Sé que no tengo perdón. Dejar esta historia parada durante tanto tiempo... Es lo malo de la vida real. Pero tengo una excusa realmente buena, en serio: estoy haciendo mi Erasmus en Hungría, lo que significa que si los meses anteriores han sido una locura, los que me quedan van a ser aún peor, jajaja. Aun así, creo que ninguna historia debe ser dejada a medias, porque cuando me lo hacen a mí me pone de los nervios, así que he hecho un pequeño esfuerzo para poder daros algo nuevo y aplacar vuestra molestia :D
Espero que os guste, tiene uno de esos finales de thriller que a mí me encantan, jajaja.
Un abrazo muy fuerte y gracias por no desaparecer, en serio, sois geniales.
Kira.
13 – Confraternizar con el enemigo
Durante los días siguientes, Sirius tuvo que contemplar cómo Hermione obviaba su presencia cada vez que podía. No se escapaba de las salas cuando él entraba ni desaparecía misteriosamente para escapar de él porque su dignidad se lo impedía, pero hacía todo lo posible por evitar cualquier tipo de contacto directo, desde una conversación a una mirada, y se esforzaba por mantener ocupada constantemente, bien charlando con otras damas, que la acogieron con descortés incredulidad en sus círculos, bien con sus propias labores. Al contrario de lo que hubiesen podido esperar todos los ojos que se posaban sobre ella (es decir, los de Sirius más que los de nadie, pero también los de un puñado de personas más como eran los Potter, Remus, Snape, Regulus e incluso algunos Malfoy), dejó de desaparecer en las profundidades de la torre de Dumbledore o de esconderse en la biblioteca. Tampoco se quedaba encerrada en su cuarto. Bajaba a las salas comunes y hacía allí lo que le apetecía, fuera leer o escribir u hojear manuales de alquimia que sólo el viejo de barba blanca y ella podían comprender.
Dentro de la chica se había encendido una chispa de orgullo herido que hacía mucho tiempo que no sentía. A pesar de que sabía cuáles habían sido las intenciones de Regulus al hacer esos comentarios insidiosos y de que no creía capaz al Sirius que había conocido de haberla tratado así, no podía evitar pensar que, en realidad, la fama de Sirius con las mujeres siempre había sido la misma, en esa vida y en cualquier otra, y una parte de ella temblaba de furia al darse cuenta de que, posiblemente, ella no había sido más que un juego que se había alargado demasiado aburriendo al rey. Cuando esta idea cruzaba por su mente, se avergonzaba levemente de haberla tenido, pero entonces Sirius se cruzaba con ella en alguna parte, intentando captar su mirada (a esas alturas, el pobre empezaba a pensar que quizás se hubiese vuelto invisible) y, sin saber cómo ni por qué, ella volvía a enervarse.
Lily no había logrado sacarle una palabra a su amiga, a pesar de que todos los Potter y Remus habían notado a la perfección que algo marchaba mal. El problema era que Hermione, aparte de ofendida, se habría sentido ridícula de haber tenido que explicarle a nadie lo que le estaba pasando, así que prefería tragarse los malos sentimientos y seguir actuando como lo hacía. No hacía falta más que verla para darse cuenta de que, muchas veces, tenía la cabeza en otra parte. Sus amigos, Malfoy y Snape, así como los hermanos Black, lo notaban, pero eran incapaces de descubrir qué podía absorberla de semejante manera. El único que podría habérselo explicado, no salía de su torre desde hacía años.
Dumbledore, que había recibido, como él lo llamaba, el honor de su presencia la mañana siguiente al baile, como buen cotilla disimulado que era había escuchado el relato de la noche y había captado a la perfección lo que se encerraba bajo esa máscara de indiferencia que la castaña se había construido. Estaba empezando a plantearse bajar de su universo al mundo de los mortales para comprobar qué se cocía en el castillo cuando ella, con un tono completamente nuevo, frío y calculado, había hecho un anuncio:
- Tengo que encontrar el modo de volver a casa, esto se está alargando demasiado.
Eso había sido el detonante para que Dumbledore tomase una decisión drástica que le llevó una semana de mentalización y preparación psicológica y que culminó con una aparición estelar en el salón principal la mañana del siguiente domingo.
Pero antes de esto, que fue un suceso que alteró la Corte al completo, Harry Potter, instigado por una conversación entre sus padres, Remus y Sirius que había escuchado a hurtadillas (ahora tenía más tiempo libre, porque Ginny seguía trabajando en el castillo, pero Hermione, obnubilada en sus propios mundos, estaba mucho más ausente dejándole una barbaridad de tiempo que rellenar que sólo se asemejaba a la que tenía antes de que ella llegase), había tomado una firme decisión.
- James, no me niegues lo que veo.
- Sólo digo que Hermione podría…
- Hermione está medio ida – sentenció Remus con cansancio -, pero no estaba tan ida la noche del baile.
- Lleva semanas desapareciendo y, de repente, se convierte en la persona más participativa de la corte. ¿Hay algún minuto del día en que no está rodeada de gente haciendo algo? – observó James con preocupación -. Y evita a Sirius. No sé si os dais cuenta, pero antes por lo menos se saludaban o se miraban o reconocían la existencia el uno del otro.
- Qué le habrá hecho tu amigo – exclamó Lily, molesta. Estaba feliz de haber encontrado una amiga con el cerebro más grande que una nuez y tenía que venir un hombre a estropearlo. Ni ella misma había lograda mantener una conversación decente con la castaña en los últimos días.
- ¿Ahora es MI amigo? – se escandalizó James.
Lily gruñó.
- Haya paz – intervino Remus de nuevo. Cada vez que ese par discutía, a él le tocaba hacer de mediador. Era como volver a los quince años -. No es esto lo que más debería preocuparnos.
- ¿Ah, no? – se extrañó el matrimonio, interrumpiendo su duelo de miradas incendiarias para mirarlo a él.
- ¿No habéis visto cómo Regulus revolotea a su alrededor? Siempre con "Señorita Hermione esto", "Señorita Hermione aquello"… Es enfermizo, no sé lo que se propone. ¿Estará intentando…?
Harry se apretó un poco más contra el quicio de la puerta para escuchar mejor, en tensión por la pausa.
- ¿… conquistar a Hermione? – fue James quien completó la frase. Automáticamente los rostros de los 3 hombres se tensaron.
Lily agitó una mano.
- No seáis ridículos, Regulus no tiene ningún interés en ella más allá del habitual por cualquier criatura con pechos – Remus sacudió la cabeza por sus palabras -. Lo que yo creo es que Malfoy está a esto de hacerle una proposición, y tanto él como sus padres siguen perteneciendo a la corte de los Lestrange. Quizás Draco haya optado por que todo quede entre reyes, ya que ella no tiene parientes que puedan conceder su mano. Probablemente, Regulus funcione de intermediario y pronto Lestrange envíe una petición a Sirius en nombre de Malfoy. Y entonces se va a armar la gorda.
Tanto Harry desde su escondrijo como James y Remus miraron fijamente a Lily, sopesando el grado de veracidad de sus palabras. Finalmente, los dos adultos resoplaron y sacudieron la cabeza, esperando sinceramente que las cosas no fuesen así. Harry, por su parte, se alejó de allí con la firme determinación de vigilar estrechamente a los Malfoy y Regulus a partir de entonces.
Ninguno de ellos se percató de la cetrina sombra que se agitó en un rincón tras escuchar sus palabras y se marchó en sentido contrario con nueva información en su cabeza.
OoOoOoOoOoO
La mañana que Dumbledore regresó a la civilización y que, por tanto, causó un revuelo increíble en todo el castillo, Hermione estaba jugando al ajedrez con una nueva dama de la corte: Nymphadora Tonks. Interiormente se sentía confusa y enfadada consigo misma, porque la había reconocido con facilidad como el objeto de interés de Sirius en el baile gracias a la larga trenza que, habitualmente, hacía un moño con forma de rosco sobre su nuca, pero a pesar de ello, la chica le caía bien. Tenía un sentido de humor especialmente malévolo que la hacía reír aunque no quisiera y comenzaba a entender por qué Sirius sonreía de esa manera cada vez que los veía hablando.
Empezaba a comprender lo que significaba tener "sentimientos encontrados".
Mientras Nymphadora se inventaba un juego aparte con los caballos del ajedrez y ella estaba dispersa esperando su próxima jugada, un coro de murmullos atónitos se levantó entre los demás miembros presentes en el salón. Curiosa, Hermione levantó la cabeza y se encontró con una larga barba blanca que destacaba cerca de la puerta, llamando la atención de todo el mundo.
El primero en reaccionar fue Sirius.
- ¡Dumbledore! – exclamó, incapaz de expresar mejor su sorpresa.
- ¡Sirius! – respondió el anciano con cierta burla. Sólo él era capaz de tratar al rey por su nombre de pila en público sin sentirse cohibido.
Sirius se apresuró en llegar a su lado, como si temiese que el anciano pudiera romperse en cualquier momento.
- No… no te esperábamos – comentó.
- Me parece obvio, hace unos doce años que no salgo de esa torre – respondió el viejo, divertido.
Hizo caso omiso de muchas de las caras hasta que encontró a Hermione en un rincón junto a la ventana y se acercó con paso decidido, como si no tuviese ya cerca de una centena de años. Hizo una inclinación al llegar ante las dos damas.
Nymphadora, con la informalidad que la caracterizaba, se puso el pie y le estrechó con fuerza una mano entre las suyas. Dumbledore le dio unas palmaditas afectuosas en el brazo, como a una nietecita.
- Me preguntaba si dos hermosas damas querrían acompañarme a pasear por el castillo – dijo galantemente, guiñándoles un ojo.
- ¡Por supuesto! – exclamaron las dos, aún sorprendidas, y tomándole cada una por un brazo, abandonaron la habitación, dejando intrigado a todo el mundo.
Hermione avanzó junto a Nymphadora y Dumbledore en silencio a lo largo de varios pasillos hasta que se sintió completamente perdida. Parecía como si Dumbledore deambulase sin un destino fijo, aunque por su forma de elegir los pasillos, alguien un poco observador podría decir que trataba de seguir algún tipo de recorrido. No le cupo la menor duda de que el anciano se traía algo entre manos, dejando un lado la clara satisfacción que le había causado que todo el mundo reaccionase atónito a su entrada triunfal en el salón común.
- ¿Qué tal te ha recibido la familia? – preguntó de pronto Dumbledore, mirando a Nymphadora. Hermione frunció el ceño.
- Ya sabes cómo es, "nada de mostrar sentimientos"… Pero mis tíos se han alegrado de verme, se pasaron toda la noche hablando conmigo, uno por uno, claro, porque no se soportan…
Dumbledore se rió.
- Veo que hay cosas que no cambian.
- Lo siento – Hermione intervino con timidez, ganándose dos miradas inquisitivas -, pero ¿quiénes son tus tíos?
- ¡Sirius y Regulus, por supuesto! – la joven se sorprendió -. Pensé que todo el mundo lo sabía.
Hermione cerró los ojos, asintió lentamente y, por dentro, se abofeteó mentalmente. Familia, eran familia. Y ella sintiéndose celosa y humillada como una estúpida. Haciéndole caso a Regulus como si hubiese podido esperar algo bueno de él, aunque le hubiese dolido. Ahora, además, se sentía profundamente estúpida a un nivel que no había conocido jamás. Le debía una disculpa a Sirius, una grande, y puede que algo de autoflagelación a su integridad destruida.
Dumbledore le dedicó una sonrisa compasiva. Esa chica necesitaba alguien de confianza dentro de aquel nido de víboras; era muy inteligente, pero algo le decía que sus experiencias previas no habían sido en un lugar como aquél.
Mientras Nymphadora ponía a Dumbledore al día de sus últimos ocho años, Hermione se dedicó a trazar un cuidadoso plan con el que solucionar la estupidez galopante de que había hecho gala los últimos días. Estaba a punto de disculparse y desaparecer para buscar a Sirius (y pedirle perdón) o a Regulus (y matarlo, simple y llanamente) cuando una cabeza rubia asomó por una puerta cercana y sonrió al verla.
Tras los saludos de rigor, Draco Malfoy miró al anciano y le pidió permiso para llevarse a su acompañante más joven.
- Claro, chico, mira a ver si consigues sacarle algo más de seis palabras – lo retó, tendiéndole la mano de Hermione.
OoOoOoOoO
- Empezaba a pensar que te hubieses fugado con Dumbledore – comentó Draco una vez fuera de los muros, cerca del lago. Habían cogido un par de caballos bajo la atenta mirada de un Ron receloso y se habían metido, paseando en silencio, por la arboleda que llevaba al lago.
- Oh, no, él es más tradicional que todo eso – respondió Hermione sonriendo.
- Me apetecía sentarnos a hablar un rato, hace tiempo que no lo hacemos.
La chica asintió un poco dubitativa, recordando por qué no lo hacían ya.
- Últimamente pareces algo triste – añadió el rubio, levantándole la barbilla suavemente con un dedo.
- Pensativa – lo corrigió ella -. He estado planteándome que ya es hora de volver a casa.
- ¿A esa casa de la que huiste? – él la miró poco convencido.
- La distancia te da perspectiva. Te hace darte cuenta de adónde perteneces, si es que perteneces a algún sitio. Puedes ver dónde está tu hogar.
- El hogar está donde lo crees.
- El hogar está donde te estén esperando – lo corrigió ella -. Y yo estoy segura de que alguien me está esperando en… en otra parte.
- ¿Y qué va a pasar con los que nos quedamos aquí? También estaremos esperando a que vuelvas.
- Será fácil olvidarme, no soy la gran cosa – dijo ella con más alegría de la que sentía en realidad. Se daba cuenta perfectamente de que esa realidad, esa vida o lo que fuera a lo que había accedido, se estaba convirtiendo en su hogar más rápido de lo que le gustaría.
- Dudo mucho que se pueda olvidarte fácilmente.
Hermione se sonrojó con violencia y apartó la mirada. Aquel Draco de maneras suaves, sin prejuicios arraigados en su mente, la hacía sentirse vulnerable constantemente y eso la ponía nerviosa. Tenía siempre la sensación de que estaba a punto de dar un paso en falso.
- Pocas veces te veo ponerte roja – dijo él tratando de aclararse la garganta -. Dan ganas de besarte las mejillas.
Es consiguió lo imposible: que se sonrojase aún más.
- Ya… ya hemos hablado de esto.
- Lo sé, tranquila – sonrió él -. Hay cosas que es mejor dejarlas salir. Pero no voy a disculparme por haberlo dicho.
Ella asintió, conforme. Y se quedaron allí, esperando a que el sol se pusiera, porque era más fácil guardar silencio mientras oscurecía que volver al castillo y decir esas cosas que, a veces, había que dejar salir.
OoOoOoOoO
- Benditos los ojos. ¿Dónde te habías metido?
Harry la escrutó, tratando de descubrir alguna pista para su respuesta, pero la chica se limitó a encogerse de hombros, cansada. Hacía apenas media hora que había regresado de su pequeño paseo furtivo con Draco y tan sólo había tenido tiempo de lavarse y cambiarse para la cena, a donde se dirigía ahora. Harry la tomó por el brazo, como buen caballero, y avanzaron juntos hacia el comedor.
- Creo que Dumbledore va a cenar con nosotros. Esto es un acontecimiento único.
- Bien, me vendrá bien tener un buen debate o, por lo menos, escucharlo – respondió ella.
- ¿Estás bien? No tienes buena cara.
- Vaya, gracias – el chico abrió la boca para disculparse, pero ella lo aplacó con un gesto de la mano -. No importa, la verdad es que estoy agotada. Y hay algo que quiero contaros después de cenar.
- ¿A mí?
- Y a tus padres, Remus y Sirius – pronunció el último nombre con cierto temor. Lo había decidido apenas diez minutos antes, pero el miedo no había tardado más que unos segundos en tomar forma en su mente.
Harry habría querido preguntar más, pero en vez de eso, la acompañó discretamente y la ayudó a sentarse antes de ocupar el asiento a su lado.
Cuando el rey entró y cedió el asiento a su derecha a Dumbledore, Hermione se atrevió a levantar la mirada, intentando encontrar la de Sirius. Pero éste había pasado la última semana haciendo lo mismo y finalmente se había cansado, así que estaba decidido a no buscar más su contacto. Si ella quería algo, tendría que hablar con él; si no, sólo sería una más de sus invitadas.
La cena transcurrió con un alegre jolgorio. La aparición del anciano más ermitaño de todos los reinos parecía haber despertado algún tipo de excitación entre los cortesanos, que había salido de su letargo habitual para hacer de aquella cena un acontecimiento especial. Slughorn parecía especialmente animado, ya que consideraba que mantener un debate de los suyos con Dumbledore le daba cierto empuje, cierta… reputación, cuando lo que en realidad hacía el anciano era sonreír condescendiente y replicarle con la mayor de las cortesías, en absoluto de acuerdo con sus opiniones.
Harry, por su parte, se entregaba discretamente a la tarea de intentar captar algo de la conversación que Snape, Regulus y unos cuantos más mantenían en voz baja a un par de asientos de distancia.
Por otro lado, Nymphadora había encontrado un gran compañero a la mesa con quien poder hablar de los temas más diversos imaginables: Remus Lupin. El caballero parecía encantado con ella, aunque de vez en cuando parecía atragantarse un poco con el vino y miraba hacia otro lado, como si se arrepintiese de estar monopolizando a aquella mujer. Ella, en cambio, parloteaba alegremente y, en un arranque de efusividad, llegó incluso a volcar dos vasos de vino que estaban al alcance de su mano. Para entonces, todos habían notado ya que la chica tenía cierta tendencia a los accidentes y procuraban que no quedasen a su alcance cosas muy valiosas o frágiles.
Draco Malfoy, sin embargo, comía en silencio sentado frente a sus padres. La tarde con Hermione había sido como un bálsamo para su aburrimiento, pero estaba planteándose, al verla buscar desesperadamente cualquier indicio de que Sirius sabía que estaba allí, si no sería una idea pésima hacer caso a sus pensamientos. De todas formas, las dudas se disiparían pronto.
Otra persona que no estaba muy integrada en la agitación general era Lily Potter. Aunque su marido estaba entusiasmado por la aparición de su viejo mentor, ella observaba toda la escena a su alrededor con ojillos escrutadores. Se había dado cuenta del cambio en la actitud de Hermione y, a pesar de que consideraba que tanto ella como Sirius eran un par de infantiloides, no podía censurar al rey por su actitud. No sabía lo que cruzaba por la cabeza de su amiga, pero comprendía que el pobre Sirius debía de estar cerca de volverse loco con señales tan contradictorias.
Cuando los postres estaban a punto de salir y Hermione ya se planteaba tomar medidas drásticas, como colarse en el dormitorio de Su Majestad a horas intempestivas de la madrugada para garantizarse algo de privacidad, uno de los guardias menores de la entrada hizo aparición para comunicarle al oído algo al rey.
Éste frunció el ceño, se levantó de su asiento y se dirigió a sus comensales.
- Debo ausentarme ahora, pero, por favor, disfrutad del resto de la cena por mí – pidió con una extraña cortesía formal. Acto seguido, abandonó la sala.
Poco a poco, el ruido de voces y risas regresó a la amplísima mesa y la cena se retomó con naturalidad. Tan sólo el extremo más cercano al asiento real y algunas personas determinadas más a lo largo de la mesa, entablaron conversaciones que nada tenían que ver con el tono general.
- ¿Qué habrá pasado? – murmuró Lily Potter, mirando a su familia, Remus, Hermione y Nymphadora con preocupación.
- Sirius nos lo contará a la vuelta – aseguró su marido.
- No parecía muy contento – comentó Harry -. Puede que tenga que ver con… - hizo un leve gesto de cabeza hacia los invitados de fuera del reino, que continuaban hablando entre sí con discreción.
- ¿No crees que los habría hecho seguirle si así fuera? – repuso Remus con sincera ingenuidad.
- Tal vez nos vayan a declarar la guerra – propuso Nymphadora sin mostrarse muy alterada por la posibilidad. No lo creía realmente probable.
- O tal vez – intervino Dumbledore llevándose unas uvas a la boca -, se trate de algo completamente distinto.
Hermione enrojeció violentamente y se atragantó con el vino que estaba bebiendo, lo que le dio la excusa perfecta para esconder la cara en la servilleta. El anciano le había dedicado una de sus miradas omniscientes, de las que te hacían pensar que él sabía mucho más que el resto. Y no le había gustado nada.
Aprovechó para echar un vistazo general al resto de los comensales, buscando algún indicio de que alguien más estuviese implicado, pero no encontró nada. O quizás es que no sabía realmente lo que estaba buscando, ya que había habido todo tipo de actitudes a lo largo de la noche.
Al cabo de un buen rato, un nuevo siervo, esta vez de los que trabajaban en el interior del castillo, se acercó a la mesa, esta vez reclamando la atención de la señorita Hermione.
Ella se sobresaltó al oír su nombre y, en cuestión de segundos, todo tipo de ideas cruzaron por su cabeza, a cada cual peor que la anterior. ¿Habrían descubierto que su identidad no era real? ¿Que no había nada cierto en su historia? O, aun peor, ¿habría leído alguien las páginas que con tanto celo escondía en su dormitorio?
Consciente de que todos los ojos estaban clavados en ella, se levantó con fingida calma, implorándole a Lily con la mirada que la acompañase. Para su sorpresa, la pelirroja se puso en pie también y la siguió sin dar oportunidad a reproches.
Y fueron guiadas hasta los aposentos del rey.
OoOoOoOoOoO
A lo largo de su vida, y como buen monarca, Sirius Orión, de la casa de los Black, había tenido que enfrentarse a varios momentos incómodos en su vida. Lo habían educado para hacer frente a los problemas y había desarrollado una conciencia diplomática exclusivamente para eso, a pesar de que todo en él no era más que hojarasca a la espera de una chispa que prendiese el fuego. Su temperamento impulsivo, en ocasiones como aquella, era realmente difícil de doblegar, pero tenía que esforzarse por ser dueño de sí mismo.
Cuando su padre había muerto, dejándole con la corona en las manos y una responsabilidad demasiado grande sobre sus hombros, lo había aceptado con entereza y todas sus emociones habían pasado a un segundo plano, el que no miraba hasta que no se encontraba a solas en su dormitorio. Hasta ese momento, ese punto en que podía abandonarse por completo, él era el rey y como tal se debía comportar.
Por eso, recibir al mensajero de los Lestrange había sido un trance que había puesto a prueba todos los años de entrenamiento emocional. Se habría sentido orgulloso si hubiese podido sentir algo más allá de la ira y el desasosiego. Tras recibir la carta del otro monarca, había comprendido al fin a qué había venido la actitud de cierta castaña durante los últimos días.
Y algo le había quemado por dentro.
- Majestad.
Se giró para ver a Hermione y, oh, sorpresa, Lily, haciéndole una reverencia protocolaria. Acto seguido, el guardia que las acompañaba salió de la habitación, dejándolos a solas. Y Sirius tuvo que enfrentar con fría indiferencia las miradas inquisitivas de ambas mujeres.
- Creo haber llamado sólo a Hermione – observó.
- Y yo he creído más prudente acompañarla – repuso Lily con recelo -, porque algo me dice que sea lo que sea lo que tengáis que hablar, no va a ser bonito.
- Lily, por muy amiga que seas de todos los presentes, sabes que puedo echarte si quiero – dijo él, exasperado. Se pasó una mano por el pelo, sintiendo su confianza tambalearse.
- Y sabes que volvería a entrar. No me importan tus guardas, venga ya, me subestimas si piensas que realmente puedes deshacerte de mí.
Silenciosamente, tanto el rey como la castaña tuvieron que darle la razón a la pelirroja. Era obstinada como una mula y si se obcecaba en quedarse en la habitación, ni un ejército ni la voluntad de un rey serían capaces de echarla. Hermione sintió una oleada de gratitud hacia esa mujer que se mantenía desafiante a unos pasos de ella.
- Bueno, quizás sea mejor que estés cuando le comunique a Hermione la buena nueva.
Ambas féminas cruzaron miradas intrigadas.
- Los Lestrange me han escrito – anunció Sirius tan impasible como al principio -. Draco Malfoy solicita oficialmente tu mano en matrimonio.
Los reviews animan, aceleran y adelgazan :D
