La nota de autor, al final del todo. Espero que os guste.
3. Para mentir hace falta imaginación
Tardó varios minutos en recordar dónde se encontraba. Los primeros rayos de sol se colaban por su ventana y habían ido deslizándose hasta alcanzar su rostro y despertarla. No reconoció la gran cama en cuyo centro estaba totalmente despatarrada ni las paredes de piedra o el biombo de la esquina hasta que se dio cuenta de que, después de todo, lo que le había pasado no era ningún sueño.
Realmente había retrocedido en el tiempo.
¿Realmente estaban allí los Potter, los Malfoy y Remus Lupin?
¿Realmente Sirius Black era el rey?
El recuerdo de la noche pasada acabó de despejarla del todo. Los consejos amables de Lily, la cena con entretenida discusión incluida, la complicidad con Harry… e incluso la cordialidad interesada de Malfoy o el baile con Sirius.
Oh, Dios.
El maldito baile.
No había pasado tanta vergüenza en la vida, ¡era ridículo! Le molestaba no comprender qué significado tenía ninguno de los gestos. En su tiempo, ella tenía una relación definida con todo el mundo: confianza y amistad con Harry, cortesía con Lupin, odio con Malfoy y un extraño tira y afloja con el irresponsable y temerario heredero Black, pero… ¿ahora?
James y Lily se habían retirado antes de que la fiesta terminase y la habían despedido con sendas sonrisas indescifrables. Malfoy no había vuelto a acercarse a ella, a Dios gracias, y de madrugada Harry se había ofrecido a escoltarla hasta su dormitorio sin que nadie lo considerase sospechoso o extraño (cosa bastante curiosa; Hermione supuso que el chico Potter debía de tener una gran fama de respetuoso y educado para que nadie se escandalizase ante semejante proposición). Remus Lupin estaba charlando con Sirius Black cuando ellos se habían despedido y Hermione había percibido con incomodidad la mirada del soberano sobre ella, como si dudase de sus intenciones.
No había tenido un minuto para pensar con calma, porque a su llegada a la habitación estaba tan agotada que se había dormido nada más tocar la almohada.
Se incorporó un poco sobre sus codos y tomó aire. Necesitaba un plan. Como si de un sedante para ella se tratase, acarició con cuidado los restos de su varita que había llevado todo el rato sujetos en una de las cintas de su ropa interior. No había visto ni una triste huella de magia en todo el tiempo que había estado allí, por lo que intentar explicarle a alguien su problema sólo conseguiría que la tachasen de loca, bruja, hereje o a saber qué más. Siempre podría escapar utilizando los restos de su varita, pero entonces sería una fugitiva y eso lo haría todo mucho más difícil. No, de momento tenía cama y comida y una vida que no entrañaba demasiadas dificultades, lo conservaría todo el tiempo que pudiese.
Toc, toc.
- ¿Sí?
La puerta se entreabrió y una Lily sonriente acompañada de las dos doncellas de rigor entró y cerró con suavidad. Fue hacia su cama y se sentó a los pies, con cuidado de no estropear el vestido verde con hilo dorado que llevaba.
- ¿Has dormido bien?
- Sí, gracias – le sonrió la castaña -, pero no creo que pueda soportar más celebraciones como la de anoche.
- Deberías acostumbrarte, están a la orden del día. A Sirius le gusta que sus invitados diviertan. ¿Tomaste demasiado vino con la cena?
- Claro que no – Lily se rió -, sólo es demasiado temprano.
- Desayuna algo – propuso la pelirroja señalando la bandeja llena de comida que una de las doncellas había traído -, mientras yo te elijo un vestido. El azul estaría bien para hoy… - musitó, yendo hacia el armario que había cerca del biombo para sacar uno de los bultos.
Hermione cogió algo de fruta, todavía se notaba llena de la cena, y observó a su nueva amiga deambular disponiendo las cosas.
- Ayer parecías tan convencida de la necesidad de tener cierta cultura que James ha convencido a Sirius para que te presente a alguien. Te caerá bien – añadió al verle la cara preocupada a la chica -, es un poco excéntrico, pero la biblioteca del castillo es prácticamente suya y sabe muchas cosas, seguro que encontráis una buena compañía el uno en el otro. Porque doy por hecho que no compartes las aficiones propias de las damas de tu edad.
- ¿Qué aficiones son ésas?
- Bordados, conversaciones insustanciales y un gusto desmedido por las historias románticas. Sí, ya me parecía – confirmó al verle la nariz arrugada con disgusto -. Vamos, sal de la cama. Aunque tengas gustos diferentes, tendrás que hacer aparición en las estancias comunes antes de cualquier otra cosa. No sé si seré yo quien tenga que llevarte… Toma, ponte éste – indicó, tendiéndole un vestido azul oscuro, aterciopelado, mucho menos lujoso y recargado que el de la noche pasada.
La misma doncella de la última vez se ocupó de recogerle un poco pelo, de un modo también más sencillo, y de calzarla, haciendo que Hermione rodase los ojos disimuladamente.
Lily la dejó terminarse la fruta antes de sacarla de los aposentos, donde las dos doncellas quedaron ocupadas en arreglarle la cama y recoger el desayuno. Esta vez siguieron un camino por pasillos desconocidos hasta alcanzar un comedor más pequeño que el que había contenido la fiesta. Sentadas a la mesa había varias personas: un grupo de damas de edades dispares que debían de ser madre e hijas ocupaban uno de los extremos. En la otra punta se sentaban los hombres ocupados en sus propios asuntos.
Lily se detuvo junto a las mujeres e hizo una inclinación como saludo, gesto que todas correspondieron desde sus asientos.
- Señoras, creo que anoche no tuvieron la oportunidad de presentarse: ésta es Hermione Granger, una nueva invitada en el castillo.
Hermione también se inclinó y, como si estuviesen coreografiadas el resto la imitó.
- Hermione, ella es Narcisa Malfoy – Lily señaló a una mujer rubia con expresión de perpetuo disgusto en el rostro -, prima de su Majestad, esposa de sir Lucius y madre de Draco, a los que creo que ya conoces.
- Es un placer – mintió la castaña con una sonrisa fingida.
- Y ella es Alice Longbottom, esposa de sir Longbottom, que ahora mismo se encuentra solucionando unos asuntos en sus tierras. También tienen un hijo de tu misma edad, Neville. Ya le conocerás.
Las presentaciones se sucedieron con otras cinco mujeres, tres de su edad, aunque desconocidas para ella, que parecieron entusiasmadas ante la perspectiva de tener una nueva compañera de juegos, y dos mujeres más que resultaron ser su tía y su madre. Lily no había mentido, aquellas chicas parecían tener más serrín que otra cosa en la cabeza, pero por lo menos se mostraban simpáticas con ella.
Después de unos minutos de charla insustancial, su pelirroja guía se excusó y llevó a Hermione hacia el extremo de los caballeros.
- No es ninguna falta que nos sentemos con ellos – le explicó cuando percibió las miradas extrañadas de la parte femenina de la mesa -, pero les resulta incomprensible que prefiramos la compañía masculina.
Hermione asintió.
- Buenos días, Inglaterra – saludó Lily jovialmente antes de darle un beso a su marido y sentarse junto a él.
- Buenos días – respondió Lupin y miró a Hermione -, ¿qué tal noche has pasado?
- He dormido bien, gracias – contestó ésta.
- Harry te acompañó ayer, ¿no?
- Sí, fue muy amable. Me habría perdido por completo si hubiese tenido que regresar yo sola – confesó Hermione.
- Ahora está en clase con su tutor particular, pero luego podrás verle – dijo James -. De cualquier forma, tú también tienes la mañana ocupada.
- Lily me ha comentado algo, sí.
- Sirius te acompañará cuando termine con lo que sea que esté haciendo – Remus compartió una mirada maliciosa con los demás -, que probablemente sea dormir después de lo de anoche.
- Te equivocas, Moony – le corrigió el susodicho, utilizando el mote que había tenido en la adolescencia, al entrar en la sala. Automáticamente todos se levantaron y agacharon la cabeza para recibirle y luego se volvieron a sentar. Sirius ocupó la cabecera de la mesa -. Estoy despierto y dispuesto. ¿Hermione?
Ella asintió con suavidad. Por dentro, se preguntaba qué tipo de reglas seguiría aquel hombre para que unas veces la tratase con tanta naturalidad y otras como si ella fuera una dama desconocida con la guardar las distancias.
- Bien, entonces desayunaré algo y luego nos iremos.
No estaba muy segura de estar contenta con esa decisión. No había compartido una gran confianza con el Sirius de su época, aquel parecía más amable, como su versión rejuvenecida, pero no la perdía de vista ni un instante y todavía no habían mantenido una conversación propiamente dicha, por lo que no sabía por qué lado respiraba. Eso la mantenía en vilo.
A pesar de todo, esperó con paciencia a que su Majestad (a ella también empezaba a darle ganas de usar el mismo tono escéptico que el resto) acabase de comer y se levantase, gesto que ella imitó de inmediato. Tenía curiosidad por saber a dónde irían y a ver a quién.
- Vámonos.
Hermione esperaba que Sirius echase a andar con ella detrás, ya que Lily lo hacía, esperando que ella la alcanzase, pero el hombre desarmó todas sus expectativas cuando le tendió el brazo con un gesto elegante para que ella lo tomase y la recibió con una sonrisa. Pudo captar un guiño por parte de Lily y uno de los ataques de tos que encubrían una risa, propio de los varones Potter. Algo cohibida, aceptó el brazo y ambos salieron de allí.
- ¿Debo tomarme que se hayan reído como algo malo? – preguntó.
- Les gusta mucho reírse de mí, ven significados ocultos por todas partes – respondió él divertido -. Supongo que ya estarán planeando nuestra boda.
Hermione no supo qué decir ante semejante declaración.
- Dado que ninguno de ellos, ni siquiera Lily, son capaces de comprender el por qué de mostrarse amables sin una intención secundaria, lo cual prueba qué tipo de amigos tengo, tendrás que aguantar algunas reacciones más como éstas, lo siento – se disculpó con una sonrisa.
Ella asintió resignada y se dejó llevar por unas escaleras hacia la torre norte del castillo. Aquel sitio le recordaba cada vez más a Hogwarts y se preguntó si no estarían yendo a ver a Sybill Trelawney. Se le escapó un suspiro, Sirius la miró de reojo. No comentó nada, aunque intentó hacerla evadirse de lo que fuera que estuviese pensando sacando otro tema a colación.
- ¿Te dispones a participar en la vida del castillo?
- No comprendo – contestó Hermione contrariada.
- Si piensas unirte a las actividades diarias con las damas de la corte.
- Mmmm, Lily me ha hablado de ellas.
Sirius se rió.
- No pareces muy convencida, ¿tampoco sabes bordar ni similares?
- No dedicaba a ello mi tiempo allí de donde vengo.
- ¿Qué hacías para entretenerte?
La verdad era que Sirius realmente quería una respuesta a aquella pregunta. Había oído hablar a la forastera y también había observado su comportamiento en la pasada fiesta, pero no había conseguido ubicarla: su porte no era muy aristocrático, pero hacía gala de unos modales demasiado refinados para ser una campesina, y parecía culta, lo cual no cuadraba con ningún tipo de muchacha que hubiese conocido hasta la fecha. Por lo general, las mujeres nobles sabían leer y escribir, eran incapaces de nombrar un solo filósofo griego y conversaban entre ellas con susurros y risitas de causa desconocida; las campesinas, por otro lado, conocían el trabajo duro y no eran tan remilgadas ni estaban acostumbradas a los momentos de absoluta frivolidad, aunque sus modales eran rudos y se expresaban de forma simple, sin ningún tipo de conocimiento histórico o parecido.
Sirius se sentía frustrado al no poder ubicarla. James y Remus habían dicho que quizás sí que fuese noble y sus costumbres fueran diferentes, pero él no sabía de ningún tipo de dama, tuviera el origen que tuviese, que no supiese bailar o hacer una reverencia. No sabía qué pensar de ella.
- Por lo general pasaba mucho tiempo con mis amigos. Nos metíamos en algún que otro lío, jugábamos a las cartas…
- ¿Las cartas?
- Un juego con tarjetas con diferentes símbolos, nada muy interesante – Hermione lo desestimó con un gesto de la mano.
- ¿Montas a caballo?
- Aprendí de pequeña. No he vuelto a tocar un caballo desde entonces.
- Remus me ha dicho que montas como todo un hombre – comentó él con tono sardónico, torciendo para empezar a ascender por una escalera de caracol.
- Sí… - Hermione vaciló -. Es más cómodo.
- Es cierto.
Llegaron al rellano y se plantaron ante una puerta blanca con la aldaba de bronce. No se oía nada al otro lado, pero Sirius llamó confiadamente con los nudillos y luego abrió con cuidado.
- ¿Viejo? Traigo a alguien para que la conozcas.
- ¡Pasad, pasad! – exclamó una voz ahogada desde algún punto.
Sirius la hizo pasar delante y una vez dentro cerró la puerta a sus espaldas, claro que Hermione estaba demasiado ocupada con la mirada perdida en cada mínimo detalle como para darse cuenta.
Una de las ventanas estaba abierta para que saliese el humo amarillento y con olor a cera quemada que se estaba generando sobre uno de los fogones. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de libros, frascos de contenido indefinido y diversos objetos inidentificables tanto de metal como de madera. Sobre la mesa que había en el centro reposaban numerosos recipientes de vidrio llenos de sustancias de extraña apariencia. Era, sin contar el viejo despacho de Snape, uno de los sitios más singulares en que había estado.
Notó una mano apoyada en la parte baja de su espalda y vio a Sirius instándola a avanzar unos pasos mientras el humo se disipaba y dejaba ver al dueño de aquellos aposentos tan peculiares.
- Es mi nueva invitada – explicó él -, ella te lo contará si se lo pides. Ayer demostraba tal fervor hacia el conocimiento que supe que tenía que presentártela. Hermione Granger, él es mi viejo tutor. Nos dio clase a James, Remus y a mí. Albus Dumbledore, ella es Hermione.
El hombre de interminable barba blanca y largos cabellos canosos la observó con ojos amables unos segundos.
- Encantado, encantado. ¡Es una niña, Sirius! ¿La mandan para que os caséis por fin?
Hermione dejó caer la cabeza para ocultar una sonrisa; Sirius se lo tomó como un gesto de abatimiento por la indiscreción y chasqueó la lengua.
- Vamos, viejo, no digas tonterías.
- Preguntas sensatas, jovencito, hacéis buena pareja y vais tomados del brazo, ¿qué quieres que entienda?
Con delicadeza, Hermione recuperó su brazo y se apartó imperceptiblemente de su anfitrión para esbozar una sonrisa a caballo entre el alivio y la inquietud.
- ¿Puedo? – preguntó, señalando las estanterías.
- Curiosea, curiosea, muchacha – la instó el anciano.
Ella se desentendió de la conversación y dedicó su atención al contenido de los estantes. Parecían estar organizados mediante algún tipo de lógica que ella no alcanzaba a comprender, los temas variaban y ella se sintió satisfecha de poder reconocer muchos de los contenidos de los frascos que tan raros le habían parecido, casi todo eran plantas y otros componentes naturales de los que ellos utilizaban en sus clases de pociones. No había nada como pus de bubotubérculo, cosa que no le extrañó ya que la magia no parecía existir, pero todo lo demás le era muy familiar.
- ¿Te interesa la herbología? – inquirió el anciano sobresaltándola. Sirius los contemplaba, feliz de que pareciesen congeniar.
- Un poco.
- ¿Reconoces alguna?
Hermione ojeó la estantería y empezó señalando los botes de la parte superior:
- Belladona, ajenjo, ruibarbo, raíz de jengibre, acónito, crisopos…
Al instante pudo captar el rostro de su anfitrión cargado de sorpresa y el de Dumbledore que mostraba mal disimulado entusiasmo.
- ¿Dónde has aprendido todo eso? – Sirius estaba desconcertado, su viejo tutor había intentado inculcarle aquellos nombres cuando era pequeño y él había memorizado algunos, aunque no era capaz de reconocerlos con esa facilidad.
Hermione se encogió de hombros.
- ¿He de dar por hecho que eres una chica de campo?
- No especialmente – ella le sonrió a Dumbledore -, pero son ingredientes que se utilizan a menudo en la preparación de… remedios caseros contra dolores o como anestésicos para intervenciones, como… - ojeó el estante y tomó uno de los recipientes – las hojas de mandrágora.
- Quizás te interesaría ayudarme un poco por aquí arriba de vez en cuando – propuso Dumbledore -, mis intentos de convertir al rey en un hombre de investigación no sirvieron de mucho.
- En realidad, yo ya contaba con que la entretuvieses un poco, no es muy aficionada a las tareas habituales a las que Narcisa y las demás dedican su tiempo – explicó Sirius -, puede que enseñarla a leer y esas cosas.
- Sé leer – intervino la chica con el ceño fruncido -. Lo de anoche no lo decía sin experiencia, he leído a Aristóteles y he estudiado la Antigüedad Clásica, no hablaba porque sí.
- Bien, lo siento, pequeña – se disculpó él con retintín.
- Lárgate, Black, tenemos muchas cosas que hacer – lo echó el sabio, empujándolo hacia la puerta.
- Está bien, está bien, ya me voy. Divertíos – les deseó como si lo dudase profundamente.
- Lo haremos – musitó Hermione una vez que él estuvo fuera.
- Vamos, a lo mejor te interesa algo en lo que estoy trabajando – Dumbledore se dirigió a ella de nuevo con una sonrisa amable y la llevó hasta el centro de operaciones.
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- ¿Por fin la pelirroja te ha abandonado? – preguntó Sirius en cuanto regresó al comedor pequeño, donde ya sólo estaba James.
- Tu prima querida la ha secuestrado para que les lea a las demás mientras bordan – respondió éste sin apartar los ojos del ventanuco por el que se asomaba -. Sabes que sale humo amarillo de la torre de Dumbledore, ¿no?
- Sí. Espero que ese viejo loco no acabe con nuestra nueva amiga…
- ¿Ya es amiga? ¿Te ha contado algo más?
- No mucho, pero ha reconocido la mayor parte de las cosas que adornan las paredes de esa cueva y dice que sabe leer… Me descoloca, no tengo ni idea de cuál puede ser su origen.
- ¿Le has preguntado directamente? Parece bastante respetuosa, seguro que te da alguna explicación.
- No quiero ponerla nerviosa – admitió Sirius, yendo hacia la puerta contraria.
James apartó por fin los ojos de la ventana y se giró con una sonrisa que el otro no alcanzó a ver antes de echar a andar tras él.
- ¿Que no quieres ponerla nerviosa? ¿Quién eres tú y qué has hecho con el heredero de los Black?
Su amigo le dedicó una mirada venenosa.
- Es una cría.
- Esa cría como tú la llamas sabe más dormida que nosotros despiertos, me da a mí la impresión. Además, ¿cuándo te ha importado a ti poner nerviosa a una polluela como ésa? Siempre has disfrutado sacándoles los colores a todas las mujeres que te rodean… menos a Lily, que te daría un bofetón como el de aquella vez.
- Que no alardee tu mujercita, que yo me dejé – gruñó Sirius.
Ambos hombres entraron a una sala cercana y encontraron a Remus comprobando minuciosamente el estado de su propia espada. El sorprendido levantó la cabeza al verlos entrar y sonrió al escuchar las siguientes frases.
- Sólo tiene dieciséis años.
- ¿Cuántos tenía tu prima cuando la casaron? – replicó James.
- Malfoy no era tan mayor como yo, sólo tenía veinticuatro o veinticinco años…
- ¿Estás diciendo que eres un viejo de treinta y cuatro?
- No sería normal.
- ¿Vas a cortejar a la forastera? – les interrumpió Remus.
- ¡Claro que no! – exclamó Sirius exasperado, cogiendo su propia espada, que colgaba en la pared, para hacer unos cuantos mandobles al aire – Hablábamos de interrogarla.
- Pues no sonaba a eso – Remus enarcó una ceja.
- Yo tengo la firme opinión de que a nuestro muchachito le mueve algo más que el mero interés curioso – comentó James, como si fuera un gran secreto.
- Es obvio – terció Remus con tono de eso no es nada nuevo.
- ¿Cómo que es obvio? – Sirius se detuvo a mitad de un movimiento y bajó la espada.
- Ayer no la perdiste de vista ni un minuto, disimulaste francamente mal cuando te dijeron que bailaba con Harry e interrumpiste a Draco cuando lo intentó él. Un poco prematura tanta atención, si me permites el inciso, pero ¿por qué no? Ya va siendo hora de que nuestra Majestad siente la cabeza – dijo el casi rubio con irónica superioridad mientras James se reía.
- Hablar con vosotros es una pérdida de tiempo – se quejó Sirius -. Sólo me intereso porque está sola y perdida, uno no puede ser amable…
- Lily opina igual que nosotros y ya sabes que no se equivoca nunca. La primera vez que los Longbottom se vieron ella ya dijo que acabarían casados.
- Tu esposa sólo proyecta en el resto sus deseos de haberse casado conmigo – Sirius se apoyó sobre su arma con una sonrisilla sardónica.
- No me hables, bastante me costó que me volviese a dirigir la palabra después de que la empujases a aquel charco de barro cuando éramos unos niños. Estuviste a punto de acabar con toda mi felicidad futura – James frunció el ceño.
- La parte buena es que tú no te rebajarás a mi nivel y no terminarás con la mía: cállate y ponte en guardia – replicó Sirius adoptando posición de combate.
- Como gustéis, Majestad – se rió el otro, dejándole por imposible.
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Los siguientes cinco días transcurrieron cargados de tranquilidad y diversión para Hermione. Cada mañana desayunaba con Lily, que la despertaba temprano y la ayudaba a prepararse, saludaba al resto de la gente rápidamente y después subía a la torre de Dumbledore para pasarse las horas aprendiendo de él. Aquella versión de su moderno director no poseía ninguna habilidad mágica destacable, aunque más de una vez se dio cuenta de que algunas de las cosas que llenaban su estudio aparecían en lugares insospechados sin que ellos recordasen haberlas movido, pero lo achacó a su propio despiste y el del que ahora se había convertido en su mentor. En teoría sólo iba a pasar allí cuatro o cinco horas a lo sumo, hasta el almuerzo, pero al final siempre se enredaba en algún proyecto de locos y no se daba cuenta del hambre que tenía hasta que se ponía el sol.
A Lily le divertían las buenas migas que el viejo tutor de los chicos y su nueva amiga parecían haber hecho y le tomaba el pelo a Hermione sobre si ella acabaría también en una torre, con los pelos alborotados y absorta en sus propias hipótesis. James y Remus algunas veces le preguntaban por sus ocupaciones, pero como no entendían más que la mitad de las cosas que ella explicaba, sus respuestas eran cortas y sencillas.
Sirius, por su parte, se había mantenido ocupado casi de perpetuo desde el día en que le presentase al anciano, por lo que no había vuelto a acercarse mucho a ella más que en las cenas que compartían con el resto de gente y que no habían vuelto a ser tan opulentas como la de su primera noche. Hermione se sentía aliviada por aquel alejamiento, ya que había necesitado algo de tiempo para formarse una coartada que pudiese resultar creíble más allá de su imaginación. Además, se sentía nerviosa cuando notaba la discreta mirada de su anfitrión sobre ella; el Sirius que ella había conocido nunca se había interesado mucho por ella ni le había dedicado más atención de la que le habría dedicado a cualquier amigo de su ahijado. El escrutinio que captaba de vez en cuando sólo servía para que perdiese el hilo de la conversación en la que participaba en ese momento.
Harry sí se había convertido en una compañía habitual, ya que sus horas de estudio y entrenamiento coincidían con las que ella pasaba en la torre norte, por lo que el tiempo libre solían pasarlo juntos. Al chico le gustaba la forma de leer que tenía ella y muchas veces se dormía en el salón común, junto al fuego, escuchándola mientras el resto se dedicaba a otras ocupaciones sin prestarles mayor atención. Hermione había estado pensando en los últimos días qué pedirle como favor de vuelta y había encontrado algo bastante interesante.
- Mañana es tu día libre, ¿no?
Harry la miró interrogante.
- Ya que te he estado ayudando a estudiar y te he leído todos esas tragedias clásicas que no aguantabas poniéndote voces para que no te aburrieses, quería pedirte algo a cambio.
- Claro, tú dirás.
- ¿Me enseñarías a montar bien a caballo y esas cosas?
Hermione no era idiota. Por mucho que el resto de habitantes del castillo pareciesen desentenderse del asunto, las damas casi siempre, ella había prestado atentos oídos a algunas conversaciones ajenas e incluso le había sonsacado pequeños detalles a Lily cuando ésta se despistaba: había oído hablar de los Lestrange y la ancestral enemistad con el linaje Black, algo bastante peculiar si, como James solía dejar caer de tarde en tarde, se tenía en cuenta que la parte femenina de ese matrimonio no dejaba de ser una de las primas de Sirius. Bellatrix, por supuesto. Y ella no había necesitado muchas más pistas para comprender que los Lestrange intentaban hacerse con los territorios de la familia Black. Si se correspondían con su versión del siglo veinte, como había pasado con todos los demás, Hermione estaba segura de que no se decantarían por las medidas diplomáticas.
- Define esas cosas – pidió Harry en voz baja, para evitar que sus padres, que charlaban con Remus no muy lejos de ellos, se enterasen.
- Usar una espada o algo así.
- ¿Un arco?
- Por ejemplo. Es mucho más femenino – admitió ella.
- No lo sé, Hermione… - Harry frunció el ceño -. Se me puede caer el pelo si nos atrapan.
- No entiendo por qué.
- Porque tú eres una señorita, nadie en su sano juicio pondría un arma en las manos de una dama y la atacaría para que se defendiese.
- Pues eso es una estupidez, es prácticamente condenarlas a muerte si se desata una guerra o alguien asalta el castillo – dijo la castaña molesta.
- Nadie ha dicho que tenga sentido, es como es.
- Bueno, yo no me lo tomaré como una ofensa. Me da igual que me ataques que no, un enemigo no tendrá contemplaciones.
Harry no respondió de inmediato y ella esperó con paciencia; sabía que su amigo estaba dejándose llevar por el peso de la pura lógica, ya le pasaba en su tiempo si le pedía opinión y ella exponía uno de sus aplastantes razonamientos. Lo dejó rumiarlo unos minutos.
- Está bien. Mañana podemos coger los caballos y empezar por ahí, iremos a los terrenos que mi padrino tiene en la parte de atrás, aunque necesitaremos alguna ayuda para que no llame la atención que me vean cargando con las armas por duplicado…
Feliz de haber obtenido lo que quería, le apretó con fuerza la mano que más cerca le quedaba, sorprendiéndolo dado que no se habían tocado más que bailando. Aquel gesto hizo que unos ojos atentos a ellos se entornasen especuladores, pero ellos, ocupados preparando la salida del día siguiente, ni tan siquiera se percataron.
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- Me parte todos los nervios que hagan eso – musitó Draco inconscientemente la ver cómo el vástago de los Potter se levantaba y ofrecía su brazo a aquella campesina recién encontrada para escoltarla hasta su habitación.
- No hablarás en serio – se quejó otro chico, un par de años mayor, que estaba demasiado ocupado contemplando a la madre de su amigo, por la cual sentía una devoción que rayaba lo obsceno -. ¿Has puesto el ojo en Granger?
- Espero que no me estés insultando creyendo de verdad eso que has dicho.
- Entonces ¿cuál es el problema? – ah, Narcisa Malfoy tenía un pecho tan perfecto…
- Es nauseabundo que un noble de sangre casi real como Potter se rebaje de esa forma.
- La chica podría ser noble, no se sabe nada sobre ella.
- Estarás de broma – Draco miró con incredulidad a su ingenuo interlocutor -, esa chica tiene de noble lo que yo de monje jesuita español. Apareció tirada en el campo y mi padre me dijo que monta como los jinetes, es insultante…
- Pues más que asqueado, suenas admirado, así que controla esos instintos indefinidos tuyos…
- Zabini, no me provoques.
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Al contrario de lo que pudiesen pensar los demás ocupantes del salón, Hermione no tenía ninguna intención de ir a acostarse. Se sentía extrañamente lúcida y había aceptado con gusto la propuesta de Harry de pasear un poco hasta las caballerizas para buscarle un caballo que pudiese montar al día siguiente.
- Si nos pillan creerán que… - soltó él sin querer.
- ¿Creerán que qué?
Harry enrojeció sólo de pensarlo.
- Nada.
Y Hermione comprendió al instante.
- Oh, creerán que… Ya veo. Aunque no entiendo por qué pensarán eso si nos ven en las cuadras y no si tú me acompañas a mi alcoba, tendría más lógica al revés.
Harry la miró de hito en hito. Su padre le había explicado todo aquello la primera vez que él se fijó más de veinte segundos en una chica, pero, hasta donde tenía entendido, las mujeres no eran partícipes de ello hasta la noche previa a su matrimonio, cuando se suponía que su madre o madrina, quien estuviese a su cargo, se lo explicaba de un modo delicado. Por eso aquella facilidad de comprensión y elucubración por parte de su compañera lo estaba haciendo replantearse muchas cosas.
- ¿Ibas a casarte?
- ¿Cómo? – se extrañó ella.
- Si ibas a casarte – que hubiese estado a punto de celebrar sus nupcias era la única opción explicativa que se le venía a la mente.
- Algo así – Hermione se dio cuenta que sería la forma más fácil de salir del atolladero. Estúpida y sexualmente represiva época anticuada…
- ¿Te escapaste? ¿Por eso apareciste en el bosque sola?
Dios, esta versión es mucho mejor que la mía, pensó ella viendo el Cielo abierto.
- Querían casarme y yo no estuve de acuerdo, así que huí disfrazada de criada – mintió con toda la naturalidad del mundo -. Me habría buscado la vida en el pueblo si no me hubiesen encontrado. De hecho… - añadió, dubitativa.
- Tranquila, no diré nada. Te mandarían de vuelta a casa, ¿no?
Hermione asintió y ambos se detuvieron a la puerta de las caballerizas. Harry soltó un potente silbido y a los pocos segundos llegó un chico pelirrojo y despeinado, quizás no tan elegantemente vestido como el moreno pero sí bastante mejor que la media del resto de criados que deambulaban por allí. Ella casi soltó una exclamación al verle.
- Ron, ella es la señorita Hermione Granger. Necesitamos buscarle un caballo para mañana, saldrá a pasear conmigo. Y también vamos a precisar de tu ayuda para un pequeño asunto.
- Claro – sonrió él, encantado de tener alguna presencia femenina en aquel sitio donde sólo habían entrado dos mujeres: su novia y su hermana.
- Ron Weasley es el hermano de Ginevra, una de las doncellas que ayudan a mi madre de vez en cuando.
Hermione frunció el entrecejo al no recordar haber visto a Ginny por allí.
- Ahora mismo no está aquí, mis padres la han enviado a visitar a mis hermanos al condado vecino. Lady Potter dio su aprobación – informó Ron.
Harry se mostró levemente decepcionado y la castaña tuvo que reprimir una sonrisa. Estaba empezando a darse cuenta de que las relaciones variaban poco de una época a otra y eso le hacía mucha gracia. ¿Habría un Viktor Krum, caballero búlgaro o algo parecido, por los alrededores?
Ron los guió por los cubículos hasta llegar a uno dentro del cual dormitaba un caballo blanco y majestuoso.
- Es bastante manso y muy elegante, lleva un trote ligero y agradable – dijo, mirando a Hermione, que no respondió.
Se había quedado mirando a un animal color café oscuro, no tan elegante como el que le habían ofrecido pero sí mucho más atractivo a sus ojos, que mascaba un puñado de heno sin que le importase la presencia de extraños en la cercanía.
- ¿Ése tiene algún dueño en particular? – inquirió.
- Todos son del rey, pero nadie lo monta, tiene demasiada poca alzada para interesar a nadie.
- A mí me gusta – repuso ella acariciándole el morro (al caballo, no a Ron) – Creo que mañana montaré éste, ¿cómo se llama?
- Eclipse – contestó el pelirrojo.
- Seguro que seremos buenos amigos – susurró ella, más para el animal que para sus acompañantes.
Harry, convencido de que Hermione estaría ocupada trabando amistad con su nuevo entretenimiento, se dispuso a explicarle a Ron lo que planeaban hacer al día siguiente. Y, por supuesto, el papel que desempeñaría él.
Siento el retraso, de verdad, pero estoy teniendo un fin de curso bastante agitado y tengo la cabeza llena de cosas. Voy a volverme loca antes de llegar a los finales…
Quiero daros las gracias por los reviews del último capítulo a Inniwis, Odisea, Diana Prenze, Hermsphadora Black, fairy_white, saku-kamiya, Mary, black_soul y Smithback :D sois muy majos tirando vuestro tiempo para dejar constancia de vuestra presencia.
Ante preguntas que han surgido, os diré que Pettigrew y Regulus aparecerán, aunque aún no tengo perfilado del todo cómo (tengo ideíllas, así que poneos en lo peor que puedo llegar a ser muy mala). Fijaos, Ron ya ha salido y nuestro vejete adicto a los dulces de limón también, así que la cosa irá poquito a poco.
Besos de su Majestad (es decir, de Sirius),
Kira.
