No, no me he muerto, lo juro. Solamente he estado atiborrada de exámenes, notas y posteriores depresiones/celebraciones que, queráis que no, roban tiempo. Y sí, ahora estoy intentando hacerme perdonar con este capítulo. Sin más dilación, pasaré a contestar reviews:
Inniwis: Me halaga que hayas considerado mi fic lo suficientemente interesante como para hacer una excepción con lo de los viajes en el tiempo. Yo, personalmente, no tengo nada en contra de los viajes a la época de los Merodeadores, pero me pareció que este enfoque me daría más juego a la hora de adjudicar papeles y cosas así. En cuanto a qué hace nuestra Herms en la torre de Dumbledore… realmente no tenía pensado nada especial, así te lo digo, al menos hasta ahora. A partir de este capítulo ese aspecto cobrará algo más de importancia, pero seguirá sin ser muy explícito. También quiero jugar con eso un poco más. Gracias por tus comentarios, espero seguir viéndote por aquí ;D
Naj: ¡Un review en portugués! Mi autoestima sube como la espuma. Muchísimas gracias por tus palabras, me alegro mucho de que te guste el fic.
Helen Nicked Lupin: aquí traigo la continuación. Pues verás, en un principio contaba con meter seguro a Regulus, desde luego, y a Tonks también pensaba darle una pequeña aparición, a fin de cuentas es la sobrina del rey. De Ojoloco y los demás no sabría decirte. Me queda taaaaanto por escribir, jajaja. Un abrazo!
Pabaji: sé que no ha sido muy pronto, pero por lo menos estoy actualizando. No me lo tengas en cuenta.
Smithblack: muajajajaja, todo se irá descubriendo con el tiempo, es mejor no apelotonarlo, porque el lío podría ser tremendo. Sobre lo de Dumbledore, puedo comprobar que todos tenéis mucha intriga sobre eso. Tranquilos, tranquilos, que las cosas irán saliendo a la luz cuando menos os lo esperéis. Y Regulus acabará apareciendo, de momento ya tenemos bastante con lo que se teje dentro del castillo como para encima ir a buscar más líos por fuera.
black_soul: la incertidumbre el buena, hace que los lectores repitan para saciar su curiosidad ;D
Latrop: pues veamos, a mi modo de ver ella sí que puede hacer magia, pero prefiere no liar más las cosas y evitar dar muestras de brujería (todos sabemos lo bien que terminaron los juicios de Salem, mejor ahorrarse problemas). Por otro lado, yo diría que la muchacha se está amoldando a la época bastante bien. Muchas gracias por dejar un review, espero leerte pronto.
Diana Prenze: seamos sinceras, si consiguiésemos enredarnos con Sirius ¿quién querría volver al mundo real? Jajajajaja.
saku-kamiya: lee más despacio y no te atragantes, que si no se termina demasiado deprisa. ¡Y eso que me esfuerzo por hacer largos los capítulos!
Hermsphadora Black: intento hacer adorables a los personajes (salvo aquellos a los que no debamos adorar, claro). Nuevamente me disculpo por tardar tanto en actualizar, ya sé que es una lata. Sólo espero que lo que traigo valga la espera. ¡Un abrazo!
Gray anima: gracias por tu review. Yo creo que lo has escrito bien ;D
Odisea: bueno, chica, yo lo que siento es actualizar con tanto retraso. Mira que a mí me pone de los nervios estar esperando para saber cómo sigue una historia y que no suban capítulo, pero cuando no hay tiempo… Asco de exámenes y demás, ya sabes. Sé que te comenté vía MP ya varias cosas, así que te dejo con el capítulo que te traerá algunas cosas que fijo que te gustan, más si tenemos en cuenta las dudas sobre hombres que me planteabas xD Un abrazo y espero leerte pronto!
Cielo Grimaldi: ¡muchas gracias por tus palabras! Me siento muy halagada n.n La verdad es que lo de poner a Lucius como el interesado sí que lo pensé en su momento, pero me pareció demasiado ya. Sería mucho hombre madurito para Hermione. Además, no habría sabido llevar a Lucius con sentimientos, lo siento. De todas formas, estoy segura de que Draco no nos decepcionará, después de todo es tan rubio como su padre ;D
Y sin más dilación, queridos lectores, os dejo con el capítulo 4 (chan, chan, chaaaan!).
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4. La práctica hace al maestro
Aquella mañana, Lily no acudió a despertarla. Ella sola abrió los ojos cuando el sol empezaba a desperezarse y se lavó y vistió por su cuenta, de tal manera que una vez lista, ni su amiga ni las doncellas habían hecho aparición aún y ella no tenía ni idea de qué hacer para entretenerse. ¿Podía salir de su cuarto antes de tiempo? ¿A dónde iría? ¿Estarían ya los demás levantados?
Salió al pasillo al notar rugir a sus tripas y decidir que, quizás fuese maleducado, pero que tampoco quería morir de inanición. Avanzó con cuidado de no hacer demasiado ruido a causa de esa sensación de estar haciendo algo indebido y al llegar al pequeño comedor se encontró la puerta entreabierta, por lo que entró.
Tardó unos segundos en pasear su mirada por todo el espacio y encontrar a Sirius junto al ventanuco que daba al norte, oteando el paisaje. Se le pasó por la cabeza dar media vuelta y regresar a su dormitorio hasta que alguien más se levantase y dejasen de estar allí solos, pero sus intenciones se vieron frustradas cuando él se giró y la miró sorprendido.
- Buenos días – saludó
- Buenos días – respondió ella inclinándose levemente. Al incorporarse vio esa sonrisilla arrogante tan habitual en los labios masculinos.
- Madrugas mucho – observó él.
- No sabía si…
- Está bien, es extraño que alguien se levante aquí al amanecer en domingo. ¿Algo que te mantenga en vilo? – inquirió Sirius levantando una ceja al tiempo que le hacía un gesto para que se sentase a la mesa ya servida.
- Nada en especial. Harry y yo tenemos planeada una salida, supongo que me ilusiona salir del castillo después de tanto tiempo encerrada.
- ¿Te sientes encerrada? – se inquietó él.
- No, lo he expresado mal, yo… - Hermione se apresuró a corregirse -, yo estoy bien, me gusta estar aquí, aunque salir un poco es agradable.
- Ya veo… ¿Y qué vais a hacer?
Hermione notó por su tono que quizás eligiese unirse a ellos en aquella mañana de ocio, por lo que improvisó un poco bajo la convicción de que no haría daño a nadie.
- Harry ha dicho que es una sorpresa, así que depende de él.
Sirius apretó un poco los labios, pero si aquello le molestó no lo demostró en absoluto.
- Aún no me has contado cómo acabaste en mis tierras – dijo para cambiar de tema.
Aliviada en parte, Hermione le relató la escueta historia que le había largado a Harry la noche anterior añadiendo algún detalle aquí y allá para hacerla más creíble. Sirius la escuchó con atención sin dar muestras de dudar de su palabra mientras ambos desayunaban. Al terminar, la chica aguardó su veredicto con el corazón acelerado.
- Concluyo de tu relato que no tendrás intención de regresar a tu hogar.
Hermione negó con la cabeza y algo de su nerviosismo debió de reflejarse en su rostro, porque él no prolongó mucho más el suspense.
- Nadie tiene por qué saber bajo el amparo de quién te hayas – decidió y los dos sonrieron.
- Gracias.
- No hay por qué darlas, Dumbledore parece más feliz que nunca de tener alguien con quien compartir sus locuras – admitió, rascándose el mentón, y continuó comiendo.
A los pocos minutos, Hermione se descubrió vigilando sus gestos con disimulo, de forma casi analítica. Había algo en Sirius Black que la hacía caer bajo un tipo extraño y nunca experimentado de hipnosis. Puede que fuera aquella despreocupada e innata elegancia o aquel lado perpetuamente amable y feliz que no había observado en el futuro y huraño propietario de Grimmauld Place…
Sacudió la cabeza y se centró en su desayuno.
Sirius le sonrió al plato.
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- A ver, lo primero de todo es aprender a coger la espada – comenzó Harry -. Con las dos manos, por favor, una encima de la otra.
- Esto pesa un quintal – se quejó ella.
- Normal, Ron te ha dado la mía – Ron pegó un respingo y se apresuró en cambiarle el arma a la chica -. ¿Mejor?
- Considerablemente, la verdad – respondió Hermione, cuya espada actual era dos toneladas más ligera -. Así es más fácil.
Harry cogió la suya propia y le indicó que imitase sus movimientos antes de balancearla en el aire. Ella, con cierto complejo de personaje de El Señor de los Anillos, siguió sus pasos en silencio, fijándose bien en todos los matices. Comenzaba a aflorar aquella parte de ella que en Hogwarts lucía todo el tiempo: la estudiante atenta y con ganas de aprender que tanto exasperaba muchas veces a sus amigos.
- No lo haces mal, vamos a probar a ir un poco más deprisa – propuso el chico acelerando sus movimientos.
Hermione no habría sabido decir cuánto tiempo pasaron en mitad de un bosque lleno de hojas ocres caídas, al que habían llegado tras un paseo de una hora a caballo por senderos ocultos (para que nadie la viese con una pierna a cada lado del caballo, cómo no) en el que habían intentado que ella le fuese cogiendo el truco a su nueva montura. Curiosamente, Eclipse se mostraba por completo plegado a sus deseos, casi como si de una relación simbiótica se tratase, y muchas veces la chica tenía la sensación de que el animal le leía el pensamiento.
- Mañana van a dolerte los brazos como el infierno – sonrió Harry tras dar por finalizada la primera lección.
- Seguro que sí – se rió Hermione -. Diré que me he pasado la noche bordando.
- Buena coartada – se unió él a las risas.
- Yo creo que se le darían mejor el arco y las flechas, señorita – musitó Ron ayudándoles a recoger.
- Es Hermione. Y también me gustaría probarlo – respondió ella subiéndose con cuidado a Eclipse.
- Podemos hacerlo mañana si estás demasiado dolorida como para coger la espada de nuevo – asintió Harry.
Ron se despidió de ellos y regresó por un sendero distinto con la espada que Hermione había utilizado para que no levantasen sospechas. Los otros dos emprendieron el camino a paso tranquilo hasta el castillo en silencio. A Hermione no dejaba de hacerle gracia cómo cada frase que Harry decía con toda la soltura del mundo cobraba de repente un dudoso doble sentido que lo hacía sonrojar sin que ella siquiera captase el problema.
Harry, por su parte, era consciente cada dos por tres de algo que no debería haber dicho en presencia de una dama o similares, como cuando la había ayudado a mantener la postura erguida practicando con la espada, pero le resultaba muy fácil relajarse con ella y tratarla como un amigo más, sin que el contacto físico supusiese tanto drama o las palabras adquiriesen un matiz peligroso. Nada resultaba indecoroso entre ellos como podría haberlo sido con otras personas y eso le resultaba chocante. Harry estaba acostumbrado a que las chicas se sentasen tranquilas a bordar o charlar entre susurros y risas, que pasasen horas con los comerciantes eligiendo una nueva tela o joya, ese tipo de hobbys que él creía inherentes a las mujeres; Hermione se salía de la media: habían hablado lo suficiente como para comprender que, por muchos libros que él hubiese leído, ella le superaba con creces, que se había educado y que no permitía que nadie pensase o hiciese elecciones por ella. Era casi un alivio descubrir que podían existir mujeres (por mal que sonase) más cercanas a su madre que a la prima de su padrino.
- Tentador – concedió ella -. Creo que estaré medio impedida, así que tendremos que probar con el arco.
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- ¿Dónde os habéis metido hoy? – preguntó Lily durante la cena -. Tu padre ha estado buscándote para preparar la partida de caza de mañana – le increpó a su hijo antes de volverse hacia Hermione – y a ti te he estado buscando yo. Incluso he subido a la torre de Dumbledore, pero nada.
Los chicos cruzaron una breve mirada incómoda que fue captada sólo por unos ojos en la mesa. Afortunadamente, su dueño se abstuvo de hacer comentarios… por el momento.
Hacía ya casi siete días que los dos jóvenes desaparecían cuando nadie miraba para escabullirse al bosque y seguir con esas sesiones de entrenamiento que tan entretenidos los tenían. Dos veces, habían estado a punto de atraparlos cuando, de regreso al castillo, se habían cruzado primero con Lupin y luego con el propio Sirius, que habían decidido salir a cabalgar un rato. Habían tenido que improvisar la triste excusa de estar dando un paseo a caballo para salir del atolladero y Hermione había sido incapaz de mirar a ninguno de los dos a los ojos.
Muchas noches había dado vueltas en su cama pensando en esto, en que si Sirius, Remus y todos los demás que ya conocía antes de llegar allí se parecían en algo a los correspondientes en su tiempo, ninguno se enfadaría al descubrir a qué se estaba dedicando. Había dejado bien claro en todo momento lo curiosa que era y lo mucho que le gustaba aprender cosas nuevas constantemente, ¿por qué habrían de molestarse si mostraba el mismo interés por conocimientos un poco más prácticos? ¿Tenía miedo de que la censurasen o de que la juzgasen a nivel personal? Nadie que la viese lanzar una flecha ahora podría creerse que al principio ni supiera coger el arco. Tenía una puntería que la había sorprendido hasta a ella.
Y, luego, estaba Sirius. Hasta Harry se había percatado de que algo se cocía allí, aunque cuando lo habían comentado Hermione se había mostrado genuinamente desconcertada. Por las palabras de su amigo, el augusto heredero de los Black sentía especial interés por ella, ya que no la perdía de vista, y no era capaz de comprender qué problema tenía Hermione, acostumbrado como estaba a que todas las damas perdiesen la compostura (y algunas quizás la ropa interior también) cada vez que el apuesto rey entablaba conversación con ellas.
Por lo que Hermione alcanzó a dilucidar, Sirius era tan conquistador en esta realidad como en la suya, aunque bastante más discreto, pero su mayor problema era precisamente el que otras no tenían: la conversación. Sirius no hablaba con ella si no era para soltar algún comentario mordaz a la espera de una respuesta que estuviese a la altura. Había convertido eso y el observarla (haciendo que le temblasen las manos un poco más de lo debido, para qué engañarse) en sus principales pasatiempos. Y a nadie, mucho menos a James, Remus y Lily, le había pasado desapercibido.
Lo de la pelirroja era lo más peligroso.
- Vas a tener que disculparme por esto, pero ¿qué problema tienes? – le espetó una mañana de domingo nada más entrar para ayudarla a vestirse.
Hermione, que acostumbrada a la rutina establecida hasta entonces se había levantado tranquilamente por su cuenta y riesgo cada fin de semana y no se esperaba la visita, se irguió medio dormida en su cama, estirando la sábana para protegerse de la implacable luz del sol.
- ¿Eh?
- Vamos, levántate, que no tenemos todo el día. Tienes cosas que explicarme.
- Oh, Lily… - gruñó más que gimió ella, metiendo la cabeza bajo los almohadones de nuevo.
- Ah, no, nada de Oh, Lily, sal de ahí y da la cara – la pelirroja se acercó y le retiró por completo las mantas de un tirón.
- Está bien – se enfadó Hermione -. ¿Por qué hoy no puedo dormir tranquila?
- Es día de caza, estabas delante cuando se lo dije a Harry.
- ¿Y? Nosotras no cazamos.
- No, pero acudimos a los festejos, y tú no puedes ir en camisola. Llevarás un precioso vestido rojo imperial y el corsé tan apretado que casi se te saldrán los pechos.
- Visión de mis pechos aparte – Hermione bostezó -, ¿a qué viene tanta preocupación por mi ropa? ¿Y por qué quieres aplastarme las costillas con ese elemento de tortura? – añadió señalando la citada prenda.
- Por Sirius – la respuesta de Lily sonó a Es obvio.
- ¿Eh?
- Hoy no estás muy lúcida.
- No, la verdad es que no.
- Pero por muy ida que estés no podrás negarme que has visto cómo te mira.
- Demasiado, eso es todo lo que he notado.
Lily la observó, calibrando el grado de verdad de sus palabras, y debió de decidir que la creía porque sacudió la cabeza y la instó a ponerse de pie para vestirla antes de seguir hablando.
- Tus instintos femeninos están más atrofiados de lo que lo estaban los míos – tuvo que admitir la mujer de ojos verdes, ya que ella misma había tardado dos años en darse cuenta de que James estaba enamorado de ella.
- No te entiendo.
- Sirius te va a cortejar.
A Hermione se le escapó una carcajada que quedó ahogada por un fuerte tirón de las cuerdas del corsé.
- Ay… Sirius no va a hacer nada fuera de lo normal, hasta a ti que estás casada te… esto… te corteja – replicó. Le hacía mucha gracia ese verbo, sonaba tan anticuado…
- Lo nuestro son viejas rivalidades infantiles entre él y James, no tienen importancia, pero estoy casi segura de que lo tuyo sí. Tú misma has dicho que te mira mucho.
- Se estará preguntando por qué no me ha echado ya de su casa – no era broma, Hermione estaba convencida de esa teoría.
Esta vez fue el turno de Lily para reírse.
- Ya, claro… Pero sólo por si las moscas, habrá que ponerte bien guapa. Y si yo me equivoco, entonces quizás sirva para que no te eche de su casa – parodió las palabras de su amiga.
La pelirroja no insistió más, pero el peso en el estómago de Hermione no desapareció después de aquello. Pasó la mañana, mientras deambulaba acompañada por las otras damas de la corte y una escolta de soldados entre los puestos de artesanía del pueblo, sin poder sacarse de la cabeza las palabras de Lily. Ella no era idiota como la otra porción de mujeres que la rodeaban en el castillo, no parecía de las que veía flirteos en los gestos más nimios, y la propia Hermione admitía que Sirius era poco discreto a la hora de mirarla o hablarle con pequeñas puyas impresas en cada palabra. Había pensado que no era más que una diversión, como lo había sido el sacarla de quicio en Grimmauld Place cuando aún estaba vivo, pero ya empezaba a dudarlo sinceramente.
¿Y si…?
- Bonito tapiz – sonrió Lily en su oído, señalando el telar de una niña de pelo pajizo.
Hermione se obligó a sí misma a volver a la realidad y fijarse en lo que le decían.
- Sí, quedaría precioso en la pared sur del comedor, ¿no crees? – coincidió tras unos segundos observándolo. La niña ponía especial cuidado en que cada estrella en el cielo de su paisaje nocturno quedase reflejada con una pequeña y extraordinariamente realista estela plateada detrás – Pero sigo siendo de la opinión de que esa niña debería estar en una escuela.
- ¿Cómo?
- En una escuela, aprendiendo. Si no, se pasará la vida dedicada a esto.
Lily esbozó una sonrisa divertida.
- Deberías proponérselo a Sirius. Se le descolgará la mandíbula al oírte, dudo que alguien en el castillo se haya preocupado de eso alguna vez.
- ¿Tú no lo habías pensado?
- Yo tengo un marido que se ocupa de sacarme de la cabeza esas ideas la mayor parte del tiempo – admitió la pelirroja, poco orgullosa de sus defectos -, pero tú eres soltera y libre, podrías darles clase a los niños perfectamente.
La comitiva continuó avanzando y Narcisa Malfoy se acercó a ellas para distraer a Lily con su último chisme, así Hermione pudo reflexionar sobre sus palabras con tranquilidad.
¿Profesora ella? El Ron que siempre le entregaba sus redacciones para que se las corrigiese había bromeado muchas veces con eso, pero dudaba que lo hubiese planteado seriamente alguna vez. Ella misma no se imaginaba dando clase, sobretodo si tenía en cuenta la poca paciencia de la que hacía gala cuando sus dos amigos se despistaban mientras ella intentaba explicarles algo. Con niños, la cosa sería terrible. O quizás no habría mucha diferencia…
El sonido metalizado de algo parecido a una trompeta interrumpió sus pensamientos.
- Ya es mediodía, están de vuelta – oyó anunciar a una de las mujeres que abrían la comitiva.
Lily se enganchó a su brazo.
- Aléjame de Narcisa o acabaremos teniendo una desgracia – pidió con apuro.
Hermione se rió y echó a andar detrás del grupo con ella al lado. Tardaron menos de la mitad de lo que llevaban de paseo en regresar a la plaza de la iglesia de la ciudad, donde los caballeros ya estaban desmontando entre risas.
- Tengo algo que contarte – anunció Hermione en voz baja, retardando el paso a propósito.
- Dime.
- Tú hijo y yo… No damos paseos a caballo.
La cara de Lily fue todo un poema y Hermione enrojeció considerablemente al comprender qué podía estar pasando por aquella cabeza pelirroja.
- Me está enseñando a utilizar el arco – explicó con embarazo -. Lo intentamos con la espada, pero soy demasiado floja para aguantar el peso.
Ninguna de las dos se percató de que quizás había más oídos que los suyos puestos en su conversación.
- ¿Era eso? – suspiró la ojiverde aliviada – Dios, me habías asustado.
- ¿Qué te había asustado? – preguntó James, llegando por detrás y agarrándola de la cintura con ímpetu. A su lado apareció Remus y, segundos más tarde, el propio Sirius.
- Hermione me cuenta mal las cosas – salió ella del apuro y le dio un beso a su marido - ¿Qué tal la caza?
Por algún motivo desconocido, James y Remus soltaron una carcajada. Lily sonrió con indulgencia.
- Entretenida – fue la respuesta previa a una melosa escena entre la pareja. Los demás los pusieron en un paréntesis para ignorarlos.
- ¿Habéis pasado buena mañana? – Sirius habló directamente con Hermione.
- Sí, gracias… - ella se negaba a llamarle Majestad, empezaba a comprender a Lily cuando odiaba aquella sonrisilla prepotente suya al oírlo.
- Ha hecho mucho sol, habéis tenido buena suerte. Disculpadme – intervino Lupin sin perder la mirada llena de diversión de antes. Hizo una pequeña inclinación al oír su nombre desde el otro extremo y se alejó, no sin antes darle con el hombro a Sirius al pasar, el cual lo fulminó con la mirada.
A Hermione le recordó a un lobo alentando a sus cachorros a caminar. Miró con interés al moreno, a la espera de que llenase el silencio o se disculpase también y desapareciese o…
- Había pensado que, ya que tan aficionada sois a montar a caballo con mi ahijado, quizás no os importaría hacerlo conmigo mañana – Sirius sonrió y un grupo de damas solteras que estaban un poco alejadas soltó unas risitas ridículas.
Vale, eso no entraba dentro de su larga lista de opciones planeadas. ¿Eh? Y él notó su titubeo.
- Es probable que haga tan buen día como hoy, quizás mejor, incluso. Y aún no conoces el lago. Además, me gustará ver a una mujer galopar como si fuera un hombre – añadió con clara burla brillando en sus ojos.
- Oh… Eh… Esto… - Hermione notó las miradas de Lily y James discretamente sobre ella y su cara adquirió un gracioso tono borgoña -. Sí, vale, por qué no… - acabó musitando sin acordarse de guardar las formas. Aquella escena le estaba recordando mucho al momento en que Viktor le pidió que lo acompañase al baile de Navidad de cuarto, y no sabía por qué, porque Sirius no podía querer… bueno, ligar con ella, ¿no?
- Bien, saldremos al mediodía. Probablemente haga el mismo tiempo que hoy – observó él con naturalidad, echando un vistazo rápido al cielo.
La aparición de Harry salvó a Hermione de tener que rellenar el silencio. Menos mal, porque no tenía ni idea de qué podía decir que no sonase estúpido…
- ¿Qué tal tu mañana? – preguntó el joven Potter con una sonrisa nada más acercarse.
- Ha estado bien – Hermione correspondió a su gesto -. ¿La caza?
- Se me da mal – admitió él a regañadientes -. Malfoy tiene mejor puntería que yo.
- ¿Malfoy?
- Draco, el hijo.
Hablando del rey de Roma, pensó Hermione al ver al rubio observándola desde otro pequeño grupo de personas entre los que también estaba Zabini. Casi como si fuese una señal, éste se acercó a ella y le hizo una reverencia de saludo que ella respondió torpemente.
- Siento presentarme así, pero tenía ganas de conocer a la popular señorita Granger. Soy Blaise Zabini – dijo, comiéndosela con los ojos. Casi al instante, Draco también se unió a ellos.
- ¿Soy popular? – se extrañó Hermione, intentando no pensar en que todas las atenciones estaban sobre ella.
Lily y James la habían dejado abandonada con aquellos dos, Harry, que no parecía muy contento de su presencia y Sirius, que observaba todo con ojos atentos y escrutadores, como si tuviese que controlar la situación.
- Tiene a muchas personas impresionadas – repuso Zabini con una sonrisa depredadora.
Hermione no era idiota. Captaba los gestos pequeños y casi inconscientes que Draco y Blaise se estaban lanzando disimuladamente. Le daba la sensación de que Zabini sólo quería incordiar a su amigo, aunque era incapaz de comprender por qué a Malfoy habría de molestarle que él le hablase. Esperaba que no fuese uno de los impresionados, lo que menos necesitaba era otro individuo haciendo insospechadas aproximaciones en su dirección.
Creyó que era hora de imponer un pequeño cambio. Con un poco de suerte, los desconcertaría a todos lo suficiente como para poder escapar.
- Dumbledore quiere que le ayude con un pequeño experimento con posibilidades de explotar por la tarde.
Los demás cortaron su sesión de intercambio de miradas, a cada cual más confusa que la anterior, para poner expresiones indescifrables ante sus palabras. Sólo Sirius soltó una carcajada y dijo:
- Tranquila, podremos llevarte de vuelta al castillo a tiempo para que echéis la torre abajo.
Hermione se sintió agradecida de que Sirius hubiese sabido ayudarla a romper la tensión. La enemistad Gryffindor-Slytherin de su tiempo parecía tener cabida en cualquier época y estaban empezando a ponerla nerviosa con la tensión que flotaba entre los más jóvenes. Haciendo gala de sus mejores reflejos sociales, y antes de que ninguno de los tres chicos que estaban con ellos pudiese reaccionar a tiempo, Sirius le ofreció el brazo para guiarla hacia la carpa bajo la que había una gran mesa donde ya se estaban instalando otras personas de la corte.
- Hoy comeremos al aire libre, no quiero que nadie se sienta encerrado – informó, guiñándole un ojo a Hermione, que puso los suyos en blanco y se enganchó con él -. Estabas acorralada, ¿eh? – le susurró él divertido mientras iban hacia la mesa.
- Un poco – admitió la chica -. Gracias por sacarme de allí, ¿qué problema tienen esos tres? – preguntó haciéndose la inocente.
- Creo que les gustas. Es lo que tiene la primavera, los machos se disputan a las hembras…
Hermione se echó a reír, para sorpresa de su acompañante, que esperaba que ella se ofendiese por sus palabras.
- En ese caso deberían replantearse las tácticas que usan. No sé para las demás, pero a mí me resulta demasiado incómodo verme en el medio de su fuego cruzado. Las mujeres preferimos sentirnos admiradas que amenazadas – le confesó divertida.
Sirius frunció el cejo con una sonrisa desconcertada y la dejó junto a Lily en la mesa para irse a ocupar su lugar a la cabecera. Harry llegó poco después y se sentó frente a ella con cara de disculpa, pero su madre acaparó la atención de la chica.
- ¿Qué os susurrabais Sirius y tú? – le preguntó en voz baja mientras la comida empezaba a circular por la mesa.
- Nada importante. Costumbres animales.
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Esa noche, Hermione se vio incapaz de dormir. El día le había regalado demasiadas cosas en que pensar y conciliar un poco de sueño se le antojaba algo casi absurdo cada vez que se daba cuenta de lo mucho que tenía que ordenar dentro de su propia cabeza.
En el lugar más alto de su pirámide de desconcierto estaba la invitación de Sirius a comer, algo inminente si se tenía en cuenta las pocas horas que la separaban de ese momento. No tenía ni idea de qué podía esperarse ni tampoco de hasta qué punto podría hablar sin llegar a decir alguna inconveniencia. Por extraño que le resultase admitirlo, la actitud del Sirius se su época le resultaba mucho más perturbadora que la del gruñón futurista al que ya se había enfrentado en su momento; no tenía tampoco muy claro qué dirección adoptaban sus sentimientos e ideas con respecto a él.
En segundo puesto estaba Lily, casi consecuencia del primero. Iba a tener que aprender a neutralizarla cuanto antes o haría de su vida un infierno en cuanto volviese de ese idílico picnic en la bucólica campiña.
Después, mal que le pesase, se encontraba la inquietante sensación de que Malfoy junior la miraba demasiado. Si supiese que esa atención no era más que un reflejo de un odio desviado, como sucedía en Hogwarts, no se preocuparía, pero el principal problema residía en que no era capaz de captar con claridad el objeto de tanta atención. Además, su actitud para con Zabini también le estaba causando más de un quebradero de cabeza.
Y, por último, aunque no en la parte baja de su pirámide sino en un inciso aparte, se encontraba Dumbledore. Hermione siempre se sentía a gusto en su torre llena de cachivaches y peligros potenciales, pero esa tarde toda su tranquilidad se había esfumado por completo. ¿Que por qué? Por las palabras de su anfitrión, que habían logrado descolocarla por completo:
- Nos has engañado a todos, ¿eh? – había comentado el anciano guiñándole un ojo.
Ella se había quedado blanca de golpe al oírle, haciéndole soltar una risa discreta.
- Vamos, vamos, pequeña, no estoy tan mayor. Soy capaz de darme cuenta de las cosas. Esa historia de una boda frustrada y el blah, blah, blah. ¿Vas a decirme de una vez que no perteneces a nuestro tiempo?
Blanca ya era poca palabra para describir su cara.
- ¿C-cómo…? – alcanzó a balbucear ella.
- El otro día estabas tarareando mientras trabajabas y no sonaba a uno de nuestros bailes. Y eso sólo se suma a los otros pequeños detalles: modales, conocimientos, cosas que conoces y aún no se han descubierto…
- Eso no es…
- Hermione – Dumbledore la miró severo y ella tuvo una regresión al despacho del director.
Ella había suspirado, mirado al techo como buscando un modo de aclararse y después había arrastrado los pies hasta la silla más cercana. Su "maestro" tomó asiento frente a ella y puso oídos atentos cuando la chica se lo explicó todo.
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Hermione, ya en su cama, suspiró también y salió de la cama, necesitada de un paseo y algo de aire. Abandonó su dormitorio con la cabeza palpitándole por el peso de tanta problemática sin resolver y echó a andar sin un rumbo fijo. No se dio cuenta de lo perdida que estaba entre paredes de piedra hasta que fue ya demasiado tarde. Se le escapó un gemido entre dientes en mitad de la oscuridad, intentó retroceder sobre sus pasos y chocó contra alguien de golpe.
- ¡Ay, mierda! – exclamó sin pensarlo al notar el pisotón.
- ¿Quién va? – preguntó a la vez una voz familiar.
- ¿Malfoy? – susurró Hermione.
- ¿Granger?
Estupendo, lo que me hacía falta ahora mismo, gruñó ella por dentro.
- ¿Qué hacéis por aquí a estas horas de la noche? – inquirió el rubio y encendió una de las antorchas que colgaban de la pared sin que Hermione supiese cómo.
- Podría preguntar lo mismo.
Ambos se miraron en silencio unos segundos, sin saber cómo salir del atolladero, al menos hasta que Malfoy decidió solucionarlo con una carcajada cortés y nerviosa y le ofreció un brazo tratando de disimular la ojeada de arriba abajo con que la había repasado. Hermione puso los ojos en blanco: seguro que la consideraría a partir de entonces una fresca por ir por ahí en camisola, lo que la ofendería si no fuese porque esa ropa era la mayor antítesis de la lujuria que había visto jamás.
- ¿Os habéis perdido?
Hermione decidió pasar por alto todo lo demás a favor de regresar a su dormitorio y asintió, aceptando su brazo y palpando, a su vez, con la otra mano, los trozos de su varita que iban enganchados en el interior de su ropa.
- Os acompañaré de vuelta a vuestra habitación.
Caminaron en silencio, no sabiendo qué decirse, durante algunos minutos. Hermione se moría por averiguar qué estaba haciendo el rubio a oscuras y a deshora por allí, pero sabía que no conseguiría nada preguntando. Malfoy, por su parte, estaba dividido entre la satisfacción y el nerviosismo: lo primero, por estar por fin a solas con el objeto de su atención, lo segundo porque el objeto de su atención iba en paños menores.
- He oído que iréis mañana a almorzar con mi tío – comentó él finalmente.
- Sí – respondió Hermione, sorprendida por el tema elegido para romper el hielo -. Me lo propuso ayer y… bueno, no tengo muy claro si es educado negarle algo a un rey, máxime si te está acogiendo bajo su techo, así que… - Hermione apenas se percató, pero Malfoy captó a la perfección el matiz de que no le gustaba nada sentirse presionada para aceptar a hacer cosas que se traslucía en su voz.
- Se merece vuestro favor sólo por haber tenido más reflejos que el resto de nosotros.
- ¿A qué te refieres? – preguntó ella, olvidándose de todas las normas de cortesía.
Malfoy sonrió en la penumbra y ella pudo comprender de repente qué era lo que le hacía tan interesante a los ojos femeninos en su época: cuando no se comportaba como un auténtico capullo, podía llegar a resultar incluso atractivo, sobre todo sus ojos grises, en los que titilaba la luz del fuego.
- Él no es el único al que le habría gustado hacer acopio de valor para invitaros, pero sí es el único que realmente lo ha hecho. Supongo que ser el rey regala cierta confianza en uno mismo.
Hermione se dio cuenta entonces de que ya habían llegado a su habitación y de que su mano estaba ahora atrapada en la de él, aunque no habría sabido decir cómo o cuándo eso había sucedido. Levantó la mirada y encontró a Malfoy mirándola fijamente, casi estudiándola. Notó como el pulgar del chico paseaba por la palma de su mano en una suave caricia.
- Creo que deberíais regresar a vuestros aposentos – dijo él.
- Sí, será lo mejor – aceptó ella, liberándose tanto de su mano como de sus ojos para abrir sus puerta.
- Buenas noches, señorita Granger.
- Hermione – Debo de estar volviéndome loca -. Me llamo Hermione.
Malfoy le regaló una última sonrisa antes de desaparecer por el corredor.
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Recordad que me queréis y que dejar reviews adelgaza.
