiendo su calor por momentos.

Ya es hora de irnos, Izaya.

El moreno apretó puños y dientes y, cerrando los ojos para evitar la salida de las lágrimas, se giró y golpeó a Hayato. El puñetazo le hizo retroceder varios pasos. Tanto el labio del hombre como los nudillos de Izaya sangraban. Sin pensarlo dos veces, y sin dejarle tiempo de reacción a Hayato, se lanzó sobre él como una bestia salvaje. En medio de todo aquel forcejeo, logró deshacerse de la pistola, lanzándola lejos de su alcance.

Izaya parecía llevar las de ganar en aquella encarnizada batalla que se había formado en el salón. Golpeaba el rostro de Hayato con fuerza y apenas le permitía contraatacar. Sin embargo, el hombre logró levantarse y estampar la cabeza de Izaya en la pared. Aprovechando el momento de debilidad de su sobrino, le tomó del cuello de la camiseta y le empujó. Izaya perdió el equilibrio y cayó de lleno contra la mesita de cristal, que se rompió debajo de su cuerpo. Los cristales se clavaron en su espalda y en la parte posterior de sus brazos y piernas.

Apenas tuvo tiempo para gritar de dolor, pues Hayato le había agarrado del pie y tiraba de él. Aquel movimiento de arrastre no hizo más que hundir más profundamente los cristales en su piel. El punzante dolor que sentía en todo su cuerpo no fue lo que le motivó a protegerse de los dedos de Hayato que se cerraban alrededor de su cuello, sino el pequeño y lastimero quejido que Juusan dejó escapar.

Izaya agarró uno de los trozos de cristal clavados en su pierna y se lo arrancó. Antes de que Hayato pudiese esquivarlo, el corte ya estaba hecho. El hombre se separó de él apretando con fuerza su ojo derecho mientras gritaba de dolor. La sangre se deslizaba entre sus dedos. Izaya se irguió como pudo y tomó una de las patas de la mesita. Justo en el momento en que Hayato se abalanzaba sobre él, con la mitad del rostro cubierto de sangre y los dientes, igualmente rojos, fuertemente apretados, Izaya se impulsó hacia arriba y le golpeó con la pata de la mesa. La sangre comenzó a manar de su sien, mezclándose con la que ya tenía y que empezaba a coagularse, y se tambaleó. Finalmente perdió la consciencia y quedó tendido sobre las blancas baldosas.

Izaya recuperó la pistola y le apuntó. Su pulso temblaba.

No lo haría. Él no era así.

El arma se resbaló de sus manos y se sintió desfallecer. Pero aún no podía permitirse quedarse inconsciente como su tío. Había alguien a quien debía salvar. Sus piernas fallaron y cayó, golpeándose las rodillas dolorosamente. De esa forma, gateó hasta llegar al inmóvil cuerpo de Juusan.

Eh, Juusan. Despierta – susurró, dándole golpecitos en la mejilla.

La cabeza del joven se movió con lentitud. Izaya le observó abrir los ojos con esfuerzo. Una hermosa sonrisa afloró en los labios del moreno.

Ey, resiste. La policía no tardará en llegar. ¿Recuerdas nuestro plan?

Sí… Suzuki-kun…ya habrá cumplido…su parte.

Por supuesto. ¿Y sabes lo que eso significa? Que ya somos libres.

No, Izaya… Tú lo eres.

¿Pero qué dices? – preguntó él sin borrar su sonrisa, luchando contra las lágrimas – ¿Acaso has olvidado el objetivo de todo este plan? Tú y yo. Nadie más.

Tú y yo… – Juusan cerró los ojos y sonrió, como saboreando el significado de esas palabras –. Suena tan inalcanzable…

¿Por qué me apartaste, Kei? – preguntó Izaya, no queriendo seguir con el otro tema, pues sabía a dónde le llevaría. Juusan rió débilmente al oír su nombre y le miró.

Hacía mucho que…no me llamabas así – el chico paró para tomar algo de aire y continuó –. Si no lo hacía…, te habrías puesto…en medio. Ya has…sufrido suficiente…

¿Suficiente? – Izaya ya no pudo guardar más sus lágrimas. Estas resbalaron por sus mejillas y mojaron el rostro de Juusan – ¿Es que no te das cuenta de que si te pierdo será peor que mi vida al lado de Hayato?

Lo siento…

Juusan movió los dedos de su mano y forzó a su brazo a levantarse. Pero sus dedos no llegaron a limpiar aquellas lágrimas, quedaron a medio camino del rostro de Izaya. Su brazo cayó sobre la alfombra, que enmudeció el golpe. Aunque en la mente de Izaya sonó como si se hubiera volcado un enorme bidón de metal.

¿Kei? – le llamó – Kei…

Siguió llamándole a pesar de que la mano que sostenía entre las suyas estaba fría. Continuó pronunciando su nombre aunque podía ver claramente que el brillo en sus ojos se había apagado.

Izaya gritó, tratando de aliviar la dolorosa opresión que sentía en el pecho. Pero aquello solo sirvió para deshacerse en más lágrimas. Apretó con fuerza contra su cuerpo el cadáver de Juusan y le besó. Le besó una vez. Y otra. Y otra. Y otra. Le besó hasta que sus propios labios estuvieron tan entumecidos como los de Juusan. Y entonces se dejó caer, aún abrazado al frío cuerpo, y lloró en silencio sobre su frío hombro.

Mientras el grupo veía la grabación, Izaya había entrado en el salón. Ninguno reparó en su presencia, demasiado absortos en la pantalla, e Izaya no trató de hacerse notar. Simplemente se aburría en la habitación sin hacer nada y había salido para hurgar en la nevera de Shinra. Se sirvió un vaso de agua y miró al grupo. Sabía que estaban viendo una grabación pero, ¿cuál podría ser para tenerles de esa forma? El grito que se escuchó, más fuerte que las demás voces, le sacó de dudas. Aquel terrible día golpeó su mente y las imágenes le asaltaron sin piedad.

Un sonido cristalino fue lo que alertó al grupo. Todos levantaron la mirada para encontrar un vaso hecho añicos en el suelo y una sombra negra desapareciendo tras la puerta, que se cerró con violencia.

Shizuo se levantó de golpe, sobresaltando a sus acompañantes. Mairu reaccionó a tiempo y agarró el portátil. Shizuo entonces le dio una fuerte patada a la mesa, pues estaba en medio de su camino, y salió en busca de Izaya.

El informante no había pensado en ningún lugar en especial dónde poder refugiarse del dolor de su pasado. Simplemente dejó que sus pies y su tristeza le guiasen hasta una azotea. El edificio en el que estaba no se encontraba muy lejos del de Shinra, pero la ventaja de la cercanía no era precisamente su mayor problema en esos momentos. Tan solo quería algo de soledad, aunque eso le doliese como si caminase sobre un campo de espinas.

Se sentó en el borde, con los pies colgando, y miró hacia abajo. Recordó al chico que le había salvado hacía unos días. Aquel chico de largo cabello blanco que le había llamado Ori-chan y del que no había vuelto a saber nada. Tal vez aquel joven era realmente Juusan. Tal vez había vuelto para cumplir su promesa de estar juntos. Tal vez debería…irse con él.

Algo oscuro cubrió sus ojos repentinamente y el calor se expandió por su cuerpo. Levantó aquella cosa que había caído sobre él y vio que se trataba de su abrigo. Al girarse, se encontró con la mirada de Shizuo, oculta tras sus gafas.

Está empezando a hacer frío.

Fue lo único que dijo.

Izaya miró al cielo, ni siquiera había notado que ya era de noche. Se puso el abrigo y continuó mirando silenciosamente el suelo a treinta metros por debajo de él. Shizuo se sentó a su lado y encendió un cigarrillo.

Ninguno dijo nada. Se quedaron allí envueltos por el silencio y la brisa nocturna.

Izaya se arrebujó en su abrigo y miró a Shizuo de reojo.

Tal vez Juusan solo había vuelto para mejorar su relación con Shizuo. Tal vez quería asegurarse de que alguien le protegía de su tío. Izaya levantó la vista al cielo estrellado y esbozó una media sonrisa.

"Gracias, Kei".