ADVERTENCIA: En este capitulo se tocarán temas sensibles, se recomienda discreción.
CAPITULO III: DESESPERACIÓN
—Pasa el mensaje, las hormigas deben volver al hormiguero— dijo una mujer encapuchada, de largos cabellos rojos, a un alto y fornido hombre cuyo rostro estaba totalmente cubierto por un pasamontañas. Estaban apoyados en la esquina de un edificio, dándose las espaldas.
— ¿El gusano cambió de piel? — preguntó el hombre, mirando de reojo a su interlocutora.
—La oruga se convirtió en mariposa— contestó la mujer.
El hombre no dijo nada más y se dispuso a retirarse, pero fue detenido por la mano de su compañera, que tomó la manga de su abrigo. Ella retiró la capucha que la cubría para mirarle a la cara, ya que la situación lo ameritaba.
—Ten cuidado, Gajeel— dijo ella, honestamente preocupada por su compañero de armas.
—También tú, Erza— replicó el hombre, para posteriormente retirarse.
Erza Scarlet dio la espalda a su amigo, colocando nuevamente su gorra, y se dispuso a caminar en dirección a la salida del pueblo en el que se encontraba, cerca del corazón de Fiore. Su próximo destino era ir a buscar a sus agentes en la capital.
Lucy despertó al lado de Jienma. El asqueroso al menos había tenido la decencia de no tocarle de nuevo, por lo que no había tenido más experiencias traumatizantes durante el mes que llevaban casados; aunque eso no significaba que hubiese olvidado que había sido tomada a la fuerza por él.
Se levantó de la cama despacio, para no despertarle, porque verdaderamente no deseaba entablar una conversación con su esposo. Había tomado un baño la noche anterior, así que decidió simplemente vestirse y salir a dar un paseo.
Los jardines del palacio, debía admitir, eran preciosos. El día tenía un clima agradable, el sol entibiaba la estancia y el sonido de los pájaros al cantar creaban una atmósfera apetecible para tomar un té y conversar con alguien. Tristemente, sólo podía conversar con su esposo, con quien realmente no deseaba hablar, y con su hijastra, que al parecer no tenía ánimos de tomar el té con ella.
Y, hablando de Minerva, ella apareció frente a ella y fue directamente a hablar con Lucy.
—Madre— dijo la morena, claramente incómoda por el hecho de llamar "madre" a una mujer menor
—Puedes llamarme Lucy— respondió la rubia, con una sonrisa amable, aunque no quitaba el hecho de que ella también se sentía incómoda con la situación — ¿Qué necesitas?
—Te vi caminando por el jardín y me pareció descortés no saludarte.
Atónita debido al gesto de su hijastra, Lucy no correspondió el saludo; aunque Minerva podía llegar a entender el porqué de la actitud de la muchacha. Era la primera vez que más o menos entablaban una conversación y debía admitir que se notaba a simple vista que la reina era una mujer muy amigable.
Minerva sólo dio media vuelta y volvió al pasillo por el que había salido, dispuesta a seguir con sus cosas.
Considerando que eran más o menos las nueve de la mañana, Lucy decidió dirigirse a una pequeña sala de estar que había descubierto en sus andanzas por el palacio.
Al llegar allí, fue abordada por un sirviente de unos treinta y tantos, que llevaba su largo cabello rubio recogido en una coleta baja.
— ¿Puedo ofrecerle algo, mi señora? — ofreció el hombre mientras le abría la puerta de la sala para permitir la entrada de la chica.
—Sí, puedes— respondió Lucy, con cortesía, pasando justo por el umbral de la puerta — ¿Podrías, por favor, traerme el desayuno? Hoy me apetece té de hibisco con pasteles salados.
El subconsciente de la rubia hizo clic, a pesar de que en el momento no se percató de aquello: A ella jamás le había gustado el té de hibisco.
—Por supuesto, su majestad— dijo el sirviente, con una sonrisa muy amigable que denotaba la simpatía que despertaba Lucy en él
—Gracias… ¿Ted? — dubitativa, la reina pronunció el calificativo del hombre, ya que no recordaba del todo bien los nombres de los más de quinientos empleados que había en el palacio
—Fred, mi lady, Fred Eucliffe.
—Tú vives con tu hijo en el palacio, si no me equivoco.
—Pues sí, mi pequeño Sting, señora.
— ¿Están cómodos aquí?
—Sí, el rey Jienma tiene una personalidad intensa, pero se preocupa de que tengamos todas las comodidades posibles.
—Me parece bien.
—Ahora, si no le molesta, iré por su desayuno.
—Oh, claro, muchas gracias.
Fred salió de la habitación con prisa, pues la reina no debía esperar lo que pedía.
Dentro de la sala había un librero con una exquisita colección de suspenso y misterio que no hizo nada más que llamar muchísimo la atención de Lucy.
Estaba recolectando algunos para sus momentos de ocio cuando golpearon la puerta. La reina no hizo más que ordenar la entrada y llegó Fred, acompañado de un pequeño niño rubio y un chef con un carrito de servicio lleno de pasteles salados y algunas otras delicias apetecibles para cualquiera. El cocinero hizo una reverencia y se retiró, después de todo, debía seguir con sus labores en la cocina.
—Eso fue rápido, Fred— dijo Lucy, mientras se dirigía a tomar una de las bandejas colocadas en el carrito y la llenaba de cosas, para luego ir a sentarse a una mesita de estudio que se encontraba en la sala — ¿Él es tu hijo?
Sting se puso nervioso al ser notado por su majestad. Su padre, por otro lado, le animó para que se acercara a la reina e hiciera una reverencia.
—Es un placer, su majestad— dijo el niño, inclinándose torpemente ante Lucy
— ¿Qué edad tienes, Sting? — siempre amable, la rubia le entregó una sonrisa muy hermosa, que llenó el corazón del chico de tranquilidad.
—Doce, señora— respondió, dirigiéndose directamente a la silla frente a la reina para sentarse allí.
A su padre le salieron al menos veinte canas por la insolencia de su hijo.
A Lucy, por su parte, le hizo mucha gracia y dejó que el niño tomase desayuno con ella.
— ¿Vas a la escuela? — dijo la reina, comiendo un bocado pequeño de uno de los pasteles que se había servido. Disimuladamente estaba sacando un pedacito de cada uno, decidiendo cuál le gustaba más. Convidó dos pasteles que no había tocado a Sting, ya que eran de un tamaño considerable y dos eran incluso más de lo que el niño necesitaba.
—Recibo educación en casa, su majestad. Comenzaré mi entrenamiento de caballero pronto.
—Espero que te conviertas en mi guardaespaldas personal
—Claro, señora.
Conversaron de trivialidades durante un rato, bajo la atenta mirada de Fred. No era que no confiase en la reina, al contrario, ella le daba una tranquilidad que en mucho tiempo no había sentido; es que Sting era un niño muy despistado que aunque estaba siendo cuidadosamente educado por él, en cualquier momento perdía la compostura y le decía alguna barbaridad a la reina.
— ¡Su cabello es muy bonito, Lucy-sama! — exclamó Sting, callando todos los pensamientos fatalistas de su padre.
Una vez que Lucy terminó de probar todo lo que pudo, se dio por terminado el desayuno; aunque la reina comió lentamente para darle tiempo a su pequeño invitado para terminar. El niño ayudó a su padre a retirar los platillos de la rubia, agradeciendo la comida en el proceso.
Ambos hicieron una reverencia a su alteza, retirándose y llevando el carrito de la cocina con ellos.
Lucy estuvo tranquila hasta más o menos medio día, cuando tuvo que dirigirse al salón del trono real para cumplir su papel de reina mientras los aldeanos llevaban sus inquietudes al rey. Fuera del salón le esperaban dos sirvientes, uno llevaba su corona mientras que el otro tenía una capa de color rojo (que, por cierto, no iba con el vestido que llevaba), los accesorios protocolares reales.
Como siempre, nadie llegó.
El rey era conocido por ser déspota e insensible, por lo que los súbditos optaron por no ir a verle jamás. Por ende, Jienma y Lucy estuvieron sentados durante cinco horas ahí, sin hablar porque no tenían motivos para ello, sin mirarse porque no querían hacerlo. Por suerte, la reina había escondido entre su vestido uno de los libros que había tomado prestado, por lo que el tiempo allí no se le hizo tan terrible como otras veces.
Ya por la noche y habiéndose cambiado la ropa, los reyes se encontraban en sus aposentos. Lucy cepillaba su cabello frente al tocador que estaba junto a la ventana, evitando mirar en el reflejo a su esposo, que estaba recostado en la cama justo detrás de ella.
Ella había adquirido la costumbre de ir a dormir una vez que Jienma estuviera dormido. Le daba terror el sólo hecho de acostarse junto a él como para, además, aguantar dormirse antes que él. Despierto, aquél animal podía volver a aprovecharse de ella y, estando en sus manos, no permitiría que sucediera de nuevo.
—Lucy— dijo él de pronto, tomándola por sorpresa. Jamás cruzaban palabra estando solos, porque no había necesidad de ello. Ella lo odiaba y a él le traía exactamente sin cuidado lo que su mujer pensara.
—Dime— respondió en seco, aún sin dirigirle la mirada, pero estando atenta a cada movimiento que aquél hombre hiciera.
— ¿Cuándo es tiempo de que sangres?
Lucy vio, a través del espejo, como aquél hombre arqueó las comisuras de sus labios en una sonrisa de afán burlón; demostrando que no se cansaría de recalcar que ella le pertenecía. Entonces, mirando hacia fuera, deseando fervientemente que aún no fuese luna llena, Lucy vio algo que le hubiese gustado no ver.
Era la segunda luna llena del mes, por ende, su sangrado estaba retrasado.
El solo hecho de pensar en eso, en que su menstruación no había llegado aún, le hizo sentir unas náuseas terribles. Imaginar que tenía creciendo en sus entrañas al hijo de aquél energúmeno solo empeoró las cosas, logrando que una sensación pesada se quedase en su pecho, dificultándole la respiración.
Y Jienma sonreía en la cama, disfrutando de la desesperación de aquella mujer mojigata que había evitado cualquier intento de roce con él. No podía negar que le agradaba la sensación de verle en esas condiciones.
Lucy tomó su albornoz y salió corriendo de la habitación, dejando la puerta abierta. Necesitaba alejarse de allí lo más rápido que pudiese.
Una vez que estuvo escondida tras un arbusto de lavanda del jardín, comenzó a llorar a moco tendido. Afirmó su vientre y comenzó a golpearlo lo más fuerte que sus brazos le permitían, pero estaba tan abrumada que los golpes en realidad no le harían daño. Al darse cuenta de lo que hacía, abrazó sus rodillas y dejó que las lágrimas mojasen su rostro.
Por su parte, Jienma se puso calmadamente de pie y tomó una camisa cualquiera para colocarse.
Caminó a través de los enredados pasillos del castillo hasta llegar a un patio notoriamente más pequeño que los jardines, y en el centro de este había una mansión notoriamente más pequeña que el castillo, pero indudablemente acomodada.
Entró sin tocar, él era el rey y nadie debía ponerle barreras. Se dirigió directamente al comedor, en donde estaban cenando los guardias que eran relevados del turno de día. Sintió el alboroto a un par de pasillos de distancia; las risas de los caballeros eran muy alegres y contagiosas.
Entonces, pasó por el umbral de la puerta y observó tranquilamente como toda la servidumbre callaba ante su imponente presencia. Sentados en la gran mesa había un montón de caballeros, mayordomos y cocineros, entre ellos Fred y Sting, y junto a ellos, un joven guardia recientemente enlistado para trabajar en el castillo, de peculiar cabello rosa, estaba sentado con una jarra de cerveza rozando sus labios.
—Dragneel— dijo el rey, aludiendo a aquél joven —Ve a buscar a la reina. Cuida de ella.
Sin más dilación, Jienma dio media vuelta y se fue por donde llegó.
Cuando escucharon que la puerta principal había cerrado, todos volvieron a respirar.
—Iré a buscar a la reina— dijo el chico, dejando su cerveza en el mesón —No quiero pensar en qué le hizo ese animal esta vez.
Fred y Sting, que habían pasado un rato agradable con ella aquél día, sintieron el peso de la preocupación cayendo sobre sus hombros.
Dragneel se dirigió con seguridad hacia donde pensaba que la reina podía estar: en alguno de los jardines.
Él siempre estaba en la puerta principal, sí, pero en sus ratos libres (cuando andaba de ocioso paseando por el castillo) había visto a la rubia disfrutando de la mañana en compañía de rosas y lavandas.
Tardó más o menos diez minutos en encontrarla.
Aunque no le fue muy difícil teniendo en cuenta los amargos sollozos que estaba soltando, escondida detrás de un arbusto de lavanda que emanaba un tranquilizador olor dulce.
—Su majestad— dijo el chico, haciendo una reverencia.
Ella lo miró con sus grandes ojos café hinchados por las lágrimas. Todo indicaba que aquél guardia cuyo nombre no recordaba estaba destinado a encontrarla en sus peores momentos.
—Vete de aquí— espetó ella, agachando la cabeza
—Me temo que no puedo hacer eso— contestó él, tomando confianzudamente asiento a su lado, aunque teniendo cuidado de no invadir su espacio personal —su esposo, el imbécil, me ordenó que cuide de usted, Luigi-sama.
Ella levantó la cabeza inmediatamente; no le importaba la falta de respeto hacia el rey, al contrario, la agradecía, pero de todos los nombres que le habían dicho (Lucía, Luciana, Lucila), ninguno era Luigi.
—Mi nombre es Lucy, no Luigi.
—Sí, sí, como usted diga.
CAPITULO III: DESESPERACIÓN - FIN
Hola a todos!
Uff, han pasado varias cosas en este cap, no creen?
Intenté hacerlo un poco más largo, pero al final quedó corto de todas formas XD
Al fin tuvimos la primera interacción amistosa entre Natsu y Lucy, él siempre tan irreverente no creen?
Espero que les haya gustado mucho, puse mucho esfuerzo para que quedara "lindo" (no puedo decir que es un capitulo lindo teniendo a Jienma metido ahí)
Yo me marcho por el momento, nos leemos pronto!
Amy Fuera!
