Capítulo XVI - El chico de la foto

El coche negro se deslizaba elegantemente por el asfalto. No iba ni muy despacio ni muy deprisa. La velocidad calculada para llegar a Ikebukuro en media hora. El tiempo justo y suficiente para que el pasajero se tranquilizase y, de alguna forma, mentalizase todo lo que acababa de escuchar.

El conductor le miró por el retrovisor y se asustó al verle más pálido de lo normal. Devolvió su mirada a la carretera y buscó rápidamente un sitio donde poder aparcar.

¿Se encuentra bien, Izaya-san?

El joven abrió los ojos al oír el intermitente. Observó el cielo, ya oscuro, y las luces de los edificios. Dejó rodar su cabeza por el respaldo del asiento hacia el otro lado para ver cómo se iluminaba la pantalla de su móvil con la que debía ser la vigésima llamada de Shinra.

Sabía que aquello ocurriría, pero no esperó que le llevaría tanto tiempo descubrir que se había escapado. Tampoco había esperado que le fundiría el buzón de voz a mensajes. Cuando la llamada se cortó, el conocido mensaje de "llamada perdida" apareció en la pantalla. Izaya enarcó una ceja. Era la vigésimo cuarta llamada. Incluso Shizuo le había llamado siete veces.

Izaya se irguió en el asiento y apoyó la barbilla en el respaldo del asiento del copiloto. Torció un poco su cabeza y miró de reojo al conductor. Recordaba a aquel hombre. Era el chófer personal de Kyouko. La mujer, una vez terminada su instructiva conversación, había llamado a su chófer para que llevase a Izaya de vuelta a Ikebukuro porque "está anocheciendo y las calles son peligrosas". Cómo le hubiese gustado poder esbozar una sonrisa ante lo irónico de la situación. Después de todo lo que le había hecho, tenía la desfachatez de actuar como una madre.

Llévame a Shinjuku.

El conductor asintió e Izaya se dejó caer en los cómodos asientos de nuevo.

Su cuerpo se desplomó contra las paredes del ascensor una vez que las puertas se cerraron y la atenta mirada del chófer ya no estaba sobre la suya. Marcó su piso y rogó que Namie hubiese sido tan considerada como para dejar la llave bajo el felpudo en su sitio.

Una vez dentro de su apartamento, el cual había tenido que forzar (ya hablaría con su secretaria cuando estuviese en sus cinco sentidos), subió las escaleras y se encerró en un pequeño despacho que tenía al lado de su dormitorio. Apoyó la espalda en la puerta y escaneó la habitación. La persiana estaba bajada, pues apenas usaba aquel cuarto, y no había encendido las luces al entrar. No le hacía falta. Al fin y al cabo era su hogar y sabía dónde estaba cada mueble.

En ese cuarto, dejó que sus sentimientos se desbordasen.

Lo primero en caer fue la estantería. Izaya pudo escuchar cómo se partían algunas de las baldas y cómo se quebraban las figuritas decorativas. Pasó por encima de ellas, rompiéndolas aún más, y avanzó hacia el escritorio. De una patada apartó la silla, que rodó hasta chocar contra la pared. Barrió con los brazos todo lo que había sobre el escritorio y después se dedicó a arrojar contra el suelo y la pared los libros de la segunda estantería.

La habitación se llenó de caos, gritos y sollozos, y si alguien le oía poco le importaba en ese momento.

Con la respiración acelerada, se sentó en el suelo, en medio de todo aquel desastre, y esperó. Esperó a recuperar el aliento y a calmarse por completo o realmente se vería capaz de arrojar la silla por la ventana.

Tomó tres largas bocanadas de aire y, finalmente, pudo respirar con tranquilidad. El temblor de su cuerpo, sin embargo, persistía. Y tardaría en desaparecer, él lo sabía.

Sacó el móvil de su bolsillo trasero y pulsó el contacto de Shinra.

Shinjuku. Ven a buscarme.

Colgó antes de que el médico pudiese responderle. Aunque había logrado calmar su furia, no había podido controlar las lágrimas. Su voz probablemente habría sonado rota. Esperaba que Shinra lo hubiese captado y llegase solo. Si alguien tenía que verle de esa forma, roto, destrozado, humano, prefería que fuese Shinra. Era su mejor amigo al fin y al cabo.

Izaya jamás pensó que llegaría el día en que se arrepentiría de investigar la vida de uno de sus humanos. Pero si esa vida humana estaba relacionada con la suya propia, además de la de Hayato, simplemente no podía dejarlo pasar.

Aunque habían pasado ya dos días desde su inesperada visita a su madre, aún podía sentir la tensión que había atenazado a su cuerpo. Después de una pequeña pelea verbal, unas cuantas amenazas y un par de gritos, Izaya finalmente había logrado que Kyouko hablase. La imagen del rostro lloroso de su madre aún fresca en su mente. La culpabilidad estaba escrita en sus ojos e Izaya había sonreído ampliamente cuando la mujer terminó por derrumbarse.

Sin embargo, no fue lo que había estado esperando. Para nada.

Cuando decidió ir a ver a Kyouko en busca de respuestas, tenía por supuesto que la mujer le afirmaría aquello que había descubierto en el mensaje codificado. También había previsto que Kyouko se desmoralizaría y le contaría todo aquello que quisiera saber.

Lo que jamás esperó fue la verdadera naturaleza de aquel secreto familiar.

Por supuesto que tampoco esperó que llegaría a sentir lástima por Hayato.

Mucho menos se habría esperado que el verdadero monstruo que había protagonizado las pesadillas de buena parte de su infancia y adolescencia fuera Orihara Kyouko.

Su móvil vibró a su lado, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Izaya sacó la cabeza de debajo de la almohada y lo miró de reojo. Había planeado ignorarlo fuera quien fuera, pero al ver el nombre de Yuu se sentó con rapidez sobre la cama. Aunque tan solo era un mensaje de texto, Izaya podía sentir lo alterado que había estado Yuu al escribirle. Y no era para menos. Al igual que él, Hayato también tenía un espía. Un espía que había estado observándole aquella vez que subió a la azotea.

Mientras su cerebro trabajaba con velocidad para hallar una solución a ese problema, llegó otro mensaje de Yuu. La mente de Izaya se bloqueó en cuanto lo leyó.

Y: Es el chico de la foto.

No podía ser.

Era completamente imposible.

Probablemente Yuu no se había fijado bien en él.

Sin embargo, saltó de la cama y cogió su abrigo del respaldo de la silla. Lo extendió sobre el colchón y rebuscó en el bolsillo interior, aquel que estaba tan bien oculto que pocos se percataban de su existencia. Sacó un papel y lo desdobló con cuidado. Era una fotografía de sus años de adolescencia. En ella se le podía ver a él con el uniforme escolar, las manos dentro de los bolsillos del pantalón y esbozando una media sonrisa a la cámara. Sobre sus hombros descansaba un tercer brazo.

Izaya acarició la suavidad del partido lateral izquierdo. Esa era una de las pocas fotografías que conservaba de sus años en Raijin y la única que le quedaba de Juusan. Hayato le había obligado a destrozarla cuando la encontró en su habitación… Sin embargo, Izaya había logrado recuperar ambas partes y desde entonces las había llevado siempre con él. Tan solo se separó de la imagen para dársela a Yuu.

El primer y único día que había visto a "Juusan" no se encontraba muy bien. Había tenido pesadillas durante la noche y ni siquiera el dormir en casa de sus hermanas había ayudado a espantarlas. Mucho menos mejoró su estado la aparición del joven terriblemente parecido a Juusan. Aquel día su mente era incapaz de registrar correctamente el espacio que lo rodeaba, por eso no le fue complicado pensar que aquel alboroto causado por Juusan había sido producto de su mente. Después Hayato había ido a buscarle y más tarde se vio en casa de Shinra sin posibilidades de escapar, haciéndole olvidar aquel suceso. Hasta que su mente se relajó y volvió a la normalidad.

Entonces decidió investigar si realmente había sido una alucinación y para ello usó a Yuu. Le entregó la fotografía de Juusan y le encargó que le encontrase.

Lo hizo.

Yuu dio con el paradero de aquel joven y así se lo hizo saber mediante un mensaje de texto. Sin embargo, pronto volvió a perderle la pista. Como si el joven supiese que alguien le estaba vigilando y hubiese querido actuar al respecto.

Casi al mismo tiempo, Yuu descubrió que Hayato trabajaba con alguien más. Le era muy complicado seguir a alguno de los dos, pero había días en que lograba algunas fotografías. Yuu sospechaba que aquel que trabajaba con Hayato era el mismo chico que Izaya le había mandado buscar. Decidió no decirle nada hasta tener pruebas contundentes.

Por su parte, Izaya había tenido mucho tiempo para pensar. Llegó a la conclusión de que Hayato había contratado a un joven que tuviese algún parecido con Juusan y le había mandado a encontrarse con él para ver su reacción. Una idea realmente retorcida y muy propia de su tío.

El informante rescató el móvil de entre los pliegues de la sábana y comprobó que Yuu le había seguido hablando. Abrió los mensajes.

Y: Tuvimos un pequeño enfrentamiento. Le vi la cara muy de cerca. No podría equivocarme.

Y: Era el chico de la foto, Izaya-san.

Se pasó las manos por el pelo mientras su mirada se desplazaba continuamente de la pantalla a la puerta.

Yuu le había mandado una dirección. Izaya sabía sin preguntar que allí estaba el falso Juusan. Entonces Yuu le mandó una imagen. Un primer plano del joven. Izaya la abrió rápidamente y la aumentó.

El móvil se le resbaló.

Ocurrió. Realmente ocurrió. Juusan se le apareció y le salvó. Pero no podía ser Juusan. Él estaba muerto. Sin embargo, ahí mismo tenía la evidencia.

De uno de los cajones de la cómoda, sacó otro de sus móviles. Lo encendió y abrió la galería. Por precaución y costumbre de llevarla siempre encima, había sacado una foto de la fotografía partida. Aumentó la imagen de Juusan y colocó el móvil sobre el colchón. Después recogió el otro móvil del suelo y lo situó a su lado.

Uno mostraba al Juusan verdadero, el Juusan de dieciséis años que había muerto por su culpa, el otro al espía de Hayato. En el rostro del segundo podían notarse ligeras diferencias por el paso de los años, sin embargo Izaya no encontró en sí mismo fuerzas suficientes para decir que se trataba de un impostor.

Ambos eran completamente iguales.

Shizuo había pedido el día libre.

Después de que Shinra le había llamado completamente alterado para preguntarle si Izaya estaba con él, no había podido seguir trabajando con normalidad. Tom lo había notado (cómo no hacerlo si el rubio había estado pegado al móvil desde que había recibido la llamada). Sin embargo, cada vez que el hombre le preguntaba Shizuo negaba con la cabeza. Finalmente dejó de insistir.

Izaya apareció bastante tarde y Shizuo quiso ir a verle. Tan solo quería saber cómo estaba, no pretendía agobiarle ni nada parecido. En un principio había pensado en regañarle por haberse escapado, pero sabía que Celty ya se habría encargado de eso. Además, no sería conveniente para ninguno de los dos. Probablemente acabarían discutiendo y lo que menos quería era que Izaya volviese a cerrarse en sí mismo. Una vez que supo que Izaya estaba bien y hubo calmado su preocupación, pudo pensar fríamente. Si el informante se había arriesgado a salir solo, sabiendo que Hayato estaba por ahí fuera, sería por algo realmente importante. Sintió algo de curiosidad, pero temía preguntarle e inmiscuirse en asuntos que no eran de su incumbencia.

En esos momentos se encontraba sentado descuidadamente en el sofá de Shinra, con la cabeza y los brazos apoyados en el respaldo. El cigarrillo hacía tiempo que se había consumido en sus labios y la ceniza había caído sobre su camisa, pero él no parecía darse cuenta.

Cuando había llegado, Izaya le había dirigido una pequeña sonrisa a modo de demostrarle que no le había pasado nada y después se había encerrado en su cuarto. Shizuo no necesitaba nada más para saber que Izaya no estaba bien. Pronto se quedó solo en el salón de la casa y, tras meditarlo un par de veces, se acercó a la habitación de Izaya. Llamó a la puerta, pero como Izaya no parecía querer abrirle le habló a través de ella. Tampoco parecía querer contestar. Cuatro intentos fallidos más y Shizuo se fue de vuelta al salón, donde había permanecido fumando y mirando al techo o por la ventana hasta que Izaya se plantó delante de él.

Shizuo le miró completamente sorprendido mientras Izaya le contaba acerca de Yuu, sus investigaciones y el espía de Hayato. No sabía qué le sorprendía en mayor medida, si todo lo que Izaya le había explicado o precisamente el que se lo hubiera explicado.

Necesito ver a ese chico y quiero que me acompañes a buscarlo – le estaba diciendo.

Ah, así que era eso, pensó. Tan solo necesitaba a alguien que le protegiese en caso de que las cosas no salieran bien y él era la opción perfecta. Izaya pareció leer sus pensamientos y se apresuró en aclarar:

No lo hago solo por eso. Es cierto que contigo a mi lado no tendré que preocuparme tanto, pero hasta donde sé no eres inmortal. Una bala directa a cualquier órgano importante acabaría contigo y sin embargo te estoy pidiendo que me acompañes. No te confiaría mi seguridad si supiese que podrías traicionarme – hizo una pequeña pausa y rompió el contacto visual con Shizuo –. Además, es probable que necesite algo de apoyo – susurró.

Eso era todo lo que Shizuo necesitaba. Y era mejor de lo que esperaba. Habría ido con él igualmente aunque hubiese aceptado que solo quería usar su fuerza sobrehumana a su favor. A esas alturas, le habría ayudado en cualquier cosa que le pidiera.