10 – Justas… e injustas

A diferencia de la mayor parte de los que le rodeaban, nunca había sido de quedarse tirado en la cama durante horas y horas sin más intención que disfrutar de la horizontal. Solía levantarse relativamente temprano porque le gustaba sentirse activo y, además, siempre había algo que hacer, pero aquel día sucedió algo que hasta a él lo dejó desconcertado, porque ni siquiera había amanecido cuando abrió los ojos y ya no se vio capaz de conciliar más el sueño. Problemas de insomnio, a eso tampoco estaba acostumbrado. Encima, justo uno de los días en que más tenía la sensación de que iba a necesitar estar bien despierto y descansado.

Tras dar un par de vueltas en la cama (vueltas elegantes, nada de eso de enredarse en las sábanas como un gusanillo) constató que no sería capaz de volver a dormirse, así que se levantó y vistió, sin ayuda de nadie (agradecía poder hacerlo solo de vez en cuando, el servilismo al rey a veces alcanzaba cotas insospechadas de estupidez y él, en cualquier momento, se veía obligado a darle la razón a la pelirroja acerca del protocolo), y salió de su dormitorio para, aunque sólo fuera, dar una vuelta por los pasillos.

Tardó unos minutos en recordar por qué nunca hacía eso: era horriblemente aburrido. No tenía con quien hablar, adónde ir o algo que comer, por lo que lo único que podía hacer hasta que el resto del mundo se levantase (más o menos en una hora) era deambular solitario por su propio castillo o volver a su cuarto. O ir a ver a los caballos (no, vaya coñazo). O practicar un poco con la espada (no, no tenía ganas). O ir a ver a Dumbledore (no, algo le decía que la ausencia de explosiones y humos indefinidos en la torre implicaba que el hombre dormía –él, que no parecía descansar, ¿tenía que elegir precisamente ese día?-). O leer un poco…

Le asaltó un súbito pensamiento, una esperanza casi, y fue hacia la biblioteca que había en el ala oeste del castillo. Con un poco de suerte y conociendo sus gustos, no sería el único insomne y aburrido del castillo.

Decepción. Allí sólo había una persona y no era la que a él le habría gustado.

Doble decepción: era Regulus.

Los dos hermanos se miraron sorprendidos unos segundos.

- ¿Qué haces aquí? – preguntaron a la vez.

Nueva mirada recelosa.

- Me desperté y no sabía qué hacer, así que decidí venir a buscar algo que leer – Regulus decidió que, como invitado, le correspondía a él dar la primera explicación, aunque no fuese del todo sincera.

Sirius observó el libro que tenía en la mano, una copia muy pequeña de un romance caballeresco francés que le resultaba familiar. Frunció el ceño imperceptiblemente y dio una excusa parecida. Estaba ya a punto de darse media vuelta para irse a otro lugar cuando Regulus habló de nuevo:

- Le he pedido a la señorita Granger que me entregue una prenda para la justa de hoy.

El ceño del rey se hizo más profundo. Menos mal que estaba de espaldas a su hermano y le dio tiempo a borrarlo antes de darse la vuelta.

- Buena suerte – le deseó, no sin cierto sarcasmo.

- ¿Crees que no me la dará? – Regulus medio sonrió, haciendo más patente que nunca, gracias a la arrogancia, el parecido entre ambos.

- Creo que tiene otras personas a las que ofrecérsela.

- Como tú.

- Por ejemplo.

- ¿Y qué te hace pensar que tienes más posibilidades que yo, si puede saberse?

Sirius soltó una carcajada que sonó a un ladrido socarrón y no contestó. Regulus puso mala cara.

- No eres infalible – le espetó sin resentimiento en la voz, más bien con la seguridad de quien cree firmemente lo que dice.

- Nunca he pretendido serlo, así la vida pierde gracia – aseguró el mayor antes de dejar la biblioteca. A su hermanito aún le faltaba mucho como para llegar a intimidarlo.

Pero, por si acaso, mantendría un ojo sobre él.

OoOoOoOoOoOoOoOoO

- ¿Estás segura de que no quieres el firme brazo de un hombre que se sujete, guíe y proteja? – repitió, por cillonésima vez, Lily -. Ni mi marido ni mi hijo van muy allá, pero algo de lo que he dicho podrán hacer por ti si lo necesitas.

Ambos aludidos la miraron con el entrecejo fruncido y le gruñeron algo, siendo, más que nunca, réplicas casi exactas. Hermione sonrió.

- No, gracias. Algo me dice que ir del brazo de otro hombre no va a contribuir a sentirme más segura. Además, media corte cotillea ya sobre esa supuesta boda indigna que estamos a punto de realizar Harry y yo.

Los cuatro se rieron, divertidos por las elucubraciones de las mentes ajenas.

El patio trasero había sido completamente decorado y acicalado, dispuesto para que todos los miembros tanto de la corte Black como los invitados de la corte Lestrange pudiesen instalarse cómodamente a contemplar la mañana de justas que iba a tener lugar en breves. James, que participaría como la mayor parte de los caballeros allegados al rey, se despidió de su mujer y Hermione con un beso en la mano y le revolvió el cabello a su hijo antes de marcharse a la tienda levantada en un extremo donde tenía que prepararse con el resto. Harry, al igual que Draco Malfoy y Neville Longbottom, aún no participaría mientras su padre lo hiciese. Lily lo dejó junto a Hermione a los pocos segundos y fue a unirse al resto de damas adultas y casadas.

- ¿Tensa? – sonrió Harry con burla.

- Vagamente – Hermione le lanzó una mirada condescendiente.

- ¿Ya sabes a quién vas a entregar tu prenda, oh-muy-deseada-Afrodita?

- Eso, encima recochineo – se quejó ella -. Bastante tengo con lo mío, ¿no crees?

Harry se encogió de hombros y amplió más su sonrisa al ver cómo, cada uno por un lado distinto, los dos hermanos Black se acercaban a ellos.

- ¿Sigues sin querer que ejerza de tu protector? – preguntó, divertido, al ver la cara de ella ante semejante perspectiva.

- Sí. Pero si tienes algo para mimetizarme con el entorno, es bienvenido.

Obviamente, al no tener Harry nada que le sirviese, Hermione tuvo que quedarse en el sitio y esperar lo que viniese. Menos mal que no se había plantificado allí sin nada en mente. La idea de utilizar su deshecha varita para desaparecerse palpitó con fuerza en su cerebro saturado.

Los dos Black se detuvieron frente a ella, se lanzaron sendas miradas defensivas y volvieron a mirar a la chica. Por suerte, Harry se anticipó a que ninguno de los dos plantease la cuestión que los reunía.

- Hermione, te va a estallar la cara – comentó.

Capullo, pensó ella fulminándolo con una mirada. El chico se rió, Sirius convirtió su risa en tos y Hermione se centró en los Black que tenía delante.

- Lo siento – les dijo a ambos -. No he traído prenda de ninguna clase – anunció, para sorpresa de todos -. Odio que me pongan en compromisos y, como tampoco sabía qué, exactamente, tenía que traer, he decidido ahorrarnos todo este trance. Haríais bien en pedírselo a otra dama si lo que necesitáis es suerte – añadió con cierta nota de burla.

Regulus pareció ir a replicar, pero luego cerró la boca. Sirius, por su parte, poco acostumbrado a que las mujeres no le concediesen su buena suerte durante las justas, no pudo menos que esbozar una sonrisa indulgente y retirarse con la sensación del orgullo herido y de la satisfacción de ver a su hermano con un palmo de narices. Regulus también se marchó.

Hermione tomó entonces el brazo de Harry, que la recibió divertido.

- Vamos a sentarnos en una esquina y a planear nuestra boda, creo que será lo más fácil.

.

Los enfrentamientos comenzaron a las diez y media de la mañana, a juzgar por la posición del sol según Hermione. Las justas componían lo que ella denominaba un "deporte bárbaro", pero tuvo que admitir que era agradable sentir la emoción que proporcionaba el riesgo, incluso aunque ella no participase. Todo ello, sumado a la compañía de Harry y los comentarios que compartían con Neville, sentado en la fila de detrás, sirvieron para amenizar las horas que pasaron allí.

Llegados a cierto punto de la mañana, Hermione se cansó de estar sentada y les dijo a sus dos amigos que volvería en un momento para poder levantarse e ir a estirar las piernas. Salió de las gradas, las rodeó y se acercó a la tienda donde los caballeros guardaban sus lanzas y armaduras. Dudó y finalmente entró.

Había esperado un poco más de actividad por allí, pero estaba todo vacío, no quedaba nadie, y supuso que los que en esos momentos no se estaban enfrentando debían de estar presenciando el espectáculo desde otro sitio, a la espera de su turno. Bueno, eso lo hacía todo un poco más sencillo, quizás. Recorrió el espacio con cuidado de no tocar nada hasta que encontró lo que estaba buscando: las lanzas estaban sujetas por un armazón de madera en la esquina del fondo. Faltaban algunas cuyos huecos vacíos delataban, pero la que ella estaba buscando era fácilmente reconocible, más ornamentada y trabajada que el resto.

No podía ser más que la lanza del rey.

La rozó con los dedos unos segundos, insegura de lo que estaba a punto de hacer.

.

- ¿Hasta dónde has ido? – le preguntó Harry al verla regresar.

Ella se sentó a su lado y contempló los rostros interrogantes del moreno y Neville, que se había girado para escuchar la respuesta.

- No muy lejos – respondió ella, críptica -. ¿Quién sale ahora?

- Regulus Black y mi padre – dijo Neville -. Odia estas cosas, pero dice que antes prefiere perder un brazo que dejar ganar a alguno de la corte de los Lestrange. Luego mi madre le pellizca.

Harry y Hermione se rieron y atendieron al campo. Ambos caballeros, fácilmente identificables por los colores que adornaban sus caballos, tomaron sus posiciones. A la señal, ambos tomaron velocidad, acercándose rápidamente hasta que la lanza de Regulus Black embistió a Frank Longbottom y lo tiró del caballo. Un aplauso cortés se elevó entre los espectadores y Hermione jadeó, alarmada.

- Tranquila, no le ha pasado nada. Todos nuestros padres deben de haber recibido una docena de golpes como ese en su vida – le dijo Harry.

- No, ya lo sé, no es por eso, es que…

Nueva embestida y, de nuevo, Frank Longbottom cayó al suelo. Se le atribuyó un punto a Regulus y ambos se retiraron tras estrecharse cordialmente las manos.

- ¿Qué pasa? Te has puesto blanca – se preocupó Neville.

Hermione observó a Regulus levantarse la visera del casco para mirarla y dedicarle una inclinación de cabeza. Ella se mantuvo imperturbable, sin devolverle el gesto, y cuando él se retiró enterró la cabeza en las manos.

- Mierda, mierda… - musitó, deseando que no la oyesen.

- ¿Qué pasa? – repitieron sus dos compañeros.

- Que me equivoqué de lanza – murmuró ella para que nadie más los oyese -. Fui… fui a darle la cinta de mi vestido a Sirius, pero no estaba, así que la até en su lanza. Bueno, yo creí que era… que era su lanza, pero no, resulta que es la de… - sacudió la mano hacia el campo.

Harry posó la mano sobre la suya en ademán consolador. Neville no se acostumbraba a verlos tratarse con esos excesos de familiaridad, aunque no dijo nada.

- Sólo espero que…

Hermione levantó la cabeza y la frase murió en sus labios. Allí, al otro lado del campo, presenciando los enfrentamientos como otro cualquiera, aunque mucho más serio, estaba Sirius. Y le estaba dedicando una mirada indescifrable e indudablemente herida. Lo llamaron y se perdió de vista, dispuesto a prepararse para su propio enfrentamiento. La chica sacudió la cabeza, fastidiada. A ver cómo conseguía ahora darle una explicación.

Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para planteárselo, porque la reciente victoria de Regulus había llevado a que el último enfrentamiento de la mañana tuviese lugar entre los hermanos Black. Hermione gimió de nuevo entre dientes, la cosa no hacía más que mejorar por momentos.

Observó todo el proceso de preparación como si fuera a cámara lenta, con el corazón palpitándole con fuerza y su mano apretando inintencionadamente la de Harry, que, aunque sorprendido al principio, le devolvió el apretón. Él era de la opinión de que quizás todo aquel jaleo serviría para que Hermione se aclarase de una dichosa vez con lo que quería hacer.

Los caballos adversarios emprendieron el galope antes de que ella pudiera procesarlo del todo. Sus patas parecían levantar mucho más polvo que todas las veces anteriores y, de repente, el sol brillaba demasiado, causándole calor en la cabeza. Notaba la mano de Harry, y la suya propia también, sudorosa, pero no la soltó, sino que apretó con más fuerza, como si fueran a resbalarse.

Vio la colisión como uno de esos anuncios de prevención de accidentes que ponían por la televisión en su época, despacio, con cada centímetro chocando y moviéndose con asombrosa lentitud. Vio una posición compleja y vio a Regulus cayendo de su caballo. Un nuevo aplauso de los espectadores consiguió relajarla, como una señal de que todo había pasado.

Hermione soltó la mano de Harry; quizás se estaba dando demasiados aires por pensar que iba a ser capaz de convertir en peor una rivalidad simple entre hermanos. Si ella estaba siendo en exceso engreída, se alegraba de que la sensación de opresión de su pecho sólo fuera por eso. La vanidad podía soportarla, pero no ver cómo ellos se herían en serio por su culpa.

Sí, hasta en su mente sonaba petulante, no era más que…

Hermione levantó la cabeza al oír la segunda colisión y el alboroto que se levantó tras ella. Su cerebro había adoptado el modo lento sin darse cuenta de que todo continuaba su desarrollo y mientras ella pensaba, los dos caballeros habían vuelto a enfrentarse. Esta vez, con no tan buenos resultados.

El cirujano de la corte salió al campo con otros varios caballeros para comprobar los daños. Regulus Black había tirado al rey de su caballo.

Y éste no se levantaba.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoO

La jornada en el castillo se convirtió en un ir y venir apresurado de criados y médicos por los pasillos, siempre con el dormitorio del rey como centro. James y Remus permanecían dentro con Fran Longbottom y Regulus, entre otros, y de vez en cuando alguno salía para pasarle algo de información a Lily, que, junto a Hermione, se había instalado en la biblioteca para huir del ajetreo que reinaba allí.

Harry, que había pasado un par de horas en la habitación con su inconsciente padrino en compañía del resto de caballeros, se había retirado reticente después de que su madre y su amiga le asegurasen que podía hacerlo, que no necesitaban nada y estaban bien.

Aunque Hermione no tenía buena cara en absoluto.

Lily le había pedido que le explicase por qué tanto silencio y angustia y esa casi actitud culpable cuando todo el mundo sabía que en las justas siempre ocurrían accidentes. Hermione le había explicado su confusión con las lanzas y la sensación de que, si Sirius y Regulus se habían enfrentado con más saña de la debida, era por su culpa (aun a riesgo de sonar repelente) y que, por tanto, el estado del rey, también lo era. Y, después, ambas se habían quedado refugiadas en aquel rincón del castillo donde casi nadie iría a buscarlas.

Casi no hablaron hasta que comenzó a anochecer.

- Ese sentimiento de culpa va a destrozarte las entrañas – comentó Lily, levantando la mirada del libro que hojeaba.

- Siento no ser más divertida – replicó la castaña de forma casi automática.

- Bueno, eso aparte. Ni siquiera has comido.

- Porque no tengo hambre.

- Ay, parece que Su Majestad te importa más de lo que dejabas ver – Lily usó un tono medio burlón en un intento de animar un poco a su amiga.

Hermione sacudió la cabeza y guardó silencio. Al cabo de unos minutos, suspiró y cerró su propio libro. Tenía la sensación de que ya iba siendo de poner algunas cartas sobre la mesa.

- Sí, supongo que sí – admitió.

Sorprendida de haber tenido un efecto positivo, Lily también dejó su lectura.

- Me estoy enredando más de la cuenta, Dumbledore lo mencionó el otro día y yo ya sólo puedo darle la razón.

- ¿Aceptas entonces los cortejos de Sirius?

- Y lo que no son cortejos también. – Hermione le contó el episodio del segundo beso durante su convalecencia. Los ojos de la pelirroja brillaron entusiasmados, pero no tuvo oportunidad de hacer a su amiga partícipe de su felicidad, ya que entraron más personas a la biblioteca.

- Estáis de mejor humor que la última vez – observó Remus, receloso.

- Sí, ¿a qué se debe? – terció James.

- A cosas de mujeres – Lily cortó en seco tanto cotilleo -. ¿Cómo está Sirius?

- Medio abrió los ojos hace media hora, farfulló algo y se volvió a dormir. Los médicos ponen caras raras, pero creen que mejorará. Me recordó un poco a aquella vez que se emborrachó durante el cumpleaños de su padre… - James se quedó pensativo.

- ¿Y por qué no estáis allí vigilándole? – Lily parecía dispuesta a no dejar que Hermione soltase una palabra.

- Se ha quedado Harry para que todos los demás pudiésemos ir a cenar. Incluso los médicos – Remus lo dejó caer con una sonrisa compradora directamente dirigida a Hermione.

- Sí, sería muy fácil colarse para verle si se tuviese amistad con mi hijo… - añadió James, igual de falsamente disperso que su amigo.

Lily se levantó con los ojos en blanco.

- Sois un par de idiotas – los tomó de los brazos y tiró de ellos hacia la puerta. Desde allí se giró para mirar a Hermione -. Deberías ir a verle – aconsejó sin miramientos y, después, salió de la biblioteca llevándose al cotilla de su marido y a Remus.

OoOoOoOoOoOoOoOoO

Supo que algo no iba bien en cuanto abrió los ojos y no vio nada. Nada de nada. Todo negro, como si siguiese con ellos cerrados. Luego sospechó que quizás se hubiese hecho de noche, parpadeó y se dio una oportunidad más para que las pupilas se le adaptasen a la oscuridad. Entonces ya consiguió atisbar algo.

Vio que estaba tumbado y notó un dolor en la cabeza, como si se la estuviesen estrujando con algún aparato de tortura. La luna, que no debía de estar llena del todo pero sí algo cargadita, dejaba entrar un fino hilillo de luz que hacía el entorno aún más tétrico, de historia de terror de las que su prima Bellatrix les contaba a James y a él cuando eran pequeños.

Le costó incorporarse un poco y notó unas punzadas tan intensas en la cabeza que lo dejó por imposible, pero, en el proceso de regresar a su posición original, alcanzó a atisbar algo que, estaba seguro, no debería estar allí.

Una persona.

Aunque no alcanzaba a ver quién era, pero le parecía una silueta muy femenina para tratarse de James. A menos que nunca hubiese observado bien a James antes, claro.

- Hmmpfh – masculló.

Escrutó un poco más la figura, pero estaba a contraluz y su rostro y toda su fachada delantera quedaba sumida en la negrura. Pensó en Lily.

- Lily – la llamó, en voz baja para que su cabeza no le doliese más todavía.

La persona ni se movió.

- Lily – hizo un esfuerzo por alzar un poco más la voz.

Se notó un leve movimiento, como si su perenne guardián hubiese cambiado de postura, pero nada más.

- ¡Lily! – inmediatamente, Sirius se arrepintió de haber hablado tan alto. Sintió cómo si cerebro se sacudía con un quejido.

Por lo menos, su intrusa alzó la cabeza, sobresaltada.

- ¿Estás bien? – preguntó, preocupada.

Es voz no era de Lily.

Sirius cerró los ojos de nuevo, molesto.

- Sí. No deberías estar aquí.

Hermione se estiró en su asiento, un incómodo sillón de madera que ella había intentado hacer un poco más confortable con un par de mantas. Tenía el cuello destrozado. El tono de Sirius era tan frío que habría congelado el infierno; Hermione pensó que tenía que ser broma que todavía estuviese mosqueado por lo de la prenda en la lanza equivocada estando en la situación en que se encontraba,

- La cinta era para ti, esperaba que la lanza más lujosa fuera la del rey – suspiró, cansada, como si estuviese concediéndole un capricho a un niño pequeño.

Sirius percibió el tono y se mosqueó un poco más, pero sus palabras sirvieron de amortiguador.

- No tienes que darme explicaciones – siguió en sus trece. Sabía que estaba haciendo el tonto, pero no podía evitarlo.

- Me siento culpable – añadió ella, ignorándole -. Cuando te vi en el suelo… No tienes ni idea de cómo me sentí, todos creímos que estabas muerto y…

Se calló con miedo a delatarse demasiado, aunque algo le decía que ya lo había hecho.

Sirius se pasó una mano por la cara pesadamente.

- Harías bien en aclararle el conflicto a mi hermano o mañana anunciará vuestra boda – se rindió al final.

Hermione sonrió a medias, tanteando el ambiente.

- ¿Estás bien? – volvió a preguntar.

- Mejor, gracias.

Se hizo el silencio.

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – Sirius abrió los ojos de nuevo.

Ella se giró y observó la ventana, dubitativa.

- No lo sé, algunas horas. Anochecía cuando entré – ella misma estaba sorprendida de haber aguantado tanto durmiendo en ese potro asesino que había convertido en cama. Vio a Sirius por el rabillo del ojo con una cara extraña -. Ni siquiera se te ocurra – dijo, leyéndole el pensamiento -, no te va a venir nada bien levantarte ahora.

- Aguafiestas… ¿Y qué? ¿Pensabas quedarte toda la noche para paliar tu culpa? – sonrió con arrogancia.

- La verdad es que sólo vine a verte un rato y luego pensaba llamar a James para que me relevase, pero me dormí – replicó ella, deseosa de bajarle los humos.

- Eso le resta romanticismo.

- ¿Quién ha hablado de romanticismo?

- Es bastante romántico que te hayas quedado velándome…

Sirius se interrumpió al verla revolverse en el asiento y frotarse el cuello.

- Puedes trasladarte a un sitio más cómodo si quieres – dijo con tono sugerente, palmeando el espacio a su lado.

Aunque la oscuridad le impidió verlo, pudo imaginarse la mueca sardónica de ella al responderle:

- Sí, claro. Eso es lo que marcan las leyes del decoro.

Sirius sonrió.

- Yo ya he estado sentado en tu cama, no es tan grave. No te tocaré hasta la noche de bodas, lo prometo.

Hermione bufó. Tardó unos segundos, pero, como era previsible, al poco rato el rey notó hundirse levemente el colchón en el lado de ella. Empezó a arrepentirse casi de inmediato; por muy convaleciente que estuviese, seguía siendo él mismo y Sirius Black tenía un reflejo de herencia genética que le obligaba a intentar conquistar a cualquier mujer atractiva a su alrededor. Y en aquellos momentos, Hermione era una mujer muy atractiva que había aceptado con más naturalidad de la esperada sentarse junto a él en la cama y que olía demasiado bien.

Menuda mierda tener la sensación de llevar un monolito sobre los hombros.

A esto es a lo que llaman tensión sexual no resuelta, pensó ella.

- Pues… deberías dormir, ahora que ya sabemos que no te has muerto… - musitó Hermione.

- Me he pasado el día durmiendo, ahora, ya que no puedo levantarme ni moverme porque no me dejas, te toca entretenerme.

- No sé por qué, pero no me gusta nada cómo suena eso.

- Te hacía mucho más casta, tienes la mente sucia – repuso él, divertido. No era algo que se viese a menudo entre las damas, pero resultaba refrescante.

La chica se encogió de hombros.

- Dijo el que invita a personas ajenas a compartir lecho… - contraatacó con un tono teatral.

Escuchó una risa parecida a un ladrido sonar a su izquierda y ella misma sonrió en la oscuridad. Una mano pesada y caliente se posó sobre las suyas, enlazadas en su regazo.

- Estás helada.

- NO voy a meterme bajo las sábanas, así que ni lo intentes.

Nueva risa.

- Lo siento, es instintivo.

- Pero tú sí que estás muy caliente, ahórrate los comentarios – Hermione recuperó una de sus manos y tanteó hasta posarla sobre su frente.

- Por mucho que me entusiasme la perspectiva – comenzó Sirius, que tenía a la chica prácticamente sobre él en una postura torcida y con el escote a centímetros de su nariz aunque no pudiese verlo bien y deleitarse -, te diré que me encuentro bien, gracias.

Y, haciendo caso omiso de las palabras previas de ella o su propio malestar, se incorporó lentamente hasta quedar con la espalda apoyada contra el cabecero de madera tallada. La mano de Hermione resbaló hasta quedar apoyada en su mejilla, donde notó los músculos contraerse al esbozar él una mueca plácida.

- ¿Ves? Yo no me lo tomo como si me estuvieses acosando – murmuró. Hermione notó su aliento muy cerca y comprendió de repente la posición en la que se encontraban.

- ¿Vas a besarme otra vez sin mi permiso? – preguntó ella, también en voz baja, como si existiese alguna posibilidad de que los escuchasen.

- No – por un momento, creyó que Sirius aún estaba bromeando hasta que escuchó lo que dijo después -. Yo ya he hecho suficiente, ¿no crees? Ahora toca que tú me beses a mí.

Sus voces convertidas en murmullo parecían crear una atmósfera propicia y Hermione se vio tentada a hacerlo hasta que se dio cuenta de que, aparte de que eso sería contraproducente para todo aquello por lo que estaba trabajando, en la situación actual sólo podría dar lugar a malentendidos. Le dio una palmadita en la mejilla y se separó para regresar a su posición original.

- Veo que ya estás mucho mejor, así que creo que me iré a mi habitación – anunció, divertida por el mero hecho de imaginarse la cara que debía de estar poniendo -. ¿Quieres que avise a un médico para que venga a echarte un vistazo?

- No hace falta – respondió él con tono de sentirse derrotado pero tomárselo con deportividad -. Mis trucos de seducción no funcionarían igual de bien con Madame Pomfrey.

Escuchó la voz de Hermione, quien soltó una risilla ya desde la puerta.

- Bien, como quieras. Aunque tampoco es que hayan sido un éxito aplastante conmigo.

Salió del cuarto cerrando la puerta tras de sí y recorrió rápidamente el corredor hasta sus propios aposentos. Acababa de escaparse de la boca del lobo por los pelos, porque no estaba dispuesta a firmar la rendición tan rápido.

Un minuto, ¿qué rendición? ¿En qué punto se había convertido aquello en un ridículo juego de conquistas?


Bien, no me odiéis. Sé que tenía esto olvidado de la mano de Dios, pero he sido una persona muy atareada últimamente y con bastante poca inspiración, todo sea dicho de paso, así que esto es lo mejor que puedo ofreceros.

Siento que muchas os hayáis creado esperanzas para nada, pero es que Hermione es un poco estrecha (dicho así, con la boca pequeña y en voz baja, que también tiene muy mala leche).

Por cada review que me dejéis, salvaréis un gatito.

Apresurada por el trabajo que se le acumula, se despide de ustedes…

Kira (con amor, ¿eh?, que conste)