Voy a prescindir de disculpas y excusas, porque no sería más que haceros perder el tiempo sin que pudieseis leer lo que os traigo. Sólo os diré que siento la espera tan larga y que realmente actualizo cuando puedo, que la vida está muy dura. Un abrazo y gracias por la paciencia,
Kira
12 – Divide y vencerás
Fue un beso largo y cálido, más lanzado de lo que cualquiera de los dos habría imaginado viniendo de ella, pero por lo visto todo su ser estaba reaccionando sin permiso de su cabeza, así que tampoco era de extrañar. Se aferró a su cuello con las dos manos, como si estuviera a punto de caerse a pesar de estar sentada, y se acercó a él todo lo que pudo. Sirius, aunque sorprendido al principio, la tomó por la cintura con cuidado, preparado para que ella se apartase sobresaltada en cualquier momento, y tras comprobar que eso no iba a suceder, dejó que sus propias manos vagasen libremente por su espalda, disfrutando de la cercanía.
Fue Hermione quien tuvo que detener el momento cuando notó que las caricias de Sirius comenzaban a desplazarse hacia sitios más recónditos, más audaces.
- No te pases – le dijo, apartando sus labios lo mínimo necesario.
- Vale – aceptó él sin contemplaciones, devolvió las manos a su lugar de salida y volvió a atrapar su boca en un nuevo beso.
Ella se dejó llevar. Por unos segundos se preguntó qué clase de idiota había sido durante las últimas semanas como para haber estado evitando precisamente aquello. Una sensación como ésa no podía ser mala. ¿Y qué si ella no pertenecía a ese tiempo? Sentía que encajaba mejor en muchos aspectos, y lo que estaba pasando habría sido impensable en su siglo XX, lo cual, ahora que sabía en qué consistía, era toda una lástima.
Sin embargo…
- ¿Qué pasa? – preguntó Sirius cuando ella se apartó apenas unos milímetros por segunda vez.
- Así no – murmuró ella.
- Lo estábamos haciendo muy bien – repuso él, contrariado.
Hermione sonrió y quitó los brazos de su cuello, pero él no dejó que se separase del todo, sino que mantuvo sus manos sobre su espalda, aún abrazándola contra su cuerpo.
- ¿Te arrepientes tan pronto? – añadió Sirius, evaluándola con la mirada.
Hermione suspiró y dejó caer inertes los brazos a ambos lados de su cuerpo sin saber qué hacer con ellos. Quería darle alguna explicación que no la delatase, quería excusarse sin ofenderle, pero no tenía ni idea de qué decir que no fuese a sonar a mentira o estupidez.
- Hay cosas que tenemos que aclarar… que yo tengo que aclararte – se corrigió ella.
- Soy todo oídos – el rostro del rey se tornó serio, pero no hizo ningún ademán de ir a soltarla.
- Ahora no puedo, no…
Sirius también suspiró y, finalmente, apartó de ella sus brazos con cuidado de no resultar muy brusco. Estaba exasperado.
- ¿Tiene algo que ver con las horas que pasas escribiendo y en compañía de Dumbledore en la torre? – preguntó, controlando el tono de su voz y lanzando una mirada escrutadora hacia la pila de hojas escritas que descansaba sobre la mesa.
- Sí – respondió la chica, incapaz de mentirle.
- Y es algo importante y vergonzoso o malo, porque no me lo has contado ni a mí ni, estoy seguro, tampoco a Lily – el tono de Sirius era una mezcla entre la deducción y el reproche.
Hermione estuvo a nada de bajar la cabeza como si la hubiesen pillado en falta, pero en el último momento alzó un poco más de lo normal la barbilla, casi altiva. No iba a dejar que el rey la intimidase por el mero hecho de ser quien era y estar ante ella adoptando una actitud dominante. Puede que en el siglo XVI las cosas se hiciesen así, pero a ella la habían educado de otra manera. Por un instante tuvo la sensación de estar de vuelta en Hogwarts, cara a cara con algún slytherin desagradable.
- No es algo que pueda contarse a la ligera, te lo aseguro – replicó ella con frialdad.
- ¿Es por lo que no querías acercarte a mí?
- Sí. Es la razón por la que no debo acercarme a ti; y quiero enseñártela, de verdad, no tienes ni idea de los quebraderos de cabeza que me está causando, porque cuanto antes lo sepas antes serás libre de elegir y antes me sentiré un poco menos peor persona – Hermione dijo todo esto sin hacer pausas y mirando por la ventana.
Sirius la examinó con la mirada, como calibrando el grado de sinceridad de sus palabras.
- Por eso creo que será mejor que nos mantengamos separados y cordiales hasta que puedas conocer toda la verdad – añadió la chica con esfuerzo.
Él abrió la boca para replicar, pero no llegó a decir nada y volvió a cerrarla. Había conseguido avanzar mucho en lo que a Hermione respectaba, como si hubiese estado intentando tomar un castillo y ahora, a diez metros de la sala del trono, lo hubiesen detenido a golpe de espada.
La chica, al comprobar que el silencio iba a prolongarse, se puso en pie y recogió sus hojas. Se debatió entre besarle en la mejilla o no, casi a modo de despedida; finalmente esbozó una sonrisa forzada y salió de la biblioteca dejando a su augusta majestad muy, muy confusa.
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Mi señor,
Su Majestad y la joven desconocida han tenido un encuentro en la biblioteca. Nuestros ojos se han ocupado de seguir atentamente cada uno de sus movimientos para asegurarse de que la situación no sobrepasaba los límites que vos habíais considerado prudentes para vuestras intenciones, pero no ha habido necesidad de intervenir en ningún momento. Esa muchacha sabe perfectamente cómo actuar para conseguir lo que pretende y resulta casi placentero comprobar con qué facilidad lleva y trae al Rey con el mero movimiento de un dedo de la mano.
Sé que podríais considerarlo una impertinencia, pero creo que la joven nos serviría de mucho si lográsemos ponerla de nuestro lado. Como ya os he dicho, Su Majestad parece hechizado por sus encantos y sería capaz de propiciarnos muchas situaciones ventajosas si supiésemos encontrar la manera de convencerla para aceptar nuestros términos. Sé que vos, con vuestra superior inteligencia, ya habréis considerado todas las posibilidades que esa idea nos brinda, por lo que supongo que mis palabras no son más que un reflejo atrasado y probablemente maltrecho de vuestra astucia.
Por otro lado, quiero avisaros de que el joven Malfoy también ha denotado mucho interés por la chica y ella parece, si no disfrutar, sí bien responder a sus atenciones. Quizás fuese el arma de atracción a nuestro lado perfecta. Lucius Malfoy no está nada satisfecho con la relación, pero Draco os debería lealtad eterna si vos propiciaseis un enlace entre los dos muchachos, más allá de todo lo que su padre pudiese objetar.
Os mantendremos informado, siempre leales y a vuestros pies.
OoOoOoOoOoOoOoO
Severus Snape nunca había sido un hombre muy comunicativo. Le gustaba la soledad y perderse en sus propias reflexiones, pero también encontraba placer en cosas más mundanas, como en la satisfacción de mirar a la mayoría del mundo por encima del hombro o el rostro de una mujer hermosa. En realidad, aunque todos los que lo rodeaban pensasen lo contrario, era bastante sencillo hacerle feliz, porque sabía cómo resignarse.
Si Severus Snape hubiese respondido a la imagen pesimista que todos tenían de él, habría corrido a suicidarse en mitad de aquella cena. Sin embargo, casi todos desconocían que él tenía un buen motivo para querer estar allí esa noche. Pocas personas sabían de su interés en uno de los comensales y, desde luego, ninguna se alegraba mucho al respecto; sobre todo gracias al hecho de que, desde que había comenzado la velada, sus ojos negros no se habían despegado de la bella cara de lady Potter.
- ¿Qué rollo se traen? – preguntó Hermione, más para sí misma que para Harry, que caminaba a su lado, como casi siempre enganchado a su brazo.
- ¿Cómo dices? – repuso el chico, sin comprender.
- Que… Snape mira mucho a tu madre, ¿se conocen?
Harry se encogió de hombros.
- Mi madre pasó casi toda su vida, hasta casarse con mi padre, viajando de corte en corte con sus padres, porque el abuelo estaba preocupado de que no tuviese ninguna perspectiva de matrimonio y de tener que acabar arreglando algo él. No tenía ningunas ganas de casar a mamá por conveniencia. Igual se conocieron cuando mamá estuvo en la corte de los Lestrange.
Hermione asintió, aunque tuvo la sensación de que allí había mucho más de lo que Harry le estaba contando. Si Snape seguía mirando a Lily con tanta fijación, acabaría haciéndole un boquete en la cara.
- Voy a decirles a mis padres lo de Ginny – anunció entonces el chico, sacándola de su ensimismamiento.
La castaña giró el cuello tan deprisa que un crujido se extendió entre ella y su pareja. Harry la miró preocupado, pero sin perder la enorme sonrisa nerviosa que le había iluminado la cara.
- ¿Esta noche?
- Sí, quiero llevármelos aparte en cuanto pueda. ¿Me ayudas?
- Cl-claro… ¡Claro! Vamos a ello – dijo Hermione, aún sorprendida pero muy contenta y tiró de él en dirección a los Potter y Lupin.
Pasaron ante los ojos asombrados, por la prisa, de multitud de personas a las que deberían haber saludado, pero el único que tuvo la decencia de mostrarse mínimamente avergonzado fue Harry, que tenía mejor inculcado el protocolo de la época. De cualquier manera, llegaron hasta quienes les interesaban pronto y se plantaron ante ellos con expresiones indescifrables. Los adultos los miraron sorprendidos y, de repente, el rostro de Lily se iluminó con una sonrisa enorme y terrorífica y se lanzó a abrazar a Hermione como si le fuera la vida en ello.
- ¡Vais a casaros! – exclamó, conteniendo en lo posible su entusiasmo.
- ¿Qué? ¡No! Mamá, suéltala, por favor, que se está poniendo lila – se apresuró a intervenir Harry.
James agarró por la cintura a su esposa y la separó de la chica con toda la delicadeza y firma con que fue capaz.
- Creo que he perdido interés en lo que fuerais a decirnos – dijo Lily, cuya expresión ya no era nada amigable.
- Y yo creo que te equivocas – replicó Hermione una vez que hubo recuperado que aliento. Después le hizo un gesto a Harry para que actuase.
- Papá, mamá, tenemos que hablar – dijo el chico y, poco después, los tres se habían ido en busca de un lugar más grato para una conversación seria.
Remus abrió la boca para preguntar algo, pero Hermione le dejó muy claro por su gesto que ella no pensaba soltar prenda, por lo que el caballero se resignó y le ofreció el brazo para dar un paseo por la sala.
- ¿De qué hablabas hoy con ese enjambre de mujeres de la corte? – preguntó Hermione. Había visto a Remus acorralado esa misma mañana cerca del gran salón.
- Creo que todo el mundo empieza a darse cuenta de mi pequeña trampa.
- ¿En las justas? – se extrañó la chica.
- Me ofendes – dijo Remus, aunque sus palabras quedaron desmentidas por su sonrisa -. No, mi trampa es haber evitado el matrimonio durante tanto tiempo. Cuando llegas a cierta edad y tienes cierto… atractivo, bien físico bien económico, o te conviertes en mujeriego o da muy mala imagen que no te inclines por el matrimonio.
- Entonces va siendo hora de que te cases, ¿no? – Remus asintió ligeramente -. ¿Y qué? ¿Alguna mujer en tu mente?
Él guardó silencio unos segundos y su compañera lo dejó pensar tranquilo, aprovechando para ojear la sala. Por suerte, Remus habló de nuevo antes de que pudiera aburrirse demasiado.
- Lo cierto es que hace unas semanas, si la presión hubiese sido tan grande como ahora, te lo habría propuesto a ti.
Hermione sufrió la segunda luxación de cuello de la noche para mirarlo.
- No me malinterpretes – se apresuró a explicarse Remus -, no estoy enamorado de ti, aunque me pareces una mujer increíble… Puesto a tener que casarme sin amor, habrías sido la mejor elección de todas: eres guapa, inteligente, fuerte, juiciosa…, aunque dudo que me hubiese atrevido a decírtelo, la verdad. No te habría condenado a eso ni tampoco al mal trago de tener que negarte, habría sido desagradable para los dos. Y luego está Sirius.
Más tranquila al comprender su punto de vista, Hermione dejó que un suspiro algo escéptico escapase de sus labios.
- Ya, Sirius…
- Hace una semana que no os veo cruzar más de dos palabras, y Sirius sólo ha farfullado algo incongruente cuando le hemos preguntado, ¿qué…?
- Tengo cosas que solucionar antes de poder acercarnos más, para ser justa con él, y él no parece compartir mi punto de vista.
- Y prácticamente has vivido con Dumbledore…
- Él me comprende.
- Probablemente porque le has dado más información que al resto, ¿cierto?
Hermione se mordió la lengua, pero su gesto fue tan transparente que Remus no necesitó más pistas. De todas formas, no insistió; un rápido escaneo de la actitud de la chica hasta el momento bastaba para dejar claro que algún motivo tendría para hacer lo que estaba haciendo y, después de todo, no era asunto suyo lo que se trajera o dejase de traer con Sirius, por muy amigos que fuesen.
- ¿Me disculpáis?
Remus salió del trance y contempló a Draco Malfoy parado ante ellos, firme y con la barbilla levantada, sonriéndole a medias a su acompañante.
- ¿Puedo solicitaros un baile? – le preguntó a Hermione.
La chica pareció sorprendida y se encogió de hombros en un gesto muy poco fino. Remus la tomó de la mano y para soltar sus brazos.
- Si es su deseo… - dijo, dejando la decisión a la aludida.
- Eh… Sí, claro – Porquéno.
Draco la tomó del brazo y la guió al centro del salón, donde las parejas se alineaban para el primer baile de la noche. Se miraron cara a cara a la espera de que la música comenzase.
- Pareces cansada – observó él, casi vocalizando solamente.
- Un poco – respondió ella de la misma manera.
En ese momento sonaron los primeros acordes y todos avanzaron al frente, para rozar las palmas de sus manos con sus parejas y comenzar a bailar.
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Para ser una cena festiva, como las que había cada dos por tres en su hogar, esa noche Su Majestad no estaba divirtiéndose mucho. Había charlado con Remus, sus invitados extranjeros, Slughorn, su hermano y toda la corte que arrastraba, con Remus otra vez, con un puñado de damas que no paraban de soltar risitas a cada cosa que él decía y mucha gente más de la que ya prácticamente no recordaba nada.
Los Potter estaban desaparecidos en combate y Hermione… ¿Dónde demonios se había metido ella? Habían mantenido las cortesías bastante bien durante esos días, ¿no iba a verla en toda la noche? Remus sí que la había visto y, al parecer, habían charlado un buen rato, aunque los había perdido de vista unos segundos cuando ellos echaron a andar por la sala y ya no había sabido más. Quizás ella le estaba evitando, aunque él no creía haberse portado tan mal como para merecerse eso.
Había estado sentado todo el tiempo que su propia impaciencia le había permitido. Su madre y su padre le habían inculcado que era deber del rey ocupar el trono que presidía la sala para poder contemplar la magnificencia de su fiesta, pero él no encontraba sentido ni placer en aquello. Por eso, aunque la voz de su madre solía ser como un taladro mental, recordatorio de sus deberes, apenas si había durado veinte minutos sentado antes de levantarse y echar a deambular sin rumbo fijo entre sus invitados. Lástima para él, porque habría podido encontrar rápidamente al objeto de su atención si hubiese permanecido sentado y mirando a la pista de baile un par de minutos más.
- Buena fiesta, hermano – comentó una voz familiar, en todos los sentidos, a su espalda.
Regulus avanzó hasta ponerse a su lado. Iba acompañado por Snape, que contemplaba con aburrida indiferencia lo que le rodeaba. Sirius se tragó la mueca de disgusto al verse arrinconado por sorpresa.
- No pareces muy contento – añadió el menor de los Black tras estudiarle unos segundos.
- Esto es lo habitual, ya no me impresiona demasiado – repuso Sirius, señalando el alborozo que los rodeaba.
- Yo sí estoy impresionado, es raro verte solo – Regulus usó un tono de voz ligero para entablar una conversación que quedaba desmentido por las arrugas que poblaban su entrecejo.
- Curiosamente, todos parecen tener alguna ocupación más que hacerme compañía hoy – Sirius hizo un gesto de desinterés.
- ¿Incluida tu joven dama?
- No sé a quién te refieres.
Regulus soltó una carcajada sincera.
- Sirius, eres tan transparente como el agua. Siempre lo has sido para determinadas cosas. Todo el mundo lleva semanas viéndoos juntos, disimular ahora es absurdo.
- Da igual, tampoco es asunto tuyo.
- Pues si lo fuera, te diría dónde está ahora y con quién, pero como veo que tu orgullo es más fuerte que tu curiosidad…
Sirius gruñó, molesto. Había algo en su hermano menor que conseguía que siempre se comportase como un crío y no como el rey que era. Quizás algún tipo de secuela de la infancia de la que no había logrado deshacerse; quizás sólo las rencillas habituales entre hermanos. Fuera lo que fuese, no contribuía a mejorar su ánimo.
Por suerte para él, o puede que no, Snape no tenía tantas contemplaciones con los jueguecitos absurdos y disfrutaba demasiado al ver la perplejidad en caras ajenas si la había causado él. O cualquier otro tipo de sentimiento no muy positivo, la verdad.
- Está bailando con el joven Malfoy. Van por la segunda pieza en lo que lleváis… hablando – dijo, pronunciando con cierto retintín la última palabra, como si dudase que eso que hacían fuese hablar.
Sirius tuvo que morderse la lengua y recordarse a sí mismo en qué posición estaba. Por supuesto, Malfoy. Era obvio que, dado su interés en la chica, aprovecharía la más mínima oportunidad para colarse por cualquier grieta e intentan predisponer los ánimos a su favor. No iba a enfrentarse abiertamente al rey, eso sería un suicidio, pero si la dama lo elegía a él, ni el rey ni unos parientes responsables ausentes ni nadie más podría objetar nada racionalmente a su decisión.
- Pensaba que a Lucius no le gustaba la idea de que su hijo alternase con una chica de origen desconocido – comentó Sirius como quien no quiere la cosa.
- Lucius no es de piedra – repuso Regulus.
La frase quedó suspendida entre los interlocutores envuelta en un halo de escepticismo compartido. Todos los ojos se clavaron en la pareja de interés, que giraba en el círculo general y parecía charlar por lo bajo. Sirius hizo un esfuerzo para no disculparse con alguna excusa e ir a parar aquello; habría resultado humillante e incorrecto, sobre todo porque Hermione y él, en realidad, no se debían nada más que educación en aquellos momentos.
- Sí, los Malfoy no estaban muy contentos al principio – prosiguió Regulus sin fijarse en su hermano, algo que Snape sí estaba haciendo y que lo divertía mucho, por cierto -, pero Draco habla muy bien de ella y supongo que, si el chico la elige, Lucius y Narcisa aceptarán sin más. Lo cierto es que Narcisa ya la incluye con entusiasmo en sus conversaciones cuando las damas se reúnen, a pesar de que la chica tiende a desaparecer a menudo.
Regulus hizo una pausa para que su hermano digiriese bien todo lo que acababa de escuchar. Narcisa no mostraba la más mínima ilusión por nadie que no fuese de su familia consanguínea, y Lucius era la persona con menor capacidad emotiva del mundo, al menos dentro de la corte de Sirius. Lo único que no había sido exagerado de todo lo que había dicho era el interés que Draco sentía por Hermione y las probabilidades de que terminase olvidando las restricciones de su padre y haciéndole una proposición a la chica. Siempre y cuando no se acelerase demasiado en el proceso, a Regulus eso le daba lo mismo.
- Por cierto, hermano, Nymphadora está aquí. Llegó a media tarde, quizás deberías ir a charlar con ella, porque a juzgar por su cara, tus damas están dándole dolor de cabeza – añadió Regulus, cabeceando hacia un extremo de la mesa donde una joven de cabello largo y cobrizo asentía de vez en cuando a lo que le contaba una señora mayor.
Sirius dio un respingo: Nymphadora era su sobrina favorita. No sabía que tuviese planeado venir, pero se alegraba de ello, por lo que se dio prisa en despedirse e ir hasta ella para salvarla del aburrimiento.
Regulus observó satisfecho el efecto de sus palabras, se terminó el contenido de su copa y le dirigió a Snape un alzamiento de cejas antes de perderse entre la multitud.
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El baile nunca había sido lo suyo, ni en su época, en la que podías moverte tranquilamente y como a ti te pareciese al escuchar la música, ni en aquella, en que tenías que tener cuidado de seguir a tu pareja y de no lisiarla (eso sobre todo). Con Harry había sido con quien mejor se le había dado, ya que el chico tenía una paciencia sobrehumana y se esforzaba por enseñarle los pasos; con Sirius había estado tan ocupada centrándose en otras cosas que nunca se había dado cuenta de si lo hacía mejor o peor; y con Draco… con Draco resultaba todo sorprendentemente sencillo: él la llevaba de un lado a otro y le indicaba vocalizando cuándo debía avanzar o retroceder o cuándo se avecinaba un giro (momento en que ella tendía a cerrar los ojos, algo bastante contraproducente). Cuando el baile lo permitía, aprovechaban para charlar por lo bajo, y eso también era extrañamente reconfortante, porque aquel Draco no se parecía en casi nada al slytherin arrogante con el que se enfrentaba en Hogwarts día sí día también.
- ¿Puedo?
Mientras todos aplaudían a los músicos por su última pieza, Regulus Black aprovechó para aparecer junto a la joven pareja, hacer una reverencia y tenderle su mano a Hermione, solicitándola para el próximo baile.
La chica puso cara de apuro y Draco, con una sonrisa molesta, se apartó un poco para dejar claro que podía aceptar si quería. Dado que carecía de reflejos para inventarse una excusa y evitarlo, Hermione le dio la mano al menor de los Black y se propuso mantener las formas adecuadamente, aunque algo le decía que Regulus no se había acercado para obtener el mero placer de bailar con ella. Allí tenía que haber algo más.
- Resulta extraño veros con Malfoy y no con… otra gente – comentó Regulus tan pronto como la coreografía les permitió hablar.
Ahí vamos.
- ¿Por otra gente os referís a vuestro hermano? Creo que podéis mencionarle libremente, aún no es un crimen hacerlo.
Regulus sonrió con indulgencia.
- Me habíais parecido objeto de su interés, pero supongo que me había equivocado.
- Simplemente no bailamos juntos – Hermione puso su mejor expresión inocente.
Regulus esbozó una mueca de culpabilidad.
- Bueno, es un hombre de gustos volubles – dijo y, por un segundo, sus ojos se desviaron en dirección a su hermano.
Hermione siguió su mirada y vio a Sirius charlando con una joven con una trenza larguísima que le caía por la espalda; por desgracia, no podía verle el rostro. Inconscientemente frunció el entrecejo al ver sonreír al rey, que parecía entusiasmado por la compañía. Se dio cuenta demasiado tarde de o que estaba haciendo y volvió a mirar a su pareja de baile, que volvía a tener una sonrisa indulgente dibujada en los labios.
- No es nada personal, señorita, mi hermano cambia a menudo de opinión acerca de las damas. Supongo que no obtuvo de vos lo que le interesaba.
Los ojos de Hermione se abrieron como platos al oír eso. Incluso en el siglo XX, era una grosería decir algo así; por ello, el tacón de su zapato se clavó accidentalmente en los dedos del pie de su compañero, que hizo una mueca de dolor.
- Estaría bien dejar claro ahora que vos tampoco vais a conseguir de mí lo que esperáis – dijo ella, furiosa -. ¿Enfadarme y esperar que me ponga de vuestro lado contra vuestro hermano? Antes me marcharía sin tomar partido y os dejaría a todos a vuestra suerte. Conozco la forma de actuar que tenéis en vuestro grupo, se os da bien separar y vencer, pero, sinceramente, soy bastante más lista que todo eso. ¿Creéis que no sé que estáis aquí con segundas intenciones? Todo el mundo lo sabe, el rey el primero, y me ofende que penséis que soy una chica manipulable y descerebrada como las que los hombres crían habitualmente, pero ya tendré ocasión de demostraros lo contrario. Si me disculpáis, y si no también…
Hermione se apartó de él y abandonó la pista de baile y, después, el salón, no sin antes dedicarle, sin poderlo evitar, una última mirada a Sirius y la dama sin rostro que lo acompañaba.
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