Sé que me he pasado un pelín esta vez con el tiempo que me he tomado y, lamentablemente, me veo moralmente en la obligación de deciros que os vayáis acostumbrando (U.U), porque he empezado a trabajar a la vez que voy a clase y encima estoy a una hora de irme a apuntarme a la autoescuela. Como ya sabéis, por mucha pena que me cause tener menos tiempo libre, la obligación está antes y todo lo que hago contribuye a mi formación para el futuro, por lo que a mi modo de ver se convierte en una necesidad.
De todas formas, reitero: siento haber tardado tanto y lo sentiré cada vez que vea que el tiempo se me va de las manos, pero es lo que hay.
Y ahora, tras añadir "GRAZIE MILE POR LOS REVIEWS" os dejo por fin con el nuevo capítulo.
Besos se Sirius/James/Remus/Harry/Ron/Draco/Snape con chocolate caliente por encima ;D
Kira
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8 – Ciñámonos un paréntesis
Se había equivocado, convencer a Hermione de que aceptase pasar el día a su lado no era lo más arduo de su tarea, ni de lejos. Lo que le supondría un verdadero reto sería encontrarla; en ningún momento de su vida le había parecido tan enorme el castillo como en aquel momento en que se dio cuenta de que no tenía ni la más remota idea de dónde podría encontrar a la chica. Por ello, Draco eligió empezar por lo básico siguiendo los preceptos que conocía sobre el resto de las damas de la Corte: su ruta dio comienzo en la sala de costura, pero allí sólo encontró a su propia madre con un par de mujeres más, que bordaban y cotilleaban a media voz. Siguió por el comedor, donde vio un puñado de chicas (algunas de las cuales había seducido en su momento y a las que no había vuelto a mirar y otras que sonreían como idiotas cada vez que un hombre andaba por los alrededores) revolvían entre telas y encajes, dispuestas a encargar nuevas galas para próximas fiestas, vigiladas de cerca por dos adultas, una de las cuales era lady Potter, e incluso ella fue incapaz de ubicar a Hermione.
En este punto, toda la confianza que Draco había tenido siempre en su conocimiento del sexo femenino decayó a mínimos, y se vio obligado a buscar una nueva perspectiva. No le llevó mucho rato darse cuenta de que Hermione no pensaba como el resto, quizás podía integrarse como una dama más si la situación lo requería, pero nunca la había visto mostrándose excesivamente interesada por bordados o vestidos, sino que sus atenciones estaban más bien centradas en cosas un poco más complicadas y menos banales. Se le ocurrió pues buscarla en la sala de copias, donde trabajaban con enormes volúmenes los secretarios del rey, aunque se vio obligado a salir por piernas al comprobar que su propio tío Sirius andaba por allí. Deambuló un rato y se acercó hasta la sala de armas, ya que el rumor de que la forastera había hecho alguna que otra escapada para aprender un poco sobre el manejo de la espada y el arco (algo que consiguió que el resto de mujeres se sintiesen ultrajadas como si las hubiesen tachado de prostitutas en público e hiciesen comentarios muy poco cordiales sobre ella) se había extendido lo suficiente como para llegar a sus oídos.
Nada.
Entonces su desesperación lo llevó a pasear la mirada a su alrededor y así alcanzó a ver el espectáculo de pequeñas explosiones y humos de colores que escapaba de la torre de aquel viejo chivo loco que nunca salía de su cueva. Hermione y Dumbledore se había llevado muy bien desde el principio, o eso decía todo el mundo, y dado que no quedaba rincón en el castillo, más que ése, en que pudiera haberse escondido…
Toc, toc.
- ¡Pase y no tropiece con los cristales! – clamó una voz femenina desde dentro.
Draco abrió la puerta con cuidado y una nubecilla de humo amarillento maloliente fue a darle la bienvenida. En cuanto se dispersó un poco, observó a sus pies y caminó con cuidado para no pisar los fragmentos de algún bote mientras hacia él avanzaba la figura del dueño del laboratorio que le puso unos trapos en la mano.
- Si pasas, limpia – indicó sin más y volvió a perderse en las profundidades de la penumbra y el humo.
Desconcertado, el chico se miró las manos llenas.
- Perdónalo, estamos un poco agitados por aquí – le pidió la misma voz femenina de antes -. ¡Anda, hola! – añadió, al verle la cara.
Inmediatamente, como dándose cuenta de sus palabras, Hermione recuperó las formas e hizo la habitual media reverencia de saludo. Draco, tan desubicado como ella, se la devolvió y esbozó lo que esperaba que fuese un conato de sonrisa amable.
- Te escondes bien.
- No estoy escondida – se contrarió ella -. Paso el rato con un amigo – Hermione omitió la explicación de lo que estaban haciendo. Eso quedaría para siempre entre el anciano y ella.
- Quería hablar contigo…
- Vale, pero si no vas a ayudarnos con el desastre del suelo, dame que ya lo hago yo – lo interrumpió Hermione, quitándole los paños de las manos. Se arrodilló en el suelo y comenzó a recoger cristales y eliminar la extraña sustancia como buenamente pudo.
Draco aprovechó para echarle un vistazo. Llevaba un vestido viejo que parecía de los que usaban las sirvientas en las cocinas y alrededores, estaba despeinada y tenía la frente húmeda por el calor y la humedad que emanaba de todos los cachivaches llenos de líquidos y demás cosas que hervían al fuego. Allí tirada, limpiando sin ningún tipo de reparo, podría haber pasado por una doncella más, y a Draco la dio la impresión de que Hermione siempre pasaría por ser quien ella quisiera en la circunstancia que fuese. Eso lo inquietó y excitó al mismo tiempo.
- Sí, ejem… - carraspeó, recobrando el dominio de sí mismo -. Mañana será uno de esos días de puro protocolo y reunión política. Todos los enviados por los Lestrange y el círculo del Rey se encerrarán en una sala a discutir lo que sea y el resto de nosotros no tendremos nada que hacer, por lo que había pensado en que quizás te gustaría pasar el día conmigo.
Hermione se giró para mirarle completamente sorprendida.
- Eso sí que no me lo esperaba – admitió, dándose la vuelta de nuevo para acabar de limpiar. Cuando se dio cuenta de que no podría prolongar más una tarea terminada, se levantó y volvió a mirarle, rogando por que el sonrojo no fuese para él tan evidente como para sí misma -. La verdad es que no había pensado acerca de mañana – admitió. Vio por el rabillo del ojo a Dumbledore, que seguía a lo suyo sin perder detalle de la conversación y las mejillas se le calentaron un poco más.
- Perfecto entonces, ¿no? – dijo Draco, haciendo un verdadero esfuerzo por conservar la seguridad en sí mismo. Era irritante y agradablemente nuevo la capacidad que tenía aquella desconocida para convertirlo en un crío de ocho años.
- Supongo que sí – contestó ella y Draco notó que no estaba muy convencida. Con miedo a que lo cancelase todo a última hora, calibró sus palabras para camelarla un poco más sin parecer que quisiese presionarla mucho.
- He oído que te gusta salir a menudo de este sitio y dado que mañana todo el mundo va a estar ocupado, creo que es una buena oportunidad para disfrutar un poco del entorno en calma – cayó en la cuenta de otra cosa -. ¿Te incomoda que vayamos solos? – no estaba seguro de si su padre admitiría una carabina en el plan.
- Claro que no – respondió Hermione como si fuese una idea absurda.
Draco recordó que ya había salido a solas con Sirius, que había caminado con él mismo y que el chico Potter y ella eran muy amigos y tenían tendencia a desaparecer de vez en cuando. A pesar de que Harry y Hermione no habían dado muestras de mantener ningún romance y de que la chica había pasado un tiempo sin hablarle al rey tras aquella salida solitaria, Draco sintió arderle la sangre en las venas con sólo pensar lo que podrían haber hecho en la intimidad de la naturaleza. Aunque lo más probable era que estuviese proyectando sus propios deseos sobre otras personas que habían tenido las mismas oportunidades, sólo consiguió ponerse más furioso cuanto más lo pensaba.
- Lo que pasa es que no sé si será buena idea – explicó finalmente Hermione -. He oído eso de que tus padres quieren encontrarte una esposa y no va a contribuir a conseguirlo el hecho de que tú y yo nos vayamos por ahí un día entero. Creo que no me tienen en muy alta estima – añadió con cierta nota sardónica en la voz.
- Ellos no tienen nada que decir – no dejaba de ser cierto, después de todo, que le fuesen con las cuentas a Snape, que para eso era el artífice de toda la historia. Él estaba limitándose a cumplir las órdenes de un buen amigo de su padre.
- No quiero meterme en problemas, Draco – dijo Hermione con sinceridad.
- No los tendrás, te lo prometo. Mañana, tras el desayuno, ¿nos veremos en el patio de armas? – probó con la técnica definitiva: sonrisa y mirada fija.
Hermione suspiró.
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Podía ser que no resultase tan terrible como se había temido, lo único que lamentaba era todo el artificio que había conllevado algo tan sencillo como aquello. Había obviado la velada la noche anterior, alegando que le dolía la cabeza, a pesar de que varios de sus oyentes de días pasado se habían congregado cerca de ella a la espera de otra lectura épica, y todo por evitar darle explicaciones a Lily acerca de sus actividades para el día D y, por consiguiente, también a Harry, James y Remus.
Se había maldecido a sí misma al meterse en la cama por sentirse incapaz de conciliar el sueño, le resultaba ridículo ponerse nerviosa por esa salida, ¡era Draco Malfoy, por el amor de Dios!
Y ahora… nada.
- ¿Estás aquí?
Hermione sacudió la cabeza y bajó del mágico mundo de las ideas absurdas.
- Sí, claro, perdona.
Draco había obviado a la guardia habitual por aquel día, aunque cargaba con su espada por si tenía lugar algún encuentro desagradable, y tras varias horas rondando una parte desconocida de los terrenos del reino, se habían instalado a comer sobre la hierba, junto a las escasas ruinas de una antigua iglesia pequeña.
Y de la comida hacía ya, por lo menos, tres horas. Tres horas que habían pasado más deprisa de lo esperado, a decir verdad.
- ¿En qué pensabas? – Draco, recostado de lado hacia ella, sobre su brazo, le dedicó una mirada inquisitiva.
Hermione, por otro lado, había sufrido un verdadero infierno hasta conseguir coger postura con aquel vestido, y ahora estaba sentada con las piernas a lo indio bajo sus faldas y devolviéndole la mirada a la vez que calibraba cómo justificar sus ausencias mentales momentáneas. La sensación de parecer un pastel, causada e intensificada por la visión del vestido desparramado a su alrededor, no contribuía a hacerla sentirse más cómoda.
Claro que tampoco estaba incómoda del todo.
- Estaba pensando en qué nos esperará al volver al castillo. Por mucho que digas lo contrario, soy de la opinión de que tus padres van a pedir que me ajusticien.
Draco sonrió sinceramente divertido.
- No son tan terribles. Como mucho, el destierro.
Hermione también sonrió sin poderlo evitar.
- Menudo consuelo… - murmuró -. Mi situación aquí no es precisamente precaria, pero tampoco soy un miembro de pleno derecho, y quiero ahorrarme disgustos aunque vaya a…
- ¿Aunque vayas a qué? – se interesó él.
Se hizo un corto silencio.
- Bueno, me marcharé algún día, eso es obvio – terminó ella, sonando falsamente despreocupada.
- No al paso que vas. O que va Su Majestad, más bien – repuso él, con algo cercano a los celos trasluciéndosele en la voz.
Hermione se le quedó mirando con curiosidad.
- Es innegable que Sirius te está cortejando, ¿cierto? – se lanzó él.
Ella no pudo negarlo, después de todo había sido culpa suya en gran parte, ya que le había dado su consentimiento para que lo hiciera. Draco hizo un gesto de pues eso mismo.
- No tiene nada que ver, mi permanencia en un lugar no viene determinada por el interés que un hombre muestre en mí – replicó ella, cuidándose de no sonar alterada a pesar de estarlo.
- Sí, si te pide que te desposes con él.
Eso consiguió hacerla enmudecer. Eso y el hecho de que los celos fueron esta vez innegables.
- No, Draco. Eso tampoco me haría quedarme una vez decidida a irme – negó ella con suavidad.
- Es el rey.
- Es un mortal. El título sólo le concede poderes de un tipo y convencer a alguien para casarse con él no es uno de ellos. Incluso Zeus era incapaz de conquistar a una mujer que no quería dejarse, en vez de eso engañaba a las mujeres para conseguirlas.
- Hay reyes que lo han hecho.
- Sirius no me parece un déspota – comentó Hermione, haciéndose eco de un impresión auténtica enterrada en su mente -. Además, no tengo un padre o varón al que pueda pedirle mi mano y que pueda obligarme a hacerlo, ni tampoco poseo una dote o algún tipo de herencia política o territorial que puedan interesarle, así que no se molestaría.
Draco tamborileó los dedos sobre la hierba y luego levantó la mirada de nuevo.
- ¿Te das cuenta que, por mucho que te defiendas, en ningún momento has dicho que te vayas a negar aunque él esté enamorado de ti? Te lo planteas todo de un modo demasiado frío siempre, Hermione. La política puede serlo todo para algunos monarcas, pero tú misma te has dado cuenta de la diferencia entre ellos y Sirius, así que no entiendo porque eres incapaz siquiera de plantearte que pueda haber algo más allá del mero interés material en sus intenciones.
La chica se mordió un labio y miró hacia otra parte, molesta consigo misma. Se le estaba reblandeciendo el cerebro con aquella mentalidad renacentista que la obligaba a cuidarse de sus palabras y tonos y a menudo se preguntaba si no estaba empezando a creerse sus propias mentiras. Se sentía ya bastante cómoda en el papel que se había diseñado y a veces olvidaba que ella ya tenía una realidad que era su verdadero hogar, aunque estuviese en paradero desconocido.
- ¿Y si no fuera el rey quien te pidiese matrimonio? – continuó Draco -. ¿La mano de otra persona inclinaría tu balanza a permanecer aquí?
Hermione se sintió incómoda. Deseaba con todas sus fuerzas que el chico Malfoy no se estuviese abriendo camino hacia preguntas de mayor trascendencia. ¿Es que no podía dar un maldito paseo con otra persona (salvo con Harry) sin que viesen intenciones donde no las había? Como Draco se le declarase, volvería al bosque del que había salido.
- Lo dudo – respondió por fin ella -. Las circunstancias tendrían que ser muy distintas y yo tendría que sentirme proclive al matrimonio, cosa que no es así. Las mujeres viven limitadas toda su vida por los hombres, yo tengo algo que muchas envidian y es que ahora soy libre. La libertad es el mayor bien de los hombres, pero para las mujeres es parte de un sueño, y yo lo he hecho realidad.
Quizás ahí se había pasado un poco de apasionada en su discurso, hasta ella se percataba de que había sonado muy Braveheart. Bueno, pues ya estaba, si la vida en el castillo Black se le complicaba, huiría y comandaría a los escoceses en su revolución.
- Supongo que eso aclara mucho toda la situación – dijo Draco un poco decepcionado.
- Me alegro de no dejar lugar equívocos – Hermione sonrió amistosamente para tantear el ambiente.
- Aunque me parece una lástima que vayas a privar a algún pobre hombre de discutir contigo día y noche.
- Estaré encantada de discutir con quien quiera en cualquier momento.
- Para eso, tendrías que estar al lado de esa persona en ese momento. Si te marchas, no pasará.
Hermione tragó saliva. Nunca había pensado que le daría pena romper las ilusiones de un Malfoy de esa manera, pero lo cierto era que tampoco se había creído que jamás estaría en posición de hacerlo, y menos aún si de lo que se hablaba era de matrimonio. Se sentía fuera de lugar.
- Se está haciendo de noche – observó -. ¿Volvemos?
Draco tardó un poco en responder, pero cuando lo hizo se puso en pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.
- Vamos.
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James lo observó con cautela cuando pegó un puñetazo a la mesa, sobresaltando a Remus, que reposaba en la silla de al lado con expresión seria y la barbilla apoyada sobre los pulgares en actitud meditativa. James, en cambio, estaba mucho menos sereno, había pasado el día mordiéndose la lengua, pero ahora que por fin estaban los tres solos ya no pensaba callarse por más tiempo.
- ¿Se puede saber dónde demonios tenías la cabeza? Nos han comido terreno como a unos aficionados.
Sirius lo fulminó con la mirada, frunciendo el ceño, y no se molestó en contestar. Era perfectamente consciente de lo que James le recriminaba, así como de que en gran parte había sido culpa suya, por lo que prefirió echar a andar por la sala como una fiera enjaulada.
Remus, que había permanecido en silencio casi todo el rato, levantó al fin la cabeza.
- No ha sido nuestro mejor día – admitió, y obtuvo sendos bufidos como respuesta -, pero no me parece que hayamos perdido por unas horas de distracción, entre nosotros y Frank Longbottom creo que lo hemos sacado adelante lo bastante bien como para poder dar un poco más de guerra, no en un sentido literal, espero.
Ninguno de sus amigos dijo nada. Remus era famoso por callar hasta tener algo interesante que compartir con el resto y ambos tuvieron que admitir que, en aquella ocasión, su opinión era tan acertada como solían serlo todas.
- Snape estaba muy entregado hoy, ha dicho más de seis frases que no eran insultos directos, insultos exagerados o insultos encubiertos hacia nuestras personas – comentó James, más relajado, para quitarle hierro al asunto -. Pettigrew, sin embargo, sigue siendo el descerebrado de siempre. No sé para qué lo quiere tu cuñado en su círculo.
- Sabes tan bien como todos que Pettigrew ostenta el título y Snape el poder – repuso Sirius sin alzar la voz.
- ¿Vas a contestarme ahora? – preguntó James, alentado por haber obtenido algún tipo de respuesta.
- ¿A qué? – Sirius detuvo su paseo a medio camino y le miró casi retándolo a continuar la frase.
Lástima que los años de amistad le hubiesen restado todo tipo de amenaza cuando trataba con sus amigos. Otra persona se habría acobardado y callado, pero sus dos manos derechas (porque él era una especie de mutante y tenía dos por las que daba gracias todos los días) se limitaron a sostenerle la mirada y aguardar.
Sirius resopló.
- Estaba distraído – admitió.
- Y…
- Pensando en Hermione – terminó Remus la frase de James. Sirius abrió la boca para protestar, pero su calmado amigo lo cortó -. No intentes negarlo, no hace falta ser un genio. ¿No la has visto hoy?
- No, y eso me pone ansioso – reconoció el rey.
- Estará bien, le preguntaré a Lily, aunque verás a Hermione en la cena, seguro – James le guiñó un ojo.
- Estás un poco sobreprotector, ¿no crees? – comentó Remus -. Has tenido todo el día bien vigilados a todos los que podrías considerar peligrosos para ella, cosa que, por otro lado, es ridícula, ya que en este castillo es imposible que nadie le ponga un dedo encima sin que nos enteremos nosotros o tus guardas. Habrá pasado el día con la pelirroja, con Harry o con Dumbledore.
Sirius asintió y se acercó a la ventana para respirar algo de aire fresco. Estaba poniéndose el sol y comenzaba a soplar una brisa un poco más fría de lo habitual que sirvió para aclararle un poco la mente. Echó una ojeada rápida a la disposición de las almenas traseras y sus ojos se detuvieron en las dos figuras que cruzaban el puente de regreso al castillo.
No necesitó más de tres segundos para reconocer al jinete del caballo marrón oscuro. La mata de pelo castaño era inconfundible o, a lo mejor, era que él no se dejaría confundir jamás en lo que a Hermione respectaba.
Luego se fijó en su acompañante, esperando ver la morena cabeza de su ahijado o la fulgurante melena pelirroja de Lily, pero no vio más que una cabeza rubia elegantemente peinada e inquietantemente familiar que le hizo contener la respiración, preocupado. Remus se equivocaba: no había tenido bien vigilados a todos los que podrían haber supuesto un riesgo.
Y ahora, por primera vez en su vida, temió por las consecuencias.
Poor Sirius T.T
Si queréis que algo bueno le pase a nuestro rey favorito, enviad un review al... botón de abajo :D (lo sé, soy una timadora pésima, pero en la publicidad de los politonos funciona...)
