Robar la luna, chocar con las estrellas

"Y nos vamos a desvanecer", entre otros estudios sobre las llamadas estrellas, por Tsukishima Kei


Poema de mi autoría


"Suspiras mi nombre
y a él yo habré de contestar.
Pues me has nombrado cual luna,
y yo a las estrellas habré de admirar"

Yamaguchi Tadashi es el único en el mundo, y nada convencerá a Kei de lo contrario.

Es evidente que en la faz de la tierra, existen otros chicos pecosos, con piel que en verano se pone tan bonita como un penique brillante. Con narices moteadas, que al sonrojarse asemejan las fresas que tanto le gustan. Con ojos aparentemente oscuros, que cuando les da el sol, cambian de color y se vuelven pardos- a medio camino entre el café y el jade. Y cabello indomable, sobre todas las cosas. Kei sabe que deben existir otros chicos con esas características.

Pero su Yamaguchi, es único.

"Y nos vamos a desvanecer,
y el cielo se caerá.
Y las estrellas al morir,
mil colores más darán"

Como las estrellas que surcan el cielo, cada una luce dolorosamente idéntica a la anterior. Pero aquel que las estudia de cerca, sabe que todas tienen una particularidad. Algo que hace a Bellatrix diferente de la Alula Autralis y de la Sirius, que les hace merecedoras de un nombre propio, y una masa propia que ocupa su propio lugar en el vasto universo.

O quizás, cree que es de esa forma, porque Yamaguchi es su mejor, más grande y único amigo. Y desde el momento en que lo comenzó a ver así, lo convirtió entonces en el único en el mundo.

Yamaguchi sería el único chico con sonrisa de estrellas, que tenía por acompañante a un sujeto amargado con un sobrenombre estúpidamente tierno.

Quizás se dio cuenta que era especial, cuando descubrió que solamente él podía decir Tsukki de esa forma tan particular suya, que no le tocaba los nervios ni lo molestaba. Se sentía normal. Como si siempre hubiera sido así y siempre lo fuera a ser.

"Suspiras mi nombre
en la noche sin yo saber
si lloras, si sufres, si temes,
si caes al vacío sin saber volver"

Es muchas cosas, y Kei lo encuentra tremendamente fascinante.

Quizás es porque su amigo es tan atento con cada pequeño detalle, y esa característica se le ha contagiado. Debe ser por eso que es incapaz de olvidar que siempre se ensucia el rostro con merengue, que le cuesta despertarse en las mañanas y que le gustan las papas fritas bien saladas y blandas, y los batidos que se han derretido por completo. Incapaz de olvidar sus terribles hábitos alimenticios, Kei decidió que lo haría comer mejor así se le fuera la vida intentándolo.

Y seguía intentándolo.

Pero no solo eso, porque si redujera a Yamaguchi a sus apariencias, entonces no tendría más que un niño bonito- y Kei no sabe exactamente qué opina de que su Yamaguchi sea tan solo una cara bonita, de nariz tierna y ojos rasgados. ¿Haría eso las cosas más fáciles? Quizás sí.

Pero entonces, se encuentra con que es mucho más. Oh, por supuesto que lo es.

Yamaguchi está hecho de estrellas, constelaciones y nébulas. Polvo de estrellas, si así lo quisiera. Y esa definición se le ha calado tanto en los huesos que es incapaz de no pensarlo cada vez que lo ve.

"Y el cielo habrá de caer
de ira, de penas, de estrés,
de las vidas no vividas,
de aventuras por tener"

Tiene galaxias enteras dentro de su cabeza.

Yamaguchi tiene muy buena memoria, a pesar de sus intentos por no demostrarlo. El chico recuerda todo su horario en un parpadeo, y el nombre y ubicación de todas las estrellas en dos. Reconoce cada una de las cartas de su mazo de barajas con tan solo mirarlas y cada uno de los cambios en su voz para saber cómo se siente. Se pregunta entonces, si debería sentirse asustado.

No lo hace- eso cree. El escalofrío que le recorre la espalda cada vez que Yamaguchi recita poesía de memoria, no tiene nada que ver con el miedo.

También sabe de primera mano que Yamaguchi es muy bueno con las palabras. Le gusta aprenderlas, y sabe cuál decir en qué momento, y más útil aún el cómo decirlas. Supone entonces, que ese es el motivo por el cual sus palabras bien intencionadas suenan como limón sobre una herida, pero cuando las dice Yamaguchi, son motivo de sonrisas y alegría.

Podría escribir tantas cosas sobre lo preciosa que es su voz.

—Pareces un crío —le susurró, mirándole directo a los ojos. Sus ojos, tan curiosos, que cambiaban de color bajo la luz del sol. Se preguntó entonces, si Yamaguchi sabía eso, si sabía que Kei no tenía ni la más remota idea de cómo explicar sus ojos.

—Lo dices como si no hiciera esto cada vez —porque Tadashi siempre se mancha el rostro con merengue cuando comen pasteles y pastelillos. Kei sabe esto, de memoria prácticamente, pero eso no evita que le ruede los ojos- eso, y quizás también para ocultar el hecho de que lo ha estado mirando fijamente durante los últimos segundos. Yamaguchi le rodó los ojos de regreso, una maña que Kei mismo le había contagiado—. ¿Ya?

—Te las has arreglado para empeorarlo —entonces, alzó la mano en su dirección.

Kei se sabe dichoso. El hombre más afortunado del mundo. Porque puede decir, con certeza, que absolutamente nadie en el mundo tiene a las estrellas al alcance de su mano, que nadie puede tocar las nébulas, ni mucho menos acariciar los labios de una constelación.

Pero yo puedo.

Pensó eso, mientras sus manos se detuvieron en las comisuras de sus labios durante un segundo demasiado largo. Duró una eternidad, o quizás el tiempo se detuvo, y ambas son perfectamente factibles en su mente.

—¿Por qué me miras así? —Le preguntó con una sonrisa casi fingida, aguantando el aliento. Dios santo ¿por qué tienes que ser tan precioso? Se preguntó, mientras impulsivamente se llevaba el merengue que había limpiado a su boca. Kei sabía que eso estaba fuera de personaje, y que estaba actuando raro, pero no podía acumular la suficiente fuerza para que tal cosa le importara. Y otro segundo infinito pasó, y Kei quería saber qué estaba ocurriendo dentro de la mente de su amigo, así que preguntó,— ¿Tengo algo en la cara?

Nada pudo haberlo preparado para la respuesta.

Me gustas, Tsukki.

"Si yo tu nombre suspiro
en la noche sin querer
mientras recorro constelaciones
que se marcan en tu piel"

Pero si Kei está seguro de una sola cosa, y es que es un terrible ser humano.

Me gustas, Tsukki.

Han pasado tres días, pensó con manía, dando vueltas y vueltas en su cama. Han pasado tres días y todavía no tengo ni la más puñetera idea de qué decirle.

Entonces, pensó en él. Por supuesto que lo hace. Porque Yamaguchi- su precioso, perfecto niño de estrellas, no solo es un rostro bonito, no solo es un chico listo. Es fuerte, también, increíblemente. Fuerte para aguantar años de acoso sin mediar palabra, para esconderle heridas y moretones. Fuerte para aguantar una casa solitaria, y el ser olvidado constantemente. Fuerte también, ante aquellos que lo veían como un perro faldero, una sombra, alguien invisible.

Pero nadie es lo suficientemente fuerte para aguantar la angustia de ser ignorado una y otra y otra vez por la persona a la que más estimas en el mundo. Nadie está hecho para soportar esa clase de traición.

Me gustas, Tsukki.

Y corrió.

"Entonces que caigan estrellas
y vean al mundo renacer.
Porque aquel que roba la luna,
es el que crea el amanecer"

No se dio cuenta que no tenía ni la más remota idea de qué decirle, hasta que tocó la ventana de su habitación. No, tachen eso, no se dio cuenta que ni siquiera sabía cómo comenzar a explicarle sus sentimientos, hasta que Yamaguchi le abrió la ventana.

—Tsukki... —Habló desde el otro lado, luciendo aterrado. Las dos de la madrugada no eran buenas horas para visitar. Se disculparía luego por el ataque al corazón— ¡¿Tsukki?! ¿estás bien? ¿qué ocurre? ¡Pasa rápido, afuera está helando!

—Perdón por aparecerme de esta forma —musitó en voz baja, entrando por la ventana del chico con la facilidad de años de práctica—. Pero lo que tenía que decirte, no podía esperar.

—¿Estás bien, Tsukki?

No sabía qué decir.

A Yamaguchi Tadashi, el único en el mundo. El único para él. Ninguna palabra era suficiente para definirlo.

Porque Yamaguchi es...

También me gustas, Yamaguchi.

Bueno, se tiene que iniciar por algo.

"Y nos vamos a desvanecer,
con ira, con pena y estrés.
Y yo nombraré las estrellas
que entre suspiros marco en tu piel"

El silencio que siguió esa revelación, fue el más incómodo que Kei había tenido que aguantar en su vida.

"Y si la luna ha de escapar
para así poder un día ver
los colores que surgen
de una estrella al caer"

—¿Me lo dices por pena? —Le preguntó luego de un rato.

Ambos estaban sentados sobre la cama del pecoso, mirándose a los ojos. Kei evitaba parpadear- no sabía por qué, con exactitud, tan solo lo hacía.

Yamaguchi lucía como si evitara llorar.

—¿Pena? —Repitió, sintiendo la palabra ajena en su boca. ¿Desde cuándo él ha hecho cosas, guiado por un inútil sentimiento de pena?

—No, tienes razón, tú no haces eso —reconoció el otro—. Si es así, entonces, deja de burlarte de mi, Tsukki.

¿Cómo?

—Se que es... raro, y quizás piensas que es asqueroso también, porque el romance te parece estúpido y ni siquiera te gustan los hombres —prosiguió el otro. Y Kei no pudo encontrar la voz para contradecir- ¿Qué, exactamente? Yamaguchi no estaba diciendo nada que no fuera cierto—. Pero por favor, no te burles de mi.

¿De verdad Yamaguchi lo veía de esa forma?

—Se que debo lucir patético —y, como impulsado por un resorte, Kei se le acercó. Porque aquello no estaba bien. Yamaguchi era la única persona en el mundo que nunca jamás luciría patética ante sus ojos. Así que, por qué...— ¡Pero aún así Tsukki, no está bien que te burles de mi!

¿Por qué está llorando?

"Entonces habré de escapar
a tus brazos, tu sonrisa,
las constelaciones en tu piel.
Suspirando gentilmente..."

Y como Kei es terrible con las emociones humanas, y más terrible aún al expresarlas en palabras, decidió mantener su boca cerrada.

Porque contrario a la creencia popular, Yamaguchi no suele llorar.

Es de risa fácil, ansioso también. Valiente. Escucharlo hablar es su música, y cuando ríe hasta quedarse sin aliento, Kei sabe que está viviendo en un mundo mejor. Sus ojos felices lo chiflan por completo y sabe perfectamente que está perdido y sin salvación. Porque lo quiere, oh cómo lo quiere tanto que le hace perder la razón.

Y como Yamaguchi no llora, Kei no sabe qué hacer cuando lo hace. Es él y no Kei, quien sabe cuáles son las palabras correctas, quien sabe cómo dar abrazos y sonrisas sinceras y tranquilizadoras.

Kei solo es raro y sarcástico y tonto también, porque no sabe cómo hacerle sentir mejor.

Así que, simplemente hizo lo primero que se le ocurrió.

—Eres muchas, muchas cosas —le dijo en un susurro. Al oído. Porque uno grita al mundo las cosas que más quiere, y para él, Yamaguchi Tadashi es todo su universo—, pero patético no es una de ellas, Yamaguchi.

Lo primero que se le ocurrió fue abrazarlo, porque ha visto a su amigo hacer lo mismo para consolar a las personas.

—¿Entonces por qué te burlas de mi? —Susurró de regreso el muchacho, dejándose abrazar. Dejando caer su cabeza sobre el hombro ajeno, como si siempre hubiera estado allí. Como si allí perteneciera.

Kei cree que es así.

—¿Te parece que me estoy burlando? —Preguntó, y Yamaguchi le miró a los ojos.

"Que nos vamos a desvanecer.
Que el cielo caerá,
y estrellas de mil colores
tendrán también que perecer"

—No —musitó también, casi juntando sus frentes de lo cerca que estaban—, pero nunca lo pareces.

—Tú me conoces mejor que nadie —y estaba allí. Las puntas de sus narices se estaban rozando, y si se concentraba, podía notar la diferencia entre cada una de sus pecas, el punto en que el jade y el café se mezclaban en sus írises y cada una de sus pestañas—. ¿Te parece que me estoy burlando, Tadashi?

Y nadie más que él, ha besado a una estrella.

Pero de nuevo, Yamaguchi robó la luna- realmente ¿por qué seguía pensando que podía vivir sin este muchacho? Eso sería tan aburrido como para morirse.

Es solitaria la noche, cuando no brilla la luna y no se ven las estrellas.

"Pero roba la luna,
y crea el amanecer.
Estrella entre estrellas eres,
y por ti me estrellaré."

—Tsukki... —murmuró sin aliento contra sus labios, luego de dos o tres- o treinta besos.

Lo tenía bajo su peso y honestamente, lucía bien allí. Recostado contra el almohadón, todo rojo y despeinado, sin aliento y con las pupilas dilatadas. ¿Qué lo retuvo por tres días? Más bien, ¿Qué evitó que le dijera algo, hasta ese momento? ¿Acaso era imbécil?

—Perdón por haberte hecho esperar —dijo, plantándole un beso en la mejilla- porque uno de los dos tenía que detenerse y tomar las riendas de la situación—, y por despertarte así, también.

—Tsukki... grandísimo idiota.

Ah, el amor.

—Pero, tu idiota ¿no? —Le preguntó, acostándose a su lado, sintiendo el agotamiento de haberse puesto a correr en la madrugada carcomiéndole el cuerpo.

Y lo que daría él, por ver a Yamaguchi Tadashi sonreír.

—Mi idiota, sí —contestó con sencillez, ya a medio camino entre la consciencia y el sueño.

Durmieron abrazados- vueltos un nudo, en una cama individual. Despertaron al sonido de la alarma, agotados, sin ganas de ir a clases, y salieron bostezando, Yamaguchi bebiendo café y Kei tomándole de la mano. Sonriendo con exceso dicha- y falta de descanso.

Como si siempre hubiera sido así y siempre lo fuera a ser.


A mi me tendrían que demandar por tardarme tanto para actualizar...

¡Los comentarios y votos son muy apreciados! uwu

Tamarindo Amargo