Capítulo XV - Sé quién soy

Los días fueron pasando, lenta pero inexorablemente, e Izaya comenzó a pasar más tiempo en el salón con Shinra y Celty. En ningún momento consiguieron que les diera más detalles sobre su pasado, pues sabían que una simple cámara no podía haber grabado todo, pero al menos Shinra se alegraba de que Izaya disfrutase de su estancia con ellos. No lo decía con palabras, mas podía verlo en sus ojos y en sus acciones cuando Shizuo se pasaba y empezaban a pelear.

De alguna forma era agradable verles así. Se perseguían por la casa sin descanso, pero al menos no destrozaban nada a su paso. Eso Shinra lo agradecía enormemente. Por fin podía ver a sus dos mejores amigos llevarse bien.

Shizuo se dio de bruces contra el suelo, a los pies de Izaya. Este se retorcía en su sitio, sujetándose el estómago y riéndose a más no poder. Shinra supuso que Izaya le habría puesto la zancadilla a Shizuo y les miró un poco abochornado. Quizás aquello era como ver a dos niños jugando.

Sin embargo, el hecho de que Shizuo no se hubiese lanzado a golpear a Izaya, sino que se hubiese sentado en el suelo, sobándose la cabeza y mirando al informante con una pequeña sonrisa, hizo que Shinra sonriera también. Shizuo realmente estaba tratando de llevarse mejor con Izaya. Ambos necesitaban su tiempo para confiar plenamente en el otro pero, poco a poco, lo irían consiguiendo. Shinra estaba seguro de ello.

Izaya terminó de enviarle a Namie por e-mail la información que debía desde que Shinra había decidido retenerle y se metió de nuevo en el grupo de los Dollars. Últimamente no había mucho de lo que hablar, pues Shizuo pasaba muchas tardes en casa de Shinra como para causar alborotos y Celty y Kadota apenas se conectaban.

El informante apagó el portátil y lo dejó sobre la cómoda. Se aburría demasiado. Shinra, Celty y Shizuo estaban trabajando y Erika y Walker habían arrastrado a Kadota con ellos a sus locuras otakus. Solo quedaban sus hermanas, que estaban en el salón haciendo deberes. Alguien tenía que quedarse con él para mantenerle vigilado y, teniendo en cuenta que era sábado, ellas eran las únicas que podían hacerle compañía.

Izaya salió de la habitación y avanzó hasta el salón. Tal vez podría pasar el resto de la tarde con sus hermanas. Las había dejado mucho de lado. Sin embargo, se paró en seco en medio del pasillo y dejó reposar su cuerpo sobre el marco de la puerta del cuarto de baño. Sacó el móvil de su bolsillo y revisó el nuevo mensaje que le había llegado. Había sido más rápido de lo que esperaba.

El joven moreno se separó de la puerta y permaneció en silencio unos segundos. La voz de Mairu se oía de fondo, animada como siempre y acompañada de unas cuantas risas. Al parecer no le habían oído salir de la habitación. Izaya se dio la vuelta y regresó al cuarto, cerrando la puerta con cuidado.

Una vez sentado en la cama, desbloqueó el móvil y abrió el mensaje completo. No esperaba recibir noticias de él en, al menos, dos semanas. Parecía que hacía bien su trabajo. Si no supiera que a él no le interesaba dedicarse a ello, se habría preocupado por tener a un rival digno. Para su fortuna, seguiría siendo el único informante.

Y: Esto es todo lo que he podido conseguir de momento. Seguiré investigando.

Izaya abrió el documento que le había enviado y lo leyó por encima, deteniéndose en las partes en las que veía cierto nombre. Tocó la pantalla. Seis páginas. Él había hecho demasiado bien su trabajo. Esbozó una media sonrisa, sintiendo una pequeña punzada de orgullo. Izaya tan solo le había dado un par de consejos para pasar inadvertido y él había sabido hacer buen uso de ellos.

Aún recordaba cuando aquel chiquillo se había presentado en su oficina, con la ropa hecha jirones, una billetera robada en el bolsillo y enormes deseos de venganza. Parecía que acababa de salir de una pelea y, a juzgar por su apariencia, no había salido muy bien parado de ella. Pero, a pesar de verse bastante débil, su voz no tembló cuando le pidió investigar a un hombre. Izaya había sonreído con interés y, tras rechazar el dinero que le ofrecía, había aceptado ayudarle. A cambio, le pidió una serie de favores.

Desde entonces, el chico había estado recabando información para Izaya en lugares a los que él no podía entrar y sirviendo como coartada para el informante. Con el paso del tiempo, el chico pudo obtener su venganza gracias a la precisa información de Izaya e Izaya ganó una especie de aliado, pues el jovencito no se negó a continuar investigando para él aun habiendo cumplido ya con su parte.

I: Buen trabajo, Yuu-chan.

Izaya se acomodó entonces en la cama, con la espalda apoyada en el respaldo, y comenzó a leer desde el principio. Al cabo de unos minutos, un mensaje le interrumpió.

Y: Respecto a lo otro que me pediste…

Y: Lo tengo.

Y: Tengo registrados todos los lugares que frecuenta. Aún estoy investigando dónde se esconde. ¿Qué quieres que haga?

Izaya no se permitió sonreír. Tenía que andarse con cuidado si quería que todo saliera bien y que, tanto Yuu como él, no fueran descubiertos. Tecleó su respuesta.

I: Sé cuidadoso.

Yuu se desconectó e Izaya continuó leyendo la información que el chico había redactado para él. Al contrario de lo que pensaba, aquellas seis páginas no le solucionaron nada. Tan solo sirvieron para dejarle más incógnitas y, según lo que había leído, los únicos que podrían resolverlas eran sus padres. Hacía bastante tiempo que no hablaba con ellos. Probablemente la última vez fuera el día de su graduación. Sin embargo, quería respuestas. Quería saber, necesitaba saber cuánta verdad se escondía tras las líneas de aquel código que había descifrado.

Bloqueó el móvil y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Su abrigo estaba en la percha, cerca de la puerta, en el salón, donde estaban sus hermanas. No podía llevárselo. Sus hermanas no debían saber que se había ido. Al menos no tan pronto. Sabía que su ausencia no pasaría desapercibida y que, más pronto que tarde, tendría a Shinra llamándole como loco y –esperaba que eso no– a un complicado guardaespaldas buscándole por todas partes.

El informante se acercó a la ventana y la abrió con cuidado. El apartamento de Shinra estaba en uno de los edificios más altos y casi podía considerarse un ático pero, ¿cuántas veces había visto a la muerte cara a cara? Izaya sacó la cabeza y, aferrándose con fuerza al alféizar del apartamento de arriba, se paró a más de treinta metros de altura. Lo único que tenía que hacer era trepar por la tubería y alcanzar la azotea. Desde allí, llegaría al otro lado y bajaría por las escaleras de incendios. Rápido y sencillo.

Echó un rápido vistazo a sus pies y tomó una gran bocanada.

El riesgo merecía la pena.

Un hombre esperaba paciente sentado tras un enorme escritorio de madera. El lugar, más que un despacho, parecía un almacén abandonado. Las paredes estaban cubiertas de cajas apiladas en columnas y varios muebles tapados con sábanas polvorientas. Una solitaria bombilla era lo único que iluminaba la habitación.

El hombre sonrió al oír un eco de pasos acercándose y se reclinó sobre la silla giratoria en la que estaba. Un joven embozado en una larga gabardina negra entró en la estancia y tomó asiento frente al otro hombre.

¿Tienes nuevas noticias?

El joven asintió y, tras abrir su gabardina, dejó sobre la mesa una carpeta marrón. El hombre la tomó y sacó su contenido, esbozando una media sonrisa ante lo que veía. Esparció las fotografías por el escritorio y las observó fijamente, una a una. El chico le miraba sin decir nada. Siempre que le llevaba algo nuevo pasaba lo mismo, así que ya estaba acostumbrado a pasar largos minutos en silencio.

Parece que todo le va bien.

El hombre levantó la mirada de las fotografías y clavó sus ojos en los de su compañero. El chico se estremeció levemente. Las sombras del lugar mantenían su rostro oculto, pero la escasa luz que se colaba entre las rendijas de la ventana tapiada y la que producía la pobre bombilla era suficiente para distinguir parte de sus bellos rasgos faciales y la cicatriz que recorría un lado de su rostro.

Sigue en ello. No los pierdas de vista.

Sí, Orihara-san.

El hombre volvió a centrar su atención en las fotografías. Sus ojos pasaron por el famoso jinete sin cabeza, por el médico ilegal visitando los barrios bajos, por el hombre de la gorra apoyado en una furgoneta junto a otros jóvenes, por las gemelas saliendo de Raira y se detuvieron en el hombre rubio y vestido de camarero que enarbolaba una señal de tráfico. Tendría que deshacerse de él primero.

Hayato abrió un cajón y sacó un abrecartas dorado para, acto seguido, clavarlo en una de las fotografías. La rajó de arriba abajo y después observó su obra con un brillo extraño en los ojos.

Puedes irte.

El joven asintió y salió de la habitación, dejando a Hayato solo de nuevo. El hombre pelirrojo dejó caer la sonrisa que había esbozado para despedir al chico y se levantó. Abrió otro cajón del escritorio y sacó un frasco de pastillas. Tras guardárselo en el bolsillo, tomó el abrecartas y abandonó la estancia.

Tras haber guardado su móvil en uno de los numerosos bolsillos de su abrigo, un joven de llamativos ojos dorados se separó de la pared en la que había estado apoyado. Su mirada siguió cuidadosamente la silueta de otro joven. Alto, delgado y con su cabello oculto en una gorra. Caminaba con rapidez y mirando al suelo. Ese acto dificultaba el poder ver su rostro por completo, pero eso a Yuu le era innecesario. Izaya le había proporcionado una fotografía del susodicho y, aunque estaba un poco desgastada, los rasgos de aquel joven eran difíciles de olvidar. Tomó las gafas de sol que llevaba colgando del cuello de la camisa, se las puso, desviando así la atención que atraían sus ojos, y se dispuso a seguir al chico.

El joven, envuelto en su gabardina, miraba de un lado a otro cada cierto tiempo, comprobando que nadie le siguiera. Yuu daba gracias a sus buenos reflejos pues, en varias ocasiones, había estado a punto de ser descubierto.

Yuu sacó el móvil disimuladamente y le mandó su localización a su novia. Era la primera vez en todas las semanas en las que había estado siguiendo a aquel chico en la que este se desviaba hacia un barrio olvidado. No era peligroso, pues nadie solía frecuentarlo, pero Yuu tenía una ligera idea sobre con quién iba a encontrarse ese joven. Si algo salía mal, su novia sabría qué hacer.

El joven desapareció tras una puerta de metal desvencijada. El resquicio que quedó abierto fue suficiente para que Yuu pudiera espiar lo que había al otro lado. Desgraciadamente, no había ni una sola bombilla funcionando en todo el pasillo. Yuu no sabía con exactitud si se debía a la falta de electricidad o a si alguien las había robado. Se alejó de la puerta y se escondió en un callejón cercano desde el que tenía una vista perfecta del edificio. No entraría a un lugar desconocido y completamente a oscuras. En otra situación no le habría importado arriesgarse, pero no solo su seguridad era la que estaba en juego, también la de Izaya. Estaba en deuda con el informante. Izaya había hecho mucho por él. Aunque quisiera camuflarlo bajo la apariencia de un simple peón más en sus planes, Yuu sabía que Izaya le había cogido un poco de cariño. Lo sabía porque él también le apreciaba. Como al hermano mayor que nunca tuvo. Por ese motivo, decidió que lo mejor sería esperar fuera del edificio a que el joven volviera a salir y, con suerte, a que apareciera Orihara Hayato.

Unos minutos después, la puerta produjo un sonido chirriante y el joven al que Yuu había estado siguiendo salió cuidadosamente. Su cabeza, como siempre, mirando al suelo. Tan solo la levantó unos instantes para mirar a izquierda y derecha rápidamente. Yuu se fundió más con las sombras y se recolocó las gafas. Tomó una rápida fotografía. No guardó la cámara. Esperaba que alguien más saliera por esa puerta y, si por algo se caracterizaba Yuu, era por su paciencia.

Finalmente, Orihara Hayato no se hizo de rogar. Apareció por la misma puerta desvencijada que él vigilaba, lo que alivió a Yuu, pues temía que pudiera haber salido por alguna puerta trasera. Hayato no se molestó en comprobar sus alrededores como había hecho el otro hombre. Avanzó tranquilamente, sin preocuparse en cerrar la puerta de nuevo. Yuu tomó todas las fotografías posibles desde todos los ángulos que pudo y, cuando la figura de Hayato abandonó aquel olvidado barrio, el joven se aventuró en el interior del edificio.

Avanzó con cuidado de no hacer mucho ruido. No creía que Hayato fuese a dejar a alguien vigilando aquel lugar pero aquel hombre era una caja de sorpresas y prefería ser precavido.

Con la linterna del móvil fue alumbrando su camino. Pasó por varios pasillos medio derruidos y saltó unas cuantas veces esquivando a las ratas que corrían de un lado a otro. Todas las puertas que encontraba o estaban cerradas con llave o tan solo contenían más ruinas y más ratas. Empezaba ya a pensar que sus reuniones allí eran falsas, que tan solo le habían tendido una trampa y que más pronto que tarde alguien le sorprendería vagando por los pasillos y todo habría terminado. Ya estaba despidiéndose mentalmente de su novia (al igual que la paciencia, el dramatismo era un rasgo importante en Yuu) cuando abrió otra puerta. Y lo que vio allí bloqueó cualquier pensamiento positivo que pudiera haber tenido. Ante él se hallaba un enorme escritorio de madera, polvoriento y cubierto de fotografías. Las examinó cuidadosamente, reconociendo todas las caras que veía. Una partida por la mitad le llamó particularmente la atención. En el lado derecho estaba Shizuo, fumando como siempre. En el izquierdo, Izaya, con una pequeña sonrisa y mirando al cielo. Era de noche y ambos estaban sentados en lo que parecía ser una azotea.

Sin embargo, no fue eso lo que mandó escalofríos a su columna. En una esquina del escritorio vio un par de botas y el vuelo de un abrigo que le resultaron escalofriantemente conocidos. Yuu sacó la fotografía de debajo de otras dos con mucho cuidado y tragó saliva. Sus ojos dorados se encontraron con otros idénticos que le devolvían la mirada desde el papel.

Orihara Hayato sabía que le espiaba y, por supuesto, sabía que vería las fotografías. Al darse cuenta, Yuu soltó el papel como si le hubiera quemado y miró a su alrededor frenéticamente. ¿Y si Hayato tenía alguna cámara por ahí y le estaba observando? Tenía que abandonar ese lugar ya.

Nada más abrir la puerta, se encontró cara a cara con el joven al que había estado siguiendo incansablemente. Se miraron fijamente unos segundos, ambos claramente sorprendidos. Entonces reaccionaron. Yuu retrocedió rápidamente y justo a tiempo de esquivar un corte dirigido a su rostro. Su espalda baja chocó contra el borde del escritorio. El joven le apuntó con el puñal.

No pensé que realmente te atreverías a entrar.

"Orihara-san nunca se equivoca".

El joven bajó el arma y le observó fijamente. Sus órdenes habían sido claras. Salir de la casa y al cabo de veinte minutos volver a entrar. Era cierto que no esperaba ver ahí a Yuu, pero Hayato le había asegurado que el joven entraría a investigar. Hayato también le había dicho que no le hiciera nada. Yuu tenía que contarle a Izaya lo que había visto en esa casa.

Aprovechando que el joven no parecía tener intenciones de volver a atacarle y haciendo uso de su velocidad, Yuu se lanzó hacia el otro mientras se deshacía del abrigo. Cuando el joven quiso reaccionar ya estaba en el suelo cubierto por la pesada prenda. Tranquilamente se deshizo de ella y se levantó, guardando en el proceso el puñal. Podía oír el eco que las fuertes pisadas de Yuu dejaban en su carrera hacia la salida. Se sacudió el polvo de la ropa y estaba a punto de marcharse cuando se percató que algo blanco sobresalía de uno de los bolsillos del abrigo de Yuu. Lo cogió y nada más verlo supo que aquella era la pista que Izaya le había proporcionado a Yuu para poder reconocerle y de la que Hayato le había hablado.

Era una fotografía un tanto arrugada. Los bordes del lado derecho estaban destrozados, como si aquella fotografía formase parte de otra más grande y alguien hubiese arrancado aquel pedazo. El chico que salía en la fotografía tenía una postura demasiado relajada como para poder haberse sostenido por sí mismo. El brazo que le faltaba probablemente hubiese estado alrededor de otra persona, la misma que había sido eliminada de la fotografía.

El joven desvió su atención a la puerta al oír pasos que se acercaban. La alta y oscura silueta de Orihara Hayato se apoyó en el marco. Sus ojos contemplaron durante unos segundos el abrigo que aún yacía en el suelo y después se centraron de nuevo en la figura del otro hombre. Caminó hasta él y miró por encima de su hombro la fotografía.

Sales favorecido en ella. Muy atractivo – comentó con una media sonrisa.

El joven se guardó la fotografía en un bolsillo interior de su gabardina mientras Hayato le daba la espalda y caminaba de vuelta a la puerta.

Vamos, Juusan. Nuestro trabajo aún no ha terminado.

El chico asintió silenciosamente y siguió a Hayato por los oscuros y destrozados pasillos.

Izaya miró por duodécima vez su móvil. Aún no tenía ninguna llamada de Shinra, lo cual le sorprendía porque llevaba casi una hora fuera. La casa de sus padres no estaba precisamente cerca, ni siquiera estaba en Ikebukuro. Había tenido la suerte de encontrar algo de dinero en su bolsillo trasero, por lo que había cogido el metro y ahora caminaba con prisa hacia la casa. No había salido a la calle desde aquel día que Kadota le llevó a casa de Shinra y aún no podía evitar sentirse observado a cada paso que daba.

Cuando llegó al enrejado que separaba la casona de la calle se encontró con un hombre uniformado que no ocultó la sorpresa que le causó verle.

Buenas tardes, Izaya-san.

¿Está Kyouko dentro? – preguntó directamente. No tenía tiempo que perder.

Sí, señor.

El hombre le abrió la puerta e Izaya cruzó rápidamente el jardín. Encontró a su madre en el salón, leyendo un libro en un enorme sillón de orejas color negro. La mujer le miró y, aunque hizo todo lo posible, no logró camuflar por completo su sorpresa. Cerró su libro y lo dejó en una mesita cercana para después acomodarse de nuevo. Izaya no tuvo más remedio que acercase y tomar asiento en el sillón de enfrente.

¿Qué haces por aquí, Izaya? ¿Tu negocio de la información se ha venido abajo finalmente?

Izaya sonrió y, al igual que con el hombre de la entrada, fue directo a lo que le interesaba.

¿Quién es Nagisa?

Su rostro se enserió repentinamente.

¿Nagisa dices? No sé, cariño. Conozco a mucha gente.

¿No sabes de quién hablo entonces? ¿No recuerdas a tu cuñada?

El rostro de Kyouko palideció levemente, su cuerpo quedó rígido unos instantes y a Izaya le pareció ver algo de temor brillando en sus ojos. Todo aquello duró apenas unos segundos y Kyouko trató de disimular su repentino malestar con una encantadora sonrisa. Izaya se recostó tranquilamente y cruzó sus piernas mientras veía cómo los dedos de la mujer se clavaban con fuerza en el reposabrazos.

¿Qué pretendes, Izaya?

Es gratificante saber que algo puede asustarte, madre.

La mujer captó la burla escondida en aquellas palabras y apretó con fuerza los dientes.

Nagisa no es alguien de quien me guste hablar. Ni a tu padre tampoco. Así que olvida cualquier tontería que hayas escuchado sobre ella.

Resulta, madre, que lo que he descubierto no puede calificarse como "tontería".

¡Basta ya! ¡No voy a permitir que sigas hablándome en ese tono!

La mujer se levantó, furiosa y apretando los puños. Izaya la observó sin inmutarse y se puso en pie. Sabía que toda aquella ira tan solo era un mecanismo de defensa.

Qué difícil es ser honesto en esta familia, ¿verdad?

Kyouko iba a responderle indignada pero Izaya levantó la mano para silenciarla.

Lo sé. Sé quién es Hayato, sé quién es Nagisa y sé quién soy yo.