11 – Cuando el río suena…

- Oye, cada día es más difícil sacarte de la cama – se quejó Lily, observando el bulto de sábanas enredadas en que se había convertido su amiga -. El próximo día me traeré refuerzos. Mi marido y mi hijo el mojigato se negarán, pero seguro que si se lo pido a Sirius, está aquí en menos que canta un gallo.

- Eres mala y te odio – gruñó una amortiguada voz a la altura de la almohada. Después, hubo un suspiro y Hermione se irguió con el mismo aspecto que si se hubiera pasado la noche con los dedos en un enchufe -. Ayer me acosté tardísimo por hacerle una visita a su Majestad.

- Es bueno ver que has recobrado el tono irónico. Desayuna algo y cuéntame.

La pelirroja le tendió una bandeja llena de comida y las dos se acomodaron sobre la cama. Consciente de que si no contaba con la opinión de la sabia lady Potter, le daría un ataque, Hermione no se molestó en censurar ni una coma de lo sucedido la noche anterior. La sonrisa de Lily crecía por minutos a cada nueva palabra que escuchaba, hasta que Hermione se vio obligada a dejar de hablar para que no se pareciese más al gato de Cheshire.

- Bueno, pues ya está. Tenlo en vilo un par de días, para que lo coja con ganas, y luego bésale, déjale que te pida en matrimonio y tened un montón de niños de ojos grises y pelo castaño – acabó diciendo.

- No tienes gracia.

- No pretendía ser un chiste. No del todo, vamos – la pelirroja frunció el ceño con reproche -. ¿Qué problema tienes?

No, nada, una tontería. Soy bruja, vengo de cinco siglos más tarde y Dumbledore me ayuda a encontrar el camino de vuelta a casa. Dejando eso a un lado…

- Es… complicado – dijo Hermione, sin embargo.

- Simplifícalo.

Hermione agitó suavemente la cabeza, pero no dijo nada más, y Lily suspiró.

- Oye, ya sé que no eres de aquí y que en alguna parte alguien te está buscando. Créeme, lo sé, pero cuando llegaste no te brillaban los ojos del modo en que lo hacen ahora, así que algo bueno debes de haber encontrado aquí para ello. ¿No merece la pena? Si haces un balance de las cosas, ¿Sirius no merece la pena lo suficiente como para que elijas quedarte?

Las palabras cayeron como un jarro de agua fría, y Hermione supo que la perseguirían durante mucho tiempo.

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El castillo había recuperado su actividad sin tregua habitual. Los médicos ya no estaban preocupados en absoluto por el bienestar del rey y todos sus cortesanos habían encontrado una u otra manera de hacerle saber su alegría ante su buen estado. Incluso Regulus y los suyos habían pasado a presentarle sus respetos de un modo casi sarcástico. Sin embargo, a pesar de gustarle ser el centro de atención y contar con todas las comodidades y el privilegio de un día sin hacer absolutamente nada, Sirius se vio decepcionado ante la ausencia de la persona que más le habría interesado ver.

No necesitó más que ver la cara de su pelirroja amiga para saber que había tenido lugar una reunión femenina, puede que de emergencia, y eso le levantó por completo al ánimo. Lily, por su parte, se negó en redondo a soltar prenda sobre lo que fuera que se hubiese dicho en esa reunión y, al final, Remus tuvo que evitar que Sirius se levantase para seguirla cuando ella dejó la habitación con su marido y su hijo tras una reverencia sardónica.

Harry fue otro de los que preguntó por la castaña. Sabía que su madre iba todas, o casi todas, las mañanas a despertarla y le extrañó no encontrarla en la habitación de Sirius, dado que también sabía lo preocupada que había estado. Pero no llegó a verla en toda la mañana y, a la hora de la comida, la mesa se sirvió sin el rey, que seguía en su dormitorio, y sin la chica, que continuaba desaparecida. Lily no parecía preocupada, así que debía de saber dónde se había metido, aunque se negó a decírselo alegando que no era asunto suyo. Resignado a no enterarse de nada hasta que las fuerzas femeninas quisiesen lo contrario, él también encontró un modo de escabullirse y desaparecer para poder bajar a la zona del servicio y ver a Ginny, que lo recibió con los brazos abiertos y tan interesada como el resto por la salud del rey.

Dado que Sirius era la figura clave del castillo, su ausencia estuvo bien presente en todas y cada una de las mentes de la corte, aunque no así la de Hermione. Sin embargo, tampoco pasó desapercibida: Draco Malfoy se fijó en ello inmediatamente, más inquieto que otra cosa y consciente de que Regulus y Snape también se habrían percatado. Le ponía nervioso pensar en los intereses que pudiesen tener en ella y, sobre todo, adónde serían capaces de llegar por alcanzarlos. Cada vez que miraba a los ojos de Snape le daba la sensación de estar viendo dos puertas abiertas a cualquier cosa.

Y Hermione… Bueno, Hermione había subido a su escondrijo favorito, perfecto espantapájaros para el resto de personas en el castillo por las constantes explosiones, los humos de colores y los olores extraños. Últimamente había habido bastante poco de todo ello, más que nada porque Dumbledore había preferido observarla mientras ella le hacía pequeñas demostraciones de su magia con los restos de su varita y los dos investigaban acerca de un modo para enviar de vuelta a su tiempo a la chica.

Lo malo de Dumbledore era que, aunque era un cotilla, Hermione no se veía capaz de contarle a él las mismas cosas que a Lily, y era una pena, porque estaba segura de que sus consejos, como todos los que daba, habrían sido igual de buenos o incluso mejores respecto a ese tema. Al final, en medio de su confusión, había terminado optando por plantear una versión resumida y minimizada ante su anciano mentor y cruzando los dedos bajo su vestido por no estar quedando como una idiota.

- Mi chica pelirroja siempre ha dado buenos consejos – fue todo lo que dijo el viejo.

Fuera hacía sol y la luz entraba por el ventanuco, cayendo con fuerza y llenando la estancia. Casi daba pena no estar en el campo, más allá de los muros, hablando y riendo despreocupadamente en mitad de un paseo a caballo, como hacían otras damas. Hermione boqueó ligeramente, sin hacer ningún ruido. Menuda ayuda se había ido a buscar.

- ¿Eso significa que no voy a volver a casa? – preguntó finalmente con tono descorazonado.

- Yo no he dicho eso, pequeña – la reprendió Dumbledore -, pero deberías ser práctica. Por lo que me has contado, tú mejor que nadie deberías saber lo importante que es para una mujer tener un respaldo en esta época. Por muy liberal que sea Sirius y su gobierno en algunos aspectos, no puedes olvidarte de dónde estás atrapada: una mujer sigue sin ser mucho por estos lares.

- Entonces… ¿qué me estás diciendo? – Hermione lo miró sin saber si estaba comprendiendo del todo bien sus palabras.

- Que hay que saber mirar las cosas con perspectiva. Sirius es el rey y se ha enamorado de ti…

- Encaprichado.

- No, enamorado. Lily te dará una versión arcoirista porque en el fondo es una sensiblera empedernida, pero yo te estoy dando la visión objetiva, jovencita. Sirius no ha conocido nunca a una chica con tu temperamento y eso le tiene totalmente obnubilado. Puede que haya nacido en la época equivocada… - Dumbledore se rió de forma cascada y Hermione carraspeó para devolverle a la realidad -. Tú se lo estás poniendo difícil, no porque quieras o por hacerte la interesante, como otras han intentado antes que tú, sino porque crees realmente que las cosas deberían ser de otro modo y quizás no te falte razón. De cualquier manera, ahora te toca dar un paso, para bien o para mal, y tú sabes muy bien qué hacer para que resulte de una u otra forma. Por otro lado, tú también te has prendado de él, o, si no, no estarías aquí utilizándome de consejero, y lo único que buscas es que alguien te diga que no hagas lo que en realidad sí quieres hacer. Puedes dejar que te corteje y puedes entregarte a él todo lo que quieras, Hermione, sólo tienes que ser sincera tal y como tu conciencia te pide que lo seas a lo largo del proceso. Convertirte en el interés mejor protegido del rey puede tener alguna cosa mala, pero en general sería perfecto para ti, que nadie sabe ni quién eres ni de dónde has salido y que parece que te has quedado aquí sólo temporalmente.

Dumbledore se detuvo para tomar aire, beber agua y comprobar el efecto que sus palabras estaban teniendo sobre ella. La chica lo escuchaba con la mirada baja, ocultando su rostro para poder pensar con serenidad… más o menos.

- Sirius y tú haríais una pareja estupenda y los dos seríais felices, pero tendrías que contarle a él todo lo que me has contado a mí para que la situación fuese justa, y una vez que lo hicieras, él se lo creyera y se le pasase el susto, probablemente te pediría que dejases de buscar un modo de regresar a tu tiempo, lo cual sería muy comprensible. Y tú te verías entonces entre la espada y la pared, porque tendrías que elegir entre hacerle daño a alguien a quien quieres, que te quiere y que se ha portado bien contigo o volver al lugar del que no deberías haber salido.

Nueva pausa, más agua, más silencio.

- Y tienes que tener presente la posibilidad, Hermione, de que no seamos capaces de devolverte a tu época. Puede que tengas que quedarte aquí para el resto de tus días y, en ese caso, tendrías que forjarte una vida aquí de todas formas. ¿Qué tendría de malo casarte y hacer lo que todas las demás? Desde luego, ganarías más que ellas, te convertirías en reina, podrías cambiar muchas cosas…

Esta vez, cuando Dumbledore dejó de hablar lo hizo definitivamente. Pasaron unos cuantos minutos. Entonces, Hermione levantó la cabeza con expresión decidida.

- No quiero tomar mis decisiones en base a una necesidad económica o social. Sé cómo suelen terminar esas cosas, me leí Los Pilares de la Tierra… Un libro de mi época… Da lo mismo. Yo no debería estar aquí, lo que significa que estoy modificando todas vuestras existencias con mi presencia y acabaría por arruinar la de Sirius por completo si aceptase la posición privilegiada que me ofrece. Él no sabe nada de todo este lío y así debería seguir.

Dumbledore sacudió la cabeza y dio media vuelta, resignado, para seguir trabajando en su mesa.

- Pero le quiero – añadió Hermione sin bajar la voz.

OoOoOoOoOoOoO

- ¿Puedo pasar?

La voz de Harry resonó por la biblioteca con un leve eco. Hermione, la única presente en toda la sala, sentada a una mesa con una pluma en la mano, un tintero en la mesa y una pila de hojas de papel con la tinta ya seca a su lado, se giró para mirar cómo su cabeza asomaba por la rendija de la puerta y le lanzaba una mirada interrogante y curiosa.

- Claro – respondió ella, y mientras Harry entraba ella tomó la última hoja escrita y la apiló bocabajo sobre las demás.

- ¿Qué haces? – Harry se sentó en el banco junto a ella y le sonrió -. No has venido a comer y por la pinta que tienes, da toda la impresión de que tampoco pensabas bajar a cenar.

- He almorzado con Dumbledore en su torre.

- Pasas mucho tiempo con él últimamente, empiezas a intrigarme. Debería subir algún día para ver qué os traéis entre manos.

- Nada muy interesante, tranquilo, yo creo que te aburrirías allá arriba. Tienes el mismo temperamento que tu padre – Hermione sonrió significativamente.

Harry se encogió de hombros.

- ¿Y ahora qué haces? – tomó con dos dedos la pila de hojas, evaluándola. Hermione le apartó de forma sutil para evitar que viese lo que estaba escribiendo y trató de desviar la conversación.

- He tenido suerte, es un privilegio esto del papel y la pluma, no esperaba que me lo fuesen a dar tan fácilmente.

- Pero ¿qué escribes?

- Una crónica – improvisó ella sin decir del todo la verdad y sin decir del todo una mentira -. No sé si llegaré a terminarla, espero que sí. Hasta entonces, no pienso dejar que nadie la lea.

- ¿Ni siquiera a tu mejor amigo?

- A él menos que a nadie. Resultaría demasiado crítico – lo pinchó ella burlonamente y le dio un golpecito en el brazo.

Con cuidado de no romper los faldones del vestido, la chica se levantó del banco y tomó un trozo de cordel con el que ató las páginas. Después las tomó en brazos y le hizo una seña a Harry para que la acompañase mientras iba a dejarlas a su habitación.

Le preguntó por su tarde para mantenerlo distraído y que no hiciese más preguntas, y él se lanzó al relato de su aventura por los pasillos del servicio y de su encuentro con Ginny. Cada vez que hablaba de ella, se le iluminaban los ojos y a Hermione le daba más pena: fueran lo tolerantes que fueran sus padres, si Harry al final se decidía a casarse con Ginny iba a tener que enfrentarse a una dura resistencia, cotilleos y murmuraciones de toda la corte. Les deseaba toda la felicidad del mundo, pero sabía que no iba a resultarles fácil en absoluto.

- Será mejor que espere fuera – dijo Harry, meneando la cabeza en dirección a dos doncellas que los observaban de reojo y cuchicheaban.

Hermione asintió, entró al dormitorio y guardó la pila de hojas en la funda de un almohadón antes de ponerlo bajo la cama. Iba a tener que ser cautelosa con su pequeño secreto, aunque no creía que a nadie pudiese interesarle lo más mínimo lo que tuviese que decir en su escrito a no ser que lo supiese de antemano. Se sentó unos segundos sobre la cama y suspiró.

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Seis días más tarde, cuando Sirius ya estaba totalmente recuperado y llevaba ya cinco fuera de la cama, sufrió el acceso de irritabilidad que llevaban esperando todos los que lo rodeaban. Ante sus primeras manifestaciones, James sonrió condescendiente y le pidió a la joven doncella que la había sufrido que se marchase todo lo amablemente que pudo sin que se le escapase la risa. Remus y él tuvieron que cruzar una mirada de complicidad para ponerse de acuerdo y sincronizarse.

- Hombre, por fin. Ya pensábamos que no ibas a dar señales de vida – se rió Remus.

- ¿De qué hablas?

- Llevas una semana sin hablar con Hermione, era mucho pedir que aguantases más con entereza y caballerosidad – terció James, despatarrado en su asiento.

- ¿Dónde se mete? – se exasperó él.

- ¿La necesitas por algo en especial o…? – tanteó Remus con cierta burla.

Sirius no contestó.

- Por el amor de Dios, ¿qué pasó en ese cuarto cuando estabais solos? Dime que no la has dejado encinta, por lo menos – pidió Remus.

- Claro que no, ¿por quién me tomas?

Su respuesta se ganó dos miradas escépticas y elocuentes, y él gruñó exasperado.

- Tu hijo debería servirme para encontrarla, son como uña y carne, ¿no? – se quejó el rey, mirando a su mejor amigo.

- Tengo entendido que últimamente ya no pasan tanto tiempo juntos. Hermione sube mucho a ver a Dumbledore y pasa la mitad de su tiempo en la biblioteca escribiendo no se sabe qué, y Harry…

- ¿Por qué no me lo habías dicho hasta ahora? – se quejó Sirius, poniéndose en pie.

- Para ver cuánto aguantabas. Me has hecho ganar algo de oro – James sonrió con maldad.

Sirius abandonó la sala. En ningún momento se percató de la figura que se escondía entre las sombras del pasillo y que lo había escuchado todo.

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- ¿Puedo sentarme?

Draco Malfoy se inclinó cuando ella giró la cabeza para mirarle y la hizo sonreír con su gesto. Se había vuelto extrañamente formal y cortés desde su pequeña conversación.

- Sí – una vez más y como siempre que la interrumpían, Hermione dejó bocabajo su última hoja para que no la pudiesen leer.

- Es la primera vez que entro aquí en mucho tiempo. ¿Estás muy ocupada?

- No mucho, ¿quieres hablar de algo en particular?

- Sólo tenía ganas de verte,…

Sus palabras quedaron interrumpidas por un carraspeo y la aparición estelar del rey en persona, que los observaba sin saber muy bien qué pensar. Inmediatamente, Hermione sintió sus mejillas enrojecer y el ambiente tensarse. Ella sabía muy bien que no sentía nada por Draco aunque a él no le pasase lo mismo, pero Sirius parecía ver un enemigo en cada persona del sexo masculino que se le acercaba. Cualquier día, se pondría celoso de Slughorn y ella tendría que meter la cabeza en un cubo para ahogar las risas. Claro que, en gran parte, esto era culpa suya, por no poner las cosas en claro desde un principio para todos y, en especial, para Sirius.

- ¿Interrumpo algo?

- No parece que fuera a importarte mucho de ser así – observó Hermione y vio, con satisfacción, cómo Sirius suspiraba resignado ante su insolencia.

Draco se levantó, hizo una inclinación de cabeza para ambos y dijo:

- Creo que es mi señal para retirarme – antes de marcharse.

Durante unos segundos, Sirius y Hermione se miraron en silencio.

- No me gusta mucho que te relaciones con él – comentó Sirius, tratando sin éxito de dotar de un tono despreocupado a sus palabras.

- ¡Es tu sobrino!

Sirius se encogió de hombros, poco dispuesto a dar más explicaciones que, en realidad, no había pensado. Era sólo una sensación, pero si le decía eso a la chica, ésta alegaría que era un celoso paranoico y él no estaba preparado para mantener esa conversación.

- ¿Qué es eso? – cambió de tema, señalando el par de hojas con la tinta ya seca que había sobre la mesa.

- Algo que te dejaré leer cuando llegue el momento, todavía no – contestó ella sin un atisbo de vergüenza o recelo. Sabía que la curiosidad empezaría a reconcomer al monarca desde ya y eso la hizo sentirse extrañamente poderosa y satisfecha. Por otro lado, pensaba dejárselo leer, sólo que aún no era el momento.

Se miraron sin decir nada o, más bien, sin saber qué más decir.

- ¿Has pensado algo en nuestra última conversación? – Sirius lanzó la flecha con una expresión maliciosa aflorando a sus labios.

- No mucho, la verdad – respondió ella con naturalidad -, he estado demasiado ocupada con tu sobrino – añadió, sonriendo con fingida inocencia.

- Cuando quieres, eres una bruja – suspiró él, acortando distancias para sentarse junto a ella en el banco.

"No lo sabes bien" pensó la chica casi divertida y se giró para mirarle a la cara. Él tenía una pierna a cada lado del banco y estaba al límite de invadir su espacio personal. Sirius tomó una de sus manos de uñas cortas y manchadas de tinta y la observó con interés.

- Nunca he visto las manos de una dama tan sucias – comentó, con la clara intención de molestarla.

- Nunca he visto a un caballero con menos respeto por las normas sociales – replicó Hermione sonriendo y, casi inconscientemente, se acercó un poco más a él.

Sirius también sonrió, envalentonado por su gesto. Ninguno de los dos se percató de que no estaban solos en la biblioteca ni de que esa tercera persona, que había sido todo ojos y oídos en el castillo durante los últimos días, salía de allí sin hacer ningún ruido para poner en antecedentes a Severus Snape y, por consiguiente, a Regulus Black. Conocer los avances del rey y la dama de origen incierto supondría un factor importante para ellos, dado que sus planes de minar su atención mediante el acercamiento a la chica estaban fallando estrepitosamente. Si no recurrían a algo drástico pronto, perderían la escasa ventaja que pudiesen conseguir; necesitaban provocar al monarca para que tuviese una reacción excesivamente visceral y diese el primer paso hacia la guerra. Y, sin lugar a dudas, el factor clave era la chica.

Snape y Regulus coincidirían con su opinión, seguro.

Pero, mientras la sombra del espionaje se deslizaba discretamente fuera de la biblioteca, nuestra pareja continuaba demasiado ocupada.

- Cualquier día me pondré celoso de Dumbledore. Si llego a saber que iba a robarte tanto tiempo, me lo habría pensado dos veces antes de subirte allí la primera vez – comentó Sirius.

- Dumbledore es un buen amigo – contestó Hermione -. Me da una visión distinta de las cosas, me hace pensar…

- ¿Sobre qué?

- Cosas – Hermione carraspeó, visiblemente incómoda de pronto, y Sirius no pudo menos que preguntarse qué no le estaba contando y desde hacía cuánto tiempo. No había tenido ninguna duda respecto a Hermione más que al principio, cuando desconocía su procedencia e historia, pero ahora comenzaba a sentir de nuevo el mismo vacío en el estómago que entonces.

- Oh, ya veo lo que pasa… - dijo Sirius como iluminado de repente -. Le hablas de mí, ¿cierto? – esbozó una sonrisa e imitó la voz de Hermione de un modo bastante logrado – "Oh, abuelete, es taaaan apuesto, gallardo caballero, este hombre."

- Cállate – le gruñó ella, dándole un manotazo sin mucho éxito, ya que él recuperó su mano entre las suyas y la sostuvo de nuevo.

- "Me tiene totalmente prendada con sus elegantes maneras. Nadie puede igualarse a su persona."

- Te lo digo en serio, eres insoportable.

- "Es tan listo, divertido, fantástico, maravilloso, perf…"

Por muy bien que se lo estuviese pasando Sirius con las alabanzas de sí mismo para sí mismo, lo dejó sin cuestionárselo ni un minuto. Porque Hermione, que interiormente se replanteaba muy en serio su escasa capacidad de autocontrol y raciocinio, le estaba besando, y aunque él contaba con que la experiencia se repitiese a menudo a partir de ese momento, decidió aprovecharla al cien por cien.

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Señores, antes de que me odien por mi inexcusable (bueno, un poco sí) tardanza, he de decir que este ha sido el capítulo de la rendición de Hermione. Estaba claro que la muchacha no iba a durar mucho con Sirius pelando la pava por ahí, pero seguro que no os lo esperabais TAN pronto.

Bueno, la razón es que, a partir de aquí, comienzan las segundas historias de verdad, aunque no sé cuándo podré actualizar de nuevo. Lo que quiero que quede claro es que no me olvido de que tengo esto empezado y, creedme, si en algún momento, por lo que sea, veo que tengo que dejarlo colgando más en serio, os avisaré.

Dejando esto a un lado, por cada review que enviáis, salváis una secuoya californiana. Saludos desde Narnia,

Kira