ADVERTENCIA: Este capitulo contiene escenas de violencia sexual explícita, se recomienda discreción


Capitulo II: La Boda

Lucy se veía preciosa. Su vestido era de satín, de color blanco marfil y escote de corazón, aunque no se alcanzaba a ver demasiado. Llevaba el cabello recogido en un moño no muy arreglado, lo suficientemente despeinado para verse elegante; y justo debajo de éste, el velo había sido sujetado. Mientras Jude la miraba impresionado, Lucy tomó el brazo que su padre con firmeza. El protocolo real establecía que un estandarte debía acompañar a la princesa hacia el altar, pero ella había establecido firmemente que quería que la ceremonia fuese lo más privada posible.

Aquél guardia de cabello rosa abrió una de las grandes puertas de madera, evitando mirar a la familia real, aunque fue inevitable para todos notar la lástima que él sentía. No podían juzgarle porque todos sentían lástima por ella.

Jienma esperaba pacientemente en el altar, junto a una sacerdotisa. Sentadas en la primera fila estaban Minerva y Layla, quienes evitaban respirar el mismo aire que la otra.

Jude dirigió una mirada fría, llena de odio e impotencia, a Jienma cuando entregó la mano de Lucy hacia él, para posteriormente ir a tomar lugar junto a su esposa.

El monólogo de la mujer que oficiaría la boda comenzó con una sarta de patrañas sobre el amor y la familia, agregando que el matrimonio era el eje central de la sociedad y que los dioses bendecían su unión a pesar de la diferencia de edades. Lucy pensó que aquella mujer era una mentirosa fenomenal, una actriz nata que parecía ser una experta en obviar detalles como el hecho de que aquél era un matrimonio arreglado y que la mismísima novia quería salir corriendo de allí. Miró con atención los peculiares ojos azules de ella, que parecían estar vacíos y sin alma.

La sacerdotisa seguía la cháchara de los dioses, mientras leía unas líneas del Libro Sagrado, una suerte de biblia de aquella religión. Jienma estaba ansioso, la ceremonia le daba igual, a él sólo le importaba lo que pasaría después, ya que sin importar nada, él haría de la joven, inocente y virgen princesa, su mujer.

Quisiera ella, o no.

Minerva miraba la situación cansada de aquello, sabiendo que su padre haría barbaridades con la pobre chica rubia. No comprendía cuál era su obsesión con tener un heredero (que era el gran asunto que había llevado al rey a elegir una esposa), sabiendo que su propia hija podría hacer perfectamente bien el trabajo. También se sentía impotente ya que no pudo hacer nada para detener la locura de su padre y la obsesión que tenía con Lucy, sentía que había fallado a la memoria de su difunta madre al ser tan débil.

Por su parte, Layla miraba con nostalgia a Lucy, que se veía igual a ella el día de su matrimonio. De no ser por la profunda pena en el rostro de su hija, podría sentir algún tipo de emoción positiva al respecto; pero no. Había sido débil, no había protegido a su pequeña de aquella barbarie y ahora estaba presenciando como se casaba con un monstruo asesino.

Jude, sentía el fracaso sobre sus hombros de manera sepulcral.

El soliloquio de la sacerdotisa fue interrumpido por el momento de decir los votos nupciales…

—Yo, Lucy Adelaide de la Casa Heartphilia, princesa del Reino de las Estrellas, prometo serte fiel, obedecerte y respetarte, mi rey, hasta que mi vida se termine— Lucy repitió sin ganas las palabras previamente dichas por la sacerdotisa.

Jienma dijo prácticamente lo mismo, pero de forma más tosca.

Siguió el discurso de la mujer que los estaba casando, pero ya nadie le estaba prestando atención, si es que en algún momento lo hicieron.

La ceremonia acabó con una escena que hirvió la sangre de todos los presentes, incluido el guardia de cabello rosa: Jienma tomó a Lucy por la cintura y le dio un beso que ella claramente no quería.

Nadie felicitó a los novios.

Un par de horas después, un banquete fue servido a modo de celebración, pero nadie comió nada. Al menos la servidumbre podría degustar unos deliciosos platillos de carne y verdura.

El rey decidió que era el momento de mostrarle a la reina consorte los aposentos que compartirían a partir de entonces.

Si bien estaba sumamente incómoda con la situación, Lucy debía admitir que aquella habitación era preciosa. Contaba con una decoración exquisita, cortinaje de un sobrio color café, alfombras rojas y muebles de roble con detalles en oro.

Lucy sintió un escalofrío en la espalda cuando notó la mano de Jienma tocando su nuca. Subió lentamente hacia su cabeza, en donde el velo estaba fijado a su cabello, y lo sacó más o menos con cuidado.

La reina estaba sudando frío. Podía escuchar cada movimiento de cada músculo del cuerpo de su esposo, y eso no le gustaba. Estaba paralizada y su autoimpuesta meta de convertirse en un dolor de cabeza para él acababa de desaparecer para dar paso al más terrible horror que había sentido nunca, justo cuando sintió la gran y áspera mano de Jienma bajando el cierre del vestido.

Una lágrima silenciosa bajó por el rostro de la muchacha mientras la delicada tela del vestido se deslizaba por su cuerpo hasta llegar al suelo. Llevaba bragas, pero no llevaba sujetador. Se sintió como un objeto cuando Jienma dio una vuelta alrededor de su cuerpo, examinándole, decidiendo por dónde partiría. No sintió dolor físico cuando el rey tomó sus pechos con sus agrietadas manos, pero sí que sintió que algo dentro de su alma se rompió y no iba a recuperarse jamás.

Las bragas cayeron y las manos de Jienma recorrieron todo el cuerpo de la muchacha, cada centímetro de piel fue tocado por aquél hombre, pero todo cambió cuando el índice de la mano derecha tocó por primera vez donde nadie había tocado a la reina, su clítoris. Lucy sintió una descarga de energía que, quizás en otra situación, hubiese sido agradable. Pero se sintió como un terrible escalofrío que hizo que sus piernas temblasen y se transformó en la oportunidad que Jienma esperaba para aprovecharse de su fragilidad, tomándole en sus brazos y llevándola a la cama.

Allí, recostada en aquellas suaves sábanas de seda blanca muy parecidas a las que tenía en su hogar, fue cuando Lucy comenzó a resistirse. Sabía qué era lo que su esposo pretendía, pero ella se negaba a hacerlo; estaba asustada. Y definitivamente eso era todo lo contrario a sentirse preparada para tener sexo por primera vez.

Jienma comenzaba a posicionarse a horcajadas sobre ella, aún con ropa, cuando Lucy volteó sobre su propio cuerpo y cayó al suelo. Se puso de pie rápidamente y tomó un perchero que estaba junto a la ventana, poniéndolo en frente a ella dispuesta a utilizarlo como arma en caso de ser necesario.

—Aléjate de mí, cerdo asqueroso— dijo la chica con una rabia gigantesca, no estaba dispuesta a hacer nada.

Jienma sólo rio al ver el intento desesperado de Lucy por defenderse. Se acercó lentamente, aceptando su juego, con sus manos al frente para quitarle el perchero en el momento en que intentase atacarlo; justamente en el segundo en que vio la filosa punta de la percha a su izquierda y movió sus manos para arrebatársela, Lucy movió rápidamente su cuerpo y cambió la dirección de su estocada, directamente de frente.

Teniendo la vista en el rostro furioso de la reina y su cuerpo completamente desnudo, el rey alcanzó a mover el rostro para evitar que el perchero le quitase el ojo, pero se llevó un gran corte que iba desde su mejilla derecha hasta su sien.

Enfureció.

Tomó el arma de Lucy y se la arrebató de las manos, haciendo que la chica perdiese el equilibrio por un momento. En ese instante de titubeo, asestó una cachetada en la mejilla de la muchacha que la tiró al piso.

Aturdida, pero consciente, la rubia sintió como las fuertes manos de su esposo manipulaban su cuerpo de tal manera que quedó con los pechos apoyados sobre la cama, para luego oírlo bajarse los pantalones. Intentando recuperar su raciocinio, sintió como era penetrada de manera violenta. Jienma había tomado su virginidad sin piedad alguna.

Sentía como su cuerpo era desgarrado por la mitad, y con ello, su alma. Era constantemente empujada contra la cama, y no le quedaba más remedio que aferrarse a las suaves sábanas de seda.

Lucy perdió la noción del tiempo. Ni siquiera le quedaban fuerzas para gritar y, a pesar de su inexperiencia, sabía que su esposo había eyaculado dentro de ella varias veces. Una vez que se sintió satisfecho, sacó su pene del interior de la rubia, dejando que las piernas de la chica se tambalearan hasta que ya no fue capaz de sostenerse. Entonces, Jienma subió sus pantalones y salió de la habitación, dejándola ahí, arrodillada junto a la cama y sin poder ponerse de pie.

Sangrando, aunque aún no era tiempo de sangrar.

Con los músculos adoloridos.

Y con el alma rota.

Por la mañana del día siguiente, Lucy estaba con la mirada perdida en la nada cuando el guardia de cabello rosa entró a la habitación de los reyes por pedido de Jienma. Él entró en pánico al verla, pero rápidamente tomó un albornoz que estaba colgado detrás de la puerta y la cubrió. Le ayudó a ponerse de pie, pero ya no estaba tratando con la reina.

Estaba tratando con una muñeca de trapo.

La sentó en uno de los sillones que estaban en la habitación y, aun sabiendo que ella no le escuchaba, le dijo que iría por ayuda.

—No…— susurró la reina

—Pero, mi señora…— contestó el guardia

—Un baño…— continuó ella —Pide que me preparen un baño.

— ¿Segura, su alteza? — preguntó el muchacho, genuinamente preocupado por la seguridad de la reina

Lucy dio su confirmación moviendo la cabeza.

El guardia corrió a buscar a los criados de la reina, ya que en el castillo no trabajaban mujeres. Les dijo que la reina había pedido un baño y que deseaba que fuese pronto. Ellos obedecieron de inmediato.

Cuando el guardia se disponía a volver a los aposentos de la reina para ayudarle, en una de las intersecciones de los pasillos se encontró de frente con el rey Jienma.

—Buen trabajo, Natsu— dijo el hombre, que frente al muchacho se notaba aún más su imponente estatura —Puedes volver a la puerta.

Natsu no dijo nada al respecto, pero a partir de entonces comenzó a sentir un intenso rechazo hacia el rey.

Los criados de la reina, por su parte, tardaron cinco minutos en tener el baño listo para ella. La dejaron en privado para que tomara su baño en paz y, cuando estuvo sumergida en el agua caliente, se dio cuenta de la gravedad de lo que Jienma le había hecho; y lloró. Lloró hasta que el agua estuvo fría.

Capitulo II: La Boda - Fin

Debo admitir que me siento terriblemente mal después de haber escrito esto.

No les diré nada más, besitos.